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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 201 | Diciembre 1998
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Honduras

Primeras reflexiones ante la herida del Mitch

El huracán hirió toda la geografía hondureña. Sacó a flote el amor a la vida y la solidaridad y también el pecado estructural de esta sociedad. Es pronto para analizar la reconstrucción. Pero ya es válido y necesario reflexionar sobre los primeros 40 días de esta tragedia.

Ricardo Falla

En la vorágine post-Mitch, mes y medio después del paso del huracán, siguen predominando todavía impresiones y análisis aún provisionales sobre todo lo vivido. Y lo vivido ha sido tremendo. Como un juicio de Dios, como un discernimiento histórico para todo el país, como una radiografía de la estructura social de Honduras.

Alerta: huracán grado 5

El viernes 23 de octubre, días antes de la entrada del Mitch a Honduras, supimos por los medios de comunicación de la formación de este peligrosísimo huracán. Grado 5, decían. Lo seguimos por TV, donde era sólo un torbellino rojo sobre el azul profundo del mar. Cada día se acercaba más a nosotros. Pero pensamos que pasaría de largo. Cuando por fin el lunes 26 golpeó a Guanaja, una pequeña isla de las Islas de la Bahía, todavía pensábamos que seguiría de largo hacia Belice, pero súbitamente cambió de rumbo y se lanzó feroz sobre la costa garífuna de la desembocadura del río Aguán, cerca de Trujillo. Los anuncios de los medios contribuyeron a salvar muchas vidas. Los que no habíamos vivido la furia del Fifí en 1974, fuimos alertados por quienes no habían olvidado aquella experiencia. La voz del Centro de Huracanes de Miami daba autoridad a los pronósticos preocupantes.

El Progreso: sube el Ulúa

En El Progreso, valle de Sula, comenzamos a sentir las lluvias torrenciales el miércoles 28. Para entonces, sabíamos que el huracán se había transformado en una tormenta tropical. Esto alivió algo el nerviosismo. Decían, sin embargo, que caerían 500 mm de agua. Significaba una gran cantidad, pero no nos dábamos cuenta de cuánto sería.

Cuando las aguas del río Ulúa comenzaron a subir, ayudamos a sacar a alguna gente que no tenía radio, menos TV, y no había oído nada sobre la peligrosidad del Mitch. No querían salir. No habían oido otra alerta que la de sus vecinos y no estaban convencidos. Cada año les sube el agua hasta debajo de las camas, y si salen de sus casas, sólo es al bordo de la pavimentada. Los sacamos casi a la fuerza. Gente tan pobre en una ciudad ya moderna, que la niña pequeña pegaba gritos cuando la subimos al carro en la noche. Nunca antes se había montado en un vehículo de cuatro ruedas.

Avalanchas de lodo y crecidas

En los cerros, junto a la ciudad de El Progreso, algunas gentes no pudieron escapar al peligro porque el desastre no se acercó lentamente, como sucede con la inundación de un gran río que va subiendo de nivel, sino que fue de repente en forma de una avalancha de tierra que los dejó sepultados. En la aldea de Las Minas, municipio de El Progreso, nueve miembros de una familia quedaron enterrados por una de estas avalanchas.
Otras gentes escaparon al escuchar el ruido de la quebrada, que bajaba de la montaña y arrasaba la comunidad. Así sucedió en La Guacamaya, aldea también cercana a El Progreso, que quedó devastada por el agua, el lodo, los palos y las piedras de una quebrada que en verano casi se seca. Pero allí no murieron ni cinco personas. Perdieron sus casas y sus cosas, pero lograron salir a tiempo. En otros lugares, como en un pueblo del municipio, en Urraco, la gente salió de sus casas a tiempo y logró evacuar a niños y a ancianos, pero quedaron todos reunidos como náufragos, sobre una colina, rodeados de agua por todos lados. Y ya no fue el agua del gran río Ulúa la que los amenazaba, sino la falta de agua, el hambre y la sed. Qué contradicción: morirse de sed en una inundación. Las aguas del río venían contaminadas.
Otras gentes, en esa misma área bananera, estuvieron subidas en las copas de los árboles o en los techos durante varios días haciendo señales con sus brazos a los helicópteros que pasaban evacuando a la gente. Uno de los peores peligros en esta zona rural fueron las serpientes venenosas -las barba amarillas-, que se trepaban a los mismos árboles que las personas.

Un "castigo" de la Naturaleza

Ante tan inesperado desastre, mucha gente pensó que Mitch era un castigo de Dios. No, era un castigo de la Naturaleza, herida por el capitalismo, hoy globalizado, que recalienta la atmósfera y destruye la capa de ozono, provocando fenómenos naturales que tienen más fuerza, peligrosidad y frecuencia que nunca antes. Pero, como todo tiene sus dos caras, también la comunicación, hoy globalizada, permitió la detección del huracán y fue capaz de comunicar las voces de alerta con mucha mayor precisión, rapidez y volumen que cuando el Fifí golpeó a Honduras en 1974. "Quizás a eso se debe que haya habido menos muertos ahora que entonces", decía un comerciante. Pero lo dijo sólo antes de que nos enteráramos de la desgracia de Tegucigalpa.

Como huracán y como tormenta

Como huracán, Mitch golpeó a la isla de Guanaja y a la costa del Bajo Aguán. Levantó techos, derribó casas, botó árboles y matas, dobló las milpas de los cerros. Mientras más alto el nivel del mar, los vientos del huracán en torbellino tenían más velocidad y eran más calientes. Los del lugar dicen que el cerro Calentura, detrás de Trujillo, quedó amarillo, como quemado, después del azote de esos vientos.

Ya convertido en tormenta tropical, Mitch se dirigió al sur atravesando todo el país, pasando por Tegucigalpa, Choluteca y Valle y saliendo por la frontera con El Salvador. Al perder la fuerza de sus vientos, Mitch acarreó una especie de enorme campana de lluvias torrenciales que descargaron su furia también sobre una parte del Norte y Occidente de Nicaragua. En Honduras, las lluvias cayeron sobre lugares muy dañados ecológicamente y sobre las amplísimas cuencas de los ríos atlánticos, que en el norte se rebalsaron impetuosamente formando lagunas que desbordaban sus aguas en el mar.

Geografía de la destrucción

Hubo una triple forma de agente destructor, que en algunos lugares se combinó y se reforzó. Primera: la inundación causada por el desbordamiento de los grandes ríos de los valles del norte. Por esto, quedaron completamente anegadas la ciudad de La Lima, entre San Pedro Sula y El Progreso, y el aeropuerto internacional de San Pedro Sula. Segunda: el arrasamiento causado por quebradas convertidas en ríos caudalosos que no cabían en sus cauces. Fue el caso del río Pelo, en El Progreso, que destruyó unas 200 casas del barrio Pénjamo, socavándolas hasta que caían. Y tercera: el derrumbe de las laderas, como sucedió en Tegucigalpa.

La geografía de la destrucción fue ésta: cubrió enteramente el Norte, el Centro, el Sur y el Oriente del país, en la frontera con Nicaragua. El Occidente sufrió menos. Las comunicaciones terrestres con Nicaragua se obstruyeron, pero no las que hay con Guatemala y El Salvador, por el Poy. A diferencia del Fifí, que sólo se ensañó en la costa atlántica, ahora sufrió todo el país, incluida su capital, Tegucigalpa, que quedó herida, con lo que esto significa de desorganización para el gobierno. Un solo ejemplo: el edificio del Ministerio de Educación quedó totalmente destruído, perdiéndose toda la documentación de los estudiantes, allí centralizada.

Un vidrio roto en mil pedazos

Tegucigalpa fue el punto con mayor concentración de daños. El río Choluteca partió a la ciudad en dos, Tegucigalpa y Comayagüela, y dejó en la mitad una inmensa laguna pestilente que cuarenta y cinco días después de la tragedia no acababa todavía de ser drenada.

Todo el país quedó fraccionado, como un vidrio que se hace mil pedazos. Puentes pequeños y grandes fueron destruidos, los derrumbes obstruyeron las vías y en algunos puntos, las carreteras, con su buena capa de pavimento, se hundieron en los ríos. Es impresionante acercarse al río Chancaya, camino a Yoro. Se habilitó el paso sobre la playa del río, porque la carretera desapareció completamente. Allí, no se trataba de limpiar un derrumbe, sino de que no había carretera. Desapareció, fue a parar al río.

La incomunicación aérea se produjo en el norte, al inundarse el elegante aeropuerto de San Pedro Sula, orgullo de los sampedranos en rivalidad con los tegucigalpinos. Las aguas de los ríos Chamelecón y Ulúa inundaron el valle y cuando el agua ya tenía una altura de metro y medio en el estacionamiento de vehículos del aeropuerto, rompió los gruesos vidrios de la terminal aérea, inundándose los mostradores de todas las compañías aéreas, las computadoras de migración, todo.

Muertos (6,600)
Desaparecidos (8,052)
Damnificados (1.400,000)
Heridos (11,000)
Casas destruidas y afectadas (220,000)
Puentes destruidos (169)

Comunidades desaparecidas:

Morolica, Orica, Santa Rosa del Aguán, Valle de Angeles, La Libertad, Bajamar.

Zonas devastadas:

Bajo Aguán, Valle de Sula, Islas de la Bahía, La Mosquitia.

Principales ciudades afectadas:

El Progreso, Guanaja, Tegucigalpa, La Lima, Tela, Choluteca, Roatán, Sabá, Santa Rita, Tocoa, La Ceiba, Comayagua, Santa Bárbara, San Pedro Sula, Trujillo, Pespire.

Son cifras elaboradas -aunque no se dijo así- como estimaciones. La realidad es que pasaron días y días y el ineficientísimo COPECO (Comité Permanente de Contingencias) nunca las desglosó por departamentos. Cuando los periodistas extranjeros comenzaron a exigir ese desglose, comenzaron a aparecer falsedades. En departamentos como Santa Bárbara, por ejemplo, en donde no había habido ni cincuenta muertos, la estadística oficial contabilizaba más de mil.

¿Cuántos muertos?

¿Qué sucedió? En los primeros días, COPECO resultó totalmente ineficaz y ofreció cifras muy bajas. Habló, por ejemplo, de sólo unos 375 muertos. Cuando era ésta la cifra, fue cuando se supo de dos acontecimientos gravísimos: la devastación en Tegucigalpa y el trágico deslave del volcán Casita en Nicaragua, responsible de miles de muertos. Al escuchar sobre la tragedia de Posoltega, en Nicaragua, en la TV hondureña se oyeron comentarios como éste: "No es posible que nosotros tengamos menos muertos". Y así, de la noche a la mañana, sin base ni desglose de las cifras, apareció el Presidente de la República decretando el 4 de noviembre que los muertos eran 6 mil 420. Después los subió a 6 mil 600. Por último, habló de más de 7 mil 500, cifra que quedó como definitiva. En esos momentos, protestar contra la inexactitud no era ni "patriótico", ni "solidario". Se impuso, pues, tomar las cifras como las de la Biblia, según su género literario… De todas formas, lo cierto era que la catástrofe había sido tan gigantesca que, aunque no lo fuera tanto por el número de muertos -tal vez oscilen, en realidad, entre 2 y 3 mil- toda expresión quedaba corta.
El Presidente de la República mintió, como mintieron después los miles que fabrican listas falsas para obtener más raciones de comida. La realidad es que el gobierno hondureño no tenía en esos momentos ni infraestructura ni organización para hacer el censo de las víctimas mortales. Aparentó que la tenía, y esa fue su mayor mentira. En el número de los damnificados, la estimación parece ser bastante acertada.

Avícola (6.593,000)
Banano (326.925.000)
Café (70.700,000)
Camarón (34.750,000)
Caña de azúcar (60.714,000)
Frutas (613,000)
Ganadería (102.600,000)
Granos básicos (74.400,000)
Hortalizas (2.165,000)
Leche (87.600,000)
Melón (32.408,000)
Palma africana (37,800,000)
Plátano (47.400,000)
Otros (12.752,000)
Total (897.420,000)

Los productores agrícolas dicen necesitar 1 mil 800 millones de dólares para reactivar su sector, pero sólo tienen disponibles para ello 880 millones de lempiras (64 millones de dólares). Las estimaciones que los agricultores hacen de sus pérdidas son bastante más altas que las que hace el gobierno en algunos rubros, en otros son más bajas, y en otros resultan equivalentes. Parece que en los análisis para evaluar los daños, han sido los empresarios vinculados a los rubros de mayor valor quienes han tenido la voz cantante, mientras que los campesinos, que son los grandes productores de los granos básicos, han estado ausentes.

El desempleo que los daños en el sector agrícola va a generar es muy alto, especialmente en el rubro del banano. La bananera Tela Railroad Company ha sido autorizada para suspender durante 120 días a 7 mil 433 de sus empleados en el valle de Sula y la Standard Fruit a otros 5 mil 47 en el valle del Aguán. Otras empresas vinculadas con las bananeras también fueron autorizadas a suspender a otros 2 mil 695 trabajadores. En total, 15 mil en números redondos.

Desempleo y pérdidas

Al 25 de noviembre, el Ministerio del Trabajo declaró haber autorizado en total 22 mil 82 suspensiones laborales. Las 7 mil restantes pertenecen a fábricas que aducen haber tenido daños en su infraestructura: las maquilas Cheil (1 mil 173 trabajadoras) y Mikwang (812) en La Lima; la empresa de leche y jugos Leyde en La Ceiba (390), la fábrica de confites Venus en Comayagüela (23), Operaciones Hoteleras en San Pedro (95) y otras.

Se trata, en este caso, de datos muy exactos, pero no debe suponerse que la suspensión equivalga, de hecho, al paro de labores. Las dos maquilas mencionadas han seguido trabajando. Según declaraciones del canciller guatemalteco durante la Cumbre de cancilleres centroamericanos celebrada el 25 de noviembre, al cumplirse casi el mes del desastre, la región necesitará 4 mil millones de dólares para la reconstrucción en los próximos 4-5 años. Más de la mitad de esa abultada cantidad corresponde a la reconstrucción de Honduras.

Luchando por la vida

Durante el desastre, se luchó de muchas maneras para defender la vida. Las energías surgieron de lo más profundo, de la necesidad de vivir y del deseo de que otros vivan. Hubo todo tipo de expresiones de esa fuerza, desde las más personales hasta las más colectivas.

Primero que nada, la lucha por la propia existencia. Conocido en el mundo entero fue el ejemplo de la maestra garífuna de Barra del Aguán, Isabela Arriola, de 36 años, que permaneció agarrada durante una semana a una balsa de troncos, comiendo cocos que flotaban en el mar y abriéndolos con los dientes, hasta que fue hallada por un barco inglés, desfallecida, a 120 kms de la playa. Entrevistada después del rescate, dijo que había hallado fuerzas para resistir porque hablaba con Dios, hablaba con sus antepasados y durante algunos días habló también con un pato que nadaba a su lado y al que le puso nombre para dialogar con él.

El rescate y la evacuación de las gentes que quedaron atrapadas en medio de las quebradas, aún a riesgo de perder la propia vida -porque a veces ni un lazo había donde agarrarse-, fue una señal de enorme heroísmo y generosidad que se multiplicó por todo el país. Se rescató a niños y a niñas de las aguas que crecían. Se rescató en balsas improvisadas o lanchas a gente aislada que pasó varios días sin comer ni beber agua limpia. Y en la etapa posterior a la emergencia, se rescató a cientos de cadáveres enterrados por las avalanchas de lodo.

Luchando por el techo

Otra señal de gracia y de lucha por la vida se dio en el acto de albergar a personas que vieron derrumbarse, dañarse o inundarse sus casas. Hospitalarias, se abrieron las casas particulares, las iglesias, las escuelas, los gimnasios y otros muchos edificios, transformados en albergues de damnificados, especialmente de las ciudades.
En los refugios de las ciudades más grandes -Tegucigalpa, San Pedro Sula, La Ceiba y El Progreso- se juntó la pobrería desharrapada y hambrienta, con los pies hinchados por la humedad y los hongos, con los ojos cebados con conjuntivitis. En El Progreso se organizaron casi 150 albergues, que durante tres o cuatro días se fueron llenando de gente, según iban siendo evacuados de las zonas inundadas.

Luchando por la comida

Después se inició otro capítulo de la lucha por la vida, buscando comida, agua, utensilios de cocina y ropa para miles y miles de gentes. Las iglesias, las cámaras, el municipio, personas particulares, comenzaron a comprar comida para alimentarlas con lo básico: arroz, frijol, harina para las tortillas, azúcar, café y sal. Las empresas de agua regalaron bolsas de agua purificada. La población entregó la ropa que le sobraba o que no le era tan necesaria. En El Progreso, Radio Progreso se convirtió en centro de donaciones. En muchos municipios pequeños se dio una inmediata alianza entre las iglesias y la alcaldía para repartir los víveres. En las ciudades surgieron muchas iniciativas que a veces duplicaban la ayuda en los mismos lugares. La organización CARE tuvo durante unos días su propia bodega y distribuía a cualquiera que llegara con las listas de los alimentos que necesitaba. El primer momento fue de gran desorden y confusión, pero de mucha solidaridad.

En las ciudades bananeras, como La Lima y El Progreso en el valle de Sula, y Sabá y Olanchito, en el Aguán, la gente buscó instintivamente el alimento: el guineo verde que había quedado en las matas y que ya no se podría exportar. Las empresas hicieron la vista gorda. Cientos de hombres salían con su racimo al hombro o con bicicletas cargadas hasta con tres racimos. Asistimos a la lucha por el alimento en la desesperación de la suma necesidad, cuando el derecho a la propiedad privada desaparece ante otro derecho más elemental: el derecho a la vida.

Luchando por el vestido

En un parque industrial de maquilas, en La Lima, sucedió algo parecido con la ropa, un desborde popular que pudo tener consecuencias funestas. Al saber la población de la zona que la maquila se había inundado y que había muchas piezas de ropa nuevas, enlodadas y empapadas, cientos saltaron las cercas de la fábrica y entraron a rescatar las prendas antes que la fábrica se deshiciera de ellas, quemándolas o botándolas en los basureros, como hacen en tiempo normal con las piezas imperfectas. La ropa arruinada con las inundaciones no servía ya para la exportación, y tampoco se podía vender en el país, pues las maquilas no pagan impuestos. La gente se sintió con derecho a apropiarse de toda esa ropa. No fue pillaje, fue justicia.

Luchando por la comunicación

Otra señal de lucha por la vida en esos días de emergencia fue el afán de lograr comunicación por la vía telefónica -cuando existía esa posibilidad- o por Internet con el exterior, para informar a parientes, amigos, ONGs, iglesias, de lo que había sucedido y de las necesidades. Esta comunicación sirvió para solicitar ayuda de emergencia, para montar proyectos y, en la confianza del apoyo prometido que recibiríamos del exterior, para gastar sumas de dinero en la alimentación de la gente. Fue también en esos primeros momentos cuando el Presidente Carlos Flores solicitó la condonación de la deuda externa de Honduras, y pidió abiertamente al gobierno de Estados Unidos que supendiera la deportación de hondureños ilegales, lo que el gobierno Clinton aceptó temporalmente.

Solidaridad mundial

La respuesta solidaria de los otros países comenzó a sentirse casi de inmediato. Primero, en dinero que llegaba a cuentas abiertas en bancos nacionales, los que resultaron sumamente ineficaces para brindar información rápida de los donantes. Luego vinieron víveres, medicinas, ropas y quién sabe cuántas cosas más que apenas están comenzando a llegar al país.
Los pueblos de dos países se mostraron especialmente generosos: el de España y el de Estados Unidos. La solidaridad del pueblo estadounidense tuvo una veta nueva, que no se había mostrado en la década de los 80: la solidaridad de los inmigrantes. Los centroamericanos que viven en Estados Unidos se preocuparon de una manera sorprendente de sus hermanos de la región. La Honduras de Estados Unidos respaldó a la Honduras de Honduras.

En España, las recaudaciones de unos días superaron a las de períodos más largos en solidaridad con las oleadas de refugiados que escapaban de las masacres de Ruanda. ¿Por qué? Tal vez porque España y Honduras tienen la misma cultura y lengua, tal vez porque en el dolor de esta hora se resucitaba el sueño ya dormido de Centroamérica, quizás porque por ser un desastre natural era fácilmente entendible el drama, quizás porque la noticia se mantuvo en evolución y con un crescendo dramático durante varios días antes de dar a conocer su devastador desenlace. No adivinamos aún qué tipo de política informativa movió a los medios de comunicación globales a darle tal relevancia a Mitch.

Aliviando la deuda

Los gobiernos, siguiendo cada uno su propio perfil e interés político, comenzaron a responder. "México siempre es el primero, como México no hay dos", se dijo en Honduras y hasta se le perdonó su victoria sobre la selección de futbol hondureña. México concentró su ayuda en Tegucigalpa con máquinas e ingenieros. Después llegaron Japón, Cuba, Estados Unidos, Francia... Francia le canceló a Honduras su deuda bilateral: 119 millones de dólares. Holanda condonó los intereses y la amortización de la deuda bilateral: 1 millón 100 mil dólares. Otros países anunciaron la cancelación: España (32.5 millones) y Canadá (13.5) y prometieron apoyar la condonación de la deuda multilateral en los foros correspondientes.

Desfile de personalidades

Después de la solidaridad material enviada, comenzó el desfile de las personalidades extranjeras. George Bush, quien se dijo que quedó "consternado". A saber. Tipper Gore, que dio un ejemplo de humildad durmiendo en un albergue. El guapo Príncipe de España, Felipe de Borbón, que conmovió a muchas jóvenes. Luego, Jacques Chirac y Hillary Clinton, que llegaron el mismo día, estorbándose en la proyección de sus imágenes. Después, el Canciller cubano Roberto Robaina y a los dos días, Michel Camdessus en persona, que llegó diciendo: "No se obsesionen con la condonación, vean más allá, vean la reconstrucción". Les siguieron el Secretario General de la OEA, el Presidente del BID y la esposa de Zedillo, de quien no se dijo en los titulares de los diarios ni su nombre, sólo el de su esposo.
En una segunda oleada de solidaridad, ya casi superado el primer momento de la emergencia, llegaron muchísimos hondureños y hondureñas que viven en el extranjero a visitar a sus parientes, con cajas en las que traen lo más necesario y muchos regalos. Son un pre-anuncio de los tradicionales retornos de los que emigraron a Estados Unidos y vuelven a casa en la Navidad. El aeropuerto de San Pedro Sula, ya restablecido, está abarrotado de estos viajeros.

La imagen presidencial

Con los visitantes internacionales, el Presidente de la República, Carlos Flores, ha levantado su imagen. Poco a poco, y con la emergencia, la imagen de su esposa, la estadounidense Mary Flakes, ha ido sustituyendo a la del Presidente, hasta llegar a convertirse en una especie de hada madrina. Con su bella y distinguida figura, simboliza la unión entre la solidaridad de los países amigos y las necesidades de Honduras. Para reforzar este símbolo, se la presenta en los medios repartiendo bolsas a los damnificados, incluso en los municipios en donde el gobierno no ha agilizado el acopio de víveres. Ella encarna y representa a la Fundación María, institución que su esposo pretende llenar de un contenido cuasi religioso ante el pueblo.

Flores, dueño del periódico La Tribuna, es muy consciente del poder de la imagen. Esto le ha llevado a promover símbolos y a ejercer un fuerte control para impedir que aparezcan expresiones de protesta que puedan empañar la imagen de su gobierno en el extranjero o que puedan desestabilizar al pueblo.

¿Castigo de Dios?

No sólo ha habido señales de vida, de gracia y de solidaridad. También ha habido señales de oscuridad y de pecado. La primera y más grande es la apabullante pobreza y desnudez de los damnificados. La catástrofe golpeó a los pobres. Y puso al desnudo la estructura de pecado con la que convive la sociedad hondureña, que no es una excepción en Centroamérica. Cuando el pueblo espontáneamente interpreta que Dios lo ha castigado con el huracán, quizás expresa la conciencia de que este pecado de desigualdad y de injusticia merece castigo y lo tiene en esta tragedia. Tragedia misteriosa y pascual, porque, al igual que en la Pascua, es el inocente -el pobre- quien recibe el castigo. Pascual, porque la mayor tragedia del universo fue la muerte de Dios, ahogado en el abismo de los pecados del mundo. La esperanza es que este pueblo, pobre e inocente, que se siente castigado vicariamente por los pecados de todos, sea fuente de misteriosa redención para todos.

Sin señales de corrupción

Otra señal de oscuridad: la violencia. Casi inmediatamente después de la destrucción de Tegucigalpa, hubo generalizados actos de pillaje, que obligaron al gobierno a decretar el toque de queda hasta fines de noviembre, lo que contribuyó a disminuir la violencia. Algunos aprovecharon el "río revuelto" para saldar cuentas, como en el caso del atentado del narcotráfico contra un jefe antidrogas y en el de un par de asaltos a bancos que quedaron oscurecidos en las noticias. También hubo violencia en las cárceles de Tegucigalpa por las condiciones de riesgo y desesperación en las que viven los reos y se dieron fugas masivas de presos.

Señales de corrupción en el manejo y distribución de las ayudas internacionales no han aflorado, a excepción de un oficial de bajo rango que en los primeros días de la emergencia desvió un cargamento con la complicidad de un superior. Fue apresado y al caso se le dio mucha notoriedad, buscando mostrar que no se toleraría ningún tipo de corrupción en el gobierno.

En una entrevista con un periodista extranjero, el Presidente Flores apareció titubeando cuando le preguntaron qué seguridad daba él de que la ayuda llegaría a los más necesitados. No era una pregunta vana. Antes del Mitch, Honduras acababa de ser clasificada por la organización Transparency International nada menos que como la tercera nación con más corrupción del mundo. Pero no ha sido, ciertamente, la corrupción lo que ha caracterizado este momento de Honduras. Muy lejos estamos aquí de la Nicaragua de Somoza post-terremoto de 1972. En esta hora, la nota más negativa para el gobierno es su centralismo y su alejamiento de la sociedad civil, incluso de grupos políticos de su mismo partido, por no estar integrados por personas de confianza del Presidente.

Rehaciendo las vías

A comienzos de diciembre, estamos ya en la etapa de la rehabilitación, ubicada entre la etapa previa de emergencia y la posterior de reconstrucción. Ha sido ejemplar en Honduras la velocidad y el esfuerzo en restablecer las comunicaciones por tierra. Honduras, el país con las mejores carreteras de Centroamérica, no podía permanecer fraccionado si quería sobrevivir al desastre e iniciar la normalidad. Todavía se estaba evacuando gente de los campos bananeros inundados, cuando ya la población estaba buscando cualquier manera, hasta las más primitivas, para comunicarse desde las aldeas con las ciudades. Algunos hicieron balsas de troncos para salir hasta la ciudad de El Progreso, montando sobre ellas sus bicicletas y utilizando éstas en las veredas de los bordos. Algunas comunidades hicieron puentes de tablas y troncos y cobraban el paso a los vehículos. En los pasos más difíciles los cuatro por cuatro se tiraron a las quebradas ya bajas. Luego vinieron tractores. Y ya pudieron pasar camiones y buses, aunque mojándose las llantas.
Los derrumbes fueron abiertos. Uno de los puentes más destruidos,el del río Cangrejal entre Ceiba y Trujillo, fue increiblemente rehecho con movimiento de tierras, reencauzando el río por un cauce estrecho. El paso a Yoro fue habilitado en tres semanas por los madereros y por obras públicas a través de un trayecto de varios kilómetros por la playa del río. Todo provisional, todo rehabilitación. Después vendrá la reconstrucción.

Rompiendo el aislamiento

De varias maneras, las grandes troncales de Tegucigalpa al Sur, de Tegucigalpa a San Pedro Sula y de San Pedro Sula a Trujillo fueron rehabilitadas rápidamente. Sin esas comunicaciones abiertas, la capital del país se quedaba sin combustible. Tuvo que ser racionado en los primeros días.
Cuando las aguas bajaron, el aeropuerto de San Pedro Sula fue rehabilitado. La pista se había conservado en buenas condiciones. La zona militar se abrió primero al tráfico de aviones pequeños hacia Tegucigalpa. Pronto, comenzaron a aterrizar aviones grandes con ayuda y con brigadas extranjeras. Después, se limpió el aeropuerto y pronto comenzó a funcionar, aunque sin aire acondicionado. En las blancas paredes queda la marca del nivel que llegó a alcanzar el agua: la altura de los hombros de una persona alta.

Luchando por la luz y el agua

La energía eléctrica fue parcialmente rehabilitada en algunos lugares. Un problema serio es que los postes de la luz no pueden sembrarse en terrenos flojos que puedan derrumbarse. Las plantas domésticas de diesel, tan frecuentes en Honduras, un país muy acostumbrado a los apagones, entraron a funcionar en la emergencia, mientras la represa El Cajón, siempre a punto de quedar seca, llegó a su nivel máximo con las lluvias, augurando un buen año de energía.

También fueron poco a poco rehabilitados los sistemas de agua potable, dañados por el rompimiento de las represas o de las tuberías. En Tegucigalpa y en las grandes ciudades el problema del agua potable se ha hecho muy crítico y persiste en más de un 25% de las colonias de la capital. Se trata de solucionar el problema acarreando agua para el consumo humano en pipas. En las aldeas rurales o en las ciudades donde las quebradas se han limpiado las mujeres salen a lavar ropa en esas aguas turbias.

Una tarea muy dura durante la etapa de rehabilitación está siendo la de limpieza de los solares y de las casas cubiertas con un metro o más de lodo. En algunas aldeas se han organizado brigadas de trabajadores que van de casa en casa ofreciéndose a realizar este trabajo a cambio de comida. En las ciudades, el trabajo en común es más difícil de organizar y todavía no existe una decisión municipal sobre la seguridad que ofrecen muchos de los terrenos que quedaron inundados. El drenaje del lago que se incrustó en la mitad de Tegucigalpa es otra lenta tarea de rehabilitación iniciada con la ayuda de maquinaria y brigadas extranjeras.

La política en el desastre

Desde el 19 de noviembre hasta el 2 de diciembre se aprobaron en el Congreso varias leyes, casi siempre de noche y tras una sola lectura hecha por los congresistas de prisa y sin que el público conociera el contenido de las leyes ni siquiera resúmenes de las mismas. Incluso, se reformaron dos artículos constitucionales, que deberán ser aprobados definitivamente en una segunda legislatura.
Algunas de las leyes aprobadas tienen como finalidad la agilización de las inversiones, como la Ley de Concesiones y la Ley de Minería, que estaban desde hace tiempo esperando turno. Otras están orientadas a concentrar el poder en el Presidente en detrimento del Congreso, como la Ley de Facilitación Administrativa. Estas leyes se han aprobado a la carrera, con la inicial oposición del Presidente del Congreso, que reclamó por los ritmos acelerados, pero que terminó sometiéndose al lineamiento del gobierno y a la presión de la empresa privada y de los bancos internacionales, que exigen celeridad para llevar a cabo los planes de reconstrucción.
De la Ley de Facilitación Administrativa surgió el Gabinete de Reconstrucción, formado por cuatro ministros de plena confianza del Presidente Flores: el Ministro de la Presidencia, Gustavo Alfaro; el Ministro de Obras Públicas, Tomás Lozano; la Ministra de Finanzas, Gabriela Núñez; y el Ministro de Cooperación Internacional, Moisés Starkman. Les corresponde armar un plan maestro de reconstrucción, determinar los proyectos prioritarios, captar el financiamiento para esos proyectos y decidir las acciones para ejecutarlos.
Este Gabinete preparó el Plan Nacional de Reconstrucción que Honduras presentó en Washington ante los organismos financieros internacionales y los países cooperantes.

Flores fortalecido

El Presidente de la República ha salido fortalecido con estas leyes. Según la Ley de Concesiones, puede licitar obras en concesión sin necesitar para ello la aprobación del Congreso. La Ley de Facilitación Administrativa le faculta para la creación del Gabinete de la Reconstrucción ya mencionado y de gabinetes sectoriales, pudiendo reordenar el gasto público y modificar las asignaciones del presupuesto vigente durante el receso del Congreso. También se le dan facultades al Poder Ejecutivo para celebrar en forma directa y suscribir contratos para realizar obras de infraestructura, para hacer consultorías y para comprar bienes y servicios durante el período de emergencia.

El presidente Flores también se benefició políticamente de la trágica muerte de César Castellanos, el Gordito, el 1 de noviembre, cuando, en viaje de inspección, sobrevolaba el desastre de Tegucigalpa y se estrelló el helicóptero en el que viajaba. El fallecido alcalde de Tegucigalpa tenía aspiraciones presidenciales, contaba con bastante respaldo popular y con la alianza de un ala de los liberales, que pensaban apoyarlo en su candidatura presidencial contando que en el siguiente período el Gordito apoyara al candidato de ellos.

Polémica reforma constitucional

El poder del Presidente Carlos Flores no tiene bases, sólo se deriva de la cúpula del poder, lo que podría llevarlo con facilidad a establecer una dictadura. No sin razón se le ha tildado de tener las mismas intenciones que el peruano Fujimori. Nunca, sin embargo, disolvería el Congreso, porque no le hace falta. Lo sabe manipular.

Una de las últimas decisiones tomadas en el Congreso fue la reforma del artículo constitucional 107, aprobada también en la noche y a la carrera. Con esta reforma se permite a los extranjeros adquirir propiedades en los límites costeros para desarrollar en ellos proyectos turísticos. La infraestructura turística quedó prácticamente intacta y es uno de los rubros -consideran los empresarios- que puede ayudar a levantar la economía.
La posibilidad que ha abierto la reforma constitucional había sido fuertemente cuestionada por los garífunas, que tienen sus comunidades en las playas de la costa atlántica. Ahora, mientras los garífunas se encuentran seriamente postrados por los destrozos del huracán -la comunidad garífuna de Barra del Aguán fue una de las que contabilizó más víctimas-, el Congreso aprobó a la carrera la reforma, sin tener en cuenta los compromisos de negociación previa.
Sólo un diputado, Matías Fúnez, del nuevo partido UD, tuvo el coraje de votar en contra de una reforma que lesiona la soberanía patria. Hasta el mismo Ministro de Relaciones Exteriores, que había participado en las discusiones y negociaciones en torno a esta reforma, protestó por la forma como pasó la ley.
Mientras las otras leyes aprobadas durante la emergencia han sido tragadas por la opinión pública sin mayores problemas, por ser bastante técnicas, la reforma constitucional -que venía despertando mucha discusión- puede convertirse ahora en un aldabonazo a la conciencia del país para que despierte y luche porque en el "río revuelto" no predominen las ganancias de algunos "pescadores". Habrá que ir despertando para retomar algunos hilos de antes del Mitch. Por ejemplo, las luchas populares que indígenas y negros iniciaron este año en torno a la conmemoración del 12 de octubre.


Iglesias activas y comprometidas

La nueva situación ha hecho despertar a las iglesias y se nota en ellas una reorganización. A partir de una iniciativa del Presidente Flores, el arzobispo de Tegucigalpa, Oscar Rodríguez, decidió aceptar la oferta de que la iglesia de la arquidiócesis se encargara de los albergues de los damnificados y administrara las ayudas del gobierno central. Algunas diócesis no siguieron el mismo ejemplo, otras sí.

Paralelamente, y a nivel municipal, la emergencia propició una estrecha relación entre la iglesia católica y las alcaldías, organizadas para la repartición de alimentos. En Tocoa, por ejemplo, es la iglesia quien distribuye los alimentos por trabajo en todo el municipio.
En El Progreso, un municipio con cerca de 14 mil familias damnificadas, la iglesia católica recibió la misma oferta de parte del alcalde. La alcaldía se comprometía a poner los alimentos que le llegaran y su transporte y la iglesia se encargaría de su distribución. Con estas iniciativas se buscaba una distribución justa, transparente y apolítica. La iglesia aceptó el reto después de reflexionar con distintos sectores de la población, con las religiosas, los pastores evangélicos, los representantes laicos de los barrios, de las parroquias, la cámara de comercio, los maestros y las organizaciones populares.
En El Progreso, aunque la experiencia será corta y la tarea es muy difícil, ya ha dado buenos frutos. La iglesia ha delegado su responsabilidad en distintos sectores, se ha producido una colaboración ecuménica -poco habitual-, hay transparencia, hay denuncias del incumplimiento del gobierno en facilitar los víveres y hay un proceso que camina hacia la representación de los damnificados en el comité multisectorial de repartos mediante la convocatoria a asambleas parciales y a una asamblea general de damnificados. Un programa radial diario acompaña esta iniciativa. Este proceso de participación local activa ha sido diametralmente diferente al seguido por el gobierno en la elaboración de su plan nacional de reconstrucción y diseño de proyectos.
Hasta mediados de diciembre no se habían dado aún pasos específicos para diseñar líneas y criterios de reconstrucción, pero a eso se encamina el país. Habría que tratar de evitar que las prisas impuestas por las ayudas del extranjero le impriman a esta etapa un ritmo que lleve a tomar decisiones erróneas y basadas en la dependencia.

Reconstrucción en El Progreso

Algunas de las líneas de reconstrucción que posiblemente va a impular la iglesia en El Progreso, desde donde escribo el 3 de diciembre, son:
Pasar de dar sólo alimentos a dar sólo alimentos por trabajos hechos o por hacer, según se vayan organizando los comités de emergencia locales que sustituyan a los politizados patronatos barriales. Esto supone distribuir herramientas. Los posibles trabajos por los que se entregarían alimentos son: limpiar viviendas, hacer microhuertos dentro de llantas, reencauzar quebradas en el campo y desagües en las calles, y hasta engavionar el río Pelo.
Ir vaciando los albergues para que la gente regrese lo más cerca posible del lugar donde tuvo sus casas y donde puedan encontrar trabajo.
Reubicar a la gente en lugares seguros identificados previamente por ellos mismos, con ayuda de profesionales comprometidos, presionando después, organizadamente, para que se les vendan baratos los solares urbanos que hayan ocupado.
Reforestar los cerros de los que bajó tanta destrucción.
Llegar a donde el municipio no llega, geográfica y socialmente.
Construir viviendas mínimas con zinc y madera y en proyectos de autoconstrucción, donde sea la misma gente la que levante las casas.
Monitorear a todos los niveles el ingreso de ayudas internacionales y analizar permanentemente el proceso de la reconstrucción, acompañando este análisis con propuestas hechas desde el municipio.
Evangelizar, consolar, buscar sentido a este dolor desde la fe, intentando leer las señales de los tiempos desde la subjetividad y animando al trabajo, a la autosuficiencia, a la verdad y a la libertad.

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