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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 228 | Marzo 2001
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Nicaragua

La economía del Qwerty domina el sector agropecuario

Ni racionalidad ni libertad. La rutina, la inercia, la tradición dominan en la economía del Qwerty, que perpetúa la ineficiencia y nos impide avanzar. El agro de Nicaragua es un magnífico ejemplo.

José Luis Rocha

El sector agropecuario nicaragüense debe batallar hoy en condiciones muy adversas. No sólo por todo lo que pasa en Nicaragua, sino por todo lo que ha cambiado el mundo. Es notable el menor peso que tiene el comercio agrícola en el comercio mundial. A nivel global, las exportaciones agrícolas representan actualmente menos del 10% del total de las exportaciones de mercancías. A inicios de los años 60 eran el 25%. La tendencia del comercio agrícola a perder importancia en el comercio internacional, pese al mayor volumen de bienes agrícolas que el mundo produce, se debe a la introducción a este comercio de otros bienes no agrícolas y a la caída de los precios de los productos agrícolas en relación con los de los productos industriales.

Además, las economías basadas en la agricultura han visto reducirse su cuota en el mercado, y deteriorarse su balanza comercial agrícola, como consecuencia de una persistente y creciente dependencia con respecto a las importaciones agrícolas y de una seguridad alimentaria basada a menudo en las importaciones.

Los países agropecuarios, que son países del Tercer Mundo, han ido siendo relegados de los mercados internacionales. Si en el segundo cuarto de siglo el Primer Mundo proporcionaba el 60-65% de las exportaciones mundiales, en los años 90 llegó al 73%. Y si a mediados del siglo XX, un 40% del comercio mundial consistía en intercambios entre los países del Primer Mundo, hoy ese intercambio es el 60%. El comercio entre el Primer y el Tercer Mundo, que a mediados del siglo XX representaba más de un cuarto del total mundial, se ha reducido a sólo el 15%. Casi la mitad del comercio mundial consiste hoy en el intercambio de bienes manufacturados entre los países industrializados.


R.I.P. al arroz nacional

El agro nicaragüense también se enfrenta al descenso de los precios de los productos agropecuarios. En la última década, el promedio del precio internacional de la carne de res -exportación "estrella" del país- ha caído en un 16%. La mecanización en gran escala, la utilización de productos químicos y la especialización de los sistemas de producción agrícola de los países desarrollados ha incrementado sus excedentes, que buscan dónde colocar.

La liberalización de los mercados ha permitido la introducción a Nicaragua de productos agropecuarios de otros países que compiten con ventaja con los productos nacionales. El sorgo, que constituía un insumo básico para la alimentación de aves, ha sido sustituido por el más barato maíz amarillo de importación. La producción de sorgo es actualmente menos de la mitad de lo que era al final de la guerra de los años 80.
Uno de los casos más dramáticos para apreciar la crisis lo encontramos en la producción arrocera. Si en 1972 Nicaragua exportaba un millón de dólares en arroz y no importaba ni un grano, en 1998 tuvimos que importar 17 millones de dólares en arroz y no exportamos nada. En 1997 -año de sequía por la corriente de El Niño- la situación fue más catastrófica: exportamos apenas 2 millones de dólares e importamos 34 millones. No se trata de un problema climático: en 1996 exportamos un millón de dólares contra una importación de 32 millones.

Tampoco se trata de un problema de ineficiencia. El costo de producción de un quintal de arroz en Nicaragua es 10 dólares. En Estados Unidos, cuesta 20 dólares producir ese quintal, de calidad semejante. Sin embargo, el país del Norte se ha convertido en nuestro principal proveedor. Mientras la producción de arroz goza en Estados Unidos de un sustancial subsidio gubernamental de 7.64 dólares por quintal, el gobierno de Nicaragua se dedica a brindar facilidades a los importadores y a predicar las bondades del libre comercio a los productores locales, anunciándoles que los que no sean rentables -según reza el catecismo neoliberal- serán "naturalmente" desplazados hacia áreas en que sean más competitivos. No hay un ápice de "naturalidad" en tal desplazamiento.

Ambos gobiernos, el de allá y el de aquí, están allanando el camino a nuestra dependencia alimentaria. La apertura de mercados del Sur, sin su equivalente en el Norte, nos está convirtiendo en siempre perdedores, incluso en terrenos donde se suponía que teníamos las "ventajas comparativas".


Trigo, arroz, maíz: obstáculos a la comida básica

El grado de autoabastecimiento de alimentos básicos de un país depende de los mercados mundiales de trigo, arroz y maíz, la tríada dominante en el comercio de alimentos básicos. De acuerdo a la FAO, entre 1948-50 y 1995-97, las subvenciones a la agricultura en Europa oriental contribuyeron a reducir su parte proporcional en el volumen mundial de las importaciones de trigo, arroz y maíz del 62.6% al 16.1%, mientras su parte en las exportaciones aumentó del 5% al 17.9% Debido a un enorme aumento de los suministros netos en toda Europa, el resto del mundo se ha visto casi obligado, desde entonces, a renunciar al autoabastecimiento de alimentos básicos. También ha habido en Asia un notable crecimiento de exportaciones agrícolas al mejorar los rendimientos. Todo anuncia que productos agrícolas más baratos llegarán a Nicaragua y competirán con éxito con los productos nacionales. Abrir otros mercados para nuestros productos agrícolas es un propósito que tropezará siempre con las barreras proteccionistas de la agricultura -en Europa es previsible que se mantengan por razones políticas-, con los patrones de consumo y con competidores mejor situados. El mercado no va a esperar que nos pongamos al día. Mientras dormitamos, otros avanzan.

Otro problema es que el incremento de la producción de granos básicos -base de la seguridad alimentaria- se ha basado hasta hoy en una expansión de las áreas cultivadas. Esta expansión encuentra actualmente en Nicaragua límites por la voluntad de establecer áreas protegidas para la conservación del bosque tropical. Cada vez más, los futuros incrementos de la producción de maíz y de frijol deberán venir de aumentos en la productividad.

Teclas que se atascan: el Qwerty

¿Por qué se sigue produciendo y proponiendo lo mismo pese a que ha cambiado tanto el entorno y no hemos dejado de retroceder? Quizás debido a lo que algunos han bautizado como la economía del Qwerty. Los fervorosos de la economía del libre mercado parten del postulado de que la economía es conducida siempre por las decisiones más racionales. Pero Paul David y Brian Arthur, expertos en historia económica, rechazaron la idea de que, por vías tan racionales, los mercados nos conducen hacia una única solución mejor. A la luz de lo ocurrido en la historia, establecen que los resultados están en función de lo que ellos denominaron dependencia de la senda: el punto de destino depende de lo que ocurre por el camino. En esto consiste lo que ellos llamaron la economía del Qwerty.

Desde las primeras máquinas de escribir hasta las más sofisticadas computadoras de nuestros días persiste en los teclados una misma disposición, cuya primera línea es qwertyuiop. Esta distribución de las letras en las teclas no es la más cómoda ni la más eficiente para el movimiento de los dedos. Pero en el siglo XIX, cuando empezaron a usarse las máquinas de escribir, dada la tendencia de las teclas a atascarse, una disposición que obligara a los mecanógrafos a escribir con cuidado y despacio tenía algunas valiosas ventajas.

Cuando las teclas que se atascaban fueron cosa del pasado, no fue posible cambiar a un diseño más eficiente del teclado: los mecanógrafos habían aprendido su oficio en teclados Qwerty porque ése fue el que se industrializó, y los fabricantes producían máquinas con teclado Qwerty porque ésas eran las que los mecanógrafos sabían utilizar. Paul David encontró que en la economía abundan historias como las del teclado Qwerty, donde ciertos factores refuerzan y perpetúan la ineficiencia.

La economía del Qwerty implica que algunos accidentes conducen las cosas hacia el estancamiento o hacia las malas soluciones y que el libre mercado no garantiza el mejor de los resultados.

Paul Krugman, economista estadounidense, observó que muchas veces el resultado colectivo de muchas decisiones libres nos lleva a quedarnos atrapados en un resultado malo. Por ejemplo, a quedarnos estancados en una tecnología inferior. En el caso de Nicaragua la economía del Qwerty ha operado a varios niveles: atraparnos en los mismos rubros, en los mismos sectores y sobre todo en las misma tecnologías.


Sin cambios tecnológicos, con apego a la tradición

El resultado de las políticas que se vienen aplicando, que benefician a los grandes productores, ha tenido como consecuencia que los pequeños y medianos productores tengan su parte de responsabilidad en algunos efectos del Qwerty: desde hace décadas vienen haciéndolo todo de la misma manera. La economía del Qwerty genera agricultores sin un acervo de conocimientos técnicos agropecuarios, sin sentido administrativo y con insuficiente capacidad de adaptaciones flexibles a los nuevos requerimientos del medio y del mercado. Los reproduce como sembradores de maíz, cultivadores de frijol y operarios del espeque y de las yuntas de bueyes. Y los lleva a pensar que seguirlo haciendo todo así es lo más natural del mundo.

El experto en temas del desarrollo H. W. Singer señaló hace décadas que un mejoramiento de los telares manuales o de las herramientas agrícolas "simples" debiera verse como un refinamiento potencialmente igual al desarrollo del módulo lunar o del Jumbo Jet supersónico. Singer también señaló cuáles eran las causas de que los cambios tecnológicos se hubieran centrado más en los jets que en los telares y espeques. En el caso de Nicaragua, en la gran empresa agropecuaria.

Dice Singer: Dado que virtualmente no se destina nada del gasto de investigación y desarrollo experimental a los problemas de particular interés para los países subdesarrollados, vemos que la tecnología tiende a ser mucho más moderna en los sectores donde las actividades de los países pobres se asemejan más a las de los países ricos. En cambio, hay escaso o ningún progreso tecnológico en áreas cuyos problemas no existen en los países ricos: los problemas de la agricultura tropical, los de la producción a pequeña escala, los de la utilización de materias primas propias de los países subdesarrollados, los problemas de la agricultura y los de los cultivos de subsistencia.

Otra "racionalidad" económica

Es imposible que los pequeños productores den los saltos tecnológicos necesarios si no tienen acceso a tecnología adecuada. Para atreverse a dar esos saltos es preciso modificar muy arraigados patrones de uso de los suelos. Los pequeños productores conservan la "racionalidad económica" de invertir sus excedentes en establecer nuevas plantaciones, en lugar de "otra" racionalidad: aumentar los rendimientos en las plantaciones ya establecidas. Su sistema les permite sacar provecho de la fertilidad natural de los suelos y ahorrar agroquímicos. Estudios recientes han estimado que el 70 % de los pequeños productores nicaragüenses no aplican ningún fertilizante a los cafetales o lo hacen en niveles insuficientes.

Al inicio, esta táctica permite bajos costos y logra rendimientos de 8.5 quintales oro por manzana. Pero después de las primeras 2-4 cosechas, los rendimientos caen gradualmente hasta estabilizarse en 4-5 quintales oro por manzana. Así, la "racionalidad" tradicional ha hecho que quedemos muy rezagados en rendimientos agrícolas. Lo mismo que en el café ocurre en otros rubros.

Si en 1950, antes de la revolución verde, los rendimientos a nivel mundial eran de 1,054 kilogramos (23.2 quintales) por hectárea para el maíz y de 1,124 kilogramos (25 quintales) por hectárea para el arroz, en el año 2000 esos rendimientos se han duplicado o triplicado por todo el mundo. En Nicaragua, los rendimientos del 2000 varían mucho dependiendo de la tecnología empleada. El arroz de riego produce 80 quintales por manzana y el arroz de secano 50 quintales por manzana.
El maíz produce 60 quintales por manzana (con tractor), 40 quintales por manzana (con bueyes) y 20 quintales por manzana (con espeque). Los rendimientos del maíz en la mayoría de los sistemas de producción que prevalecen en Nicaragua siguen siendo inferiores al promedio mundial de 1950. El actual descenso en el consumo de abonos químicos -de 72 mil toneladas métricas en 1988 a 49 mil toneladas métricas en 1997- es reflejo del declive del crédito agropecuario y no de una masiva adopción de abonos orgánicos.

Los rendimientos de la agricultura manual

La diferencia entre los rendimientos por trabajador nos colocan en una posición de mayor desventaja. A nivel mundial, la productividad agrícola manual -que sigue siendo el sistema más extendido- es de mil kilogramos (20.5 quintales) de cereales por trabajador, mientras la agricultura más motorizada rinde más de 500 mil kilogramos (10,230 quintales) por trabajador. Es presumible que, dado que el número de hectáreas cultivadas por trabajador es mucho mayor en los países desarrollados -porque donde se emplean tractores de más de 120 caballos de fuerza, la superficie atendida por trabajador sobrepasa las 200 hectáreas-, las diferencias de ingreso y rendimiento por mano de obra sean aún más agudas.

Comparar lo que ocurre en Nicaragua con lo que ocurre en los países desarrollados exige un cálculo complejo, porque aquí predominan sistemas de producción que hacen frecuente uso de mano de obra familiar -incluidos miembros del círculo familiar no registrados como población económicamente activa- y porque los trabajadores nicaragüenses no están especializados -no se dedican exclusivamente a un solo cultivo-. No obstante, algunas estimaciones de estudios muy detallados indican que un productor de maíz puede sembrar 40 manzanas (con tractor), 5 manzanas (con bueyes) y una manzana (con espeque). En Nicaragua, la mayoría de las unidades de producción aplican rudimentarios medios manuales y de ahí derivan los notablemente bajos rendimientos.

Nuestras vacas lecheras, nuestras granjas camaroneras

Los rendimientos en la producción lechera muestran en Nicaragua un mayor grado de atraso. En 1950 el rendimiento medio de una vaca lechera en Francia era de 2 mil litros por año. En la actualidad, rinde 5 mil 600 litros anuales. En Nicaragua, el rendimiento medio es de 1,140 litros al año: el 57% del rendimiento de la Francia de 1950 y el 20% del rendimiento de la Francia del 2000. Es iluso aspirar a los niveles de Francia, donde la mecanización está dando marcha atrás y existen múltiples problemas ligados a la manipulación genética y a la producción en gran escala. Pero sí sería realista y razonable proyectar el superar nuestros niveles de productividad.

Una mejora tan elemental como la alimentación de verano ya supondría un avance notable: podría frenar el descenso actual: 1.5 litros por vaca al día durante la estación seca. Así aumentaría en 320 litros al año la producción anual de cada vaca. Una mejora en la alimentación lograría también que las vacas estén en capacidad de parir a los 25 meses, y no a los 36 meses, como ocurre en la actualidad, y que el intervalo de partos pasara de 22 a 16 meses.

Nada de esto está en los cuernos de la luna. Como tampoco lo está bajar la excesiva tasa de mortalidad vacuna, que es del 12%. También una mejor selección del ganado lechero podría significar un cambio en los rendimientos: de 4 a 16 litros. Estas mejoras tecnológicas suelen estar al alcance de la gran hacienda, pero resultan casi inaccesibles para los pequeños y medianos productores.

Otros sectores productivos presentan un expediente semejante. El cultivo del camarón ha aumentado un 400% desde que finalizó la guerra y actualmente representa un tercio de la producción pesquera nacional. Pero Nicaragua es el país de América con menores rendimientos por hectárea en la producción camaronera. Mientras producimos 1,272 libras por hectárea al año, el rendimiento promedio en el continente es de 1,828 libras. La baja productividad de las granjas nicaragüenses se debe fundamentalmente a los lamentables niveles de sobrevivencia de los camarones, que en algunas granjas apenas alcanzan el 42%. Si el modelo funciona aparentemente, y si deja pingües ganancias a algunos empresarios, se debe al bajo valor de las tierras -concesiones estatales a 30 dólares la hectárea por 20 años- y a la disponibilidad de mano de obra muy barata.


Una investigación en la región central de Nicaragua

En el caso de Nicaragua esta situación se agrava por el peso que tienen en la economía los pequeños y medianos productores. Según la encuesta más exhaustiva hecha por el Ministerio Agrícola y Forestal en 1998, existen en el país 381 mil fincas en producción, de las cuales el 67% tiene menos de 10 manzanas, el 31% entre 10-200 manzanas y sólo el 2% tiene más de 200 manzanas.

En búsqueda de optimismo, diversos cientistas sociales nicaragüenses se han fijado en los que algunos llaman "sectores emergentes", para descubrir que, en la práctica, se trata de sectores divergentes, por estar preteridos en todas las políticas de fomento.

Un estudio del Instituto de Investigación y Desarrollo Nitlapán-UCA se enfocó sobre la región central del país (Madriz, Nueva Segovia, Estelí, Matagalpa, Boaco, Chontales y parte de Jinotega, Río San Juan y la Región Autónoma del Atlántico Sur), un área que cubre la mayor parte de la zona seca del país, casi todo el latifundio cafetalero-ganadero, toda la antigua frontera agrícola y una pequeña porción de la nueva frontera agrícola, y que tiene una extensión de unos 40 mil kilómetros cuadrados -casi un tercio de la superficie nacional- y una población de 160 mil familias, el 50% de la población rural del país.

Sólo en esta región, los campesinos-finqueros, que son los propietarios de fincas de medianas dimensiones, representan el 58% de las familias productoras, tienen el 49% de las tierras, generan el 38% del valor agregado y emplean al 65% de los agricultores de la zona. En cambio, los empresarios agrarios, los más favorecidos por el actual paradigma, representan sólo el 3% de las familias productoras, concentran el 24% de la tierra y apenas brindan empleo al 11% de la fuerza laboral agropecuaria. Está claro que cualquier política que beneficie a los campesinos-finqueros tendría un alcance más masivo y mayores efectos sobre el empleo y la distribución de los ingresos. Pero el efecto Qwerty nos mantiene estancados en la apuesta por la gran hacienda agroexportadora.

Respecto a la productividad por superficie cultivada, el potencial productivo de las propiedades agrícolas de esta región es el doble de lo que produce actualmente: un potencial de 919 millones de dólares contra una realidad de 452 millones. Realizar ese potencial significaría que el rendimiento promedio de estas tierras igualara el rendimiento promedio actual de las tierras de Costa Rica.
Este cálculo es especialmente significativo: se efectuó sin considerar los efectos de introducir nueva tecnología ni de incrementar la superficie cultivada, basándose únicamente en trasladar el rendimiento de las mejores tierras cultivadas en la zona a todas las tierras de la región central.

Con menos tierras, el reto es más productividad

En Nicaragua, todos los paradigmas para el desarrollo del sector agropecuario olvidaron al sector mayoritario, al de los pequeños y medianos productores. Nunca hubo tecnología para ese sector. Los paradigmas no han respondido ni al mercado ni a las condiciones del país, sino a la dependencia de senda o economía del Qwerty.

Dando todas las condiciones como inamovibles, los modelos se basan en las presuntas "ventajas comparativas", que sólo han sido ventajas para una estrecha cúpula. ¿Qué supondría para ese sector mayoritario, una mejor distribución de los ingresos y políticas más favorables? Probablemente esa deseada sensible mejora de su productividad se lograría solamente con ciertos avances tecnológicos.

Trabajar con estos sectores, y con cualquier otro sector, significa concentrarse en una reconversión tecnológica que produzca cambios sensibles en la productividad. Para disimular su ineficiencia, los modelos de desarrollo que ha habido en Nicaragua han contado con la explotación creciente del recurso más abundante del país: la tierra, considerada hasta hace poco tiempo un bien inagotable. Pero la fertilidad de los suelos nicaragüenses ha decaído y el país no dispone de más tierras arables.

Ya no nos beneficiamos de la fertilidad natural, pues los buenos rendimientos de una tierra se terminan en plazos de 5 a 20 años. El 65 % de las pasturas nacionales están ya degradadas. Y nos hemos vuelto más vulnerables a los riesgos climáticos porque los suelos tienen menos capacidad de retener agua. La producción ya no puede seguir aumentando sin un incremento de la superficie cultivada, sino logrando saltos en la productividad.

Los avances tecnológicos en el agro nicaragüense no suponen forzosamente una mayor mecanización que desplace mano de obra. Lo que significan es la superación de la economía del Qwerty a todos los niveles. Suponen un modelo que no entronice a la gran hacienda y -haciendo caso omiso de su peso- excluya a los pequeños y medianos productores o los confine a la producción de granos básicos y con los mismos métodos de siempre. En el nivel de atraso en el que estamos, avances tecnológicos serían: la habilitación de buena parte de la tierra baldía, el manejo forestal, la diversificación productiva, el arado con bueyes, una administración más racional, alimentación de verano para el ganado, la cría de cerdos y gallinas, cultivos y crianza de animales que permitan ingresos escalonados, etc., etc.

Anclados en el Qwerty y en el Siglo XIX

El mayor de los obstáculos es seguir haciendo lo mismo de la misma forma. Nuestro problema no es ser un país agropecuario, sino ser casi exclusivamente agropecuario y, sobre todo, serlo de la misma forma -rubros, tecnología, productividad- que en el siglo XIX. Cambiar este anquilosamiento requiere de políticas que creen una atmósfera propicia para hacer estos giros. Los cambios no deben hacerse sólo en el sector agropecuario. Tampoco son de corto plazo. Los cambios en la productividad y en la diversificación sólo podrán llevarse a cabo a mediano plazo, y sus efectos serían palpables sólo a largo plazo, y en el mejor de los mundos posibles.

Muchos cambios en la productividad dependen de una modificación de patrones culturales bien acendrados en la conciencia colectiva, consagrados por la tradición y, por ello, sólo redefinibles en procesos muy prolongados. Sin embargo, tan mal estamos, tan "enqwertyzados", que también necesitamos de acciones de impacto de corto plazo y no sólo en el agro. En toda la economía.

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