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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 241 | Abril 2002
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Internacional

Por la paz, por el futuro: un Estado para Palestina

Cuando se han roto todos los límites y un criminal de guerra, Ariel Sharon, ordena atacar la Basílica de la Natividad en Belén, nos unimos a todos los hombres y mujeres de buena voluntad del planeta que claman, con indignada consternación, por la paz, por un Estado para Palestina.

Iosu Perales

Ramala sitiada. Y Yasser Arafat aislado en Ramala. Belén,ocupada. A diario, mártires suicidas del pueblopalestino que se inmolan quitando la vida a hombres y mujeres del pueblo israelí. Hasta cuándo? En medio de la tragedia, una chispa de luz: a mediados de marzo, Naciones Unidas emitió una orden histórica: respaldó la creación del Estado palestino y pidió un inmediato cese al fuego. La medida se conoció en medio de los más cruentos ataques de Israel contra la población civil palestina. Después, Arabia Saudita presentó una propuesta muy concreta para finalizar la guerra: que el mundo árabe reconozca a Israel como Estado y que Israel se retire de los territorios que invadió en 1967 durante la Guerra de los Seis Días.

La posición tradicional de Estados Unidos ha cambiado algo y esto puede acercar posturas entre israelíes y palestinos. Pero nadie parece tener prisa. Sharon, cada vez más cuestionado por las críticas de la sociedad israelí, a la que prometió seguridad y sólo ha dado guerra y más guerra, empecinado en que la Autoridad Nacional Palestina debe asegurar un alto el fuego para negociar, mientras sus soldados continúan matando palestinos. Arafat, reivindicando con razón la retirada de los tanques y tropas de los territorios ocupados como condición para iniciar un diálogo con el gobierno de Israel. En me- dio de esta dialéctica, el mediador norteamericano Anthony Zinni presiona con más intensidad a la parte más débil, la palestina. Las negociaciones serán largas y complejas, con más que probables interrupciones. Mientras se producen, bien merece la pena un repaso general a un conflicto tan grave como decisivo para el futuro de una región del mundo cuyos momentos de paz han sido tan sólo breves paréntesis entre guerra y guerra.

Sharon: llevar al conflicto al borde del precipicio

El 28 de septiembre del año 2000, el Primer Ministro israelí Ariel Sharon inició una partida de ajedrez, siguiendo las normas más elementales de la Teoría de los Juegos: hacer movimientos calculando con precisión qué otros movimientos harán los adversarios. Cuando Sharon irrumpió violentamente en la Explanada de las Mezquitas, arropado por decenas de policías y militares, para reivindicar la soberanía israelí sobre el lugar en donde los judíos rememoran el célebre Templo de Salomón, lugar al que ha de llegar el Mesías, sabía perfectamente que ese gesto desencadenaría una respuesta popular palestina: una Intifada. La Mezquita de Omar es el tercer lugar sagrado para el Islam, después de la Meca y Medina, en Arabia Saudí, el lugar desde el que Mahoma subió a los cielos. La presencia de Sharon en un lugar tan santo para ambos pueblos no fue sino una provocación calculada.

Objetivo: acabar con lo que quedaba de los acuerdos de Oslo y conducir el conflicto al borde del precipicio. Y justificar una militarización de los Territorios Ocupados como respuesta a la Intifada que se desencadenaría, con el secreto plan de buscar el modo de destruir a la Autoridad Nacional Palestina (ANP) y el liderazgo de Arafat, mediante el método de radicalizar al Grupo Hamas y a la Yihad Islámica para crear un ambiente propicio a la división interna y profunda entre los palestinos.

Ariel Sharon nunca creyó en los acuerdos de Oslo, a pesar de que esos acuerdos son favorables a las tesis israelíes. La razón es tan sencilla como decir que Sharon no acepta un Estado palestino. Ni ahora ni nunca. Toda su estrategia ha estado dirigida a crear condiciones para declarar la guerra al pueblo palestino y declarar terrorista a la ANP. En el fondo del problema, la ocupación israelí de los territorios palestinos responde al proyecto sionista, que no acepta convivir con el pueblo palestino.

"Cuando ellos se vayan..."

Algunas escenas de las ciudades palestinas pueden ayudar a comprender lo que ha pasado y lo que está pasando. Durante la primavera del año 2001 una pequeña delegación de nuestra ONGD, Paz y Tercer Mundo, estuvo en Palestina.

A pocas horas de nuestra llegada fuimos a Belén. Por carretera, a menos de veinte minutos de Jerusalén. Para llegar pasamos fuertes barreras militares del ejército israelí. Los soldados eran muy jóvenes, luego supimos que la mayoría eran de origen ruso. Junto a Belén, ciudad completamente cercada, se encuentra el municipio palestino de Beit Jala, de mayoría cristiana, donde por todas partes se observan los impactos y la destrucción producida por los tanques y cañones israelíes. Pregunté a una pareja de ancianos, visiblemente pobres, por su vida. Pero no me hablaron de sus carencia materiales. El viejo señaló el asentamiento de colonos judíos de Giló, justo enfrente y nos dijo en árabe: Allí teníamos nuestros olivos, pero un día llegaron con sus tanques y sus máquinas y nos expulsaron: Allí teníamos nuestra casa, pero ellos nos la destruyeron. La mujer anciana sacó de sus faldones una gran llave de hierro y aseguró: Cuando ellos se vayan, volveremos a nuestro hogar.

Aquellos ancianos no nos hablaron de la pobreza, nos hablaron de la libertad. Nos hablaron de su país con lágrimas en los ojos. Comprendí en aquel momento todo el terrible significado de la palabra ocupación.Beit Jala es ocupada con frecuencia por tropas israelíes como represalia por los disparos de francotiradores contra la colonia judía de Giló. Giló es una fortaleza de colonos levantada en tierras confiscadas por la fuerza al municipio de Beit Jala. Centenares de familias palestinas vieron como los bulldozers de los ocupantes destruían sus casas y sus olivares en cuestión de horas. ¿Es de extrañar que francotiradores llenos de ira reaccionen de este modo contra los colonos?

Hebrón, Jericó, Gaza, Jerusalén

En Hebrón, ciudad palestina ubicada en el territorio de autonomía palestina, unos cuatrocientos colonos controlan el corazón de la ciudad árabe con el apoyo de tanques israelíes, bajo el pretexto de proteger la Tumba de los Patriarcas Abraham, Isaac y Jacob, que venerados por ambos pueblos reciben visitantes musulmanes y judíos en las dos partes de un mismo solemne edificio. Hace unos años un judío fanático masacró en la zona de la mezquita a una veintena de musulmanes en oración. En Hebrón, bajo el toque de queda, 120 mil palestinos viven en la periferia, sin poder ir al centro de su propia ciudad.

En pleno desierto, Jericó se levanta en una depresión del terreno, rodeada por ocho colonias judías situadas en las alturas desde las que los colonos controlan el agua y la luz de toda la ciudad. Jericó es una ciudad sitiada separada por muchos kilómetros de la más próxima población palestina.

Gaza, una pequeña franja árida y superpoblada se encuentra separada de Jericó por kilómetros de territorio ocupado militarmente por los israelíes. En ella, seis mil colonos y doce mil soldados ocupan cerca del 40% del territorio frente a un millón y medio de palestinos que viven hacinados en la franja, rodeada por alambradas electrificadas y alto muros sin que sus habitantes puedan desplazarse a ciudades y campos de Cisjordania en busca de trabajo, a visitar a sus familiares o por placer. Bajo este asedio, Gaza tiene un 55% de desempleo y pierde cada día tres millones de dólares.

En Jerusalén oriental, eminentemente árabe, se puede observar como cada día los israelíes ganan metro a metro el territorio, en un proceso de brutal judaización. Hoy, Jerusalén es una extensa metrópoli rodeada de enormes edificios que ponen de relieve el poderío israelí, mientras la población árabe, recluida en la parte oriental, es presionada para que abandone sus hogares mediante medidas opresivas: la municipalidad prohibe a los palestinos hacer obras para mejorar sus casas, al tiempo que impide la construcción de nuevos edificios. Simultáneamente, familias de colonos israelíes toman posesión de casas árabes en la parte oriental de la ciudad con el apoyo de soldados, levantan la bandera de Israel sobre las azoteas y se protegen con muros y alambradas. A fin de aplastar demográficamente a los palestinos, el gobierno israelí ha anexionado a Jerusalén un conjunto de colonias levantadas fuera de la ciudad histórica. Jerusalén, ciudad única que representa desde hace siglos una plena multiculturalidad y la pluralidad de religiones, constituye por su carácter simbólico el nudo de las negociaciones al estar en juego la soberanía sobre espacio tan sagrado.

El terrorismo del ocupante y la resistencia del ocupado

La escena definitiva la compone una geografía de cientos de islotes palestinos rodeados de asentamientos y tropas israelíes. El nuevo sistema de carreteras conecta los asentamientos de los colonos entre sí, haciendo imposible para los palestinos gobernar un territorio continuo. El territorio palestino se asemeja a las manchas en la piel de un leopardo. El propio Arafat debe solicitar permiso para desplazarse y con frecuencia, a modo de castigo, queda recluido en Gaza o en Ramalah. Los poblados y villas palestinas permanecen invariablemente cerradas, de manera que sus habitantes no pueden entrar ni salir sin expreso permiso israelí. El agua, bien estratégico en esta seca zona del mundo, es controlada por Israel. Lo mismo pasa con el suministro eléctrico.

La cuestión es tan grave como sencilla: ¿Con qué razones puede el ocupante israelí ofenderse ante la resistencia del ocupado y pretender aparecer como víctima? Es absolutamente inaceptable que mientras en el Consejo de Ministros de Israel se vote a mano alzada la comisión de asesinatos contra dirigentes palestinos, como si eso fuera algo natural, el propio Ariel Sharon paralice toda posibilidad de diálogo como respuesta a un atentado cometido por palestinos.

Llegados a este punto podemos preguntarnos: ¿Cuándo es legítimo el uso de la violencia? Si la respuesta es nunca, ¿por qué se demoniza la violencia palestina mientras la israelí se eleva a la categoría de represalia con categoría de autodefensa? Y si la respuesta es "sólo en caso de autodefensa", ¿por qué no se admite esa calificación para la resistencia del pueblo ocupado? El terrorismo es considerado arma de los débiles palestinos porque los fuertes israelíes controlan el sistema doctrinario y su terror no clasifica como terror. Sin embargo, el terrorismo, como otras formas de violencia, constituye sobre todo un arma de los fuertes.

Naturalmente, no se puede estar de acuerdo con la respuesta indiscriminada de sectores palestinos al terrorismo de estado israelí. Los coches bombas en Jerusalén o Tel Aviv, al igual que las acciones suicidas, además de matar a inocentes sólo sirven para hacer que el verdugo venda su imagen de víctima al tiempo que organiza y descarga su venganza sobre población inocente palestina. Hay acciones protagonizadas por palestinos que alimentan aún más el militarismo de Ariel Sharon.

Israel: una ocupación arrogante y progresiva

Esta imparable espiral de violencia descansa en hechos históricos. En 1947 la ONU sancionó la partición de la Palestina histórica, otorgando el 54% al futuro Estado de Israel y el 46% al futuro Estado de Palestina. La reacción del pueblo palestino y del mundo árabe fue la no aceptación de una solución política que creaba un estado artificial, buscando resolver así un problema que afectaba gravemente a Occidente tras el holocausto judío en la Alemania nazi.

En 1948 Israel se apoderó de la mayor parte de la Palestina histórica, destruyendo para ello nada menos que 530 poblados árabes. En aquel momento 750 mil palestinos fueron expulsados de sus hogares. Son parte de los cuatro millones de refugiados actuales que aún no pueden volver a sus tierras. La guerra de 1948 permitió a Israel aumentar el territorio bajo su dominio: del 54% pasó a ocupar el 78%. El resto, 22%, quedó en manos jordanas y egipcias, hasta la guerra de 1967.

En 1967, durante la Guerra de los Seis Días, Israel se apoderó también de la Cisjordania -se encontraba entonces bajo administración jordana- y de la franja de Gaza, que estaba ocupada por Egipto. Esta ocupación total se prolongó hasta los acuerdos de Oslo (1993), cuando Israel concedió a los palestinos una autonomía -no soberanía- sobre una pequeña parte de aquel 22% de la Palestina histórica que Israel ocupó en 1967. En Oslo se acordó que Jericó fuera la primera ciudad bajo competencia de la ANP. La promesa fue que en 1999 sería posible proclamar un Estado palestino sobre un territorio próximo al 16% de la Palestina histórica, quedando para Israel el 84% del territorio.

Acuerdos de Oslo: los palestinos cedieron demasiado

En Oslo, los negociadores palestinos dirigidos por Arafat cedieron mucho. En primer lugar, los palestinos reconocieron formalmente al Estado de Israel, algo que significa una revolución mental, política y cultural: el derecho de Israel a ser un Estado con fronteras seguras, siendo como es este Estado un producto colonial. Esta revolución todavía no la ha hecho Israel, que aún no reconoce formalmente el derecho de los palestinos a tener también un Estado propio y seguro. De modo que en Oslo hubo un reconocimiento unilateral de una de las partes y por eso puede hablarse de cesión.

En segundo lugar, la parte palestina renunció a poner sobre la mesa exigencias sobre aquel 46% que en su día sancionó Naciones Unidas al dividir el territorio entre dos Estados soberanos. La parte palestina obvió también la resolución 242 de Naciones Unidas, que obliga a Israel a regresar a las fronteras de antes de 1967, lo que hubiera supuesto el control palestino sobre el 22% del territorio, sin someterse a los chantajes israelíes.

Oslo no abordó los derechos de los millones de palestinos en el exilio que están bajo el amparo de la resolución 194 de la Asamblea General de la ONU. Israel no quiere saber nada de este asunto, pues reconocer el derecho de los refugiados a volver a sus lugares de origen pondría en peligro su proyecto sionista. Oslo no abordó tampoco el tema de Jerusalén, a pesar de que la parte palestina se conforma con tener su capitalidad en la zona oriental de la ciudad.

Oslo no abordó temas importantes como las fronteras, el control del agua, y el grave asunto de los asentamientos de colonos judíos levantados en territorios destinados al control palestino, lo que es muy grave. La Cuarta Convención de Ginebra sobre asuntos de guerra prohibe a cualquier potencia ocupante construir asentamientos en el territorio conquistado. Pero en Oslo se dejó a un lado el Derecho Internacional, al igual que las resoluciones de la ONU, a fin de que todo fuera negociable. Israel y Estados Unidos impusieron su tesis de que sólo suspendiendo el derecho internacional sería factible avanzar en esas negociaciones. Finalmente, los acuerdos de Oslo tampoco contemplaron la creación de una comisión internacional de verificación de los acuerdos.

Después de Oslo, y tras Jericó, la ANP extendió sus competencias a ciudades como Hebrón, Nablus, Ramala, Jenín, Belén, Beit Jala, Gaza, en materias de educación, salud, cultura, impuestos directos y policía interna. En 1995, un segundo acuerdo dividió Cisjordania en tres zonas: Zona A (4% del territorio) donde la ANP ejerce la administración civil y de seguridad interna, Zona B (27% del territorio de Cisjordania) en donde la ANP ejerce la administración pero comparte con los israelíes la seguridad; y la Zona C (cerca del 70% del territorio) donde el control israelí es total.

Después de Oslo, la lógica de la guerra

¿Qué pasó con los asentamientos judíos después de Oslo? Entre septiembre 1993 y febrero 2001, Israel ha duplicado con creces su población de colonos en territorios palestinos, añadiendo docenas de nuevos asentamientos, sobrepasando los 400 mil. Es la política de hechos consumados, irreversibles, sobre el terreno, con el fin de tomar posiciones de fuerza en cualquier negociación y asegurarse enclaves en el interior del futuro Estado palestino. Cada nuevo asentamiento significa un nuevo problema para la paz. Esta ha sido una lógica de guerra y no de paz, seguida primero por Netanyahu, por Barak después y ahora por Sharon.

Los israelíes también han aumentado los cierres de las poblaciones palestinas, estrategia que han incrementado en este año de Intifada. Los cierres significan la inmovilización de la población dentro de sus municipios, aldeas y ciudades, no poder ir a trabajar en los campos o en las ciudades israelíes o en otras villas árabes y no poder comerciar y circular libremente. Esta política de castigo ha aumentado la pobreza, que afecta al 64% de la población palestina.

Inicialmente, a pesar de no abordarse temas principales, los acuerdos de Oslo despertaron en la mayoría del pueblo palestino una gran esperanza: mejor eso que nada. Por fin, la primera Intifada (1987-1992) daba algunos resultados :esos acuerdos. Sin duda, el levantamiento popular prolongado contribuyó decisivamente a trasladar a la comunidad internacional un firme mensaje a favor del fin de la ocupación israelí. Pero hoy sólo el 3% de la población palestina es favorable a aquellos acuerdos. Oslo es ya una vía muerta.

Matar, matar, matar

La llamada Intifada de Al-Aqsa contra la ocupación israelí ha cumplido más de un año. Este último levantamiento palestino expresa también la frustración frente a los magros resultados de Oslo y tiene también un componente de crítica a la política de Yasser Arafat, como responsable de aquellos acuerdos y como responsable también de una extendida corrupción entre los círculos que lo rodean.

Durante esta Intifada los muertos palestinos superan los 1 mil 100, siendo los muertos israelíes unos 320. Una buena parte de los muertos palestinos son menores que andaban tirando piedras y como respuesta recibieron balas certeras en la cabeza, algunas de las llamadas dum-dum, que explotan en el interior del cuerpo. El uso de tanques, helicópteros Apache artillados y aviones de combate F-16 muestra la desproporción de medios y el carácter indiscriminado de muchos de los ataques israelíes, con ese componente que tanto impresiona: ver cómo las máquinas israelíes actúan, a modo de venganza, derribando casas y aldeas enteras. Vi una de estas aldeas camino del desierto de Judea y quedé conmocionado ante el amontonamiento de piedras allí donde recientemente había un pueblo. Esas destrucciones duelen en lo más hondo al pueblo palestino, pues significan el intento de matar la identidad familiar, la memoria, el pasado.

Sionistas: impunes e inmunes a toda culpa

El gobierno israelí ha optado en todo momento por utilizar la vía militar para combatir el levantamiento palestino. Su estrategia es una combinación de asesinatos selectivos con la práctica de castigos colectivos e indiscriminados. La locura israelí, la de sus dirigentes, debe explicarse a la luz de lo que significa el sionismo en el drama palestino. El sionismo se basa en tres asunciones fundamentales. Primera: los judíos son un pueblo y esto significa mucho más que una comunidad religiosa. Segunda: el antisemitismo y la persecución es un peligro latente para el pueblo judío. Tercera: Palestina (Eretz Israel) fue y sigue siendo la tierra del pueblo judío.

De esta retórica se derivan una serie de supuestos. Israel se define como un Estado judío. No es el país de los israelíes sino el de los judíos. Esto quiere decir que a Israel pertenecen todas las personas judías, independientemente del país en el que vivan. Esto quiere decir, en la práctica, que un judío de cualquier parte del mundo tiene más derechos que la población árabe que vivió siempre en Israel, la que se quedó viviendo en Israel tras la ocupación.

Otra consecuencia es que los cientos de miles de palestinos que tuvieron que huir tras las guerras del 48 y del 67 no tienen reconocido el derecho a volver a sus casas y recuperar sus propiedades. La razón es simple: no son judíos. Semejante discriminación racista es permitida por la comunidad internacional.

La retórica sionista se apoya también en tópicos para la creación en Palestina de un estado hebreo. Dicen que Palestina siempre fue un territorio árido poblado por tribus nómadas. Con esto, buscan negar la existencia de una identidad palestina. Para el sionismo se trata simplemente de árabes que debieran ser acogidos en países vecinos como Jordania.

El Fondo Nacional Judío administra el 92% de las tierras de Israel. El FNJ niega a los no-judíos residir o abrir un negocio en esas tierras. En las escuelas se enseña la máxima de "redimir a Israel". Detrás de este argumento -que se apoya en lecturas del Antiguo Testamento- se encuentra la base de las confiscaciones de tierras. Los palestinos que quedaron dentro de las fronteras de Israel, una vez acabada la guerra de 1948, suponen cerca del 20% de la población. Pueden votar y ser votados, pero la política discriminatoria que existe hacia ellos es espectacular, y por supuesto, no son reconocidos como palestinos sino como árabes.

Isarel nació en guerra. Es un Estado militarista que utiliza la lucha contra el pueblo palestino como un factor de cohesión de su población, que procede de Rusia, Centro-Europa, Estados Unidos, Argentina, Yemen y otros países árabes. La razón de la seguridad es el pilar sobre el que se construye toda la política interna y externa de Israel incluidos sus planes de educación. El afán de los dirigentes derechistas israelíes es expulsar al pueblo palestino hacia Jordania. Sólo si esto no es posible -y no parece posible- están dispuestos a transigir con alguna solución.

En el fondo de esta política agresiva y represora se encuentra un discurso ideológico de mucho calado: es el recuerdo del pasado, el del holocausto, el que se esgrime como permanente tentación de la inocencia. Nada de lo que hagan los judíos, el Estado de Israel, puede ser motivo de sanción o condena porque su terrible pasado de persecuciones les ha redimido para siempre de toda culpa. Ese es el punto de partida para considerarse impunes e impermeables a toda culpa. Desde esa óptica, son los palestinos los únicos responsables de que Israel mate para sobrevivir.

El conflicto está en un agujero negro

La nueva realidad política internacional surgida tras los terribles atentados de Nueva York y Washington ofrecía inicialmente signos de cambios en la dinámica del conflicto de Oriente Medio. Estados Unidos pareció, por primera vez, estar interesado en buscar soluciones estables a un problema que es una herida abierta en el mundo árabe y un caldo de cultivo para la extensión de nuevas radicalidades. Aunque no por una motivación de justicia, sino por la necesidad pragmática de neutralizar una fuente de inestabilidad, pareció por un momento que los dirigentes estadounidenses entendían que el aplastamiento del pueblo palestino había llegado demasiado lejos. Sin embargo, Sharon desoyó todo consejo de moderación y en los meses siguientes se lanzó a una todavía más desenfrenada carrera militarista.

La ofensiva militar israelí no ha hecho sino generar una mayor espiral de violencia siendo las respuestas de las organizaciones secretas palestinas especialmente duras e indiscriminadas. El resultado es un escenario de guerra desatada que Estados Unidos parece querer detener con su reciente propuesta aprobada por el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas a favor de un Estado palestino.

Está por ver, sin embargo, la sinceridad de la posición de Estados Unidos. ¿Obligará al gobierno israelí a retirarse de los territorios ocupados y a reconocer el Estado palestino? ¿O está solamente tratando de ganar aliados árabes para nuevas campañas militares contra Irak y contra otros países?

Ocurre que el estado de guerra actual parece haber llevado el conflicto a un agujero negro. Desde la comunidad internacional se pide la vuelta a negociaciones. Sin embargo, no bastará con volver a las negociaciones. Los palestinos consideran con razón que cualquier negociación debe basarse en "paz por territorios", mientras Israel entiende el proceso como "paz por paz". Y como la vía de Oslo está agotada, hacen falta nuevas negociaciones de las que surja un Estado palestino viable y auténticamente soberano. De lo contrario, el conflicto no se resolverá y se repetirán una y otra vez los estallidos de violencia, los atentados suicidas, los asesinatos selectivos, la guerra en todas su formas.

Un nuevo plan de paz

Un plan de paz de esta naturaleza requiere en primer lugar que Estados Unidos pase de las intenciones a una presión real sobre Ariel Sharon. Pero, como la pax americana no ha funcionado hasta ahora, existen serias dudas de que lo haga en adelante. Oslo está muerto. Y Estados Unidos debe entender que sólo una Conferencia Internacional de Paz, con la participación de israelíes, palestinos, los países árabes limítrofes, Rusia, Europa, China y Estados Unidos puede imponer -reitero: imponer- una solución a un problema que tiene que ver con la justicia y con la seguridad mundial. De lo contrario, Palestina pudiera ser el foco de una nueva guerra mundial, en tiempos en que las armas nucleares se pueden vender y comprar en el mercado global.

En segundo lugar, es necesario que Ariel Sharon deje a un lado cualquier tentación de imponer en una mesa de negociaciones los hechos consumados, los hechos que crea sobre el terreno y que consisten en la multiplicación de asentamientos de colonos en tierras que deberán ser parte del Estado palestino. Cuestión principal es también que Sharon deje de jugar con la confrontación para paralizar un proceso de paz. Sharon pide el fin del terrorismo para negociar, pero sigue planificando asesinatos que unilateralmente considera legítimos. Mientras, Arafat se ve cada día obligado a justificar ante su pueblo el alto el fuego, la represión de la Intifada y la detención por su policía de dirigentes de Hamas, sin recibir nada a cambio.

Un Estado soberano, no un Portectorado

Un Estado palestino viable requiere de algunas condiciones básicas. Un territorio continuado en Cisjordania, que sume al menos ese 22% que regresaría a Israel a las fronteras de 1967.La retirada de una buena parte de los asentamientos de colonos judíos. La capitalidad palestina en Jerusalén Este. El control palestino del agua y de la electrificación. La soberanía palestina sobre política exterior y defensa, algo hasta ahora negado a la ANP. Una solución satisfactoria, gradual, al problema de los derechos de los refugiados. Y fronteras seguras para ambos Estados.

No es asunto fácil alcanzar un acuerdo sobre estas bases y no cabe duda de que las intenciones de Israel y de Estados Unidos son de otro talante. Ellos quieren un escenario muy asimétrico, con un Estado israelí fuerte y otro palestino débil. Y van a trabajar para que los dirigentes palestinos acepten un Estado más próximo a un protectorado que a un Estado soberano.

Para negociar, en estos momentos, se deben cumplir además algunas condiciones previas. La primera, a la que Israel se niega y Estados Unidos se ha venido negando, es el envío de observadores e incluso de cascos azules de Naciones Unidas a la zona. La segunda es la intervención de la comunidad internacional en el proceso, no dejando a Estados Unidos como único y principal árbitro.

No hay otra alternativa que convivir

Hay también dificultades internas a superar dentro de Israel y Palestina para que este proceso resulte exitoso. Del lado israelí es preocupante el liderazgo de Ariel Sharon, un hombre violento, vengativo y racista, el militar responsable de la matanza de Shabra y Shatila, caso que se encuentra pendiente en tribunales internacionales. Del lado palestino hay que reconocer que la figura de Arafat está hoy muy debilitada. No debería negociar sin lograr previamente un acuerdo interno entre las organizaciones palestinas, porque de lo contrario puede cometer un nuevo error.

Tres corrientes críticas se perciben hoy en la sociedad palestina. Una desaprueba los acuerdos alcanzados entre la ANP e Israel en Oslo, critica el creciente autoritarismo y la corrupción que se observa en la ANP, pero en aras de mantener la unidad nacional y no alterar la correlación de fuerzas interpalestinas, prefiere mantener prudencia. Otra corriente es la formada por la izquierda tradicional del FPLP. El FDLP y el viejo Partido Comunista, ahora reconvertido en el Partido del Pueblo Palestino, es mucho más beligerante en sus críticas al comportamiento de la ANP en Oslo, pero no ha sabido presentar un programa alternativo y realizable. La tercera corriente es la de los movimientos islamistas Hamás y la Yihad Islámica, que combaten todo el proceso negociador y apuestan por la lucha armada. Su sueño del pasado islámico remite a la frustración del presente. Entre sus tendencias internas hay alguna que no descarta la negociación con Israel, pero en posición de igualdad.

Pónganse como se pongan, unos u otros, no hay otra alternativa futura que la convivencia basada en el respeto mutuo y la existencia de dos Estados con plenos derechos de ciudadanía. Palestinos e israelíes siempre estarán ahí. La guerra sólo despliega la tragedia mientras alarga el conflicto. Ya la guerra de 1967 fue muy peligrosa: nos llevo cerca de la confrontación nuclear. Podría suceder otra vez.

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