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  Número 388 | Julio 2014
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Nicaragua

35 Anivrsario de la Revolución: Mis preguntas para el 19 de Julio

Al llegar una nueva celebración del 19 de Julio renacen las reflexiones sobre el significado de ese hecho trascendental en la historia de nuestro país. Vienen acompañadas de preguntas e inquietudes, muchas de ellas selladas por la ansiedad y el desconcierto. Éstas son las de un joven, uno de tantos representantes de un sector de la juventud que no participó en aquella gesta.

William Grigsby Vergara

Una nueva celebración del 19 de Julio. Unos días antes busqué a algunos jóvenes, hombres y mujeres, de la Juventud Sandinista. Muchos son gente de mi edad, la mayoría son más jóvenes. Parecen estar muy contentos con las actividades que para ellos promueven “el Comandante y la Compañera Rosario”. Hablan de este tiempo que están viviendo como “la segunda etapa de la Revolución”.

¿QUIÉNES PARTICIPAN?

Están bien organizados y participan en muchos grupos distintos. Está la juventud de Nicaragua Unida, que apoya a los damnificados del terremoto del 10 de abril. Están los jóvenes del Movimiento Unidos Salvamos Bosawás, que nació en 2007. En él participan jóvenes de varias universidades. Se proponen reforestar las zonas más afectadas de la Reserva de la Biosfera, la más importante de Centroamérica. Está también la Red de Jóvenes por el Espíritu Santo, que se reúnen en diferentes celebraciones católicas. Muchos participan en la Red de Jóvenes Comunicadores. Se capacitan en talleres sobre distintos temas, entre ellos la prevención de la violencia y la promoción de nuevos roles que garanticen respeto entre hombres y mujeres. En el espacio Tecnología Social 2014 les enseñan a comunicarse por las redes sociales y a construir blogs para intercambiar información histórica, cultural, social.

Hay jóvenes participando en el proyecto Granada Turística, que fomenta visitas al lago Cocibolca, a las isletas de Granada, a Zapatera y a los volcanes de la isla de Ometepe. También están los jóvenes del Movimiento Guardabarranco. Promueven el reciclaje de llantas y botellas, el cuido del medioambiente, la reforestación. También trabajan en seguridad alimentaria con familias chontaleñas y enseñando a otros jóvenes a sembrar y cosechar en zonas urbanas dentro de un programa que llaman Patria Saludable. Encontré también a otros jóvenes organizando un homenaje al comandante Germán Pomares Ordóñez, “El Danto”, uno de los mártires sandinistas que hizo posible la Revolución y cayó poco antes del 19 de julio.

Escuchando sobre todos estos proyectos me pregunto quiénes tienen derecho a participar. ¿Sólo los de la JS, sólo quienes se declaran abiertamente a favor del partido de gobierno, o también están abiertos a quienes no formamos parte del Frente? Me pregunto por qué no se convoca a todos los jóvenes, independientemente de sus colores partidarios. Me pregunto por qué jóvenes de la JS agreden a otros jóvenes que no piensan como ellos... Recuerdo lo que ocurrió hace un año, cuando decenas de jóvenes que apoyaban a adultos mayores que reclamaban una pensión de vejez a la que tenían derecho, fueron vapuleados, robados y agredidos con violencia por jóvenes organizados por la JS para realizar esa acción.

¿POR QUÉ ESA VIOLENCIA?

En junio de 2013 la lucha de muchos años de viejitos y viejitas pobres reclamando su pensión recibió el apoyo de centenares de jóvenes universitarios de Managua y de otros sectores de la población. El movimiento #OcupaINSS fue un movimiento juvenil organizado desde las redes sociales. Creció con los días. Y en la madrugada del 22 de junio, jóvenes de la JS encapuchados los agredieron violentamente y les robaron todo lo que tenían: vehículos, cámaras, celulares, dinero, cédulas…

Me pregunto por qué en aquella oportunidad, defendiendo los derechos de estos ancianos, vimos tan grave división entre jóvenes. Por qué hubo tanta violencia, cuál fue la necesidad de llegar a esos extremos… Toda la juventud, sandinista o no sandinista, debió estar allí unida para defender a los viejitos y a las viejitas. Pero no, se manifestó la polarización. Y hubo mucha violencia. ¿Por resentimiento acumulado entre la JS y la “oposición” juvenil de clase media, que en su mayoría se queja de la administración del Presidente Ortega?

Platiqué con mis alumnos de primero, segundo y tercer año de la carrera de Diseño Gráfico en la UCA. Tienen entre 17 y 20 años. Son la generación del 90. No están muy enterados de lo que hace o no hace la JS. Algunos dicen que los consideran vagos, otros piensan que son unos fanáticos. Les tienen miedo, en eso insisten. Los asocian con violencia, con morteros, con machetes, con turbas.

¿MEJOR O PEOR QUE EN LOS AÑOS 80?

Les pregunto qué saben de la historia de Nicaragua de tan sólo hace unos años y me responden ambiguamente. Saben que hubo una Revolución, pero no saben claramente qué pasaba en los años 80. Algunos me dicen que ahora todo es mejor porque eso dicen sus padres. Y otros dicen que ahora todo es peor porque eso dicen sus padres. Por la misma causa todo es mejor o peor, pero… ¿cuál es la misma causa?
Sería más válido decir que los jóvenes de ahora, independientemente de sus colores partidarios, están mucho más preocupados por el medioambiente que antes. Y eso es un síntoma de evolución social. Que están mucho más preocupados por el cambio climático. Que están fabulosamente organizados desde las redes sociales. Que están preocupados por la igualdad de género, preocupación que no existía entre la juventud de Nicaragua antes de los años 90, aunque el interés por la igualdad de género se la debemos a las luchas de muchas feministas en los años 80, cuando tantas mujeres se abrieron espacios, se soltaron, se rebelaron, se dieron su lugar, a pesar de que tantas madres entregaron sus hijos por la patria y la patria nunca se los devolvió.

¿NOS PREOCUPA LA POBREZA?

Después de la derrota del FSLN y cuando terminó la guerra de los años 80 surgieron en Nicaragua muchas ONG. Surgieron nuevos partidos políticos, nuevas tendencias ideológicas, nuevos frentes de lucha. Las organizaciones de la sociedad civil se propusieron informar a la juventud, empoderarla, enriquecerla, promover la igualdad de género, apoyar al campesinado, crear conciencia ambientalista, promover la ciudadanía... Organizaron proyectos en los que hoy participan jóvenes que nacieron en los años 80 y en los años 90.

En este nuevo contexto, jóvenes de una nueva generación, independientemente de su ideología, aprendieron a pensar y ya no viven en una burbuja provinciana. Son jóvenes mucho más curiosos, tienen un espíritu innovador, quieren explorar, volver a nacer, informarse. Hoy, las jóvenes, particularmente las jóvenes, son mucho más participativas, mucho más preparadas académicamente, con mucho más liderazgo en un país que, a pesar de todo, ha logrado grandes avances en medio de estructuras sociales llenas de fisuras.

Esos jóvenes, nosotros, tanto quienes siguen al FSLN y quienes no lo siguen y tienen su propia ideología, somos mayoría en un país que sigue todavía sumido en la pobreza. Y eso es lo que debería preocuparnos.

¿Nos preocupa? Somos la nueva vanguardia de un país en el que nuestros padres fueron vanguardia en los años 80. Todavía hay analfabetismo, todavía hay muchas carencias, to-davía hay una gran periferia de gente en el olvido. Todavía hay muchos jóvenes y niños y niñas en las calles. Todavía una mayoría de jóvenes campesinos no tienen agua potable ni luz eléctrica. Ni tampoco educación. Y eso es lo que debería preocuparnos, independientemente de credos, panfletos, ideologías.

¿DEBERÍAMOS CELEBRAR?

La mayoría de la juventud actual no conoce lo que representó para Nicaragua el 19 de julio de 1979, aquel día histórico que cada año es feriado. ¿Deberíamos ir a la plaza a celebrar esa fecha? ¿Y a cuál plaza deberíamos ir? ¿A la Plaza de la Fe, prótesis de la verdadera Plaza de la Revolución? El 19 de julio no sólo fue la fecha en que este país se liberó de la tiranía. Fue también la fecha en que se liberó a la juventud de sus ataduras. En aquella fecha la juventud nicaragüense estuvo más unida que nunca, los jóvenes eran un solo puño, una sola consigna y un solo ideal.

Ciertamente, la Managua de hoy, donde se celebra cada año el 19 de Julio, no se parece mucho a la Managua de los años 80. Tampoco podemos idealizar aquella Managua de los años de la Revolución.

Tampoco Nicaragua es la misma, pero Nicaragua sigue siendo pobre. La pobreza de nuestro país es un problema histórico. Quienes alfabetizaron en los años 70 vieron llegar a las aulas a chavalas y chavalos descalzos. Quienes alfabetizaron en los años 80 fueron testigos de la misma miseria. Y quienes alfabetizan ahora observan las mismas escenas. Si la pobreza de hoy es igual o peor a la de ayer algo estamos haciendo mal los nicaragüenses. Todos y todas, de alguna manera, por alguna razón, somos causa y consecuencia de un problema que heredamos nosotros, nuestros padres y nuestros abuelos. Esas niñas y jóvenes de la calle son los verdaderos escombros de la Revolución. Lo demás es retórica. Retórica de un gobierno tras otro desde que la Revolución se vino abajo en 1990, cuando nadie se lo esperaba.

¿QUÉ CELEBRAR HOY?

¿Y hoy? El gobierno del Frente Sandinista nos quiere hacer vivir en una especie de Navidad eterna. Nos lo dicen las luces que nunca se apagan en cada rotonda de la capital. Y los gigantes árboles de lata que se encienden todas las noches en las rotondas y en la principal avenida de Managua. Vivimos en una especie de fantasía forzada. En una constante fiesta de Nochebuena en la que falta el pavo y el postre. Sin embargo, nadie lo cuestiona, nadie se pregunta de dónde sale el dinero para inyectar toda esa energía en los árboles de lata que se elevan imponentes como nuevo paisaje de la capital. Los llaman “árboles de la vida”.

Sandino es ya una estatua. Ya no es un hombre, ya no es un mártir. Es simple y llanamente una estatua. Su silueta luminosa palpita incluso en el viejo Banco Central, un sobreviviente de concreto que soportó el terremoto del 72 y el terremoto del 79. Porque en Nicaragua hubo dos grandes terremotos: el del 72 provocado por las placas tectónicas y el del 79 provocado por los nicaragüenses.

¿Es ese terremoto lo que celebramos el 19 de Julio de cada año? Los mayores, quienes fueron protagonistas en esa época, nuestros padres, madres, abuelos y abuelas, nos dicen que sí, que celebramos el triunfo de la Revolución Popular Sandinista, la que acabó con más de cuarenta años de dictadura somocista. Pero los jóvenes de hoy no recuerdan tampoco a Somoza. Para poder recordar a los héroes también hay que recordar al villano. Y hoy Somoza no es ni siquiera una estatua, es un apellido más.

¿Y qué vemos desde hace años en las celebraciones del 19 de Julio? Vemos a la Primera Dama y al Presidente de la República alzando los brazos mientras estallan cohetes, frente a una masa de jóvenes que bailan al ritmo de canciones que hablan de amor, paz y reconciliación. ¿Esos jóvenes son conscientes del pasado, saben realmente por qué están allí? ¿Quién de ellos recuerda, por ejemplo, quiénes participaron en el asalto a la casa de Chema Castillo, cuya reliquia es hoy otro escombro que yace en el reparto Los Robles, frente a una esquina de la Zona Hippos? ¿Quién de ellos sabe qué pasó en el Palacio Nacional, quiénes se jugaron la vida en aquella acción audaz?

¿DÓNDE LLORARLOS?

No se respeta la historia, tampoco se respeta la memoria de esa historia. ¿Dónde hay en Nicaragua un monumento conmemorativo que recuerde a las miles de víctimas que perecieron bajo el yugo somocista? ¿Dónde hay en Nicaragua un lugar donde recordar a los héroes y mártires de una revolución perdida, un lugar donde podamos leer los nombres de los centenares de cipotes que se fueron a las montañas a la guerra, obligados por el servicio militar? ¿Dónde recordar a tantos campesinos que en las filas de la Resistencia lucharon por libertad y derechos? Todos eran nicaragüenses. Nicaragüenses contra nicaragüenses, y eso es lo más triste de nuestra historia. ¿Dónde podemos llorarlos?

Mi madre perdió primos en la guerra, pero sus nombres no están grabados en ninguna placa conmemorativa. Ella tiene que conformarse recordándolos en su memoria individual. Lo mismo le pasa a miles de nicaragüenses, hijos, hijas, hermanos, hermanas de jóvenes que entregaron sus vidas por la libertad de nuestro país.

No se respeta el presente, mucho menos el pasado. Los jóvenes no leemos nuestra propia historia. Estamos globalizados, pero descuidamos nuestra propia historia. ¿Nos dividimos o nos dividieron? La clase media nacional se resiente con la clase alta y no se mezcla con la clase baja. La clase baja, que es mayoría, se resiente con la clase media y con la clase alta. La juventud de más escasos recursos económicos es la más vulnerable a la manipulación política. Siempre ha sido así. No hace falta hacer un estudio para ver cómo el Che se convirtió en un tatuaje, en una silueta pintada en una bandera. En un panfleto. Algunos me dicen que es argentino, otros me dicen que es cubano y hay quienes creen que el Che es nicaragüense.

¿Y QUÉ RECUERDO YO?

La celebración del 19 de Julio se ha convertido en una fiesta mesiánica, que ya no deja ver a sus protagonistas históricos. La versión actual de la Revolución ya es otra. Recuerdo aquellos años 80, cuando vivía en el Reparto San Antonio. Ese día, el 19 de julio, mis tíos llegaban a la casa y desde allí salíamos todos hacia la Plaza a celebrar. Íbamos contentísimos alzando la bandera de Nicaragua y la bandera rojinegra, sintiendo una causa común, un dolor común. Ahora, como todos, estamos divididos. Las familias se dividieron con el colapso de la Revolución. Fue tan grande el sentimiento de fracaso colectivo que cada quien agarró por su propio camino. Unos se resintieron, otros abandonaron el proyecto y la mayoría se corrompió en el trayecto.

Mis padres me hablaron de la Revolución desde que el “pájaro negro” partió el cielo nicaragüense mientras Reagan boicoteaba el proyecto socialista de Centroamérica. Yo era muy chiquito, pero recuerdo el temblor de las persianas de mi casa cuando pasaba ese maldito avión espía de los gringos. Mis hermanos cagados, yo cagado, todo el barrio cagado.

Eran tiempos difíciles. A pesar de la ayuda de las potencias socialistas, cada vez más decrecidas por el deterioro de la URSS, los hospitales de Nicaragua enfrentaban serias dificultades para atender a los heridos de la guerra. Mi padre fue uno. Andaba en Jinotega apoyando los cortes de café en zonas de guerra como miembro de las tropas de reserva del Ejército Sandinista. Después le tocó estar en la Costa Atlántica entre el 85, el año en que nací, y el 87. Trabajó en Karawala, última comunidad de la etnia ulwa, en Sandy Bay y en La Barra, cuando tuvo un problema serio en la pierna derecha. En Managua le dijeron que tendrían que amputársela, pero mi viejo tuvo la suerte de viajar a Cuba, donde le salvaron la pierna. No todos tuvieron esa suerte. Otros combatientes terminaron amputados, con balas en el cuerpo o traumados después de los enfrentamientos con la Contra. Los jóvenes que cumplían su servicio militar, los “cachorros”, fueron los que más sufrieron, los que más murieron.

Eran tiempos difíciles, duros. Mientras los mayores estaban en los frentes de guerra, los chateles de cuatro o cinco años jugábamos a la guerra con soldaditos rusos. Había revólveres y fusiles AK en todas las casas, en todos los barrios. Mi tío William tenía un AK en la casa de mi abuela y mi padre guardaba su pistola en la cómoda de su cuarto. Armas y uniformes verdeolivo eran comunes en las familias de entonces.

Había pocos buses y para ir a la escuela nos tocaba viajar como sardinas enlatadas. Los viejos Pegasos eran tan populares como los IFAs y los LADAs. Andar a pie también era común. En aquellos años se podía andar a pie en Managua. Mi padre me llevaba en su bicicleta. Yo iba al preescolar del colegio Camilo Ortega y mi padre me llevaba en bicicleta. El viejo desarrolló gruesas pantorrillas y pulmones de acero haciendo ese viaje. En aquellos años también se podía andar en bicicleta. No era como ahora, cuando o te la roban o te atropellan.

¿ÉRAMOS IGUALES ENTONCES?

En aquellos años los parques eran espacios muy concurridos. Yo iba mucho a la casa de mi abuela con mis hermanos y nos llevaban al parque de Las Piedrecitas. Recuerdo los patines de cuatro ruedas y la estatua del cacique Diriangén, cincelada por Edith Gron. Me parecía imponente, formidable, incólume, como la lucha sandinista.

Era un tiempo en que los niños nos sentíamos iguales, aunque tal vez no lo sentían así los niños que podían ir a comprar cosas buenas a la “diplotienda”. Eran, sobre todo, los hijos de los comandantes, que en las vacaciones mandaban a sus hijos a pasear al extranjero y llegaban al colegio con guardaespaldas. De una o de otra forma ya empezaban a lamer las mieles del poder.

Managua era más pequeña y más bonita. Los domingos mi madre nos llevaba a otro parque, el Luis Alfonso Velás¬quez. Nos subíamos a los columpios, andábamos por los andenes y nos deteníamos en pequeños quioscos donde vendían sorbetes de vainilla y pasquines de dibujos animados. Sí, nos sentíamos iguales, se respiraba igualdad social, aunque no la hubiera.

Después de 1990 ese parque y todos los parques de mi infancia quedaron abandonados. Ahora, el actual gobierno tuvo el acierto de rehabilitar el Luis Alfonso Velásquez y muchos niños han regresado a los columpios, a jugar baloncesto, a disfrutar de áreas verdes. Me pregunto si sabrán quién fue Luis Alfonso Velázquez, ese niño, que como tantos otros chavalos, es otra de las razones por las que se celebra cada año, muy cerca de ese parque, el 19 de Julio.

¿CELEBRAR SIN ELLOS?

Me pregunto cómo es posible seguir celebrando el 19 de Julio sin la presencia de los hermanos Mejía Godoy, quienes con su música le pusieron gracia a la epopeya de la insurrección. O sin Ernesto Cardenal, sin Fernando Cardenal, sin Sergio Ramírez y tantos otros intelectuales que hace años se separaron del partido de gobierno. Me pregunto cuándo veremos en la celebración de esta fecha histórica a la comandante Dora María Téllez, al comandante Modesto, a Hugo Torres, a Luis Carrión, a Víctor Tirado, a Jaime Wheelock, incluso a Humberto Ortega. Me pregunto si esos nombres les sonarán familiares a los muchachos que van a la Plaza de la Fe con camisetas blancas pintadas de letras rosadas y soles amarillos. Me pregunto si esos nombres les suenan familiares a los muchachos de mi generación, a los que estudiaron conmigo en el Colegio Centroamérica.

En el colegio había, y todavía ahí está, en el Salón Azul, una placa con los nombres de todos los estudiantes que murieron en la guerra de liberación de la dictadura. Sus nombres están allí, inmutables, símbolo de una historia que ha quedado enterrada, sumida en el polvo, como un viejo y aburrido libro escrito por autores anónimos.

Fue en el colegio donde nos hablaron del proceso revolucionario de los años 80, años revolucionarios. También nos explicaron la transición al mundo de los años 90, años bien diferentes. Fue allí donde los jesuitas nos inculcaron solidaridad cristiana y amor al prójimo, pero la mayoría de nosotros ya estaba en otra cosa.

¿POR QUÉ ESTAMOS DIVIDIDOS?

Somos una generación que heredamos una Nicaragua dividida, individualista, diferente a la que conocí de chiquito. Cuando salí del colegio, allá por el año 2001, la mayoría de los chavalos no hablaban de la Revolución, tampoco les interesaba hacerlo. Ya existía un alto grado de alienación entre nosotros. Ya el país era otro. Fuimos testigos pasivos de la corrupción de la era de Alemán primero y después de la era de Bolaños. Vivimos el neoliberalismo y las calles se fueron poblando de más pobreza. De cipotes y cipotas con hambre. Sin fe. Sin techo. Sin comida. Sin educación. Periféricos. Ellos y ellas fueron, y son, los escombros de la Revolución. Pero no sólo ellos, lo somos también nosotros, que mirábamos y no sabíamos qué hacer.

Aunque los jóvenes de hoy tenemos nuestras propias luchas, nuestras propias causas, nuestras propias preocupaciones, la apatía hacia las causas políticas se puede palpar tan sólo mirando la oferta de las Universidades y la demanda de carreras que no tienen nada que ver con Humanidades.

La historia de Nicaragua es ya un apéndice en nuestra cultura. Muchos jóvenes desean con urgencia irse de este país porque en Nicaragua el futuro no es precisamente un escenario alentador. La inteligencia no se reconoce, la cultura de debate no existe. También por eso estamos divididos. Y por eso hubo tanta violencia entre jóvenes de un lado y de otro el 22 de junio en la lucha por el derecho a la pensión de los viejitos.

¿NO HACE DAÑO OLVIDAR?

Las consecuencias de negar la historia, de olvidarla, de enterrarla, también de cambiarla, son siempre graves. Las consecuencias de no contarla tal y como fue, son peores. Un ejemplo está en Alemania, donde la generación que siguió a la que vivió la Segunda Guerra Mundial no supo lo que hicieron los nazis.
Al término de la guerra surgió un complejo colectivo y en los hogares y en los colegios se vetó la historia reciente. A ese muro de silencio se sumó en Berlín un muro que separó a unos y a otros durante toda la Guerra Fría. La sociedad alemana, la que vivió el Holocausto y fue testigo del genocidio judío, sentía vergüenza de su propio pasado. Decidieron taparle los ojos a las nuevas generaciones hasta que en 1989 cayó el muro. Aún hoy Alemania lidia con las oscuridades de ese ayer. A un nivel más pequeño algo de eso está pasando hoy en Nicaragua.

La presidenta del Centro Nicaragüense de Derechos Humanos (CENIDH), Vilma Núñez de Escorcia habló recientemente en Envío sobre la “justicia transicional”, un concepto muy desconocido en Nicaragua, que plantea que en los países que han vivido procesos de transición de una dictadura a una democracia o de un conflicto armado a la paz debe propiciarse una justicia basada en tres aspectos fundamentales: conocer la verdad, hacer justicia y reparar a las víctimas. La defensora de los derechos humanos hizo un recuento transversal de las violaciones a los derechos humanos ocurridos en tres períodos trascendentales de nuestra historia reciente, muy diferentes los tres: los años de la dictadura somocista, la etapa de la Revolución y el período de transición del gobierno de doña Violeta.

¿HASTA DÓNDE SABEMOS LA VERDAD?

Es fundamental conocer la verdad de lo que pasó en todos esos tiempos. ¿Conocemos los jóvenes esa verdad? ¿Hasta dónde sabemos? ¿Quiénes saben más, quienes nacimos en los 80 o quienes nacieron en los 90? Si de una o de otra manera la versión que actualmente nos dan de lo que fue la Revolución no es del todo aceptable para la generación del 80, podemos inferir que la generación del 90 sabe incluso menos. Pero esa generación del 90 es hija de la generación que se fue becada a la URSS en los 80 y es hija también de la generación feminista que rompió esquemas en los 80.

También la generación del 90 es hija de la Resistencia a la Revolución, a quienes tampoco se les incluye hoy en la historia oficial. Y deberíamos incluirlos porque aquella guerra fue de nicas contra nicas y quienes ganaron la guerra no fueron los contras, sino los gringos que los financiaron. Nosotros sólo ganamos un país diezmado que no pudo desembocar en otra cosa que en la derrota en las urnas de aquel FSLN, porque el que hoy gobierna ya no es el mismo, es solamente una administración liderada por una familia acaudalada que promueve el culto a la personalidad desde sus medios de comunicación social.

¿SÓLO MUERTE Y NADA MÁS?

Mercedes Moncada, quien tenía ocho años cuando triunfó la Revolución en aquel primer 19 de Julio, ha hecho un laureado documental en el que reflexiona en lo que fue para ella vivir en la Nicaragua de la década de los 80. Una de las frases de sus “Palabras mágicas para romper un encantamiento” que se me ha quedado más es ésta: “La muerte dejó de ser heroica y fecunda, es sólo muerte y nada más”.

Es una idea perfectamente aplicable a nuestro presente, donde los muertos de aquella guerra no tienen ni siquiera un memorial, simplemente murieron y nada más. No hay dónde llorarlos, no hay dónde enumerarlos, no hay dónde recordarlos. Hoy el discurso oficial de la izquierda se confunde con el discurso oficial de la derecha y algunos de los que protagonizaron la Revolución son hoy los que la traicionan.

¿Qué celebramos entonces el 19 de Julio? ¿Quiénes celebramos el 19 de Julio? Hace 35 años que el poderoso y monolítico FSLN hizo pedazos la dictadura y hace 24 años que aquel FSLN se fue haciendo pedazos. A pesar de eso, con terquedad, algunos líderes insisten en presentarse como los que mantienen en pie aquel proyecto. Y lo celebran.

Es un proyecto que sigue siendo empujado por jóvenes, pero no por todos los jóvenes, sino sólo por jóvenes unidos para dividir y separados de su propia historia, sin capacidad crítica, sin derecho a decidir, debatir o pensar por sí mismos.

Nosotros, otros jóvenes, los que no somos parte del nuevo FSLN, también celebramos aquel aniversario, pero con una sensación de indiferencia o de fracaso o de dolor por la traición. Tal vez algún día los jóvenes, todos los jóvenes, volvamos a ser un solo puño luchando por un país mejor, libre y menos desigual.

ESCRITOR.

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