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  Número 416 | Noviembre 2016
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Nicaragua

El proyecto Ortega-Murillo: cuatro claves de un éxito volátil

Daniel Ortega fue reelecto por segunda vez consecutiva y por cuarta vez en los últimos treinta años. En esta ocasión, con una abstención inédita en la historia electoral de Nicaragua. Además de las evidencias del viciado sistema electoral, hay razones que explican el porqué de su éxito en los últimos años. ¿Será la masiva abstención del 6 de noviembre una señal de lo volátil de esos éxitos? Aún es pronto para saberlo.

José Luis Rocha

El régimen que edificó Hugo Chávez se resquebraja sobre un proceloso mar de petróleo, en 2009 Mel Zelaya fue depuesto por un golpe de Estado que suscitó un repudio sin eficacia y Evo Morales ha tenido que enfrentar crisis alimentarias y masivas protestas por algunas de sus medidas. El comandante petrolero, el comandante ganadero y el comandante cocalero -como los bautizó Chávez- no consiguieron construir un dominio con la aparente estabilidad sobre la que se asienta la autarquía del cuarto comandante del socialismo del siglo 21: el comandante guerrillero Daniel Ortega.

¿POR QUÉ HA SOBREVIVIDO?


El Club Alba de los cuatro amigos pasó a la historia. El petróleo que los unía pierde valor. Pero Ortega, y aún más su esposa Rosario Murillo -doblemente consagrada como consorte conyugal y consorte política tras ser entronizada en la Vicepresidencia-, siguen gritando “Nicaragua cristiana, socialista y solidaria” a quienes quieran oírlos. No son muchos. Ni siquiera entre sus correligionarios. Las apoteósicas celebraciones anuales del 19 de Julio muestran a multitudes distraídas o entretenidas con las acrobacias de las pirámides humanas, ajenas a los discursos de cariz catequético con que el comandante quiere instruirlos, guiado por los papelitos que Rosario Murillo le va deslizando a la vista de todos, como quien quiere ser tenida -o vilipendiada- como el poder tras, junto, bajo, sobre y ante el trono. En las liturgias que semejan las celebraciones del 19 de julio, Murillo ya no será sólo la lectora de moniciones: podrá recitar sus propias homilías.

Ortega no tiene el carisma de Chávez ni la verosimilitud que Zelaya tenía al formular promesas que no pensaba cumplir ni tiene el símbolo que representa Evo Morales, un indígena aymara en el gobierno... ¿Cuáles son entonces las claves de su éxito? ¿Por qué su dominio ha sobrevivido con menos perturbaciones que el de los otros tres comandantes? Las respuestas son múltiples.

UNA MUY ARRIESGADA DECISIÓN


Tras el simulacro de elecciones del pasado 6 de noviembre, el FSLN dio un paso temerario al colocar a Rosario Murillo en el doble papel de Primera Dama y Vicepresidenta. En los años 80 Murillo presidió la Asociación Sandinista de Trabajadores de la Cultura (ASTC), una suerte de Ministerio de Cultura paralelo al que dirigía Ernesto Cardenal, con quien siempre sostuvo una rivalidad que escindió a los artistas y escritores nicaragüenses. En ese entonces su poder se vio menguado por la Dirección Nacional de nueve comandantes que lideraban el proceso revolucionario.

El giro del FSLN hacia la autocracia le dio desde 2007 a Murillo un poder sin precedentes para una Primera Dama. Son numerosas las especulaciones sobre la decisión de transformarla ahora en Vicepresidenta: ¿Darle más poder formal y visibilidad de los que ya ha tenido? ¿Preparar una sucesión para que el poder quede en familia? ¿Sentar las bases de una nueva dinastía, semejante a la de los Somoza? Sea cual sea la motivación, la medida es muy arriesgada porque Murillo despierta considerable animadversión tanto en las filas de la oposición como en las del FSLN.

Sin embargo, la pareja presidencial parece fiarse de la solidez de su dominio. Realmente, se sienten sólidos y avalados por un éxito de diez años para dar un tan arriesgado golpe de mano. Nos fijaremos sólo en cuatro claves de su éxito, las cuatro nos remiten a aspectos estructurales: las relaciones con una oligarquía dividida, la insignificancia de Nicaragua, el clientelismo y la cooptación del populismo.

EN LOS TIEMPOS DE SOMOZA


La década de los años 80, entre otros terremotos sociales, sacudió la forma en que las élites nicaragüenses estaban articuladas. Las posibilidades de esta sacudida se remontan a las décadas previas a la revolución sandinista.

Los tres grupos de la élite que Jaime Wheelock identificó en su libro “Imperialismo y dictadura” estaban cohesionados por adversar al enemigo común que los mantenía alejados de la tajada del león: el grupo de los dados cargados, el de Somoza y sus compinches. Sus intereses eran muy diversos y cada sector se fortalecía en torno a un banco. La tentación actual es considerar a los banqueros como un grupo monolítico, considerando exclusivamente los obvios intereses comunes y haciendo caso omiso de que históricamente­ en Nicaragua los bancos han sido la tenaza financiera de grupos diferentes: el agropecuario, el comercial y el inmobiliario. Ahora no están agrupados por sectores económicos, pero no coinciden en sus intereses, como se puso de manifiesto en el canibalismo que resultó -y motivó- las quiebras bancarias de principios del siglo 21.

EN LOS AÑOS DE LA REVOLUCIÓN


Cuando cayó el sultanato somocista, algunos miembros de estos grupos se sumaron al proyecto revolucionario, muchos salieron del país y otros se quedaron dentro y gradualmente­ fueron presentando resistencia al sandinismo. Un texto ya clásico de Carlos Vilas da cuenta de los vínculos que han unido a estas élites. Pero en el seno de esos nexos siempre presentes se fueron gestando diferencias ideológicas­ que a la postre resultaron no ser netamente ideológicas, porque algunos ex-miembros de la oligarquía son actualmente asalariados de alto nivel en ONG y en agencias internacionales.­

Han sido destetados a la fuerza porque así como se fragmenta el minifundio agrícola, también se fragmentó el capital que estuvo estancado en los años 80. En suma, a las diferencias por sectores económicos se añadieron las escisiones ideológicas. La terciarización de la economía nicaragüense vino a espolvorear mayor complejidad sobre este panorama: el boom de las consultorías de toda laya, el surgimiento de nuevas empresas exportadoras, la expansión del mercado de seguros y la proliferación de nuevas y boyantes industrias -como la de la seguridad privada- dio a luz a un segmento muy variopinto de oligarcas emprendedores y ricos­ de nuevo cuño, donde suele saberse quién es quién, pero no siempre quién está con quién y menos aún quién piensa qué.

EL EMBUSTE DEL CANAL


Daniel Ortega ha sabido aprovechar esta diversidad: coopta, compra, alquila grupos, asociaciones, personas y conciencias. El soborno de alto nivel es su mejor herramienta. Algunos ejemplos ilustran su estrategia. El proyecto del Canal Interoceánico fue proyectado para convertirse en la nueva “revolución de las oportunidades”, nombre que el último Somoza dio al terremoto de 1972 porque le permitió multiplicar su fortuna mediante la rapiña de la ayuda internacional a los damnificados.

El canal es a todas luces un embuste, pero es una oportunidad de acaparamiento de tierras, entre otras cosas. No habrá canal, pero sí una serie de inversiones alrededor de la posibilidad del canal y sus efectos colaterales, los denomina¬dos “subproyectos asociados”: zonas libres, aeropuertos, centros turísticos… La faceta menos visible -y sin embargo, la más real- es la oportunidad de trabajo con salarios astronómicos para muchos ex-oligarcas reciclados en tecnócratas especializados en medioambiente, cálculos financieros, trapicheos legales y obras de ingeniería. Los tecnócratas aplaudieron, listos para abrevar en las aguas revueltas del canal.

La ficción del canal ha cristalizado en beneficios reales y también hay promesas de contratos para compañías constructoras. Por esa razón algunos de los miembros más connotados del Consejo Superior de la Empresa Privada (COSEP), principalmente los ligados a la Cámara de la Construcción, se dejaron cortejar en un viaje a China con gastos pagados por el gobierno.

LAS ÉLITES FINANCIERAS


Otro sector de las élites es el ligado al Banco de la Producción (BANPRO), que fue uno de los principales beneficiarios de las compactaciones de bancos con que arrancó en Nicaragua el siglo 21. Se puede rastrear el origen de su capital en las inversiones algodoneras y en comercio de mediados del siglo 20, pero un nuevo proceso de acumulación
-la accumulation by dispossession de la que habla David Harvey- tuvo lugar con las quiebras bancarias y la absorción de las carteras -presuntamente contaminadas- de los bancos condenados a la quiebra por la Superintendencia de Bancos en un proceso que ha sido cuestionado con evidencias en mano. El BANPRO ha sido el custodio de gran parte de los fondos del ALBA y del Instituto Nicaragüense de Seguridad Social (INSS). Suficiente razón para cerrar el pico.

También para cerrar el grifo del apoyo financiero que brindaba a Eduardo Montealegre, dirigente de la oposición liberal y miembro de la oligarquía, precisamente del sector que se aglutinaba en torno al BANIC, el grupo más comercial que prosperaba a la sombra del somocismo y que en 1979, cuando cayó la dictadura, hizo maletas y se instaló en Estados Unidos.

Las contraprestaciones del BANPRO no se han detenido ahí: en 2011 compró “El Nuevo Diario”, un periódico de raíces sandinistas, para entonces ya muy crítico de Ortega y muy sobresaliente en reportajes de periodismo de investigación que desenmascaraban casos de corrupción. Las caricias financieras al BANPRO tuvieron buena cosecha: cortar el mecenazgo a Montealegre y neutralizar a un diario que promovía un periodismo independiente.

Otra señal de los amarres entre el gran capital y Ortega lo tenemos en las casetas de Migración del aeropuerto de Managua, donde presentan pasaporte y papeles quienes llegan en avión. Ninguna tiene algún un logo insti¬tu-cional, todas sin excepción tienen anuncios del ron Flor de Caña, empresa del Grupo Pellas, el más poderoso del país.

OLIGARQUÍA DIVIDIDA, ÉLITES SOBORNADAS


Como buenos estrategas, los más astutos miembros del FSLN saben que un correligionario puede traicionar, pero un adversario bien pagado es un aliado fiel. Estos pequeños pactos con las élites son sólo algunos ejemplos de cómo el FSLN ha sabido ganárselos, “pues untándoles las manos, les ablanda el corazón”, como escribió Quevedo.

La política tributaria ha sido una herramienta de mayor alcance. Esa política mantiene 850 millones de dólares anuales en exenciones de impuestos al gran capital, equivalentes al 7% del Producto Interno Bruto -algo impensable en un gobierno de izquierda-, otorga beneficios fiscales para ciertos tipos de inversión y, en general, ha consolidado una estructura regresiva de impuestos. Ese pacto ha descansado en la cooperación petrolera de Venezuela: la mitad del petróleo recibido a pagar en 25 años de plazo y con 5 de gracia al 2% anual. El mantenimiento de un salario mínimo bajo y una legislación laboral flexible ha sido música para los oídos de inversionistas nacionales y extranjeros.

En este contexto de alianzas tácitas y explícitas, el sector de las élites que está en las ONG y en los medios de comunicación -no muy extenso, pero sí de amplia cultura y calidad crítica- ha quedado debilitado. Unos tienen raíces sandinistas, otros no han cesado de ser la voz de la oligarquía. No se pueden unificar por razones ideológicas. Tampoco saben presentar un frente sólido por separado. Ambos han perdido capacidad de obtener un claro y serio respaldo de la oligarquía empresarial porque la carnada financiera de Ortega es muy eficaz. Con una oligarquía dividida y una elevada tasa de subempleo y empleo informal -8 de cada 10 nicaragüenses sobreviven en la informalidad-, no hay posibilidad de montar una huelga que ponga en jaque al régimen, como ocurrió en tiempos de Somoza.

SIN EMBARGO...


Sin embargo, el fantasma del desplome de la autarquía está rondando. El FSLN sabe bien que las élites que le habían hecho el juego al somocismo cambiaron repentinamente y colaboraron muy activamente en el defenestramiento de la dictadura. Son aliados pagados: cuando cesa el pago, el pacto colapsa. El fin de la cooperación petrolera venezolana podría alterar un cambio en la política fiscal que afectaría no sólo a los sectores populares, también a las élites.

LA IMPORTANCIA DE CARECER DE IMPORTANCIA


Nicaragua no es un espacio clave para la geopolítica estadounidense. No presenta los niveles de violencia que por décadas han afectado a sus vecinos del norte de Centroamérica y, por consiguiente, no es un país emisor de migrantes en cantidades comparables a las de esos tres países. Tampoco tiene petróleo como tiene en cantidades Venezuela.

Estados Unidos sigue siendo el principal socio comercial de Nicaragua, pero Nicaragua es un diminuto socio comercial para Estados Unidos y no tiene ninguno de los productos más apetecidos en el Norte por escasos o valiosos. Nicaragua es sustituible en el ámbito comercial y apenas visible en el ámbito político. Su papel marginal en la geopolítica estadounidense puede ser medido precisamente por la tolerancia con que Washington ha escuchado las bravuconadas antiimperialistas de Daniel Ortega, retórica hueca acompañada por patéticas brazadas de ahogado.

El monto de la ayuda a Nicaragua del gobierno estadounidense (56 millones de dólares anuales) y los temas que ocupan a la USAID en Nicaragua también son un indicio del escaso interés que el país reviste para la gran potencia: capacitación de jóvenes líderes, VIH/SIDA, becas para que jóvenes del Caribe Sur estudien primaria y secundaria, becas para estudiar inglés y promoción de asociaciones público-privadas en el sector social.

La aparente patente de corso de la que goza Ortega, a pesar de las revelaciones de Wikileaks que mostraron la preocupación de “la embajada” por la corrupción policial y los nexos con el narcotráfico, se basa en esa carencia de importancia y en una política de colaboración en temas clave, como es el freno a la migración. Actualmente, centenares, en ocasiones miles, de migrantes africanos, haitianos y cubanos quedan varados en Costa Rica porque la política migratoria de Ortega, que oficial y significativamente se llama “muro de contención”, no les permite continuar su camino rumbo al Norte. La embajadora estadounidense en Nicaragua, Laura Dogu, ha manifestado su complacencia con una política en la que ve un freno al narcotráfico y un esfuerzo coordinado con Estados Unidos.

¿UNA CICIG PARA NICARAGUA?


Daniel Ortega ha cosechado frutos por gobernar un país que carece de importancia y por sus modestas colaboraciones en temas delicados. ¿Será siempre así? La oposición nicaragüense ha apostado por hacer del Departamento de Estado y Capitol Hill sus muros de las lamentaciones, pidiendo al todopoderoso imperio que se acuerde de poner orden en sus dominios.

Líderes de los partidos de oposición -incluso los que se presentan como centro-izquierda- visitan a los congresistas y se hacen selfies con ellos que luego exhiben en sus redes sociales. Probablemente, su esperanza es que se repita en Nicaragua el experimento guatemalteco: la Comisión Internacional contra la Impunidad en Guatemala (CICIG), organismo de la ONU, respaldado por Estados Unidos, presente allí desde hace años, que en 2015 y con gran presión social condujo a la destitución y encarcelamiento de Otto Pérez Molina y Roxana Baldetti. En Guatemala, sectores de izquierda aplauden estas intervenciones imperiales, harto civilizadas si se las compara con la inveterada política del gran garrote.

¿Por qué el buenazo de Obama no podría hacer lo mismo en Nicaragua? ¿No lo podría hacer ahora el malazo de Donald Trump? Por el momento, porque Nicaragua no es Guatemala. Obviando los espinosos temas del narcotráfico y los altos índices de violencia, basta un solo detalle que explica por qué Estados Unidos prioriza a Guatemala por encima de la paupérrima Nicaragua, reputada como el segundo país más pobre en América Latina: en 2014 los guatemaltecos detenidos ingresando irregularmente a Estados Unidos fueron, según datos oficiales estadounidenses, 97 mil 151 y los nicaragüenses apenas fueron 2 mil 912, una diferencia que en parte explica que Guatemala reciba 162 millones de dólares anuales de Washington, y no 56 como recibe Nicaragua.

SIN EMBARGO...


El imperio ha perdido interés en Nicaragua. Pero podría recuperarlo de forma repentina, inesperada Nicaragua podría convertirse en un terreno de importancia para Washington si el malestar que ahora ya existe por el modelo de gobierno de Ortega se multiplica y se transforma en propulsor de migran¬tes, sumando el de Nicaragua a los ya inestables y expulsores territorios de Honduras, Guatemala y El Salvador.

Existe un primer paso en esa dirección: la “Nica Act”, que impone sanciones al gobierno de Ortega por las violaciones a los derechos humanos, la corrupción, el retroceso de la democracia representativa y el desmantelamiento del sistema de elecciones libres, que ha culminado en 2016 en el montaje de un simulacro de elecciones dejando fuera del juego a la principal fuerza opositora con una estratagema legal que adjudicó la propiedad de la personería jurídica del Partido Liberal Independiente a un político al servicio del orteguismo.

Aunque el proyecto de ley ya fue aprobado por la Cámara de Representantes, podría quedarse en un gesto sin mayores repercusiones y no ser más que un sketch sin continuidad ni inserción en una obra mayor, pero también podría reactivarse en 2017 y convertirse en el primer paso hacia un giro en el tratamiento que dé Washington al caso nicaragüense.

De Donald Trump quizás pueda esperarse cierta indiferencia hacia la pequeñaja Nicaragua. Pero también podía Trump decidir medidas más agresivas, no dentro de un cálculo instrumental del tipo costo-beneficio inmediato, sino como dentro de una política que podría ser extremadamente teatral.

En ese escenario -término muy manido como metáfora pero que aquí es literal-, Nicaragua podría servir para enviar un mensaje del tipo “Se lo hago a Pablo para que entienda Pedro”. Bolivia, Ecuador o cualquier otro vasallo remiso que encuentre Trump en el papel de Pedro recibiría el mensaje.¬

EL CÓCTEL DE ORTEGA: AUTORITARISMO, NEOLIBERALISMO Y POPULISMO


Sólo los analistas infatuados del FSLN sostienen que ganaron las últimas elecciones con 72% de los votos según cifras del Consejo Supremo Electoral. Pero sostener que con estas cifras se oculta un rechazo absoluto a Ortega, porque ya estaría ayuno de respaldo social, es el sueño vano de la oposición.

El FSLN gobernó “desde abajo” durante 17 años (1990-2006) y, fieles a las orientaciones de sus dirigentes, sus activistas cortaron la circulación de calles, paralizaron universidades e hicieron de muchos pandilleros sus condottieri mal pagados pero sumamente eficaces para distribuir persuasivos mamporros. Todos los gobiernos del intermezzo neoliberal sólo pudieron gobernar con la venia del FSLN, a veces contra el FSLN, pero nunca sin el FSLN.

Según los investigadores latinoamericanos Evelina Dagnino, Alberto Olvera y Aldo Panfichi, los grandes proyectos políticos en América Latina pueden ser catalogados como autoritarios, neoliberales o participativos.

Tras su retorno al gobierno en 2007, el FSLN de Ortega ha ensayado un cóctel de las tres modalidades: participativo en la retórica, neoliberal en sus fines y autoritario en sus medios. El neoliberalismo queda patente en su pacto con las élites y en su voluntad de no hacer cambios estructurales. El autoritarismo es obvio en el tratamiento que da a la oposición, incluso a sus correligionarios, a quienes se les exige sumisión absoluta. El trabajo retórico viene acompañado de algunas realizaciones de impacto cotidiano en los bolsillos de estratos de la población olvidada o machacada por los gobiernos que precedieron al de Ortega.

EL CLIENTELISMO DEL SIGLO 21


Los programas sociales y otros cambios que Ortega ha introducido están enviando un mensaje a la gente más pobre y a los sectores medios. Suelen ser subestimados por los analistas de la oposición. Desde que regresó al gobierno Ortega congeló el costo del pasaje de los buses de Managua y subsidia la energía eléctrica a los consumidores que no llegan a 150 kilovatios/hora. En un contexto inflacionario, eso significa un creciente abaratamiento de la movilidad diaria y la energía. Los trabajadores que todos los días deben abordar dos o más buses para llegar de su casa al centro laboral encuentran en el transporte subsidiado un beneficio sustancial. Desde sus cómodos vehículos, muchos analistas no consiguen avizorar el impacto de esta medida.

Con el ojo puesto en las arcas de la seguridad social, tradicional caja chica de gobiernos de izquierda y derecha, Ortega lanzó en su primer período (2007-2011) un decreto que obliga a todos los empleadores a inscribir como cotizan¬tes a todos los trabajadores, independientemente de la duración de su contrato, inscripción que hasta entonces sólo era obligatoria para los contratos por tiempo indefinido. En un contexto de elevado subempleo, informalidad y rotación de cotizantes, eso no significa que vayan a cobrar un seguro de vejez. No se les ha concedido -en un doble tiro de billar- un beneficio a largo plazo, pero el haber ingresado al club de los cotizantes permite que mucha gente de la clase trabajadora y sus familiares tengan ahora acceso a servicios médicos y a medicinas, a subsidio por maternidad y enfermedad y a prestaciones que ahora debe reconocer el empleador.

UN CLIENTELISMO DE COLORES


El gobierno de Ortega ha creado nuevos mercados, con diseño de ferias, donde artesanos y agricultores acuden dos días por semana, desde sitios tan remotos como Wiwilí, incluso de la Costa Caribe, a vender hamacas, carteras de cuero, quesos, crema, orquídeas y el típico pan de coco caribeño. Los gobiernos municipales les apoyan con el transporte y el gobierno central pone a su disposición una infraestructura cuyos costos de mantenimiento, vigilancia y limpieza asume sin pedir retribución alguna.

La retribución está en el mensaje que lanzan a las clases medias de la ciudad que acuden a comprar a precios muy por debajo de los del supermercado. De similar perfil e intención es el Puerto Salvador Allende, construido con fondos venezolanos a orillas del lago de Managua. El malecón que servía de emplazamiento para burdeles y cantinas es ahora un complejo familiar seguro e impoluto, acordonado por una fila de restaurantes y tiendas de artesanías.

En las nuevas infraestructuras, en los nuevos parques de Managua y de todo el país, muros, bancas, botes de basura y rótulos exhiben los colores de la Primera Dama. Toda la gente sabe que es ella la autora de esa cosmética callejera, que también empapa las páginas web y los documentos oficiales del gobierno. Su omnipresente “firma” está siempre ahí para recordarnos que ella estampó su sello. Y aunque a muchos pueda parecer que esta estrambótica decoración raya en el ridículo y se precipita hacia un sitial de honor en los anales del mal gusto, los colores cumplen su cometido: anuncian a la hechora y resignifican el espacio público.

Es imposible borrar la omnipresencia de un sello personal y partidario que constantemente recuerda a quién se debe cada objeto de la inversión pública. Salpicando el país de cabo a rabo con su paleta multicolor, Murillo ha construido un espacio hiperpolitizado, en permanente y ubicua campaña electoral.

El clientelismo del siglo 21 copia la invasión del espacio público de los fascismos del siglo 20. Por eso no debe llamar a sorpresa que, de manera similar al fascismo europeo, la cosmética, los nuevos mercados y museos, den empleo y establezcan un clientelismo abierto, que puede derivar en clientelismo en expansión.

El clientelismo selectivo y cerrado se orienta hacia la contratación de la mano de obra que estos proyectos requieren. El clientelismo indiscriminado y abierto es para el público que, sin motivaciones confesionales, se acerca como consumidor. Estas inversiones, que la oposición denuesta o minimiza, son la base material de una base social.

SIN EMBARGO...


Pero esa base se asienta sobre un terreno volátil, porque todos estos logros -así como también la distribución de vacas, cerdos, gallinas, láminas de zinc y bolsas con comida- han dependido desde su fase embrionaria de la cooperación petrolera de Venezuela. Sin Chávez ni chavismo y sin precios del crudo en alza, los proyectos pueden languidecer. El oleoducto los ha dejado de nutrir. Si el socialismo del siglo 21 en Venezuela fue un socialismo rentista, el de Nicaragua fue un socialismo parásito, montado sobre la mendicidad y no sobre una negociación y exacción al gran capital.

Hoy Ortega se enfrenta a la encrucijada de mantener sus proyectos o privilegiar su pacto con ciertos sectores de las élites. Ya tomó algunas medidas que perjudican a las clases medias y a cierto sector de las élites: control sobre los fondos de la ayuda externa, lo que ha provocado una fuga de agencias de cooperación, incluida la reducción al mínimum vital de la presencia del PNUD. La crisis de recursos venezolanos y la fuga de la cooperación internacional pueden socavar su base social y llevar el malestar a un punto de ebullición, el punto en que los intereses de muchos sectores coincidan para repetir la pesadilla de las elecciones de 1990: todos contra el Frente.

Por el momento, un anticipo del “todos contra el Frente” fue perceptible en ese “muchos sin el Frente” que significó la exigua presencia de votantes en las juntas electorales el 6 de noviembre. Si los analistas políticos del partido en el poder no son negligentes, harían bien en hacer un conteo real de votos para uso interno. Sin embargo, la inveterada práctica regia de matar al mensajero logra que nadie se postule como heraldo de malas nuevas. Mejor recibidos serán quienes vendan a la pareja presidencial las pompas de jabón de nuevos mecenazgos.

LAS TRAMPAS DE LA FE: COOPTAR EL POPULISMO


Por el momento los depósitos en los bancos y la economía se mantienen creciendo. Élites y organizaciones de base han creído cooptar el populismo en versión Ortega-Murillo.

Los dirigentes de las federaciones de cooperativas, la Asociación de Trabajadores del Campo y la Unión Nacional de Agricultores y Ganaderos han obtenido prebendas y sinecuras que los han dejado ahítos. Las élites mantienen y suman más privilegios, una legislación laboral neoliberalizada y una estabilidad que envidian sus contrapartes en la región. Los gobiernos de Alemán y Bolaños, que precedieron al sandinismo reloaded, fueron sacudidos por crisis del café, conflictos entre antiguos y nuevos mandos de la Policía Nacional y por quiebras, salvamentos y fusiones bancarias. En la era de Ortega ha habido estabilidad y el sector financiero ha lucido boyante con un notable incremento de los depósitos y de las colocaciones crediticias.

Ambos polos -sectores populares organizados y cúpula empresarial- suponen haber domesticado el populismo del régimen y haberlo puesto al servicio de sus intereses. Pero esa fe en sus logros como agentes negociadores emerge de una fe en el poder de las políticas públicas. Las posibilidades de mantener ciertas condiciones se han basado sólo parcialmente en la estrategia del gobierno y constituyen un logro volátil porque se han montado sobre la cooperación de Venezuela, deuda cuyo peso se sentirá a medida que venzan los plazos.

Los otros factores de esas condiciones no dependen de las estrategias de Ortega. Son factores macroeconómicos: los precios favorables de los principales productos de exportación (carne, lácteos, café, oro), las inversiones extranjeras y las remesas que envían los migrantes a sus familiares.

En los últimos dos años los precios de los productos de exportación cayeron, pero la economía no se resintió porque ese descenso vino acompañado del declive de los precios del petróleo y, de forma concomitante, de un incremento del consumo interno. El golpe también ha sido amortiguado por el continuo crecimiento de las remesas y la inversión extranjera, que viene imantada por los bajos salarios, el bajo costo de la tierra, la flexibilidad laboral, la estabilidad política y la posibilidad casi ilimitada de obtener acuerdos ad hoc mediante lubricaciones pecuniarias a las conexiones políticas.

SIN EMBARGO...


Toda esta bonanza tiene los pies de barro. Los nuevos empleos son de baja productividad porque se concentran en el sector informal. La muy cacareada reducción de la pobreza se basa en una pirámide poblacional que ha favorecido la reducción de las personas dependientes en cada hogar. Y cualquier perturbación a la estabilidad -como la que podría derivarse de la Nica Act- puede cambiar de un plumazo las condiciones macroeconómicas sobre las que descansa el régimen. Sus aliados podrían empezar a sentir que ya no logran cooptar las estrategias del orteguismo. Y en realidad no se trata del orteguismo, sino de sus circunstancias, pero para efectos prácticos da igual: los aliados -élites y sectores populares- concluirán que en el clientelismo del siglo 21 ya no tienen cabida.

¿Y EL FUTURO?


El éxito para que el autoritarismo de Ortega no se haya visto tambaleado por perturbaciones externas e internas ha descansado sobre el papel marginal que Nicaragua ha jugado en la geopolítica actual de los Estados Unidos, la división de las élites, el mecenazgo del socialismo rentista venezolano que ha pagado programas sociales y subsidios, la cooptación de los presuntos cooptadores mediante pactos más o menos explícitos y las condiciones de estabilidad macroeconómica.

El fin de la ayuda venezolana es un hecho que cambia este panorama y puede forzar a un replanteamiento del esquema de alianzas. La inestabilidad que puede derivarse de esa reconfiguración es un riesgo letal para el régimen de Ortega porque Nicaragua podría recuperar importancia para Estados Unidos, las élites presentar un frente unificado, los sectores populares rebelarse y la inversión externa menguar, dando lugar a un círculo vicioso -desde el punto de vista de Ortega- donde unos factores catapultan el desarrollo de otros.

Quizás la oposición contempla ese escenario y especula con la posibilidad de arrebatarle en las calles lo que no pudieron quitarle en las urnas. Sabe que el voto silencioso que se manifestó con el abstencionismo es un mal augurio para la estabilidad del régimen. Lo que no considera es que, independientemente del giro que tomen los acontecimientos, la estabilidad futura de Nicaragua y la posibilidad de avanzar hacia una mayor equidad estarán vinculadas a lo que suceda con esa formidable y extremadamente hábil maquinaria política en que el FSLN ha sido convertido, un partido con un tendido social y unos estrategas de los que no dispone ninguna otra fuerza política en el país.

INVESTIGADOR DEL INSTITUTO DE INVESTIGACIÓN
Y PROYECCIÓN SOCIAL SOBRE DINÁMICAS GLOBALES
Y TERRITORIALES (IDGT) DE LA UNIVERSIDAD
RAFAEL LANDÍVAR DE GUATEMALA.

UNA VERSIÓN DE ESTE TEXTO
FUE PUBLICADA EN “NUEVA SOCIEDAD”
EN EL NÚMERO DE NOVIEMBRE-DICIEMBRE.

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