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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 212 | Noviembre 1999
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Centroamérica

En el aniversario de un desastre revelador

El huracán Mitch devastó a Centroamérica. Y también la analizó, desnudando los problemas estructurales de nuestros países. El dato más dramático de ese análisis no es la extrema pobreza en que vive nuestra gente, sino la extrema incapacidad con que actúan nuestros gobiernos.

Juan Hernández Pico, SJ

Durante octubre y noviembre he recorrido varias zonas de Centroamérica que fueron brutalmente golpeadas por el huracán Mitch hace un año. A un año de la tragedia, el impacto mayor sigue siendo el contexto en que la catástrofe aconteció. Nuestras catástrofes -el Mitch y tantas otras- se suceden en una región sumida en un profundo subdesarrollo. Y no es fundamentalmente el subdesarrollo de la miseria. Es, más bien, el subdesarrollo de la ceguera y de la insolidaridad.

El subdesarrollo fundamental

Es subdesarrollo que los alimentos enviados como ayuda para los damnificados hayan aparecido masivamente en los anaqueles de los supermercados, vendidos a gente que no sufrió ninguna escasez, y con márgenes de ganancia casi absolutos puesto que no fueron comprados. La cadena de la corrupción nacional hizo así eco a las preocupaciones de los donantes internacionales que, conmovidos por las imágenes televisivas de nuestra tragedia, entregaban esos alimentos al mismo tiempo que se preguntaban: "¿Llegarán a manos de los damnificados?"
Es subdesarrollo que en las montañas de Yoro, ya deforestadas durante décadas, se estén hoy cortando más árboles para la extracción de madera que hace un año, antes del Mitch. No ha importado que todo el mundo haya identificado la deforestación del sistema montañoso de Honduras como una de las causas por las que el Mitch pudo avalanzarse con tremenda fuerza, sin barreras, sobre Tegucigalpa, por vez primera en la historia de estas catástrofes.
Es subdesarrollo la suntuosa boda del Presidente de Nicaragua, seguida por su luna de miel en Venecia -después de la también ostentosa fiesta de su compromiso en Miami-, en los mismos días del aniversario del Mitch, cuando el pueblo que preside lloraba a sus muertos, continuaba damnificado, y luchaba con el apoyo internacional por salir adelante.

Daños iguales, respuesta diversa

Las catástrofes centroamericanas no son únicas en esta región del mundo. Todos los años, en la misma temporada en que azotan Centroamérica y las islas del Caribe, las tormentas tropicales y los huracanes golpean también Florida, Louisiana, el sur de Texas y las dos Carolinas. Los daños que causan por todas partes son inmensos, pero la respuesta institucional con que se enfrentan esos daños es diversa.
¿Qué poder preventivo tiene toda la gama de nuestras alertas, desde la amarilla hasta la roja? En la costa sur de los Estados Unidos, la respuesta institucional frente al huracán Brett logró la evacuación y el desplazamiento a lugares seguros de tres millones de personas. Toda esa gente se desplaza porque sabe que, aun cuando vaya a perder mucho, el Estado responderá con una ingente inversión de recursos y los daños podrán ser superados en poco tiempo.

Lo dramático y lo trágico

Entre nosotros, la evacuación y el desplazamiento es sólo para no perder la vida. Detrás se deja todo lo demás, sabiendo que al regreso habrá que comenzar de nuevo, desde cero. La alerta y los estados de emergencia tienen en los Estados Unidos una base política de gobernabilidad que traduce en beneficio social el alto grado de desarrollo del que gozan.
En los países centroamericanos, es evidente que los gobiernos no pueden responder con la ingente inversión inmediata que sería necesaria, y aunque eso es dramático, es explicable. Lo trágico es que los gobiernos multipliquen los costos de la catástrofe con el uso clasista y corrupto de los fondos de la solidaridad y con la ausencia de propuestas estructurales que vayan haciendo a nuestros países menos vulnerables.
El mensaje más importante de una catástrofe de la envergadura del Mitch fue esclarecer el estado de catástrofe permanente en que vivimos en la mayor parte de Centroamérica. El Mitch fue un poderoso analista de la estructura de nuestros países.

Inviables sin propuesta ecológica

Un año después del Mitch ha quedado claro que nuestros países no son viables sin una propuesta ecológica drástica.
Hace 25 años Costa Rica era el país más deforestado de Centroamérica. Hoy es el más reforestado. En el intermedio de esos cinco lustros hay una sabiduría política que ha sabido aprovechar las ventajas competitivas de la industria del turismo en la región centroamericana, donde aún la biodiversidad es una riqueza y donde la belleza natural es uno de los mayores capitales.
La deforestación es una catástrofe causada por grandes compañías madereras que están explotando los bosques que nos quedan en forma totalmente irresponsable, con una única variable a considerar: el lucro. En Centroamérica, la deforestación avanza en simbiosis con el narcotráfico. El puente de narcotráfico hondureño que va desde los laboratorios de Gracias a Dios hasta las montañas de Yoro y de allí, por casi invisibles senderos de café, hasta la costa, recorre los mismos rumbos del contrabando maderero.

Proteger nuestros bosques

La deforestación es también una catástrofe causada por una mayoría de población campesina dependiente de la leña para poder encender los fuegos vitales de los hogares.
El Mitch reveló que ningún país centroamericano podrá sobrevivir sin un programa serio de protección de bosques, de reorientación de tierras hacia la producción forestal, de regulación de la producción maderera, de creación de fuentes alternativas de energía.
Esto significa que cualquier ayuda para superar los efectos del Mitch se vuelve inmediatista o cortoplacista si no incluye un componente importante de reforestación. A su vez, la reforestación será poco eficaz si no le ofrece al campesinado fuentes alternativas y baratas de energía: placas de energía solar, programas de electrificación rural, estufas de gas. Y, a su vez, esta oferta será insuficiente sin componentes educativos creativos para la siembra cultural necesaria que provoque un cambio de actitudes frente al bosque.

Es importante también explorar formas de protección de los bosques. En este sentido, un cuerpo confiable y bien pagado de guardabosques puede llegar a ser una inversión rentable.

Si tuviéramos asegurada la honestidad de nuestros ejércitos sería ésta la misión más fundamental y necesaria que deberíamos encomendarles. Porque el enemigo más peligroso y amenazante de nuestras naciones no está en el exterior, más allá de las fronteras, sino en el interior, en la campaña de depredación de nuestros bosques. Por desgracia, no pocas veces son altos oficiales de los ejércitos los que encabezan, en sus extensas haciendas de las fronteras agrícolas, colindantes con algunas de las fronteras nacionales, quienes protagonizan esas campañas de depredación.
Los ejércitos de Centroamérica, en proceso de modernización, quieren y deben tener una función en la prevención de los desastres naturales a los que somos tan vulnerables. ¿No habrá llegado el momento de encomendarles también una gigantesca operación reforestadora que, al hacernos menos vulnerables, restaure en nuestros países las condiciones para lograr el desarrollo?

Pensar a largo plazo

Este es el desafío crucial que le plantea a los centroamericanos el desastre del Mitch: pensar a largo plazo, planear. No podemos vivir sin planear. El mercado pocas veces responde a las necesidades de largo plazo que desastres como el Mitch ponen al descubierto.
La economía de sobrevivencia que se apoya en la cultura de la miseria no puede darse el lujo de planear. Le basta con vivir hoy o de hoy para mañana. Las operaciones asistenciales que respetan la dignidad de las personas y no juegan con el paternalismo, sino que apuestan por la organización de la gente e invierten en su educación, pueden tener el valor de conseguir para los que viven abrumados por la extrema pobreza el margen económico que les permita ir más allá de la sobrevivencia, que les dé tiempo para empezar a pensar con un cierto plazo, más allá de mañana o de pasado mañana.

Imperdonable cortoplacismo

Lo que resulta imperdonable es que nuestros gobiernos no piensen a largo plazo. El Estado tiene esa obligación, no puede menos que retomar el papel que le corresponde, superando la ideología del todopoderoso mercado.

El resultado más dramático del análisis estructural que el Mitch ha hecho de nuestros países no es la extrema pobreza de nuestras poblaciones, sino la extrema incapacidad de nuestros gobiernos. En febrero de este año, hablábamos en envío del clamor que subía desde los barrancos urbanos de la capital de Guatemala. ¿En qué programa de gobierno de los candidatos a la elección presidencial en Guatemala se priorizó el traslado progresivo de los habitantes de esos barrancos a zonas urbanas seguras? En ninguno. ¿Cuántas catástrofes serán necesarias para promover un programa semejante?
Después de las inundaciones provocadas por el Mitch, era previsible que cualquier caudal extraordinario proveniente de las lluvias de un invierno copioso harían desbordarse de nuevo los ríos en Honduras. Para Honduras, el dragado de los ríos es una operación de salvamento de las condiciones de desarrollo mucho más importante, a largo plazo, que el reparto de víveres. Y no es que no haya que poner a disposición de la gente en peligro de hambruna todos los alimentos que sean necesarios. Pero hay que pensar a largo plazo y dragar los ríos para que no se desborden una y otra vez, anegando los siembros y acabando las cosechas de la gente.
Los ríos hondureños arrastran hoy montañas de piedras, de troncos y de arena que mantienen sus cauces varios metros por encima de su nivel normal. En ninguna reunión de Estocolmo, en ningún proyecto de gobierno, debería haberse olvidado un programa de dragado de los ríos.
¿Cómo se puede afirmar, para justificar este olvido, que un programa así supondría inversiones con montos de los que los gobiernos carecen? Así lo han afirmado altos funcionarios del gobierno de Honduras. Sin embargo, es precisamente para este tipo de programas para los que está la ayuda internacional, que la catástrofe hizo más abundante que nunca.

Los "servidores" del pueblo

Volando sobre el Valle de Sula a baja altura, en un avión de hélice, desde La Ceiba a San Pedro, pude observar las inundaciones del valle a fines de septiembre y comienzos de octubre. El espectáculo era demoledor. Recorriendo los caminos que surcan el valle, en las cercanías de las riberas de río Ulúa, me asaltaron los rostros adoloridos de los campesinos, que han perdido tres cosechas consecutivas de granos básicos.
Este año, en cambio, la compañía bananera no ha sufrido lo que sufrió con el Mitch. La bananera ha reconstruido con notable eficacia los bordos que a lo largo del río y de sus canales de alivio protegen sus campos de la inundación. Los bordos protectores de los campos de los pequeños productores campesinos no fueron reconstruidos con la misma eficacia.
La bananera alega que ofreció realizar en los campos esos mismos trabajos, pero que la Comisión estatal del Valle de Sula no se lo permitió. La Comisión alega que realizó trabajos de excelente calidad y que fue la bananera la que no cumplió sus compromisos. Atrapados sin salida en medio de la disputa están los campesinos. En el Estero del Indio, entre Urraco y Toyós, lucharon noches y noches para reforzar un bordo, cuya filtración y destrucción hubiera significado una inundación de mucho mayor alcance que la que padecieron.
Los jesuitas del ERIC en El Progreso lanzaron la voz de alarma por radio al gobierno y al país. Una y otra vez estamos asistiendo a este cuadro lamentable: el gobierno no se mueve si no hay un grito lo suficientemente clamoroso que lo ponga en evidencia, que desnude su inoperancia. Los servidores del pueblo no están a su servicio.

¿Por qué tanta imprevisión?

¿Por qué se inundó el Valle de Sula si no hubo allí lluvias torrenciales? Las lluvias torrenciales cayeron en el occidente, el sur y el centro de Honduras, e hicieron subir el nivel de la represa hidroeléctrica de El Cajón hasta niveles peligrosos para el funcionamiento de sus turbinas. La solución fue provocar descargas de volúmenes enormes de agua, que hicieron desbordarse el Ulúa sobre el Valle de Sula.
Es imposible no preguntarse por qué las descargas de la represa hidroeléctrica no comenzaron en el verano y se fueron escalonando en volúmenes soportables por los ríos, en lugar de tener que producirse en tan sólo unos días forzando su desborde destructor. El fenómeno meteorológico de La Niña estaba ya pronosticado y, con él, se anunciaban para el invierno de 1999 lluvias muy copiosas. Es real que existe riesgo en hacer descender el nivel de una represa, pero ese riesgo debe ser valorado a largo plazo y debe ser compartido por igual con la industria y con la agricultura.

El Cajón y el Cerrón Grande

También se necesita un programa de ayuda internacional que auxilie con tecnología el manejo de las represas de nuestros países. En El Salvador viene aconteciendo año tras año el mismo problema que en Honduras con la represa del Cerrón Grande y las tierras del bajo Lempa. Fueron éstos parajes de guerra durante los años ochenta. Durante esa década y la siguiente el Estado descuidó el dragado del río Lempa y el refuerzo de los bordos por donde el río pasa. Hoy, el Presidente Flores afirma que la única solución es el traslado de las viviendas campesinas a lugares de menor riesgo. Pero las tierras cerca de las cuales están ubicadas las viviendas campesinas son tierras magníficas de reforma agraria.
Muchos sospechan que sólo después de que se haga el traslado y de que las tierras vuelvan a ser compradas por grandes productores, volverá el gobierno salvadoreño a interesarse por el dragado del Lempa y por la reconstrucción de sus bordos o por regular en una forma más racional y con mejor tecnología las descargas de la presa del Cerrón Grande.

Reconstruir el empleo

Bosques depredados. Ríos asolvados. Viviendas miserables o extremadamente deficientes. Caminos intransitables. Carreteras destruidas. Puentes destrozados. Sistemas de agua potable cortados. Cerros lavados. Campos arrasados. Este es el paisaje que dejó el Mitch en nuestros países. Y a la par de esos destrozos naturales e infraestructurales, una multitud innumerable de gente sin empleo. Algunos programas de algunas ONGs tienen en cuenta, con visión estratégica, la conexión entre la reconstrucción y el empleo, que es uno de los cimientos del desarrollo.
El trabajo por ayuda mutua va reconstruyendo las viviendas, se hacen posibles los patios familiares, se rehabilita el poder productivo de las tierras con un crédito para sembrar, se va introduciendo una agricultura diversificada y orgánicamente sostenible, se van ofreciendo incentivos para la construcción de caminos y la rehabilitación de los sistemas de agua potable.
A la hora de enfrentar los desastres, es impensable que los gobiernos no diseñen programas de empleo masivo a gran escala para obras públicas, tal como lo han hecho algunas de las instituciones religiosas o no de la sociedad civil con grupos de damnificados a escala más pequeña. Alrededor de este tipo de programas se puede organizar, además, todo un esfuerzo de capacitación técnica que eleve el nivel de albañiles, carpinteros, canteros, soldadores, mecánicos, fontaneros, gestoras de proyectos, promotoras de salud, especialistas en la cría de animales de patio, costureras, cocineras, agricultoras y tantos otros obreros y obreras que se necesitan en el camino hacia el desarrollo.

Cada país son dos países

El panorama que el Mitch dejó al desnudo es muy doloroso y extremadamente indignante. Cada uno de nuestros países es en realidad dos países: el país de una minoría que vive niveles de vida similares a los que se pueden vivir en países de alto desarrollo, y el país de las grandes mayorías que sobreviven en la extrema pobreza. En la mitad, una clase media que vive encandilada por el alto nivel de la minoría y aterrorizada de imaginarse que puede regresar al nivel de las mayorías.
Entre estos dos países hay poca comunicación. Las minorías no le reconocen a las mayorías la misma calidad humana. Es el caso de un terrateniente de Malacatoya, Nicaragua, que no quiere vender el pequeño pedazo de terreno necesario para excavar un pozo del que parta una conducción de agua potable hasta los ranchos de sus peones, porque no los quiere estables. Los prefiere inestables y expulsables.
Es también el caso de los diputados hondureños que, como regalo de año nuevo 99, se incrementaron notablemente sus sueldos, en lugar de ofrecer una parte del alto sueldo que ya tenían a un fondo de solidaridad con los damnificados de su país. Es el caso de una fiesta de boda en la alta sociedad guatemalteca a fines del año 98, en la que apenas se recaudaron 10 quetzales por persona, respondiendo a un llamado hecho allí a favor de las víctimas del huracán. Es el caso de un diputado del Departamento de Colón, Honduras, a quien los tribunales acusan de extraer de contrabando grandes cantidades de madera preciosa menos de un año después del Mitch.

El sentido de Patria

Visitando unos programas de rehabilitación de familias de lisiados de guerra en zonas rurales de Masaya, Nicaragua, que fueron dañadas por el Mitch, lo que más golpea es el contexto: la falta de una atención estructural de parte del Estado a estas familias. Existen leyes para los lisiados de guerra, pero no se cumplen.
Es falta del sentido de Patria. ¿Cómo se puede hablar de la Patria y dejar en el olvido, atenidos a su suerte, a quienes derramaron su sangre por la Patria, sea en un bando o en otro, y quedaron discapacitados como consecuencia de su participación en la guerra?
Es falta de compasión. Es la inflación del egoísmo. Es falta de lucidez no entender que los países que carecen de cohesión social entre gobierno y población, y de solidaridad entre sus diferentes clases sociales, tienen muy difícil el camino, ya de por sí arduo, hacia el desarrollo.

Lo que es posible

El Mitch abrió una oportunidad única para cambiar de rumbo. Algunas de las experiencias entre autoridades municipales, gente damnificada y organizaciones de la sociedad civil sí abrieron perspectivas hacia horizontes de esperanza. Anima también encontrar compromisos constantes de acompañamiento del pueblo damnificado de parte de voluntarias y voluntarios jóvenes, que superan las inercias de egoísmo social de este momento de la historia. La mayor esperanza nace de la voluntad de superación que demuestra la parte del pueblo damnificado que no se encuentra tan abrumada por la miseria.
Aprovechar el análisis que el Mitch hizo, y sigue haciendo, de nuestros países es una tarea pendiente. Convertirlo en un programa social es una necesidad impostergable. Desarrollar ese programa desde las bases de la sociedad civil es algo posible. También es posible presionar a los gobiernos con el análisis y con los resultados de la acción social. En ese camino hay que acumular experiencias y también acumular poder.

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