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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 268 | Julio 2004
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América Latina

La izquierda en el siglo XXI: reflexiones, tareas, desafíos

La “revolución perdida” de Nicaragua cumple 25 años. Y la izquierda latinoamericana se reúne en Managua en el Foro de Sao Paulo, creado en 1990 “para contrarrestar el embate neoliberal que está haciendo estragos en América Latina.” ¿Qué hacer? Y más urgente aún: ¿qué pensar?

Atilio A. Borón

La renovada presencia de la izquierda en la vida política latinoamericana se observa tanto en el surgimiento de una serie de gobiernos que -vagamente, es cierto- se identifican como de “centroizquierda” o “progresistas”, como en la tumultuosa aparición de nuevos movimientos sociales, que en algunos países han adquirido una enorme gravitación.

PENSAMIENTO ÚNICO, POLÍTICA ÚNICA

En su momento, Edward H. Carr observó que, al promediar el siglo XIX, en las esferas de la burguesía y sus clases aliadas, la democracia despedía un muy desagradable olor. No más agradable a sus sentidos es el olor que hoy despide la expresión “izquierda” o “izquierdista”. Tales nombres suelen usarse para designar posturas o propuestas políticas “insensatas”, “reñidas con la época”, “demagógicas”. La “sensatez” está dada por la obediencia a las políticas -no sólo económicas- dictadas por el FMI y, en general, por quienes rinden culto al Consenso de Washington. La “reconciliación con la época” significa que los actores políticos han caído en la cuenta que vivimos bajo el imperio de la globalización y que, como en su momento dijera el Presidente Fernando Henrique Cardoso, dentro de la globalización no hay alternativas y fuera de la globalización no hay salvación. Ergo, para no estar reñidos con la época, los gobiernos deben acatar sin chistar los mandamientos del Consenso de Washington y obrar en consecuencia. Se concreta así el reinado indiscutido del pensamiento único y su correlato: la política única. La razón de esto es fácil de discernir: el triunfo final y definitivo de los mercados impone un único tipo de política, que no es otra que la que transcurre por los estrechos senderos de la disciplina fiscal, la lucha contra la inflación, la independencia del Banco Central y la por siempre inacabada labor de Sísifo, consistente en atraer la confianza de los inversionistas. Con razón los teóricos neoliberales suelen referirse a los “ruidos” que la vida democrática introduce en la serenidad de los mercados.
Por último, la prudencia republicana y la responsabilidad ante la sociedad y la historia son incompatibles con la “demagogia” que caracterizó los tiempos oscuros del populismo y el socialismo en América Latina. Épocas aquellas en las que los gobernantes, en un alarde de irresponsabilidad, se proponían -y trataban de implementar- agresivas políticas de redistribución de ingresos, rentas y propiedades; se nacionalizaban y/o estatizaban monopolios extranjeros; se repartía la tierra entre los campesinos y trabajadores rurales; y se establecían molestas regulaciones en los ámbitos laboral, comercial y financiero que trababan la “destrucción creadora” del capitalismo. Esa era de la demagogia fue siempre, según el discurso neoliberal dominante, la causante principal de la oleada de dictaduras que barrió con las frágiles democracias de la región. Líderes como Salvador Allende y Juan José Torres pagaron con sus vidas el precio de su fascinación por discursos pasados de moda y utópicos; otros debieron emprender el camino del exilio; y los pueblos de la región padecieron por largos años los rigores de algunas de las más sanguinarias tiranías conocidas en la historia de la región.

PROGRESIVO AGOTAMIENTO DEL NEOLIBERALISMO

La situación ha cambiado. Grandes movimientos sociales han florecido en la última década del siglo pasado, nuevas coaliciones políticas han llegado al poder -como en Venezuela y Brasil- o se aprestan a hacerlo -como en Uruguay- y distintos gobiernos se plantean la necesidad de abandonar las políticas que en el pasado causaran los estragos por todos conocidos. El caso argentino es ilustrativo al respecto. En general, podría decirse que la retórica ha cambiado más que las políticas concretas que llevan adelante los gobiernos. Pero, aún con estas limitaciones, el cambio es muy significativo.

Algunas de las transformaciones más importantes ocurridas en los países latinoamericanos incidieron fuertemente en la aparición de nuevas formas de protesta social y organización política. Y es extraordinaria la complejidad que ha adquirido el lento pero progresivo agotamiento del neoliberalismo en estas tierras. Es indudable que el declinante curso del mismo a partir de mediados de los 90 revirtió la arrolladora influencia que había adquirido desde la década de los 70 de la mano de las dos más sangrientas dictaduras que se recuerden, en Chile y en la Argentina. Si sería absurdo sostener que hoy el neoliberalismo se encuentra en retirada, no lo es menos afirmar que su ascendiente sobre la sociedad, la cultura, la política y la economía latinoamericanas se ha mantenido incólume con el transcurso de los años. En este sentido, el espectacular derrumbe del experimento neoliberal en la Argentina, “país modelo” por largos años del FMI y el BM, ha cumplido un papel docente de extraordinarias proporciones. Las crisis enseñan, y crisis como la que ha sufrido la Argentina han revelado, con una contundencia digna de los mejores filósofos, cuáles son las consecuencias a las que lleva la aplicación “a rajatabla” de las políticas neoliberales.

Lo que se comprueba en el momento actual es algo bastante peculiar: una llamativa disyunción entre la consolidación del neoliberalismo, especialmente en el crucial terreno de la economía y el policy making -es decir, en las cabezas de funcionarios, ministros de hacienda y economía, presidentes de bancos centrales, dirigencia política, etc.- y su inocultable debilitamiento en los ámbitos de la cultura, la conciencia pública y la política. Las políticas económicas del neoliberalismo siguen su curso, pero a diferencia de lo ocurrido en los 80 y comienzos de los 90, ya no cuentan con el apoyo -manipulado, es cierto, pero apoyo al fin- que antaño le garantizaba una sociedad civil que pugnaba por dejar atrás el horror de las dictaduras y aceptaba, a veces a regañadientes, la receta que impulsaban los amos imperiales y sus representantes locales.

ABERRACIONES POLÍTICAS
CUANDO LO VIEJO NO TERMINA DE MORIR

Este desfase entre los componentes económicos e ideológico-políticos de la hegemonía está lejos de ser inédito en América Latina. Existe una cierta analogía entre la prolongada crisis de la hegemonía oligárquica en nuestra región y la actual decadencia del neoliberalismo. Si la primera llega a su apogeo en el período inmediatamente anterior a la Gran Depresión de los años 30, su lenta descomposición habría de extenderse a lo largo de varias décadas. Tal como lo ha demostrado Agustín Cueva en un texto ya clásico de la ciencia social latinoamericana, el irreversible deterioro de los fundamentos materiales de la hegemonía oligárquica no ocasionó su instantáneo derrumbe, sino que transitó por una diversidad de caminos que mediatizaron y en algunos casos postergaron por décadas su ocaso definitivo, exactamente hasta la irrupción de los regímenes populistas.
Si bien no se pueden extraer conclusiones lineales de la experiencia histórica podría razonablemente plantearse una hipótesis -desalentadoramente pesimista, por cierto- que pronosticara que la indudable bancarrota de las condiciones económicas de base que hicieron posible el auge del neoliberalismo, no necesaria ni inmediatamente irán a producir su desaparición de la escena pública. Los componentes ideológicos y políticos amalgamados en su primacía económica pueden garantizarle una inesperada sobrevida, aún en medio de condiciones sumamente desfavorables. Parafraseando a Gramsci, podría decirse que la lenta agonía del neoliberalismo es una de esas situaciones en las cuales lo viejo no termina de morir y lo nuevo no acaba de nacer, y como lo recordaba el gran teórico italiano, en tales coyunturas suelen aparecer toda clase de fenómenos aberrantes.

Algunos ejemplos de aberraciones políticas: el clamoroso incumplimiento del contrato electoral perpetrado por gobiernos que llegan al poder para romper de inmediato con sus promesas de campaña; la descarada traición a los principios por parte de ciertos partidos y organizaciones de “izquierda”; la dilatada supervivencia de personajes como Pinochet, Menem, Fujimori, el ahora difunto Banzer; o la escandalosa situación social de Argentina, Brasil y Uruguay, países que podrían ser los graneros del mundo y en los que no existen razones objetivas algunas que justifiquen que las grandes mayorías pasen hambre.

LA FARSA DEMOCRÁTICA:
FRUSTRACIÓN INTENSA Y PROLONGADA

¿En qué momento aparecen las nuevas fuerzas políticas y sociales contestatarias en la coyuntura actual? Las razones son múltiples y complejas, y su incidencia varía de un país a otro. Sin embargo, existen algunas que subyacen a todos ellos. En primer lugar, el agotamiento del neoliberalismo. Este proceso acentuó las contradicciones generadas durante la dolorosa reestructuración económica y social que había tenido lugar en los años anteriores, generando nuevos actores sociales -por ejemplo, los “piqueteros” en la Argentina-, potenciando la gravitación de otros ya existentes pero que no estaban movilizados y organizados -como los campesinos en Brasil y México, o los indígenas en Ecuador, Bolivia y partes de México, en una enumeración que no pretende ser exhaustiva- y atrayendo a las filas de la contestación al neoliberalismo a grupos y sectores sociales intermedios, las llamadas “clases medias”, a causa de los impactos pauperizadores y excluyentes de la polarización social inducida por las políticas del Consenso de Washington.

En segundo lugar, es preciso decir que el surgimiento de estas nuevas expresiones de la política de izquierda se relaciona íntimamente con el fracaso de los capitalismos democráticos en la región. La frustración generada por el desempeño de los regímenes llamados democráticos en esta parte del mundo ha sido intensa, profunda y prolongada. Fue de la mano de estas peculiares “democracias” que florecieron en la región a partir de los años 80 que las condiciones sociales empeoraron dramáticamente. Esto, además, en un contexto de creciente globalización que, entre otras cosas, tiene como resultado potenciar los resultados desquiciantes del llamado “efecto de demostración”.

Mientras que en otras latitudes el capitalismo democrático aparece como generador de bienestar material y justicia social -e insistamos en eso de que “aparece” porque, en realidad tales resultados son consecuencia de las luchas sociales de las clases subalternas en contra de los capitalistas y no una suerte de secreción natural del capitalismo democrático-, en América Latina la democracia trajo bajo el brazo políticas de ajuste y estabilización, precarización laboral, altas tasas de desocupación, aumento vertiginoso de la pobreza, vulnerabilidad externa, endeudamiento desenfrenado y extranjerización de nuestras economías. Democracias vacías de todo contenido, reducidas -como recordaba Fernando H. Cardoso antes de ser presidente del Brasil- a una mueca sin gusto ni rabia incapaz de eliminar el olor de farsa de la política democrática. Olor que se producía, como aseguraba Cardoso, debido a la inoperancia de ese régimen político para introducir reformas de fondo en el sistema productivo y en las formas de distribución y apropiación de las riquezas.

Nuestra región apenas si ha conocido el grado más bajo en la escala de desarrollo democrático posible dentro de los estrechos márgenes de maniobra que permite la estructura de la sociedad capitalista. Democracias meramente electorales, es decir, regímenes políticos sustantivamente oligárquicos, controlados por el gran capital con total independencia de los partidos gobernantes que asumen las tareas de gestión en su nombre, pero en donde el pueblo, manipulado a voluntad gracias al control que los grupos dominantes tienen sobre los medios de comunicación de masas, es convocado cada cierto número de años a elegir quién o quiénes serán los encargados de sojuzgarlos. Con democracias de este tipo no es casual que, al cabo de reiteradas frustraciones, se produzca el surgimiento de fuerzas sociales contestatarias.

PARTIDOS Y SINDICATOS NO “LEEN” LA REALIDAD

En tercer lugar, habría que decir que este proceso ha sido también alimentado por la crisis que se ha abatido sobre los formatos tradicionales de representación política. Pocas dudas caben que la nueva morfología de la protesta social en nuestra región es un síntoma de la decadencia de los grandes partidos de masas del pasado y de los modelos tradicionales de organización sindical.

Decadencia que, sin duda, se explica por las transformaciones ocurridas en la “base social” característica de esos formatos organizativos a causa de las políticas de recomposición neoliberal de los capitalismos periféricos: creciente heterogeneidad de los sectores obreros, unida a su declinante gravitación cuantitativa en el conjunto de las clases subalternas; aparición de un voluminoso “subproletariado” -al que Frei Betto ha llamado pobretariado, que refleja la creciente exclusión económica y social del capitalismo contemporáneo, que condena como inexplotables a crecientes segmentos de las clases populares; fuerte aumento de la población desocupada o trabajando en condiciones de extrema precariedad, débilmente vinculada al funcionamiento de la economía; y, por último, la explosión de múltiples identidades (étnicas, lingüísticas, de género, de opción sexual, etc.) que redefinen hacia la baja la relevancia de las tradicionales variables clasistas. Si a esta enumeración le añadimos la inadecuación de los partidos políticos y los sindicatos para “leer” correctamente las nuevas realidades de nuestro tiempo, la esclerosis de sus estructuras y prácticas organizativas y el anacronismo de sus discursos, se comprenderán muy fácilmente las razones por las cuales partidos y sindicatos entraron en crisis y las que explican la emergencia de nuevos movimientos de protesta social.

Un cuarto y último factor, en una lista que no intenta ser exhaustiva, es la globalización de las luchas en contra del neoliberalismo. Estas luchas comenzaron y se difundieron rápidamente por todo el orbe a partir de iniciativas que no surgieron ni de partidos ni de sindicatos. En el caso latinoamericano, el papel estelar lo cumplió el Zapatismo, al emerger de la Selva Lacandona el primero de enero de 1994 y declarar la guerra al neoliberalismo. La incansable labor del Movimiento de los Sin Tierra en Brasil, otra organización no tradicional, amplificó considerablemente el impacto de los zapatistas. Luego, en una verdadera avalancha, se sucedieron grandes movilizaciones de campesinos e indígenas en Bolivia, Ecuador, Perú, y en algunas regiones de Colombia y Chile. Las luchas de los piqueteros argentinos se inscriben en la misma tendencia general.

Los acontecimientos de Seattle y otros similares escenificados en Washington, Nueva York, París, Génova, Gotemburgo y otras grandes ciudades del mundo desarrollado le dieron a la protesta en contra del Consenso de Washington una impronta universal, ratificada año tras año por los impresionantes progresos experimentados por la convocatoria del Foro Social Mundial de Porto Alegre. Se produjo así una especie de “efecto dominó” que, sin lugar a dudas y contrariando una teorización muy difundida en nuestro tiempo, la de Hardt y Negri en su obra Imperio, reveló la íntima conexión existente entre luchas sociales y procesos políticos puestos en juego en los más apartados rincones del planeta.

¿HAY ALTERNATIVAS?
NO HAY MANUAL NI LIBRETO PRECONCEBIDO

¿Es posible afirmar que estamos asistiendo al surgimiento de una alternativa, o de algunas alternativas, al neoliberalismo? El problema hay que plantearlo en otros términos. ¿Por qué? Sencillamente, porque la historia no procede de esa manera. No se construye la historia siguiendo un plan preconcebido. Esa visión, la de una Historia así, con mayúscula, que no es otra cosa que un texto escrito por alguien -Dios, el Führer, un Comité Central, un profeta- y que los hombres ejecutan ciegamente es una de las visiones posibles desde Hegel. La otra, que es la que toma Marx, es la de la historia como un proceso dialéctico, en donde no hay un libreto preconcebido y en donde sus desenlaces están abiertos. Marx decía que la revolución era imprescindible para superar históricamente al capitalismo. Pero imprescindible no era lo mismo que una fatal necesidad. Algo puede ser imprescindible pero no por ello aparecer inexorablemente. Por eso el fundador del materialismo histórico hablaba de que la crisis final del capitalismo podía resolverse positivamente, en dirección al socialismo, o negativamente, sumiendo a la humanidad en la más terrible barbarie.

Por consiguiente, es claro que hay alternativas al neoliberalismo y al capitalismo. ¿Están escritas, existe un manual? No. Ni están escritas en un libro ni, ¡a Dios gracias!, existe un manual que nos diga cuáles son esas alternativas. Ese fue el sentido, precisamente, del incisivo artículo escrito por Gramsci a poco de consumarse la Revolución Rusa. Él lo tituló La revolución contra El Capital, justamente para demostrar, desde el marxismo, que los procesos revolucionarios no son hijos de los libros, por geniales que éstos fueran. Ni la Revolución Francesa brota de la pluma de Jean–Jacques Rousseau, ni la Revolución Rusa nace de las páginas de El Capital de Karl Marx o de El Desarrollo del Capitalismo en Rusia de Lenin, ni la Revolución China se origina en Acerca de la contradicción de Mao. Dejando de lado las estridencias de estas revoluciones podemos decir que tampoco la menos clamorosa recomposición del capitalismo a partir de los años 30 del siglo pasado fue producto de un texto, la Teoría General de John M. Keynes, así como tampoco fue El camino hacia la servidumbre, de Friedrich von Hayek, lo que inauguró la era neoliberal del capitalismo a partir de los años 70.

ANTE EL “TINA” DE LA MARGARET THATCHER:
SÍ HAY ALTERNATIVAS

Las ideas contenidas en esos libros fueron muy importantes está fuera de toda duda. Pero no se puede pensar, a partir de una tal constatación, que fueron ellas quienes “hicieron la historia”. Ésta la hicieron los pueblos con sus luchas, o la hicieron las clases dominantes cuando la correlación de fuerzas les favorecía. El llamado “keynesianismo” es un fenómeno que trasciende el texto de Keynes, como el neoliberalismo no es reducible a las tesis de Hayek. De igual modo, hoy podemos decir que existe un conjunto de ideas que contradicen las premisas axiológicas y las políticas concretas del neoliberalismo. Pero, nada de esto da lugar a una suerte de “modelo” o a un Decálogo, como el famoso del Consenso de Washington, popularizado por John Williamson. En realidad, “modelos” y decálogos son inevitablemente construcciones teóricas post festum, codificaciones de prácticas puestas en marcha a lo largo del proceso histórico.

El punto de partida de las alternativas es el reconocimiento de que sí existen alternativas. El “pensamiento único” dominante, que ha sido un arma fundamental del neoliberalismo, predica incesantemente el TINA de la señora Margaret Thatcher: There Is No Alternative. Y lo hizo con tanto éxito que muchos intelectuales y políticos de izquierda, para no hablar de esa especie a punto de extinguirse formada por los “economistas de izquierda”, terminaron aceptando a pie juntillas el mandato del neoliberalismo: esto es lo único que se puede hacer, no hay alternativas, todo lo demás es locura o insensatez. Pues bien, se trata de plantear que en realidad la locura y la insensatez se encuentran del lado de quienes piensen que es posible que las cosas sigan como están y que no hay alternativas ante el sombrío panorama de desintegración social y crisis económica permanente que prevalecen en la región.

¿Cómo no va a haber alternativas ante el desempleo de masas, la pobreza de más de la mitad de la población, la ausencia de políticas sociales, el peso insostenible de la ilegítima e ilegal deuda externa? Lo que no ha habido, hasta ahora, es una correlación de fuerzas que permita ensayar las alternativas existentes y que no requieren demasiada imaginación. El problema no es gnoseológico sino político. Lo bueno es que, poco a poco, esa correlación de fuerzas está cambiando a favor de las clases y capas populares.

RECONSTRUIR EL ESTADO
Y DES-PRIVATIZAR LO PRIVATIZADO

A partir de la experiencia del último cuarto de siglo es evidente que las alternativas -porque serán muchas, sin duda- al neoliberalismo contendrán, en grados variables, los siguientes elementos. En primer lugar, una vigorosa reconstrucción del Estado, destruido o jibarizado por las políticas ortodoxas. El Estado es el terreno sobre el cual puede apoyarse la democratización de la sociedad, salvo que se piense que es posible instaurar a la democracia en el mercado o en una sociedad civil dividida en clases. Sin Estado no habrá fuerza posible capaz de asumir la prometeica tarea de someter a los mercados a un marco regulatorio que proteja el interés general, preserve los bienes públicos y ampare a las grandes mayorías a las cuales el neoliberalismo despojó de sus derechos más elementales.

En segundo lugar, deberá reorientarse radicalmente el rumbo económico en dirección al mercado interno, la redistribución de las riquezas y los ingresos, la promoción del desarrollo y la sustentabilidad ecológica. Esto no significa volver al período de sustitución de importaciones ni a un ilusorio “capitalismo nacional”, anacrónico en los tiempos que corren, pero sí que la comunidad -a partir de su expresión política en el Estado- debe asumir el control de los procesos de producción y distribución de la riqueza. Es imprescindible someter a revisión todo lo actuado durante la era neoliberal. Por ejemplo, las empresas privatizadas deben ser puestas bajo control público y democrático. Algunas quedarán en manos de sus actuales dueños, otras pasarán a formar parte del sector público, y unas terceras accederán a nuevas formas de propiedad mixta bajo una variedad de modalidades que combine en grados diversos la participación de diferentes sectores: capital extranjero, capital nacional, sector público, trabajadores, consumidores, público en general, ONG, etc. Será igualmente necesario revisar meticulosamente todo lo actuado, tanto en cuestiones de fondo como de forma.

Es sabido que la implementación de las políticas neoliberales fue un inmenso foco de corrupción y que el traspaso a manos privadas de la riqueza social acumulada en las empresas del Estado sólo por excepción se hizo de manera transparente y honesta. Se requerirá, por consiguiente, des-privatizar gran parte de lo privatizado; “re-regular” lo que había sido desaprensivamente desregulado; poner fin a la liberalización imperante; y comenzar a poner en marcha políticas activas en diversas áreas de la economía y de la sociedad. Se necesita, en suma, detener las mal llamadas “reformas económicas” inspiradas por el Consenso de Washington que, en realidad, son verdaderas contra-reformas, y empezar con un genuino programa de reformas económicas de fondo que coloque a la economía al servicio del bienestar colectivo y del desarrollo social. Bajo el primado del neoliberalismo, ese bienestar y ese desarrollo son quienes se hallan al servicio de los mercados, estableciendo una perversa jerarquía de valores cuyos efectos están a la vista.

TALÓN DE AQUILES: LA POLÍTICA TRIBUTARIA

Un área prioritaria en esta gran reconstrucción que tendrá que llevarse a cabo es, sin duda alguna, la política tributaria. Ésta constituye el talón de Aquiles de las economías latinoamericanas. El baldón que significa ser la región con la peor distribución de ingresos y riquezas del mundo tiene, como su reverso, el hecho de que esta parte del globo es también la de mayor inequidad tributaria a escala mundial. En nuestro continente prevalece el “veto tributario” de las clases dominantes. La larga experiencia colonial ha sedimentado una tradición por la cual los grupos sociales herederos de la riqueza y los privilegios de los conquistadores disfrutan de irritantes prerrogativas a la hora de pagar impuestos. En la práctica, es sabido que los sectores más pobres de la población sobrellevan una carga tributaria superior, en relación a sus magrísimos recursos, a la que soporta el decil superior de la distribución del ingreso. Si los nuevos gobiernos no atacan de raíz este problema, y hasta ahora no han dado señales de tener esa voluntad, todas sus promesas y su retórica anti-neoliberal se vendrá al suelo como un castillo de naipes. Sin una reforma tributaria a fondo no habrá ni reconstrucción del Estado ni políticas activas para resolver los grandes desafíos de nuestro tiempo. Y sin estas dos cosas las cosas seguirán como hasta ahora.

Así como no hubo un sólo modelo keynesiano en los años de la postguerra, tampoco habrá un único modelo de política postneoliberal en los años venideros. Si antes el keynesianismo presentó rostros tan diversos como los que se encontraban en Suecia, Japón y los Estados Unidos, ¿por qué esperar que el postneoliberalismo deba ser una propuesta uniforme para todos los países? Tal uniformidad tampoco existió en la más reciente experiencia neoliberal, en donde podemos distinguir una variedad de subtipos y modalidades concretas de funcionamiento. Las alternativas al neoliberalismo serán tan variadas como las fórmulas económico-políticas que le precedieron. Todas, en su momento, fueron keynesianas o neoliberales porque ésa era la tonalidad principal que las coloreaba, más allá de los rasgos que las diferenciaban. Lo mismo ocurrirá con el advenimiento de los postneoliberalismos.

SI BRASIL NO PUEDE, ¿QUIÉN PODRÍA?

Admitida la existencia de alternativas al postneoliberalismo, surge una inquietante pregunta: ¿hay espacio para ellas? La respuesta tiene que ser matizada. En algunos casos es positiva sin reservas; en otros, también es positiva pero con algunas reservas. Veamos el caso más optimista: Brasil.

Cuando uno pregunta a los amigos en el gobierno de Brasil por qué no ensayan una política económica que se aparte, aunque sea mínimamente, del Decálogo del Consenso de Washington y que pretenda ser algo distinto a la profundización de las políticas neoliberales precedentes, la respuesta que viene de Brasilia es un calco de la que ofrecen los manuales de las escuelas de negocios de los Estados Unidos: “Brasil necesita atraer la confianza de los inversionistas internacionales, precisamos que vengan capitales externos y tenemos que respetar una muy estricta disciplina fiscal, porque de lo contrario el riesgo país se iría a las nubes y nadie invertiría un dólar en Brasil”.

No hacen falta demasiados esfuerzos para demostrar la insanable fragilidad de esta argumentación. Si hay un país que tiene todas las condiciones para ensayar exitosamente una política post–neoliberal en el mundo ese país es Brasil. Si Brasil no puede, ¿quién podría? ¿El Ecuador de Lucio Gutiérrez? ¿Un eventual gobierno del Frente Amplio en el Uruguay? ¿Un posible gobierno de Evo Morales en Bolivia? La Argentina, tal vez, pero sólo si hubiera condiciones internacionales muy favorables. Brasil, en cambio, lo tiene todo: dispone de un inmenso territorio que cobija toda clase de recursos naturales.

Brasil tiene grandes recursos agrícolas y ganaderos, enormes riquezas mineras, fenomenales fuentes energéticas renovables en algunos de los ríos más caudalosos del planeta, 8 mil kilómetros de costa con toda la riqueza ictícola a su disposición, una población de casi 200 millones de habitantes, una estructura industrial de las más importantes del mundo, una sociedad flagelada por la pobreza pero con un elevado grado de integración social y cultural, una élite intelectual y científica de primer nivel mundial y una cultura exuberante y plural. Además, Brasil tiene capitales suficientes y una base tributaria potencial de extraordinaria magnitud, inexplorada aún debido a la fortaleza de los dueños del dinero, que han vetado cualquier iniciativa al respecto. Si con esta superabundancia de condiciones Brasil no puede salir del neoliberalismo, entonces estamos perdidos y lo mejor será postrarse humildemente ante el veredicto de la historia que consagra el triunfo final y definitivo de los mercados. Afortunadamente las cosas no son así.

DEL POSIBILISMO CONSERVADOR
AL INMOVILISMO Y A LA CATÁSTROFE

El corolario del “posibilismo conservador” -hijo dilecto del pensamiento único- es que nada se puede cambiar, ni siquiera en un país de las excepcionales condiciones del Brasil. Ensayar lo que está fuera del horizonte de lo posible y abandonar el consenso económico dominante, aseguran algunos encumbrados funcionarios, expondría el Brasil a terribles penalizaciones que liquidarían al gobierno de Lula. Sin embargo, una atenta mirada a la historia económica reciente de la Argentina puede ser aleccionadora.

Argentina cultivó el “posibilismo” intensamente, desde poco tiempo después de iniciado el gobierno de Raúl Alfonsín hasta los momentos de la hecatombe final, bajo Fernando de la Rúa. Ese falso realismo, alentado sin pausa por las fábricas ideológicas del neoliberalismo en todo el mundo, condujo a la Argentina a la peor crisis de su historia, al encadenar la voluntad política y la gestión del Estado a los caprichos y la codicia de los mercados.

La tentación posibilista está siempre al acecho de cualquier gobierno animado por intenciones reformistas. Ante la imposibilidad objetiva y subjetiva de la revolución, rasgo que caracteriza al momento actual, no sólo de Brasil sino de toda la región, una mal entendida cordura impulsa a contemporizar con los adversarios y a buscar en los entresijos de la realidad alguna pequeña ruta de escape que evite una capitulación tout court. El único problema con esa estrategia es que la historia nos enseña que después es imposible evitar el tránsito del posibilismo al inmovilismo y, luego, a una catastrófica derrota. Ésa fue claramente la experiencia argentina con el gobierno de “centroizquierda” de la Alianza y, más generalmente, de la socialdemocracia en España, Italia y Francia.

En términos generales, ésa fue también la conclusión de Max Weber al afirmar, en su célebre conferencia “La política como vocación”, que tal como lo prueba la historia, en este mundo no se consigue nunca lo posible si no se intenta lo imposible una y otra vez. Las palabras de Weber son tanto más importantes en un continente como el nuestro, en donde las enseñanzas de la historia demuestran de modo inapelable que se necesitaron verdaderas revoluciones para instituir algunas reformas en las estructuras sociales de la región más injusta del planeta; y que sin una utopía política audaz y movilizadora los impulsos reformistas se extinguen, los gobernantes capitulan y sus gobiernos terminan asumiendo como tarea fundamental la decepcionante administración de las rutinas cotidianas.

REFORMAS: SON APORTES PARA AVANZAR,
PERO NO SON EL CAMINO

Las esperanzas depositadas en un vigoroso reformismo, posible sin duda alguna, no significan hacer oídos sordos a las advertencias de Rosa Luxemburgo, cuando decía que las reformas sociales, por genuinas y enérgicas que sean, no cambian la naturaleza de la sociedad preexistente. Lo que ocurre es que al no estar la revolución en la agenda inmediata de las grandes masas de América Latina la reforma social se convierte en la alternativa más probable, sobre todo en tiempos de reflujo y derrota como los que caracterizan al sistema internacional desde la implosión de la Unión Soviética y la desaparición del campo socialista. Pero la reforma, también recordaba nuestra autora, no es una revolución que avanza lentamente o por etapas hasta que, con la imperceptibilidad del viajero que cruza la línea ecuatorial -para seguir con la famosa metáfora de Edouard Bernstein- se llega al socialismo. Un siglo de reformismo socialdemócrata en Occidente demostró irrefutablemente que las reformas no son suficientes para “superar” el capitalismo. Produjo cambios, importantes sin duda alguna “dentro del sistema”, pero fracasó en su declarada intención de “cambiar el sistema”. En la actual coyuntura nacional e internacional el reformismo aparece como la única oportunidad de avanzar, mientras se modifican las condiciones objetivas y subjetivas necesarias para ensayar alternativas más prometedoras. El error de muchos reformistas, no obstante, ha sido el de confundir necesidad con virtud.

Aún cuando en el momento actual las reformas sean lo único que pueda hacerse, eso no las convierten en instrumentos adecuados para la construcción del socialismo. Pueden, si se dan bajo una cierta forma, constituir un aporte invalorable para avanzar en esa dirección, pero no son el camino que nos conducirá a ese destino. En la presente coyuntura, en un mundo barbarizado que requiere transformaciones de fondo y no meros ajustes marginales, son lo posible pero no lo deseable. Si, como dicen los zapatistas, de lo que se trata es de crear un mundo nuevo, tal empresa excede con mucho los límites más cautelosos de las reformas. Pero no podemos permanecer cruzados de brazos hasta que llegue el “día decisivo.”

¿QUÉ ECONOMISTA SERIO
PUEDE CREER ESTOS CONSEJOS?

Volvamos al caso argentino. El ensayo tímidamente heterodoxo puesto en marcha a partir del default declarado a finales del 2001, sobre todo a partir de la llegada a la Casa Rosada de Nestor Kirchner, tuvo como consecuencia la vigorosa reactivación de la economía, ayudada sin duda por la profundidad de la caída experimentada entre 1998 y 2003, la recesión más profunda y prolongada de la historia argentina. Esto demuestra en la práctica que, aún un país más débil y vulnerable que el Brasil, puede crecer al margen de los -según Joseph Stiglitz, muy malos- consejos que el FMI le prodigara a la Argentina durante décadas y del tan mentado apoyo de la “comunidad financiera internacional”, que hoy derrama sobre Lula los mismos elogios que antes le hacía a la gestión de Carlos Saúl Menem
¿Es un rasgo de “realismo” seguir los consejos de quienes se convirtieron en los principales promotores de las crisis en todo el mundo? Crisis que, incidentalmente, enriqueció a especuladores y parásitos -ésos cuya eutanasia recomendaba el flemático John M. Keynes- mientras condenaba a la postración a todo el resto. ¿Qué economista serio -y hablamos de economistas, no de voceros de los intereses empresariales disfrazados de economistas- puede creer que un país puede crecer y desarrollarse fomentando la recesión económica mediante tasas de interés exorbitantes, reduciendo el gasto público, contrayendo el mercado interno, aumentando la desocupación, frenando la expansión del consumo, facilitando la operación de los capitales golondrina, abrumando con impuestos indirectos a los más pobres, mientras se subsidia a los más fuertes y se consagra el derecho a veto tributario de los grandes monopolios? ¿Puede ser éste el camino que libere a Brasil de los estragos del neoliberalismo?

LA CONTUNDENTE LECCIÓN DE ARGENTINA


Sucesivos presidentes argentinos optaron por gobernar según las reglas del posibilismo, tranquilizando a los mercados y satisfaciendo puntualmente cada uno de sus reclamos. Las voces de los grandes capitales y del FMI resonaban atronadoramente en Buenos Aires, y el gobierno no perdía un minuto en responder a sus mandatos. Ese mismo gobierno, sin embargo, era sordo a la hora de oír los gemidos y los gritos de los condenados. Los resultados están a la vista. Es cierto que no hay parangón alguno entre una figura como Lula y un personaje del submundo de la política como Menem, o un inepto como De la Rúa. Tampoco hay paralelismo alguno entre el Partido Justicialista o la Alianza -esa insípida mezcla del diletantismo radical y el oportunismo frepasista- y el PT brasileño, una de las construcciones políticas más importantes a nivel mundial. Pero, como dolorosamente lo comprueba la experiencia brasileña durante el primer año del gobierno de Lula, ni un liderazgo respetable ni un gran partido de masas garantizan el rumbo correcto de una experiencia de gobierno.

Pese a lo que le dicen sus ministros del área económica, el gobierno de Lula está avanzando por el camino equivocado, al final del cual no se encuentra una nueva sociedad más justa y democrática -cuya búsqueda fue lo que dio nacimiento al PT hace poco más de veinte años- sino una estructura capitalista más injusta y menos democrática que la anterior. Un país en donde la dictadura del capital, revestida con un leve ropaje seudodemocrático, sea más férrea que antes, demostrando dolorosamente que George Soros tenía razón cuando le aconsejaba al pueblo brasileño no molestarse en elegir a Lula porque de todos modos gobernarían los mercados. Sería bueno que Brasil se ahorrase los horrores que el “posibilismo” y la política de “apaciguamiento de los mercados” produjo en la Argentina contemporánea.

HACIA EL POSTNEOLIBERALISMO:
EL PODER DE LOS MERCADOS


Un breve repaso a la historia reciente de América Latina sirve para ilustrar los graves obstáculos con que parecen tropezar los gobiernos animados -al menos en principio y por su retórica- por su afán de dar definitivamente vuelta a la triste historia del neoliberalismo en la región. Lo cierto es que, a veces de una manera grotesca y otras trágica, se perpetúa la continuada supremacía del neoliberalismo en la esfera económica a pesar de que, en las urnas, la ciudadanía le haya dado la espalda de manera rotunda. En la primera vuelta de las elecciones presidenciales del Brasil, en el 2003, los candidatos que planteaban una alternativa a las políticas neoliberales obtuvieron más del 70% de los votos. Similares muestras del repudio popular al neoliberalismo se produjeron en una diversidad de escenarios: el derrumbe de la popularidad de Alejandro Toledo en el Perú y las grandes movilizaciones en contra de sus políticas centradas en la ciudad de Arequipa; la elección de Lucio Gutiérrez en Ecuador, independientemente de la estafa post-electoral que éste consumara una vez electo; la formidable protesta que pusiera fin, en Bolivia, al gobierno de Sánchez de Lozada; la inédita popularidad alcanzada por Nestor Kirchner en la Argentina a lo largo de su primer año de gobierno; y, para concluir, el repudio de la ciudadanía uruguaya en la consulta efectuada con relación a la privatización de la empresa petrolera estatal.

No obstante, los gobiernos que llegan al poder sobre los hombros de una impresionante marejada de votos populares y con un mandato expreso de poner término al primado del neoliberalismo claudican a la hora de instituir una agenda post-neoliberal. Son varios los factores que explican esta situación. En primer lugar, el acrecentado poder de los mercados. En realidad, el poder de los monopolios y grandes empresas que los controlan, frente a las deterioradas fuerzas del Estado, tras décadas de aplicación de las políticas neoliberales de “achicamiento” del Estado, desmantelamiento de sus agencias y organismos y privatización de las empresas públicas. Todo esto le confiere a los sectores dominantes una capacidad de chantaje -fuga de capitales, huelga de inversiones, presiones especulativas, soborno de funcionarios, etc.- sobre los gobiernos, si no imposible, por lo menos muy difícil de resistir.

EL PODER DE LOS PERROS GUARDIANES
DEL IMPERIO

Un segundo factor en las dificultades se halla en la persistencia del imperialismo y sus múltiples lazos y mecanismos, que disciplinan a los gobiernos díscolos mediante una variedad de instrumentos que aseguran la continuada vigencia de las políticas neoliberales. Por un lado, las presiones derivadas de la necesidad que gobiernos fuertemente endeudados tienen de contar con la benevolencia de Washington para viabilizar sus programas gubernamentales, sea por la vía de un “trato preferencial” que garantice el acceso al mercado norteamericano de sus productos, la eterna renegociación de su deuda externa, o su visto bueno para facilitar el ingreso de capitales e inversiones de diverso tipo. Todo esto se plasma en la larguísima lista de “condicionalidades” que los perros guardianes del imperialismo -principalmente el FMI y el BM, pero también la OMC y el BID- le imponen a los gobiernos de la región. Por otra parte, la coerción ejercida por el imperialismo transita también por otros senderos que van desde las exigencias políticas directas planteadas en el contexto de los programas de ayuda militar, erradicación de cultivos de coca, asistencia técnica y cooperación internacional hasta la manipulación ideológica posibilitada por el control casi exclusivo del gran capital sobre los medios de comunicación de masas, creadores del “sentido común” de la época.

ESTADOS VACÍOS DE POLÍTICA
Y LLENOS DE TÉCNICA

Como último factor habría que añadir la regresión antidemocrática que padecen los Estados de América Latina, que han ido vaciando de todo contenido el proyecto democrático y debilitado irreparablemente, en el marco de la actual organización institucional, sus capacidades de intervención en la vida social. Uno de los rasgos definitorios de esta crisis es el progresivo desplazamiento hacia ámbitos supuestamente más “técnicos” -y, por consiguiente, alejados de la voluntad popular expresadas en las elecciones- de un número creciente de temas que hacen al bienestar colectivo y que, lejos de ser debatidos públicamente, son tratados por “expertos” en las sombras, completamente encapsulados y al margen de cualquier tipo de escrutinio democrático. Pese a su enorme impacto social, estas cuestiones son resueltas por acuerdos sellados entre los capitalistas y sus representantes estatales.

Toda esta operación fraudulenta se rodea de justificaciones absurdas, tales como que “la economía es una cuestión técnica que debe manejarse con independencia de consideraciones políticas.” La economía -ciencia de la escasez y, por eso mismo, ciencia política por excelencia- pretende pasar por un mero saber técnico. La tristemente célebre “independencia del Banco Central” es un ejemplo elocuente de este disparate: tal independencia lo es tan sólo en relación a la soberanía popular, porque los bancos centrales en nuestra región no tienen independencia alguna del capital financiero y del imperialismo a los cuales sirven incondicionalmente.

IZQUIERDA EN LA OPOSICIÓN:
ANTE EL PESIMISMO, LA RESIGNACIÓN Y EL MIEDO

Las fuerzas de izquierda, en el gobierno como en la oposición, se enfrentan hoy a formidables desafíos. Las que se hallan en la condición de opositoras a una variedad de gobiernos burgueses, porque deben honrar la propuesta gramsciana de construir partidos, movimientos y organizaciones genuinamente democráticos como una forma de prefigurar la naturaleza de su futuro Estado.

Como si lo anterior no fuera una tarea enorme, la izquierda opositora debe también demostrar su destreza para neutralizar el accionar de los aparatos ideológicos de la burguesía y hacer llegar su mensaje y su discurso al conjunto de la población, que por cierto no tiene sus oídos preparados para escuchar un mensaje socialista. Los prejuicios cultivados e inculcados con habilidad por los publicistas de la derecha la tornan profundamente refractaria ante cualquier discurso que hable de socialismo o comunismo. Ante sus ojos, eso equivale a violencia y muerte, y pese a que la izquierda ha sido víctima de ambas cosas en la historia reciente de nuestra región, se la acusa de ser la representante y portadora de esas desgracias.
Hay en esta actitud un componente de resignación y pesimismo que no puede ser ignorado, y que plantea la futilidad de cualquier tentativa de superar al capitalismo. La osadía podría ser seguida por un baño de sangre, y nadie quiere esto. El desafío de la credibilidad de la izquierda es, por lo tanto, considerable. Se ha progresado bastante en este terreno, pero aún queda mucho por hacer.

IZQUIERDA EN EL GOBIERNO: ANTE UNA COLOSAL TAREA DE RECONSTRUCCIÓN SOCIAL

En relación a la izquierda “gobernante” los retos son de otro tipo. La victoria de Lula en Brasil constituye un hecho histórico sólo comparable, en la segunda mitad del siglo XX, con el triunfo de la Revolución Cubana en enero de 1959; con el de Salvador Allende en las elecciones de septiembre de 1970 en Chile; con la victoria insurreccional -infelizmente malograda después- de los sandinistas en julio de 1979 y con la irrupción del zapatismo en México en enero de 1994. Era fundamental ganar las elecciones brasileñas y acceder al gobierno. Pero mucho más importante es construir el poder político suficiente como para “gobernar bien”, entendiéndose por esto honrar el mandato popular que exige poner fin a la pesadilla neoliberal. Y, lo digo con mucho dolor, los resultados hasta ahora han sido decepcionantes.

El PT es el primer partido que tuvo que hacerse cargo del gobierno después del rotundo fracaso de las políticas inspiradas en el Consenso de Washington, con el mandato de poner en marcha un programa postneoliberal de reconstrucción. En Argentina, siempre pionera en materia de infortunios, el derrumbe del neoliberalismo fue consumado en los grandes sucesos del 19 y 20 de diciembre del 2001, pero su alternativa política aún no está claramente perfilada. El gobierno de Néstor Kirchner declara sus buenas intenciones, actúa consecuentemente en algunos frentes -como los derechos humanos, la depuración de la Corte Suprema y la reorientación de la política internacional de la Argentina-, pero tiene una asignatura pendiente cada vez más gravitante en el área económica, en la cual todavía no ha salido de las política ortodoxas.

La bancarrota de las políticas neoliberales es también evidente en el Perú, Bolivia, Ecuador, Uruguay, Paraguay; y en el mismo Chile -el último ejemplo “exitoso” que enarbolan los teóricos del “pensamiento único”- el panorama económico de corto y mediano plazo presenta amenazantes nubarrones. En Brasil, tres de cada cuatro electores rechazaron en las urnas la continuidad de tan nefasta política y José Serra, el candidato oficial, fue vapuleado por su adhesión a un modelo económico que ya había concitado el repudio masivo de la ciudadanía. El mandato popular es por el cambio, y Lula lo ratificó en su primer discurso público como Presidente al decir que la palabra clave es cambio. Sin embargo, poco se ha avanzado en este terreno. En términos económicos, el primer año del gobierno de Lula mostró una insensata profundización del rumbo neoliberal que se venía siguiendo desde la gestión de su predecesor.

¿Podrá Lula satisfacer el mandato popular? No será tarea fácil, pero tampoco es imposible. Ya no se trata, como en 1989, de poner al Brasil a salvo de la peste neoliberal que lo amenazaba bajo la sonrisa seductora de Collor de Melo; o de rescatarlo de sus primeros estragos, como en 1998. Ahora la misión es mucho más compleja porque la famosa destrucción creadora del capitalismo -tan exaltada por Schumpeter- ya ocurrió, y es preciso abocarse a una ciclópea tarea de reconstrucción económica y social. Y ésta no podrá siquiera imaginarse sin audaces políticas de reforma social que introduzcan los cambios esperados y, al mismo tiempo, en una dialéctica inseparable, fortalezcan las bases sociales y la movilización política de vastos sectores de las clases subalternas, sin las cuales las políticas ensayadas desde Brasilia sucumbirán inexorablemente ante los imperativos del mercado.

¿Y VENEZUELA? ¿Y CUBA?

Retos semejantes se le plantean al presidente Hugo Chávez en Venezuela, debiendo transitar por el estrecho desfiladero de una profunda revolución en las conciencias y en el imaginario popular -tema que ha sido subestimado en los análisis tradicionales de la izquierda- que, al mismo tiempo, limita con el abismo que genera la riqueza petrolera de Venezuela y su condición de abastecedor estratégico del imperio. Tras una serie de vacilaciones iniciales la Revolución bolivariana ha dado muestras de encontrar su rumbo.

Conviene recordar el caso cubano. Si pese a todos los obstáculos que se le han presentado durante casi medio siglo, Cuba pudo avanzar significativamente en la construcción de una sociedad democrática, más allá de las peculiaridades de su régimen político, ¿qué no podrían hacer países dotados de muchos más recursos de todo tipo -y alejados de la malsana obsesión norteamericana con la isla caribeña- como la Argentina, Brasil y Venezuela? Cuando decimos que Cuba logró avanzar significativamente en la construcción de una sociedad democrática estamos diciendo que, pese a tan desfavorables condiciones -como un bloqueo de 45 años y a la beligerancia permanente de los Estados Unidos- ese país logró garantizar para su población estándares de salud, alimentación, educación y derechos generales -mujeres, niños, discapacitados, etc.- que ni siquiera se obtienen en algunos países del capitalismo desarrollado. Si Cuba lo hizo en esas condiciones, ¿cuáles serían los insalvables obstáculos que impiden, en países que disfrutan de circunstancias mucho más promisorias, acceder a logros semejantes?

SIN VOLUNTAD DE CAMBIAR
NO HABRÁ CAMBIO

La respuesta no se halla en determinismos económicos -un conveniente pretexto las más de las veces- sino en la debilidad de la voluntad política. Sin una decidida voluntad de cambiar el mundo éste seguirá siendo igual. Pero quien pretenda acometer esa tarea deberá saber dos cosas. Primera, que al hacerlo se enfrentará con la tenaz y absoluta oposición de las clases y grupos sociales dominantes, que no dejarán recurso por utilizar, desde la seducción y persuasión hasta la violencia más atroz para frustrar cualquier tentativa transformadora. De ahí nuestra grave preocupación por ciertas formulaciones de los zapatistas, como la democracia de todos, que trasuntan un alarmante romanticismo.

Segunda, que no hay tregua posible en ese combate: si el gobernante que intenta cambiar al mundo no es atacado es porque su accionar ha caído en la irrelevancia o -hipótesis perversa- porque se ha pasado al bando de sus enemigos. No será porque los antiguos amos se resignaron a perder sus prerrogativas y privilegios, sino porque se dieron cuenta que sus oponentes han depuesto las armas y ya no les hacen daño.

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