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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 207 | Junio 1999
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América Latina

Violencia contra las mujeres: una peste de siglos

El siglo XX ha sido el siglo de las mujeres. Los avances son colosales, tanto como los desafíos aún pendientes. Entre ellos, erradicar la violencia contra las mujeres. Todavía la mayoría de estos hechos de violencia no sólo quedan impunes, sino que son tolerados en silencio por la sociedad y por las víctimas.

María Eugenia Meza Basaure

La bofetada en el rostro de una mujer es ya imagen recurrente. Ante ella, hay un discurso generalizado de rechazo y alarma. Pero esa virtud pública puede esconder el vicio privado de la violencia en la vida familiar. A su vez, esa situación doméstica -cotidiana y dramática- es sólo la punta de un iceberg del que poco sabemos aún. No obstante, ha cruzado la historia de la humanidad. Y ha afectado y afecta a todas las mujeres de una y otra forma. Ante la magnitud del drama, el proceso de visibilización, toma de conciencia y acciones legales puede parecer lento. Sin embargo, desde 1979 en adelante, ésta ha sido una marea que avanza. Aunque todavía le resta mucho para llegar a la playa. La costumbre -esa atávica figura que detesta los cambios- y el sistema patriarcal, que lucha por permanecer intacto, preferirían mantener en la oscuridad los siglos de silencioso sufrimiento. Y la dolorosa realidad del presente.

La más común de las violaciones

Un hombre entra a una escuela politécnica de Montreal, Canadá, la tarde del 6 de diciembre de 1989 y mata a catorce jóvenes mujeres, simplemente porque son mujeres. Cada año, dos millones de niñas sufren mutilaciones genitales. La violación se convirtió en un arma de guerra. Por lo menos una de cada cuatro mujeres, en el mundo, sufre maltrato doméstico. Hoy debería haber cerca de 60 millones más de mujeres, pero prácticas de aborto selectivo les impidieron nacer. En casi todos los países del mundo, las mujeres sufren discriminación laboral y son las más pobres entre los pobres... Hoy, la violencia contra mujeres y niñas es el atentado más común contra los derechos humanos.

América Latina y el Caribe no son la excepción. En doce países de la región, el violador puede ser exonerado si accede a casarse con la víctima y ella lo acepta. En Costa Rica, puede quedar incluso sin culpa si ella no accede a su oferta de matrimonio. En la mayor parte de los países de la región la violencia proviene del entorno cercano, como en Guyana donde, en 1989, dos de cada tres mujeres en pareja han sido golpeadas alguna vez y un tercio, de manera regular. En Suriname, durante 1993, una de cada cinco denuncias en estaciones de policía fueron hechas por mujeres violadas y en República Dominicana, cada ocho horas una mujer sufría esa agresión.

o El 94% de las víctimas de agresión sexual infantil en Costa Rica son niñas y el 96% de los delincuentes, hombres.

Las mujeres de la región saben de discriminación racial. Ya sea por su origen indio o afrolatino, son segregadas dos veces. Y también han sufrido violencia política: la vi- vieron países como Chile, Argentina, Uruguay, Brasil, Colombia, El Salvador, Perú, Guatemala. Recientemente, la lista se alarga con Haití y México -en Chiapas-.
Los datos de esta verdad -a veces directamente brutal; otras, sutil y sibilina- se acumulan en informes, revistas, especializadas, boletines. Erizan la piel. Uno puede ignorarlos. No creerlos. Esconderlos. Sería sumar una agresión más a la larga lista de marginaciones, asesinatos, mutilaciones, juicios y condenas injustas, encarcelamientos, golpes,violaciones,abusos sicológicos,discriminaciones.

o "Me casé porque estaba embarazada. Cuando tenía tres meses de embarazo mi marido me pateó, me haló del pelo y me arrastró. Sólo pude cubrirme el vientre. A veces me decía: arrodíllate delante de mí, india; eres india, no eres nadie. La semana pasada se llevó a mi hija. Ayer fui a la policía y me dijeron que tengo que buscar abogado. Quiero que me ayuden. Tengo miedo." Sandra, 27 años, 10 de casada. Quito. Ecuador.

Entonces, hay que mirar el drama a la cara. Eliminar la bruma que los sistemas, las culturas que dan predominio al varón, y el atavismo, extienden sobre esta realidad, y sumarse a quienes actúan para detener esta peste endémica y muchas veces invisible. Porque esta aberración no es natural. Es evitable.

Silencio y miedo históricos

En los siglos pasados, la violencia del sistema y de los hombres contra las mujeres era parte de la vida cotidiana. Nadie la llamaba violencia siquiera. Simplemente, así eran las cosas. En las diversas sociedades patriarcales, la mujer era propiedad primero del padre, luego del marido. ¡Ay de la que deseara escapar del sino! Era una bruja, un peligro, un cáncer que había que extirpar. Sólo en este siglo, con la entrada masiva de las mujeres a los diversos campos de la sociedad, con su salto de lo privado a lo público -tan trascendente para la humanidad como el paso desde la escala de la astronave hasta el suelo lunar- la verdadera naturaleza de esta persistente situación quedó de manifiesto.

o Hay 150 millones de afrolatinos en la región. 70 millones de ellos viven en pobreza, lo que significa para las mujeres una carga mayor que para los hombres, porque ellas son triplemente discriminadas: por raza, por sexo y por situación económica.

Se trataba -se trata- de un instrumento de poder y un medio para mantener un status quo que favorece al hombre, al varón, y que perjudica a la totalidad de los habitantes de cada país. Porque la violencia contra la mujer no sólo afecta a la mitad de la población que la sufre en distintas medidas, sino que pone en peligro el desarrollo y la continuidad de la vida en el planeta. Por lo tanto, la eliminación de esta violencia de género -entendida como toda manifestación física, síquica y sexual que atenta contra el desarrollo de las mujeres- es esencial para construir el paradigma de la seguridad humana, de la paz, en todos los ámbitos de la vida. Esa violencia, además, significa el no respeto y el quiebre de cada uno de los derechos humanos. Y, por lo mismo, coloca a la mujer en el lugar de la principal víctima de las violaciones diarias a cada uno de estos principios.

o En un estudio realizado entre 450 estudiantes de 13 a 14 años en Kingston, Jamaica, el 13% había experimentado intentos de violación, la mitad de ellas antes de los 12 años. Un tercio había sufrido contacto físico no deseado, y un tercio denunció acoso de palabra.

Para avanzar en la resolución del problema es preciso conocerlo del todo. Pero la violencia contra las mujeres es un campo de estudio recorrido sólo en las últimas décadas. Y aunque esas investigaciones y las venideras son herramientas esenciales para conocer la realidad, por el momento la cobertura de los trabajos es limitada. Si su aspecto más visible, el de las prácticas que han sido consideradas como delitos por los distintos países, está subregistrado, mucho más escondidos en la profundidad permanecen sus matices culturales, religiosos, rituales, laborales, políticos. Por lo mismo, y aunque sorprenda, la mayor parte de la violencia de género no sólo queda impune sino que es tolerada en silencio, tanto por parte de la sociedad como de sus víctimas. Se trata de un silencio lleno de temor: a las represalias, a la censura de las cuestiones sexuales, a la vergüenza. Es un silencio lleno de sentimiento de culpabilidad por parte de las personas violadas, asustadas de quebrar una aceptación resignada, herencia de la tradición y fruto del dominio masculino. En muchos países, la complicidad activa o pasiva del Estado y otras instituciones con autoridad moral ayuda a perpetuar esta situación.

o "Me crié con una señora que me recogió. A mi madre nunca la conocí, a mi padre menos. Esa señora me crió hasta los 6 años. Entre ella y su esposo me violaron. Cuando los detuvieron, ella dijo que no había hecho nada. El se escapó. Después, nos fuimos a San José, adonde una hija de ella, pero me echaron a la calle. Entonces me crié en el parque. Recién llegada no me metía con los hombres, pedía limosna, hasta que conocí a don Manuel. El abusó de mí, pero me dio protección. También me tiró a la "putería". Nadie creía que tenía 9 años. A los 11 años ya bailaba en un night club. A los 12 quedé embarazada del primer niño". Milagro Rojas, San José de Costa Rica.

En nombre de la costumbre

Podría pensarse que el avance de la participación de las mujeres, los movimientos feministas, el reconocimiento de los derechos de la mujer, entre otros factores, disminuirían la violencia contra ellas. Por el contrario. Se ha producido un rebrote de la resistencia al avance en este campo, e incluso un auge de la violencia. Muchos hombres no han conseguido acompañar la revolución feminista y han reaccionado con violencia ante el cambio de roles y la creciente autonomía de las mujeres, porque los han tomado como un ataque a su primacía y a su supuesta esencia. La violencia de género ha asumido, en consecuencia, variadas y no aleatorias manifestaciones, diversificándose aquéllas donde la actividad sexual está ausente: son las miles de formas de la discriminación, el menosprecio y la dependencia económica que, en la vida normal y corriente de las sociedades, reafirman el control sobre la vida de las mujeres y las mantienen como ciudadanas de segunda clase. Las nuevas medidas legales que protegen a la mujer y reafirman sus derechos permiten, sin duda, comenzar a paliar la situación, gracias a que permiten las denuncias que, en todas partes, van en aumento. Pese a esto, aún puede asegurarse que, a lo largo de la vida, toda mujer ha sufrido -en algún momento- una cierta violencia. A veces es obvio, porque son acciones que ponen en peligro la vida de las personas. Pero otras, menos evidentes, como las violencias sicológica y económica, la discriminación laboral y política, no son me- nos perniciosas. Por el contrario, al estar camufladas en los sistemas culturales, parecería imposible combatirlas.

o En El Salvador, durante 1995, la Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos atendió denuncias de 667 casos de violencia doméstica y 573 violaciones.

Enredándose

Rol protagónico ha tenido el movimiento de mujeres de la región en el diagnóstico del problema y en el establecimiento de acciones, tanto desde la sociedad civil como desde el sector público. Si bien hace más o menos 20 años que las organizaciones trabajan sobre estos temas, la primera medida concreta surgió en julio de 1981, en Colombia, en el I Encuentro Feminista llevado a cabo en América Latina y el Caribe. Allí, las participantes acordaron instituir el 25 de noviembre como Día Internacional en contra de todas las Formas de Violencia contra la Mujer, para recordar a las tres hermanas Mirabal -Las Mariposas-, asesinadas por la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo, en República Dominicana.Durante el II Encuentro, realizado en Perú en 1983, crearon la Red Feminista Internacional contra el Tráfico de Mujeres y la Esclavitud Sexual Femenina. Entre el III Encuentro en Brasil y el IV en México (1987), acordaron abordar el tema en el boletín de la Red Latinoamericana sobre la Salud de la Mujer, en sus aspectos de racismo, violencia y derechos humanos. Y en el V Encuentro surgió la Red de América Latina y el Caribe Contra la Violencia Sexual y Doméstica que, desde entonces, edita un boletín y coordina la llamada Campaña de los 16 Días de Activismo sobre la materia, que comienza los 25 de noviembre y culmina los 10 de diciembre.

Paralelamente, la investigación ha sido otro de los ámbitos de trabajo de las redes y organizaciones de mujeres. La primera fue realizada en 1988 por Isis Internacional con el apoyo de UNIFEM. Publicada en 1990, es el primer referente sólido en materia de datos fehacientes. Otra de las instituciones internacionales que ha trabajado sin tregua es el Comité Latinoamericano para los Derechos de la Mujer (CLADEM), cuya sede central está en Perú.


Las mujeres de América Latina y el Caribe están lejos de una vida sin violencia. Y la lucha por conseguirla no es simple: los enconados enemigos de la dignidad y la seguridad de la mujer son escurridizos y persistentes, porque radican en las fuerzas destinadas a preservar el dominio masculino y el sometimiento femenino, que a menudo es defendido en nombre de venerables tradiciones. Resulta, en consecuencia, imprescindible la educación de las niñas en la plena conciencia de sus derechos y la educación de los niños en una nueva concepción del rol masculino.

o En los últimos años, tiene especial importancia la Convención sobre los Derechos del Niño y la Niña, ratificada por 190 países hasta mayo de 1997. UNICEF vincula esta Convención y la Convención para la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación Contra la Mujer en su marco conceptual, enfatizando la necesidad de atención específica en los derechos de las niñas y reconociendo el vínculo esencial entre la promoción de la igualdad de esos derechos y la condición de la mujer adulta. El camino jurídico recorrido es importante, pero las leyes -de cada país o los internacionales- no son una vara mágica para solucionar el problema. Son el primer paso de la maratón para acercar la distancia entre lo óptimo y la realidad.

"Cuando tenía 24 años, mi novio me ató a un horno, me roció con alcohol y me prendió fuego. Luego de permanecer mucho tiempo en el hospital, perdí todos los dientes por la sobredosis de antibióticos para evitar que se me infectaran las quemaduras. Ahora, él está en libertad". María Celsa da Conçeiçao, Brasil, ante el Tribunal de Viena en 1993.

No hay refugio

Un análisis realizado por el Banco Mundial, sobre 35 estudios recientes relativos a países industrializados y en desarrollo, muestra que entre la cuarta parte y la mitad de todas las mujeres observadas había sufrido maltratos físicos de parte de su pareja. Aunque no hay todavía datos suficientes para realizar comparaciones fidedignas país por país, la prevalencia y el patrón de la violencia doméstica son significativamente similares de una cultura a otra. Ya sea en otros continentes, o en la región.

o "Tengo que cuidar a mis hermanos porque mi mamá trabaja. Somos siete y yo soy la más grande. Lavo los platos, hago el aseo, preparo la comida y me preocupo que no salgan a la calle, porque si les pasa algo, mi mamá me pega. También me pega si cuando llega ve que hay desorden. Me tiene horarios y sólo tengo libre el jueves. Quiero que sean grandes luego, para poder ir a la escuela y jugar". Niña de 9 años, Ciudad de México.

Dormir "con el enemigo" es una situación que las mujeres viven la mayor parte de las veces en el silencio. Las cifras hablan que apenas el 1% de las golpeadas en el hogar informa sobre los abusos sufridos. El silencio habla también de la cercanía del agresor: las estadísticas delictivas revelan que la mayor parte de las mujeres que han sido violadas conocen a sus atacantes. Igual sucede con el 40% de las mujeres víctimas de intento de homicidio. La niñas atacadas sexualmente, en el 80% de los casos, han sido molestadas o agredidas por hombres tan cercanos como su padre y tan lejanos como su vecino. El hogar, que debiera ser el espacio acogedor, se convierte en el lugar del peligro. ¿Dónde refugiarse? ¿Dónde acudir si todavía los funcionarios -y muchas veces las funcionarias- actúan según la idea de que detrás del ataque masculino hay siempre una mujer provocadora?

o Durante el primer semestre de 1997, en México, fueron registradas 35 mil denuncias de maltrato de menores, la mayor parte de ellas por abuso sexual.

Al pie de la ley

La lucha contra la violencia a las mujeres, sobre todo la que se presenta en el ámbito doméstico, tomó particular impulso en los últimos diez años. Hasta hoy, 44 países en el mundo han puesto en vigencia leyes contra la violencia doméstica, 27 contra el acoso sexual -entre ellos, Argentina, Costa Rica, Panamá y Paraguay-, 17 contra la violación dentro del matrimonio -ningún país latinoamericano, y sólo Barbados y Trinidad Tobago en el Caribe-, y 12 países africanos y árabes que prohiben las mutilaciones sexuales .

Entre los países de la subregión andina, sólo Venezuela no cuenta con una ley contra la violencia doméstica, aunque en 1993 un proyecto fue presentado al Congreso.

La ley de Ecuador (1995), que prohibe los abusos físicos y mentales y define la violencia psicológica, es considerada como una de las más integrales frente a la diversidad de formas que adoptan las legislaciones vigentes en los diferentes países. Instrumento de vital importancia en esta lucha ha sido la Convención Interamericana para Prevenir, Sancionar y Erradicar la Violencia contra la Mujer o Convención de Belém do Pará, firmada en 1994. Esta herramienta ha sido ratificada por todos los países pertenecientes a la OEA, a excepción de México.


Los Estados permanecen cómplices de esta situación al no tener legislaciones apropiadas ni sistemas para velar porque la ampliación de las leyes sea justa. En materia de violencia intrafamiliar -por ejemplo- sólo 44 de los 193 países del mundo han legislado sobre el tema, siendo 21 de ellos de la región, lo que significa un gran logro, aunque incompleto. En América Latina y el Caribe, la violencia doméstica, tampoco ha sido objeto de campañas públicas sistemáticas como otros problemas sociales, como la conducción de vehículos en estado de embriaguez o el tabaquismo. Aún en la mayoría de los países, los abusos domésticos son considerados oficialmente como un asunto familiar privado. Sin embargo, la envergadura del problema de la violencia doméstica es tal que ha llegado a preocupar a los encargados de la economía mundial.

o En Argentina, según el diario local La Nación, el 93% de los casos de abuso sexual contra menores no llega a la justicia.

Estudios realizados en algunos países de la región por el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) demuestran que el ausentismo laboral de las mujeres golpeadas en la zona significa un costo económico nada despreciable: al año corresponde al 2% del PIB, lo que redunda en una merma del desarrollo.

o "Al comienzo no estaba segura de que mi jefe me acosaba. Cuando fue evidente, lo enfrenté para que dejara de molestarme. Entonces dijo que eran inventos míos, que yo había empezado a coquetear y me pidió que nos acostáramos. No me atreví a denunciarlo y renuncié, pese a que necesitaba el empleo". Natalia, estudiante. Santiago de Chile.

De la casa a la sociedad

Pero la situación no se queda puertas adentro. Trasciende a la sociedad. Se sabe que los hijos y las hijas de hogares donde la madre ha sido golpeada tienden a reproducir más tarde los mismos roles de agresor y víctima. La familia no está separada de la sociedad y hombres violentos en el hogar encontrarán fuera de él otras formas de atacar a las mujeres. Y las agredidas estarán, no sólo en el momento sino a lo largo de su vida, inhibidas para desenvolverse en forma normal en los planos sociales de su existencia: trabajo, educación, ciudadanía, etc. Esto afecta directamente el desarrollo de los países, desde los ámbitos más privados hasta los más públicos, como la administración o la producción económica. La violencia doméstica significa mantener incapacitada de crecimiento personal y social a una enorme población femenina en todo el mundo.

o Según estimaciones oficiales, en Guatemala existen alrededor de 40 mil viudas y 200 mil niños y niñas huérfanos, debido a la violencia ocurrida en los años 80.

Las mujeres que no viven esa situación no escaparán al resto de las formas de discriminación que la sociedad les depara, simplemente por ser mujeres. Así, mucho tiempo después de que la esclavitud fuese abolida en la mayor parte del mundo, muchas sociedades todavía siguen tratando a las mujeres como seres inferiores. Las cadenas son intangibles y sus eslabones incluyen factores como una educación deficiente, la dependencia económica, el limitado poder político, el reducido acceso al control de su fecundidad, las duras convenciones sociales y la desigualdad ante la ley.

o "Un día en la calle un militar me subió a un taxi y me raptó. Los acompañaba otro militar. Me defendí pero no pude escapar. Pasó lo que tenía que pasar. Yo sentí que todo lo que tenía planeado para mi vida se truncó. Quería matarlo. Mis suegros y mis papás decidieron que me casara con él". Mujer urbana de Jalisco.

La violencia es el candado que cierra la cadena. Eliminarla no consiste sólo en castigar acciones individuales. Es preciso cambiar las percepciones, a veces profundamente instaladas en el inconsciente colectivo de mujeres y hombres.

Una marea en movimiento

Este ha sido el siglo de las mujeres. En poco tiempo -comparado con los siglos de silencio- y con métodos pacíficos, ellan han ido alcanzando algunos de sus objetivos. Desde las sufragistas en adelante, no se han detenido, aunque sus movimientos tengan contradicciones y problemas, aunque cometan errores o aunque repitan las conductas del poder masculino.

o Una de cada once mujeres jamaicanas, entre los 25 y los 60 años, ha sufrido violencia física perpetrada por un hombre. En 1995, la policía informó que el 39% de los asesinatos cometidos fueron resultado de peleas en el hogar.

Aunque se sientan solas con una carga demasiado grande y con todo el sistema atávico en contra, cada día se suman los ejemplos que apuntan al establecimiento del pleno derecho de las mujeres y las niñas en una sociedad justa. En la región, las iniciativas desde el mundo de las organizaciones han significado el establecimiento de redes de investigación, ayuda, información, contactos, solidaridad y han empujado a los gobiernos a emprender acciones.

o Según el Banco Mundial, en la región, uno de cada cinco días activos que pierden las mujeres por problemas de salud, se debe a manifestaciones de la violencia doméstica.

Al menos seis países han establecido unidades de policía destinadas exclusivamente a las mujeres, siendo Brasil el primero en 1985. México ha nombrado un fiscal especial para los delitos de carácter sexual y varios Estados han establecido Defensorías de las mujeres para atender sus problemas. Casi la mitad de los países de América Latina y el Caribe han introducido reformas en sus sistemas judiciales relativos a la infancia y otros han reforzado la legislación protectora de niños y niñas contra la explotación sexual.

Sin embargo, el esfuerzo para visibilizar la violencia contra las mujeres, como primer paso para erradicarla, compete a todos los sectores de la sociedad: al sistema judicial y al de salud, a los medios de comunicación y a los productores culturales, a la educación, a las organizaciones gubernamentales y no gubernamentales, al mundo político y al religioso. Y, por supuesto, a las mujeres, que seguirán sumándose a esta lucha no conmiserativa, sino afirmativa de los derechos que nos protegen de la discriminación económica y política, del racismo, del sexismo y de la homofobia.

o "Lo que más recuerdo es que un día me preguntó qué pensaba yo... Nadie nunca me había hecho esa pregunta en mis setenta años". Anciana salvadoreña, recordando a Monseñor Oscar Arnulfo Romero, asesinado por los Escuadrones de la Muerte.

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