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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 431 | Febrero 2018
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Nicaragua

“La historia de las relaciones del Frente Sandinista con la religión ha sido siempre contradictoria”

Rafael Aragón, sacerdote y religioso de la Orden de Predicadores, hizo una breve historia de las relaciones del Frente Sandinista con el hecho religioso, desde su origen hasta hoy, destacando etapas y momentos llenos de contradicciones, en una charla con Envío que transcribimos.

Rafael Aragón

El 29 de noviembre de 2017 el Presidente Ortega introdujo en la Asamblea Nacional una propuesta de ley con carácter de urgencia para declarar “las festividades en honor de la Purísima Concepción de María como Patrimonio Histórico y Cultural de la Nación”. Las festividades incluían todas las tradiciones vinculadas a ese dogma mariano: la novena a la Virgen, la tradicional “gritería” del 7 de diciembre y la fiesta en honor de la Virgen del Trono en El Viejo. La Vicepresidenta Murillo anunció como una “buena noticia” que el 5 de diciembre sería aprobada la propuesta. “Ya era hora”, dijo en su alocución diaria por los medios oficiales. La reacción de la jerarquía católica fue firme y unánime: los obispos escribieron al Presidente Ortega oponiéndose al proyecto por no ser competencia del Estado hacer esa declaración. El 4 de diciembre la presión de los obispos fue eficaz y el gobierno desistió del proyecto.

Me refiero a este hecho reciente, porque en todo lo que compartiré con ustedes, la Purísima y sus tradiciones aparecerán una y otra vez como símbolo de los vaivenes y contradicciones que a lo largo de los años ha habido en las relaciones del Frente Sandinista con el hecho religioso, sobre todo con lo religioso-católico.

También quiero analizar esas relaciones teniendo como fondo tres paradigmas desde los que se puede vivir y entender la religión. Un primer paradigma es el paradigma mítico. En el mito no entra la ciencia. La visión del mundo en este paradigma es muy tradicional y en ella Dios lo explica todo y lo resuelve todo. Las prácticas religiosas son ritos y celebraciones para agradar a Dios, del que dependemos totalmente. Un segundo paradigma es filosófico y racional. En esta visión las creencias parten de una reflexión filosófica, donde la razón busca las causas de los hechos y los criterios del comportamiento personal. La práctica religiosa se traduce en una ética, en un compromiso moral que orienta la vida y con el que el creyente responde a Dios. El paradigma racional se fortaleció en la iglesia en el siglo 13 con la teología de santo Tomás de Aquino, que estuvo vigente hasta nuestro tiempo. El tercer paradigma religioso se nutre de las ciencias sociales. En él la respuesta que da el creyente a Dios parte del análisis de la realidad. La religión invita a cada ser humano a ser sujeto de la historia y a una praxis transformadora de la realidad en la que vive, teniendo en el horizonte la utopía cristiana, que es construir el Reino de Dios. En el tercer paradigma la historia es dialéctica y lo que importa en cómo nos movemos en ella no es tanto si somos buenos o malos, sino si hacemos buenas y justas las estructuras sociales. La teología de la liberación asume este paradigma.

Estos tres paradigmas han estado siempre presentes en el pueblo de Nicaragua. Teniéndolos como fondo analizaremos la relación del Frente Sandinista con la Iglesia católica en este más de medio siglo, en que el Frente ha desempeñado un papel tan importante en la historia de nuestro pueblo.

El Frente Sandinista nace en 1961 como un grupo armado, inspirado en otros movimientos guerrilleros de América Latina, todos ellos inspirados en la Revolución cubana. Por eso, la inspiración de justicia social se mezcla en el Frente con el marxismo y el ateísmo de la Revolución cubana. Quienes conocieron a aquellos primeros sandinistas dicen que, a pesar de todo, por la formación que muchos habían tenido y conservaban, la religión tenía un lugar en sus conciencias. Cuentan, por ejemplo, que en una reunión en la clandestinidad con Carlos Fonseca, el fundador del Frente, dos sandinistas estaban muy disgustados y Carlos les dijo: “Antes de empezar a trabajar ustedes dos se tienen que reconciliar, porque eso fue lo que Jesús enseñó. Yo no soy cristiano, pero si los cristianos hacen eso, ¿por qué no lo vamos a hacer nosotros?” Una anécdota que muestra que la cultura cristiana era también la cultura de aquellos primeros sandinistas.

En los años en que el Frente Sandinista nace y comienza a desarrollarse surge y crece por toda América Latina la teología de la liberación, la pastoral popular, todo un proceso de renovación de la Iglesia católica. También sucede en Nicaragua. Es un proceso que tiene, entre otros, su inspiración en la “pedagogía del oprimido” del brasileño Paulo Freire. En esa línea son pioneras en Nicaragua las Escuelas Radiofónicas, una institución de la jerarquía católica dirigida por el sacerdote Bonifacio Echarri, que nació en 1966 para trabajar con la población campesina, sobre todo en Las Segovias. Siguiendo el método de Freire, las Escuelas empleaban la radio para alfabetizar, organizar y capacitar a la población y para promover con gente ya más consciente proyectos de desarrollo en las comunidades. A los cursos presenciales que daban las Escuelas Radiofónicas los líderes sandinistas invitaban a los campesinos para que iniciaran allí su proceso concientizador.

El Frente Sandinista encontró en éste y en otros movimientos de base cristiana que surgieron al calor de la renovación de la Iglesia que significó el Concilio Vaticano Segundo (1961-1965) y después la Conferencia de obispos de Medellín (1968), una cantera de gente que empezaba a vivir un proceso de cambio y estaba emigrando del primer paradigma mítico al tercer paradigma comprometido, gente que pasaba de una religiosidad más individualista y ritualista a una religiosidad en la que no bastaba el compromiso personal, si ese compromiso no tenía también una proyección social.

La división del Frente Sandinista en tendencias -los proletarios, que eran más intelectuales y teóricos marxistas; y los terceristas, más pluralistas, populares y sin una identidad ideológica definida- permitió que al Frente se fueran uniendo distintos sectores: cristianos de distintas clases sociales, intelectuales, artistas, poetas… Fue un proceso muy diverso, en el que participan figuras como Fernando Cardenal con los estudiantes universitarios y con los Cursillos de Cristiandad, que enseñaban que el cristianismo se prueba no sólo en el cambio individual sino en el compromiso por el cambio social. Un proceso en el que Ernesto Cardenal deslumbra al mundo con su experiencia en Solentiname, que apoyaron personajes de la clase alta nicaragüense. Un proceso en el que Uriel Molina hace de la parroquia del barrio Riguero un centro de cambio, en el que varios colegios católicos como el de las religiosas de la Asunción en Managua mueven al cambio a las muchachas… Muchas experiencias novedosas. Después del terremoto en Managua en 1972 el Frente Sandinista se hace más presente en Managua y se articula con las Comunidades Eclesiales de Base, que estaban desarrollándose en los barrios: en la 14 de Septiembre, en la Nicarao, en San Judas… Los Delegados de la Palabra en las zonas rurales, los movimientos juveniles en la UCA… Todo eso crecía y generaba una fuerza social importante. Y cuando esa fuerza se articuló con el movimiento insurreccional antisomocista lo hizo invencible. Siempre he pensado que el Frente Sandinista no hubiera logrado derrocar a la dictadura sin la fuerza de los cristianos comprometidos.

Mientras el Frente Sandinista dialoga con esa iglesia de base y esa iglesia de base comienza a participar en la lucha contra la dictadura, rompiendo con el paradigma tradicional y entrando al paradigma del compromiso, no podemos afirmar que en el Frente Sandinista hubiera algún planteamiento definido y formal sobre el hecho religioso. No había ninguna estrategia diseñada para trabajar con la nueva iglesia que surgía por todas partes. Del mismo modo, en los años de lucha contra la dictadura los cristianos que participaron en ese esfuerzo no lo hacían basados en alguna ideología ni siguiendo orientaciones definidas. Predominaron los planteamientos éticos, la indignación frente a las injusticias, el deseo de liberar al pueblo de Somoza, el sentimiento de que liberarlo era la voluntad de Dios. El debate entre cristianismo y marxismo fue muy escaso entre la gente popular. Si se dio, fue en los ambientes universitarios y en algunos colegios privados regentados por religiosos. Ese debate vendría después y sólo en determinados espacios.

Aunque en la Iglesia católica institucional se había dado una renovación, fruto del Concilio Vaticano Segundo, la jerarquía católica no estaba muy abierta al cambio que experimentaba mucha gente y resentía los cambios que no estaba protagonizando. En 1972, por ejemplo, se estrenó la Misa Campesina y la jerarquía no la aceptó, incluso la prohibió. Tampoco aceptó hablar con los dirigentes del Frente Sandinista que estaban luchando contra Somoza y que le pidieron audiencia a algunos obispos. Sin embargo, había sacerdotes que estaban con el Frente Sandinista hablando en nombre del grupo armado (Fernando Cardenal en Washington, Miguel D´Escoto en el Grupo de los Doce), representándolo internacionalmente (Ernesto Cardenal en gira por el mundo después de la ofensiva de octubre de 1978), hasta combatiendo con las armas (Gaspar García Laviana en el Frente Sur)…

El derrocamiento de Somoza y la llegada del Frente Sandinista al poder no produjo un encuentro entre la Revolución triunfante y Monseñor Miguel Obando, la figura más representativa de la jerarquía católica, por ser arzobispo de Managua y por haber sido mediador entre Somoza y los sandinistas en dos hechos históricos: el asalto a la casa de Chema Castillo y la toma del Palacio Nacional. No hubo encuentro. Más bien, se iniciaron a partir de entonces continuos encontronazos y contradicciones que la lucha contra Somoza disimulaba. Es significativo, por ejemplo, que el 20 de julio de 1979 Monseñor Obando no entrara a la plaza de la Revolución con la Junta de Gobierno. Quien entró fue el obispo de León, Monseñor Manuel Salazar. Ese día Monseñor Obando estaba dentro del Palacio Nacional “viendo los toros desde la barrera”. La relación cercana de Monseñor Obando con Roberto Rivas es de hace mucho tiempo. Rivas era asesor de Obando. Habían estado ambos poco antes, el 16 de julio de 1979, en la embajada de Nicaragua en Venezuela negociando una junta de gobierno distinta a la que días después tomó el poder. Monseñor Obando nunca quiso dialogar con los dirigentes del Frente Sandinista. Estaba yo en Costa Rica después de la ofensiva de 1978 cuando llegó él a San José y los dirigentes del Frente que estaban allí le pidieron dialogar y él se negó.

En el inicio de la Revolución, el entusiasmo de los sandinistas, ya en el poder y con tanto apoyo y simpatía internacional, fue quitando sentido a un diálogo en serio entre el Frente Sandinista y la religión, tan arraigada en la cultura nacional. Por otra parte, también el entusiasmo de la gente recién liberada del somocismo, restaba serenidad a un diálogo así. Todo era euforia y entusiasmo. Recuerdo, por ejemplo, un hecho… En aquellos primeros días después del triunfo de la Revolución, vino a Nicaragua el teólogo peruano Gustavo Gutiérrez, considerado el “padre” de la teología de la liberación. Y llegó al barrio San Judas, donde yo estaba. Un día unos sandinistas me buscaron en la parroquia para pedirme que celebrara una misa campal en el barrio para despedir los restos de varios muchachos muertos durante la insurrección. Yo me negué, con una mentalidad secular, laica, formada en los criterios del Concilio, que proponían la separación Iglesia-Estado. Me pareció que aquello sería un acto religioso-político y pensaba que la misa debía ser en el templo y los actos políticos en las calles. Entonces, Gustavo Gutiérrez me dijo: “Siempre la religión ha sido manipulada por la derecha, ahora déjate manipular por la izquierda”. Lo acepté y fui a celebrar la misa al parque de San Judas, un acto que fue un auténtico desorden. Y para que vean las muchas contradicciones de aquel momento, después de la misa el dirigente político del barrio criticó a quienes me habían pedido la misa diciéndoles que “una cosa es el Frente y lo político y otra cosa es la iglesia y lo religioso”. Había, pues, en el Frente una corriente que entendía, o veía, o quería, esa separación, pero la religiosidad popular, tan arraigada en la cultura de la gente, invadió los nuevos espacios políticos y fue obligando a la dirigencia del Frente a abrirse a lo religioso.

Antes de la Revolución y al comienzo del nuevo gobierno hubo un continuo tira y afloja, que también abarcó a los obispos. Dos documentos de la Conferencia Episcopal lo muestran. El primero, el mensaje que los obispos publicaron el 2 de junio de 1979, en plena insurrección contra Somoza, legitimándola. Afirmaban en aquel texto: “A todos nos duelen y afectan los extremos de las insurrecciones revolucionarias, pero no puede negarse su legitimación moral y jurídica «en el caso de tiranía evidente y prolongada, que atente gravemente a los derechos fundamentales de la persona o damnifique el bien común del país»”, citando la encíclica del Papa Pablo Sexto titulada “El progreso de los pueblos”.

El otro texto fue la aún más famosa carta que publicaron el 17 de noviembre de 1979, unos meses después del derrocamiento de Somoza. Es un texto histórico por sus contenidos, tan novedosos como esperanzadores, no sólo para Nicaragua, para toda América Latina. Era un texto claramente inspirado en la teología de la liberación, que vivía momentos de auge en todo el continente. Veamos uno de sus párrafos: “Tenemos confianza en que el proceso revolucionario será algo original, creativo, profundamente nacional y de ninguna manera imitativo. Porque, con las mayorías nicaragüenses, lo que pretendemos es un proceso que camine firmemente hacia una sociedad plena y auténticamente nicaragüense, no capitalista, ni dependiente, ni totalitaria”.

Del Frente Sandinista también hay textos de aquellos primeros momentos. En ellos se expresan las contradicciones internas que siempre hubo. Entre el 21 y el 23 de septiembre de 1979 se celebró la primera asamblea de cuadros dirigentes del Frente, conocida después como “la asamblea de las 72 horas”. El texto que salió de esa reunión a puertas cerradas proponía que el FSLN se consolidara como un partido marxista-leninista, pero que de cara al exterior continuara manteniendo la imagen del pluralismo democrático. De la “radicalización” de la Revolución que allí se planteaba como estrategia y de la preeminencia del Frente como conductor de la nación y de las “masas”, como entonces se decía, se derivaba que el Frente lideraría la cultura religiosa… y que la transformaría.

Así lo entendieron algunos sectores del Frente. Y aquí entra ya la celebración de la Purísima. Para entonces, esa festividad estaba muy abandonada, tanto por las parroquias como por la jerarquía. Estaba relegada a una celebración familiar, con poca dimensión pública. Sin embargo, en diciembre de 1979, en aquel primer año de la Revolución, asistimos a una efusión masiva de la religiosidad popular en la noche de “la gritería” el 7 de diciembre. La gente montó altares por todas partes y convirtió ese ir a visitarlos para cantarle a la Virgen y recoger golosinas en una especie de acción de gracias por el fin de la dictadura. Mientras eso sucedía, otros quisieron reorientar el sentido de la fiesta. Y, por ejemplo, en las instalaciones del Ejército se celebró cambiando el “grito” tradicional: al “¿Quién causa tanta alegría?” no respondían los militares “¡La Concepción de María!”, sino “¡La gritería!” Supe también que en los años 70 el grito se había transformado ya en algunos ambientes: “¿Quién causa tanta alegría?” “¡Carlos Fonseca y su guerrilla!”

Los obispos se inquietaron mucho al conocer el contenido del documento de las 72 horas, interpretaron que lo que se estaba gestando era un proyecto de ideología atea e iniciaron una estrategia para competir con el gobierno revolucionario fortaleciendo la religiosidad popular más tradicional, la del primer paradigma, que había empezado a ser transformada en los años previos a la Revolución. Su miedo lo lograron transmitir a muchos sacerdotes, que iniciaron un retroceso en la pastoral.

La jerarquía lanza la consigna “¡Cristo ayer, Cristo hoy, Cristo siempre!” en respuesta al “¡Sandino ayer, Sandino hoy, Sandino siempre!” de las celebraciones revolucionarias. Obispos y sacerdotes buscan recuperar y dar relieve a las celebraciones a la Purísima, al viacrucis masivo del Viernes Santo y a la procesión del Primero de Enero. Promueven los jueves eucarísticos y la devoción a la Sangre de Cristo, dedican esfuerzos a que las procesiones y fiestas patronales de los municipios tengan cada vez más visibilidad. La pastoral renovada propuesta por el Concilio Vaticano Segundo, que había cuestionado todo esto orientando la pastoral a promover una fe más adulta y madura, expresada en un compromiso social y en el desarrollo de una conciencia ética, fue quedando rezagada, olvidada. La jerarquía y sectores católicos de todas las clases sociales comienzan a cerrarse ante el avance del proceso revolucionario, rechazándolo por motivos religiosos.

Lo más grave de la estrategia de la jerarquía para responder a la ideología que el Frente Sandinista, o que un sector del Frente, quería imponer, me parece que fue el desechar una catequesis renovada. La jerarquía decidió suprimir cualquier catecismo basado en el espíritu del Concilio, cualquier catequesis basada en una lectura de la Biblia con el método de ver, juzgar y actuar que estaban empleando los Delegados de la Palabra y las Comunidades Eclesiales de Base, e impuso el catecismo tridentino, el que había surgido en el siglo 16, un catecismo basado en preguntas y respuestas que se debían aprender de memoria.

1980 fue un año difícil. Se celebró la Cruzada Nacional de Alfabetización, criticada por la jerarquía. Y los dos miembros no sandinistas de la Junta de Gobierno, Violeta Chamorro y Alfonso Robelo, renunciaron a sus cargos por la “radicalización” de la Revolución. En respuesta a esta crisis, el Frente Sandinista publicó ese año un documento declarando su posición “sobre la religión”. En él afirma el carácter laico del nuevo Estado y recuerda la participación del pueblo cristiano de Nicaragua en las luchas históricas contra la colonización, por la independencia, por el derrocamiento del somocismo… De ese extenso y complejo texto es este párrafo central: “Algunos autores han afirmado que la religión es un mecanismo de alienación de los hombres, que sirve para justificar la explotación de una clase sobre otra. Esta afirmación, indudablemente, tiene un valor histórico en la medida en que en distintas épocas la religión sirvió de soporte teórico a la dominación política. Baste recordar el papel que jugaron los misioneros en el proceso de dominación y colonización de los indígenas. Sin embargo, los sandinistas afirmamos que nuestra experiencia demuestra que cuando los cristianos, apoyándose en su fe, son capaces de responder a las necesidades del pueblo y de la historia, sus mismas creencias los impulsan a la militancia revolucionaria. Nuestra experiencia nos demuestra que se puede ser creyente y a la vez revolucionario consecuente, y que no hay contradicción insalvable entre ambas cosas”.

Este importante documento tuvo una enorme resonancia internacional y apenas ninguna en la población nicaragüense, provocó más rechazo de la jerarquía católica y respuestas positivas sólo de quienes, desde el compromiso cristiano, estábamos apoyando la Revolución. Un año después, en 1981, llega Ronald Reagan al gobierno de Estados Unidos, inicia la guerra, que se va intensificando año tras año, y eso agudiza todas las contradicciones que ya existían. A partir de entonces la confrontación fue progresiva, siempre en aumento. La llegada del Papa Juan Pablo Segundo al gobierno del Vaticano en 1978, su procedencia polaca, sus posiciones teológicas conservadoras y sus decisiones contra la teología de la liberación marcaron a la jerarquía nicaragüense, como a toda la Iglesia católica del continente y del mundo, una marca que se mantuvo durante los 28 años de su pontificado.

En 1985, en plena guerra, el ayuno organizado por el sacerdote Miguel D´Escoto para mover la conciencia cristiana popular contra la agresión de Estados Unidos y el Viacrucis que organizó desde Jalapa a Managua con el mismo objetivo, lo que él llamó la “insurrección evangélica”, tuvo resonancia en los sectores nacionales ya conscientes, pero no caló en la conciencia religiosa de la mayoría del pueblo. Yo era entonces párroco de la iglesia del barrio Monseñor Lezcano, donde se desarrolló el ayuno, y allí recibí a políticos de muchos países del mundo, pero vi como la mayoría de la gente de la parroquia dejó de asistir a las misas. Años después, otro ayuno, de católicos y evangélicos, “por la paz y el desarme” tuvo el mismo resultado. Le pedíamos a Monseñor Obando, ya nombrado Cardenal por el Papa Juan Pablo Segundo, que nos recibiera para hacerle ver que sus declaraciones en Washington no abonaban a la paz y al desarme… pero no cambió su línea. Era claro que Monseñor Obando y su asesor, Roberto Rivas, representaban los intereses de la Contrarrevolución armada.

En los años 80 el Frente Sandinista abrió un espacio de diálogo con algunos sacerdotes, con religiosas y con representantes de centros de reflexión vinculados a la iglesia progresista. Nos reuníamos cada cierto tiempo con René Núñez, de la dirección del Frente. Hablábamos con plena libertad, francamente. Disentíamos de algunas medidas, como cuando expulsaron del país al obispo Pablo Vega. En otra ocasión, cuando el gobierno iba a expulsar a doce sacerdotes estaba en el país el obispo de Brasil Tomás Balduino y logramos que Daniel Ortega se reuniera con él. Balduino le aconsejó a Daniel que no expulsara a los sacerdotes… pero no le hizo caso. Antes de esas expulsiones, los consejos que dimos en aquellas reuniones para evitar las tensiones que provocó la visita de Juan Pablo Segundo en marzo de 1983, para nosotros previsibles, no fueron suficientemente escuchados. A quienes dialogábamos con el gobierno en esos encuentros nos faltaba autonomía, claridad de por dónde debería orientarse nuestro trabajo en un tiempo de tanta polarización y en medio de la guerra.

Por nuestra parte, el diálogo fue sincero, pero conseguíamos poco porque no supimos cómo articularnos como movimiento y porque tampoco teníamos liderazgo frente a una mayoría del pueblo, que vivía cada vez más apegado a la religiosidad tradicional. Tampoco fuimos críticos para señalar las fallas éticas y la corrupción que comenzamos a observar bastante pronto entre la dirigencia revolucionaria. Había una suerte de autocensura y la guerra lo justificaba todo. Y había mucha euforia entre quienes nos habíamos comprometido con la Revolución. Fueron años en que Nicaragua estuvo en el centro del mundo, años en que a Nicaragua llegaba gente de todo el mundo a acompañarnos, a apoyarnos y a conocer de cerca un proceso donde “entre cristianismo y revolución no hay contradicción”, como decía una de las consignas que más repetíamos.

A la intransigencia y al miedo a los cambios que tenía la jerarquía católica se sumaba el desgaste de la guerra. Por todo eso, el primer paradigma religioso ganaba terreno entre la gente más pobre. En ese tiempo comenzaron a multiplicarse en Nicaragua los grupos evangélicos pentecostales, promotores activos del primer paradigma.

La participación de sectores cristianos, nunca mayoritarios, y de agentes de pastoral, nicaragüenses y no nicaragüenses, en la Revolución, siempre tuvo un eco internacional mayor que el que tenía en la mayoría de nuestra gente. En Cuba, un país que tuvo tanta relación con la Nicaragua revolucionaria, sí hubo una repercusión importante de la Revolución: Por influencia de lo que ocurría en Nicaragua, Cuba, que constitucionalmente se definió durante años como un Estado confesionalmente ateo, cambió el texto de su Constitución para definirse como un Estado laico. En ese cambio tuvo una participación importante el religioso dominico brasileño Frei Betto, quien después escribiría el libro “Fidel y la Religión”.

En los años 80 Frei Betto vino muy ilusionado a Nicaragua con el propósito de contribuir a formar a los cuadros del Frente Sandinista, pero se retiró desilusionado, sintiendo que no podía hacer nada. El Frente le había invitado a dar un taller inicial a sus dirigentes y Betto centró sus charlas en demostrar que la fe y la política siempre están relacionadas y que no hay incompatibilidad entre un cristianismo comprometido y una política revolucionaria, como ya había proclamado oficialmente el Frente, pero Bayardo Arce, el encargado de los cuadros del Frente, le dijo que no les interesaba ese enfoque y Betto no regresó.

Grandes teólogos europeos vinieron a Nicaragua a respaldar la Revolución, entre ellos el italiano Giulio Girardi, que fue asesor del Concilio Vaticano Segundo y que escribió el libro “Cristianismo, Marxismo y Sandinismo”, un texto de gran calidad de un gran pensador, pero que tuvo escasa incidencia en las bases cristianas nicaragüenses, lo mismo en la dirigencia revolucionaria, que durante un tiempo desconfió de él. También respaldaron la Revolución y visitaron Nicaragua obispos latinoamericanos, entre ellos estuvo varias veces con nosotros el obispo del Brasil Monseñor Pedro Casaldáliga.

En los años de la Revolución la celebración de la Purísima se convirtió en un hecho emblemático en el que medir los altibajos y las contradicciones de las relaciones entre la Iglesia católica y el Frente Sandinista. Después de que estas celebraciones, que se ubican en el primer paradigma religioso, estuvieron de capa caída, desde el triunfo de la Revolución se convirtieron en centro de la estrategia conservadora de la jerarquía católica, que las había marginado hasta entonces. Tanto, que ni antes ni después del Concilio Vaticano Segundo estaba permitido que los cantos de la novena a la Virgen y los de la “gritería” se cantaran en las celebraciones oficiales de la Iglesia, tampoco en el seminario. Las Comunidades Eclesiales de Base se habían distanciado también de la novena y de esos cantos. Sin embargo, reforzar la tradicional devoción mariana del pueblo se convirtió en una estrategia permanente de la jerarquía. Y eso ha perdurado hasta el día de hoy.

En 1982 los obispos organizaron en Managua un acto solemne para consagrar a Nicaragua al Inmaculado Corazón de María. La iniciativa de consagrar a las naciones al Corazón de Jesús o al Corazón de María las han promovido en varias ocasiones las jerarquías católicas cuando en los países hay gobiernos de carácter progresista o gobiernos que promueven el liberalismo laico. En 1988 será el Cardenal Obando el que lanzará la consigna “¡Nicaragua de María! ¡María de Nicaragua!”, un mensaje que se escucha aún hoy.

Viendo que la celebración de la Purísima se estaba convirtiendo en tema de disputa, un grupo de sacerdotes y laicos quisimos acercarla al tercer paradigma, porque hay en María, la Madre de Jesús, elementos que lo permiten. Para lograrlo hicimos nuevas oraciones de la novena y nuevos cantos, con la misma música de los tradicionales. Publicamos la novena renovada en “El Nuevo Diario” para que se conociera masivamente, pero apenas salió de la imprenta fue prohibida por los obispos porque iba “contra los sentimientos religiosos del pueblo”.

Los textos de esa novena se los enviamos a uno de los teólogos católicos de mayor prestigio, el alemán Karl Rahner, quien afirmó que no había en ellos ningún error y valoró muy positivamente el esfuerzo pastoral que habíamos hecho. Después, editamos 5 mil ejemplares de esa novena, pero aún hay en bodega 4,500. Nunca llegaron a manos de la gente. Por la prohibición de los obispos y porque el primer paradigma estaba cada vez más arraigado en la mayoría de la población. Mientras la jerarquía y mucha gente permanecía encasillada en la tradición más conservadora de esa festividad, el gobierno revolucionario empezó a celebrar la Purísima montando altares en la Avenida Bolívar, en el centro de Managua, en los que el Presidente Ortega era quien repartía “la gorra”: los dulces, frutas y juguetes que se le dan a la gente que llega a cantar y a “gritarle” a la Virgen.

Los diez años y algunos meses que duró la Revolución terminaron sin que hubiera un entendimiento entre el Frente Sandinista y la jerarquía católica. Fue con la derrota de la Revolución en las elecciones de 1990 que las tensiones disminuyeron y todo empezó a cambiar. El Frente Sandinista decidió dar un giro muy visible.

Para el primer congreso que celebró el Frente Sandinista en 1991, ya en la oposición, el Comandante Tomás Borge pidió a un grupo de laicos con el que yo trabajaba que hiciéramos una evaluación de la participación de los cristianos en el proceso revolucionario para debatir ese tema en el Congreso. Pero al texto que elaboramos no hubo ninguna respuesta y supongo que el tema no se debatió en el Congreso. Después publicamos el texto como un librito que, junto al pastor alemán Eberhard Löschcke, titulamos “La Iglesia de los Pobres en Nicaragua”. En aquel texto lo que planteábamos es que durante la Revolución al movimiento cristiano progresista le faltó autonomía del movimiento político popular.

Mientras nosotros proponíamos autonomía, el Frente Sandinista en la oposición comenzó a acercarse a la jerarquía católica, convirtiéndose, año tras año, en un activo promotor de la religiosidad más tradicional. Las radios que aún eran del Frente empezaron a transmitir la misa celebrada por sacerdotes conservadores, sustituyendo a sacerdotes progresistas. Esto sucedió en la radio YA, en Juigalpa, en Nandaime.

Vimos una clara decisión política de hacer las paces con la jerarquía católica. En aquellos años, en las reuniones de las alcaldías donde los alcaldes eran sandinistas, invitaban a los sacerdotes para que hicieran sugerencias sobre el trabajo que debía hacerse en el municipio. Lo vi así en Chinandega y en Corinto. Fue un claro cambio de estrategia. Desde los primeros años en que el Frente Sandinista estuvo en la oposición (1990-2006), la confrontación con las jerarquías eclesiásticas, que caracterizó los años de la Revolución, fue sustituida por el acercamiento, el diálogo y la cooptación.

En 1998, durante el gobierno de Arnoldo Alemán, inició el acercamiento de Daniel Ortega con el Cardenal Obando. En esa etapa comienza una estrategia de pactos políticos, que involucró también a la iglesia católica.

Unos años después, en el gobierno de Bolaños, no sancionar la corrupción comprobada que había en COPROSA (Comisión de Promoción Arquidiocesana), dirigida por el protegido de Obando, Roberto Rivas, fue lo que le permitió a Daniel Ortega terminar de “ganarse” al Cardenal Obando, quien empezó a apoyar a Ortega cada vez más abiertamente. A partir de entonces se acentuará la política del Frente de acercamiento a párrocos y a obispos y el esfuerzo por promover la religiosidad popular, estrategia que llegará a su plenitud a partir del regreso de Daniel Ortega al gobierno en el año 2007. En 2006 el Cardenal Obando hizo abierta campaña a favor de su candidatura.

A partir de 2007 lo que hemos visto es una promoción organizada, desde todas las instituciones del Estado y desde los gobiernos locales, de todas las expresiones de la religiosidad popular. Hoy, el Instituto de Turismo promueve y financia fiestas patronales en todos los municipios, desde las más tradicionales como la de Santo Domingo en Managua, hasta las olvidadas como la de San Pascual Bailón en Chinandega. También organiza y financia nuevas tradiciones, como el viacrucis de semana santa en lanchas que cruzan las isletas del Lago Cocibolca. Las ferias gastronómicas, tan promovidas por el gobierno en todo el país, están siempre vinculadas a fiestas patronales y a celebraciones religiosas. El gobierno financia la reparación de templos, capillas y ermitas, hace donaciones a las parroquias, financia proyectos a sacerdotes y religiosos. El Ministerio de Educación orienta que se rece en las escuelas y que se celebren viacrucis los viernes de Cuaresma en todos los colegios públicos. En los actos políticos municipales nunca faltan sacerdotes, y en menor medida, pastores evangélicos. En los actos políticos nacionales aparece siempre el Cardenal Obando, ya emérito. Existe hoy en Managua un Museo de Juan Pablo Segundo con los muebles, ropas y objetos que usó en sus dos visitas al país.

Y como era de esperar, la Purísima… Todas las instituciones del Estado celebran la novena a la Purísima y todos los empleados públicos están obligados a asistir a los rezos. Y en los últimos años todas las instituciones del Estado gastan millones en montar lujosos altares a la Virgen en la Avenida Bolívar.

Nunca el Frente Sandinista fue monolítico. Siempre han convivido en él distintas corrientes. Una, más abierta y democrática, tanto respecto a lo político como a lo religioso. Y otra, autoritaria y estalinista. Durante los años de la Revolución el Frente mantuvo una retórica de apertura ante el hecho religioso, pero en la práctica interna las cosas eran diferentes. Unos dirigentes decían que respecto a lo religioso la apertura era táctica, no estratégica, igual que con el modelo, que proclamaba pluralismo, no alineamiento y economía mixta, pero en realidad eso era retórica. Y había otros dirigentes que decían que los planteamientos de la teología de la liberación eran inherentes a la ideología del Frente Sandinista. Me cuenta un ex-militar que en los años 80 hubo un momento en que la dirección del Frente les dio la orden a los militares de recoger y retirar todos los ejemplares de la Biblia Latinoamericana que encontraran. Este ex-militar me dice que siente que lo que es inherente al grupo del Frente que hoy gobierna Nicaragua es el mesianismo. Considera él que el gobierno actual ha construido una monarquía teocrática.

El objetivo declarado de la estrategia del gobierno actual es dar realce a la cultura popular de un pueblo que es cristiano y que, como cristiano, es bendecido por Dios, según repite el discurso oficial que diariamente escuchamos. Pero, el objetivo político de esa estrategia es fortalecer el control social de un pueblo que es pobre y tiene escasa educación, valiéndose de la promoción de una conciencia religiosa mítica. El gobierno ha olvidado la formación de una conciencia crítica, traicionando así el pensamiento de Sandino, el de Carlos Fonseca y el pensamiento original de la Revolución, expresado en el himno del Frente Sandinista que proclama que “el pueblo es el arquitecto de su historia”.

La estrategia político-religiosa del gobierno actual va a la par de una educación sin calidad, de una participación controlada, de proyectos económicos que privilegian las grandes inversiones de las grandes empresas y garantizan la macroeconomía, pero que están produciendo una gran desigualdad económica y social. Es una estrategia sin principios ideológicos y sin ética. Detrás de esa relación con la religiosidad, con la religión y con los religiosos, no hay ni un pensamiento progresista ni tampoco un pensamiento liberal, que siempre promueve la conciencia laica. Lo que hay es un pensamiento conservador y manipulador, y por qué no, un pensamiento de corte fascista.

Si el gobierno actual está promoviendo el primer paradigma, la visión actual de la Iglesia católica está, en general, muy anclada también en ese paradigma. Un retroceso así de las jerarquías católicas lo estamos viendo no sólo en Nicaragua, en toda América Latina. Las perspectivas de una religiosidad más comprometida, las que abrió la Conferencia de obispos de Medellín en 1968 se han ido cerrando y aún no se abren, a pesar de que la visión del Papa Francisco se inscribe en el tercer paradigma.

Pienso que mientras el pueblo nicaragüense siga estando tan empobrecido y reciba una educación de tan escasa calidad estaremos anclados en el primer paradigma. La salida es educar, concientizar, capacitar y organizar a la gente no para que salga a la calle a lanzar consignas, sino para que, cambiando la imagen que tiene de Dios, se comprometa a desarrollar proyectos que cambien su comunidad… y el país. Si los contrapesos al poder político vienen sólo de arriba, de los partidos y de las instituciones, el poder no cambiará. El poder requiere de contrapesos que vengan de abajo, de la gente, del pueblo organizado. El papel de la Iglesia es organizar al pueblo de Dios para que sea una comunidad, un movimiento social que haga contrapeso al poder político.

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