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  Número 440 | Noviembre 2018
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Nicaragua

“Hay que evitar a toda costa una guerra civil”

Enrique Zelaya, médico, combatiente y miembro del Estado Mayor de la Resistencia Nicaragüense en la guerra civil de los años 80, representante hoy de la Resistencia en el Frente Amplio por la Democracia (FAD), compartió reflexiones sobre su experiencia en la guerra y sobre la coyuntura nacional, en una charla con Envío que transcribimos.

Enrique Zelaya

La guerra no es nada bueno. Estuve años viviendo esa experiencia y estoy cada vez más convencido de que la guerra no trae nada bueno. Hoy, gracias a lo que está pasando en Nicaragua desde el 18 de abril, tenemos una excelente oportunidad de hacer por primera vez en nuestra historia un cambio sin recurrir a las armas, sin volar tiros. Ojalá que lo logremos. Y se los digo yo, que vengo de la Contra. Y lo digo de corazón, no lo digo por miedo. Cuando un francotirador mató a Alvarito Conrado el 20 de abril, yo fui el primero que tuvo la tentación de las armas. Y todavía a veces, y viendo la represión que ordena este hombre, me hierve la sangre. Pero no, ojalá que esta revolución siga siendo cívica.

La guerra ha estado siempre presente en nuestra historia. Soy nacido en San Rafael del Norte, en Jinotega, una zona que conoció muy de cerca la guerra de Sandino contra los marines gringos. Esa zona de montaña era el pasillo por donde se movía Sandino con sus hombres. Mi abuela, la madre de mi papá, era tía de Blanca Arauz, la esposa de Sandino. Y cuando leí la biografía de Sandino que escribió Gregorio Selser, el mejor historiador de Sandino, supe de un recibo que hizo Sandino, en el que dice: “Le tomamos 30 mulas al señor José Zelaya y se las pagaremos cuando triunfe la revolución”. Ese señor Zelaya es mi abuelo, el padre de mi papá.

Todos los nicaragüenses tenemos una idea distorsionada de los acontecimientos de nuestra historia, en la que siempre hubo guerra. Aunque yo no había nacido cuando la guerra de Sandino, sí he escuchado lo que mis familiares vivieron en aquella época, unos para bien, otros para mal. Y si yo no hubiera leído sobre Sandino, si no me hubiera instruido, para mí y para mi hermano pequeño, Marlon, Sandino hubiera sido solamente un bandolero, como Pedrón Altamirano, de tan mal recuerdo para los jinoteganos. Pero nos instruimos y tuvimos que separar las barbaridades que hizo Pedrón de lo que Sandino quería hacer.

Sandino era el jefe de aquella guerrilla, pero como miembro que fui de un grupo armado, aprendí que no es lo mismo lo que piensa el jefe de lo que hacen sus soldados. Además, entendí que Sandino no conocía las montañas en las que luchó. Él era de Niquinohomo, del Pacífico. No conocía la montaña, no era campesino. Fueron campesinos de las montañas de Jinotega y Matagalpa los que se las dieron a conocer. Y no necesariamente los campesinos que le acompañaron eran las mejores personas, algunos eran cuatreros que estaban huyendo de la autoridad y vivían enmontañados.

Digo esto porque no debemos de extrañarnos cuando alguien relata crueldades cometidas por los combatientes de Sandino. Igual pasó en la guerra de los 80, en la que yo participé y sé que tanto los combatientes de la Revolución como los combatientes de la Resistencia cometieron atrocidades. Hubo episodios de crueldad en la guerra de Sandino, los hubo en la revolución sandinista y los hubo en la guerra de los 80.

¿Quiénes fueron mejores o peores? No soy nadie para dilucidarlo. Hoy, después de haber visto lo que he visto, he hecho mía una moraleja que dice: Nadie puede ser tan bueno-bueno que no le haya hecho un mal a nadie y nadie puede ser tan malo-malo que no le haya hecho un bien a alguien. También he hecho mía la convicción de que todos los nicaragüenses tenemos la obligación de re-escribir la historia de Nicaragua con la verdad, para que les dejemos a las futuras generaciones un camino mejor, el que ellos tendrán que recorrer.

Soy hermano mayor de Marlon Zelaya, fundador de la Juventud Sandinista. Los dos ingresamos en la política cuando en un barrio de Jinotega la guardia somocista mató a un muchacho al que le decían “El Callado”. Marlon y yo nos metimos entre los guardias para ver al muerto. No entendíamos bien por qué lo habían matado, pero creo que ese día y allí se nos sembró la semilla: había jóvenes que peleaban por “algo”. Después, al padrastro de nosotros, que era del Partido Conservador, el partido que hacía oposición a Somoza, lo echaron preso. En ese ambiente, ya desde los trece años, Marlon quiso incorporarse a la lucha antisomocista en el Frente Sandinista, que empezaba a organizar gente por Jinotega. Él, con Ernesto Cabrera, “Cabrerita”, y con otros jóvenes se metieron a eso. Marlon combatió después en el Frente Sur, y ya con la revolución en el gobierno fue un destacado líder universitario en la UNAN-Managua. Después participó en la guerra al mando del batallón 30-72 de la Juventud Sandinista combatiendo a “los contras”.

En mayo de 1983 yo estudiaba medicina en Estados Unidos cuando me avisaron que Marlon había muerto combatiendo en la montaña. Según la crónica del diario “Barricada”, su batallón había caído en una emboscada de la Contra, hubo fuego cerrado y Marlon ordenó a su batallón que se replegara, mientras él quedó solo ante las tropas enemigas, que lo masacraron a tiros… Una escena heroica. Cuando regresé a Nicaragua yo venía dudando de esa versión. Me hice cargo del entierro, y aunque había órdenes de no hacerlo, tuve la osadía de destapar el féretro. No aprecié ningún disparo en su pecho y cuando le di la vuelta comprobé que tenía un solo tiro en la espalda sin orificio de salida. Y aún había trazos de pólvora en el orificio que había hecho la bala que lo mató. Deduje entonces que él no murió por armas de largo alcance en combate, sino por un tiro por la espalda y a corta distancia. Fue ahí, en ese momento, cuando nació mi indignación personal con la revolución. Cuando después yo decía que a él lo había matado uno de los suyos sonó a herejía, pero yo sabía bien por qué lo decía. Mi hermano siempre fue muy autocrítico. Ya en 1980 yo le había dicho: “Mucho andás en Managua y entre papeles en la universidad, tenés que ver lo que está pasando en el campo” y lo llevé a Pantasma, a Wiwilí, a varios lados, para que él viera y oyera el descontento de los campesinos con la revolución, los atropellos que estaba haciendo el Ejército en esas zonas… La última vez que lo vi fue en diciembre de 1982.

Ese día, lo recuerdo, me dijo que no estaba de acuerdo con que la revolución impusiera la ley del servicio militar y que Daniel Ortega debía dejar de ser el que mandaba. También me comentó que con su batallón iba a ir de nuevo al campo “para ver si es verdad que estamos matando guardias somocistas o estamos matando campesinos”, me dijo preocupado. Unos meses después Marlon murió de la forma en que murió.

Apenas dos meses después de su muerte el Frente Sandinista realizó un operativo en Pantasma donde hizo verdaderas atrocidades. No sé lo que hubiera dicho Marlon al conocer los atropellos que allí se cometieron. Pienso que lo de Pantasma ya estaba decidido y los dirigentes del Frente valoraron que él hubiera sido muy crítico y temieron que esa crítica influenciara a la juventud en la Universidad. Era mejor sacarlo del medio y elaborar una historia heroica y romántica de su muerte, convirtiéndolo en un héroe. ¿Cuántos casos no habrá habido parecidos al de Marlon? No sabemos. Lo que sí sabemos ya es que la cúpula de mayor poder en el Frente Sandinista ha eliminado a cuadros suyos siempre que les estorbaban…

El operativo de la revolución en Pantasma fue cruel. Capturaron a más de cinco mil campesinos, los echaron presos, los confiscaron, les robaron todo su ganado… Mucha de mi familia pasó por eso. A los presos los llevaban a Waswalí. Cuando veo hoy a tantas madres buscando a sus hijos presos en la cárcel de El Chipote, cuando oigo relatos de muchachos apresados, cincuenta días encerrados en un hoyo… recuerdo Pantasma. Crueldades así las vivimos en 1983 en Pantasma.

Se está repitiendo la historia. Waswalí fue ayer para el Norte lo que hoy es El Chipote para el Pacífico: uñas arrancadas, torturas de toda clase, hambre, enfermedades, desaparecidos… Centenares de aquellos capturados no aparecieron nunca. En Pantasma se sembró la semilla de la Contrarrevolución. Los horrores que vivieron allí tantos campesinos fueron el parto de la Contra. Campesinos que habían recibido con entusiasmo la revolución sandinista fueron los que a partir de lo que vieron allí fundaron la Contra: Dimas Negro, el Chele Douglas…

Durante los años de la guerra pude comprobar que muchos hijos y hermanos de combatientes sandinistas contra Somoza se incorporaron a la Contra. Muchos no lo decían, se lo guardaban. Yo mismo no dije al principio que yo era hermano de Marlon Zelaya. No me hubieran aceptado, me tuvieron que ver primero en el campo. Luego ya lo conté. Al hermano de Pedro Arauz Palacios, por ejemplo, lo conocí en San Pedro del Norte en la Contra. Él fue el que me dijo que era su hermano. Y en todos aquellos años, a cuántos muchachos heridos del servicio militar no me llevaron para que yo los curara, para que les hiciera una cirugía. Por el furor del combate me decían algunos combatientes: “¡Matemos a este sandinista!” Y yo les decía: “No, es sandinista como lo fue mi hermano”. Y los curaba. Y salvé a muchos, que ahora son lisiados de la Resistencia Nicaragüense.

Se incorporaban a la Contra sandinistas decepcionados. Y otros que no eran sandinistas, que eran sólo campesinos. De Yalí, donde participé en varios combates, era Santiago Meza, “Cinco Pinos” se llamó en la Contra, un muchacho que se hizo tan famoso y tan temido. Todavía hoy cuando llego a Yalí si menciono su nombre la gente se esconde. Pero, ¿quién era él…? Él no fue guardia somocista, él era un campesino que se estaba criando con su papá y con sus siete hermanos más pequeños que él, todos varones. Su papá había sido mozo de un montón de gente de por allí y tenía cinco manzanas donde sembraba café. Un día llegó el Ejército Sandinista y lo consideró un “terrateniente” contrarrevolucionario por tener tanta tierra… Seguramente porque el jefe del Ejército en esa zona era de Occidente y en León y Chinandega quien tenía cinco manzanas tenía demasiada tierra… El Ejército agarró al papá de aquel muchacho, lo golpeó hasta hacerlo escupir sangre y se lo llevó preso. Sus ocho hijos presenciaron aquel abuso.

La Contra llegó un día por esos lados y llegaron los ocho hijos de aquel campesino buscando a los contras. Daba lástima el mayorcito. “Los ando buscando”, dijo llorando, se le salían los mocos… Tenían como quince días de andarnos buscando. Por lo que le habían hecho a su papá él quería unirse a nosotros. Quería vengarse. Y ese muchacho campesino, que a saber cuántas veces lo habían humillado diciéndole “quitate de aquí, ¡andate, no servís para nada!” se convirtió en una fiera en la guerra. Era temerario. Hasta yo mismo decía: este muchacho está loco… Tenía un resentimiento enorme y ese resentimiento lo lanzó a muchísimos ataques violentos a cuarteles y a cooperativas de la zona. Pero, ¿quién fue el culpable de sus crímenes…? Él estaba tranquilo con su papá y sus hermanos en sus cinco manzanas… ¿Por qué tocarlos, por qué atacarlos…?

Creo que en todas las revueltas y revoluciones de nuestro país nunca le hemos dado al campesino el valor que tiene. Nunca. Incluso ahora, tampoco la Unidad Nacional Azul y Blanco le está dando el lugar que merece al movimiento campesino. Tenemos que apoyar la Unidad, pero tenemos que lograr que en la Unidad se escuchen las voces de todos, las de los campesinos, las de los liberales, también las que vengan del sandinismo, porque no creo que un buen sandinista esté de acuerdo con la matanza que está haciendo este hombre, y lo digo por mi hermano Marlon, que fue un buen sandinista y hoy estaría del lado azul y blanco. Sabiendo que en todos los grupos humanos hay buenos y hay malos, tenemos que entender que somos diversos, tenemos que reencontrarnos y ser autocríticos para construir un nuevo país con las mejores personas.

La guerra no es buena, nunca es buena. En los años 80 las comunidades campesinas del Norte y del Centro de Nicaragua estaban ante un terrible dilema: el Ejército o la Contra. Si pasaba la Contra y estaban en sus casas los contras decían: “Si te has quedado es porque sos sandinista” y tomaban represalias. Y si pasaba el Ejército, lo mismo, pero al revés. Pasaban unos y pedían de comer, pasaban los otros y pedían de comer… Y los contras los considerábamos sandinistas si daban una gallina a los del Ejército y los del Ejército los consideraban contras si nos habían dado un chancho a nosotros… Metimos al campesinado en un dilema de vida o muerte: o irse con el Ejército o irse con la Contra, y en ambos casos tenían que hacer lo mismo: volar tiros y matar a otros nicaragüenses.

En el Norte y en el Centro del país ha habido guerra y represión desde los años 80. Durante la guerra hubo crímenes de todo tipo y de ambos bandos, ya lo he dicho. Y nadie ha pagado por esos crímenes. En 1990 se decretó una amnistía que establecía olvido total de todo lo ocurrido esos años. Nos desmovilizamos los de la Resistencia y continuó la represión. El Ejército, con las tácticas que bien sabe emplear, mató a 400 de nuestros combatientes después de haberse desmovilizado, prácticamente todos campesinos. Presentamos las pruebas de estas violaciones de derechos humanos a la OEA, que hizo algún reclamo, pero todo quedó durmiendo el sueño de los justos, a pesar de que estuvieron en el poder tres gobiernos liberales.


La represión del nuevo gobierno de Daniel Ortega no empezó el 18 de abril. Nunca cesó la represión en el campo contra quienes pertenecieron a la Resistencia o simpatizaron o eran sospechosos de estar apoyando a los rearmados con motivaciones políticas, que empezaron a aparecer en la montaña rechazando los abusos del nuevo gobierno de Ortega y su reelección. Hemos sido víctimas de ejecuciones extrajudiciales, de asesinatos selectivos. Recordemos casos muy recientes, como el de Andrés Cerrato, un campesino de Ayapal que puso una denuncia en los Derechos Humanos porque el Ejército lo acosaba y a los tres días lo secuestraron y le metieron 42 balazos en el cuerpo. Recordemos el caso de la mochila bomba que mató a dos campesinos en Pantasma. O el caso de doña Elea Valle, a la que un operativo del Ejército en la Cruz del Río Grande le mató a sus dos hijos y hasta hoy reclama sus cadáveres para darles un entierro digno. Todas esas acciones las ha pensado y las organiza gente de la Inteligencia del Ejército. Pero para llevarlas a cabo necesitan a campesinos que conozcan la montaña. ¿Y a quienes buscan para realizarlas? A combatientes de la Contra que fueron malos en la guerra y que siguieron haciendo el mal después.

Les ofrecen dinero, licor y mujeres, una oferta muy habitual en todos los ejércitos. Son esos ex-contras que conocen la montaña los que disparan, los que les llevan a los campesinos la mochila bomba preparada por el Ejército, los que delatan… Son los que fueron contras los que son captados para hacer esas acciones criminales.

Cuando vino Almagro en diciembre de 2016 hubo varias reuniones con él. A la que tuvo con políticos me invitaron. Cuando llegó mi turno de decirle unas palabras, le dije lo que los campesinos sienten: “Desgraciadamente, en este país a los campesinos nunca se les ha hecho caso. Y a los contras nunca se nos ha cumplido. En el año 90 nosotros los contras dejamos las armas a cambio de que hubiera democracia en Nicaragua. Entregamos las armas, pero no hubo democracia, así que declaramos nula esa transacción: que nos regresen las armas y volveremos a luchar por la democracia”. Almagro sonrió y cuando salí me querían echar preso por “guerrerista”.

En la montaña se han mantenido en los últimos seis años rearmados con motivaciones políticas opuestos al gobierno de este hombre. “El Flaco” es uno de ellos. Fue soldado contra en los años 80, perteneció al batallón del Cuerpo Médico de la Contra, con los que yo trabajaba. Está también en la montaña “Cabezón”, otro que también estuvo ahí. Después de abril “Cabezón” fue jefe en el tranque en Waslala y cuando fueron a apresarlo se enmontañó. Esos dos y algunos otros saben combatir, pero ya están viejos… Y desde abril con ellos andan 200 o 300 civiles. Desde el 18 de abril la represión en las zonas rurales ha hecho que centenares de campesinos huyan a la montaña. Enmontañados hay muchos, rearmados sólo algunos.

Ortega quisiera una guerra civil, estamos convencidos. ¿Qué está haciendo actualmente en zonas del Norte? Ayer mismo me mandaron fotos de San Pedro de Awasás y de San Juan de Awasás, pobladitos de alrededor de San José de Bocay. ¿Qué hacen en lugares así…? Llegan al poblado quince o treinta paramilitares bien armados. Entran, se exhiben para que todos los miren, para que les teman. Roban un chancho, se comen unas gallinas, atemorizan a los muchachos y se van… Los muchachos se enfrentan entonces a un dilema: o se unen a esos paramilitares para sentirse seguros o se van con los rearmados a la montaña.

Hay que evitar a toda costa una guerra civil. Yo no dejo de decírselo a los muchachos. El problema es cómo lidiar con la desesperación de la gente en el campo. Porque hay gente en el campo que está siendo perseguida y hace ya cuatro o cinco meses huyó a las montañas. Meses sin ver a la mujer, sin ver a los hijos, durmiendo en el monte… Ellos se desesperan y en ese desespere creen que hacerle la guerra a este hombre es el único camino. Yo les digo que ése no es el camino, porque cambiar el formato de la lucha que se tiene en el Pacífico, que es una lucha cívica, que es sin armas, no nos conviene a nadie.

Es ese formato lo que nos ha conseguido tanto respaldo internacional.
Yo les digo que una guerra lo que va a traer es más muertes. Yo les digo también que hacer una guerra no es sencillo porque tener un ejército para enfrentar a este hombre no es fácil. Y cuando les digo eso, ellos me increpan y me dicen: “Y entonces, ¿cuántos muertos más va a matar Daniel Ortega?” Y tienen razón. ¿Qué más tiene que hacer este hombre para acusarlo en una corte internacional de crímenes de lesa humanidad? Prácticamente yo he sido como el vocero de la Resistencia. Paso diciéndoles a los armados que esa vía no es la solución. Pero tampoco les digo: “No anden armados y regresen a sus pueblos”. Porque si lo hacen, lo que vamos a tener es más prisioneros, más muertos y más desaparecidos que después aparecerán muertos. Sería una irresponsabilidad mía decirles que entreguen las armas. Lo único que les digo es: “Manténganse vivos, traten de sobrevivir y si los encuentran, ni modo, respondan, porque eso es defensa propia, legítima defensa”. También les digo que no hagan ninguna atrocidad a nadie… y gracias a Dios no las han hecho.

Armar un ejército requiere de mucha plata. Y de gente joven. Los combatientes de los 80 tienen experiencia y la mayoría puede dirigir, pero no pueden combatir. Una guerra requiere de muchas armas. Hablamos de los rearmados en las montañas, pero aunque están armados no lo están para hacer una guerra ni para hacer ninguna operación de envergadura. ¿Qué va a hacer un soldado con un aka que sólo tiene 30 tiros? ¿Qué van a hacer con un herido en el abdomen, en la cabeza, en un pulmón, a dónde lo llevan, cómo lo curan…?

Hacer un ejército significa también entrenar a mucha gente. Tampoco tenemos un país amigo que nos dé las armas y nos preste una retaguardia y recursos para los heridos. A pesar de todo esto, pareciera que el Ejército promueve un enfrentamiento militar según lo que vemos que pasa en algunos poblados: por un lado mandan a paramilitares a zonas que fueron de la Contra para alentar a los jóvenes a que se enmontañen, y por otro lado dan crédito a que hay rearmados para que los muchachos de esas zonas se vayan desarmados a engrosar esos grupos y así provocar lo que pueda ser el inicio de una guerra civil… o una masacre. No me extrañaría que ellos mismos, los del gobierno, proporcionen armas para tener pruebas de que también del lado nuestro matamos, de que esta lucha no es nada cívica. Es urgente salir de este conflicto antes de que la desesperación nos lleve por el tortuoso camino de la guerra. Es urgente que quienes nos apoyan en el mundo, internacionalmente, actúen pronto y se salgan del guión de lo “políticamente correcto” en declaraciones y resoluciones, porque este hombre no va a entender hasta que sus hijos aparezcan en la Ley Magnitsky, hasta que él y su mujer tengan una acusación por crímenes de lesa humanidad y sean perseguidos internacionalmente.

Uno de los grandes déficits que tuvo la lucha de la Resistencia es que nunca contamos con personas intelectuales. Los intelectuales de Nicaragua fueron enemigos de la Contra. Un gran éxito de Sandino fue contar con el respaldo de muchos intelectuales de su época. Unas palabras, un texto, una poesía, una canción tienen mucho poder. Yo le he dicho a Carlos Mejía Godoy: “La Guardia de Somoza mató a cinco campesinas de El Cuá y vos les dedicaste esa preciosa canción “Las mujeres de El Cuá”. Y en la Contra murieron diez mil mujeres y vos no les dedicaste ni una canción”. Es muy bueno para nuestra lucha azul y blanco que Sergio Ramírez, Gioconda Belli, Carlos Mejía Godoy se pronuncien a favor de este esfuerzo, que los obispos y los curas se pronuncien a nuestro favor.

Estoy cierto que el pueblo de Nicaragua quiere mantenerse en una lucha cívica y pacífica y no se va a conformar solamente con sacar a Daniel. Quiere mucho más y está decidido a conseguirlo. Creo que Dios está con nosotros en esta revolución no armada y creerlo nos da una enorme fuerza para mantenerla así.

En la guerra de los 80 yo fui médico, combatí, curé a muchos, operé a muchos, a otros los vi morir… Yo bautizaba a los niños. Lo que no me gustaba mucho era hablarle a los que iban a morir. No me sentía con la estatura espiritual de decirle a alguien que se estaba muriendo y que se fuera tranquilo, pero tenía que hacerlo. Tengo todavía más de dos mil mensajes escritos por muchachos que antes de morir se los mandaban a sus madres. He buscado a esas mujeres y no las he encontrado… En un momento, decidimos organizar un grupo de “capellanes” en cada batallón. Al comienzo hubo resistencia: ¡Aquí no estamos para rezar, estamos para disparar!, me decían. Pero tuvieron que aceptarlo porque yo ya era miembro del Estado Mayor.

Formamos así a más de 1,300 capellanes y eran ellos los que acompañaban a los muchachos heridos que iban a morir. Cuando terminó la guerra muchos de ellos se hicieron pastores evangélicos. Recuerdo a uno de mis paramédicos, que se puso “Hitler” de seudónimo, imagínense lo que pensaba… Era de San José de Bocay. Finalmente se hizo capellán y a medida que fue conociendo la Palabra de Dios fue cambiando y hoy es conocido como “Lázaro”.

Yo creo en Dios, pero nunca dije que Dios apoyaba a la Resistencia, nunca. Más bien, notando que al terminar todos los combates en los que participaba caía una lluvia fuertísima les decía siempre a mis soldados: “¿Ven? Dios está bravo con nosotros, éstas son las lágrimas de Dios, que llora por los muertos de un lado y también por los muertos del otro lado”. Confiemos en Dios que esto termine pronto, para que no haya tiempo ni de machetes ni de fusiles. Confiemos en que sin volar tiros haremos una patria vigorosa como la soñó Sandino. Como la soñaron miles y miles de combatientes sandinistas que murieron peleando contra Somoza. Y como la soñaron miles y miles de combatientes que murieron peleando en las filas de la Contra. Como también la soñaron los quinientos muertos que tenemos desde abril.

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