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  Número 431 | Febrero 2018
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Nicaragua

“Si queremos salir de Ortega los liberales debemos entender que no hay pecado sin penitencia”

Eliseo Núñez Morales, político liberal y diputado representante de distintas agrupaciones liberales, ahora en la Fuerza Unida Liberal, integrado al Frente Amplio por la Democracia, analizó el presente y el futuro del liberalismo en el actual momento político en una charla con Envío que transcribimos.

Eliseo Núñez Morales

Dejando aparte a los votantes independientes, que en su mayoría se abstuvieron de votar, las elecciones municipales del 5 de noviembre de 2017 nos demostraron una vez más que el espectro político nicaragüense continúa dividido entre sandinistas y liberales. Los resultados también dejaron claro que si los liberales hubiésemos participado unidos y no en dos fragmentos, el Partido Liberal Constitucionalista (PLC) y el nuevo partido Ciudadanos por la Libertad (CxL), y aun a pesar del maltrecho sistema electoral, el liberalismo hubiera ganado el doble de las alcaldías que consiguió.

El liberalismo, como una propuesta partidaria, aunque no estrictamente ideológica, sigue atrayendo en Nicaragua a un importante segmento de votantes, contabilizables y localizables geográficamente. El voto liberal está en el Norte y en el Centro de nuestro país y llega hasta el Caribe. Lo encontramos desde Nueva Segovia hasta Río San Juan y también en zonas del Pacífico como Masaya, territorio de tradición liberal porque en Masaya todos hemos vivido del mercado.

El voto duro liberal anda por un 10-15% de la población nicaragüense. El voto duro del FSLN es algo mayor. En 1996, cuando el MRS se separó del FSLN y el Frente estaba en sus mínimos, medimos su voto duro. Andaba entonces por el 15-20% de la población. Lo volvimos a medir cuando el arranque de la campaña electoral de Enrique Bolaños en 2001. Aquel año, don Enrique, representando al liberalismo, inició con un 12% y Ortega inició con un 19%. Ambos arrancaban con su voto duro más bajo porque ya había gente que estaba emigrando hacia otras opciones políticas. Sin embargo, la propuesta del miedo y de la polarización se volvió a imponer y en los resultados de las elecciones de aquel año, celebradas unas semanas después del ataque a las Torres Gemelas, volvimos a ver una fotografía conocida: casi el 60% del país votando contra el Frente y el 40% votando a favor del Frente. Tengo la impresión de que ésa es la real división del voto en Nicaragua y creo que sólo en los arranques de las campañas electorales es cuando se puede medir con más claridad el voto duro.

Arturo Cruz ocupa una expresión para describir al votante duro liberal y al votante duro sandinista. Dice que son lo más parecido a un perro ovejero, que va donde le dicen que vaya y sólo obedece órdenes… Recuerdo a una señora de Acoyapa que me decía: “Yo soy liberal y si a un chancho le ponen una capa roja yo voto por él sin ninguna duda”. Y del lado del Frente me he encontrado a mucha gente que habla barbaridades de Daniel Ortega, pero cuando le pregunto por quién va a votar me dice: “Por Daniel. Yo nunca voy a votar por ustedes”. Son los dos lados de esa Nicaragua que todavía está decidiendo por nosotros, por los que no pensamos así.

¿Cuál es hoy el futuro del liberalismo? Creo que está en encontrar una propuesta, que salvaguardando a todos esos votantes que se identifican como liberales aunque tienen un pensamiento conservador, atraiga también a esa masa de nuevos votantes que ya no compran el discurso y las propuestas de los partidos políticos.

Desde esa perspectiva, yo he insistido en que el liberalismo tiene que comenzar a retar al establishment, debatiendo algunos temas que en Nicaragua hay terror a debatir: el aborto terapéutico, la legalización o no de las drogas, el matrimonio igualitario... El solo hecho de plantear estos temas, de hablar en público de esto, convierte a cualquiera en un hereje cuyo prestigio queda incinerado en una suerte de hoguera virtual. ¿Por doble moral? No es ésa la discusión. Lo que señalo es que ese debate se topa con esos votantes que, aunque son liberales, son conservadores y religiosos hasta el tuétano. A pesar de todo, creo que el liberalismo tiene la responsabilidad, y el reto, de empezar a permear a la sociedad con estas temáticas, que tienen que ver con derechos individuales. No son temas populares, lo sabemos, pero no podemos dejar de discutirlas y quedarnos callados. La última encuesta de la que tengo memoria que indagó sobre “valores” es de hace mucho, de 2001. Recuerdo que la hizo un investigador de apellido Araquistain, en la Universidad Nacional. La encuesta evidenciaba que el 85% de los nicaragüenses tenían valores conservadores.

Alguien decía que Nicaragua va a prosperar cuando abandone la expresión “que sea lo que Dios quiera”. Pero, ¿querrá Dios que seamos pobres? No se trata de dejar de creer en Dios, sino de dejar atrás esa religiosidad atávica que se nos ha enseñado, que se nos ha impuesto y que nos ancla en una pobreza que se explica por la voluntad de Dios y no por las condiciones de injusticia social. Una religiosidad que Rosario Murillo explota muy bien cuando todos los mediodías se refiere al santoral del día y a las bendiciones con que Dios cubre nuestro país. En esas letanías siempre habla de “la familia”, nunca del individuo. Sus mensajes no se dirigen al colectivo, porque ella sabe que eso no funciona en Nicaragua, donde la familia, el páter familia, los hijos, nietos y parientes pesan siempre más que el colectivo, que los vecinos, que cualquier comunidad más amplia. Veamos si no cuántas comarcas en Nicaragua se llaman Los Vanegas, Los Centenos, Los Brenes… porque es alrededor de la familia que se construye en nuestro país cualquier colectivo…

¿Dónde está hoy una mayoría de votantes? Están en el “hit parade” diario, en el video que se hizo viral, en lo que salió en el Facebook, en los memes más divertidos, en el concurso de belleza, en la última película… En los seis canales de televisión propiedad del partido de gobierno sólo dos canales hablan de política, el 4 y un poquito el 8. El resto es pura farándula para anestesiar las conciencias. Saben que en el país hay una masa de jóvenes que no compra el discurso oficial paternalista y saben que no lo van a comprar nunca, como tampoco comprarán el discurso de ningún partido político. Saben que lo que compran es lo que pasa en las redes sociales o en Hollywood.

Hace unos años yo hubiera apostado a que las redes sociales iban a ser el motor del cambio en este país. Y ha sido lo contrario: las han convertido en un ancla que frena el cambio. El hecho de que hoy un joven nica sentado frente a una máquina tenga un amigo en Tailandia y pueda comunicarse con cualquiera en Europa provoca en ellos no sólo la sensación de borrar fronteras, sino que les borra su entorno social. Hace unos años yo pensaba que esa comunicación sin fronteras iba a generar aspiraciones que irían más allá de lo que hoy tenemos. Por el contrario, lo que están logrando es un desarraigo total, una indiferencia por lo que sucede acá, porque allá en otro lugar pueden tener lo que no encuentran en Nicaragua. Hoy el 60% de los nicaragüenses menores de 30 años dice que quiere vivir en otro país, una cifra que se estrella con el 87% de popularidad que las encuestas le otorgan a Rosario Murillo y a la Nicaragua “bonita” de la que ella habla. ¿Por qué tantos quieren irse? Porque sus aspiraciones no aparecen en lo que les podemos ofrecer acá. Y ése es otro reto del liberalismo: qué ofrecerles a esos jóvenes que se quieren ir. Y no sólo quieren irse por ser pobres. Ya hay una generación que necesita algo diferente a la sociedad arcaica en la que estamos viviendo.

Vivimos en una sociedad muy atrasada. La inseguridad ciudadana en el Triángulo Norte de Centroamérica es fruto de una inequidad económica y social que nunca hemos superado en nuestra región. Buena parte de los guerrilleros centroamericanos de los años 60 y 70, ¿cómo terminaron? En Nicaragua, con Ortega convertido en millonario y en El Salvador con un FMLN que hace casi lo mismo que ARENA. No se rompió con el esquema de sometimiento que había en nuestros países, y que aún sigue habiendo. Esa relación entre encomendados y encomendadores, entre mozos de hacienda y patrones, aún permanece. Esa relación de subordinación que nos ha marcado a los centroamericanos, a unos como conquistados y a otros como conquistadores, o como dice don Emilio Álvarez Montalván, a unos como caudillos y a otros como acaudillados, nunca desapareció. Esa relación pareció romperse con la lucha social que encabezó el Frente Sandinista en Nicaragua, el FMLN en El Salvador, los sindicatos en Honduras y los movimientos de los pueblos indígenas en Guatemala. Pero los luchadores sociales que en su momento hicieron una propuesta diferente, que quisieron hacer una revolución, desprestigiaron su propuesta cuando tantos de ellos se transformaron en símiles de sus adversarios. La lucha social quedó abandonada y el luchador social desprestigiado. Y hoy lo que tenemos son pandillas y narcotráfico porque la gente sigue siendo pobre y la inequidad sigue vigente. ¿Y cómo buscan ahora la salida? Por el peor de los caminos.

En Nicaragua, con la revolución de los años 80 y la salida abrupta al exilio de la clase empresarial y profesional del país, vivimos una suerte de recomposición social que nos ha permitido aislarnos un poco de la violencia social que vive hoy el norte de Centroamérica. Al finalizar la revolución y al iniciar los años 90 la brecha social ya no era tan grande, y no porque hubiera muchos ricos, sino porque habíamos muchos pobres y entre todos nos entendíamos y hablábamos. Hoy, paradójicamente, el gobierno de Ortega, que dice ser un gobierno de izquierda, ha abierto y profundizado la brecha de la inequidad social.

Los liberales tenemos que tener una propuesta para reducir esa brecha, porque el tiempo del “país más seguro de Centroamérica”, el tiempo de vivir en este “oasis de paz” se está terminando. Dentro de pocos años enfrentaremos problemas similares a los que viven El Salvador, Guatemala y Honduras, porque se está profundizando la brecha económica entre quienes más tienen y quienes tienen menos. Un estudio de la Universidad Thomas More sobre la escala salarial indica que en las siete empresas privadas más grandes de Nicaragua el diferencial salarial entre quien más gana y quien menos gana es de 208 veces. En Japón se preocuparon cuando la brecha salarial llegó a 81 y casi dimite el primer ministro. En Estados Unidos se llegó a superar una brecha de 300. La inequidad está escalando en Nicaragua y tenemos que tener una propuesta para detener eso. Los liberales tenemos el reto de elaborar una propuesta contra este modelo inequitativo. Y eso es lo que puede atraer a tantos votantes que hoy permanecen apáticos y que, con justa razón, no creen en los políticos.

Para enfrentar la inequidad las actuales herramientas de la fiscalidad deben cambiar. Hay que frenar los monopolios y los oligopolios y hay que invertir más recursos en educación y en capacitación. La inequidad en la que estamos está también muy relacionada con el modelo de depredación de los recursos naturales que se mantiene desde siempre. Y es que para criar una vaca en una manzana de tierra sólo se necesita un hombre analfabeta con un machete a la cintura, mientras que para criar mil novillos en una manzana necesitamos un ingeniero agrónomo y un par de operarios que tengan por lo menos bachillerato y algún tipo de preparación y hay que pagarles mejor. Mientras en Nicaragua se mantenga el modelo de depredación de los recursos naturales no tenemos necesidad de gente educada. La gente educada reclama y discute las condiciones de trabajo y eso, lejos de ser un problema, es un semillero de oportunidades. Cambiar el modelo de depredación de los recursos naturales es una de nuestras propuestas. No puede seguir siendo la agricultura el centro de la economía de nuestro país sin modernizar los métodos de producción.

Los políticos no hemos ayudado mucho a superar la apatía de la gente y constantemente hacemos cosas que abonan a que la sociedad rechace la participación en política. Veamos un ejemplo: ¿Cuál es la utilidad para este régimen de un liberal como Wilfredo Navarro, un hombre que cada vez que abre la boca apoya todo lo que hace Ortega? Lo mantienen ahí para que todos los políticos paguemos un costo. Yo pago un costo, Violeta Granera paga un costo, Víctor Hugo Tinoco paga un costo...La gente escucha a Wilfredo y se pregunta: ¿Cuándo se venderá Eliseo, cuándo se vende Violeta, cuándo se vende Víctor Hugo…? La gente escucha a Wilfredo y a otros políticos de origen sandinista y dice: Todos se venden, todos son igualitos… Ortega ha sido muy eficaz en lograr que la gente termine pensando que la política sólo sirve para el enriquecimiento personal.

Otra cosa que el liberalismo va a tener que hacer es convencerse de que “no hay pecado sin penitencia”. En las siguientes elecciones los políticos vamos a tener que apoyar a un outsider, a una mujer o a un hombre que venga de afuera de la política. No hay lugar en Nicaragua para que un político llegue al poder en una siguiente elección. Ése es mi punto de vista. Creo que los liberales tendremos que entenderlo. Necesitamos una propuesta que rompa con la inequidad, que lance a Nicaragua hacia el futuro y sea capaz de ilusionar a la gente más joven. Pero esa propuesta en boca de un político no valdrá nada. Tiene que estar en boca de alguien que la proponga desde afuera. Ésa es la penitencia que nos toca pagar a los políticos por todo lo que ha pasado en estos años.

Debemos ser capaces de encontrar la propuesta y la persona. Y además, tenemos que construir democracia interna en los partidos políticos, que no somos democráticos. Y eso ha contribuido al desencanto general de la población con los partidos, porque la gente siente que no tiene posibilidad de exponer sus ideas y de hacerlas avanzar hasta elegir a alguien que las lleve adelante.

La transición democrática española, que logró romper con el caudillismo de Franco, y que inició apenas a fines de los años 70, no ha logrado aún que cambie un sistema político cerrado. Recientemente aparecieron Podemos por la izquierda y Ciudadanos por la derecha, pero no lograron ser alojados ni en el PSOE ni en el PP, los dos grandes partidos de la transición. Esto provocó una crisis: meses sin elegir gobierno y al final, un gobierno débil. En el sistema democrático de Estados Unidos, con una historia mucho más cimentada, los dos grandes partidos, a pesar de las trampas internas que tienen, fueron suficientemente abiertos para alojar a Donald Trump en el Partido Republicano y a Bernie Sanders en el Partido Demócrata. Lograron acoger el discurso anti-sistema de ambos, aunque increíblemente, fueron los demócratas los que excluyeron desde el comienzo a Sanders, mientras que los republicanos aceptaron a quien la mayoría de sus votantes quería, a Donald Trump.

Un buen sistema de partidos políticos es el que es capaz de alojar en su seno distintas ideas. En Nicaragua no hemos sido capaces de eso. Yo he pasado ya por cuatro partidos. Del PLC me corrieron porque rompí con la propuesta de Alemán. Entré a ALN y cuando Ortega nos quitó ese partido pasé al PLI. Cuando Ortega nos lo quita y el PLI rompe la Alianza por la Democracia para hacer nacer CxL, me voy de eso. Mi caso no es único. En Nicaragua los partidos políticos producen disidencias todos los días porque son partidos que no tienen líderes, tienen dueños. Cuando logremos que los partidos no tengan dueños van a ser atractivos para la gente común, para la gente que quiere poner sus ideas en práctica.

No aspiro a lo que consiguieron en Islandia, donde la última Constitución que aprobaron la redactaron mediante una consulta a todos los ciudadanos por Internet. Cada quien hacía su propuesta en Facebook y si tenía un número de likes o validaciones pasaba a la plataforma oficial donde se iniciaba un período de discusión. Después venía un período de votación y si la aprobaba una mayoría se integraba al texto de la Constitución. Había un proceso para eliminar propuestas si eran excluyentes o para enriquecerlas si eran complementarias. No estamos aspirando a algo tan complejo. Aspiramos a algo que dijo Sanders en Estados Unidos: “Una persona, un voto”. Aquí en Nicaragua es donde menos se cumple eso y los liberales vamos a tener que entender eso: una persona, un voto. No es un líder mesiánico el que nos va a sacar de esto. Nos va a sacar de esto cada persona con su voto.

¿Cómo salir de Ortega? Ese objetivo va más allá de los liberales. Yo creo que, en el estado en que estamos, salimos de esto de dos maneras cívicas. Hay otra manera, que es violenta, pero creemos que a la vía pacífica le debemos dar hasta el último aliento. En esto sí que hay consenso. Aún con estos más de diez años de autoritarismo de Ortega, hemos tenido desde 1990 la etapa de paz más larga en nuestro país en dos siglos después de la Independencia. Tenemos la obligación de salvar la paz, estamos obligados a eso.

¿Cuáles dos maneras hay de salir de Ortega? Una es que aparezca un líder mesiánico que atraiga a todo el mundo y logre la unidad de los opositores y nos saque de Ortega… pero, muy probablemente, ese líder mesiánico se parecerá mucho a Ortega una vez que llegue a la Presidencia. La otra manera es construyendo una plataforma en la que quepamos todos. Algo así como esas plataformas de Lego en las que van calzando todas las fichas y así se va armando el edificio, cada quien poniendo su pieza… Construir esa plataforma es la tarea de los partidos políticos. Una plataforma en la que cada quien sienta que puede poner su ficha y la ponga. Y que esa ficha que ponga tenga dónde asirse a otras. Creo que ésa es la forma más sana de salir de Ortega. Pudiera ser también que en el proceso de construir esa plataforma aparezca un líder carismático al que se pueda conducir y controlar desde la plataforma.

Encontrar al líder mesiánico o carismático no depende de nosotros. En construir la plataforma si podemos tener incidencia todos. Lo importante hoy es lo que podemos hacer y no lo que esperemos que pase. En España, en los últimos días de la dictadura de Franco, llegó un momento en el que la oposición, en vez de sentarse a buscar maneras de salir de Franco sólo tenía un tema de discusión: ¿Cuándo se morirá Franco? Yo no creo que estemos ya en el punto de sólo esperar la solución biológica a nuestra situación.

Aunque conozco bien las debilidades de los políticos, en la construcción de esa plataforma los políticos sí somos importantes porque conocemos cómo funciona el sistema. Para alguien que viene de afuera es más difícil. Hoy, un grupo de políticos estamos concentrados en construir la plataforma. En ese grupo está el FUL, la Fuerza Unida Liberal, un grupo de liberales que quedamos dispersos cuando el año pasado Ortega liquidó al PLI y CxL excluyó al MRS de la Alianza. En esa crisis decidimos unirnos con una mezcla de espontaneidad y también de necesidad. ¿Seguir haciendo esfuerzos individuales o juntarnos todos y ver qué podíamos hacer juntos?

Como FUL somos parte de un esfuerzo más plural, el Frente Amplio por la Democracia. El FAD tiene enfrente como valladar infranqueable el actual sistema electoral. Si quisiéramos hacer del FAD una opción electoral tendríamos que transformarlo en partido político bajo las reglas actuales. No estamos por esa vía. Pero si cambiara el sistema electoral el FAD actuaría como esa plataforma “lego” que acogiera a todos, incluyendo las piezas liberales, las del sandinismo del MRS, las de la sociedad civil… para presentar con ellas una propuesta.

Si el MRS no estuviera en el FAD Ortega convertiría rápidamente la lucha de la oposición en un enfrentamiento entre derecha e izquierda: quienes nos oponemos a su régimen seríamos la derecha y Ortega sería la izquierda que defiende a los pobres. Pero con el MRS a bordo del FAD la lucha es entre democracia y dictadura. De un lado estamos liberales y sandinistas y del otro lado está Ortega y su autoritarismo. El MRS nos da identidad como demócratas y eso lo apreciamos mucho.

El principal problema que los partidos políticos tienen en Nicaragua es que mantienen el modelo post-Revolución francesa, basado en ideología, territorialidad y liderazgo. Una de las enseñanzas de Trump durante su campaña fue utilizar la segmentación extrema que existe hoy en la sociedad. Las redes sociales y la interconectividad que han creado han segmentado a las sociedades cada vez más. Las redes nos muestran que hay mucha gente interesada en el rock de los 60 y que otra mucha gente lo está en el rock de los 90, que hay gente que se interesa por la sanidad equina y otros por la comida vegana… Hay una segmentación tan micro que el desafío es encontrar lo que es común en todos esos hilos para irlos entrelazando. Y a pesar de que en Nicaragua la interconectividad no es tan grande y los segmentos no son tan pequeños, nuestra sociedad ya está bastante segmentada, el reto que tenemos los partidos políticos es interconectar intereses.

Veamos un ejemplo. Un partido político tradicional, basado en la territorialidad, en el municipio de San Juan de Oriente, que tiene 10 comarcas y 2 barrios, requiere de 5 directivos en cada comarca y de 5 en cada barrio. Esas 60 personas eligen después a alguien como directivo de todo el partido. Pero San Juan de Oriente vive de los artesanos que trabajan el barro y producen piezas de cerámica y de quienes tienen viveros donde siembran flores. Entonces, ¿por qué en lugar de organizar el partido territorialmente no organizar a los artesanos y a los cultivadores de flores en torno a una plataforma política que les permita mejorar sus condiciones de vida desde su actividad económica? Eso daría lugar a un partido político que, en vez de responder al interés de la directiva central, responda a los intereses de los gremios.

Tanto en el FUL como en el FAD ése es el reto que tenemos hoy: aprender a tejer redes en torno a los intereses de los grupos. Trump basó su victoria en la segmentación del mercado de votantes, en propuestas para los distintos segmentos. Y empleó a fondo las redes sociales usando un antiguo principio que usó Maquiavelo: que en política no se gana uniendo, sino dividiendo… y supo hacerlo. Y después de dividir para vencer se aseguró de quedarse con la mayor parte. Trump ganó segmentando, quedándose con los pedazos más grandes hasta lograr que sus pedazos fueran mayores que los de los demás. Les recomiendo el libro de Moisés Naim, “El fin del poder”, que explica cómo el poder tradicional ha terminado sucumbiendo ante esta gran segmentación de la sociedad y cómo eso nos obliga ahora a tejer propuestas para cada grupo, abandonando las propuestas generales que ya no convocan a nadie.

Las redes sociales son actualmente nuestro principal valladar para acceder a una mayoría de votantes. Tenemos que convertirlas en nuestro principal aliado. Tenemos que aprender a hablar el idioma de las redes. Debemos identificar de qué están hablando los jóvenes, cuál es el entorno en el que están inmersos en una cultura diferente, que aún no entendemos. Pero, aún sin entenderla, me niego a creer que los jóvenes de hoy, a pesar de toda la anestesia de farándula que reciben, no tengan dentro ese sentimiento que todos los jóvenes tuvimos, que es creernos capaces de cambiar el mundo. Eso se lleva dentro cuando uno es joven y estoy seguro que lo llevan dentro los jóvenes aún inmersos en las redes sociales. Lograr despertar ese sentimiento, el sentimiento de querer cambiar las cosas, es el reto.

De aquí a las próximas elecciones generales de 2021 Ortega va a enfrentar en plenitud dentro de su partido la crisis de sucesión. Ya ha iniciado esa crisis y debemos estar listos para identificar cuándo se abren en el Frente Sandinista las fisuras por las que podamos empezarle a arrancar concesiones. Ortega no nos tiene miedo a los opositores. Por eso yo puedo decirle dictador mil veces y no me pasa nada. Porque para él soy insignificante. Pero sí le tiene horror a la lucha interna dentro del Frente. Y es esa lucha la que debemos aprovechar. Y no la vamos a poder aprovechar si no construimos la propuesta y la plataforma, si no buscamos liderazgos diferentes.

Ya la crisis interna del Frente empezó, qué tan rápido va a avanzar no está aún claro, pero Ortega ya sabe lo que sabe todo dictador: que llegará un momento en el que tendrá que sostenerse a la fuerza. Ya lo empieza a hacer. Y sabe que el principal riesgo de sostenerse a la fuerza es convertir a sus hijos en parias. Si Ortega siente que va a sacrificar a sus hijos en aras de mantenerse en el poder puede tal vez optar por una apertura que podamos aprovechar.

Esa oportunidad no depende de nosotros, lo que es un grave problema para planificar estrategias. Pero desde ahora sí depende de nosotros construir la plataforma y generar una propuesta y generar liderazgos internos y empezar a ilusionar a la gente. La apatía que hoy mantiene a Ortega en el poder no es simpatía hacia él ni es antipatía hacia nosotros los opositores. Se debe a la falta de una propuesta que movilice.

Creo que el discurso de los opositores debe enfocarse en la clase media. Y no porque no nos importen los pobres, sino porque a los pobres hay que sacarlos de la pobreza y el primer paso es ampliar la clase media. En Nicaragua los pobres siguen teniendo apenas un 20% de movilidad social, una cifra que no ha variado en décadas. Cuando en 1990 llegó doña Violeta al poder la movilidad social en Nicaragua era un 18%. Después subió un poquito y ahí se ha mantenido. Esto significa que quien nace pobre tiene 8 de 10 posibilidades de morir pobre. No podremos superar esto si no construimos una plataforma intermedia, la de la clase media.

Nuestra propuesta debe basarse en crear una plataforma de clase media para erradicar la pobreza por la vía más rápida. Las láminas de zinc que da el gobierno, el chancho o las bolsas de comida que entrega, son anestesias locales para amputaciones. Nada de eso saca a nadie de la pobreza. Las políticas sociales para erradicar la pobreza deben ser gradualistas. Es necesario un asistencialismo inicial, pero después es necesario el siguiente nivel: lograr que el pobre pueda por sus propios medios tener un sustento económico que lo saque de la pobreza. Eso exige una política que cree clase media.

Los dictadores, también Ortega, temen a las clases medias. Cuando la revuelta de 1911 en Rusia, Lenin, el primero que hizo una revolución en el siglo 20, le escribió a los bolcheviques para decirles que habían fracasado ese año por no involucrar a la clase media. Las clases medias son el motor que sostiene las revoluciones, sean sociales, culturales, religiosas, sean de derecha o de izquierda.

El pensamiento es siempre el motor del cambio y hay poco espacio para el pensamiento en un pobre que gana dos dólares al día porque a ese pobre la inequidad lo dejó sin posibilidades de pensar en su futuro. En lo único en lo que puede pensar si ha desayunado es en sí podrá almorzar… Su horizonte de planificación no pasa del día a día. A esa gente no le podemos pedir que camine hacia otro futuro, eso se lo debemos pedir a la clase media, que es la que genera ideas.

Mientras no logremos atraer un voto masivo en el Pacífico, ilusionando con una propuesta, y mientras no sumemos a ese voto masivo el voto duro liberal del norte y del centro del país, Ortega va a seguir en el poder respaldado por una minoría que se impone. Y en la medida en que esa minoría se vaya reduciendo la represión va a ir escalando y aumentará la inseguridad en el país.

La solución es ilusionar. Los profesores de estrategia política nos dicen que la gente jamás vota por agradecimiento. Vota o por resentimiento o por ilusión. Son las dos razones que la mueven: o está resentida y le pasa la cuenta a quien está en el poder o respalda a quien logra ilusionarla. Nadie vota por lo que ya recibió, todo el mundo vota por lo que va a recibir.

La solución es ilusionar. Si los liberales queremos hacer algo en este país tendremos que ilusionar. Y eso pasa por conseguir un vocero que ilusione, que no saldrá de entre los políticos. Y eso pasa por presentar una propuesta que ilusione, y ésa sí la podemos construir los políticos. Y eso pasa por lograr una plataforma que contenga al vocero de un país mejor y a la propuesta para un país mejor.

Lograr todo eso requiere de partidos democráticos que miren a la gente y que no esperen que la gente los mire a ellos.

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