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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 296 | Noviembre 2006
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Nicaragua

Daniel Ortega Presidente: del poder “desde abajo” al gobierno

Victoria de Daniel Ortega y del FSLN. Mayoritario apoyo a la derecha, partida por la mitad este año en dos opciones liberales: la ALN, que atrajo el voto urbano, y el PLC, capturando aún el voto rural. La división de la derecha es lo que mejor explica la victoria del FSLN. Minoritario respaldo al MRS. Y un escenario político menos novedoso del que todos los contendientes esperaban.

Equipo Nitlápan-Envío

Daniel Ortega ganó la Presidencia de la República de Nicaragua, tras 16 años de gobernar “desde abajo”. Aunque en 1990 perdió el gobierno, Ortega nunca perdió el poder. Más bien, fue acumulando cada vez más hasta llegar a estos comicios convertido en el hombre más poderoso de Nicaragua. Es éste uno de los datos más significativos a tener en cuenta ante los resultados del proceso electoral nicaragüense.

Ortega llegó a las elecciones con total control del Poder Electoral, con amplio control en el Poder Judicial y en el Poder Legislativo, con un importante poder económico y tras ocho años de un nefasto pacto con Arnoldo Alemán y el Partido Liberal Constitu¬cio¬nalista (PLC) que Alemán domina. Los resultados electorales le permitirían a Ortega -ahora en el Poder Ejecutivo- y al PLC, por el número de diputados que ambos llevan a la nueva Asamblea Nacional, mantener las bases de ese pacto e iniciar una tercera etapa del mismo. ¿Lo harán? Las primeras señales no permiten aún descartarlo.


PARTICIPACIÓN MASIVA

La participación popular en las urnas fue masiva, aunque menor que en 2001. Votó un 75% del padrón electoral depurado. Como viene sucediendo desde 1984, la gente acudió ordenadamente, demostrando civismo y paciencia. Y, como detectó el jefe de la misión de observadores de la Unión Europea, el italiano Claudio Fava, con alegría, tras una campaña electoral que él mismo calificó como llena de pasión.

La logística de la jornada electoral (padrón, traslado de materiales, instalación de juntas receptoras de votos, orden en las mesas de votación) funcionó bien, hasta mejor que en años anteriores. Se ha acumulado experiencia en este terreno. La irregularidad más notoria antes de las elecciones fue la distribución selectiva en algunos lugares de las cédulas de identidad, el documento que habilita para votar. Las distribuyeron estructuras partidarias del PLC y del FSLN. Al final, el FSLN retuvo y dejó de entregar cédulas, lo que impidió votar a varios cientos (¿miles?) de personas. Aunque de haberlo hecho, no habrían modificado los resultados presidenciales.

ANOMALÍAS,
SIN NECESIDAD DE FRAUDE

Éste es un buen consejo: votá este 5 de noviembre fue la consigna que el Consejo Supremo Electoral (CSE) adoptó en su publicidad para estas elecciones. Justamente cuestionado por estar controlado desde 1999 por los dos partidos del pacto (FSLN-PLC) y desde 2004 por el FSLN, tras la “reconciliación” entre Daniel Ortega y el Cardenal Obando, protector del Presidente del CSE, Roberto Rivas, se generaron fundados temores de que el Poder Electoral organizara alguna forma de fraude a favor del FSLN.

La desconfianza en la imparcialidad del CSE, compartida por todos, desde el Presidente de la República hasta una mayoría de votantes, pasando por todos los partidos, menos por el FSLN, explica que las elecciones del 5 de noviembre fueran las más observadas de los últimos años en América Latina. Para unas 11 mil 200 juntas receptoras de votos y 3 millones de votantes hubo más de 13 mil observadores nacionales y unos 500 observadores internacionales, presentes en el 90% de las mesas, vigilando toda la jornada electoral y los conteos posteriores. Naturalmente, por buen observador que sea alguien, ni lo observa todo ni tampoco observa lo que se planifica y después no es necesario que ocurra.

Posteriormente a la jornada electoral, atento el país a la votación presidencial, y electrizado después con el triunfo de Ortega, se produjeron anomalías -algunas burdas- en las revisiones aritméticas para la asignación de escaños a diputados nacionales y departamentales. Mostraron -como declaró el Grupo Cívico Ética y Transparencia de observación nacional- la voluntad de alterar la voluntad popular donde los resultados fueron estrechos. Algunas fueron descubiertas, pro¬¬¬badas y rectificadas, pero no todas, lo que dejó abierto un justificado margen de suspicacias.

FSLN: GANÓ SIN CRECER

Daniel Ortega ganó con un apoyo minoritario de la población. Y con la mayoría votando “contra” él. En Nicaragua se puede ganar la Presidencia de la República con tan sólo un 35% de los votos, si se logra una diferencia del 5% sobre el candidato del segundo lugar. Es una de las varias reformas electorales que se fraguaron en el pacto Ortega-Alemán de 1999. Anteriormente, era necesario el 45% para llegar a la Presidencia.

Ortega ganó ahora con el 38% de los votos. En las tres anteriores elecciones obtuvo porcentajes similares o mejores: en 1990 frente a doña Violeta de Chamorro, 41%; en 1996 frente a Arnoldo Alemán, un 38%; y en 2001, frente a Enrique Bolaños, un 42%. A pesar de su costosísima campaña electoral y del organizado activismo de sus comandos electorales, además de su amplia política de alianzas -con somo¬cistas, con ex-contras, con gremios, con Yátama en el Caribe- el FSLN apenas creció en unos 15 mil votos con relación a sus votantes del 2001. En Managua, su tradicional bastión, sus votos se redujeron del 44% en 2001 a un 36% en este 2006.

EN UNA BICICLETA FIJA

La principal razón para explicar la victoria del FSLN es el bajo porcentaje para ganar, combinado con la división de sus adversarios de derecha.

Los votos obtenidos por la ALN y el PLC suman un 55%, cantidad práctcamente similar a la que obtuvieron los tres rivales de Ortega en anteriores elecciones: en el 90 le ganaron con el 54%, en el 96 con el 51% y en el 2001 con el 56%. En el 2006 concurrieron divididos. Ortega propició hábilmente esa división desde hace tres años. Según Tomás Borge, la estimulamos.

Así que, en matemática electoral, tenemos prácticamente el mismo país. En el lugar de siempre y con la misma gente. Las elecciones mostraron que, aunque la “bicicleta política” nicaragüense siguió girando en estos cinco años, incluso a ritmos frenéticos durante la campaña electoral, al final comprobamos que se trata de una bicicleta fija, propia para sudar y quemar calorías que debieran invertirse en otras tareas, pero no para avanzar por ningún camino.

Vistas así las cosas, resulta retórica voluntarista calificar el triunfo de Ortega como de grandiosa victoria (Fidel Castro) o verlo como expresión de que los pueblos se levantan (Hugo Chávez) o entenderlo como el anuncio del fin del neoliberalismo en Centroamérica (dirigencia del FMLN salvadoreño).

ENCUESTAS: ¿ACERTARON?

Las encuestas que midieron la intención de voto durante la campaña acertaron en lo fundamental. Todas colocaron siempre en primer lugar a Ortega, arañando el 35% necesario para ganar, porcentaje que expresa el tradicional “voto duro” del FSLN. Y todas colocaron siempre en segundo lugar al candidato de Estados Unidos y del gran capital, Eduardo Monte¬alegre (ALN), en un rango que arañaba el 30%. Ortega ganó con 38% y Montealegre quedó en segundo lugar con el 28%.

En el tercero y cuarto lugar, los porcentajes de intención de voto que reflejaban las encuestas variaron bastante. El PLC, con su candidato José Rizo, apareció en las encuestas de los tres últimos meses en tercer lugar y con un rango de intención de voto que nunca pasó del 19%. Pero en las urnas, el partido de Arnoldo Alemán alcanzó el 27%.

Tienen razón los liberales cuando lo explican diciendo que las encuestas nunca miden el voto rural, lo que ellos llamaron el tsunami rojo. Se equivocaron los de la ALN participando confiados en que el PLC era un partido acabado por su vinculación con el desacreditado Alemán y en que capturarían todo el voto de la derecha, todo el voto liberal, todo el voto anti-Ortega, dejándole sólo un chingaste a Rizo. Se olvidaron de cuán alta es en Nicaragua la tolerancia a la corrupción y cuánto pesa aún el voto por razones tradicionales y familiares.

En cuarto lugar aparecía en las encuestas el MRS, con Edmundo Jarquín, “el Feo”, con una intención de voto que iba del 10 al 17%. Sin embargo, el Güegüense en que el MRS confiaba tanto, por aquello del “voto secreto”, parece haberse ido a vagar con sus chereques por otros rumbos, asustado tal vez del triunfalismo anaranjado o convencido de que estos “feos” deben trabajar con una visión menos cortoplacista por la Nicaragua “linda”. En la casilla anaranjada sólo quedó el 6.3% del voto nacional. Al final, la mayoría de los indecisos, calculados en 8-15%, optó por el “voto útil”, útil para impedir el regreso de Ortega al gobierno.

TODOS SOÑARON

Todos los contendientes quedaron por debajo de sus expectativas, de sus cálculos y de sus sueños. Todos esperaban más. El FSLN ganó, pero con el porcentaje más bajo en todos sus años de gobierno “desde abajo”. La ALN -que esperaba tanto de su proyección mediática y del respaldo del Norte- obtuvo sólo la mitad del pastel de la derecha. El PLC, que decía que la ALN no era más que un partido inflado en los medios y en las “encuestas roco¬nolas”, comprobó que ya sólo tiene medio pastel.

Y la Alianza MRS, que tras perder a su mejor “activo electoral”-Herty Lewites- y no morir con él, fue víctima del espejismo de creerse más grande de lo que en este escenario político le toca aún ser, también se vio obligada el 6 de noviembre a poner polo a tierra con humildad.

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