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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 241 | Abril 2002
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Nicaragua

Entre la parálisis y la revolución pasiva

¿Qué le pasa a la población nicaragüense? ¿Qué explica la anomia social y la anemia política, la falta de movilización y de protestas masivas habiendo tantas razones para movilizarse y para protestar? Que hablen la historia y las raíces de nuestra cultura política.

José Luis Rocha

Por qué la modorra social, la apatía política y el conformismo se han posesionado de la población nicaragüense? Pregunta tan simple, abriga presupuestos necesitados de esclarecimiento, pues asume al menos tres: que los nicaragüenses han sido propensos en el pasado a la movilización, que ahora existen más motivos para movilizarse que en el pasado y que otros pueblos se movilizan más que los nicaragüenses.

Ante la pregunta, afloran inmediatamente excusas del tipo "la política es sucia, la cosa pública es confusa, todo está amañado y no hay margen de acción." Y, sin embargo -objetan algunos observadores internacionales- la gente acudió a las urnas en el 2001 y aguantó estoicamente interminables filas para depositar su voto. El abstencionismo debería ser un buen termómetro para responder a la pregunta. Pero surge otra: ¿Será que predomina hoy otro género de movilización? La afluencia a las elecciones en el 2001 -no tan masiva como presumen los magistrados del Consejo Supremo Electoral, porque la realidad es que entre votos nulos y abstencionistas sumaron el 24% de los inscritos-, se debió a la muy especial circunstancia de que el miedo al triunfo del adversario tuvo -y tiene- un supremo poder de convocatoria, aunque no refleja en nada la capacidad de movilización para apoyar programas o protestas concretas.

Otros pueblos se movilizan más

Puestos a comparar, se constata que no sin razón se dice que los nicaragüenses aparecemos hoy políticamente abúlicos en relación a otros pueblos latinoamericanos. En Brasil y Ecuador, movilizaciones masivas "derrocaron" a dos corruptos gobernantes, Collor de Melo y Bucaram. En Argentina, país que padeció sangrientas dictaduras militares, la gente se lanzó a las calles y obligó a renunciar sucesivamente a cuatro jefes de Estado, a quienes repudió como jefes de dictaduras económicas.

Más cerca, nuestros habitualmente apacibles vecinos, los costarricenses, se movilizaron para impedir las privatizaciones de las empresas del sector público. En Guatemala, alarmados por un alza de dos puntos porcentuales en el impuesto al valor agregado -del 10 al 12%-, y pese al gobierno virtual del ex-General Efraín Ríos Montt -hoy presidente del Partido en el poder y temido por sus operativos de "tierra arrasada" que en los años 80 borraron del mapa a decenas de comunidades indígenas-, 20 mil personas se manifestaron en la capital, donde también se paralizó el 90% del comercio. Incluso, los grandes empresarios del CACIF tuvieron un papel protagónico en la huelga, a la par de gremios de trabajadores, estudiantes y ONGs. Las protestas tuvieron alcance nacional y, según el analista político Juan Hernández Pico (envío, agosto 2001), sólo fueron comparables a la reacción tras el "Serranazo" de 1993 o a las manifestaciones que precedieron a la revolución de 1944. En Nicaragua, el impuesto al valor agregado es de 15%, el más al-to de Centroamérica, y no hay mona ni mono que peguen dos brincos. Las privatizaciones se han verificado en un clima de indiferencia, saludable para los nuevos inversionistas, mientras la corrupción campea, con crecida conciencia de la opinión pública en los medios de comunicación, pero no en las calles.

Y sin embargo... no se mueve

Causas dignas de rebelión han sobrado. La inercia ha hecho incluso que algunas ya sean causas obsoletas, porque las privatizaciones no cuestionadas en su momento por la población han resultado en que muchas áreas para el reclamo han dejado ya de ser competencia del Estado. Pero muchos otros motivos siguen vigentes. Poner freno a la corrupción y revertir las reformas a la Ley Electoral que pusieron a los electores en el 2001 en un callejón de sólo dos salidas son ejemplos señeros. Pero no movilizaron. Durante el último quinquenio, durante el gobierno de Arnoldo Alemán, calificado y sentido por muchos como el más corrupto de la historia de Nicaragua, los "previsibles" estallidos sociales no se produjeron, y las protestas realmente significativas fueron protagonizadas por gremios muy específicos: los cañeros, los transportistas, los médicos y los estudiantes.

Fuera de estas protestas, sólo se dieron algunas languidecientes manifestaciones políticas, esporádicas y muy puntuales: contra el pacto, del Movimiento de Unidad Nacional al serle negada su personería jurídica, en respaldo a José Antonio Alvarado cuando fue inhibido de participar en las elecciones presidenciales... Excepción, sin duda, fue la más exitosa marcha masiva de los años 90 -por su espontaneidad y civismo- en respaldo a la gestión del entonces Contralor Agustín Jarquín (marzo 1999).

Todas las movilizaciones -mayores o menores- no han dado frutos. Después de ser fustigado por el FSLN -cuya cú-pula se opuso a esa marcha- y de declarar que una alianza con ese partido era impensable, Jarquín accedió a presentarse como candidato a Vicepresidente, en fórmula con Daniel Ortega, en los comicios del 2001. Los transportistas no han conseguido el alza que reclamaban ni tampoco subsidios compensatorios. Los estudiantes universitarios obtienen una educación deficiente con el presupuesto asignado al sistema de universidades beneficiadas con el 6%. El salario de los médicos en el sector público no llega a 200 dólares mensuales. Los cañeros fueron apaleados por la policía. Y casi todas las protestas fueron manipuladas por el FSLN.

¿De ahí la renuencia a movilizarse? En los espacios de opinión de los medios -más abundantes tal vez que en ningún otro país del área- se barajan hipótesis en torno al tema del inmovilismo social. Se evitan las protestas -y se ocultan cuando se dan- tratando de vender la imagen de un país ya en paz y democrático. La cooperación externa y las remesas familiares -que sostienen económicamente al país- hacen las veces de paliativo. El mecanismo de las protestas se ha desgastado ante gobiernos insensibles. El movimiento sindical, el campesino y el juvenil se han desplomado. Los partidos de oposición funcionan como corporaciones que defienden los intereses de la cúpula empresarial que los domina y no conectan con los intereses populares. Las ONGs están más volcadas a brindar ayuda a los damnificados del sistema que a construir con ellos un sujeto social organizado.

La manipulación que del malestar social y las protestas populares ha hecho siempre el FSLN las ha asfixiado. No convencen los líderes opositores, con una retórica plagada de categorías trasnochadas que ni huelen ni hieden. Los símbolos dicotómicos han sido vaciados de contenido por efecto de fragmentaciones, de sicodélicas coaliciones y del pacto Alemán-Ortega. Los referentes ideológicos globales en torno a los polos izquierda derecha se han erosionado en Nicaragua y en todo el mundo.

Sin mitos y sin ética solidaria

Examinando la pereza de los nicaragüenses para movilizarse como reflejo de un problema mundial, se aduce un dispositivo cultural. Se dice que las movilizaciones masivas se alimentan de mitos, y que, mientras los antiguos mitos movilizadores han sido desteñidos a base de mencionar su nombre en vano y lucen sólo en la retórica de caudillos obsoletos, hoy ya no se construyen nuevos mitos.

El mito del pueblo no ha caído enteramente en desuso, pero en el seno de un paradigma que propone al individuo como prioridad programática ese mito carece del arrastre que antes tuvo. Es la tesis de que ésta es la época del cada quien vela por su cacaste. Bajo esta óptica, la mayor parte de los ciudadanos parece haber cantado un réquiem definitivo al ethos solidario y colectivista, como si la supervivencia de esta ética humanista, hubiera estado indisolublemente ligada al mundo bipolar y a los socialismos históricos. El actual auge del individualismo es un elemento ante el que el cientista social británico Anthony Giddens se pregunta: ¿Estamos presenciando el nacimiento de una generación del "yo", que genera una sociedad del "yo primero" que inevitablemente destruye los valores comunes y las preocupaciones públicas?

Es evidente que la gente está optando por soluciones individuales, individualistas y atomizadas: migrar, amasar títulos y pedigree académico, conseguir un cargo -más que un trabajo-. A este individualismo corresponde una reducción del aparato estatal. La seguridad es vista menos como una responsabilidad del Estado y más como una inversión privada: levantar cercos y alambradas para proteger las casas, pagar centinelas particulares, comprar alarmas y armas, y entrenarse en polígonos de tiro al blanco.

Declina el Estado de bienestar y se multiplican los prestadores de servicios: las empresas médicas previsionales, las administradoras de fondos de pensiones. Incluso las ONGs se presentan cada vez menos como organismos solidarios y cada vez más como vendedoras de servicios pagados por sus beneficiarios y por los dineros de la cooperación externa.

Una nueva ética para "la generación del yo"

Está surgiendo un nuevo ethos, aunque todavía no se proclama a voces ni tiene un programa bien formulado. Gramsci pensaba que cuando existía un contraste entre el obrar y el pensar de un grupo social, entre dos concepciones del mundo -una afirmada con palabras y otra con acciones-, significaba que ese grupo tenía su propia concepción del mundo aún embrionaria, pero que por razones de sumisión y subordinación intelectual tomaba en préstamo una concepción que no era la suya hasta poder formular la propia.

Pero esta nueva corriente, aun insuficientemente caracterizada, y ante la cual los cientistas sociales tienen posiciones muy divergentes -desde catalogarla como un hedonismo egoísta hasta entenderla como un renacimiento de la capacidad de disfrutar el hoy que tiene en el I celebrate myself de Whitman un antecedente conspicuo-, no debe ser presentada en términos peyorativos. Giddens concluye que el nuevo individualismo -cuyo surgimiento la izquierda atribuye a las fuerzas del mercado y la derecha a la permisividad de los 60, que marcó un proceso de decadencia moral- no debe ser descrito en términos de la generación del "yo". Las encuestas muestran que las generaciones jóvenes están sensibilizadas hoy con una más amplia gama de preocupaciones morales que las generaciones anteriores. Otro asunto es que no toleren que la tradición legisle en cuestiones relativas a los estilos de vida y que no permitan que el disfrute de la vida les sea aplazado hasta la consecución de un paraíso extraterrenal. Quizás en realidad estemos hablando de varias corrientes con algunos denominadores comunes. Pero esa ya es harina de otro costal o tema de otra reflexión.

¿Hemos sido tan movilizados?

La decadencia de la industria de los mitos y el individualismo constituyen apenas un aspecto. Y no son una particularidad de Nicaragua. Adentrarnos en lo específicamente nicaragüense de las causas de la desmovilización pasa por preguntarnos si realmente el nicaragüense se ha movilizado beligerantemente en otros tiempos. No son pocos los que sostienen la tesis de que nunca hubo en Nicaragua un desarrollo muy vigoroso del movimiento obrero o de los sindicatos ni hubo protestas masivas. Desde la perspectiva de su capacidad de movilización masiva, la revolución de 1979, puede ser vista y entendida como una "llamarada de tusa" un fuego escandaloso, pero efímero, un estallido violento y repentino que no produjo la tierra de Jauja que muchos esperaban.

En Orgullo amargo, una historia del movimiento obrero nicaragüense en la primera mitad del siglo XX, el historiador estadounidense Jeffrey L. Gould describe cómo el incipiente movimiento obrero que el Partido Socialista trataba de levantar en el segundo cuarto del siglo XX era una y otra vez cooptado por los intereses de Anastasio Somoza García, quien procuraba hacer valer su no pertenencia a los linajes de poder para presentarse como el Jefe obrero, defensor de los intereses del proletariado y paladín de los palmados. El primer Código del Trabajo fue promulgado a mediados de su mandato e implicó el pago de horas extras, servicios hospitalarios y la reducción de la jornada laboral a un máximo de ocho horas. Una mejora notable que contribuyó a reforzar la imagen del dictador en el centro y occidente del país, en tanto acababa de aniquilar en el norte los restos del movimiento de Sandino.

Aunque había líderes sindicales conscientes de que la alianza con Somoza sólo podía ser táctica e incluso podía tornarse contraproducente, los infiltrados y oportunistas aprovechaban las inquinas internas y el pavor a la Guardia Nacional para moldear un movimiento obrero que, en la práctica, se ajustara a las necesidades del régimen. Pocas veces las demandas fueron escuchadas y menos veces se hicieron efectivas. Mientras tanto, se multiplicaban los casos de excepciones del Código del Trabajo legalmente permitidas a medida que Somoza el estadista extendía los dominios de Somoza el empresario.

Los obreros cayeron muy tarde en la cuenta de que Somoza había cambiado su estrategia: que el movimiento obrero ya no le servía para ganar consenso y que los intereses de Somoza ya coincidían con los del resto de empresarios. El resultado fue un movimiento obrero relativamente débil y frecuentemente engañado. Aunque atribuyan el hecho a causas diversas, al menos en este punto coinciden varios historiadores.

La tesis del insuficiente desarrollo industrial como causa de la debilidad generalizada de los sindicatos nicaragüenses y del Partido Socialista que los impulsaba no parece muy plausible si atendemos lo que ocurrió con la Larga Marcha de la revolución campesina encabezada por Mao Tsé-tung en China o incluso lo que sucedió con la revolución rusa, desarrollada en el seno de una sociedad feudal. Atendiendo a la evolución de los liderazgos y a las formas de gobierno, destaca como causa principal el caudillismo centralizador y la estructura gubernamental que lo propicia.

De cabecilla a jefe: la ruta histórica

En Nicaragua, los caudillos han seguido al pie de la letra una ruta hace tiempo identificada por los antropólogos como característica de la evolución de los liderazgos y de las sociedades en cuya atmósfera se desarrollan. Esa ruta -que tiene un sello genérico, porque sólo la recorren varones- implica dos saltos: de cabecilla a gran hombre y de gran hombre a jefe. Se trata de una ruta que va del liderazgo alcanzado a base de sacrificarse por el grupo hasta convertirse en el peor parásito del mismo grupo.

En las tribus primitivas -dicen los antropólogos- al principio nadie era un "mandamás". Un cabecilla de tribu tenía que castigar físicamente a quien le desobedeciera. Por eso, si quería mantenerse en su puesto, lanzaba pocas órdenes. En la tribu !Kung, estudiada por el antropólogo norteamericano Marvin Harris, existen cabecillas: miembros de la tribu que suelen ser escuchados con mayor deferencia, pero que no tienen autoridad formal y sólo pueden persuadir y nunca mandar. Cuando un antropólogo preguntó a los !Kung si ellos tenían cabecillas en el sentido de jefes poderosos, ellos le respondieron:"Por supuesto que tenemos cabecillas. De hecho todos somos cabecillas. Cada uno de nosotros es cabecilla de sí mismo". Y es que las diferencias jerárquicas no son consustanciales a todas las formas de organización social.

Algunos aspiraban a pasar de cabecilla a gran hombre. El postulante debía trabajar duro y abstenerse del consumo de muchos bienes para convertirse en un gran proveedor. Las privaciones en su disfrute personal le permitían acumular riqueza para dar fiestas en las que a sus seguidores les entregaban la carne reservando para su consumo personal nada más que los huesos. Acumulaba así para dar grandes fiestas a seguidores que posteriormente debían corresponderle. En caso de que sus seguidores tuvieran una mala racha y pasado un tiempo se vieran imposibilitados de la correspondencia, el gran hombre se caía. Se trataba de una sacrificada búsqueda de prestigio. De vez en cuando venía el reto de otro aspirante a gran hombre. La contienda se verificaba mediante fiestas y dádivas a sus seguidores. Más o menos como ocurre entre el mayordomo entrante y el saliente durante las fiestas patronales. Era una suerte de clientelismo en busca de prestigio y reciprocidad.

Los miembros de la tribu recurrían al gran hombre en tiempos de escasez y esperaban que éste los alimentara y organizara para obtener alimentos. Se supone que este sistema se sostenía porque garantizaba una mayor producción y protección del grupo. El gran hombre se ufanaba de ser el gran árbol cuya sombra cobijaba a todos. A cambio de su protección, exigía que los miembros de la tribu le pagaran según sus particulares habilidades: fabricando para él ropa, canoas, ornamentos, alimentos cuya elaboración requería especiales dotes culinarias, etc. De esta forma incrementaba su consumo conspicuo y así reforzaba su prestigio.

Y es así como finalmente no necesitaba trabajar en el campo para correr ni ganar ni mantener su estatus de gran hombre. Como observa Marvin Harris, la administración de los excedentes de las cosechas, una porción de la cual le continuaba siendo suministrada para su uso en banquetes comunales y otros eventos como expediciones comerciales y guerras, era suficiente para validar su estatus. Progresivamente, el pueblo llegaba a considerar su estatus como un oficio, una encomienda sagrada que pasa de una generación a la siguiente conforme a las reglas de la sucesión hereditaria. Cuando esto ocurría, el gran hombre se convertía en jefe. Contando con el apoyo de prestaciones voluntarias, los jefes y sus familias disfrutaban de estilos de vida que los apartaban crecientemente de sus seguidores. Pero eso ya no importaba. Su posición estaba asegurada y ya era demasiado tarde para que la gente se diera cuenta de que sus jefes consumían lo más enjundioso de la carne mientras a ellos sólo les dejaban los huesos mondos.

Somoza, el "jefe obrero"

Ni más ni menos ésa fue la historia de Somoza -presentándose como "Jefe obrero" para propiciar una alianza con el embrionario movimiento sindical-. Y también, la historia del FSLN, cuyo proyecto propugnaba una redistribución de toda la riqueza nacional. Ambos casos fueron reediciones de el que parte y reparte se lleva la mejor parte y concitaron el apoyo de los sectores populares, no eternamente, pero sí bastante más allá del momento en que los caudillos dieron muestras de que únicamente procuraban el beneficio propio y el de sus allegados.

El sindicato verticalista debía esperar a que Somoza, el "Jefe obrero", les indicara qué podían reclamar y en qué momento. De la misma forma las organizaciones obreras y campesinas debían esperar en los años 80 a que el FSLN, su vanguardia, les "bajara línea". Y así como al inicio los sindicalistas apelaban al Presidente Somoza para que aplicara el Código del Trabajo (aprobado en 1945), ignorando que con sus huelgas estaban afectando los intereses de Tacho como capitalista, muchos nicaragüenses continúan creyendo que el FSLN constituye un proyecto popular opuesto al gran capital, desconociendo o minimizando los intereses de sus dirigentes como propietarios de las empresas que robaron y como gestores de los negocios que organizaron en torno al poder que detentaron omnímodamente.

El liderazgo centralizador -de los Somoza, de los sandinistas- ha facilitado la cooptación y administración del malestar social por los grandes aparatos partidarios que indican cuándo, dónde y cómo se desatan las revueltas y las movilizaciones. El problema no es que surjan esos líderes, sino que la gente los compre. Y hay un sistema diseñado para que el pueblo se vea forzado a comprarlos.


Frutos Chamorro, el primero

El gran artífice del caudillismo centralizador nicaragüense, en su versión moderna, fue Frutos Chamorro. Fue él quien a mediados del siglo XIX desmontó todas las estructuras locales de poder y centralizó todas las decisiones en la Presidencia de la República. Puso así fin al período de anarquía que sucedió a la independencia de la colonia española y sentó así las bases de la figura del "hombre fuerte", imprescindible para el imaginario organizacional de Nicaragua. El hombre fuerte creó la estructura y ésta lo perpetuaba. Todo movimiento gremial y sindical y toda actividad política en los municipios debían acogerse a uno de los grandes paraguas partidarios, y éstos a su vez debían girar en una órbita que reforzara el estatus del "hombre fuerte".

Con el tiempo pasamos del oligarca émulo de "El Estado soy yo" a la vanguardia que "baja línea" a sus bases. Más que un síndrome incrustado, el centralismo es la sólida estructura sobre la que se monta el funcionamiento del aparato estatal y el de los partidos políticos. Sobre esa estructura se han instalado los muchos caudillos que Nicaragua ha tenido. También sobre esa misma estructura se montó el FSLN para dar el jaque mate a la organización y a la movilización popular.

La revolución sandinista que muchos estimaban y esperaban como un proceso educativo en sí mismo, por su capacidad de generar conciencia social, devino un contundente instrumento para castrar a las organizaciones sociales que pretendía fomentar. El daño que el FSLN infligió al movimiento popular es incalculable. Una década de manifestaciones multitudinarias gritando ¡Dirección nacional, ordene! y abarrotando plazas no significó un avance en la movilización popular. Tras esa fachada anidaban líderes clientelistas que seguían incondicional y acríticamente los dictados de los máximos dirigentes aun cuando fueran en contra de sus propios intereses. Ninguna iniciativa brotaba espontáneamente de las bases. Incluso las llamadas turbas divinas eran calculadamente orquestadas desde los aparatos de seguridad del Estado. Las organizaciones populares, convertidas en instrumentos legitimadores del partido, debían limitarse a ejecutar la estrategia de su vanguardia.

El movimiento de mujeres fue uno de los más afectados por este modelo, teniendo que digerir lideresas impuestas desde la cúpula del FSLN y perdiendo aceleradamente representatividad. Sólo en los últimos años la Unión Nacional de Agricultores y Ganaderos empezó a tomar distancia de las políticas del Ministerio de Reforma Agraria y a ganar alguna autonomía. Para entonces ya había perdido a varios de sus más valiosos dirigentes. La Asociación Nacional de Educadores de Nicaragua, que tanto aportó a la lucha contra Somoza, fue uno más de los "sí-señores" del FSLN y está hoy reducida a su mínima expresión.

Una continuación nefasta del estilo caudillista se dio con el pacto FSLN-PLC que el danielismo vendió a las bases sandinistas como una genial jugada táctica que les conduciría indiscutiblemente a la victoria en las elecciones del 2001, versión que los militantes compraron con disciplina acrítica sin mayores aspavientos. "Ellos saben lo que hacen", decían. Primero, el FSLN absorbió a las organizaciones populares, y después las puso a su servicio. Siguió estrictamente la ruta del cabecilla dispuesto a entregar generosamente todo -incluso su vida- que finalmente se transforma en jefe y acapara toda la riqueza.

¿Otras formas de protesta?

Durante la última década las movilizaciones y asonadas manipuladas por el FSLN han operado como una vacuna. ¿Quedan por ensayar otras formas de protesta? Se han tratado de practicar. El poder se burla de ellas, como se burló de la recolección de firmas en apoyo a las opciones electorales alternativas al bipartidismo impuesto por los pactistas del PLC y del FSLN.

Los intelectuales, que teóricamente serían los funcionalmente comisionados para proporcionar los ingredientes ideológicos destinados a orientar, explicar y dar forma consistente a la agitación social, han optado -con razón o sin ella, pero sin duda obrando a tenor de lo que se estila en estos tiempos- por métodos más asépticos o por una neutralidad que estiman más acorde con el carácter técnico de su rol de profesionales que, analizando o actuando en consultorías o asesorías, prestan servicios. En la otra acera están los expertos en agitación, aferrados a las frases estereotipadas de siempre. El discurso fósil engendra apatía política. No se construye un discurso movilizador con esa visión aristocrática para la cual la plebe irreflexiva es incapaz de un proyecto consistente. Tampoco se lo construye ya con el sello del populismo al servicio del mito del pueblo.

¿Derecha-izquierda? Otras dicotomías

¿Necesitamos volver de nuevo la vista hacia las grandes dicotomías movilizadoras? El filósofo Norberto Bobbio, en un ensayo que resultó bestseller mundial, reivindicó la validez de la distinción derecha-izquierda, al menos como expresión del enfrentamiento entre el afán de quienes quieren preservar la tradición a toda costa y de quienes quieren liberar a sus semejantes de las injusticias impuestas por los privilegios de género, raza, casta, clase, edad. Bobbio tiene claro que la definición pormenorizada de ambos extremos (derecha-izquierda) cambia con los contextos históricos y enfatiza el hecho de que siempre habrá divergencias porque creer que cuando se discuten problemas concretos se pueda llegar a un acuerdo sobre la única solución posible, es el fruto de la habitual ilusión tecnocrática.

Quizás estén adquiriendo mayor peso otras dicotomías. Quizás las nuevas dicotomías no se definan y encasillen fundamentalmente en la clásica izquierda-derecha, sino en otras del tipo complejidad-simplificación, tolerancia-intolerancia, inflexibilidad-adaptación, afán de lucro-ética del trabajo, austeridad-despilfarro, oportunismo-coherencia y honestidad, mesura-extremismo. Una distinción relevante sería la que existe entre los que complejizan abordando cuestiones vitales y los que reducen todo a una consigna. Desafortunadamente, los programas políticos simplificables en una consigna son los más susceptibles de ser vendidos a los votantes. Y vivimos en el reino del mercado.

Quizás la valiente e incuestionable actuación de la jueza Gertrudis Arias -quien, con la ley en la mano, enfrentó a Arnoldo Alemán- devuelva ánimo, motivos, optimismo e iniciativa al pueblo nicaragüense. Su actuación, como una auténtica contracultural entre los funcionarios estatales, por su dedicación al trabajo y su oportuna y coherente gestión no partidaria, también por su palabra digna y valiente y hasta por su apariencia, abra tal vez la creatividad para ensayar nuevas formas de protesta. Ésa es una vía, la del ejemplo, y esta mujer nos hace saber que no sólo existe como posibilidad jurídica remota.

Existen otras vías. Quizás estemos en el umbral de otros tipos de movilizaciones. No las del tipo de la revolución jacobina, el modelo de los sans-culottes, que es lo que Gramsci consideraba revolución acabada, sino las del modelo que él mismo denominó como revolución pasiva al decir: El concepto de revolución pasiva me parece exacto no sólo para Italia, sino también para otros países que modernizan el Estado a través de una serie de reformas o de guerras nacionales sin pasar por la revolución política de tipo radical jacobino. En una revolución pasiva tienen escasa intervención las masas populares.

¿Viviendo una "revolución pasiva"?

Gramsci empleaba el término revolución pasiva para referirse a una ofensiva ideológico-política cuyos modelos eran el gandhismo y el cristianismo primitivo, procesos de transición pacifista que no hicieron uso del arte militar. La revolución pasiva es una forma de reacción política ante la crisis orgánica de un sistema. En ella se produce un proceso de "innovación-conservación": el grupo en el poder, sabiendo que no las tiene todas consigo, asume parte de las demandas de la oposición, de modo que se realiza un cambio que, sin embargo, no supera totalmente el viejo orden.

Esa transición política, a la que quizás asistimos con el nuevo gobierno de Enrique Bolaños, revela según Gramsci cierta debilidad y falta de arraigo popular de la oposición. Se da lugar así a un transformismo: proceso de absorción de las demandas menos radicales y articulación de éstas en un programa más moderado, captando e integrando a dirigentes de los grupos políticos rivales. El CONPES -espacio para el consenso entre las autoridades públicas y la sociedad civil- es un buen intento de transformismo. No es la opción más transformadora, pero es quizás la única posible en la presente coyuntura nicaragüense. Para lograr mayores transformaciones hace falta mayor creatividad por parte de los intelectuales en la oposición.

Jonathan Swift, conocido por las aventuras que relata en sus Viajes de Gulliver, lanzó en el siglo XVIII una controvertida, pero muy bien razonada, propuesta: pagar la deuda externa de su patria, Irlanda, con parte del producto de la venta de las tierras de los obispos, entonces grandes terratenientes cuyas tierras, debido a las altas rentas, permanecían en buena medida ociosas. ¿Quién se atrevería a decir hoy algo semejante acerca de los bienes eclesiásticos, o siquiera a cuestionar qué ocurre con la propiedad de la Universidad Católica? Es sólo un ejemplo. ¿Temor, miopía? ¿Estamos con Gulliver, en el país de los enanos? Parálisis mental, parálisis social. No transformamos. Nos quedamos con el transformismo.

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