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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 228 | Marzo 2001
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El Salvador

Santa María Ostuma: la voz de los terremoteados

En un rincón de El Salvador, nueve mil personas, se han quedado sin casas, sin nada. ¿Qué esperan, cómo piensan, qué sienten, qué están haciendo? Sólo acompañándolas y escuchando su voces podrá haber reconstrucción.

Ismael Moreno, SJ

Buscando el epicentro del terremoto del 13 de febrero, que a un mes exacto del terremoto del 13 de mayo hirió a un país ya herido, Envío se trasladó al municipio de Santa María Ostuma, en el paracentral departamento de La Paz. Hace cinco siglos este mismo lugar fue epicentro de la resistencia de los nonualcos a los conquistadores españoles. Los indígenas lucharon, protegiéndose en los barrancos y cuevas que caracterizan la topografía de la zona. De ahí el nombre del lugar: Ostumác, "lugar entre cuevas y barrancos". Poco queda ya, genéticamente hablando, del valiente pueblo nonualco entre los pobladores del lugar. La herencia ha sido cultural: la capacidad de trabajo y la resistencia que afloró con la emergencia entre los vecinos y las autoridades locales rememoran la rebeldía que caracterizó a los antepasados y antepasadas de los habitantes de este rincón de la geografía salvadoreña.

Todo el casco urbano –anclado en una bella colina, con formidable vista por sus cuatro costados y circundado de cuevas y de barrancos-, y los siete cantones que rodean el casco urbano como siete centinelas, se desplomaron ante la embestida de los dos terremotos. En Santa María Ostuma viven 9 mil personas. El primer terremoto destruyó 1,212 viviendas. El segundo aumentó el número a 2,418 viviendas. Todo el municipio quedó reducido a escombros. Porque todas las casas del municipio estaban construidas con adobe y bahareque. Sólo se libraron una guardería, el edificio de la Policía y otras tres casas. Porque eran de cemento y concreto.


Lo primero: reconstruir el templo

Hasta el 13 de enero Santa María Ostuma era un municipio desconocido. Su nombre ni siquiera aparecía en las señalizaciones de tránsito ni en la carretera secundaria que conduce a San Pedro Nonualco, último municipio de la zona, cinco kilómetros antes de llegar al casco urbano de Santa María Ostuma. Mucho menos podía leerse este nombre en la carretera principal del litoral que atraviesa Zacatecoluca, cabecera del departamento de La Paz.

Conocían bien el lugar los devotos de la Virgen de la Candelaria, que llegan aquí en romería cada 2 de febrero para celebrar una de las fiestas patronales más antiguas del país, en un templo construido en 1701, que cumplía este año tres siglos exactos de vida. Cuentan los vecinos que ese templo se erigió para que la Virgen de la Candelaria espantara al "mulús", un monstruo de mal agüero que se refugiaba en una cueva formada en una enorme ceiba que crecía en el sitio en donde muchos siglos después se levantó el templo. Tan famosa edificación se hizo polvo y escombros con el terremoto del 13 de febrero. "Lo primero que debe construir el pueblo es un nuevo templo, antes de que reaparezca el "mulús" y ocupe el lugar de nuestros santos", comenta la niña Carmencita, octogenaria nativa del lugar, para quien el derrumbe del templo no es más que una advertencia celestial para que los vecinos de Ostuma cambien sus prácticas injustas por "obras que sean una luz en todos estos cerros, como la luz brillante de la Candelaria".

Una Virgen milagrosa que se baña por las noches

La devoción de la gente de Ostuma a la Virgen de la Candelaria es llamativa. Preguntamos por las tradiciones que rodean esta devoción: "Cuentan que la Virgen se iba a bañar al mar, y cuando ella salía al mar, nadie podía, por mucho que luchara, entrar al templo. Luego la encontraban en el mismo lugar del templo, pero con arena de mar en todo su cuerpo y vestido. En una ocasión se la llevaron a Cojutepeque para ponerla en el templo principal. Pero a los pocos días ella misma se regresó aquí, a su templo. Y todas las veces que lo intentaron sucedió lo mismo. Hoy todo se cayó el templo, pero a la Virgen no le pasó nada, quedó intacta, así como la mira usted".

Añade un vecino: "La comunidad tiene un chorro de agua camino abajo. Todas las fuentes se secan en verano, porque esta zona, como usted la puede ver, es seca, y aquí hasta los burros se achicharran con los soles de marzo y abril. Pero ese chorro nunca se seca. Siempre tiene agua. Y es así porque la Virgen desde muy antiguo se va a bañar a sus aguas. En las noches de luna llena, especialmente cuando se acerca la madrugada, se la ve bajar hasta el chorro. Y todos en este pueblo, por el respeto que ella se merece, la dejamos sola, porque sabemos que nadie que se atreva a mirarla mientras se baña queda vivo para contarlo".

Comenta otra: "La Virgen nos ha hecho tantos milagros... Todos en el pueblo recordamos o nos han contado de la joven ciega que vino a arrodillarse a los pies de la Virgen y cuando abrió los ojos pudo verla radiante a ella y todo lo que había a su alrededor. También sabemos de una señora que en tiempos de grandes aguaceros, fue arrastrada por el río Jiboa con toda la fuerza de su corriente. Cuando ya nada ni nadie la podía salvar, la señora clamó a la Virgen, y de pronto la corriente la lanzó con vida hacia la orilla."

"Un insulto al pueblo"

Con la emergencia de los terremotos, Santa María Ostuma ocupó páginas principales en los periódicos salvadoreños. Su alcalde, junto con el Comité de Emergencia Municipal, resolvió no aceptar la ayuda que el gobierno central entregaba a las alcaldías tras el primer terremoto del 13 de enero. No era para menos. Después del censo de 1,212 viviendas destruidas que se le había entregado al gobierno, éste convocó a todo el pueblo para donarle 30 mil colones, cantidad que corresponde al costo de sólo 40 casas. El alcalde, elegido por el partido ARENA, calificó de "insulto al pueblo" aquel donativo, mientras el partido ARENA consideró como "una afrenta" de uno de sus correligionarios la reacción del alcalde. El alcalde cerró filas junto a su equipo de trabajo, y el país entero conoció de la rebeldía de todo un pueblo que rechazaba las migajas del gobierno.

Más adelante, el Comité de Emergencia se enteraba de que el "insulto" respondió a una estratagema de un pequeño grupo del municipio, vinculado a los poderes más oscuros del país -en el que no podían faltar oficiales del ejército-, interesado en desprestigiar a las autoridades municipales para restarle votos a su partido en próximas contiendas electorales. Un ex-coronel, con historial de pertenencia a los escuadrones de la muerte, candidato perdedor a alcalde por el Partido de Conciliación Nacional (PCN) en las últimas elecciones municipales, enfurecido por la participación activa de la Iglesia local en el Comité de Emergencia, se había encargado de sustraer el censo municipal para reemplazarlo por uno falso, con apoyo de otros oficiales del ejército y otros funcionarios interesados en aprovechar el río revuelto para sus propias ganancias políticas, buscando presentar al alcalde y a su equipo como enemigos del pueblo. Poco se necesitaba para descubrir tan torpe argucia y al final, lo que era una trampa para desprestigiar al Comité de Emergencia Municipal, terminó en un gran desprestigio de sus promotores.


Poca presencia del FMLN

Desde un pequeño municipio como Santa María Ostuma se logran identificar con mayor facilidad movimientos y marañas del poder, que no se descubren en visitas puntuales y que dan pistas para conocer las dinámicas nacionales en la política, la religión, las relaciones familiares y de compadrazgo, para entender mejor la relación de un poder local con el poder nacional y con los organismos de ayuda.

El FMLN tiene una presencia minúscula en este municipio. Y no porque el municipio sea conservador ni porque exista rechazo a las propuestas del Frente. La debilidad tiene que ver con la falta de tacto del FMLN con la población en los años de la guerra, en los tiempos del Frente Paracentral, cuando en no pocas ocasiones dirigentes medios de la guerrilla obligaban a los pobladores a realizar acciones sin explicarles nunca ni los objetivos de esas acciones ni mucho menos los objetivos mayores de la lucha revolucionaria. Todavía recuerdan algunas señoras cuando la guerrilla las obligaba a que compraran lotes grandes de botas para los guerrilleros, sometiéndolas a altos riesgos, sin darles explicación alguna y presionándolas con amenazas y miedo.

Izquierda y derecha: linderos difusos

Estos malos recuerdos están vivos en la memoria de mucha gente. Si a estas experiencias del pasado se añaden las torpezas políticas de algunos dirigentes locales en el presente, las consecuencias políticas son más graves. En las últimas elecciones municipales el PCN presentó al susodicho ex-coronel para competir por la alcaldía con el alcalde de ARENA, que se lanzaba como candidato para un segundo período.

Siguiendo la máxima de que el fin justifica los medios, y aunque hoy se niegue a aceptarlo o lo explique de otra manera, el FMLN decidió apoyar al ex-coronel para derrotar al candidato de ARENA. En consecuencia no sólo ganó el candidato de ARENA sino que el Frente acumuló más desprestigio. Los linderos de la izquierda y la derecha en municipios como éste son mucho más difusos que como aparecen en los textos de sociología y ciencias políticas. Al alcalde actual, de ARENA, se le puede calificar de derecha. Sin embargo, no sólo se ha enfrentado con la política de su partido, sino que ha abierto la comunidad a consultas populares en la mejor de las tradiciones de izquierda.

"Me sentía empujado a salvar vidas"<*h2>
Los rasgos mayoritarios de este pueblo, muy golpeado pero no abatido, son la generosidad y el altruísmo, y la desconfianza hacia el extraño, aunque tienen capacidad de asumir lo nuevo cuando perciben que no hay voluntad de manipularlos. Los rasgos de generosidad y de entrega quedaron patentes con el terremoto.

Un vecino contó esta historia a Envío: "Cuando el terremoto yo dije: aquí me voy a morir. Luego miré un muro y pensé en tirarme desde arriba. De repente vi que se abría el muro, y más abajo la tierra que estaba bajo mis pies también se abría. Yo dije entonces: si este es mi fin, apiádate de mí, Señor. Esto fue el 13 de enero. Qué iba yo a pensar que venía otro terremoto más. Porque si en el primero por poco me muero, el segundo me dejó con el corazón partido. Cruzado de brazos me dejó. Sólo recuerdo que en medio de los grandes retumbos, vi a una anciana atrapada entre el montón de tierra y la gran polvareda.

Dejé entonces de cruzarme de brazos, y salí corriendo y junto a otros brazos que no supe yo de quiénes eran sacamos a la viejita como pudimos. Esa acción me dio valor. Me pegué al padre, que iba con un puño de hombres, corriendo iban ellos, mirando por todos lados para sacar a la gente que gritaba debajo de los escombros. Nos fuimos por las veredas a rescatar gente. Se me olvidó mi propio susto. Ya no me quería morir, ni tenía el miedo que me dio cuando estaba retumbando y moviéndose todo. Sentía una fuerza adentro, yo no sé de dónde, que me empujaba a buscar gente soterrada, y a agarrarla de donde fuera para que pudiera vivir. En ese momento yo no pensaba por qué lo hacía. Ahora yo pienso que había una fuerza que me alentaba como diciéndome: si vos estás vivo poné tu vida para salvar a otros. Eso es lo que ahora pienso. Pero en ese momento yo sólo recuerdo que corría de un lado para otro siguiendo en dirección al lugar de donde salían los gritos de la gente que pedía ayuda. Yo estaba en ese momento, después del terremoto, sólo para ayudar a salvar vidas. Pero no me pregunten por qué lo hacía. No me puse a darme explicaciones. Sólo me sentía empujado, y nada más. Allí andábamos, porque éramos un grupo grande, nos metíamos a los potreros, saltábamos muros, caminábamos en medio de la tierra rajada. Como 25 gentes sacamos de debajo de los escombros y de debajo de la tierra. Y ahora sigo en el comité de emergencia, removiendo escombros y buscando apoyos para levantar a este pueblo. No para levantar a unos pocos, como hemos estado siempre en El Salvador. Para levantar a toda la gente. Con sus casas y con su dignidad bien firmes".

"Me cayó encima a avalancha de toda mi vida"

La gente de este municipio también sabe situar sus fracasos dentro de la larga historia de desastres que ha vivido El Salvador. Éste es el testimonio de un vecino de Ostuma: "Cuando salí librado de estos dos terremotos, se me vino encima, como avalancha de tierra, toda la historia de mi vida. Y recordé con pena y con valor las cosas de mi infancia adolorida. Ahora tengo 33 años. Recordé, como un pasado no acabado, las hambrunas y las sequías de mis primeros años. Ni siete años tenía yo cuando nos cayeron los grandes aguaceros del huracán Fifí. Es la primera experiencia que recuerdo con crudeza. Casi en el mismo lugar en donde ahora quedaron soterrados dos niños con el desprendimiento de tierra que tapó el río Jiboa en el terremoto del 13 de febrero, recuerdo que un hombre y una mujer fueron arrastrados por las corrientes en septiembre de 1974. Yo no los vi, pero en mi infancia los escucharon mis oídos. Y nunca encontraron sus cuerpos. Aquellos vientos y las torrenciales lluvias barrieron con las cosechas. Mi papá se quedó con los brazos cruzados. Tuvo que salir a buscar trabajo a los ingenios como cortador de caña. Todo chuco y malencarado regresaba en la nochecita. Pero así la íbamos pasando. Unas veces con comida, otras veces con tortilla con sal. Pero mi papá se las fajaba para que no nos muriéramos de hambre."

"Luego vino la guerra..."

"Luego vino la guerra. Doce años tenía yo para esos entonces. Por esos años recuerdo que con nosotros estaba el Padre Porfirio Martínez. El nos animó a levantarnos como pueblo y a celebrar la vida y la fe en comunidades de base. Y nos metió a todos el pensamiento liberador. Campesinos de los cantones de abajo estaban organizados. Ya en 1980, a pocos meses del asesinato de Monseñor Romero, los jefes de ORDEN tenían vigilada a toda la gente que se formaba en la iglesia. Tenía doce años, y todavía recuerdo como si fuera ayer, cuando delante de mis ojos mataban a la gente. A un mi tío lo mataron delante de mí como a las cinco de la mañana del 31 de mayo de 1980. Lo sacaron de la casa, y en el patio lo torturaron.

Cuando ya no tenía fuerza, que no se podía sostener, un hombre, que después me dijeron que llegó a ser coronel, y que después se metió a la política como candidato a alcalde, levantó del pelo a mi tío, y de un solo le dejó ir un tiro. Entonces se regó la sangre como cuando uno tiene agua en una bolsa y le hace un hoyo. Salta el agua por todos lados. Así saltó la sangre de mi tío. Se regó por todos lados. A mí también me cayó un poquito de sangre de mi tío".

"Pasó otro tiempo largo, de hacer las cosas a escondidas, de amenazas, de miedo, de persecución y de desaparecidos. Esos años después del asesinato de Monseñor Romero fueron duros en todos estos cerros. Yo sabía que la gente de mi cantón se reunía en el monte, salía sigilosa en la noche, y hablaba siempre bajito. A mí en ese tiempo no me participaban de nada. Pero yo sabía que la situación estaba yuca, lo sentía y lo olía en el ambiente".


"Soy un sobreviviente de todas las desgracias"

Un día estaba yo en el campo, jugando pelota. Era ya de tarde, teníamos una pelota vieja que la sacábamos unas dos veces por semana para pasar el rato. Llegó el ejército. Todos los chavos salimos en carrera. Yo me resbalé en un pedrero. Me agarraron los soldados y me llevaron al destacamento militar, y me reclutaron como soldado. Yo tenía quince años. Allí pasé dos años, me metieron odio contra los comunistas y los guerrilleros. Me decían que los guerrilleros eran enemigos de la patria y serviles del comunismo internacional. Pero a mí no se me salió nunca de la cabeza el recuerdo de mi tío. Yo sabía que gente del ejército, o pagada por el ejército, lo había matado delante de mis ojos.

Y ese odio que yo llevaba dentro no me lo sacaron por mucho que me quisieron lavar el coco." "Cuando salí me refugié donde las hermanas Maryknoll, las mismas a las que hacía poquito les habían matado a varias de sus hermanas. Luego me decidí y me enrolé con la guerrilla. Con las FPL me organicé. Y allí pasé el resto de la guerra. Después que se firmaron los acuerdos de paz, me vine otra vez para mi pueblo, y aquí trabajo como carpintero, como hacelotodo. Vino la gran tormenta del Mitch y arrasó con un mi pedacito de naranjas que tenía sembrado a menos de un kilómetro del pueblo."

"Y ahora se me vinieron encima estos dos terremotos. Usted no me lo ha preguntado, pero soy metido y se lo digo: yo soy cabalmente un sobreviviente de todas las desgracias que le han caído a este país en los últimos treinta años. Y aquí me tiene, con todas las ganas de seguir viviendo, porque entre más desgracias se vienen, con más fuerza y decisión quiere uno proteger la vida. Y todas las veces que uno sale librado, uno se dice que le han regalado otra vez la vida. Y entonces, cuando sale uno librado de esas desgracias, más valora la vida, y más ganas le dan de ponerla al servicio de la gente".

¿Son una contraparte? ¿Saben participar?

Al caos que se respira en el municipio en las semanas posteriores a los terremotos hay que añadir la ausencia de un proceso que aclare el camino a seguir y conjugue las diversas fuerzas, tanto las del municipio como las del gobierno central, tanto la ayuda oficial de otros países como la ayuda de los organismos nacionales e internacionales no gubernamentales. En el municipio se recibió la oferta de ayuda de la comunidad de Valencia, España, cuyo gobierno ha convocado a su contraparte salvadoreña para que se coordinen y elaboren un Plan de Desarrollo Integral.

Un organismo del gobierno alemán ha ofrecido también apadrinar a uno de los cantones para la construcción de las viviendas destruidas. Cáritas Internacional ha comenzado a poner en marcha la construcción de doscientas viviendas. Otros organismos se han acercado al municipio para presentar sus ofertas. El gobierno central a entregado láminas y madera para la construcción de viviendas provisionales que hagan menos dañinos los efectos de la próxima temporada de lluvias.

Todas estas ofertas llegan a un pueblo traumatizado por los temblores, y con una experiencia organizativa muy débil y dependiente, acostumbrado al estilo vertical y al cacicazgo. Sin embargo, la mayoría de los organismos que ofrecen ayuda parten del supuesto de la participación de la gente. Y dirigen sus energías a figurar y a asegurar que sus ideas se impongan sobre las de los demás organismos que ayudan. La realidad es que muchos actores externos al municipio han cocinado una sopa de ofertas ante una contraparte -el municipio- que en la práctica no tiene capacidad de dialogar ni sabe como negociar. Propiamente, ni existe como contraparte.

¿A qué conduce este escenario? A una reconstrucción entendida fundamentalmente como construcción de viviendas, acompañada de algunos programas productivos y de empleo, que recibiría una población relacionada con los donantes con las mismas debilidades y verticalismos de antes de los terremotos, que podría ver profundizados estos vicios y podría desarrollar una mayor dependencia y una mentalidad limosnera. Los organismos externos comparten todos los conceptos habidos y por haber sobre la participación y sobre la gestión locales, pero no acaban de aterrizar estas terminologías en la vida cotidiana de la gente que será beneficiaria. Los conceptos de ciudadanía, gestión, participación, comunidad, acaban siendo entelequias mientras los organismos presenten propuestas desencarnadas de la realidad y de la historia de la población.

"Esa casa tirada es mi propia vida tirada"

La gente de Santa María Ostuma ha perdido con sus viviendas mucho más que adobes y paredes. Ha perdido parte de su historia. Esta generación vio derrumbarse en minutos el patrimonio de varias generaciones precedentes. Un proyecto de vivienda que se centre en la construcción de viviendas sin establecer los vínculos con este trauma no servirá porque no estará tocando los nervios de la comunidad. Por supuesto, es una ayuda que los organismos apoyen con proyectos de construcción. Así contribuyen a restituir una parte de la vida. ¿Y las otras? No son restituibles, pero al menos deben saber que lo más valioso de lo perdido queda fuera de cualquier propuesta.

Así lo explica una vecina: "No es fácil ver caer las casas de un solo. Y no es nada fácil decir con palabras que mi casa se ha caído. Usted ve esa casa tirada, y de seguro le llama la atención, así como están tantas casas tiradas en todo el pueblo y en todos los cantones. Y tal vez piensa en cómo se puede hacer para ayudarnos a levantar mi casa. Y en levantar tantas otras casas. Pero para mí esa casa que está tirada allí, es como ver mi propia vida tirada, y es como ver tirada la vida de mis padres y de mis abuelos. Yo nací en esa casa, cuando mi papá murió me dejó de herencia esa casa que él mismo la heredó de su papá, de mi abuelo. Esa casa que hoy usted ve tirada allí, es para mí como ver tiradas las paredes de mi vida. Porque esa casa tenía 120 años de estar levantada."

"Yo nunca salí de esa casa. Desde que nací hasta que me casé. Allí vi nacer a mis tres hijos. Allí vi morir a mi esposo. Allí estaba todo. Como usted ve, para mí allí hay algo más que paredes y tejas tiradas. Y tal vez usted y otra gente de la solidaridad nos traen materiales, láminas, bloques, cemento y madera. Y si así fuera, viviremos muy agradecidos con ustedes. Pero mi vida, que en gran parte se ha derrumbado con el derrumbe de esa casa, no se va a levantar así nomás, sólo porque se levante una nueva casa. No, no es así de fácil.

Un poco de mi vida, ya se quedó en escombros. Tal vez mis nietos, que comienzan a crecer, rehagan su vida a la sombra de la nueva casa que se levante. Y quizás con la nueva casa, algo de mi vida y de mi historia familiar se levante. Pueda ser que una parte de mi vida se quede debajo de la casa nueva, como escombro, ojalá que como semilla que se enterró. Y que con la nueva casa que ojalá se levante, algo de la vieja casa, algo de mi vida y de la vida de mis padres y abuelos, también se levanten. Ojalá nazca algo nuevo y distinto. Pero guardando algo de la historia, algo del espíritu de esos 120 años que se me derrumbaron".


Acompañar: la clave del proceso

Hoy, el desafío fundamental en municipios como Santa María Ostuma es sumergirse en la vida de la población y desde allí acompañar a la gente y a autoridades municipales para que asuman la conducción de los planes de reconstrucción y de desarrollo. Un acompañamiento que recupere la confianza de la gente en ella misma y en el futuro, y que traduzca la confianza en organización solidaria y con plena participación de todos los miembros de la comunidad y del municipio. En este acompañamiento, el municipio, a través de sus estructuras municipales y cantonales, podrá elaborar su propuesta de reconstrucción y de desarrollo. En este proceso, los organismos externos, nacionales e internacionales, deberán incorporarse como apoyo, como facilitadores de recursos financieros, técnicos y profesionales que no tiene la comunidad ni el municipio. Se dan primeros pequeños pasos.

En la primera semana de marzo comenzó el primer proceso de consulta popular que ha conocido Santa María Ostuma en toda su historia. Los jóvenes se prepararon para celebrar asambleas en cada uno de los cantones y en cada barrio del casco urbano del municipio con preguntas sencillas que ayudaron a la gente a expresar su sentir, sus necesidades y las soluciones que imagina. Con estas consultas se pretende no sólo recoger el sentir de la población, sino comenzar un proceso que tenga como punto de partida el involucramiento y la participación de la gente. Las asambleas se celebran reuniendo a todos los sectores de la comunidad y escuchando a cada uno: mujeres, hombres, jóvenes, niños. Con este primer material se pretende iniciar un necesario proceso de diagnóstico.


Los que no dan nada

A Santa María Ostuma llegó también la presencia solidaria de otros pobres. Una brigada de hombres y mujeres damnificados por el Mitch en el valle de Sula en el norte hondureño llegó al municipio con víveres y ropa recogidos en los barrios pobres de El Progreso, Honduras. Se integraron en las actividades de remoción de escombros y en la animación de la población, tanto en lo pastoral como en lo festivo y cultural. Se integraron también en las actividades propias de las consultas populares. No ofrecieron ayudas, no ofrecieron viviendas. Ofrecieron su vida y sus personas durante quince días. Su presencia no deja nada visible y cuando se fueron, los escombros seguían en el mismo sitio. Sin embargo, esta gente aportó la humanidad, la solidaridad y la espiritualidad de las que hay mucho déficit en tantos organismos que aportan mucho financiamiento y muchos recursos materiales.

"Perdí a mi hijito, que tanto me costó criar"

El dolor ha sido muy grande. Y tardará en sanar. Nos cuenta una madre: "Me costó mucho criar a mi hijo Alex. Desde que nació fue muy enfermoso. Quizás por eso no se despegaba de mis naguas. El 2 de febrero, una su tía que vive en San Salvador le trajo un carrito de plástico, grande era porque hasta se montaba en él, y como Alex era todo flaquito, el carrito aguantaba con el niño. Entonces ya se despegaba de mí. Sólo en el carrito le gustaba estar."

Se vino ese gran temblor del 13 de febrero ya pasaditas las ocho de la mañana. Estabámos terminando de comer cuando se vino el gran retumbo y comenzó toda la tierra a moverse y a tirarnos de un lado para otro. Cuando sentí la gran mecida corrí donde mis otras criaturas, las agarré como pude, y salimos en carrera para el patio, sin saber por dónde porque todos nos habíamos envuelto en una nube de polvo. Cuando estábamos ya para salir de la casa, Alex se desprendió de mí y se metió corriendo a la casa a buscar su carrito. Grité y grité cuando vi cómo se venía sobre él una gran pared de adobe. De un solo golpe se vino, haciendo un gran ruido y más polvo se levantó. Yo me quedé gritando como loca. La gente llegó para ayudar. Todos blancos estábamos de tanto polvo. Todo el cantón estaba envuelto en un solo lamento, como si fuera el juicio final. Los hombres comenzaron a mover la tierra, y a levantar los pocos de adobes que habían quedado enteros, tirados en el suelo. Cuando levantaron la pared, allí debajo estaba mi hijito lindo. Allí estaba, muerto y abrazado a su carrito, que estaba también aplastado y no lo quiso dejar. Así encontramos a mi hijito que tanto me costó criar.

Sí, el dolor ha sido muy grande. Al despedirnos, nos saluda una anciana, de la que escuchamos la invitación a seguir adelante porque se cayeron las casas, pero no la vida: "Todavía hoy siento que el corazón me da unos retumbos como si fuera un temblor de tierra. Mi casa tenía doscientos años. Porque en este pueblo toda la gente es vieja de vivir. Las gentes que vivíamos en las casas que se derrumbaron las heredamos desde muy atrás. Pero qué le vamos a hacer, ya se cayeron nuestras casas. El pueblo entero se cayó. Se cayeron las casas pero la gente quedó de pie. Y aunque sea una champita levantaremos para seguir levantando la vida de nuestras familias, especialmente las de los niños que hoy están naciendo y creciendo. Ojalá que tengamos una casa todos y que alcance para todos y que, primero Dios, toda la gente en El Salvador tenga la misma suerte".

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