Envío Digital
 

Revista Envío
Edificio Nitlapán,
2do. piso
Universidad Centroamericana
UCA

Apartado A-194
Managua, Nicaragua

Teléfono:
(505) 22782557

Fax:
(505) 22781402

Email:
info@envio.org.ni

Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 416 | Noviembre 2016
Inicio Escribanos Archivo Suscribase

Anuncio

Nicaragua

“¿Después de la farsa? Elecciones auténticas y un gobierno de unidad nacional”

Violeta Granera, socióloga, con dos décadas de trabajo en espacios de la sociedad civil nicaragüense, seleccionada en junio por la Coalición Nacional por la Democracia como candidata a la Vicepresidencia de la República, días antes de que Daniel Ortega impidiera la participación de la Coalición en las elecciones del 6 de noviembre, compartió con Envío cómo se ve a sí misma en la política y cómo ve el presente y el futuro de Nicaragua, en una charla con Envío que transcribimos.

Violeta Granera

¿Y ahora qué…? ¿Qué hacer ahora, después de consumada la farsa electoral del 6 de noviembre? Esa pregunta apunta a que miremos hacia el futuro. Discutir las propuestas de futuro es lo que realmente importa en cualquier período electoral correctamente administrado. Porque los períodos electorales son para discutir propuestas de futuro. Y, aun con lo maltrecho que estaba ya este proceso electoral antes de que nos sacaran del juego, yo pensé que podríamos tener la oportunidad de poner los temas claves del país en la agenda pública, que podríamos ponernos a soñar juntos un futuro mejor para todos. Pero no nos dejaron. Tampoco nos dieron tiempo para hacerlo cuando, después de que nos sacaron del juego, recorrimos bastantes lugares del país. En algunos territorios pudimos hablar sobre algunas prioridades. Pero, como siempre suele suceder, lo urgente se impuso sobre lo importante. A pesar de todo, tenemos que seguir soñando ese futuro mejor, poniendo como prioridad estratégica, indispensable, transformar la cultura política que ha prevalecido en nuestro país.

¿Qué he hecho durante mi vida profesional y política? Creo que es importante hacer esa rendición de cuentas para que sepan de dónde vengo porque no todos me conocen. Como todos los nicaragüenses, he vivido intensamente la historia reciente de nuestro país. Muy joven, fui a estudiar sociología a Francia, donde viví varios años. Como la mayoría de los nicaragüenses simpaticé con la Revolución. Pero un gran dolor me separó de ese proyecto. Mi padre, Ramiro Granera Padilla, senador liberal durante el gobierno de Somoza, fue asesinado por un comando del Frente Sandinista poco antes del derrocamiento de la dictadura. Me esforcé mucho por aprender a vivir con ese dolor y con el tiempo lo logré, pero nunca hubiera podido trabajar con un grupo que había asesinado a mi padre. Sólo después fui aprendiendo que no existe familia nicaragüense, de un lado o del otro, que no tenga algún dolor parecido.

Cuando eso sucedió, mi familia y yo nos fuimos a Guatemala, Yo pidiéndole sinceramente a Dios que el sueño de cambiar la vida de los más pobres se realizara. Deseaba con todo mi corazón que la Revolución funcionara con los ideales por los que tanta gente luchó. Estando en Guatemala comencé a darme cuenta que no sólo salíamos de Nicaragua quienes no queríamos estar aquí por razones como la mía o por otras parecidas. Veía llegar todos los días a mucha gente pobre, cruzando las fronteras con muchas dificultades. Vi llegar a padres con sus criaturas con los pies llagados por el largo camino… En una labor más humanitaria que política nos organizamos para ayudarlos. Desde esa experiencia me fui dando cuenta que la Revolución, tal como se estaba manejando, estaba afectando a la gente pobre por la que yo creía que se estaba luchando. Se estaban cometiendo muchas injusticias y mi país se estaba desangrando por el autoritarismo y el sectarismo… y me desencanté. Mi labor humanitaria fue transitando hacia un compromiso político de rechazo y de lucha contra ese sistema político. Llegué a entender y a admirar el sacrificio de los campesinos organizados en la Resistencia Nicaragüense, en la Contra, como se les llamó popularmente. Sigo creyendo que tenemos una deuda social muy grande con ellos, como la tenemos también con los desmovilizados del Ejército Sandinista.

Después de las elecciones de 1990 regresé a Nicaragua y desde entonces he estado trabajando principalmente en organizaciones de la sociedad civil con el ánimo de contribuir en la construcción de una sociedad más justa políticamente y socialmente. Por una sociedad democrática en el más amplio sentido de la palabra. En aquellos primeros años 90, la lógica de mis decisiones fue buscar la reconciliación de las familias nicaragüenses. Fue una tarea muy difícil para todos en una sociedad tan polarizada como la que nos había dejado la guerra. Los primeros años trabajé en la Asociación Nicaragüense Pro Derechos Humanos, organización enfocada principalmente en apoyar a los desmovilizados de la Resistencia Nicaragüense. Fueron años muy duros, profesional y espiritualmente. No podía ser de otra manera. Las heridas de la confrontación entre hermanos nos dejaron adoloridos como sociedad. Aún ahora, la sicóloga Martha Cabrera nos recuerda cuán profundo y persistente es ese dolor. Admiro el trabajo, demasiado tiempo pospuesto, que ella está haciendo para ayudarnos a superarlo. En aquellos años no tenía las herramientas conceptuales para entender la importancia de ese trabajo, sólo lo intuía. Recuerdo haber hablado con funcionarios del gobierno de doña Violeta sobre la necesidad de hacer brigadas de sicólogos que fueran al campo a atender a nuestros campesinos, siempre los más afectados. No tuve la persistencia suficiente para insistir en ese trabajo y ahora me arrepiento.

Después trabajé en el Grupo Fundemos, el primer organismo de sociedad civil que abrió en nuestro país un diálogo amplio y plural reuniendo a gente de todas las tendencias políticas de entonces. Particularmente, yo tenía el interés, y sentía la necesidad, de reencontrarme con esa otra parte de Nicaragua con la que no había estado en los años de la Revolución y que no conocía. En ese tiempo entré en la Coordinadora Civil, un espacio que nació en 1998 agrupando a los más diversos organismos de la sociedad civil. La mayoría de ellos venían de la década revolucionaria. Fue una experiencia muy enriquecedora. Ahí aprendí a valorar el lado positivo de lo que muchos habían vivido en los años 80. Ahí conocí la mística de aquellos años, conocí a gente muy valiosa, muy comprometida, que había dado su vida por Nicaragua, que entregó su vida por la Revolución sin ninguna retribución material. No sólo aprendí a valorar a esas personas. Aprendí a quererlas y hoy la mayoría son mis grandes amigos y amigas. Ésa es la gente que hasta hoy significa para mí lo que fue la Revolución. Comprendí también que Nicaragua es un país muy joven, con una democracia muy incipiente y que era muy difícil que momentos tan intensos como son los de una revolución no tuvieran lados claros y lados oscuros.

Quiero hacerle un reconocimiento a la Coordinadora Civil por haberme acogido. Fue un gesto de mucha altura porque yo venía del exilio. Inclusive, durante varios años representé a la Coordinadora con otros de sus miembros en el CONPES (Consejo Nacional de Planificación Económica y Social), un espacio de diálogo público/privado. Con todo esto, lo que quiero resaltar es que los nicaragüenses de todos los pensamientos políticos podemos trabajar juntos y ya hemos tenido experiencias de que se puede. A pesar de que en Nicaragua venimos de etapas de polarizaciones terribles hemos logrado reencontrarnos y no debemos permitir que vuelvan a polarizarnos. Más allá de las diferencias, que debemos ver como un valor y una riqueza, tenemos muchas coincidencias que nos unen a todos.

Después de esta experiencia estuve un tiempo en el Banco Mundial, donde aprendí mucho y fui testigo de procesos interesantes. Fue en esa época que se comenzó a elaborar el Mapa de Pobreza de Nicaragua, por el que nuestro país pagó millones de dólares… y el que hoy sabemos que, lamentablemente, no se está usando. También en esa época se profundizó en el fortalecimiento de la institucionalidad del Estado como condición para aplicar el programa de Apoyo Presupuestario, el que, sin duda, significó un avance en la capacidad del Estado para ordenar la administración de las finanzas públicas. En el Banco Mundial mi tarea fue promover que los programas del Banco tuvieran la participación de la ciudadanía que se beneficiaba con ellos. Fue un trabajo muy interesante, pero en tres años me di cuenta de que aquello no era lo mío. Entonces me llamó el Presidente Enrique Bolaños para que me hiciera cargo de la dirección ejecutiva del CONPES. Allí estuve año y medio más o menos, los últimos meses del gobierno de don Enrique. Ése ha sido el único cargo público en que he estado y lo acepté principalmente porque era un cargo mixto, ya que la dirección del CONPES tenía que servir de puente entre el gobierno y la sociedad civil. En el CONPES había representación de sindicatos, de movimientos sociales y de las más diversas organizaciones civiles de todo el espectro ideológico de Nicaragua.

Con tantos años trabajando en los espacios de la sociedad civil soy casi fanática de la Ley de Participación Ciudadana, una ley que se aprobó en 2003 por iniciativa de las organizaciones de sociedad civil y que, lamentablemente, este gobierno la engavetó desde el primer momento. En 2007 la primera medida del gobierno de Daniel Ortega fue precisamente adueñarse de la participación ciudadana concentrándola únicamente en los órganos que él creó, los CPC (Consejos del Poder Ciudadano), ahora Gabinetes de la Familia. Creo que esta ley es un medio para la incidencia ciudadana en la política y también un instrumento para promover cambios en la cultura de los funcionarios públicos. Es lamentable que el proceso que comenzó a generar esta ley haya sido truncado. La vamos a retomar, tanto la ley como el proceso, porque la ley sigue vigente, no ha sido abolida.

Una anécdota de ese primer año del gobierno de Daniel Ortega… A don Enrique se le olvidó destituirme de la dirección del CONPES y durante mes y medio seguí “dirigiéndolo”. Comencé a mandar cartas para que me destituyeran porque estaba clara de que en las nuevas condiciones yo no era la persona indicada para ocupar ese cargo, que implicaba tener la confianza no sólo de la sociedad civil, sino también del gobierno. En aquellos días pequé de ingenua porque fui de las que decía: “No debemos preocuparnos, ya tenemos leyes y una institucionalidad que funciona y este gobierno lo que le va a añadir a todo lo que ya tenemos es el énfasis en lo social para seguir avanzando”. Amigos que conocían mejor la naturaleza autoritaria de Ortega me refutaban. Al final tuvieron razón. En aquel corto tiempo como directora del CONPES invité a Orlando Núñez a que nos presentara el programa Hambre Cero, programa insignia del nuevo gobierno, y que a mí me pareció siempre interesante. Gente de todo el país se organizó para escuchar a Orlando. Todos querían saber cómo iba a ser eso, cómo podían participar y yo sentí que había disposición de trabajar con este gobierno. A las 9 de la noche del día antes de aquella reunión me llamó Orlando Núñez para decirme: “Vengo furioso de la Presidencia, ¡me han prohibido llegar al CONPES!”. Él me autorizó a decírselo así a la gente. Sin embargo, no lo hice. Cambiamos el programa y lo excusé porque no estaba en mi ánimo generar ningún conflicto, consciente de que allí yo estaba de paso. Después organicé otras reuniones con la nueva Ministra del Trabajo y con una alta funcionaria del Ministerio de Salud, de las que las comisiones laboral y social salieron entusiasmadas.

Daniel Ortega pudo haber hecho un gobierno con el apoyo de todos, con el respaldo de todos, manteniendo la institucionalidad que ya teníamos… pero perdió esa oportunidad. Y yo quería hacer una buena transición, quería mantener el diálogo entre el gobierno y la sociedad civil que el CONPES había propiciado durante muchos años y con gran esfuerzo. Un diálogo que no era perfecto, pero que estaba enrumbado y que sigo creyendo es un camino para producir cambios en la cultura política, no sólo desarrollando en la gente el ejercicio de su ciudadanía, sino modificando la cultura de los funcionarios, que deben escuchar a la gente e informarle de lo que hacen. Ya sabemos que este cambio no es fácil porque los funcionarios sienten que eso es una pérdida de tiempo. Ya entonces veíamos que hay que hacer mucho trabajo para que los servidores públicos asuman ese deber como algo importante entre sus responsabilidades.

Finalmente, un día llegó alguien al CONPES y me dijo: “Señora, ya no vuelva más por aquí”. Pero, ¿a quién le voy a entregar?, le pregunté. Yo sabía del proceso institucional que debíamos cumplir los funcionarios. “No se preocupe, ya le vamos a avisar”… y hasta el día de hoy… En noviembre de 2007 Rosario Murillo fue nombrada por Ortega directora del CONPES. Ella también dirigía los CPC. Y después el CONPES se esfumó, desapareció. Muy pronto nos fuimos dando cuenta de que el plan era destruir el sistema de participación ciudadana.

Cuando dejé el CONPES fui a trabajar al Movimiento por Nicaragua. Desde el Movimiento advertimos lo que se nos venía encima. Lo que sucedió con el CONPES y la legalización de los CPC nos indicó claramente el camino que iba a seguir Daniel Ortega con el resto de la institucionalidad del país. Estaba bien que el gobierno formara los CPC porque todo el mundo tiene derecho a organizarse, pero lo correcto hubiera sido que los CPC se incorporaran como un miembro más a los Consejos de Desarrollo Municipal (CDM), a los Consejos de Desarrollo Departamental (CDD), a los Consejos Regionales y al CONPES, creados todos por la Ley de Participación Ciudadana. Pero eso no sucedió, porque el concepto con el que nacieron los CPC no tiene nada que ver con el concepto de la participación ciudadana. Los CPC ayudan en las comunidades, reparten cosas, reciben órdenes, pero no tienen ninguna posibilidad de tomar decisiones, mucho menos de incidir en las decisiones que toman las autoridades de gobierno. Tienen una relación vertical y de dependencia con el gobierno central, lo que contradice el espíritu de la participación ciudadana.

La última tarea en la que participé en el Movimiento por Nicaragua fue coordinar la elaboración de una Agenda Básica de Nación. Ese documento breve, legible, recogía la revisión que hicimos de por lo menos 20 propuestas escritas por diversas organizaciones sociales entre 2007 y 2016, todas con la característica de haber resultado de un proceso de consulta amplio. Con algunas de estas propuestas elaboramos en el CONPES, con el apoyo del PNUD, un documento muy importante, titulado “Acción Ciudadana para el próximo quinquenio 2007-2011”, que recogía “propuestas y sugerencias desde la ciudadanía para fortalecer la Democracia y el Desarrollo de Nicaragua”. En la elaboración de ese trabajo participaron 2 mil líderes de todo el país.

Si volvemos a leer todas aquellas propuestas vemos que siguen pendientes y vigentes, que sólo habría que reforzar aún más algunas, dado el acelerado deterioro que ha habido desde que Daniel Ortega llegó al gobierno. Ahí recogimos propuestas sectoriales: para la salud, para la educación, para lo laboral… Hay propuestas departamentales y un capítulo específico con propuestas para las dos regiones de la Costa Caribe. Este importante documento, de más de 300 páginas, lo pusimos en Internet para que fuera conocido y compartido. Pero el gobierno de Ortega desapareció la página web del CONPES. Al leerlo hoy entendemos todo lo que hemos perdido en una década. Y al conocerlo, entendemos que es una falacia escuchar a quienes defienden a este gobierno repetir una y otra vez que sólo somos críticos, que no tenemos ninguna propuesta. No es cierto, podríamos empapelar Nicaragua con todas las propuestas que hemos hecho y que están publicadas. Ha habido y hay excelentes propuestas, pero lamentablemente la cultura autoritaria es una cultura autista. Los que toman las decisiones públicas no escuchan a los que reciben el impacto de sus decisiones. Y Nicaragua es la que pierde.

¿Cómo llegué a la arena electoral, y por qué sigo en esta lucha por conseguir unas elecciones libres y justas en Nicaragua, una democracia plena, esa estratégica transformación de nuestra cultura política? En 2016 estábamos terminando la elaboración de la Agenda Básica cuando Luis Callejas me invitó a ser su fórmula como candidata a la Vicepresidencia de la República por la Coalición Nacional por la Democracia. Me costó mucho decir que sí porque, a excepción de mi paso por el CONPES, nunca había estado en un cargo público. El único por el que luché hace años, cuando se inauguró, fue el de Procurador de Derechos Humanos, pero a pesar de los esfuerzos que hice, no gané. Después de un mes de rechazar la invitación de Luis, la conciencia me empezó a importunar y pensé que tal vez estaba siendo cobarde. Durante los años pasados, algunas personas me venían insistiendo en que debía dar el paso a la política. Por fin, acepté pensando que en este momento el trabajo en esa arena era clave para continuar luchando por un mejor futuro para Nicaragua. En la Coalición no me pusieron condiciones de inscripción en ningún partido político de los que la conformaban. Me sentí bien acogida por ellos y antes de aceptar me aseguré de tres cosas. De que todos los grupos que había en la Coalición estuvieran de acuerdo con mi candidatura. De que tuviéramos una visión similar de la Nicaragua que tenemos y de la Nicaragua que queremos tener. Y de que nunca participaríamos en una farsa electoral.

El viernes 3 de junio acepté ir en fórmula con Luis Callejas. Y el sábado 4 de junio escuchamos la primera campanada de alerta: Daniel Ortega se reelegiría nuevamente y prohibía la llegada al país de observadores electorales. El 8 de junio anuló la participación de la Coalición en las elecciones al entregarla personería jurídica del Partido Liberal Independiente, que encabezaba la Coalición, a Pedro Reyes. Ya entendíamos que las elecciones serían una dura lucha, pero creo que nadie esperaba tanto desatino. Meses antes, estando aún en el Movimiento por Nicaragua, habíamos estado en la oficina electoral de la OEA en Washington y nos dijeron que creían que Ortega los invitaría a las elecciones como observadores y ya tenían esa tarea anotada en su calendario de trabajo.

Hasta esos primeros días de junio, aunque yo pensaba que las condiciones electorales no eran buenas, pensaba también que si lográbamos que llegaran observadores electorales y teniendo representantes en las mesas electorales, como nos correspondía por ley, valía la pena hacer el esfuerzo de participar, entendiendo que la vía electoral es la única para resolver nuestros problemas por medios cívicos y pacíficos.

Por eso estoy aquí. En realidad, nunca llegué a ser candidata oficial, porque días después del lanzamiento de nuestra fórmula, Ortega decidió sacarnos del juego y apoderarse de todas las estructuras electorales después de haber prohibido la observación electoral. Mi debut en la arena electoral fue efímero. Siempre digo, y me da risa, que esto es un caso para Ripley… Sin embargo, estoy muy contenta de haber aceptado. Y agradecida de haberme integrado a este nuevo equipo de lucha en una trinchera nueva para mí, que me ha permitido una inmersión, intensa y enriquecedora, en el espacio político y en el espacio partidario. Sobre todo, esta experiencia me ha abierto la oportunidad de contribuir desde un espacio que en este momento resulta clave para Nicaragua. Con candidatura o sin candidatura, sigo en la lucha de siempre, que es la lucha de todos y todas las que amamos este país.

Tenemos que lograr que haya en Nicaragua elecciones auténticas, libres, transparentes, competitivas y observadas. Elecciones en que la ciudadanía no sólo vote, sino que elija y decida. Porque elegir es el valor del voto. Tenemos que luchar por eso. No podemos ignorar, como país, el claro mensaje que, con tan masiva abstención, ha dado el pueblo de Nicaragua rechazando de manera tan contundente la farsa electoral del 6 de noviembre. No podemos continuar siendo rehenes de la impunidad. Yo no estoy de acuerdo con que se “pase la página” a violaciones a un derecho tan fundamental como es el derecho a elegir. Ya hemos pasado la página después de los cuatro fraudes anteriores… y el libro se está oscureciendo cada vez más. No podemos permitir que, por pasar la página, se reedite el círculo de la violencia que tanto dolor nos ha causado a lo largo de nuestra historia.

Pienso que ya estamos viendo el final de la que espero sea la última dictadura que tengamos en Nicaragua. Será más corto o más largo el tiempo que nos separa de ese final, pero no debemos acelerarlo con violencia. No queremos violencia. Nadie quiere la violencia. La sangre de un solo nicaragüense vale demasiado para volver a derramarla. Los últimos asesinatos de campesinos en Ciudad Antigua, justo el mismo día de la farsa electoral, es algo muy doloroso, es algo inaceptable. Todos, incluyendo al gobierno y a los poderes fácticos, debemos entender que si no cambiamos la forma de hacer las cosas vamos a seguir teniendo los mismos resultados. Y todos tenemos que comprender que si seguimos creyendo que sólo “a penca” podemos botar al dictador, lo que vamos a hacer es abrir las puertas para una nueva dictadura. Es en la mente en donde tenemos que cambiar. Tenemos que desmontar en nuestras mentes la cultura heredada de la violencia y la exclusión.

Convencernos de desechar la cultura de la violencia es más difícil en las zonas rurales. Nadie quiere otra guerra, pero en los recorridos que hemos hecho con Luis Callejas y otros miembros de la oposición, por todas partes he visto cada vez a más gente pensando que no hay forma de resolver esto si no es con las armas. Resulta muy difícil estar insistiendo en que tenemos que resolverlo cívicamente, porque bien sabemos que el gobierno está reprimiendo y atemorizando con fuerza a los sectores campesinos que lo adversan. Además, con la cultura machista que predomina, la tendencia es a ver la lucha cívica como algo trivial… Hay que explicarles bien qué es la lucha cívica, decirles que no está exenta de riesgos y de peligros y que a veces requiere más valor enfrentarse cívicamente a una dictadura que agarrar las armas. Hay que explicar que el costo para nuestro país de una salida violenta es enorme y que debemos evitarla.

Estoy convencida que la confrontación y el caos siempre tienen costos altos que caen y recaen sobre los hombros de los más vulnerables. No somos los citadinos quienes vamos a pagar los platos rotos de una confrontación violenta. Lo que he visto en la historia reciente de mi país es que los pobres ponen los muertos y los más vivos se encaraman sobre sus cadáveres. Por eso creo que hay que encontrarle una solución cívica a esta dictadura, una salida lo más dialogada posible y con respeto a los derechos humanos. En mi opinión, cualquier diálogo debe centrarse, debe empezar en el cómo y el cuándo restablecer el derecho violentado en la farsa electoral. Estamos preparando alternativas. Creo que esto debe ser el único límite para una negociación.

¿Cuál es el contexto del que tenemos que partir para avanzar a un futuro mejor? Desde hace rato, desde antes de que mucha gente superara el escrúpulo de llamar a las cosas por su nombre, varias organizaciones de sociedad civil hemos caracterizado a este régimen como una dictadura, ahora con más claras pretensiones dinásticas. Estamos convencidos que la farsa electoral que el régimen montó y que culmina los cuatro fraudes electorales previos, no es más que la consecuencia del desmantelamiento progresivo que el señor Ortega ha hecho desde 2007 de la institucionalidad democrática.

Hemos calificado como dictadura este gobierno, y lo hemos dicho con toda seguridad, porque en la teoría política no encontramos un solo indicador que no justifique esa caracterización. Entenderlo es importante, porque nos revela que el problema de Nicaragua no es sólo electoral. Ahora estamos enfocados en lo electoral, porque lo que pasó el 6 de noviembre es grave. Pero el problema es más de fondo. Las elecciones son importantes, pero sólo son un paso para democratizar plenamente Nicaragua. Lograr una democracia plena, una democracia política, económica y social, debe ser nuestra meta.

Sí, estamos convencidos de que este régimen es una dictadura. ¿Hay un Estado de Derecho, elemento básico en una democracia, que significa que todos somos iguales ante la ley? ¿Hay separación de los poderes del Estado? ¿Piensa alguien que el Poder Judicial decide algo sin que se lo ordene la pareja presidencial? ¿No ha traído esto una enorme corrupción? Tenemos información de que los empresarios ya están muy preocupados por la corrupción que hay en el sistema judicial, entre otras cosas, por las coimas millonarias que tienen que entregar y por el precario ambiente de seguridad jurídica. Tenemos información de que han incluido este tema en el diálogo que mantienen con el gobierno

Sigamos haciéndonos preguntas sobre la naturaleza del régimen… ¿Tenemos un Ejército y una Policía de verdad nacionales? Es lamentable lo que ha ocurrido, porque tenemos que reconocer que hubo un proceso de profesionalización en las instituciones de las fuerzas armadas, que costó años pero que logró avances importantes. Sin embargo, desde que nombraron de facto a los titulares del Ejército y de la Policía, desde que reformaron el Código Militar y la Ley de la Policía, reforzados después con la perversa Ley de Seguridad Soberana, hemos retrocedido.

¿Respeto a los Derechos Humanos? El CENIDH y la CPDH han hecho cada año excelentes informes con denuncias de serias violaciones a derechos fundamentales individuales y colectivos. Uno de los casos emblemáticos es la aprobación de la Ley 840 porque es lesiva a la soberanía nacional y amenaza los derechos de todas y todos los nicaragüenses, particularmente con el despojo de sus tierras a miles de campesinos, y pone en mayor riesgo nuestro derecho a un medioambiente sano.

¿Libertad de expresión? Ya sabemos que la estrategia ha sido la cooptación, la compra, el chantaje a los medios de comunicación. La última denuncia fue la de Carlos Fernando Chamorro por espionaje de parte del Ejército, sobre la que, como es habitual, no hubo ninguna investigación. ¿Podemos hablar de respeto a los derechos civiles y políticos fundamentales? ¿Hay libertad de movilización, de organización, se respeta el voto…? Como han venido diciendo los obispos y otros sectores, la dictadura de Ortega apunta claramente a consolidar un sistema de partido único con algunas comparsas funcionales. Ha habido una sistemática y violenta campaña para desestimular la movilización ciudadana y la libre expresión y, ciertamente, ha tenido efectos porque han logrado implantar el miedo. A pesar de todo esto, siempre he dicho que la curva ascendente del miedo comienza a descender cuando la indignación le gana al miedo. Creo que eso ya empieza a suceder en Nicaragua y lo estamos viendo.

Definitivamente, estamos ante una dictadura, ante un modelo que es excluyente, que es corrupto, que es violento, que funciona por el desmantelamiento institucional y la acumulación de poder en manos de la pareja Ortega Murillo. Y tengo que decirlo: es una dictadura que ha ido de la mano con un modelo económico también excluyente, que no ha logrado favorecer a las grandes mayorías. Y ha sido así porque donde no hay democracia, donde no hay institucionalidad, se aplica el dicho aquel de que “el que tiene más galillo traga más pinol”.

Este modelo está montado para favorecer a un sector reducido y las fuerzas del orden público están al servicio de este modelo excluyente. Lo vimos en el caso de los trabajadores que protestaban en Mina El Limón. Lo vimos cuando los trabajadores de la caña, enfermos de insuficiencia renal crónica, reclamaban en Chichigalpa. Lo vimos en una zona franca donde los obreros exigían mejores condiciones. Lo hemos visto con los campesinos que luchan contra el proyecto del Canal y contra la ley 840… Aquí las fuerzas del orden público están al servicio de los intereses políticos y económicos de Ortega y de los intereses económicos de quienes él quiere proteger. Todos sabemos del favoritismo económico que hay hacia un pequeño sector de grandes empresarios. Yo no soy anti-empresa privada. Creo en la libertad de empresa, pero también creo que la libertad de empresa implica responsabilidad. Y no la responsabilidad social empresarial de sembrar árboles o hacer escuelas… Eso está bien, pero no es suficiente.

No puedo dejar de mencionar que, a pesar de las condiciones altamente favorables en que Ortega recibió el poder, de los altos precios de las exportaciones y de la cuantiosa cooperación venezolana, después de casi diez años los problemas estructurales de Nicaragua siguen pendientes de solución, aunque no podemos tampoco achacarlo todo a este régimen. Sabemos que son problemas históricos, pero no ha habido gobierno en Nicaragua que haya contado con tantos recursos como contó el de Daniel Ortega hasta 2015 como producto de la cooperación petrolera venezolana. Esos recursos excepcionales se pudieron haber aprovechado para avanzar en un desarrollo humano sostenible. Desgraciadamente no lo hizo este gobierno. Por eso, creo que ésta fue una década perdida en ese aspecto y también en otros.

Estamos plenamente conscientes de que la salida para Nicaragua nos obliga a hacer un trabajo de consenso nacional. Porque no se trata de imposiciones ni de arbitrariedades. Se trata de que todos en Nicaragua tomemos conciencia de cuáles son las prioridades. Tenemos que tener un compromiso nacional con los más vulnerables, con los que necesitan más del apoyo estatal, grandes mayorías que están hoy en condiciones terribles. Un día en Matiguás una señora, líder comunitaria, me decía: “Doña Violeta, en mi comunidad los niños están todos anémicos porque no tenemos qué darles de comer”. Hay una Nicaragua que no vemos bien desde Managua. Esas diferencias, esa pobreza, esa desigualdad, han sido y siguen siendo problemas estructurales, históricos, en los que muy poco hemos avanzado. Se han hecho esfuerzos, pero los resultados son escasos. A esa desigualdad hay que entrarle a fondo, con inteligencia, con capacidad de consenso, pero también con firmeza. Y ésa es la función prioritaria del Estado: buscar acuerdos y consensos priorizando siempre a quienes más necesitan de su protección.

Una de las críticas que hemos hecho, en público y también en privado, al diálogo que el gobierno ha mantenido con el COSEP, el único sector que tiene en este país un diálogo con el gobierno, no es por el diálogo, sino porque ese diálogo ha servido principalmente para favorecer intereses de cortísimo plazo. Lo que tenemos hoy es un gobierno que gobierna para unos pocos y eso no es sostenible, no sólo por razones políticas, sino también por razones económicas y sociales. Y aunque hoy la prioridad para garantizar la sostenibilidad pasa por sanear el sistema electoral, eso apenas debe ser el comienzo para un verdadero y auténtico diálogo nacional incluyente que beneficie a todo el país, liderado por un gobierno de unidad nacional.

Me gustaría compartir algunas prioridades que vemos. La primera es el esfuerzo por construir una cultura democrática. El reto estratégico que tenemos como sociedad es cambiar la cultura del país. La cultura en general, y específicamente, la cultura política. Hemos trabajado para fortalecer el ejercicio de la ciudadanía porque sabemos que sin una ciudadanía activa no tendremos buenos gobernantes y creo que hemos avanzado mucho en Nicaragua en eso.

En esto, como en todo, podemos ver el vaso medio lleno o medio vacío. Pero creo que la lucha contra Somoza, la revolución sandinista y estos 26 años han logrado un cambio: de vernos como simples pobladores a vernos como ciudadanos y ciudadanas, más conscientes del rol de domesticar al Estado y de incidir en las decisiones públicas. Y si es así, ¿por qué volvimos a una dictadura? Porque estos procesos son lentos y no siempre lineales y hay avances y hay retrocesos. Estamos en un punto de retroceso, porque en las élites del país, y en buena parte de la población también, persiste la cultura tradicional y autoritaria. Pero estoy convencida que la dictadura de Ortega será la última que tendremos en Nicaragua, siempre y cuando no permitamos la transmisión inter-generacional de nuestra cultura autoritaria. Por eso, transformar la cultura política debe ser nuestro empeño estratégico. Y lo lograremos si seguimos trabajando en dos dimensiones. En la formación de la juventud, como lo están haciendo muchas organizaciones de la sociedad civil y haciendo reformas en serio en el sistema educativo con un enfoque de calidad más integral. Y logrando gobiernos, al menos decentes, que refuercen esa nueva cultura política. Nunca habíamos visto, como en este año, un proceso electoral tan abyecto, donde, entre otras cosas, el nepotismo se exacerbó: Daniel fue con la esposa, Alemán puso de candidata a primera diputada a su esposa para que ganara, y le dieron el cargo, Byron Jerez fue de primer candidato y le asignaron la diputación y puso de candidato a su hijo, que también consiguió el cargo… Los liderazgos que todavía tenemos hacen un contrapeso muy negativo a los esfuerzos que mucha gente está haciendo por cambiar la cultura política.

Otro desafío estratégico por el que hay que trabajar es el de vincular la política con la ética. Una nueva cultura política debe rescatar el sentido de la política, tan devaluado históricamente en Nicaragua. Debemos plantearnos de nuevo los fines de la política y asumirlos. Como han repetido Monseñor Silvio Báez y don Alejandro Serrano Caldera, nuestros problemas son más éticos que políticos. Nos quieren acostumbrar a llamar a la viveza, inteligencia, a la mentira astucia, a los abusos de poder realidades inevitables, a la incoherencia habilidad... Cuántas veces hemos oído decir a algunos analistas políticos que Ortega es un político muy hábil porque ha sabido contentar a nuestra gente con el populismo y a la comunidad internacional con un discurso ad hoc que nada tiene que ver con la realidad… Dicen: “No importa lo que diga, no importa que vocifere contra la comunidad internacional, importa lo que está haciendo…” Pero sí importa, importa que nuestras palabras se correspondan con nuestras acciones.

Es impresionante cómo se ha trastocado todo. Creo que hablando así hemos reforzado los antivalores de nuestra cultura tradicional y estancado los esfuerzos por ser más coherentes, más auténticos, por ser correctos, por ser decentes. Todas las justificaciones que le han venido dando al comportamiento de un dictador son un retroceso. Hoy debemos recuperar lo básico, la decencia.

En nuestro país ya tenemos excelentes textos sobre la nefasta cultura política que conocemos, como el de don Emilio Álvarez Montalván.

Conocer las debilidades es un primer paso importante, pero no sirve de nada si seguimos practicando antivalores como el nepotismo, el caudillismo, la práctica del estado botín… Hay que cortar eslabones en esa cadena. Y sabemos que se puede. Cortamos la cadena de las guerras y ya hay una conciencia generalizada de que debemos evitar volver al círculo de la violencia. Profundizar el cambio cultural es la única garantía para evitarlo. A pesar de todo, no voy a perder mi optimismo. Creo que asistimos a los estertores de esa cultura heredada.

Debemos devolverle la dignidad a la política, a la que hemos devaluado todos. Y digo todos, porque me siento responsable, ya que desde la sociedad civil hemos sido muy críticos de los partidos políticos, que realmente tienen mucho que mejorar porque la cultura política es todavía muy autoritaria, pero no podemos olvidar que Daniel Ortega ha tenido, desde el pacto con Arnoldo Alemán, una estrategia sistemática para debilitar y destruir todo el sistema de partidos políticos. Si no, veamos cómo le quitaron la personería jurídica al MRS, al PAC y años después al PLI. Se la quitan a quienes quieren y se la dan a quienes quieren para tenerlos de cómplices. La descalificación permanente que hemos hecho de la política, de los políticos y de los partidos políticos desde la sociedad civil se nos ha vuelto hoy un bumerang. Lo cierto es que la política es responsabilidad de todos y que tenemos que dignificarla porque no hay otra forma de luchar por el bien común. La política es digna si se practica con dignidad.

Nosotros creemos que el fin de la política es el bienestar de la gente. Y que la salud de la economía es un medio para lograr ese bienestar. Y que la institucionalidad democrática es la forma que hace sostenible ese bienestar.

Es muy peligroso ver la acción política solo desde la crítica al sistema político. Estamos claros de las debilidades de nuestra cultura política y sabemos que el desmantelamiento total de la institucionalidad provocado por este gobierno arrasó con el sistema de partidos políticos. Ahora estamos viendo las consecuencias. Hoy, la pírrica victoria de Ortega el 6 de noviembre se le ha convertido en un bumerang a la dictadura porque se han quedado sin interlocutores políticos institucionales creíbles. ¿Con quiénes van a buscar una salida? Para que cualquier salida sea legítima tendrán que sentarse con todos los sectores del país, incluyendo aquellos que el sistema barrió.

Tenemos que ser críticos de nuestra cultura política y también propositivos. Desde la ciudadanía tenemos que contribuir a dignificar la acción política, asumiendo que la política es un asunto de toda la ciudadanía, no sólo de la clase política, porque afecta directamente nuestras vidas. El monumental rechazo a la farsa electoral con la abstención ha demostrado, contradiciendo las encuestas, que la población sabe del vínculo entre la política y la cotidianidad.

Queremos avanzar en una democracia plena. Cuando hablamos de democracia casi siempre se piensa en democracia política. Pero sabemos que no puede haber democracia plena sin democracia económica y social. El actual modelo, políticamente excluyente, también ha sido excluyente económicamente. Veamos algunos ejemplos. Entre 2007 y 2015 quienes trabajan en la economía informal pasaron de ser el 65% a ser el 80% y el subempleo creció en el país del 33% al 50%, mientras los salarios reales sufrieron una desmejora significativa. Una reciente encuesta elaborada por el COSEP nos mostró que el 70% de las empresas medianas y pequeñas vieron estancados o disminuidos sus ingresos en los dos últimos años. Todo lo contrario para las grandes empresas: el 70% vio crecer sus ingresos en esos dos años. Una evidencia más de la desigual distribución de los beneficios del crecimiento económico que tanto pregonan el gobierno y sus allegados.

También hemos visto un modelo socialmente excluyente. Si no, ¿cómo se puede explicar que las últimas reformas que se hicieron al presupuesto de 2016 hayan disminuido millones a Educación y Salud para dárselos al Consejo Supremo Electoral? Y no es la primera vez que sucede esto, pese a que todos sabemos que Nicaragua es en Centroamérica el país que menos invierte en educación. Qué bueno que Ortega tuvo recursos para varios programas sociales. No estamos en contra de esos programas, que algo han alivianado a alguna gente pobre. Pero varios estudios han demostrado que esos programas no se enfocaron en los bolsones de los más pobres, que se manejaron con sesgo partidario y con fines electoreros, no siendo el criterio de la pobreza el más relevante a la hora de entregarlos. Esos 500 millones de dólares anuales que le dejó a este gobierno la cooperación petrolera venezolana financiaron algunos de esos programas, pero fundamentalmente se convirtieron en fuente de una gran corrupción. Debieron haberse dedicado a financiar a los pequeños y medianos productores, a mejorar la educación, a todas aquellas metas estratégicas pendientes para que Nicaragua despegue hacia el desarrollo humano sostenible.

Ya sabíamos que el domingo 6 de noviembre asistiríamos a la crónica de una farsa anunciada, que además nos ha salido muy cara: ha costado 900 millones de córdobas. Lo sensato hubiera sido suspenderla, posponer esas elecciones, pero no se hizo. De todas formas, con los altos índices de abstención que vimos el 6 de noviembre hemos enviado un importante mensaje político, no estadístico, de rechazo al régimen implantado por Daniel Ortega. Es imposible medir plenamente la abstención que hubo ese día porque ellos controlaron el padrón, manejaron los centros de votación, manejaron las urnas, las boletas y las actas. No importa. Las estimaciones de todos los ojos independientes rondan el 70%. Las filas vacías fueron evidencias del rechazo a la farsa electoral.

Después de la farsa electoral y de la etapa que abre el diálogo del gobierno con la OEA, ¿cómo estamos? Señalaré algunos riesgos que observamos.

El mayor es que está volviendo a polarizarnos a todos. No sólo hay polarización entre la gente de Ortega y nosotros, sino entre todos los nicaragüenses. La misma gente que se declara partidaria de Daniel Ortega no está conforme con lo que ha ocurrido, y no sólo los empleados públicos, sino funcionarios y empresarios que ya están viendo el riesgo en que los está metiendo Ortega. Todavía no tienen el valor de decirle nada y yo les digo cuando hablo con ellos: “Pero, ¿por qué no le dicen? Si decirle no es pelearse…” Creo que mientras la gente que está rodeando a Daniel Ortega que no está conforme con que estos desmanes continúen no le advierta, todos van a terminar siendo cómplices y responsables. Y creo que ya a estas alturas hay mucha gente cercana a Ortega que no está de acuerdo con lo que hace. Porque él ya rebasó los límites. Estoy segura que no hay entre ellos tanta insensatez.

Otro riesgo que nos deja la farsa electoral lo vemos en los sectores rurales. Los campesinos cada día ven más difícil una salida pacífica. No quieren la guerra y yo no creo que vaya a haber una guerra como la hemos conocido, pero es cierto que hay grupos armados en el Norte. Yo no los he visto y no puedo hablar de la naturaleza de esos grupos. Pero hay gente en el campo que no sólo los ha visto, sino que los apoya y está dispuesta a irse con ellos. Estábamos en un municipio del Norte hablando con un muchacho muy belicoso que descalificaba los esfuerzos para organizar una lucha cívica y mientras tratábamos de convencerlo, entró a la plática una muchacha, que nos dijo tranquilamente: “Yo viajo por este valle a caballo y por ahí me encuentro a los rearmados y miren, tengo siete hermanos y todos ya están listos a irse con ellos, ¡y yo me voy a ir también!” Sí, hay gente armada por motivos políticos. El Ejército dice que son delincuentes. También Somoza decía que los guerrilleros sandinistas eran bandoleros…

También es un riesgo que si Ortega no entra en razón tenemos la amenaza de que en Estados Unidos aprueben la Nica Act, que tendría consecuencias negativas para Nicaragua. Quiero aclarar que cuando un grupo de nosotros fuimos a Washington a informar de lo que aquí estaba pasando esa ley ya estaba redactada. Tenemos la responsabilidad, y el derecho, de informar allá y en el mundo entero lo que está pasando en Nicaragua. No eludimos responsabilidades, pero debemos estar claros de que la responsabilidad de esa ley la tiene Daniel Ortega y nadie más. Y la llave para desactivar esa ley la tiene Daniel Ortega y nadie más.

En las giras que hemos hecho por los lugares más remotos de nuestro país me ha impresionado el nivel de información que tiene la gente, cuánta gente ya sabía de la Nica Act. Y cuántos campesinos con los que hemos hablado nos han dicho: “¡Que pasen esa ley, que la aprueben!” Los entiendo porque para ellos, con o sin Nica Act, la vida seguirá siendo igual de dura. No quiero decir que son livianas las consecuencias de esa ley, porque sé que serían serias, pero es Daniel Ortega quien tiene la gran responsabilidad de tomar con seriedad esa presión.

Creo que si Daniel Ortega ha aceptado dialogar con la OEA es porque tal vez ya se está dando cuenta de que no va a poder seguir “dándonos atol con el dedo” ni a nosotros en Nicaragua ni a la comunidad internacional.

En esta etapa posterior a la farsa veo otro riesgo que me preocupa y quiero compartir con toda honestidad. No tiene que ver con el régimen de Daniel Ortega, porque creo que ya no da para mucho, no porque vaya a terminar mañana o pasado, sino porque es un régimen deslegitimado totalmente. Y la deslegitimación hace vulnerable a cualquier gobierno. Lo que más me preocupa es que la oposición, y ahora cada vez más gente somos oposición, no estemos a la altura de las circunstancias. Y estar a la altura de este momento sí es una responsabilidad nuestra.

Lo que vaya a hacer o no hacer Daniel Ortega es su responsabilidad. Pero prepararnos nosotros para cuando llegue el momento de ser una alternativa que evite el caos en el país, que logre reorientar a Nicaragua por la ruta democrática, es un desafío enorme. Todos debemos ser conscientes de ese reto y también de nuestras muchas debilidades: el déficit de nuestra cultura política, la falta de recursos y además conflictos que sobran y que no son políticos. Y ésa es una de mis mayores experiencias en esta inmersión en la política: los conflictos no tienen que ver con grandes diferencias políticas, sino con el enanismo emocional que tenemos en nuestro país, que nos impide resolver nuestras diferencias. Viendo todo esto desde dentro, estoy muy comprometida con llevar a los espacios políticos la experiencia que hemos tenido en los espacios de sociedad civil, que tampoco ha sido siempre fácil. Estoy comprometida a llevar ideas sobre la importancia que tiene en la política la responsabilidad individual de mejorar nuestra inteligencia emocional.

Éste es el momento de sumar, de tolerar nuestras diferencias, de disimularlas y, mejor aún, de verlas como una riqueza. La unidad, como dice Serrano Caldera, no es la uniformidad, y no debe serlo jamás. Es el momento de entender que Nicaragua necesita del aporte de todos. No hay nadie que no pueda hacer algo en este esfuerzo. No es justo que la gente del campo, la gente más vulnerable, la gente que vive en lugares a donde llega el ejército o la policía y les hace lo que quiere, sea la más esforzada en la defensa de Nicaragua.

No hablemos sólo de riesgos. Soy positiva por naturaleza y también veo en este momento oportunidades. Esta crisis en la que Ortega ha metido a nuestro país es una oportunidad para levantar la conciencia ciudadana. Creo que la ciudadanía está superando el miedo que nos han implantado. Y, sobre todo, veo que está ejerciendo su ciudadanía de manera más proactiva, con la conciencia cada día más clara de que este país no va bien y que hay que componerlo.

Una oportunidad que veo en este momento es que estamos desafiados a construir una estrategia nacional. En nuestro país hay gente haciendo propuestas para conservar el agua, para mejorar la educación, para derogar la ley del Canal, para tantas cosas… También está sucediendo eso en los niveles locales. Ésta es una lucha, un esfuerzo, que ya trascendió a los partidos políticos y trascendió el tema electoral. Lo que tenemos por delante es mucho más grande. Las conversaciones entre la OEA y Ortega nos abren una ventana de oportunidad. Sin hacernos expectativas falsas, porque aún no conocemos las interioridades de esas conversaciones ni hemos visto el informe, lo cierto es que debe ser muy claro y contundente para que Ortega haya aceptado recibir a la misión de un organismo al que hace pocos meses tildó de “sinvergüenzas”, exigiendo a su Secretario General que renunciara. Con este diálogo Ortega está reconociendo que tiene un problema serio. Reconoce también el compromiso de nuestro Estado con la Carta Democrática Interamericana. Dependerá de nosotros aprovechar esta oportunidad y forjar después todas las que sean necesarias.

¿Cuál va a ser la propuesta de Ortega? Lo más importante es estar claros nosotros de cuál debe ser la solución que queremos. Porque la pelota está en la cancha de nosotros. La OEA, los ex-Presidentes latinoamericanos, los partidos del continente, la comunidad internacional ayudan, por supuesto que ayudan. Pero lo clave es lo que hagamos nosotros en Nicaragua.

En la Coalición Nacional por la Democracia primero, y ahora en el Frente Amplio por la Democracia, hemos trabajado y estamos trabajando con seriedad en prepararnos para estar a la altura de las circunstancias de este momento de cambio y para hacernos cargo cuando llegue el momento de asumir responsabilidades y de proponerle algo serio al país. Para presentar nuestra propuesta estamos formando equipos en cada tema: en salud, en educación, en el tema agrario, en el tema ambiental… Hay ya un equipo revisando propuestas que se han ido haciendo a lo largo de los años para identificar no tanto el qué hacer, porque eso ya todos lo sabemos y aquí no hay que inventar el agua tibia. Lo que queremos es identificar el cómo hacerlo, que es lo más importante. En el cómo hacer los cambios estructurales que este país demanda es donde hay que meter el diente y buscar consensos amplios.

Estamos claros de algunos temas clave, que son grandes retos y que serán nuestros compromisos y prioridades. El primero es restaurar la institucionalidad democrática, empezando por transformar todo el sistema electoral: las autoridades, las estructuras, la ley, todo el sistema. El segundo es promover la participación ciudadana desde los territorios, algo clave porque nos va a permitir no sólo tomar mejores decisiones, sino fortalecer una nueva cultura política.

Otro compromiso es garantizar la justicia social y el trabajo digno. Creemos que hay que mantener algunos programas sociales del gobierno, pero quitándoles el sello partidario. Creemos que la clave para salir de la pobreza no son esos programas, sino las oportunidades de trabajo. El desarrollo de un país no es sólo crear condiciones para la inversión. Hay que crear condiciones para el trabajo digno y eso supone respeto a las leyes laborales y justicia laboral. No es posible que nuestra ventaja comparativa para atraer inversiones siga siendo los bajos salarios. El desarrollo y el progreso deben ser para todo el mundo, para los trabajadores, no para unos pocos nacionales y para los inversionistas extranjeros. El compromiso de todo el país debe ser cómo incorporar a los excluidos en el desarrollo. Y eso debe pasar porque los que más tenemos hagamos un acuerdo, en el entendido de que además de la institucionalidad, una mayor equidad no sólo es un asunto de justicia, sino de viabilidad como país.

Para lograr lo que queremos debemos priorizar la educación. Destinaremos el 7% del presupuesto a la educación, que es lo que ha estado pidiendo la sociedad civil y es lo menos que podemos hacer para mejorar la deficiente educación que hoy tenemos. Cuando pasen estos nubarrones deberíamos llegar a un acuerdo nacional asumiendo todos, con compromisos concretos, que lograr una educación de calidad con un magisterio bien preparado y bien pagado debe ser la prioridad número uno de todos, de todo el país. Fue lo que hizo Costa Rica hace cincuenta años y por eso no tienen los problemas nuestros.

Debemos apoyar el progreso de todos fomentando las pequeñas y medianas empresas, con financiamiento, tecnología y capacitación. Todos estamos claros de que es más fácil hoy en Nicaragua conseguir crédito para comprar una camioneta que para comprar un tractor. Son distorsiones de la política económica que habrá que superar. ¿Cómo hacerlo? Habrá que revisar la ley tributaria a fondo. Aquí están exonerados de impuestos los yates y tienen impuestos los uniformes para el colegio. Hay que revisar eso. Se debió haber hecho hace mucho, porque el país deja de percibir más de 800 millones de dólares al año por exoneraciones y tenemos que saber qué beneficios le traen, no a un grupo, sino a todo el país. Hay que aprobar la Ley del primer empleo para abrirle oportunidades a la juventud. Y en todos estos esfuerzos será importante garantizar mejor el respeto a la propiedad privada y promover una mayor equidad en la tenencia de la tierra rural.

Por último, aunque no menos importante, hay que garantizar que Nicaragua vuelva a ser de los nicaragüenses. En primer lugar, logrando una correlación de fuerzas políticas para derogar la oprobiosa Ley 840, la ley del Canal, y para aplicar leyes y políticas de protección y cuido del medioambiente en conjunto con la sociedad civil de cada territorio. Es urgente no seguir dañando los bienes naturales y restaurar el medioambiente para que intereses económicos y de corto plazo no se impongan sobre la gran responsabilidad que tenemos de heredar un ambiente sano a las generaciones que vendrán después.

Creo también que hay que despenalizar el aborto terapéutico y devolver a la Ley 779 su diseño original. Que debemos introducir en el sistema educativo la educación sexual que evite los embarazos adolescentes y prevenga el abuso sexual. También creo que debemos respetar el principio constitucional del Estado laico. Todos estos son temas que debemos discutir como sociedad hasta llegar a un consenso amplio. En estos temas y en todos espero que podemos trabajar dialogando, buscando consensos y tendiendo puentes, no importa quien resulte electo en las elecciones auténticas que estamos demandando después de la farsa electoral.

Somos conscientes de que el golpe que Ortega le dio a la Coalición Nacional por la Democracia impidiéndonos participar en las elecciones provocó divisiones entre los que integrábamos la Coalición. Yo he apostado por dar mensajes positivos y no confrontativos. Porque tengo fe que las diferencias que ha habido se pueden superar. Luis Callejas está en el grupo de Ciudadanos por la Libertad y yo estoy en el grupo del Frente Amplio por la Democracia. Pero estamos en comunicación y hemos llegado al acuerdo de mantener “unidad en la acción”. Ahora, después de la farsa electoral, creo que hay la voluntad de todos de ponernos a trabajar en una alianza estratégica y de largo plazo. Tengo fe de que lo vamos a lograr y veo posibilidades de lograrlo.

Somos conscientes que tenemos ante nosotros un desafío enorme. Porque para lograr todo esto necesitaremos de un gobierno de unidad nacional, de un gobierno que busque y logre consensos, de un gobierno respaldado por la gente que está más necesitada de estos cambios, que es la gente más pobre. Queremos y lucharemos por un gobierno que nos incluya a todos, también a los sandinistas, inclusive a aquellos que durante estos años han sido orteguistas y que estén dispuestos a recomponer el país. Será difícil, sí, pero vamos a luchar por nuevas elecciones, por elecciones de verdad y por ese gobierno de unidad nacional, manteniéndonos abiertos a buscar soluciones con todos los sectores, sumando a todos. Lo que no podemos es seguir gobernando para unos pocos y de espaldas a las mayorías.

Aquí estoy, en esto estoy, no me arrepiento de haber entrado a la arena política. Cuando acepté, yo sentí, y sigo sintiendo, que mi esencia no es ser candidata, es ser ciudadana. Y por eso sigo en la misma lucha que he dado siempre, ahora en otro espacio.

No voy a dejar esta lucha hasta que la ganemos. Y mi trabajo principal será siempre la construcción de ciudadanía. Porque estoy convencida de que sin buenos ciudadanos y ciudadanas nunca tendremos buenos gobiernos.

Imprimir texto   

Enviar texto

Arriba
 
 
<< Nro. anterior   Nro. siguiente >>

En este mismo numero:

Nicaragua
Una nueva carta en la mesa del juego: el NO masivo del pueblo

Nicaragua
Noticias Nicaragua

Nicaragua
“Esta vez hicieron el fraude perfecto”

Nicaragua
“¿Después de la farsa? Elecciones auténticas y un gobierno de unidad nacional”

Nicaragua
El proyecto Ortega-Murillo: cuatro claves de un éxito volátil

Nicaragua
Voces campesinas contra el proyecto del Canal

América Latina
La elección de Donald Trump: un desastre absoluto para América Latina

Honduras
Trazos de verde esperanza sobre un fondo de roja sangre

Centroamérica
“Nos falta imaginación para pensar alternativas”
Envío Revista mensual de análisis de Nicaragua y Centroamérica
GüeGüe: Hospedaje y Desarrollo Web