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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 207 | Junio 1999
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Panamá

Resultados electorales: todos en el mismo barco

¿Gobierno dividido o gobierno compartido? Ambas lecturas permiten los resultados de las elecciones del 2 de mayo. Todos los partidos quedaron subidos en el mismo barco. Si se torpedean unos a otros hundirán la nave. La sociedad civil puede ser la mejor estabilizadora de la travesía. Para que madure la naciente democracia panameña.

Raúl Leis

El 2 de mayo Panamá vivió sus últimas elecciones de este del siglo, y las vivió a mitad de un año decisivo: el último día de diciembre Panamá será al fin dueña del estratégico Canal y de sus áreas aledañas, asumiendo plenamente su posición geográfica, desmilitarizándose con la salida de las bases estadounidenses y afirmando su vocación de paz.

Ganó la incipiente democracia

Tres candidatos presidenciales, al frente de sendas alianzas, rememoraron -dos de ellos- la nostalgia por dos caudillos desaparecidos. El joven hijo de Omar Torrijos, Martín, y la madura viuda de Arnulfo Arias, Mireya Moscoso, concentraron las principales opciones de triunfo. Y aunque el Ejecutivo lo ganó la primera Presidenta que tendrá Panamá, a nombre de la opositora Alianza Unión Por Panamá (UPP), la mayoría del Legislativo -que en Panamá tiene importantes facultades- y la mayoría de alcaldías y municipios estarán en manos de la alianza Nueva Nación (NN) que comandó Torrijos, representando al partido que resultó más votado en la contienda, el Revolucionario Democrático (PRD).

La verdadera ganadora del proceso electoral parece ser la incipiente democracia panameña, pues se confirmó la capacidad de cambiar o de mantener a los gobernantes por el camino cívico del voto y la posibilidad de dilucidar las diferencias con tolerancia. A finales del siglo y después de un total de 22 contiendas electorales, muchas de las cuales fueron manipuladas, intervenidas o golpeadas tanto por civiles, por militares o por invasiones extranjeras, las elecciones de 1999 se caracterizaron por casi un 80% de participación popular y por el respeto a los resultados del escrutinio.

Todas las alianzas presentaron sus programas de gobierno, pero no se logró concretizar un debate público entre los aspirantes a la Presidencia. Previamente, y al igual que en las elecciones anteriores, los partidos se comprometieron a adecentar las elecciones a través del Pacto Etico Electoral promovido por la Iglesia católica. La mayor parte de las irregularidades de la campaña surgieron de los propios políticos en pugna, más que del Tribunal Electoral, lo que no libera totalmente de responsabilidades a esta instancia.

Después de la década de los 70, cuando el gobierno militar de Torrijos eliminó los partidos políticos y la Asamblea; de unos años 80 mediatizados por la dictadura de Noriega y por la invasión norteamericana, en los 90 se realizaron dos referéndums (1992 y 1998), con resultados adversos al gobierno de turno, y dos elecciones generales donde triunfó la oposición (1994 y 1999).
Naturalmente, queda mucho por hacer para consolidar la democracia panameña en su aspecto electoral. Están pendientes, entre otras, tareas urgentes: democratizar a los partidos políticos, abrir a la participación a la sociedad civil, intensificar los debates políticos, afinar los mecanismos electorales y sobre todo, entender y asumir que la democracia es mucho, mucho más, que meter los votos en sus respectivas cajas cada cinco años, y que después sean bien contados.

Moscoso: tenaz y capaz

Muchos daban por seguro el triunfo de Martín Torrijos, que llegó a tener meses antes de la fecha de las elecciones una ventaja de cerca del 20%, manteniendo semanas antes la diferencia en un cómodo 10% según las encuestas más confiables. Mireya Moscoso pudo remontar esa diferencia y obtener sobre Torrijos un 7% de ventaja, lo que le dio el triunfo presidencial, combinando la tenacidad política y la habilidad para despojarse del estigma de incapacidad con que la marcaron ante sus rivales. Martín Torrijos no logró convencer a los votantes de que su estigma, el del continuismo, era falso, y cargó con los errores y las culpas del gobierno de Ernesto Pérez Balladares -fue parte de su gabinete-, perdedor en el referéndum de mayo 98, que propuso para reformar la Constitución y lograr su reelección.

El tercer lugar en la contienda lo obtuvo el empresario Alberto Vallarino, disidente del Partido Arnulfista, al frente de la alianza Acción Opositora (AO), que recibió el apoyo de un 20% de los votantes, lo que permitió la sobrevivencia del Partido Demócrata Cristiano. El resultado confirmó un amplio voto opositor si se suman las cifras de la UPP y la AO. Así, a pesar de la división de la oposición fue posible reemplazar en el Ejecutivo al PRD y a sus aliados.

Un voto muy cruzado

Tanto los grupos de poder económico como un sector de los movimientos sociales distribuyeron sus votos en las tres alianzas. Resultado: los intereses económicos quedaron salvaguardados, pero los movimientos sociales obtuvieron una pobre representación en los cargos de elección popular.

De los doce partidos legales agrupados en las tres alianzas, cinco desaparecieron al no lograr el mínimo requerido de votos. Tres de esos partidos son vestigios de la búsqueda de alternativas políticas: el Partido Renovación Civilista, que recogió las banderas de la Cruzada Civilista Nacional opuesta a la dictadura de Noriega; el Partido Nacionalista Popular, surgido del movimiento estudiantil universitario de los 70 y 80; y el Movimiento Papa Egoró (Madre Tierra), liderado por Rubén Blades, que debutó con enorme apoyo popular y electoral en 1994, y cuyo fin resulta el caso más dramático.

El resultado electoral puede leerse así: un gobierno dividido como producto del voto cruzado de la gente, que votó pragmáticamente por la reelección de legisladores que manejaron sólo en el último año alrededor de 30 millones de dólares en partidas especiales para obras públicas que fueron manejadas políticamente. También es posible leer el resultado electoral como un explícito mensaje antiautoritario que los electores dan a los políticos, convocándolos a deponer sus diferencias a través de un sistema de contrapesos y concertaciones, guardando los colores partidarios para ponerse a trabajar por el país.

¿Cómo funcionar?

Aunque en la teoría democrática es positiva la independencia de los órganos de gobierno, en la práctica de la política panameña existe el temor de que una excesiva separación produzca inestabilidad política y hasta situaciones de ingobernabilidad.
Cuando el primero de septiembre tome posesión el gobierno electo, se pondrá a prueba la madurez de la joven democracia panameña. En los sistemas presidencialistas latinoamericanos la oposición asume frecuentemente una función obstruccionista, que puede resumirse en la consigna: "no dejar gobernar", en la creencia de que así se garantizan el triunfo en la próxima elección presidencial. Esta forma de actuar puede ocasionar una ruptura democrática. La confrontación innecesaria contra el Ejecutivo erosiona la credibilidad y la legitimidad del sistema democrático, percibiendo entonces los ciudadanos en la actuación de la oposición una proyección de cómo actuarían si llegaran al gobierno.

Maximalismo e ideologismo

También el Ejecutivo debe aprender. Un gobierno excluyente o convertido únicamente en sede de intereses políticos partidistas disminuye la capacidad de convocatoria nacional y de representación ciudadana, convirtiéndose en la justificación para la aparición de una oposición obstruccionista. Así, "la exigencia de la oposición puede ser maximalista -exigir mas allá de lo que conscientemente se sabe que se puede satisfacer- o ideologista -priorizar los fines de la política por sobre sus instrumentos o medios-. Esta mezcla de ingredientes contribuye por una parte a la desconfianza frente a la oposición y por otra, a la frustración una vez que la oposición se convierte en gobierno, en la medida en que no puede hacerse responsable de sus propias exigencias." (Diccionario Electoral).

PRD: ola innovadora

El largo período de transición (mayo-septiembre) parece haberse iniciado con malos augurios. El PRD, eje de la alianza Nueva Nación, declinó la invitación a participar en el nuevo gobierno de Mireya Moscoso, y parece estar rayando el cuadro para sitiar a la nueva Presidenta con medidas como la creación de la Sala Quinta, que aseguraría una cómoda mayoría del PRD en el órgano judicial y la promulgación de leyes que permitan la permanencia de funcionarios en períodos más largos que los quinquenales. Al mismo tiempo, y a pesar de que el todavía Presidente Pérez Balladares y la cúpula tradicional del partido buscan mantener el control del PRD, se gesta una ola innovadora en torno a Martín Torrijos, destinada a transformar a esta organización política.

Todos en el mismo barco

La alianza triunfadora, la UPP, reconociendo su vulnerabilidad, se encuentra en la disyuntiva de establecer alianzas políticas a cambio de espacios en el futuro gobierno con el riesgo de perder efectividad en las iniciativas necesarias para impulsar sus promesas electorales o de concertar con la sociedad civil. La Presidenta puede ciertamente convocar a sus bases de apoyo mientras dure la luna de miel de los primeros meses de su gobierno, pero sucumbiría al descrédito total del sistema político en la medida en que deje imperar al gobierno dividido.

Lo cierto es que todos los partidos quedaron subidos en el mismo barco, unos en el gobierno-Ejecutivo y otros en el gobierno-Legislativo. Si se torpedean unos a otros hundirán la nave. Dicen que el optimista mira un vaso con la mitad de agua y lo ve medio lleno, mientras para el pesimista el vaso está medio vacío. Así podemos ver al nuevo gobierno: como compartido o como dividido. La diferencia entre ambas percepciones no puede resolverse por la capacidad de armar componendas políticas, porque a la larga esto erosionaría la credibilidad del sistema político. La salida debe ir por el reconocimiento del protagonismo de la sociedad civil como reguladora de la gobernabilidad democrática de la sociedad panameña.

Midiendo con el "pactómetro"

La sociedad civil ha sido parte activa en los procesos de concertación nacional en torno al Canal (Encuentros Panamá 2000)en 1997 y en la elaboración de la Visión Nacional 2020 en 1998. A lo largo del proceso electoral de 1999 presentó y logró un conjunto de pactos que fueron firmados por todos los candidatos en la campaña electoral. Los pactos con la juventud, las mujeres, los municipios y las comarcas indígenas, los ambientalistas, la sociedad civil y los regionales (Colón) comprometieron a las tres alianzas a cumplirlos quedaran donde quedaran, en el Ejecutivo o en el Legislativo, en el oficialismo o en la oposición.

La sociedad civil posee ya identidad de interlocutora importante que exige el cumplimiento a cabalidad de estos acuerdos, y de seguro no se quedará de brazos cruzados. Hay que ubicar que los pactos surgen como un instrumento de articulación en dos direcciones. Por una parte, hilvanan y consolidan la unidad de un sector social determinado(jóvenes, mujeres, ambientalistas, municipalistas, sociedad civil) estableciendo los elementos de un programa mínimo. Por otra parte, amarran aspectos de los programas electorales aterrizándolos en forma de compromisos, sujetos a seguimiento y monitoreo por parte de los interlocutores.

Los pactos serán monitoreados por los interlocutores a través de diversos mecanismos de seguimiento. Con el visionómetro que impulsa a la sociedad civil para el monitoreo de la Visión 2020. O con el pactómetro, para dar seguimiento al pacto por la descentralización. El pactómetro será un eje dentro del proceso intensivo de capacitación a las municipalidades surgidas de las elecciones del 2 de mayo de 1999. La meta sería lograr un solo sistema integrado de monitoreo y seguimiento a los pactos y a la Visión 2020.

Pactos por la gobernabilidad

Es vital estimular la capacidad de construir agendas sociales para influir en las agendas políticas de los partidos y en la agenda pública del Estado, con el fin de lograr la equidad, tan ausente del crecimiento económico, y con el fin de fortalecer la democracia. Es necesaria una sociedad civil fuerte, y un sistema político autónomo y competitivo, con partidos políticos permeables a las necesidades y aspiraciones de la población. Esto es lo que sentaría las bases de la gobernabilidad democrática y daría capacidad al Estado para ejercer sus funciones en un clima democrático, lo que daría capacidad a las instituciones públicas para satisfacer las necesidades mínimas de la población, y lo que daría perdurabilidad de consensos básicos sobre la legitimidad del sistema político.

En la práctica, los pactos constituyen una agenda democrática de gobernabilidad que se suma a las propuestas de la sociedad civil organizada y de los movimientos sociales. Deben constituirse en agenda nacional donde converjan todos los colores partidarios y no partidarios.

En manos de una mujer

Una mujer representará al pueblo panameño en la Presidencia y recibirá en su nombre la brecha canalera que abrió nuestra tierra a las naves del mundo, reafirmando el manejo soberano del territorio de Panamá y de su posición geográfica. Que sean las manos de una mujer las que asuman esta representación es una señal de reconocimiento a la capacidad femenina. Hace solo unas décadas se le negaba a la mujer hasta el derecho al voto. Hoy, cuando todavía existen tantas discriminaciones contra las mujeres, los panameños dieron su voto por una mujer. Es un gran avance.

El poder ganado en las elecciones debe servir para contribuir a dar respuestas a grandes desafíos: la democracia, la autodeterminación, la equidad social. Habrá que perfeccionar la democracia política y no sólo la electoral, impulsar el desarrollo sostenible con equidad y afirmar la autodeterminación de un país que recién va a adquirir el control de su destino con la reversión canalera y sobre el cual pende aún el peligro de continuar sirviendo a bases militares. El interés que demuestran diversos sectores del gobierno estadounidense de negociar la continuidad militar nos mantiene alertas.

Siempre que algunos de estos tres ejes -democracia, autodeterminación, equidad- se han subordinado o soslayado, Panamá ha enfrentado crisis de grueso calibre. El mejor ejemplo es la crisis 1987-89, cuando la sociedad panameña se polarizó entre dos discursos que se excluían: el civilismo que pregonaba la soberanía popular, y los militares que enarbolaban la soberanía nacional. Ambos sectores olvidaban la equidad. Hoy ya no es posible divorciar la preocupación por la equidad y por la armonía ambiental de la preocupación por el crecimiento económico. Integrar estos ejes es lo que hace sostenible a la democracia, que no tiene sentido si nos falta la autodeterminación como país.

Raíces y alas

¿Serán conscientes las fuerzas políticas de la necesidad de un gobierno compartido con las otras fuerzas políticas y con la sociedad civil? ¿Crecerá una ciudadanía cada vez más crítica y vigilante que observe, participe y no cese de pedir no sólo rendición de cuentas sino el ser tomada en cuenta como sujeto activo de la democracia?
Hodding Carter dijo una vez que los dos regalos que podemos dejarle a nuestros hijos son raíces y alas. A casi un siglo de república, Panamá posee raíces: experiencias y significados que permiten madurar las grandes decisiones que es necesario tomar. De alguna manera, la presencia simbólica de líderes desaparecidos como Arnulfo Arias y Omar Torrijos -en su viuda, la nueva Presidenta, y en su hijo- expresan el arraigo de esas raíces.

Pero también necesitamos alas para volar y volando, encontrar rutas que hagan digna y buena la vida que todos y todas se merecen.

Panamá tiene oportunidades que no poseen muchos países del mundo. Evaluando sus potencialidades y sus necesidades, es incorrecto e injusto que la mitad de sus habitantes padezca pobreza, que el país se deforeste día a día o que tantos sufran inadmisibles injusticias de diverso tamaño y grosor. Volar será gobernar no sólo para la gente sino con la gente, por el bien de toda la gente. Volar será desarrollar la imaginación y desenvolver las capacidades para encontrar respuestas integrales al desafío del desarrollo y al desafío de la democracia.

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