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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 240 | Marzo 2002
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Internacional

La cibercultura: incógnitas y retos

¿Cuánto están cambiando las nuevas tecnologías nuestra forma de trabajar, de pensar, de sentir? ¿Qué política y que ética surgirán de la cibercultura? Las desigualdades entre "infopobres" e "inforricos" están creando abismos insalvables. Comprender y compartir: por ahí va una apuesta.

Manuel G. Guerra

Querámoslo o no, estamos inmersos en una revolución cuyo final resulta difícil de prever. Y la principal incitadora de este cambio es una nueva tecnología que integra, con enorme flexibilidad, el conjunto de las tecnologías específicas que a su vez totalizan las modalidades de la comunicación humana: la oral, la escrita y la audiovisual.

Esa conjunción de textos, imágenes y sonidos -lo que se denomina hipertexto- ejecutada por sujetos que interactúan en un tiempo "a voluntad" y a lo largo de una red abierta, asequible y de alcance planetario, está determinando la cultura, entendida como la información transmitida como aprendizaje social, esa suma de elementos cognitivos, creencias, normas y valores de una determinada sociedad. Y esto da que pensar.

La realidad, siempre virtual, experimenta hoy una revolución

En mayo de 1979 Daniel Bell planteó la cuestión con su habitual agudeza: La tecnología de las comunicaciones, para lo mejor o para lo peor, está ahí, no hay elección. Años después, Melvin Kranberg, ajustó esa tesis: La tecnología no es buena ni mala, ni tampoco neutral, es una fuerza que penetra hasta el hondón de la vida y de la mente. Y en 1995 Neil Postman afinó el diagnóstico: El problema radica no en cómo utilizar las nuevas tecnologías, sino en cómo nos utilizan ellas a nosotros.

El sistema multimedia -la articulación de teléfono, ordenador y televisor- y la tecnología digital que lo soporta resultan fascinantes. No tanto por sus prestaciones cuanto por su capacidad autónoma de crecimiento y por la construcción de la virtualidad real que en ellos se genera. La realidad siempre ha sido virtual. Los seres humanos percibimos a través de símbolos, y la comunicación se basa, justamente, en la producción y en el consumo de signos.

¿En qué consiste, entonces lo revolucionario del nuevo sistema de comunicación (new media)? Tomemos prestada la descripción de Manuel Castells: Es un sistema en el que la misma realidad -esto es, la existencia material simbólica de la gente- es capturada por completo, sumergida de lleno en un escenario de imágenes virtuales, en el mundo del hacer creer, en el que las apariencias no están solo en la pantalla a través de la cual se comunica la experiencia, sino que se convierte en la experiencia. Todos los mensajes de todas las clases quedan encerrados en el medio, porque éste se ha vuelto tan abarcador, tan diversificado, tan maleable, que absorbe en el mismo texto multimedia el conjunto de la experiencia humana pasada, presente y futura.

Este imaginario cultural generado por el new media desplaza el poder simbólico de los emisores clásicos -tradiciones, ideologías políticas, valores, costumbres- y transforma las dos dimensiones fundamentales de la existencia humana: el espacio y el tiempo. El espacio deviene "fluidez" (no tiene localidad) y el tiempo puede reprogramarse (no es lineal). ¿Hasta dónde llegará esta revolución y cuáles serán sus efectos sobre el comportamiento social? Alexander King, cofundador del Club de Roma, respondía en 1992 a la primera parte de la cuestión: Estamos en medio de un largo y penoso proceso que, bajo una u otra forma, conduce a una sociedad global de la que aún no es posible imaginar su estructura probable.

Por lo que a las secuelas se refiere, quizás W. Russell Neuman tenga razón al concluir que la investigación sobre los efectos producidos -modestos y moderados, dice- por los ya clásicos medios de comunicación (mass media) nos ayuda a situar en su debida perspectiva el ciclo histórico del pánico moral que podemos sentir ante los new media. Aunque así fuera, sería poco inteligente bajar la guardia.

Tan relevantes están siendo los cambios que la sociedad de la información produce en el modelo de conocimiento, que en el espíritu del cibernauta anida la creencia de que el mundo de la cultura debe ser concebido en dos grandes edades: el antes y el después del Internet, obviando así la perspectiva histórica que nos enseña que el conocimiento no es estático sino que constituye un gran esfuerzo por superar los prejuicios, el autoritarismo e incluso el sentido común. Perspectiva ésta nada despreciable ante el impávido ascenso de lo irracional.

Comunicarse: ésa es la consigna

De manera arbitraria pueden mencionarse algunas transformaciones culturales que opera este nuevo modelo tecnológico. Una de ellas es la globalización del hecho comunicativo. Comunicarse: ésa es la consigna. No hay sociedad moderna sin redes de información. Y la sociedad de información contribuye a acelerar, en todos los ámbitos, el proceso de mundialización, constituyendo, por una parte, un complejo marco multicultural de convivencia de diferentes sensibilidades e ideologías que muy bien podría favorecer el diálogo, y alentando, por otra, ese magma llamado pensamiento único que estandariza las formas de vivir y de pensar, y que, en nombre del realismo, de la responsabilidad y de la razón, exige adhesión, mientras, de forma simultánea, se empeña en paralizar, perturbar o desactivar cualquier amago de disidencia.

Al primar la información sobre cualquier otro fenómeno, el dominio del multimedia se ha convertido en un tema estratégico en todos los aspectos, también en el cultural. La transmisión instantánea de datos, la digitalización de textos, imágenes y sonidos, el recurso al cable y a los satélites, la generación de la informática en los sectores de producción y de servicios, la conexión a redes de escala global, ha alterado seriamente el orden de la cultura, debido no sólo a los intentos -exitosos- de controlar el modelo cultural por parte de los comerciantes, tampoco solamente por el deslizamiento hacia esa especie de supraideología en la que se convierte lo vulgar, lo entretenedor y lo sensacional, sino, sobre todo, porque cambia la naturaleza moral del poder con riesgo de quedar absorbido por los grandes consorcios internacionales que copan los sistemas de transmisión, acceso y desplazamiento por las redes. Con el consiguiente corolario: la posible suplantación de los intereses generales por modelos particulares de convivencia. Si así fuera, la comunicación se convertiría en el dominio de un segmento culto -de "educados" y ricos- de los países desarrollados, y la forma de cultura futura contaría ya, en sus primeros estadios, con la ventaja estructural de una élite que determinaría el formato de la sociedad emergente.

Junto a la concepción planetaria de la existencia y ante la estandarización a la americana que los new media pro-mocionan de forma descarada, hay quienes afrontan la crisis cultural en condiciones de una desorientación y de una falta de identidad francamente preocupantes, provocando, con frecuencia, reacciones impregnadas de un cierto tufo tribal. En este sentido, Edgar Morin ha llamado la atención sobre la crisis cultural en Europa; también sobre la necesidad de mantener la pluralidad cultural como forma de superar esa crisis.

¿Cómo usar la libertad ante tanto diluvio informativo?

La idea de que la comunicación provocará automáticamente la armonía social entre sujetos que por estar interconectados serán más libres, autónomos y pacíficos, encaja de perlas con la narrativa neoliberal. Esa idea estimula una cultura de la autonomía individual favorecida por el cooperativismo de autor, fruto del hipertexto.

Según la lógica de los principios liberales, el individuo, sujeto activo entronizado por el uso de las nuevas tecnologías, ensancha su libertad de acción y su libertad de opción. Su libertad de acción se ensancha en un tráfico de transmisión horizontal (todos a la vez transmisores y receptores), modelado por intermediarios (operadores que tratan de controlar no sólo los contenidos), servidores (que permiten el acceso a los mismos) y poseedores de los métodos de búsqueda garantes de la navegación. Su libertad de opción se engrandece ante la posibilidad de elegir entre millones de alternativas informativas. No obstante, como la disposición humana y la voluntad no son infinitas ni la abundancia informativa genera automáticamente personas mejores y mejor informadas, no es ocioso preguntarse cómo hacer un uso constructivo de la libertad ante semejante diluvio informativo.

El individualismo en "el hogar electrónico"

La confusión entre libertad de expresión y el principio del libre flujo de informaciones confiado al buen sentido de la gente que libremente valora o elige lo que quiere dentro de la libre competencia en la que la única penalización a un producto cultural es su éxito o su fracaso en el mercado, ha abierto una fuerte discusión entre ideólogos de la mercancía e ideólogos de la identidad cultural. En este sentido, los estudios del software multimedia sobre tipos de productos ofertados y consumidos otorgan una ventaja contundente a los productos de entretenimiento sobre todos los demás productos. ¿Adivinan por qué?

Tal vez una demanda más compleja sobre asuntos de participación política, educación, materiales de consulta, etc., emparejada a una elección real en cuanto al contenido y una mayor capacidad de emisión podría generar una estratificación social de las expresiones multimedia. Mientras tanto, Manuel Castells, una vez sentado que los rasgos críticos del estilo de vida de la cultura emergente lo constituyen la concentración en el hogar -el hogar electrónico- y el individualismo, afirma que el multimedia fundamenta un modelo sociocultural con estos caracteres:

* Una extendida diferenciación social y cultural que lleva a la segmentación de los usuarios / espectadores / lectores / oyentes.

* Una estratificación social creciente entre los usuarios, con dos poblaciones: los interactuantes y los interactuados

* La integración de todos los mensajes en un modelo cognitivo común: los programas educativos parecen videojuegos, las noticias parecen espectáculos audiovisuales, los juicios parecen telenovelas.

* El multimedia captura dentro de sus dominios la mayor parte de las expresiones culturales en toda su diversidad.

En busca de una generación

Un cable, una parabólica, un par de terminales audiovisuales complementarias -dicen los apologistas de la red- serán suficientes para que nos desempeñemos como ciudadanos activos en los más diversos ámbitos: profesionales, consumidores, administradores del propio dinero, receptores de información, planificadores del esparcimiento, en una extensa comunidad con límites geográficos difusos, jerarquía social sin establecer y normas por estatuir. Con eso, ya sólo haría falta una cierta economía y un aprendizaje adecuado.

La red -o mejor, una red flexible de redes www -está llamada a ser el sistema nervioso de la nueva economía del conocimiento a través de la computadora. Lo ofrece todo. Y a todos. Pero quien mejor se mueve en esa telaraña mundial es la Generación de la Red. Don Tapscott manifiesta que la revolución tecnológica no iba en busca de un problema que solucionar sino de una generación. La de aquellos que desde la infancia se han bañado en bites.


La Generación de la Red: niños y jóvenes bañados en bites

Merece la pena atender, por optimista, la descripción que una autoridad como Tapscott hace de esa generación "bañada en bites": generación curiosa, independiente, inteligente, motivada, capaz de adaptarse, con gran amor propio y orientación global, que percibirá el mundo más pequeño y complejo, que tendrá sobre el trabajo diferentes ideas que las de sus padres, que buscará la inmediatez en el resultado. Se habrá iniciado en la identidad aprendizaje-juego, como generación podrá aprender más que ninguna otra generación, intentará proteger al planeta del racismo, del sexismo y de otros restos inaceptables, compartirá la riqueza que cree, y querrá el poder en todos los ámbitos de la vida económica y política.

A diferencia de la Galaxia de McLuhan, la sociedad de la información incorpora tecnológica y culturalmente la interactividad y, gracias a la tecnología, la comunicación adquiere un sesgo hipertextual que transforma la red en el espacio más sociable: correo, debates, consultas, foros, y todo ello de forma fácil, rápida y no muy costosa.

Ahora bien, el cibernauta debe creer en el ciberespacio -flujo constante de "lugares"-, debe comportarse como el ciberespacio exige, tiene que participar en la propia realidad virtual: algo está ahí porque lo estamos descubriendo o lo creamos. Su conducta general y su lenguaje cambiarán bajo la configuración de que sus amigos, intereses, preferencias, incluso amores y odios, están empaquetados en la pantalla. Lo virtual y lo distal compensan lo material y lo presencial.

¿Cómo nos cambiará el multimedia?

Gracias al proceso de abstracción en el que intervienen los sistemas neurológicos, fisiológicos, perceptivos y verbales, los humanos interactuamos con el mundo: seleccionamos, organizamos y generalizamos los datos. Frutos de ese proceso son, entre otras cosas, las normas, los estatutos, las leyes y los criterios. Cuando componemos una frase construimos un mundo, lo tornamos comprensible, manejable, social y moralmente. Y, a su vez, las formas expresivas nos transforman a quienes las usamos, de modo que cabe hacerse la siguiente pregunta: ¿Cómo reorganizará el multimedia nuestros hábitos síquicos, nuestras relaciones sociales, las ideas políticas y la sensibilidad moral o estética?

Uno de los caminos para esbozar la respuestas bien pudiera ser la comparación de tres de los sistemas comunicativos que más han influido en el comportamiento humano, cada uno de los cuales ha sido superado e integrado por el siguiente.

La Galaxia Guttemberg facilitó el aprendizaje

La Galaxia Guttemberg propició una mente -forma de pensar, imaginar, formación de criterios y de valores- tipográfica. Según Postman, la tipografía representa el mayor sesgo posible hacia la exposición: una capacidad sofisticada de pensar conceptual, deductiva y secuencialmente, elevada valoración de la razón y el orden, una aversión hacia la contradicción, una gran capacidad de distanciamiento, objetividad y tolerancia hacia una respuesta postergada.

La imprenta permitió almacenar la memoria histórica, abstraer sus conceptos, jerarquizar el funcionamiento intelectual, jerarquizar los saberes para diferenciarlos de las informaciones, elaborar el pensamiento abstracto, difundir y comunicar la intuición creadora a los demás, definir categorías no sólo cognoscitivas sino también relacionadas con los comportamientos, los sentimientos o el carácter. Sobre la incidencia de la imprenta en el orden social y cultural existen verdaderos tratados. En suma, la imprenta facilitó el aprendizaje. Y si atendiéramos a la revolución que su presencia produjo en el campo de la ciencia, de la religión, de las organizaciones sociales, etc., se escribiría la historia de varios siglos.

La Galaxia McLuhan estructuró una conciencia colectiva

La implantación de la Galaxia McLuhan y su capacidad para almacenar, emitir retransmitir múltiples informaciones y mensajes iguales-simultáneos para millones de personas se ha erigido, en los últimos cien años en el sistema nervioso de la colectividad. Los mass media son un componente indispensable de la estructuración social y política de los pueblos mediante el establecimiento de un orden moral reconocido -conciencia colectiva- y la extensión de las propias facultades sensoriales del hombre. Y ha sido así no exclusivamente por la pereza mental de los receptores, puesto que el inicial sentido único de la comunicación terminó interactuando con ellos -por ejemplo, con las grabaciones personales de video- hasta producirse una retroalimentación entre mass media y cultura que provocó la evolución de una sociedad de masas hacia otra mucho más fragmentada.

La Galaxia Digital ha generado el caos de la Gran Conversación

La Galaxia Digital -la combinación de las telecomunicaciones, los bancos de datos, la informática, fundamento objetivo de las infovías por las que circulan textos, imágenes y sonidos- multiplica y mejora la cantidad de información transmitida por métodos analógicos, a la vez que impone una nueva forma de trabajar, de hacer negocios, de jugar e incluso de pensar. El impacto sociocultural de esta Galaxia radica no tanto en la cantidad de datos en circulación -sorprendente, ciertamente- cuanto en su potencialidad interactiva. El sujeto emite y recibe, establece células informales de diálogo, conferencias sin fronteras, sin control, navega por el espacio cibernético en busca de interlocutores remotos e ignotos que pueden proponerle de todo. Son millones de gentes cuya composición étnica, nacional, social o cultural puede brindar infinitas variantes. Se establece un sistema de diálogo universal y multiforme en el que la ordenación puede ser sustituida por el caos, y en el que las normas, las instituciones, las leyes y las costumbres anteriores empiezan a ser inadecuadas para los sumergidos en él.

¿Se autorregulará ese caos por mera interactividad? ¿No será necesario un código de conducta al que atiendan tanto los proveedores de contenidos como los servidores de acceso a las infovías? ¿La circulación de ideas en la Gran Conversación modifica, depura y corrige tales ideas automáticamente? ¿Puede mantenerse una cultura coherente que permita la máxima libertad, igualdad y justos procedimientos en esa percepción global y diversa, única y fragmentada de la realidad?

En el vértigo de la fragmentación

Añadamos otro elemento: la sociedad de información se asienta sobre la cultura de la imagen. Es el reino de la pantalla, ante cuyo haz luminoso los mamíferos superiores respondemos como si se nos tocara. El zapping, por su parte, incorpora a la propia naturaleza virtual con la que conectamos a velocidades de vértigo una fragmentación de la percepción que destruye cualquier método conocido de aprendizaje, una descomposición perceptiva sobre la que, sin excesivo discernimiento, pasamos del directo a la figuración, de la moda a la guerra, del entrenamiento a los oficios religiosos, del deporte al documental científico, del erotismo a la muerte... Al fin y al cabo, las cosas existen para que se vean. Es la cultura espectacular y de condición hipnótica.

El uso generalizado de la informática, prevaleciente en el mundo del trabajo y en todo lo relacionado con él, genera un isomorfismo simbólico que, unido a la independencia en la gestión del tiempo y del espacio -computadora en casa-, se resiente ante la convergencia en un mismo medio de todos los dominios de la actividad, a la vez que confunde, como si de una batidora se tratara, los códigos de conducta pertenecientes a cada uno de ellos.

En el reino de lo instantáneo: velocidad y voracidad

Estamos inmersos en un velocísimo torrente de informaciones que desborda las geografías del saber, unifica ideas y experiencias y universaliza la cultura. Para Dany Goodman es la velocidad lo que convierte en revolucionario el fenómeno digital, lo cual implica un riesgo para la soberanía de una comunidad moderna, ya que impone decisiones próximas a la improvisación y al atolondramiento.

La velocidad no casa bien con la reflexión, es alérgica a la duda, dificulta el aprendizaje, prima el pensar de prisa sobre el pensar mejor e instaura la voracidad y la instantaneidad en nuestras vidas. La voracidad deja obsoletas las normas jurídicas, políticas, morales e incluso comerciales. La instantaneidad provoca la angustia de no estar al día. Por el contrario, la velocidad empareja bien con la eficacia. El valor del esfuerzo disminuye y el tiempo, como acumulación de experiencia, cada vez vale menos, hasta el punto de que uno se pregunta si la eficiencia y la rapidez de la "respuesta digital" se convertirán, en breve, en una cualidad definitiva de la inteligencia.

Los datos se vuelven anacrónicos casi al instante. Se requiere una actualización y una formación permanentes. De por vida. Y la rapidez de los flujos informativos -servicios, banco de datos, correos electrónicos, visitas a Internet, todo tipo de mensajes audiovisuales- está generando un notable cambio de criterios, una cierta cacofonía informativa que podría subsanarse gracias a la adopción de discernimientos apoyados en criterios y valores esenciales: defensa de la democracia, de la pluralidad, de la intimidad personal, de la capacidad de disidencia, de la tolerancia, de la apertura y del sentido del humor que supone ser capaz de mantener en la mente dos ideas contradictorias. En esta formidable concentración de talento y trivialidad que produce la suma de nuevas tecnologías y mass media adquiere todo su vigor la frase de Bertrand Russell: El verdadero propósito de la educación es ayudar a defenderse contra la seducción de la elocuencia, la propia y la ajena.

En sus inicios, cuando los profesores universitarios y los medios contraculturales estadounidenses comenzaron a "enredarse", renació el sueño de una comunidad planetaria armoniosa, capaz de perfeccionar los conocimientos individuales y agudizar la inteligencia. La red favorece la autonomía personal del cibernauta en contra de la concentración de poder en el sistema. Pero también existe el riesgo de que este dialogante universal sucumba a las pulsiones de un ensimismamiento rayano en el autismo.

Pertenece a una tribu universal, a la vez que sufre el síndrome del aislamiento o del autodidactismo buscador. El dialogante universal navega, programa, descubre, interroga, y la máquina le habla, le acoge en una realidad que no exige grandes responsabilidades, es su confidente. Encerrado en la retícula con otros internautas, adicto a la realidad virtual, el autodidacta se hace compañía, se sustituye a sí mismo en la soledad multitudinaria, procesa y consume información en condiciones de aislamiento físico y emocional, no exentas a menudo de una participación tan desinhibida como pueda imaginarse.

En un sistema en el que, según Edgar Morin, el individuo tiene acceso a todo el planeta y todo el planeta tiene acceso a él, en un sistema cuyas cualidades inherentes son la ubicuidad y la omnivisión resulta bastante difícil mantener la identidad. Y al hilo de esta complicación cabe preguntarse cuánta sociabilidad está instaurándose en las redes electrónicas, cuáles son los efectos de esta nueva forma de sociabilidad, qué tipo de poblaciones diferentes viven y se acomodan en el entorno de la red, qué clase de existencias se asocian bajo el modo de lo efímero.

Comprender lo diverso que es todavía el mundo

Ante la complejidad del mundo que se avecina y en el que la incertidumbre, la estrategia y la innovación aparecen muy ligadas, la apuesta capital debería ser, al menos, doble: comprender y compartir.

Comprender que a lomos de las nuevas tecnologías -muchas veces son su altavoz- cabalga la world culture: una colosal homogenización de hábitos, actitudes, estructuras, instituciones, formas idénticas de consumir, de distraerse, el mismo imaginario, la idea de una civilización única, los mismos telefilmes, informaciones, series, canciones, anuncios publicitarios, ropa... Tanto es así, que cada vez resulta más arduo plantear críticamente la viabilidad de tanta homogenización ante las enormes diferencias económicas, sociales y culturales existentes, a la vez que es imprescindible hacerlo para que de ningún modo se cumpla el sueño de lo comercial de adueñarse del control de la sociedad de información.

Nada menos recomendable que ciertas actitudes sonámbulas ante los problemas culturales, éticos, políticos y jurídicos -no sólo los causados por la pornografía o por la instigación de las sectas- que generan los new media. Es preciso adquirir una mentalidad independiente y un pensamiento crítico que se distancie prudentemente de la frivolidad, de lo convencional y del realismo conformista. Aceptar el mundo tal cual es supone, por poner un ejemplo, comprender algo tan sencillo como es que a quienes viven sin electricidad -cientos y cientos de millones- el acceso a la Sociedad de la Información les resulta, como es imaginable, algo bastante complicado.

Y compartir antes de que sea tarde

Comprender... y compartir. La sociedad de la información es una oportunidad magnífica para compartir ciertos temas y principios casi universales: la responsabilidad social, la empatía con los desheredados, los derechos y deberes, el mantenimiento del pluralismo y la diversidad... Un espacio abierto a la reflexión, al debate, al diálogo, al intercambio cultural.

Porque si Internet instaura una sociedad dual, si en ella no prima el principio de igualdad de acceso de todos los ciudadanos al conocimiento, si las infopistas se tornan autopistas de pago, si se favorece la victoria de unas culturas sobre otras, o un burdo sincretismo entre ellas, en vez de una diversidad convergente, si eso ocurre, la división en la Galaxia Digital será irrecuperable.

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