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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 331 | Octubre 2009
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Nicaragua

Los siete pecados capitales que heredamos a nuestra juventud

Criados sin ninguna estimulación temprana, desarrollados en una cultura mítica sin pensamiento crítico, educados sentimentalmente en el machismo de las novelas y los corridos donde se naturaliza el abuso sexual, con un concepto del tiempo que nos ancla en el pasado, en lo añejo como valor supremo, hijos y nietas de una sociedad que tiene su piedra angular en los apellidos y los clanes, negando el color que tenemos y despreciando lo que somos, y aficionados a la donación y al regalo más que al salario justo y al trabajo bien hecho. ¿Qué desarrollo podemos esperar cuando estamos así porque somos así?

José Luis Rocha

Cada nuevo gurú del desarrollo jura tener el diagnóstico de nuestras taras y la panacea para sacarnos de la triste playa del subdesarrollo donde estamos varados desde hace siglos, quizás desde siempre. Unos proponen bordar con primor el tejido comercial deshilvanado. Otros hablan de déficit público y existencia de oligopolios y monopolios. Pocos hablan aún de injustos términos de intercambio. Los de allá dicen que el problema medular es la baja productividad agrícola. Los de más acá prefieren enfatizar la dependencia de la periferia agrícola y manufacturera respecto del centro industrializado.

Y según el seminario al que asistamos, la universidad que visitemos o el Premio Nobel de economía al que un portavoz tropical rinda pleitesía y repita con acrítico servilismo y carencia de imaginación, se irán sucediendo, como cuentas de un rosario, los veredictos, desahucios y alegatos: libertades insatisfechas, dependencia de la senda, sinergias inconclusas, asimetrías de la información, desaprovechamiento de las ventajas comparativas, reingenierías pendientes, insuficiente diversificación de las exportaciones, reglas del juego flotantes, ausencia o debilidad de las instituciones que reducen la incertidumbre y los costos de transacción, y muchas, muchísimas teorías más.

No sé si todos los gurús tienen parte de la verdad. Quizás. Pero sí creo que la mayoría se ha dejado en el tintero trabas elementales al desarrollo que harían bien en incorporar a sus construcciones. Mencionaré algunas, fruto de décadas de observación participativa como miembro de una sociedad que las cultiva, pule y hereda. Son las vísceras de nuestro presente. Traigámoslas a la conciencia para sacudírnoslas.

LAS (MALA)CRIANZAS:
HAMACA, GOLPES, MIEDOS Y SOBREPROTECCIÓN

La primera traba tiene que ver con la sicología genética, esa rama de las ciencias creada por el sicólogo ginebrino Jean Piaget. No hace falta ser muy versado en la misma para saber que algo marcha muy mal en Nicaragua. Piaget nos explica cómo se van construyendo las categorías básicas del entendimiento y toda su explicación parece una descripción contrafáctica de la crianza de los nicaragüenses. Ahora que son indiscutibles los beneficios de la estimulación temprana, los efectos de su ausencia son más evidentes y escandalosos. El problema es que arrastramos una sólida tradición de falta de estimulación temprana.

¿Cuándo se inculcan las nociones de orden y encajamiento? ¿Las funciones simbólicas? ¿Las experimentaciones para armar relaciones que son el preludio de la lógica? Los bebés se colocan en una cama o hamaca, su cuasi-probeta, donde se espera que sigan llevando una existencia casi fetal. El mejor niño es el que dormita día y noche. Su vida diaria transcurre de la chicha a la hamaca. ¿Qué hay de extraño en que luego vaya de la cerveza a la cama, con una pequeña -aunque a veces evitable- escala técnica en el lecho laboral?

Un poco más creciditos, los niños y niñas no reciben explicaciones. Son destinatarios de órdenes, cuyos soportes a menudo no son las palabras. Mediante gestos o coerción física son forzados a permanecer en una postura durante la misa o el culto, a cambiar de dirección al caminar, a incorporarse de la cama o a terminar con premura lo que están bebiendo. Los labios se expanden en dirección de los objetos que deben mirar, atrapar y traer. Sería imposible hacer un reality show radial en Nicaragua. Los radioescuchas perderían la mayor parte de cada diálogo. Aunque se pidiera a los participantes que todo lo formularan con palabras y que eliminaran los gestos, jamás se podría evitar que los “allá” o “ahí” fueran indicaciones de “sobre la cama” o “bajo el tercer anaquel”. Con la educación recibida, las habilidades verbales quedarán limitadas para siempre. La palabra “cosa” -también “chunche”- ha sido y seguirá siendo una palabra comodín que sustituye a “silla”, “afirmación”, “teoría” o “ministerio”.

“PORQUE SÍ”, “PORQUE DIOS QUIERE”
“PORQUE EL DIABLO LO HIZO”...

Las frases son completadas con onomatopeyas y ademanes, y la capacidad para asimilar términos abstractos o de entender instrucciones que incluyan un mínimo nivel de complejidad está averiada desde sus cimientos. Un ejemplo: Mi esposa imparte clases en la UCA desde hace más de cinco años. Todos sus alumnos deben haber cursado no menos de diez años de estudios. Algunos lo hicieron en colegios de clase media alta, de esos que ahora se especializan en Paint ball. Pero lo que la estimulación temprana no da, el colegio no lo suple, y a menudo ni siquiera lo intenta suplir. Cuando ella pide “seleccione dos de estas cinco preguntas para responderlas en clase y el resto respóndalas en casa”, recibe a cambio una avalancha de preguntas: “Profesora, ¿debemos responder la dos y la cinco? ¿La dos o la cinco? ¿Las cinco? ¿Hay que responder las que se pueda y el resto llevarlas a casa?”

La estulticia va en cadena. ¿Qué respuestas puede dar a las preguntas un papá que cuando era niño recibía monosílabos, muecas, “porque así es” o coscorrones por respuestas? Esos padres y madres que fueron niños y niñas renunciaron mucho tiempo atrás a buscar los porqués de las cosas y por eso, a preguntas agudas, dan respuestas estúpidas, perezosas, vagas y desinformadas. Cuando aún no habían sido tan estupidizados, recibieron las respuestas que luego transmitirán sin cambiarles un pelo: “porque sí”, “porque Dios quiere” y “porque el diablo lo hizo”.

La arbitrariedad, el providencialismo y el temor a los poderes ocultos, sobrenaturales e inevitables son invocados como fuentes de todos los acontecimientos. El absurdo, lo divino y la autoridad se fueron configurando en sus seseras como las grandes fuerzas que rigen el mundo. La fuerza de la autoridad: por eso los caudillos. El absurdo y el azar: por eso el fatalismo, el conformismo, la renuncia a transformar el entorno. El poder de la divinidad: por eso el providencialismo que Andrés Pérez-Baltodano ha desentrañado con su incisivo escalpelo en tantos de sus textos.

¿SOMOS REALMENTE MODERNOS?

No se busca la lógica y los mecanismos. No se atiende a la regularidad para extraer un patrón. No se apela a principios generales para transformar la realidad, sino sólo para reforzar la costumbre, que persiste incuestionada porque los principios generales no son una herramienta para comprender la realidad y a partir de ahí construir otra realidad posible. Como son principios que hablan de las voluntades de fuerzas divinas o diabólicas, o de procedimientos absurdos, todo es posible. Cada acontecimiento es una flor del capricho.

El discurso que se construye, con las pocas palabras disponibles, corresponde a esa visión de la realidad: una bola amorfa, a veces trágica, a veces hilarante, pero casi siempre inexplicable. Ahora, con un celular a cuestas, el nicaragüense está en buena posición para presentarse como un posmoderno y relativista, cuando no es más que un pre-premoderno y supersticioso. Sus discursos son deshilvanados y tan llenos de digresiones que cada quien puede elegir el tema central a su gusto y sin riesgo a equivocarse. Cada discurso es un texto con millares de hipervínculos. Los políticos, presentadores de televisión y en general todo hombre que vive de la palabra -incluyendo, por supuesto, los pastores evangélicos que ahora marcan la pauta del estilo retórico más recurrido-, son más aplaudidos si van saltando de tema en tema, insertan imágenes azufradas, cuentan anécdotas personales, aluden a la divinidad en cualquiera de sus formas y salpican su discurso de proverbios populares.

El principio básico de la modernidad -la razón que puede transformar la situación dada en una realidad primero imaginada y compuesta mediante el juego con principios abstractos- simplemente no aplica. Los desarrollistas vendrán a estudiar la racionalidad del productor o de la política de acuerdo a un paradigma del ser humano, de las dinámicas económicas y de la polis que sólo tiene muy pálidos reflejos en nuestra realidad. La realidad de su lógica tiene muy poco que decir sobre la lógica de esta realidad. Y es que el primer problema es que la mayoría de las cabezas que interaccionan para producir esta realidad social no fueron configuradas en muchas de las categorías que suelen ser consideradas como elementales para producir una mentalidad moderna.

LOS MITOS DE LA (MALA)CRIANZA

En lugar de conocimientos racionales, cultivamos mitos que se transmiten de generación en generación. Ésta es una segunda traba. Y es una traba con muchos tentáculos: tantos como mitos existen. “Si le das vitaminas a los bebés, se les caen los dientes”, dicen unas. “Si te mojás en la lluvia, te da gripe”, dicen otros. El ajo es dañino, la pereza es innata, el arroz ya preparado hay que calentarlo seis minutos en el microondas, no hay que comer tiburón o mantarraya porque son venenosos, si una mujer con la menstruación pasa junto a un frijolar lo quema…

No hay refutación posible. Un devastador sentido común echa por tierra los argumentos mejor aquilatados. Al insistir en la necesidad de ahorrar agua porque es cada día un recurso más escaso, una conocida recibió de su vecina la evidencia contraria: “Ahí está el lago Cocibolba y el río Escondido. ¿Cuándo se va a acabar toda esa agua?” Aquí no se trata del cínico “después de mí, el diluvio”. Se trata de que un abanico de mitos, una profunda ignorancia científica y una lógica chata están guiando el sentido común.

Como no fueron auxiliadas para desarrollar las nociones elementales de la lógica y un pensamiento crítico, estas personas serán presa fácil de los vendedores de ilusiones, caudillos verborréicos, noticias sensacionalistas, recetas de la vida, libros de autoayuda, chismes de última hora y teorías que atribuyen el conjunto de males del planeta a Bush o a Chávez, a los judíos, la música satánica o el comunismo. No son crédulos por naturaleza, sino por obra de la cultura en la que fueron criados. Muchos y muchas profesionales con alto nivel educativo no entienden que “explicar” las formas en que operan las pandillas y sus motivaciones no es lo mismo que “justificar” sus comportamientos. Las nociones sociológicas no entran en sus molleras porque ni siquiera han entrado distinciones aun más romas. Haga la prueba con una conocida tomadura de pelo infantil. Pregunte “¿Qué pesa más: una libra de plomo o una libra de algodón?” Aún después de revelado el truco, al menos hasta cierta edad, muchos de sus interlocutores insistirán en que la libra de plomo es mucho más pesada.

Este ayuno de nociones básicas del intelecto se une a la compulsiva necesidad de emitir opiniones sobre los tópicos más variados y alejados del propio campo, una propensión acicateada por los periodistas que piden al Cardenal Obando que se pronuncie sobre el genoma o a Emilio Álvarez Montalván -el mismo que fue nuestro Canciller y que en su prólogo al libro Nicaragua y su café de Eddy Khül situó Brujas de Flandes en Holanda- que comente los conflictos en Bosnia. Ver en la televisión al diputado Edwin Castro (junior) disfrazado de gnomo para cocinar con el chef Nelson Porta o contemplar en imágenes la “histora del universo” desde el Big Bang hasta el neoliberalismo, elaborada por Humberto Ortega, es muy ilustrativo de este vicio.

Y, como la ignorancia es atrevida, se presume de tener ciencia infusa, que acaba siendo cháchara difusa y confusa. Los interpelados echan mano de los mitos, un saber en nebulosa y su temerario desparpajo, que parece parafrasear a la Tula Cuecho: “¿Para qué ciencia? ¿Para qué datos?, si con mis tapas yo sé de todo”.

LA EDUCACIÓN SENTIMENTAL:
VIOLACIONES SEXUALES, CORRIDOS Y NOVELAS

Por más esfuerzos que se hagan en otras direcciones, la educación sentimental en Nicaragua recibe dos sellos determinantes: la dominación masculina en sus más opresivas manifestaciones y las ficciones de mayor consumo popular: telenovelas y música, que refuerzan la opresión del macho.

Nicaragua es un país donde ocurren más de cinco violaciones al día. El Anuario estadístico de la Policía Nacional de 2007 registró 1,657 denuncias de violaciones, lo que da un promedio de 4.5 cada día. Y éstas son sólo las denunciadas. Muchas víctimas y sus familiares prefieren ocultar los hechos por vergüenza, temor a represalias, tolerancia culturalmente inculcada y desconocimiento de los trámites de la denuncia. La cantidad de violaciones debe ser bastante más abultada. Las víctimas de las violaciones denunciadas son mayoritariamente niñas y adoloscentes en un 72% de los casos. La mayoría de las víctimas se concentra en los 13-14 años, la edad en que la dominación masculina le dice a la sabiduría popular que las muchachas ya están “listas” y “solteritas”, es decir, núbiles. O sea, disponibles. Muchos -quizás la mayoría- de los violadores no son un grupito de enfermos mentales -al menos no de esos caricaturizados con mirada lujuriosa y siempre al acecho-, sino a menudo familiares o personas muy cercanas al círculo familiar de las víctimas, que en su fuero interno sienten que tienen derecho o que en todo caso no están perpetrando un acto tan condenable.

Más de cinco violaciones al día imprimen una tónica muy visible, audible y tangible en un país tan pequeño en territorio y población. Algo debe estar podrido hasta los cimientos para que una sociedad reproduzca y conviva con esta barbarie. La podredumbre tiene que estar relacionada -entre otros factores- con hábitos y discursos de la educación sentimental que incitan a cometer las violaciones, las hacen en cierto modo lícitas, prometen impunidad, garantizan el silencio -cuando no la absolución- de las víctimas e inducen cierto grado de tolerancia.

Aquí es donde empalmamos con las producciones culturales para el consumo popular. Si nuestros padres y abuelos crecieron con Tan pequeña es y No tengo edad, nosotros hemos escuchado hasta la saciedad el merengue Eres demasiado niña de Eddy Herrera: “Si tú no fueras tan niña / yo te llevara conmigo / y si no fueras tan angelical / mi amor a ti me atrevería a entregar. / Y es que eres demasiado niña / para empezar a amar. Eres como una fruta nueva / que no se debe tumbar. / Apenas tienes trece años y no sabes besar. / Fruta que nueva se tumba / jamás dará buen provecho”. Las incitaciones a la pedofilia se disfrazan de contención en el macho y de insistencia en la niña, que en el video de este merengue hit parade es caracterizada por una nada angelical modelo de más de 20 años, portadora de caderas y pechos de Venus africana.

¿QUÉ DESARROLLO ESPERAR CON TODO ESTO?

Los corridos, las salsas, los vallenatos, los merengues, los reguetones y las telenovelas son los grandes educadores. El patriotismo que fomenta la devoción por Rubén Darío jamás logrará que su “Sonatina” compita con “Rosita Alvírez” o “Que me la pegue pero que no me deje”. Sin control de calidad ni monitoreo de eficiencia académica, estas producciones inoculan día a día la visión predominante de las relaciones entre hombres y mujeres. Son ficciones que en parte describen la realidad, pero que, en un giro de serpiente emplumada que se muerde la cola, también la configuran.

En la comunidad de El Tanque, donde vive la mayoría de los damnificados por el deslave del volcán Casita durante el huracán Mitch (1998), muchas familias ven ocho telenovelas al día, y en los intermedios se toman aperitivos radiofónicos. Las intrigas románticas, las hazañas de machos irresistibles -a veces también de patéticos cornudos- y las historias de seductoras púberes que gastan las más de sus horas conquistando a sus maduros profesores, disputándole los maridos a sus madrastras o peleando a muerte con sus compañeras de clase por sucesivos novios, caen en granizada desde canciones y novelas, y surten su efecto reproductor en la imagen de niñas-bombas-sexuales.

La programación televisiva se ha ido saturando de telenovelas de colegialas casi impúberes. Las niñas venden. Ahí están para los machos que se presumen galanes dispuestos a satisfacer la incipiente o siempre latente lujuria femenina. Cuando encuentran niñas en la calle, les sueltan sus piropos sin sal ni ternura. Las abordan con miradas, comentarios y gestos que son pura agresión. Se sienten con derecho a una especie de coqueteo primitivo, sin matices ni sublimaciones.

¿Qué desarrollo esperar de un país donde una de las formas de relación humana más recurrida es la violación sexual? ¿Cómo construir bienes públicos si el otro es visto como un objeto de carne y hueso que sirve para masturbarse?

¿QUÉ CONCEPTO TENEMOS DEL TIEMPO?

La noción del tiempo varía de una a otra cultura. Los orígenes de la obsesión occidental por medir, seccionar y administrar el tiempo pueden ser ubicados en cierto momento histórico. Algunos autores insisten en la concepción del tiempo como un elemento clave del desarrollo. Lewis Mumford en Technics and civilization señaló que el reloj, y no la máquina de vapor, es la máquina clave de la moderna era industrial… En su relación con cantidades determinables de energía, estandarización, acción automática y, finalmente, su propio producto especial -tiempo exacto-, el reloj ha sido una máquina pionera de la técnica moderna y en cada período ha permanecido señalando un horizonte: marca una perfección a la que otras máquinas aspiran. David Landes escribió un voluminoso estudio sobre esta transformación en la percepción y el uso del tiempo profundizando en la tesis de Mumford.

Sin duda, la inserción en un mundo muy interconectado requiere cierto nivel de coordinación y ésta a su vez demanda sincronización. El tiempo es tema de choques culturales. A los europeos les resulta arduo enfrentarse a ideas del tiempo tan despreocupadas y alegres como las que se encuentran en culturas latinoamericanas y africanas. El periodista polaco Ryszard Kapuscinski caracterizó de forma penetrante el contraste entre las percepciones del tiempo europea y africana: El europeo y el africano tienen un sentido del tiempo completamente diferente; lo perciben de maneras dispares y sus actitudes también son distintas. Los europeos están convencidos de que el tiempo funciona independientemente del hombre, de que su existencia es objetiva, en cierto modo exterior, que se halla fuera de nosotros y que sus parámetros son medibles y lineales... El europeo se siente como su siervo, depende de él, es su súbdito. Para existir y funcionar, tiene que observar todas sus férreas e inexorables leyes, sus encorsetados principios y reglas. Tiene que respetar plazos, fechas, días y horas...

Los africanos perciben el tiempo de manera bien diferente. Para ellos, el tiempo es una categoría mucho más holgada, abierta, elástica y subjetiva. Es el hombre el que influye sobre la horma del tiempo, sobre su ritmo y su transcurso -por supuesto, sólo aquel que obra con el visto bueno de los antepasados y los dioses-. El tiempo, incluso, es algo que el hombre puede crear, pues, por ejemplo, la existencia del tiempo se manifiesta a través de los acontecimientos, y el hecho de que un acontecimiento se produzca o no, no depende sino del hombre... Traducido a la práctica, eso significa que si vamos a una aldea donde por la tarde debía celebrarse una reunión y allí no hay nadie, no tiene sentido la pregunta: ¿Cuándo se celebrará la reunión? La respuesta se conoce de antemano: Cuando acuda la gente.

Los nicaragüenses estamos más cerca de esta laxitud africana en el manejo del tiempo que de la esclavitud del europeo. Pero ésa no es la traba al desarrollo, sino una de sus variantes. Una variante cuya puesta en escena en Nicaragua tiene serio impacto sobre el desarrollo en su concepción más elemental. La traba consiste en haber llevado al extremo la voluntad de dominar el tiempo, de crearlo mediante los propios actos, y congelarlo en un deseo de eternidad, de un retorno al illo tempore en que todo era mejor o de un eterno retorno de lo mismo.

ANCLADOS EN FIRME EN EL PASADO

Toda sociedad cuenta con una corriente conservadora. El “así fue y así debe seguir siendo” y “Todo tiempo pasado fue mejor” son principios a los que la mayoría se adhiere en la madurez. Todo es cuestión de tiempo. Lo sorprendente de Nicaragua es que los adeptos al pasado son mayoría. No podría ser de otra forma: existe una compulsión estructural a que así sea.

Las llamadas direcciones fantasmas son un primer mecanismo de compulsión hacia el pasado. “¿Dónde está la nueva tienda de computación?” De donde fue Lozelsa dos cuadras al lago. “Pero es que ahora ahí está un enorme hospital”. No importa. Lozelsa hizo historia y estaba antes: gana quien llega primero. “¿Dónde está el bufete de abogados Los Zopilotes?” De donde fue el arbolito media cuadra arriba y una cuadra al lago. El arbolito puede haber sido talado o haber crecido hasta transformarse en un tremendo arbolote. No importa. El arbolito sigue y seguirá siendo el punto de referencia. Estaba ahí, al parecer, desde tiempo inmemorial. Quizás lo plantó Diriangén o su tatarabuelo. “Pero es que yo tengo 19 años, nací cuando ya no había arbolito ni Lozelsa”. Pues a ver “si te ponés al día” y aprendés dónde “están” las cosas.

Sólo quien haya vivido en Managua durante los últimos 50 años, conocedor de tantos monumentos y tiendas fenecidas, puede conducirse con pie seguro. Si alguien se empeña en vivir en el presente, peor para él. La Managua imaginada -del pasado- persiste y guía los pasos. Está congelada en un momento previo a la guerra de los 80, la insurrección del 79 y el terremoto del 1972. La Managua imaginada pasa por la negación de estos tres cataclismos históricos.

¿CÓMO EVOLUCIONAR
SÓLO MIRANDO HACIA ATRÁS?

Este gusto por lo añejo se extiende al terreno musical. Una visita a la playa de Pochomil con oído atento a las roconolas, radios y tocacintas o CD Players de los bañistas da una idea de las canciones que están permanentemente de moda: los éxitos de Leo Dan Marisa, Mary es mi amor, Sólo una vez y Cómo te extraño; Silueta de cristal y Yo sé que te acordarás de Los Bríos; Ella ya me olvidó y Hoy corté una flor de Leonardo Fabio; Yo no nací para amar de Juan Gabriel; Piel canela, Aunque me cueste la vida y Los aretes de la luna de la Sonora Matancera; Adiós chico de mi barrio de Tormenta; La cumbia sampuesana de Aniceto Molina; La cadenita y Chambacú de la Sonora dinamita; y Tú me acostumbraste, Bésame mucho y Sinceridad de Lucho Gatica (compuesta la última por el nicaragüense Rafael Gastón Pérez). La más preñada de significado es Reloj no marques las horas.

El paladar melomaníaco se contagia y transmite de generación en generación. Es una herencia cultural. Los jóvenes de hoy escucharon desde niños estas canciones y las asumieron como parte de su época, aunque quizás las escucharon por primera vez sus bisabuelos. Ellos se asegurarán que sus nietos las escuchen. Cada Navidad y fin de año seguirán sonando El año viejo de Tony Camargo -más de medio siglo de duración-; Ven a mi casa esta Navidad de Luis Aguilé -más de 40 años de dar batalla-, Feliz Navidad de José Feliciano (39 años); Faltan cinco pa’las doce” de Néstor Zavarce y Mi burrito sabanero -más de 30 años-, entre muchas, muchas otras navideñas y de fin de año. No hay posibilidad de que ninguna canción moderna compita con ellas hasta desplazarlas. Podrán añadirse nuevos clásicos, pero se abrirán paso con dificultad y sólo hasta tener un aroma rancio, como Navidad sin ti de Los Bukis, que ya tiene 23 años con carta de ciudadanía en roconolas y emisoras de radio que por puro sarcasmo se llaman Futura o Nueva Radio Ya. Los grupos nicaragüenses relativamente nuevos -Los Mocuanes, La Nueva Compañía y Macolla- se ven forzados a incluir al menos un popurrí de canciones vetustas o incluso lanzarse a cantar muchas de ellas para agradar al gran público.

El resultado es que lo viejo nunca es viejo. El pasado siempre forma parte del presente. Se ponen todas las piezas para que el pasado no sea transitorio, sino una serie de eventos y acontecimientos siempre actuados, aunque nunca actualizados. Se camina mirando hacia atrás, con la mirada extraviada entre el estar y el ir. Todos estos elementos son sintomáticos de opciones por el estancamiento.

¿Qué evolución se puede esperar de quienes están continuamente buscando cómo reproducir el pasado con la mayor fidelidad en lugar de emprender nuevas rutas e imaginar un futuro diferente? ¿Qué espacio hay para admitir y aplicar emprendimientos e innovaciones? ¿Qué novedades esperar donde lo juvenil y lo senil distan un paso o se confunden en un vetusto abrazo? En el país de la gerontocracia, los dinosaurios imponen su cultura… incluso en política. Los dos últimos presidentes del país son viejos líderes políticos: Enrique Bolaños y Daniel Ortega. Los dos partidos más fuertes se niegan a dejar espacio decisivo a nuevas voces. Reimprimir a Daniel Ortega y a Arnoldo Alemán, como antes a Emiliano Chamorro y a Anastasio Somoza, se impone como corolario del principio “Es mejor lo malo conocido que lo bueno por conocer.”

LA PIEDRA ANGULAR ES EL APELLIDO

También en Ébano, Kapuscinski describe el ritual de encuentro entre los africanos: Cuando se encuentran dos desconocidos, empiezan diciendo: ¿Qué quién soy? Soy Soba, de la familia de Ahmad Vahadilla, la cual pertenece al grupo de Mussa Araye, que, a su vez, pertenece al clan de Hasean Said, el cual forma parte de la unión de clanes Isaac, etc. Tras semejante presentación, le toca el turno al segundo desconocido, quien procederá a facilitar los detalles de su origen y definir sus raíces, y ese intercambio de información, que se prolonga durante largo rato, resulta sumamente importante, pues ambos desconocidos intentan averiguar lo que los une o separa, y si se fundirán en un abrazo o se abalanzarán el uno sobre el otro con un cuchillo. A todo esto, la relación particular entre las dos personas, su simpatía o antipatía mutuas, no tiene ninguna importancia; la actitud hacia el otro, amistosa u hostil, depende de cómo se presentan en el momento dadas las relaciones entre sus respectivos clanes. La persona privada, particular, el individuo, no existe; sólo cuenta como parte de éste u otro linaje.

Esta descripción me suena familiar a fuerza de haberla vivido mil veces. Los granadinos no pueden resistir la tentación de preguntarle a cualquier desconocido cuyo rostro les recuerde cierta estirpe: “¿Vos sos algo de la Fulanita Tal? ¿Quién es tu abuelo? ¿Quién es tu papá?” Si aparece un apellido que no cae en el registro de la ciudad en la que se desarrolla el diálogo -por ejemplo, Morales-, inmediatamente se preguntará: “¿Sos de los Morales de Tipitapa o de Chinandega?” Y a menudo caer en una u otra ubicación geográfica significa pertenecer a uno u otro sector social: los Morales de un sitio son acaudalados, mientras los de la otra localidad son unos pobretones o burgueses venidos a menos.

Con el apellido, el interrogador obtiene información muy valiosa sobre quién es su interlocutor. El apellido es la piedra angular de todo un edificio de información. Los apellidos son los mapas sociales en sociedades pequeñas. Son los indicadores de las castas. En sociedades grandes, como la estadounidense, ser un Kennedy no supone necesariamente estar emparentado con JFK. Pero en una sociedad como la nicaragüense ser un Bolaños, un Barrios o un Pellas es un indicio casi seguro -sobre todo en el caso de los dos últimos apellidos- de compartir un vínculo sanguíneo no muy lejano con el ex-Presidente de Nicaragua Enrique Bolaños (2002-2006), con la ex-Presidenta Violeta Barrios (1990-1997) o con la familia más acaudalada del país.

HIJOS DE UNA SOCIEDAD CLÁNICA

El periodista español Manuel Leguineche fue, hasta donde sé, el primero en observar la división clánica de los cargos y negocios que saltaba a la vista en los revolucionarios años 80. Agricultura y pesca: dos Coronel Kautz de viceministros del Ministerio de Reforma Agraria y otro como ministro del Instituto Nicaragüense de Pesca. Y su primo Richard Lugo Kautz, jefe de la marina sandinista. Los ministerios de Cultura, Educación, Justicia y Comercio Exterior: los hermanos Ernesto y Fernando Cardenal, y sus primos Ernesto Castillo Martínez y Alejandro Martínez Cuenca. Los tres periódicos pertenecían al clan Chamorro, en los dos extremos del espectro político: Jaime Chamorro en el derechista La Prensa, su hermano Javier Chamorro en El Nuevo Diario y Carlos Fernando Chamorro, el sobrino de ambos, en el oficialista Barricada. Los Baltodano -padre e hijo- en la Contraloría y el Ministerio de Industria.

Posteriormente, a inicios de la década de los 90, en su artículo Asuntos de familia: clase, linaje y política en la Nicaragua contemporánea, el sociólogo argentino Carlos Vilas analizó la constitución clánica de la sociedad nicaragüense y el gabinete sandinista de los 80 como un giro hacia el re-empoderamiento de las élites tradicionales. Además de los mencionados, Vilas habla del clan de los algodoneros: Gurdián, Icaza, Vijil y Terán, entre otros. Rescata las estructuras clánicas por regiones: los Picado en Matagalpa, los Guevara en Río San Juan, los Talavera en Rivas y los Baltodano en las colinas de Managua. Rememora a los poderosos del grupo BANIC en los 70: Ramiro y Alfredo Sacasa Guerrero, Xavier y Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, Alfonso Callejas Deshon, Alfonso Lobo Cordero y Alfonso Robelo Callejas. Y a los allegados a la familia Pellas: Manuel Ignacio Lacayo, Adolfo Benard, Duilio Baltodano, Carlos Hollman y Eduardo Fernández Hollman (olvidó a Carlos y Felipe Mántica).

Luego insiste en cuántos miembros de las élites tradicionales ocuparon cargos en el gobierno: el General Joaquín Cuadra (primo y cuñado del Coronel Osvaldo Lacayo Gabuardi), el Ministro de la Vivienda Miguel Ernesto Vijil, el Presidente de la Corte Suprema de Justicia Roberto Argüello Hurtado (su hermano representaba a la Asociación del Clero Nicaragüense ante el Consejo de Estado, un sobrino fue Ministro de Finanzas, una hermana fue primero cónsul en Estados Unidos y luego embajadora en Costa Rica, y otra hermana fue cónsul en México), el Jefe de la Policía Nacional René Vivas Benard, el Viceministro del Interior Luis Carrión Cruz (hijo de Luis Carrión Montoya, uno de los líderes del grupo BANIC, y sobrino de Arturo Cruz Porras, Presidente del Banco Central y miembro de la Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional), el Ministro de Comercio Interior Dionisio Marenco, el Presidente del Banco Central Alfredo César, y, entre otros muchos más, la cohorte de Barrios, Hollman, Talavera, Fiallos y Mayorga que integraron el Ministerio de Reforma Agraria.

¿QUÉ DESARROLLO LOGRAREMOS
SI NO ABRIMOS CAMINO A LA MERITOCRACIA?

La generación que los sucedió en el gabinete de doña Violeta Barrios de Chamorro estaba estrechamente emparentada con todos ellos. El poder pasó de unos a otros miembros de esas familias. Vilas destaca la telaraña de nexos entre todos estos dramatis personae de la revolución sandinista y sus sucesores, y el carácter no clasista de los conflictos y transformaciones, para poner de relieve la rigidez de la estructura tradicional de redes familiares y su resistencia a la incorporación de nuevos elementos.

La persistencia de esa rigidez la podemos constatar en los integrantes de las juntas directivas de los bancos, los gerentes de las empresas más poderosas y la apertura de nuevos negocios de importancia. Solamente a los hijos y nietos de los poderosos les serán concedidos préstamos de importancia -a largo plazo, en grandes montos y a tasas preferenciales- en los bancos controlados por los poderosos. La estructura clánica se reproduce porque el grupo Pellas prioriza en sus contrataciones a los Solórzano, Barrios, Lacayo, etc. Y así hace cada clan, y toda la casta encumbrada en el vértice superior de la pirámide social nicaragüense. La movilidad social queda restringida a un horizonte bastante modesto, a no ser que se le ensarten los colmillos al botín estatal o se incursione en negocios oscuros, denominadores comunes de las nuevas élites danielista y alemanista, cuya telaraña de relaciones vendrá a reforzar la dinámica de clanes.

En breve tiempo, esas nuevas élites adquirirán carta de ciudadanía en el mercado de los apellidos mediante los nexos de compadrazgo, sociedades anónimas, noviazgos y matrimonios. Éstos ya se están consumando, luego de haber sido urdidos en los colegios, universidades, clubes, restaurantes y discotecas, donde los retoños de los clanes pacen y retozan.

El carácter clánico de esta sociedad es una traba al desarrollo porque corta el camino al potencial de una meritocracia. Los que quieren abrirse camino por sus propios méritos encuentran un mercado laboral indiferente a sus atributos. No tienen las credenciales adecuadas para este mercado. Ni la excelencia académica ni la producción intelectual ni la habilidad en los negocios importan tanto como qué lazos familiares tiene el aspirante a una posición. Cuando una empresa o un partido contrata a un Solórzano, está comprando su paquete de relaciones. Su capital social. Esto ocurre en cierto grado en todas las sociedades y mercados. El problema surge cuando es la dinámica predominante y las élites se van habituando a no ofrecer nada más y a cerrar el camino a quienes sí tienen novedades que ofrecer. La sociedad clánica se ancla en la tradición y la refuerza.

BLANQUENCIAS Y NEGRACIONES

También se apoya la sociedad clánica en el fervor por la blancura. Los apellidos que se han ido apoltronando en las sillas del poder son portados por los relativamente pocos nicaragüenses de piel blanca en una sociedad donde predomina la pigmentación cobriza, en distintas y bellas tonalidades. Son apellidos de “cheles”, la etiqueta que en Nicaragua se da a los rubios, equivalentes a los “canches” de Guatemala y a los “fulos” de Panamá, país en el que, precisamente por la coincidencia y mutuo reforzamiento del color de piel y la prosperidad económica, los miembros de las élites son llamados “rabiblancos”.

El pasado colonial se reproduce mediante una colonialidad del poder que, apelando a imaginarios racistas, perpetúa el dominio de los descendientes de los colonizadores. La paleta de Nicarao no pinta mucho. Los nuevos ricos buscan cómo “cheliarse” mediante matrimonios con blanquitas de medianos recursos y buen ver. Por esa estrategia de adulación de algunos dominados, se vuelven cheles al tener dinero: si un señor muy moreno aparece con una camioneta en el parqueo de un centro comercial, en cuestión de segundos llegará un muchacho a decirle “Chele, ¿le cuido el carro?”

En el cuento El profesor de inglés del escritor salvadoreño Francisco Herrera Velado, aparece un profesor de inglés al que los alumnos fustigan llamándolo “Míster Frijol, míster Zopilote, míster Moronga”. La negrura siempre es notoria y ocasión de burlas: negro pijul, contil, cosa de horno, Kunta-kinte, mono... El color de la piel es una musa irresistible para los que tienen el dardo en la lengua y deseos de hacer bromas fáciles al gusto de un extendido racismo. El también salvadoreño Salarrué, en uno de sus más logrados Cuentos de cipotes, nos narra la historia de Punce Negroide que se quería cheliar, porque son groseriyas quia unos les den blanquencias y a otros negraciones y que los papaes y mamaes por chuchencia luandan haciendo a uno barato, y así fue a pedirle a su mamá que me desagás y miagás chelito pelo canche como el hijo del dueño del almacén, y con ojos azules y dientes dioro.

¿QUÉ ESPERAR
DE LOS ENAJENADOS DE LA PROPIA IDENTIDAD?

Por todos los flancos la cultura envía mensajes que definen jerarquía, anhelos y frustraciones en torno al color de la piel. El desprecio del blanco por el negro -explica Frantz Fanon en Piel negra, máscaras blancas acaba por ser introyectado por los dominados, que terminan despreciando lo que son. Se produce así una enajenación de la propia identidad, una identidad robada, una máscara de blancura, una vergüenza de lo propio.

En Nicaragua esta dinámica es llevada al extremo en el menosprecio por los habitantes de la Costa Caribe. El Pacífico vive culturalmente de espaldas al Atlántico. Las historias sobre las brujerías practicadas por los costeños son sintomáticas de una voluntad de castigar a los grupos étnicos que hieren el narcisismo nacional. El “todos los costeños son brujos” se ha transformado recientemente en “todos los costeños trafican coca”. Da igual. Antes supersticiosos, ahora delincuentes. Se busca -y el que busca siempre encuentra- un rasgo, un acontecimiento, un rumor que se magnifica para subrayar que las etnias presentadas como inferiores en la jerarquía social lo son también en el plano intelectual y moral, y por las mismas razones.

El culto a la blancura es palpable a todos los niveles sociales y en todos los ámbitos: profesional, académico, religioso… porque hasta los querubines son rubiecitos. Esta periferia morena aspira a ser tan chele como el centro. Por eso se abrieron las puertas a la inmigración de europeos y estadounidenses en el siglo XIX. Este racismo que genera autorrechazo es uno de los temas más olvidados cuando se discuten las posibilidades de desarrollo. Pero es determinante. Está grabado en los nervios de la cultura. ¿Qué esperar de quienes desprecian lo que son? ¿O de quienes no saben lo que son? ¿Qué es el desarrollo sino un despliegue de lo mejor de lo que somos y de las posibilidades construidas a partir de lo que somos?

FANÁTICOS DE LA ÉTICA DE LA REDISTRIBUCIÓN
Y ALÉRGICOS A LA CULTURA DE LA RETRIBUCIÓN

Cerrar el camino a la meritocracia está relacionado con el rechazo a una ética de la retribución. En la cultura dominante el principio de que “el obrero es digno de su salario” ha sido sustituido por “todos -trabajen o no- son dignos de limosnas”. Los nicaragüenses son más afectos a que se les obsequie arbitrariamente que a una retribución proporcional a sus esfuerzos. No es casual que la principal fiesta religiosa -y de hecho la única festividad que mueve a cientos de miles de nicaragüenses en una sola noche- sea la Purísima, la fiesta de la Inmaculada Concepción de María, celebrada atronadoramente en la noche del 7 de diciembre y gradualmente festejada los nueve días anteriores. Muchos la empiezan a celebrar incluso un mes antes. Y en estos años de crisis llegó a surgir una Purisimita a mediados de año.

La Purísima mayor, la que se celebra con todas las de ley, consiste en una serie de rezos y canciones -en el disco clásico, como parte de ese eterno retorno de lo mismo que nos ancla en el pasado, entonadas por ancianitas de voces cascadas-, al final de los cuales se reparten cajetas, frutas, juguetes, nacatamales y bebidas. El devoto comparte. No celebra una fe interiorista. La fe implica compartir un poco de lo que se tiene. La fe obliga a redistribuir.

Pero esta visión idílica se desvanece si cambiamos de ángulo. A menudo los devotos son comerciantes -por ejemplo, los dueños de las tiendas de los barrios- que todo el año han sangrado con altos precios a sus vecinos. A veces son patrones que pagaron salarios de hambre los 365 días del año, pero que el 7 de diciembre se sienten generosos, obsequiosos, dadivosos. Y ése es precisamente el punto en que esta fiesta sintomática de la idiosincrasia nacional resulta grave para el desarrollo: es una escenificación de la opción por la ética de la redistribución en detrimento de la ética de la retribución.

Los políticos han sabido explotar este sesgo cultural. El FSLN basa su popularidad en su fama de redistribuidor. Arnoldo Alemán es reconocido jocosamente como ladrón, pero perdonado porque comparte. Los políticos que hacen un poco de Robin Hood son absueltos de todos sus abusos. Así como los comerciantes y patrones comparten su riqueza en la Purísima para legitimar su capital, montándose sobre la misma ola cultural los políticos parten y reparten -reservándose la mejor y mayor parte- para apuntalar su posición de caudillos. Los políticos que no tienen dinero ni posiciones para repartir no coronarán sus aspiraciones.

CASINOS, PREBENDAS,
HERENCIAS, DONACIONES...

Esta afición al reparto sin relación con la trayectoria laboral conspira contra la instauración de una cultura de la productividad y el orgullo del trabajo bien realizado. No se procura alcanzar un buen salario por méritos laborales ni presión sindical. Se espera un regalo, una donación. Una buena encuesta sobre cultura laboral revelaría que muy pocos obreros y profesionales perciben que debe existir un vínculo entre su salario y la cantidad, efectividad, eficiencia y calidad de su trabajo.

Cuando se percibe ese nexo, se recurre a la picaresca para actualizar -con mayor agudeza en tiempos de crisis- algunos elementos de lo que los economistas llaman el modelo Shapiro-Stiglitz: si los salarios caen, la probabilidad de que los trabajadores no ejerzan su mayor esfuerzo se incrementa, sobre todo cuando las empresas tienen dificultad para determinar cuánto esfuerzo están realizando sus trabajadores. En Nicaragua la reacción ante los salarios bajos es hurtar trabajo, evadir los controles de los patrones, simular un esfuerzo que no existe. Las trabajadoras y trabajadores eligen su propio nivel de esfuerzo y se aferran a un puesto, en lugar de elegir el sitio donde sus esfuerzos son mejor remunerados y sus aspiraciones profesionales y existenciales son más plenamente satisfechas. En un contexto de alto desempleo, esta tendencia se profundiza debido a la real escasez de alternativas.

La combinación del viejo conformismo y el relativamente nuevo consumismo ha derivado en uno de los cócteles culturales más nocivos al desarrollo. Donde se gasta más de lo que se produce y gana, se desea más la redistribución. Unas la buscan en los casinos, otros en una prebenda partidaria, aquellas en una herencia y éstos en donaciones.

EL PASADO DE NUESTRO FUTURO

Estos pecados capitales contra el desarrollo no son los únicos. Pero son radicales. Están en las entrañas de lo que cada uno somos. Son también instrucciones de comprensión y modos de empleo de Nicaragua. Algunas voces se levantan contra estas trabas, algunas manos trabajan por destrabarlas. Pero parecen voces en el desierto y aún no son suficientes.

La juventud, ese divino tesoro siempre fluyente aunque pocas veces influyente, ha sido objeto de atención en los últimos años: se la venera convertida en bono demográfico, se la saluda en los discursos presidenciales, se canaliza su desempleo para que subsidie obras públicas en el movimiento creado por el FSLN “Jóvenes constructores” y se dice promover su desarrollo integral mediante leyes y entidades estatales comisionadas para tal fin, y no menos para cosechar los aplausos -y las ollas doradas- de la cooperación internacional.

Pero esa juventud ya heredó estos pecados, ya está encerrada en estas trabas y en muchas otras. Le pesan como un fardo. Son el pasado de nuestro futuro.

INVESTIGADOR DEL SERVICIO JESUITA PARA MIGRANTES DE CENTROAMÉRICA (SJM). MIEMBRO DEL CONSEJO EDITORIAL DE ENVÍO.

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