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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 360 | Marzo 2012
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Nicaragua

Memorias de una generación feminista

¿Qué batallas tuvieron que librar las mujeres feministas en los años de la Revolución? ¿Tuvieron logros? ¿Qué obstáculos enfrentaron? ¿En qué avanzaron? ¿Qué sienten que ha quedado de aquellos esfuerzos? Entrevisté a ocho mujeres que lucharon por un proyecto de transformación que tomara en cuenta sus derechos y por una sociedad que saliera de su cuadratura provinciana, llena de conservadurismo, misoginia y machismo. Aquí están sus testimonios. A mí, joven de este tiempo, que siento su legado, me sirvieron de mucho aprendizaje.

William Grigsby Vergara

Mi madre tiene más de 50 años y es abogada. Los años la han marcado, pero mantiene una actitud firme ante la vida y un espíritu inalterablemente combativo. Luchó contra la dictadura somocista desde su natal ciudad de León, y aunque su participación fue muy anónima, como lo fue la de tantas otras mujeres, mi madre puso su grano de arena para que este país fuera otro.

Ella también es una más de las “hijas de Sandino” porque, al igual que esas otras hijas de Sandino, retratadas magistralmente por Margaret Randall en su libro, mi madre participó en la Revolución inspirada por los ideales del General de Hombres y Mujeres Libres, para no dejarse someter al poder patriarcal y al machismo que caracterizaba la sociedad en la que nació.

LUCHABAN POR LA MUJER NUEVA

En aquella etapa de nuestra convulsa historia nacional, un puñado de mujeres de toda Nicaragua se entregó intelectual y activamente a una lucha que todavía no termina, la que inspiró a Arlen Siu y a tantas otras jóvenes que murieron labrando un proceso que prometía darles el espacio que merecían. Luchaban por la Mujer Nueva, mientras los hombres luchaban por el Hombre Nuevo. Dejaron atrás los complejos de antaño y salieron de sus casas para hacer historia en las calles. Unas tardías, otras prematuras. Campesinas, obreras, intelectuales, internacionalistas, bachilleras, universitarias, todas, entusiastas, han construido una nueva Matria para Nicaragua.

Todas, cobijadas por la bandera feminista y en el quirófano de la guerra, parieron aquel tierno esperanzador que fue la Revolución Popular Sandinista. Todas, como en su momento Rosa Luxemburgo contra el imperialismo alemán, pujaron por una sociedad más justa, diferente, definitivamente integral. ¿Cómo se libraron aquellas batallas por la igualdad de género? ¿Cuáles fueron las trincheras? ¿Cuáles fueron los logros y los obstáculos? ¿En qué se avanzó y en qué se retrocedió en la década de los 80? ¿Eran de izquierda y por eso feministas? Entrevisté a ocho mujeres que lucharon por una sociedad que tomara en cuenta sus derechos y que repensara el concepto de mujer, que respetara las diversas opciones sexuales, en la que se rompieran los tabúes de la época, que saliera de su cuadratura provinciana. Todas ellas se sublevaron por una causa común.

“ASÍ NACIÓ AMPRONAC”

Gloria, 58 años – “Nací en Managua. Me involucré a fines de los 70 en la lucha sandinista por el sueño de alcanzar un país nuevo, donde nos librásemos del yugo somocista. Mi involucramiento no fue explícitamente pensado como lucha feminista. Luchaba por los derechos humanos.

Empecé colaborando con la tendencia proletaria del Frente Sandinista. La idea original fue crear un comité de familiares de reos políticos para denunciar los abusos que sufrían para que se respetaran sus derechos humanos en las cárceles somocistas. Inspirados en la experiencia de las Madres de Plaza de Mayo en Argentina, esta tendencia pensó en organizar algo así en Nicaragua. Buscábamos también llevar provisiones a muchas mujeres que habían sido encarceladas por la Guardia Nacional. Así, visitamos a Ana Julia Guido, a Marta Cranshaw, a Gloria Campos…

Nuestro movimiento nació en 1976. Empezamos a organizar mujeres que no fueran fácilmente reprimibles por la dictadura. Reclutamos a muchas humanistas que no fueran asociadas al comunismo, que era el “uyuyuy” de entonces. Las encontramos, las agrupamos, las organizamos. Fue una experiencia única, inolvidable.

El grupo de mujeres que organizamos fue creciendo. Reunidas con simpatizantes de la lucha feminista y con mujeres motivadas por el humanismo y el cristianismo, que también impregnaba la ideología sandinista, bautizamos a nuestro movimiento como Asociación de Mujeres ante la Problemática Nacional (AMPRONAC)”.

“FUIMOS UN MOVIMIENTO SOCIAL AUTÓNOMO”

“Como hoy, las mujeres éramos mayoría en los años 70. Siendo más de la mitad de la población teníamos un poder político que no ejercíamos. Llegamos a la conclusión de que teníamos una ciudadanía política disminuida, cuando en realidad teníamos peso para ser decisorias. Comenzamos a movilizar a las mujeres para que denunciaran la problemática nacional y poco a poco fuimos creciendo en participación, en aceptación y en popularidad.

Crecíamos en una dinámica de gestión autónoma que fue creciendo espontáneamente. Nos llamaban de los departamentos y las mismas mujeres se auto-organizaban. No teníamos relaciones verticales ni jerárquicas, aunque en Managua hacíamos los planes y proponíamos las actividades para las mujeres de los departamentos que nos pedían apoyo. Poco a poco se fueron sumando más municipios. Nos llamaron de León, Boaco, Jinotega, Matagalpa… Nos pedían también conformar capítulos de AMPRONAC en los gremios. Cuando fuimos más comenzamos a hacer algunas asambleas nacionales para ratificar los compromisos de nuestra lucha.

¿Éramos feministas? Discutíamos sobre nuestros derechos. Las mujeres éramos también ciudadanas, pero estábamos muy pasivas ante la realidad. Las esposas no hablaban mucho de política. Se suponía que sólo el marido podía hacerlo y que era él quien estaba informado. En la medida en que las mujeres se fueron metiendo a discutir la realidad nacional, en la medida en que fueron saliendo a las calles para expresarse, entonces, sin proponérnoslo, fue surgiendo otra agenda, la que trataba los conflictos que se generaban en sus casas cuando ellas tomaban la batuta.

AMPRONAC fue un movimiento autónomo y auténticamente democrático y pluralista en la lucha antisomocista. Fuimos un verdadero movimiento social. No éramos para-militares, tampoco para-frentistas, como lo eran otros movimientos, como el Frente Amplio Opositor (FAO), que hacía actividades orientadas por los líderes del Frente Sandinista, los que casi siempre terminaban en algún tipo de confrontación armada con la Guardia. Nosotras, aunque nacimos por iniciativa de una tendencia del Frente, lográbamos actuar como un movimiento social con sus propias reflexiones, con capacidad de decisión propia. Por eso, AMPRONAC fue algo único”.

“ASÍ TERMINÓ AQUELLA EXPERIENCIA”

“Cuando triunfó la Revolución en 1979 el FSLN se tomó militarmente todo el país. El Estado Mayor de León se tomó León, el de Matagalpa se tomó Matagalpa, el de Masaya se tomó Masaya. Los jefes militares que quedaron al frente de Jinotega, por ejemplo, se convirtieron en jefes únicos de toda esa región, con capacidad para dar órdenes y para decidir sobre todo lo que tenían en sus manos. También decidieron sobre los movimientos ya organizados.

Hubo quienes pensaban que los planteamientos de las mujeres eran divisionistas y fraccionaban la lucha de los obreros y la de los campesinos, la lucha de clases. Organizaciones como AMPRONAC no eran muy bien vistas. Nos miraban con recelo, los dirigentes nos consideraban un grupo de pequeñoburguesas.

Ya en 1979, el FSLN tomó decisiones sobre todas las organizaciones existentes por medio de la Secretaría de Masas. Decidieron que Lea Guido, quien trabajaba con nosotras, fuera Ministra de Bienestar Social. Salvador Mayorga, otro de nuestros fundadores, fue designado para trabajar al frente de la Reforma Agraria. Yo quedé como Secretaria General de AMPRONAC. Sin embargo, dos meses después recibí la visita de Carlos Núñez, miembro de la Dirección Nacional del Frente, que me informó que AMPRONAC se llamaría AMNLAE (Asociación de Mujeres Nicaragüenses Luisa Amanda Espinoza). Se dio así por concluido nuestro movimiento y entramos a otro capítulo de la historia.

Mi estancia en AMNLAE no duró mucho. Los dirigentes del Frente empezaron a descabezar liderazgos y a nombrar líderes por línea y por mandato, en vez de hacerlo por voluntad. Hubo gente designada que no tenía ni amor, ni interés, ni trayectoria, ni relación, ni comprensión de por qué iban a dirigir la organización de las mujeres. Y algunas de las mujeres designadas pensaban lo mismo que muchos líderes hombres: tenían la concepción de que una organización de mujeres era diversionista y nos vieron con poca seriedad.

En 1981, tres años después de haber sido secretaria general de AMNLAE, el Frente decidió sacarme porque no seguía las líneas de la Dirección Nacional. Fue un parte- aguas en mi vida. Hay un antes y un después de aquello, que me marcó para siempre. Después, yo me fui a trabajar al campo y tomé distancia del partido, que se consolidaba en el poder”.

“NOS MANDARON A PARIR POR LA PATRIA”

Luz Marina, 56 años – “Nací en la Comunidad de El Portón, municipio de Esquipulas, Matagalpa. Creo que en los años 80 hubo muchas feministas, pero eran pocas las que tenían claro lo que significaba ser feminista. Tantas cosas pasaron en esos años que fueron desapercibidas para nosotras mismas. Creo que nuestro feminismo nacía entre la inmadurez y la sorpresa de la Revolución.

AMPRONAC fue una organización que luchaba por muchas reivindicaciones de las mujeres con un programa muy valioso, pero estaban algo desorientadas porque la Revolución era algo tan nuevo, un éxito tan grande en tan poco tiempo… Todo lo que surgía de la Revolución era más el resultado de los apasionamientos que de planificaciones estratégicas bien planteadas.

Las feministas nos formamos en ese andar de los años 80 y entramos, muy ingenuas, en un proceso de emancipación donde primaban derechos de igualdad que queríamos se vieran reflejados en la nueva Constitución. ¿Lo logramos? Todas recordamos a Daniel Ortega, en un discurso en un gran congreso de mujeres, diciendo que nuestro deber era reponer a los jóvenes muertos en la guerra. Nos mandó a parir por la patria. Y nosotras no le dijimos nada. Creo que fue un gran error.

Los militantes con poder pasaron por encima del criterio de las feministas. También hubo muchos maltratos y abusos de poder contra nuestras compañeras. Hubo violación de nuestros derechos y hubo violencia. Y no me acuerdo que todo eso haya salido a la luz pública en boca de las feministas. Hoy nos lo cuestionamos: ¿Cumplimos con la tarea de reivindicar a las mujeres?

A pesar de las cosas que callamos, hubo cosas que sí dijimos y que sí produjeron cambios en nuestra sociedad. En los 80 el feminismo contribuyó a la transformación de las Oficinas de la Mujer en la ATC (Asociación de Trabajadoras del Campo) y en la CST (Central Sandinista de Trabajadores). Hubo aportes grandísimos. Muchas feministas, María Teresa Blandón por ejemplo, estuvieron dirigiendo esas oficinas y todas ellas enfrentaron serios conflictos con los hombres de poder.

En la década revolucionaria yo veo dos etapas para las mujeres nicaragüenses: una del 80 al 87 y otra del 87 al 90. Las mujeres fuimos mucho más activas y beligerantes en la segunda etapa. Entramos en procesos de diálogo con una ideología que apostaba al cambio. Antes lo más importante que hicimos fue cuestionar cómo se concebían las reivindicaciones de las mujeres“.

“ALGUNAS CORTARON
SU OMBLIGO CON EL FRENTE SANDINISTA”

“Por años nos pusieron a participar en las jornadas de limpieza de los cauces de los barrios, en muchas tareas que eran indudablemente un bien social, pero que tenían una connotación de servicio y de beneficio político para el partido. Mientras las mujeres trabajaban en los barrios, los militantes hombres eran los que enviaban los informes al partido. No nos parecía justo. A pesar de todo, participar masivamente nos despertó a un feminismo más profundo y más crítico.

Creo que los logros más importantes en la segunda etapa fueron denuncias públicas contra militantes sandinistas maltratadores de mujeres. Y eso me consta, por eso lo digo. También logramos la autonomía de algunos grupos de mujeres organizados en AMNLAE. Muchas dentro de AMNLAE luchamos para que el Frente Sandinista dejara de “bajarle la línea” a las mujeres.

AMNLAE no entendió nuestra lucha. Desafortunadamente, creyó que las feministas estábamos siendo desleales con el Frente. AMNLAE se dividió y eso afectó nuestras luchas. Pero al mismo tiempo, nuestra decisión de cuestionar al Frente logró que algunas mujeres cortaran su ombligo con el Frente. De esa crisis nacieron principios de autonomía en algunas compañeras. En mí misma.

El gran obstáculo que encontramos las mujeres en aquellos años fue el mismo partido. No hubo ninguna posibilidad de debatir ni el patriarcado ni el machismo. Durante toda la década revolucionaria no recuerdo ninguna discusión política sobre el machismo en ningún comité de base.

Yo pienso que si sos feminista es porque sos de izquierda, no al revés. Sos feminista porque tenés un ideal de igualdad social, con mejores condiciones para la sociedad y también para las mujeres. Ser de izquierda es aspirar a oportunidades para todos, a una democracia con diálogo. Yo creo que una persona de derecha no puede ser feminista”.

“LAS MUJERES CRISTIANAS
NOS SENTIMOS INCLUIDAS”

Martha, 50 años – “Aunque nací en Granada, mi identidad está en la isla de Ometepe. Para mí fue muy importante la apertura que hubo en la Revolución a la participación de las mujeres, aunque la guerra haya manchado con sangre esa apertura.

En aquellos años buscábamos la igualdad de trato, la igualdad de salarios, la igualdad de tareas. Y queríamos una maternidad responsable, donde participaran los hombres. Levantamos temas álgidos, como el aborto inseguro, que provoca tantas muertes de mujeres. Por todo eso, y por más, yo sentí que la Revolución también era para mí.

Yo entré al proceso revolucionario por mis convicciones cristianas. Venía de comunidades juveniles cristianas, donde habíamos dialogado mucho sobre el compromiso de construir una sociedad más justa, donde hombres y mujeres edificaríamos el Reino de Dios, que no era para después de la muerte. Y como la Revolución habló de hacer justicia y de una distribución equitativa de las riquezas eso era totalmente compatible con el Cristianismo y con nuestra idea de Dios.

Las mujeres cristianas nos sentimos incluidas en el proyecto revolucionario. La Revolución fue un despertar de la conciencia de las mujeres, que veníamos de una dictadura donde prevalecían ideas retrógradas que hoy todavía están muy presentes. La Revolución nos permitió soñar y convertir sueños en realidades palpables. Nos permitió tener derecho a sentir, a pensar y a demandar nuestras banderas.

La proclama del Frente sobre las mujeres no fue un acto de lucidez de los líderes del partido, sino el producto de la participación de las mujeres en el derrocamiento de la dictadura, lo que obligó a los líderes a asumir una posición más seria y más comprometida con nosotras. Sin embargo, no se pudo erradicar el machismo.

Para muchas aquella proclama fue sólo papel mojado, para otras no. Tan importante era la lucha anti-imperialista como crear condiciones para que las mujeres fueran protagonistas de la historia. La guardería infantil que permitía que los hijos estuvieran bien cuidados y no bajo llave mientras las mujeres trabajaban fue un gran avance. También lo fue la pensión de alimentos, que permitía a las mujeres separadas de los hombres contar con ese ingreso para mantener a sus hijos.

Las ideas conservadoras no sólo las encontrábamos en los círculos religiosos y en los partidos de derecha. También en las filas del Frente. El pensamiento discriminador prevalecía en las organizaciones sociales. Las mujeres fuimos madurando hasta que nos dimos cuenta de nuestra diversidad y aprendimos a cultivar tolerancia entre nosotras mismas.

La guerra, tan terrible, contribuyó a que maduráramos. La movilización masiva de los hombres al campo de batalla ayudó a independizar a muchas mujeres. Pero la militarización masculina produjo una sociedad aún más autoritaria y jerárquica. Aún luchamos contra eso. Nos tocó estar en medio de todo ese mundo masculino. Y para desarrollar un pensamiento propio que nos permitiera hacer contrapeso requeríamos de un país en paz. Así que la guerra también nos jugó esa mala pasada.

¿Se puede ser de izquierda sin ser feminista? Es confuso. Yo abogo por otra clasificación. Ser feminista es estar por la vida y promover los derechos humanos fundamentales. Es respetar y que nos respeten como somos. Si al mismo tiempo se tiene una ideología política de igualdad para todos y para todas sos de izquierda y sos feminista”.

“O ERAS CAMPESINA O ERAS POBLADORA”

Sofía, 57 años – “Nací en Ciudad Darío, Matagalpa. A mediados de los años 80 las feministas, o las que nos llamábamos feministas, éramos una auténtica minoría. Ese grupo pequeño pero compacto fue el que empujó el desarrollo del movimiento de mujeres.

La Revolución estaba representada por un partido único y la lucha contra esa homogeneidad partidaria fue nuestra primera batalla. Quisimos hacer algo así como la FMC (Federación de Mujeres Cubanas). Lentamente, y a través de un debate constante, logramos hacerle contrapeso a la posición oficial del Frente Sandinista.

La posición oficial de aquel entonces pregonaba que el feminismo era una ideología burguesa y, de forma esquemática, consideraban que la emancipación de las mujeres sólo se podía dar por añadidura o “por chorreo”, sin el esfuerzo común de todos y todas las nicaragüenses.

Costaba mucho que se reconociera el derecho de las mujeres a plantear su propia agenda de género. El enfoque del socialismo sandinista era algo decimonónico. Sólo lograba enfocarse en los problemas de clase social. Las otras dimensiones de la sociedad eran subestimadas. Fue una lucha ideológica muy fuerte la que libramos, ya que a las mujeres sólo nos consideraban en dos categorías: o éramos campesinas o éramos “pobladoras”. Si no estabas en una de esas dos categorías no tenías derecho a reclamar nada.

Tuvimos que educar a la gente. Nuestro pequeño movimiento de mujeres tuvo que mantenerse en el debate político-social para tocar temas entonces delicadísimos como la violencia contra las mujeres. También tocamos temas de la sexualidad, de la reproducción y de todo lo que hoy se da ya por sentado y que ya es la agenda de género en Nicaragua”.

“NUESTRO ÉXITO LO VEMOS HOY”

“En los años 80 la agenda oficial para las mujeres era la defensa y la producción. O producías para comer o volabas bala, a eso estábamos confinadas. El tema de la democracia no entraba en la agenda de la Revolución, a pesar de la insistencia no sólo de nosotras, también de los Contras. Fue algo que nunca se discutió. Esto representó un problema para las mujeres, porque la democratización de la sociedad es un requisito básico para poder participar y para incorporarnos.

A medida que avanzó la guerra la cantidad de hombres que desalojaron la ciudad para ir a combatir fue tal, que las mujeres tuvieron que hacerse cargo de la retaguardia. Creo que en este proceso las mujeres encontraron capacidades de autonomía, ya que el servicio militar ausentaba a sus maridos por dos años o más. Tuvieron posibilidades de autoafirmación y más libertades porque ya no tenían al “policía” en la casa vigilándolas.

Tuvimos pequeños éxitos por el empuje y la presión femenina y al final, y a regañadientes, las directivas masculinas y el propio Frente terminaron cediendo espacios. La gran influencia de aquella minoría de mujeres fue más palpable cuando terminó la Revolución. Y en los años 90 emergió un sector del movimiento que se definía a sí mismo como feminista. El éxito es que hoy nuestra agenda ha logrado ser asimilada y legitimada por los hombres y por la sociedad.

¿Se puede ser de izquierda sin ser feminista? Pienso que sí, perfectamente. La historia de la izquierda está plagada de rechazo al feminismo y de rechazo a los derechos de las mujeres, desde Lenin hasta Stalin, desde Fidel hasta Chávez y Ortega. Todos los que se declaran de izquierda, pero son profundamente autoritarios, son los mayores enemigos del feminismo”.

“POR PRIMERA VEZ
SE CUESTIONABAN LOS ROLES DE GÉNERO”

Ana, 57 años – “Nací en Francia pero tengo nacionalidad nicaragüense. Llegué a Nicaragua en 1973, cuando tenía 19 años. Lo primero que me viene a la mente cuando pienso en la lucha feminista de los años 80 son los múltiples intentos y ensayos que organizamos y que no siempre lograban sobrevivir porque el feminismo no estaba bien visto socialmente. También recuerdo el desarrollo de un feminismo ligado a organizaciones gremiales y sindicales, uniendo identidades que no se habían conectado antes. Por ejemplo, obreras agrícolas que luchaban por sus derechos y se organizaron en AMNLAE, la ATC, la CST o en CONAPRO (Federación de Asociaciones Profesionales).

Creo que por primera vez en la historia de Nicaragua logramos desarrollar las mujeres lo que significa tener una identidad múltiple, lo que a veces creaba contradicciones en nosotras mismas. También nos cuestionamos qué significaba ser joven y ser mujer al mismo tiempo, algo que antes nunca nos preguntamos. En los años 70 éramos mujeres, pero no entrábamos a analizar lo que significaba ser mujer.

Uno de los logros más importantes en la década revolucionaria fue establecer muy públicamente que nacemos mujeres pero nos hacemos mujeres, que nos educan para ser mujeres de una determinada manera, así como educan a los hombres para ser hombres. Dijimos que la definición de mujer va mas allá de la educación tradicional que nos daban. Cuestionamos los roles de género y eso empezó a cambiar la división del trabajo en las casas y fuera de las casas.

Los roles que tradicionalmente las mujeres asumían empezaron a ser cuestionados. Por primera vez en Nicaragua se vieron mujeres trabajar exitosamente en las fuerzas armadas, o en la producción manejando tractores, siendo punteras en sus funciones, algunas más eficaces que algunos hombres en tareas específicas. Todo esto fue una revolución.

Empezamos a participar en la vida política siendo dirigentes de base, algo que no había existido en el pasado. En la mente colectiva se empezó a asumir que ser mujer no sólo era ser madre o esposa y que el lugar de la mujer no sólo era la casa. Aunque esto no era novedad en el resto del mundo, en Nicaragua sí lo era.

Pero estos cambios no se tradujeron en políticas públicas específicas que los reforzaran y le dieran estabilidad en el tiempo. Y cuando la guerra disminuyó en intensidad, los roles se volvieron a invertir y de nuevo prevaleció la tendencia de mandar a las mujeres a la casa. No hubo una reflexión profunda sobre lo que significaron los cambios. Fue como agregar algunas habilidades a las mujeres, pero sin cuestionar por qué a las mujeres nos tocaba cuidar a los niños, a los enfermos y a los ancianos y hacer solas las tareas domésticas”.

“EL ABUSO SEXUAL EN LA FAMILIA FUE UN TABÚ”

Durante la Revolución no se tocaron los temas de la sexualidad. No hubo debate sobre el derecho de las mujeres al placer, a ser dueñas de su cuerpo, al lesbianismo, al transexualismo… Nunca se llegó al tema de la planificación familiar ni a la capacidad de las mujeres de decidir sobre su maternidad. Eso sólo se discutió a media tinta. Fue un gran obstáculo para avanzar porque si las mujeres no tienen control sobre su cuerpo ni sobre su capacidad reproductiva, ¿cómo lograr cambios trascendentales en la sociedad?

También estaba el controversial tema de la violencia. Se cuestionaba la violencia contra la mujer y se creó la Oficina Legal de la Mujer, pero no se concibió nunca la violencia como un problema de relaciones de poder entre hombres y mujeres. Lo que había eran hombres malvados, hombres enfermos que le pegaban a las mujeres, pero no se identificó la raíz del problema para erradicarlo. Y por eso todavía seguimos conviviendo con ese problema.

El tema del abuso sexual dentro de la familia fue un tema totalmente tabú en los años 80. Ni se mencionaba ni existía en los medios de comunicación. Gracias a la lucha feminista de aquellos años hoy, al menos, vemos denuncias.

¿Se puede ser de izquierda sin ser feminista? Depende de lo que entendemos por izquierda. Pienso que no se puede ser humanista sin ser feminista. Si la izquierda es nada más la lucha por los derechos de los trabajadores y de los campesinos, sin distinguir entre hombres y mujeres, entonces sí se puede ser de izquierda sin ser feminista. Pero si la izquierda lucha por un cambio social profundo que traiga justicia para todos los seres humanos, entonces uno no puede ser de izquierda sin ser feminista”.

“EL LOGRO MAYOR
FUE SALIR AL ESPACIO PÚBLICO”

María Teresa, 50 años – “Nací en Matiguás, Matagalpa. Lo más relevante de la lucha feminista en los años 80 fue la de algunas mujeres que no se definían a sí mismas como feministas y que trataban de serlo. La definición vino después. Ser feminista era mala palabra en la Revolución, un tiempo en que eras revolucionaria o no eras revolucionaria y feminista no era una palabra políticamente correcta.

A las mujeres nos permitieron tener una organización propia, AMNLAE. Y después surgieron colectivos que actuaban de manera distinta a los lineamientos de su dirigencia. Algunas queríamos ser independientes del Frente Sandinista y esa fue una lucha tenaz desde el comienzo.

Era notable el empeño de las mujeres sandinistas por convencer a otras de que el sandinismo representaba una alternativa de emancipación para nosotras, una reivindicación de nuestros derechos. Pero esto no era tan cierto. En algún momento quisimos articular una especie de propuesta totalizante, en la que la Revolución sería la vanguardia de la lucha de las mujeres por la igualdad social. Esa fue la fuerza que más nos movió a las mujeres organizadas en los años 80.

Creo que los logros más importantes de aquellos años tienen que ver con la reivindicación de las mujeres en los espacios públicos. A pesar del sexismo imperante en la vanguardia revolucionaria del Frente, el hecho de que las mujeres hayamos salido al espacio público fue para mí el logro más relevante. La Revolución creó un sentimiento colectivo de participación y las mujeres no estuvimos al margen. Por primera vez en la historia de Nicaragua las mujeres dejamos de ser las responsables de llenar las iglesias, las encargadas de los menesterosos, las dedicadas a coordinar las fiestas de caridad, y nos convertimos en protagonistas.

Las jóvenes, las adultas, las rurales, las urbanas, las religiosas, las ateas, las de clases pobres, las de clase media, todas, logramos insertarnos en este proceso y eso tuvo una trascendencia muy grande para mi generación. Yo era una muchacha de 18 años cuando triunfó la Revolución y vi cómo se trastocaba la noción de cuál era el papel de las mujeres en la sociedad. Veníamos de una sociedad muy tradicional, influenciada por las ideas más conservadoras, que afirmaban que el papel de nosotras era la familia, la maternidad, el hogar…

Con la llegada de la Revolución todo eso se fue difuminando y las expectativas fueron otras: organizarse, estar en la Juventud Sandinista, ir a los cortes de café, ir a la alfabetización o irse a estudiar con una beca fuera del país. Se descolocaban las ideas más tradicionales sobre el papel de las mujeres y eso nos contagió de esperanza y entusiasmo.

“ÉRAMOS MUY JÓVENES Y MUY INEXPERTAS”

Los mayores obstáculos fueron la misoginia, el sexismo imperante y los discursos utilitarios sobre las mujeres. Aunque todas asumíamos que el Frente Sandinista tenía capacidad de conducir a la sociedad hacia sus metas, eso era una grandilocuencia, una gran ingenuidad. Éramos muy jóvenes y muy inexpertas e idealizamos al Frente y a su dirigencia. La Revolución y su vanguardia no estaban dotadas de un pensamiento pro-igualdad. El Frente venía de una ideología marxista muy limitada. Tampoco debatió las formas de opresión que viven específicamente las mujeres en el campo. No tenía ninguna propuesta para enfrentar las relaciones desiguales entre hombres y mujeres. Miraban a las mujeres como pobres y como pobres las trataban.

Nosotras estábamos de acuerdo en los derechos de tipo socioeconómico: un empleo digno, un salario digno, permisos de maternidad, centros de desarrollo infantil para cuidar a las criaturas… Todo eso estaba bien. Pero eran derechos referidos únicamente a las mujeres como trabajadoras. En cambio, todos los derechos que tenían que ver con la libertad, la autonomía y la autodeterminación de las mujeres no fueron derechos reconocidos por el Frente.

Temas relacionados con la violencia de género o con la maternidad voluntaria, temas como el aborto clandestino y sus consecuencias, temas relacionados con el trabajo doméstico y con la mala distribución del trabajo en la familia, eran temas que el FSLN evadía. Esa evasión creó obstáculos, cortapisas y amenazas. Pusieron a AMNLAE contra la pared sólo porque se oponían a que el movimiento de mujeres profundizara una agenda antidiscriminatoria. El sexismo, tan presente en la dirigencia revolucionaria, no permitió que el movimiento de mujeres avanzara hacia ideas feministas de igualdad.

Yo pienso que no puede haber revolucionarios que sean antifeministas, racistas, homofóbicos, y lesbofóbicos, revolucionarios que no tengan una auténtica y legítima apuesta para acabar con la explotación y con los abusos del capitalismo. Creo que un revolucionario que esté en contra de las demandas feministas es un revolucionario de la boca para afuera. No creo en quienes dicen ser de izquierda y están contra el feminismo. Me parece una gran contradicción”.

“LA DIRECCIÓN DEL FRENTE
FUE MASCULINA”

Lea, 60 años – “Nací en Managua. En los años 80 el feminismo fue matizado de diferentes maneras. Veníamos de una guerra contra la dictadura, donde el rol de las mujeres estaba impregnado del enfoque de la participación política. Por esto, en sus inicios, la Revolución incluyó a las mujeres por su heroísmo. Luego eso se fue transformando.

Las reivindicaciones propias de las mujeres se concebían como muy generales y estaban sumergidas en la lucha ideológica. En el Frente hubo la participación de mujeres pioneras y ejemplares como Doris Tijerino, Mónica Baltodano y Dora María Téllez. Y en ellas emergían reivindicaciones feministas, pero tímidamente.

La teoría feminista no estaba muy elaborada a inicios de los 80 y la configuración de la Dirección Nacional del Frente Sandinista fue masculina, conservando la alianza de las tres tendencias de forma equilibrada. No hubo representación ni presencia de las mujeres en la cúpula.

Pienso que uno de los logros más importantes de esa época fue la conciencia crítica que se despertó entre las diferentes compañeras que legaron sus conocimientos a otras más jóvenes. Muchas de las ONG actuales son el resultado de aquel legado. La Red de Mujeres contra la Violencia, el Colectivo de Mujeres de Matagalpa, el Comité de Mujeres Rurales de León, las Católicas por el Derecho a Decidir, el Colectivo de Mujeres 8 de Marzo, Puntos de Encuentro, entre otras, son hijas de la lucha feminista de los años 80.

“EN LO DE LA VIOLENCIA
QUEDAMOS REZAGADAS”

Después de la Revolución, la iniciación sexual de las jóvenes fue más natural, más “normal” que la de mis padres. Sin embargo, en el tema de la violencia contra las mujeres nos quedamos rezagados y eso se refleja en nuestro presente. ¿Cómo es posible que en Nicaragua todavía se discuta si una niña violada puede o no abortar? Es absurdo. Para mí eso representa un gran retroceso. La legislación del aborto terapéutico existió desde los tiempos de Zelaya, a fines del siglo 19. ¿Cómo es posible que eso se siga discutiendo hoy? Durante los años 80 el aborto terapéutico era legal en Nicaragua, ¿Cuántas mujeres abortamos en la década de los 80 para poder participar en la lucha del FSLN? Hoy estaríamos todas presas.

Pienso que se puede ser feminista sin ser de izquierda, indudablemente. Hay mujeres de derecha que son feministas. El feminismo tiene varias corrientes y una de ellas es el socialismo igualitario, con la que me identifico. Sin embargo, no es lo mismo trabajar por la justicia y la equidad social que hacer cosas por los pobres por populismo. Mussolini hizo cosas por los pobres y era fascista. Trabajar por las mayorías significa hacer transformaciones que busquen mayor equidad entre hombres y mujeres. Una revolución no sólo enseña a leer y a escribir a los que no saben. Enseña a querer y a convivir pacíficamente a hombres y mujeres. Y de eso trata el auténtico feminismo”.

“VENÍAMOS DE LA TEOLOGÍA DE LA LIBERACIÓN”

Dorotea, 64 años – “Nací en Puerto Cabezas, Caribe Norte. Después del triunfo de 1979 y durante toda la década de los 80 nos dedicamos a reconstruir el país y a organizarnos como mujeres. En la Costa teníamos que trabajar por la recomposición de las familias después de la “Navidad Roja”, cuando ocurrió aquel masivo desplazamiento de comunidades indígenas enteras hacia Honduras, exactamente a Tasba Pri que quiere decir “Tierra Libre” en mískito. Durante la guerra quemaron casas y exterminaron comunidades. Mucha fue la sangre derramada. En el contexto bélico nuestra tarea como mujeres multiétnicas fue trabajar por el retorno de las comunidades que se habían ido a Honduras, con hogares desmembrados y desarticulados. En el camino nos hicimos feministas.

En los años 80 en el Caribe no se hablaba mucho de feminismo, aunque íbamos acercándonos al Pacífico, donde se concentraba la mayor fuerza intelectual de este movimiento. Las feministas del Caribe trabajamos en AMNLAE junto con los religiosos capuchinos y con las monjas divinas pastoras, que trabajaban en las minas. Luchamos contra la violencia en el campo y contra la desaparición masiva de tanta población rural. Trabajamos de cerca también con los Delegados de la Palabra y otros líderes religiosos. Veníamos ya reflexionando con la teología de la liberación”.

“LA DIVERSIDAD SEXUAL DABA MIEDO”

“Trabajamos por la vinculación de las mujeres del Atlántico con las del Pacifico para alcanzar una visión más integral del país. Era una lucha por sentirnos identificadas, por respetar nuestras diferencias, por construir una identidad nacional. Luchamos también para garantizar salud a las mujeres, alfabetizarlas, llevarles trabajo y acceso al crédito.

En ese esfuerzo fui tomando conciencia de que había derechos propios de la mujer por los que luchar. Surgieron entonces capacitaciones de feministas y tuve el privilegio de ser invitada a Taxco, México, al segundo Encuentro Feminista de Latinoamérica y el Caribe (1987). Después de esa experiencia vine con muchos documentos, libros y conocimientos para compartir con las compañeras que se iniciaban en la corriente que vinculaba el marxismo con el feminismo.

Las mujeres costeñas empezamos a participar en ciclos de formación feminista que se llevaban a cabo en Managua. Veníamos cada mes a pasar dos o tres días Matilde Lindo, Élida Centeno, Alejandra Centeno, entre otras compañeras. Logramos una gran cohesión y las articulaciones se fueron fortaleciendo. La coyuntura política nos obligaba a estar unidas.

En los 80 tuvimos legalizado el aborto terapéutico para las mujeres. También había clínicas alternativas y el mismo Ministerio de Salud apoyaba a las mujeres que tomaban la decisión de abortar. Lo que sí se veía con mucha reserva y mucho miedo era la diversidad sexual. En la Costa hubo violencia contra jovencitos y jovencitas gays degollados en la playa de Puerto Cabezas sólo por tener una opción sexual diferente. Tuvimos que luchar contra eso también.

La guerra, la inestabilidad económica, los recursos que se dedicaban más a la defensa de la revolución que a la educación de la sociedad, nos limitaron. La comunicación era muy escasa, en la Costa no teníamos ni siquiera teléfono.

Pienso que no se puede ser feminista sin ser de izquierda. Y aunque muchas de nuestras compañeras no tienen una definición precisa de lo que hoy en día significa ser de izquierda, sí tienen una postura clara sobre la defensa de los derechos humanos. Y eso es feminismo, y eso también es izquierda”.

NOS DEJARON UN LEGADO
QUE HOY NOTAMOS

Unas más tardías, otras prematuras, todas estas mujeres fueron y son feministas que enfrentaron una de las épocas más difíciles de la historia nacional: los años 80. Soñaron, idealizaron, se involucraron y chocaron contra el muro de la tradición, construido con machismo y misoginia. Las ideas conservadoras les impidieron alcanzar mayores logros.

Pero nos dejaron un legado. Aunque hoy el movimiento feminista de Nicaragua está fragmentado y lleva a cabo luchas más focalizadas que ayer, la experiencia revolucionaria de los años 80 las hizo madurar a todas para proyectarse con más fuerza al futuro.

Su legado lo reconocemos hoy en las nuevas generaciones de jóvenes que viven su sexualidad de forma más abierta. Lo vemos en los medios de comunicación que denuncian delitos sexuales, abusos y maltratos contra las mujeres. Están presentes en mujeres que hoy ocupan cargos públicos a la par de los hombres. Sin la lucha feminista de los años 80 hubiera sido imposible que Violeta Barrios de Chamorro llegara al gobierno en 1990, la primera mujer en ocupar la silla presidencial en Nicaragua.

Los logros son muchos. Los desafíos que quedan también. Pero el legado se nota. A través de estas entrevistas, que me han servido de mucho aprendizaje, les agradezco a estas ocho mujeres valientes con las que hablé, a las muchas a las que no llegué, y a mi madre también, todos sus esfuerzos. “El país de las mujeres”, la novela de Gioconda Belli, es todavía ficción para América Latina. En Nicaragua podemos imaginarla menos lejos de la realidad gracias a lo que hicieron todas estas hijas de Sandino.

COMUNICADOR SOCIAL.

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