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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 201 | Diciembre 1998
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América Latina

Pinochet en prisión: fin del voluntarismo democrático

No sólo se han globalizado las finanzas y las bolsas de valores. Se empieza a universalizar el derecho y la lucha contra la impunidad. El caso Pinochet lo demuestra. ¿Cómo lo ven los chilenos? He aquí una reflexión, muy sugestiva y muy personal, de un chileno académico y agudo observador, sobre el "fracaso" que se esconde tras este colosal e inesperado triunfo de la justicia.

José Bengoa

Ayer el diario inglés Independent traía una primera página completa en la que un ciudadano británico norteamericano relataba los 10 días pasados en el Estadio Nacional de Chile hace 25 años atrás en el Santiago de 1973. Hoy, cumplida una semana del arresto de Pinochet en The Clinic, nombre ridículamente expresivo del hospital londinense donde se encuentra "arrestado" el ex-Presidente de la República de Chile, la BBC de Londres, de tamaña fama en toda Europa y escuchada en el mundo entero gracias al cable, pasó más de una hora de programas sobre nosotros mismos, sobre lo que somos, y lo que hemos sido los chilenos.
Estar sometido a esta explosión de reflexiones sobre el pequeño país en que me tocó nacer, mirando por la ventana estos vetustos edificios de esta universidad colonial de Cambridge, es una experiencia inenarrable frente a la cual no puedo menos que reaccionar borroneando unas cuartillas con las reflexiones que se me vienen encima. Porque a veces la realidad es mucho más fuerte que los deseos.

Siento haber vivido una década de voluntarismo, de realidades inventadas, de búsqueda de una normalidad que no existía. Nadie dice aquí lo que quisimos ser en esta transición a la democracia a la chilena, nadie habla de esos sueños de "dar vuelta la página", nadie dice nada de ese hacer lo posible por vivir con la impunidad a cuestas y echarle pa'delante. Y nadie dice nada de ello porque es mentira, porque, malditamente, es falso que tengamos un proyecto de país, mientras no arreglemos cuentas con lo que hemos sido y somos como sociedad profundamente afectada hasta el día de hoy por los sucesos que nos vienen una y otra vez a llenar las pantallas de los televisores. Algo debemos tener que ver los chilenos con los griegos, porque en esta situación es el destino, las moiras aladas y con garras, las que vienen contra nosotros, nos interrumpen nuestros sueños de normalidad, de democracia, de reconciliaciones solemnizadas antes de tiempo en alguna misa del Templo Votivo de Maipú.



La vida por la Patria

¿Qué es un país sino un conjunto de símbolos? ¿Alguien creerá por acaso que un país es un grupo de personas amigas, o un pedazo de tierra, o un gobierno? ¿O como creyeron los antiguos oligarcas, un grupo de familias? Como lo ha escrito una inglesa hace ya años, las naciones se construyen imaginadamente, son "comunidades imaginadas". Son símbolos, conjunto de expresiones simbólicas: son nada y a la vez son todo. Es tan absurdo el tema que son millones los que han dado "la vida por la Patria". Ninguno de ellos ha sabido bien lo que eso significa. Todo se reduce al final a la capacidad de un colectivo de imaginarse de manera adecuada.
Chile, en el imaginario del mundo, sigue siendo un asunto de importancia, y no por los éxitos económicos que no entusiasman ni desentusiasman a nadie. Porque nadie hace de un Almacén una Nación. No por casualidad en la Alameda de las Delicias, eje vertebral de la ciudad y el país, se erigen estatuas de señores a caballo, con espadas, con constituciones en la mano, en fin, personas que llenaron de símbolos el país: desde el que dijo "el que sea valiente que me siga", hasta quien profetizó "se abrirán las anchas Alamedas". Por cierto que los millonarios dejaron estampadas sus fortunas en algunas mansiones hoy en día venidas a menos y de las que nadie recuerda siquiera el nombre de sus dueños. Y debemos reconocerlo: de esos signos compartidos carecemos hoy día los chilenos. Por eso mismo se ha debilitado nuestra idea de país, de Nación, de sociedad común. Muchos hoy día, no darían "la vida por la Patria". Debería decir: no daríamos la vida por la Patria. Lo que sin duda es lamentable.



¿Cómo nos ven?

Alguien en Chile, sobre todo, preguntaría ¿cómo nos ven? Con ansiedad, después de diez años de tratar de mejorar nuestra imagen interna y externa. Ha sido el título de numerosas conferencias para empresarios durante estos años. ¿Cómo nos ven? Creerán, se preguntaron muchas veces los políticos, que lo estamos haciendo bien en esta transición a la democracia. El Presidente se ha visto obligado, como parte de sus funciones autoatribuidas, a viajar persistentemente de modo de mostrar una imagen dinámica de un país que ha dejado el pasado, que mira con entusiasmo al siglo veintiuno y que posee entre sus muchos atributos (además de la cordillera, el vino y las mujeres), una economía sólida, que le hará una "verónica" a la crisis asiática.

Podemos afirmar sin pena ni gloria que todos esos esfuerzos de exportar una imagen atractiva y audaz se han ido al tacho de la basura en estos días de discusiones frente a la clínica-cárcel. Una señora que hace el aseo en el college de la universidad, al saber que era chileno me miró con cara de condescendencia y un poco de pena. Trató de demostrar que ella no tenía por qué pensar que yo era de la misma naturaleza que el señor que reposa en The Clinic. Se rió, me miró de reojo y se fue. La imagen de país exitoso que trató de expresar el empresariado criollo en estos últimos diez años se ha puesto una vez más en entredicho. Como dicen en el campo, cuando alguien se muere, habría que decir: "Pinochet me lo dio, Pinochet me lo quitó".

Fue el arrestado en la clínica por Scotland Yard quien permitió, a sangre y fuego textualmente, que se implementara el modelo económico exportador, la nunca bien ponderada economía social de mercado y será él quien le pondrá la principal dificultad: la redestrucción de la imagen del país. Cada vez que una delegación chilena salga de Pudahuel o Merino Benítez, deberá pensar en el discurso explicatorio respecto a lo que todos en el mundo saben y quieren saber de lo que ocurre en Chile. Antes de vender una manzana o un roble huacho, deberá explicar lo inexplicable.



¿Operación The Clinic?

Nos guste o no nos guste. Sigue siendo el dictador. Nadie le propuso venir a Inglaterra. El decidió no sacar la visa que le daría la inmunidad diplomática. El se internó en The Clinic, pudiendo haberse internado en la Clínica Las Condes de Santiago, incluso con médicos y tecnología británica. El le dio la entrevista mas arrogante posible al periodista Anderson del New Yorker en el hotel de Londres. El involucró a Margaret Thatcher y ha provocado el mayor encono posible contra Argentina al relatar la ayuda que Chile le brindó en la guerra de Las Malvinas. La Thatcher lo ha reiterado. La unidad latinoamericana una vez más se ha ido al traste. La capacidad de emporcar la imagen del país ha sido infinita.
Lo ha logrado. A los 82 años muestra tener en vilo al país y ser capaz de terminar con la ilusión de la transición a la democracia. Yo el Supremo, diría Roa Bastos. El supremo en cálculo perverso. Nos preguntamos, pero después de sufrirlo 25 años podemos suponer que no hay tantos pasos en falso.

Aceptó la transición mientras le convino y la toleró. Cuando miró que el juego se puso peligroso decidió, no sabría si consciente o inconscientemente, "patear el tablero". Los malos jugadores de ajedrez cuando van perdiendo, se enojan, dan de patadas al tablero y tiran las piezas por el suelo. Al igual que la prensa internacional, Pinochet no mira con delicadas sutilezas las diferencias del socialismo de antes y del de ahora. Ve que entregar el poder a un socialista sería la demostración de su fracaso. Pinochet se ha determinado a concluir con el tipo de transición que había comenzado con su derrota hace diez años. Primero hizo los finteos hacia derecha e izquierda y le dio la mano a Andrés Zaldívar, demócratacristiano que vivió exiliado por él mismo en Madrid. Continuaron los gestos. Semanas atrás, una hija de Pinochet dijo ante una revista del corazón que la derecha había sido "ingrata" con su padre. Lo que se cuece en las ollas de la familia suele ser la verdad más verdadera acerca de los verdaderos sentimientos políticos del jerarca.

Qué lo hizo venir a Londres, se pregunta la prensa local. ¿Será acaso su necesidad de protagonismo? ¿Será la necesidad de no dejar la escena mundial? ¿Será una combinación de astucia y traición, como la ha demostrado a lo largo de toda su vida? Ahora a quien está traicionando es a todo lo que supuestamente fue su obra: la transición a la democracia pactada, la nueva imagen de Chile como país exitoso, todo ello y todo ello junto, posiblemente.



Fracaso del voluntarismo democrático

Independientemente de esta hipótesis conspirativa, el episodio de Pinochet en The Clinic, expresa con brutalidad el fracaso de una generación entre la que me cuento y con la que me solidarizo, que trató a punta de voluntad y voluntarismo de resolver nuestros problemas pasados y de levantar un país posible. Hoy día podemos agregar apesadumbradamente, artificialmente.

Buscamos, como generación que vivió la dictadura y reflexionó sobre lo que ocurría y sobre las salidas posibles, buscamos repito, no ser lo que éramos, no parecernos a lo que habíamos sido, no mirarnos en el espejo sino más bien romperlo. No estudiamos a fondo el origen de nuestra ira. De la ira de los unos y la ira de los otros. No nos dimos cuenta de la irreductibilidad del poder social en Chile.
Quisimos contemporizar, en el fondo, con lo que había pasado. Hicimos, todos, y me incluyo, un acto de contricción, propio de nuestra cultura católica, avalados por la Iglesia. Cerramos los ojos y dijimos "demos vuelta a la página". Hoy día, el mundo, la BBC de Londres (frente a la que siempre nos hemos inclinado como fuente de reflexión seria y adecuada), los diarios influyentes, la gente corriente en la calle, nos dicen con extrema brutalidad: ustedes los chilenos son unos salvajes del Tercer Mundo, porque no han resuelto lo único que es preciso resolver: la justicia en la sociedad. Son unos salvajes que no son parte del mundo decente, porque su presidente-dictador-enfermo-preso, se pasea impunemente por el mundo.
El periodista de la revista New Yorker le hizo una entrevista en un hotel antes de entrar en The Clinic y él le dijo, con desparpajo, que le gustaba comprar en Londres, que le gusta pasear por esta ciudad, entrar a Harrods y tomar el té. Eso dicen y hacen las personas millonarias y poco respetadas, aunque aceptadas, de los países árabes, africanos, asiáticos, yugoeslavos/macedónicos y todos aquellos que son expulsados en el imaginario colectivo de Occidente del mundo de los decentes, del planeta de la gente que convive.
¿De qué sirve que los supermercados Marks and Spencer estén llenos de vino tinto chileno? ¿Alguien cree que es posible poner en la balanza las exportaciones de vinos y frutas y la ausencia de justicia? ¿Cómo pudo un gobierno democrático imaginar posible que el solo hecho de viajar por el planeta vendiendo productos junto a un avión repleto de empresarios iba a cambiar "la imagen internacional de Chile"? Pecamos todos de arrogancia. Unos más que otros, pero finalmente el país aparece plagado de impunidad, marcado por un destino horrible, e incapaz de someter su propia figura a la mirada del espejo, a la mirada de la realidad.



Septiembre 73: profundidad cultural

El asunto Pinochet es el final de un sueño autopretendido, de una profecía autocumplida, de un pensamiento deseado que trató de ser realidad y que fracasó porque la vida es mucho más fuerte y se impone frente a los voluntarismos de cualquier tipo que sean. Nos damos cuenta hoy día, una vez más, que lo que ocurrió en el 73 fue muy profundo, no sólo para Chile sino para el mundo, para mucha gente en el mundo. Las interpretaciones pueden ser muchas, pero no cabe duda que Chile del 70 fue una esperanza, una de los últimas esperanzas antes de caer en esta desesperanza de fin de siglo, de postmodernismos cínicos, de juventudes tecno con poco futuro en sus cabezas rapadas.
Para la generación que hoy día tenemos 50 años, Chile fue un símbolo como fue España para la generación anterior a nosotros. Ellos, nuestros padres, los nerudas y hemingways, quedaron marcados por "España en el corazón". No tuvieron edad para esperar los cuarenta años de Franco. Muchos se murieron antes de que el tirano franquista entregara, de viejo, el poder. Pero no hubo rendición. La que se rindió fue la generación que vino después, los felipes gonzález que no conocieron de la guerra y que no tenían compromiso con ella.

No fue así en nuestro caso. Los mismos actores en un acto de voluntad que sigo respetando, pero que llega a su término, cambiaron sus posiciones. Dijeron: ¡reconciliémonos! Veo en la televisión, leo en los diarios, que nadie nos creyó a los chilenos. Por el contrario nos hemos quedado como los "tontos de América", ricos por fuera, tontos por dentro.



Lectura desde el presente

La imagen ha regresado el reloj hacia atrás. Se repite la historia pero cada vez con nuevos matices y aproximaciones distintas. Hoy en día Salvador Allende ha aparecido más cercano que nunca al socialismo europeo y a la socialdemocracia, que vuelve a plantear sus alternativas diferenciadoras. No es ninguna casualidad que sea la Inglaterra de Tony Blair y de Cook, que ponen los derechos humanos sobre la mesa, la que "arresta" a Pinochet. Se terminó el tiempo, también, del entusiasmo por las globalizaciones y la hegemonía del neoliberalismo americano. Europa quiere poner distancia con los Pinochet. El viajero o no se dio cuenta de ese cambio o si lo percibió lo hizo a propósito para sus objetivos internos.

La izquierda democrática chilena leyó la caída de Allende en el marco de la guerra fría. Muchos quizá extremaron sus posiciones "renovadas", producto de la finalización de la contienda entre los bloques. A partir de esa realidad imposible de transformar, de la caída de la Unión Soviética y del afamado Muro de Berlín, parte de la Izquierda leyó el pasado con tintas más rojas que las que hoy día aparecen en la escena mundial. Se olvidó quizá en esa lectura del enorme deseo de justicia social que condujo a la presidencia del "Compañero Presidente". Quiero decir que en muchos casos se oscurecieron las "características nacionales" del movimiento social y político que concluyó con la Unidad Popular.

Muchos han insistido en las acciones de la CIA en el golpe de Estado, muchos han analizado críticamente lo que ocurrió en el gobierno popular, el desorden político, la falta de planes realistas, la verbalización de un radicalismo incapaz de hacerse cargo de lo que afirmaba y sobre todo, incapaz de hacerse cargo de los ataques que propinaba al sistema, a las otras fuerzas sociales y en particular a las Fuerzas Armadas. Sobre ese conjunto de materias la Izquierda chilena se hizo, como pocas, una autocrítica práctica más que teórica y escrita. Se bajó el nivel de la demanda. Se dijo que era posible sólo hacer determinadas propuestas, administración democrática de los procesos. Muchos se afirmaron más de la cuenta en los asuntos prácticos del Estado, dejando en el olvido las antiguas demandas y planteamientos. Se mostró un pragmatismo hábil para el logro de una transición pactada, pero no para enfrentar un conflicto del tamaño del que hemos tenido y tenemos en Chile.



"La utopía chilena al socialismo"

La cuestión de Pinochet es simbólica o emblemática para la nueva etapa de "globalizaciones" que se inicia. Ya nadie cree en la ingenuidad neoliberal del dúo Pinochet-Thatcher. La solución de los problemas económicos y sociales por la vía del despido de los obreros de las fábricas y la privatización de las actividades estatales llegó a su fin. La figura de Allende, "democrático y socialista", vuelve a estar en la primera línea de fuego de la Europa que se viene con el próximo siglo.

Porque, y es lo que quería decir al escuchar durante una semana entera las noticias, leer los diarios, pararme horas, ritualmente, en la puerta de la clínica de Pinochet en Londres, es lo único que se me ha venido a la cabeza: nuestro principal vínculo con la cultura occidental, con la decencia de Occidente, con lo que podríamos entusiastamente denominar pomposamente la "civilización occidental", está en que una vez, una sola vez en nuestra historia, propusimos un modelo de justicia comprensible por la gente digna del planeta. Fuimos los chilenos capaces de entregarle al mundo un sueño: "la vía chilena al socialismo".

El mundo no nos va a perdonar tan fácil a unos y a otros, a los chilenos que rompieron a sangre y fuego la vía chilena al socialismo, los pinochet; y a los chilenos que hemos tratado de olvidar esa utopía. Los unos trataron de transformar esa relación con el mundo en una relación comercial, los otros nos fuimos quedando callados y tenemos poco que decir en este momento. Pero la impunidad es inaceptable. Ese sentimiento está en el fondo de la cultura de estos países.
Pinochet es un símbolo más allá de su persona y de sus decisiones e incluso responsabilidades. Es el símbolo de haber roto ese sueño. Y el resto de los chilenos son muy poco apreciados en este momento, en esta coyuntura, porque no fueron, no fuimos, capaces de tomar en sus manos este legado, que a las finales, es el único pedazo de cultura decente que hemos tenido y que nos ha diferenciado de otras naciones sin ninguna pretensión de decencia.



El gobierno es quien está preso

En esta coyuntura, el gobierno chileno actual se ha visto encarcelado por la historia. Aparece defendiendo al dictador-enfermo-preso. Posiblemente no hay otra alternativa. Esa conducta se decidió hace diez años cuando dijimos emocionadamente que NO en el plebiscito y decidimos en ese acto de voluntarismo, no plenamente consciente como suele ser la historia de los pueblos, transitar de esta manera a la democracia. Hoy día los compañeros de antes, funcionarios de gobierno de hoy día, muchos de ellos exiliados por Pinochet, sólo pueden decir en privado lo que piensan. Envían a Londres a unos expertos que representan al "gobierno de Chile" y que tratan de salvar al general de las garras de Scotland Yard. La imagen se desploma por minutos. Pasamos de ser una "nación exportadora" a ser una "nación de protectores de generales". El entendimiento de la complejidad de lo que ocurre en Chile, puede ser posible, en la medida que exista buena voluntad por parte de los auditores extranjeros que escuchan. Pero, al minuto de separarse dirán entre ellos: "¡Estos chilenos!". Alguno con cariño agregará: "¡Pobres chilenos!, miren en el problema en que están".



Identidad nacional derretida

Fueron pocos los que reaccionaron al momento en que se simbolizó con mayor grado de esquizofrenia el voluntarismo que aquejaba de manera patológica a todo un sector de la sociedad chilena. El 91, recién comenzada la transición, se discutió qué llevar como símbolo de la identidad nacional a Sevilla. La cuestión del famoso iceberg. Se lo sacó de la Antártida, se lo filmó, se lo refrigeró, se lo llevó, fue observado por miles de personas y terminó sus días derritiéndose en las aguas calientes y podridas del Guadalquivir.
Allí se quiso expresar la transparencia de la sociedad chilena, el hielo milenario transparente, obviamente de sus negocios, de sus comerciantes, empresarios, gobierno y de todo tipo de personas. Se quiso expresar también que no pertenecíamos al Tercer Mundo, caliente, tropical, latinoamericano, salsero, cumbianero y candomblero. Eramos los "ingleses de América" como se nos dijo en el colegio, tantas veces, como diciendo: "Mira bien chilenito, no eres indio como los otros latinoamericanos", no eres negrito, no eres así y no eres asá. Eres parte del mundo occidental, eres un trasplante de la vieja Europa en América, y nada más y nada menos que de la vieja "bella Albión", la Britania de reyes y gente respetable.
Como en los cuentos e historias de humor negro, podría decirse que, junto con derretirse nuestra transparencia e identidad nacional en las oscuras aguas del Guadalquivir español, ha sido el afamado cuerpo de policía de Scotland Yard quien ha terminado con nuestros sueños de ser "los ingleses de América".



Un futuro ético o nada

Pareciera que lo que viene por delante será la necesaria radical autocrítica acerca de nuestro voluntarismo soberbio y enfermizo. Habrá que ser implacable con la crítica a quienes se creen aún la imagen autodefinida de una democracia perfecta y llena de orgullo por exportar espárragos a Taiwan.

Porque la expresión del voluntarismo de una transición apostada ha sido la soberbia. La soberbia del poder fáctico, la falta de aceptación mínima de la crítica. La apelación de "enemigo del régimen" de quien critica. La crítica en Chile se había vuelto una actividad pecaminosa. La misma cuestión de los derechos humanos se ha transformado en un asunto molesto para muchas personas e incluso autoridades. Quienes se atreven a continuar con los reclamos de justicia son vistos muchas veces como personas anticuadas que no deberían continuar en estos asuntos. La soberbia del poder había estado invadiendo muchos espacios de la antigua Izquierda. Este campanazo desde Londres podrá despertar a más de alguno.

¿Qué consecuencias sobre la cultura y sobre la política, en Chile? No me atrevo ni a pensarlas. Pero, como dicen en el campo, que "no creo en brujos, Garay, pero de que sí los hay, los hay". No debería ser posible salir nuevamente de este embrollo con las mismas políticas avestrucientas de los últimos diez años. Frente a esta ignominia se imponen actitudes éticas, de principios como se decía antes, definidas por algún parámetro relacionado con la decencia. El atajo de los compromisos, del posibilismo en función de resultados, se ha desplomado en medio de las risas del mundo que ven cómo Scotland Yard, en un acto de surrealismo a destiempo, deja arrested a un señor que violó los sueños de la humanidad en la segunda mitad del siglo veinte. Es lo que se me ocurre decir.

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