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  Número 412 | Julio 2016
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Nicaragua

Crónica de una guerrilla y piezas del mosaico de una región, la Moskitia

La selección que hemos hecho de algunos fragmentos del extenso libro de Gilles Bataillon, “Crónica sobre una guerrilla (1982-2007)” no son necesariamente ni los mejores ni los más importantes. Sí dan una idea de la descripción detallada, de la complejidad del análisis y de la riqueza de información de este libro, necesario para comprender de dónde nació y cómo evolucionó la guerrilla de los miskitus contra la Revolución nicaragüense. Son apenas un breve aperitivo para quienes quieren saber más y entender mejor quiénes son los miskitus y cómo ha evolucionado su sociedad.

Gilles Bataillon

Soy consciente de los problemas que pueden plantear los resultados de mi investigación, como lo expresa la frase de Pierre Vidal-Naquet que pongo como epígrafe: “Que una ideología se apodere de un hecho no suprime la existencia de este hecho”(…)

UNA INVESTIGACIÓN
QUE ESTUVO SIEMPRE EN EVOLUCIÓN


En sus comienzos, este libro sólo pretendía ser una introducción a las muy largas entrevistas que tuve con un antiguo guerrillero, Samuel Kittlé / Mono, y sus allegados, interlocutor que conocí durante mi primera estancia en la guerrilla en mayo de 1984 y con el que establecí lazos de amistad. A los problemas que planteaba la edición y la traducción de esas entrevistas se agregaron rápidamente otras inquietudes que habían surgido y habían quedado en suspenso durante la redacción de los diferentes trabajos sobre la guerra y el cambio social entre los miskitus.

Esos nuevos problemas me llevaron a interrogarme sobre el lugar del pietismo moravo entre los miskitus, como generador de nuevos habitus no solamente religiosos sino también políticos, y se transformaron en un libro autónomo, primer volumen de una trilogía en curso sobre los miskitus. El segundo volumen tratará sobre la experiencia de una familia miskitu en el siglo 20 y el tercero estará consagrado más específicamente a los enfrentamientos entre miskitus y sandinistas en los años 80 (…)

A lo largo de todos los viajes que hice a la Moskitia, desde que pisé por primera vez estas tierras en 1982 y después, cuando de 1997 a 2007 empecé a recolectar poco a poco las piezas necesarias para la composición de un mosaico, mi investigación fue evolucionando. En 1997 buscaba “autobiografías modelo” de los guerrilleros miskitus para escribir una antropología de la guerra en esta zona de Nicaragua. Y me encontré con una cantidad de materiales bastante heterogéneos. Los límites que me fijé al comienzo de mi investigación, límites temporales (la época de la guerra), geográficos (la Moskitia) y sociopolíticos (los guerrilleros), se fueron desplazando (...)

LO QUE PESA EL RÍO COCO


Los nativos del Río Coco constituyen más de los dos tercios de las personas con las que me encontré e interrogué… Entrevisté preferentemente a quienes conocí durante la guerra, mayoritariamente provenientes del Río Coco, entre los cuales los habitantes de Asang son muy numerosos… Y por la posibilidad de poder hacer viajes fecundos por el Río Coco opté por aumentar las estadías en estos sitios. La relativa facilidad para desplazarme por el río y el interés por el objetivo de mi investigación que mostraron las gentes con las que me crucé allí, me llevaron a otorgar una menor atención a los nativos del litoral y a los habitantes de las comunidades ribereñas del río Prinzapolka y del río Grande de Matagalpa.

El predominio de interlocutores originarios del Río Coco concuerda bastante bien con el peso demográfico dominante de esta microrregión en la historia de los miskitus del siglo 20. Si bien las comunidades del litoral, sobre todo en la zona de Laguna de Perlas, son relativamente numerosas, en total son apenas más pobladas que las diez comunidades que forman Sandy Bay. Bluefields siempre fue una ciudad más criolla que miskitu. Y aunque la zona minera jugó un rol capital como fuente de empleo estacional o permanente para los miskitus y los mayangnas desde comienzos del siglo 20 no es históricamente una zona de hábitat miskitu, sino una región mayangna de comunidades relativamente dispersas, con excepción de Musawás.


Si bien esta región minera fue una importante zona de guerra en los años 80, fueron las tropas miskitus, mayangnas o mestizas de la Contra las que combatieron contra los sandinistas. Y fue sólo después de una década que la región del Triángulo Minero se convirtió en particularmente conflictiva debido al avance del frente pionero, que puso en contacto a colonos hispanohablantes, sandinistas o provenientes de los rangos de la antigua Contra, con los miskitus que venían a trabajar en las minas y con los mayangnas que vivían en comunidades de los alrededores. Se asiste así en las minas a una superposición de hechos de violencia común, conflictos por la tierra, enfrentamientos políticos, ajustes de cuentas vinculados al comercio ilegal de madera y al tráfico de drogas…

El peso demográfico dominante del Río Coco se ha acompañado de cierta primacía religiosa. Por razones demográficas y climáticas, los moravos instalaron a comienzos del siglo 20 su seminario y uno de sus hospitales en Bilwaskarma, también sede de “Alas de Socorro”, avionetas moravas que sobrevolaban toda la Moskitia garantizando el transporte de enfermos a los hospitales.

El Río Coco fue también la mayor vía acuática interior de Nicaragua. Su cuenca ha sido una zona agrícola exportadora de madera, bananos y caucho y posteriormente, arroz y frijoles. Por eso, no es asombroso que sean originarios de estas comunidades del Río muchos cuadros de la guerrilla miskitu, pastores miskitus de la iglesia morava, algunos muy activos en sus congregaciones, y también un número considerable de dirigentes sociales y de las ONG.

EN CONTINUAS TRANSFORMACIONES


La muestra de personas a las que interrogué para mi investigación tiene otra característica. Con algunas excepciones, todos están comprometidos en procesos de movilidad social ascendente, muy a menudo anteriores al comienzo de la guerra, apoyados en la disposición a estudiar y con base en redes familiares.

La guerra propició, casi de manera mecánica, cambios sociales que a menudo son la prolongación de transformaciones ya en curso desde los años 50 y que abrieron nuevas posibilidades. El núcleo de mis primeros informantes, casi todos antiguos cuadros de la guerrilla, sus allegados y las gentes que pude conocer durante mis cursos en la Universidad BICCU, vivieron estos cambios y también fueron sus actores.

Hay algunas excepciones, los que los antiguos compañeros de armas denominan los “fracasados”: los que se hundieron en el alcoholismo, algunas veces como consecuencia de incidentes ocurridos durante la guerra y muy a menudo con posterioridad a su desmovilización. Un buen número de guerrilleros jamás se pudo adaptar a una vida en la que debían adaptarse a realizar un trabajo regular. Y así como pude conversar con algunos de mis conocidos de sus problemas de alcohol o de droga, hablar de estos temas con des-conocidos fue difícil. La religión morava no es muy indulgente con los alcohólicos, que son particularmente estigmatizados y éstos son poco inclinados a las confidencias, sobre todo con un extranjero.

Las profesiones de mis interlocutores son índices muy claros de la movilidad social. Los guerrilleros que conocí en los años 80, de todas las orientaciones, seguidores de Steadman Fagoth o de Brooklyn Rivera, partidarios de la paz de Yulu o artesanos de “la Reforma”, eran mayoritariamente hijos de comunitarios extremadamente modestos y con quienes conversé a partir de 1997, sólo el 25% eran agricultores y pescadores autosuficientes.

Con una sola excepción, ninguno de los comandantes guerrilleros hijos de agricultores ha seguido el oficio de sus padres al término de la guerra. Casi todos se han convertido en administradores en las estructuras estatales o son maestros, abogados, empleados de ONG o de las municipalidades. Algunos son comerciantes o artesanos. Muchos de mis nuevos conocidos son miembros de la Iglesia morava o de sus rivales pentecostales, directivos o empleados de ONG, maestros, profesores, abogados o médicos.

LA “REFORMA” DE LA GUERRILLA:
UN CAMBIO DE GRAN ALCANCE


Durante la guerra construí un nuevo esbozo de la guerrilla miskitu implantada en Honduras durante una breve estadía en el campo de refugiados de Mocorón, donde establecí contacto con muchos de los asistentes a mis cursos y de manera especial con Mono.

Ellos me anunciaron, lo que me complace: que había llegado el fin del poder de Steadman Fagoth y del capitán hondureño Luque, contacto entre el ejército hondureño y los miskitus refugiados en Honduras. Después de haber llamado públicamente a la ejecución de los prisioneros sandinistas, Fagoth fue expulsado de Honduras hacia Estados Unidos y Luque puesto al margen por sus superiores.

De repente, los “reformadores” tuvieron el viento a su favor. Mono se convirtió en el número dos del nuevo estado mayor. Los reformadores me cuentan en detalle su trabajo de reunificación con los comandantes, en principio bajo las órdenes de Brooklyn Rivera. Me cuentan de sus maniobras para desplazar a Rivera y de la preparación de una asamblea de las comunidades miskitus y del conjunto de los comandantes para septiembre de 1985.

No comprendo todo el alcance de lo que me dice Mono, sobre todo cuando emplea el término “reforma”. El término tiene una significación ciertamente política, pero su sentido puede ser aún más religioso y moral. Pude darme cuenta del ambiente completamente nuevo que reina en los campos de refugiados. Al decir de los médicos y los enfermeros de Médicos Sin Fronteras presentes en el lugar, la guerrilla ya no es la misma y, en consecuencia, las relaciones con los refugiados son significativamente de mayor confianza (…)

RETRATO DE SANDY BAY
DURANTE LA GUERRA


Viajé a un lugar doblemente interesante para mi propósito: Sandy Bay, una importante comunidad litoral situada no muy lejos de la desembocadura del Río Coco, uno de los primeros lugares de enfrentamiento con los sandinistas de los guerrilleros miskitus autónomos del liderazgo de Fagoth. Desde finales de la guerra, Sandy Bay se convirtió en uno de los principales centros del tráfico de cocaína.

El viaje, en compañía de un pescador que viene de Puerto Cabezas donde vendió sus piezas a Atlanor, la pequeña fábrica de acondicionamiento de langostas, es extremadamente instructivo. Vuelvo a hacer, como en los años 80 con la guerrilla, casi el mismo trayecto entre Cabo Gracias a Dios y la lagua de Karata, un poco más al sur de Puerto Cabezas.

La costa, extremadamente baja, en la que las playas de arena desaparecen rápido para dar paso a los manglares, está cortada por numerosos pequeños ríos que vienen de lagunas que se perciben fácilmente en el horizonte. Todo forma una red inextricable y difícil de controlar, en la que fácilmente se pueden esconder aviones que sobrevuelen la región o barcos que patrullen a lo largo del litoral.

La llegada a Sandy Bay confirma esta impresión. Nos adentramos por un canal relativamente estrecho y similar a muchos otros, que sólo conduce a lagunas cerradas. Desembocamos posteriormente en una laguna que forma una pequeña bahía. Después de los manglares se encuentra una playa de arena fina con muchos cocoteros, casas sobre pilotes de todo tamaño, muy vistosas y a todas luces construidas recientemente. Amarramos nuestra embarcación al lado de muchos otros cayucos y algunos barcos, cuyos motores fuera de borda recuerdan por su potencia los de la época de la guerra.

Una vez desembarcados caminamos por una estrecha vía construida con tablas que permite atravesar a pie seco inmensas zonas pantanosas. Este camino de tablas sobre pilotes se extiende por decenas de kilómetros y enlaza las diez comunidades que componen Sandy Bay.

Los guerrilleros actuaron en función de un territorio singular que combina zonas inundadas con otras fuera del agua. El terreno era ideal para los guerrilleros y particularmente desfavorable a los militares sandinistas. Guiados por sus apoyos locales, los guerrilleros podían circular con cierta tranquilidad en medio de la marisma, aproximarse muy fácilmente, gracias al camuflaje, a los lugares habitados, atacar los pequeños puestos militares, huir sin dejar muchos rastros por los múltiples riachuelos y pantanos, y después esconderse y descansar en zonas fuera del agua. Este juego de escondrijos era muy cómodo, pues las zonas fuera del agua no aparecían en los mapas y eran poco o nada visibles de lejos gracias a la densidad de la vegetación. Los múltiples canales, pequeños ríos y lagunas, conformaban una red de vías navegables muy difíciles de controlar por las fuerzas sandinistas porque, salvo si se disponía de un gran número de tropas, las guarniciones sólo podían vigilar los tres puntos más importantes y no los innumerables y pequeños estrechos que permitían pasar de una laguna a otra.

Estas circunstancias propicias llevaron a los guerrilleros a tratar de instalarse cerca de los poblados en lugar de permanecer acantonados en bases en medio de la marisma. Y así, cuando los sandinistas montaban operaciones que combinaban ofensiva terrestre, bloqueo de las salidas al mar y apoyo aéreo, llegaron a encontrarse en una situación muy desfavorable. Mal armados, sin ningún medio de comunicación por radio, debían hacerse a un lado, sin poder organizar contraofensivas contra tropas infinitamente más numerosas. Las pérdidas hubieran podido ser mucho más serias si no hubieran tenido la posibilidad de esconderse en la marisma.

RETRATO DE UNA FAMILIA PODEROSA
DE SANDY BAY


Instalado en casa del patriarca de una dinastía de comerciantes, me permite llegar al corazón del juego social. Antes de la revolución sandinista, Don Leo era un poderoso local. Hijo de una miskitu y de un jamaiquino que había llegado a la Moskitia en la comitiva de un mercader de madera, trabajó mucho tiempo con los compradores de madera y después en una bananera antes de instalarse como comerciante en 1970.

Compraba sus mercancías en Estados Unidos, las traía por encargo a Puerto Cabezas y las transportaba después en sus propios veleros hasta Sandy Bay. Aunque se mantuvo al margen del juego político reunía en su persona el poder espiritual y el poder material y se convirtió en un miembro eminente del Consejo de Ancianos de la Iglesia morava. “Su palabra tenía fuerza de ley”, dicen. Los sandinistas fueron muy hostiles con él desde el comienzo, además de que algunos de sus hijos fueron, no solamente activistas de Misurasata, sino también amigos de Brooklyn Rivera.

Don Leo fue hecho prisionero en 1981 durante la primera contraofensiva de los sandinistas en Sandy Bay. Cuando fue liberado escapó en 1984 a Honduras con toda su familia. De regreso a Sandy Bay en 1990, se reinstaló gracias a la ayuda financiera de un hijo establecido en Managua. Su familia constituye un ejemplo muy interesante de la diáspora miskitu y de la movilidad social ascendente que permitió la guerra a algunos. Su hijo ayudó a sus dos hermanas, que se convirtieron en comerciantes y van y vienen entre Managua y la Costa. Otra hija emigró a California donde es propietaria de una panadería. Sus dos últimas hijas viven en Puerto Cabezas, una es enfermera y la otra, la más fiel entre los fieles de Brooklyn Rivera, fue elegida consejera regional y se hablaba de ella como futura alcaldesa de Puerto Cabezas.

Aunque Don Leo ya no es el hombre importante que fue antes de los años de la guerra, sus hijos sí se han convertido en notables locales. Su hijo, que ahora es síndico, aunque vive en Managua, está a cargo de todos los problemas territoriales de la comunidad. Dos de sus hijas lo han reemplazado y se han convertido a su vez en las comerciantes más prósperas de Sandy Bay. Existen muchos rumores que afirman que sus indudables éxitos comerciales provienen de sus vínculos con traficantes de droga o de su participación directa en esta tan lucrativa actividad.

RETRATO DE SANDY BAY
EN LOS TIEMPOS DE LA DROGA


La familia de Don Leo ya no es la familia dominante de Sandy Bay porque sus miembros deben ahora luchar codo a codo para conservar una cierta preeminencia. La revolución sandinista fue la primera etapa de la declinación. Los militares sandinistas que llegaron a la Moskitia vieron con malos ojos su predominio y buscaron la forma de hacerle competencia sosteniendo a otros comerciantes. También crearon un Comité de Defensa Sandinista (CDS) para hacerle competencia a los poderes temporales del Consejo de la Iglesia morava.

Cuando los jóvenes guerrilleros miembros de “los astros” y de “los cruces”, guerrilleros miskitus autónomos, lanzaron sus primeras operaciones en esta zona y se instalaron en los alrededores inmediatos de Sandy Bay, chocaron con Don Leo quien, hostil a los sandinistas, consideró que estos hombres jóvenes, demasiado seguros de sí mismos, atraerían las represalias del ejército contra la comunidad. Colaboró con ellos, pero sin gran entusiasmo, a diferencia de otros comerciantes de San Carlos en el alto Río Coco.

El retorno del exilio coincidió con la conformación de nuevos poderes, en otras épocas inimaginables. El primero fue el de los antiguos comandantes de la guerrilla miskitu. Los pastores de las iglesias evangélicas hicieron competencia directa a la iglesia morava y acogieron a todas las personas que tuvieran problemas con ella. Y finalmente, aparecieron los nuevos poderosos, los traficantes de cocaína. Las corrientes marinas han contribuido a su buena fortuna.

Desde comienzos de los años 80 la ruta de los narcos colombianos pasa a lo largo de los Cayos Miskitus, donde se hacen trasbordos. Y cuando los agentes de la DEA y los guardacostas colombianos se lanzan a la persecución de las lanchas fuera de borda cargadas de droga o amenazan con inspeccionar algunos barcos de pesca sospechosos, la costumbre es arrojar al mar los paquetes de cocaína para poder huir lo más rápidamente posible o para asumir sin riesgos una inspección. Las corrientes marinas son favorables a los habitantes de Sandy Bay porque conducen la droga bien empaquetada a las playas de estas comunidades. De manera pragmática, la gente recoge estos paquetes y los revende.

Raras son las familias cuyos miembros no buscan estos “regalos del mar” y son múltiples las estrategias. Algunos, que conservan algún grado de sensatez, construyen una nueva casa, compran una planta eléctrica, una embarcación y un motor fuera de borda, pero permanecen al margen de una economía del gasto suntuario. Otros se lanzan sin freno a un consumismo hasta entonces desconocido donde nada es demasiado bueno ni demasiado caro. El último “grito de la moda” consiste en pedir platos a los mejores restaurantes de Managua, hacerlos llegar por avión a Puerto Cabezas y finalmente enviar una lancha fuera de borda a toda velocidad a Puerto para recogerlos horas más tarde en Sandy Bay.

Un grupo, dentro del cual se encuentran varios antiguos guerrilleros miskitus, ha jugado un rol capital, se ha impuesto a los narcos, los desvalija antes de negociar con ellos, y participa después en el tráfico.

TODO CAMBIÓ EN SANDY BAY


Las discusiones con los antiguos colaboradores de la guerrilla y sus simpatizantes, con los miembros de la familia de Don Leo, y los comentarios en las conversaciones con Mono, me revelan de forma muy precisa la crisis de valores que conoce la sociedad miskitu.

Los miskitus han accedido ciertamente a una nueva dignidad como consecuencia de las acciones reivindicativas en las que se comprometieron desde la época de Alpromisu, continuadas en la época de Misurasata y durante l¬a guerra contra los sandinistas. Estas acciones fueron formuladas en buena medida en el molde de la sociabilidad protestante y en un lenguaje ciertamente laico, pero ampliamente inspirado por el pietismo moravo. Pero, de manera paradójica, el advenimiento de estos nuevos derechos ha ido de la mano con un cuestionamiento radical de los tradicionales valores pietistas.

La ética del trabajo ha sido anulada desde la época de la guerra debido al desarrollo de un asistencialismo generalizado en los campos de refugiados como el de Tasba Pri. De regreso a Sandy Bay, los comunitarios se vieron confrontados con la bonanza de la droga, lo que también ha sido infortunado para los ideales pietistas. ¿Por qué estudiar para convertirse en maestro o en enfermero si se puede ganar mucho más con la droga? ¿Por qué continuar en la pesca si la recolección de paquetes de droga en alta mar es infinitamente más lucrativa y menos costosa? Finalmente, la Iglesia morava, antes sin competencia en el gobierno de las almas, debe ahora aceptar la presencia de rivales pentecostales dispuestos a acoger a las ovejas descarriadas.

Una concepción de la autoridad que había dado cohesión a la comunidad de Sandy Bay, se ha trastornado para siempre. Y la idea de un mundo relativamente estable, donde el anclaje local prima, donde los cambios sólo llegan poco a poco después de haber sido en cierta forma negociados y preparados, se desvanece. En el futuro todo parece posible y ya nada parece previsible. La comunidad salió de una guerra civil para entrar en un mundo marcado por el boom de la economía de la droga. Los debates sobre el desarrollo, sobre la autonomía, que en Puerto Cabezas puede tener el Consejo Regional o la alcaldía de la que depende Sandy Bay, ya no parecen tener ni curso ni sentido.

Los habitantes de Sandy Bay, convertidos ahora en ricos, incluso en muy ricos, alimentan proyectos que ya es difícil imaginar. Hablan de financiar la construcción de un pequeño aeropuerto o de una carretera hasta Puerto Cabezas y se sienten fuertes porque pueden financiar los puentes o las porciones de ruta sobre pilotes indispensables en esta zona invadida de cursos de agua y pantanos que hay que franquear (…)

“¡TÚ NO ERES DE AQUÍ!”


Mono, Negrito o Lottie Cunningham -los más cercanos, los más abiertos- no fueron mis únicos interlocutores. En muchas ocasiones estuve confrontado con ideólogos bastante similares a los miembros del Consejo de Ancianos y sus asesores. Pude también escuchar muchas veces discursos que mezclaban hábilmente lenguajes estereotipados de indigenismo, feminismo, new age… Algunas discusiones con seguidores de Brooklyn Rivera y con algunos directivos de ONG locales fueron supremamente instructivas.

La alcaldesa de Puerto Cabezas, cuya visa para Estados Unidos acababa de ser suspendida debido a sus notorios vínculos con traficantes de cocaína, no contenta con negar en bloque todas las acusaciones en su contra, argumenta que los habitantes de Sandy Bay apenas si saben qué es la cocaína. Afirma que este tipo de acusaciones son muy reveladoras de “construcciones racistas”. Y cuando trato de ponerle ante las pruebas innegables de enriquecimiento vinculado con el narcotráfico, ante los problemas ligados a las rivalidades sangrientas entre “narquitos” o a los que plantea la adicción al crack de un número creciente de jóvenes costeños, sus respuestas provienen de las versiones más contemporáneas del relativismo cultural: “¡Tú no puedes comprender nuestra idiosincrasia porque tú no eres de aquí!” Y sin temor de contradecirse explica enseguida “que es muy normal que la gente de Sandy Bay recoja y revenda los paquetes de cocaína arrojados sobre las playas porque no hay otro trabajo”.

Aun queriendo conversar con parientes de amigos de antiguos guerrilleros, constato que las conversaciones con ellos no llevan a ninguna parte por las mismas razones que con mis amigas de la guerrilla. Todas experimentan la misma vergüenza de exponer algunos aspectos de su intimidad ante mí, un hombre que saben que tiene amistad con un hermano o un primo y, por consiguiente, puede divulgar sus confidencias. Mi proximidad con sus parientes y mi condición masculina se convierten en otros tantos obstáculos.

Esto ya no juega en contra mía cuando me entrevisto con mujeres provenientes de medios diferentes a la guerrilla. Así, pude tener conversaciones increíblemente libres con una mujer miskitu del alto Río Coco, una auténtica Fantine, la protagonista de la novela de Víctor Hugo “Los miserables”. Algunas directivas de ONG provenientes del sandinismo me hablan con gran libertad de lo que fue su juventud, de sus primeros amores y, en un caso, de su condición de madre joven proveniente de la mejor sociedad morava.

“PARA QUE ESTO SE SEPA”


Me doy cuenta de que los padres de algunos desaparecidos en la matanza de Leimus o en otras masacres provocadas por los sandinistas, no son capaces de hablar de estos acontecimientos. El dolor sigue siendo tal, veinte años después de los hechos, que escasamente pueden pronunciar el nombre de sus hijos y relatar las circunstancias en las que fueron detenidos por los militares sandinistas, muy a menudo en su presencia.

Algunos vienen a encontrarse conmigo como “testigos para la historia”. Me entregan de manera muy detallada retazos de sus experiencias y me piden oportunidades para hablar, “para que esto se sepa”, “poco importa que moleste a otros” y “la historia fue así y hay que conocerla”.

Julio Chow (“Diplomático”), uno de los miembros de la Junta de Gobierno Provisional de Puerto Cabezas, creada inmediatamente después de la caída de Somoza, relata las detenciones arbitrarias, seguidas muchas veces por sesiones de tortura y los asesinatos cometidos por los sandinistas comandados por Manuel Calderón “Rufo”, inmediatamente después de su llegada a la Moskitia a fines de 1979.

Describe con detalle su propia detención, las torturas sufridas por Julio Fonseca Talavera, el comandante local de la Guardia Nacional, y por Lysther Athers, el dirigente de Alpromisu, y sus asesinatos posteriores. Fonseca Talavera, “un hombre decente que siempre supo contemporizar, cuya hija era sandinista en el Pacífico”, nunca trató de huir con sus subordinados y cedió el poder a la Junta de Gobierno formada localmente, y después se entregó como prisionero con la idea de poderse beneficiar de la protección de las Convenciones de Ginebra. Lysther Athers fue denunciado como somocista por una comerciante que durante largo tiempo había establecido relaciones equívocas con la Guardia Nacional y que era protegida por un hijo sandinista.

Aunque no asistió directamente a las torturas de estos dos hombres, Chow fue encarcelado en el mismo lugar que ellos y escuchó sus gemidos cuando regresaban de los interrogatorios. Sí estuvo presente en los asesinatos y le tocó incluso pasar por un simulacro de fusilamiento después de la ejecución de Lysther Athers. Fue liberado en 1985, durante la amnistía posterior a la Paz de Yulu.

“TESTIGOS PARA LA HISTORIA”


Con el segundo de mis “testigos para la historia” paso una única jornada tomando notas de su testimonio y revisando los documentos que me trae. Quiere que yo dé a conocer ciertas cosas, sobre todo dos, ocurridas en la zona de Prinzapolka.

Esa región, a medio camino entre Costa Rica y Honduras, era difícil de abastecer por mar desde Honduras pues los barcos de la guerrilla miskitu estaban más fácilmente a merced de una emboscada o de una incursión aérea de los sandinistas. Dada la distancia, los contactos por radio eran muy a menudo precarios y cualquier evacuación de heridos era difícil de coordinar. Desde entonces, un buen número de guerrilleros se transformaron en verdaderos señores de la guerra. Algunos comandantes, próximos a Steadman Fagoth durante algún tiempo, y que después promovieron la adhesión a Booklyn Rivera, sobre todo “Pitufo”, cometieron muchos abusos contra las poblaciones civiles y redujeron a una cuasi esclavitud a una pareja de prisioneros sandinistas, sobre todo a una enfermera a la que sometieron a continuas y particularmente infames violaciones.

Operando en esta región donde se convirtió poco a poco en amo, Chow tomó bajo su protección a esos dos prisioneros sandinistas, expulsó de manera bastante humillante a “Pitufo” y a sus seguidores, antes de declarar personas non gratas a todos los dirigentes provenientes del norte. Me dice: “¡La gente no quiere que yo cuente esto, pero es necesario que esto se sepa!”.

¿EXISTEN LAS SIRENAS?


También me cuenta Chow que creyó estar embrujado por una sirena que lo sedujo una tarde, cuando agotado y casi enfermo se adormecía en su hamaca. Esa sirena venía a hacer el amor con él varias veces al caer la noche. Pasivo durante el primer abrazo, recuperó después toda su fuerza para jugar un rol muy activo cuando la Liwa Mairin volvió a visitarlo. Ella tenía cuidado de que sus retozos fueran discretos, para que “los otros no se pongan celosos y puedan hacernos daño”.

Al cabo de varios días ella le dice que debe seguirla si la ama porque sus compañeros guerrilleros se opondrán a su amor. Al día siguiente su jefe de escuadra se convence de que una sirena está próxima a secuestrarlo y temiendo perderlo, convoca a un sukia para que rompa el hechizo antes de que sea demasiado tarde. Cuando la noche cae, la sirena que viene a buscarlo ya ha cambiado su aspecto: la joven mujer encantadora de voz dulce es ahora una vieja arpía de cuerpo marchito y de voz amenazante. Y viendo que él se niega a seguirla, que la ha desenmascarado y que está ayudado por un sukia, huye profiriendo amenazas.

“Diplomático” no se contenta con contarme esta extraordinaria aventura, sino que me pide “una explicación científica”. ¿Cómo él, tan ateo como yo -me pregunta-, ha podido creer en tales tonterías, tener visiones tan agradables y tan terribles y cómo el remedio administrado por el curandero pudo ser eficaz? Lo peor, insiste, es que eso le ocurrió a pesar de que en varias ocasiones sus compañeros de armas le reprocharon duramente su falta de fe tanto en la religión morava como en las creencias tradicionales miskitus.

En efecto, Julio Chow, aunque hijo de una madre soltera miskitu fue educado entre mestizos hispanohablantes de Puerto Cabezas donde su madre trabajaba como empleada doméstica. Allí se convirtió en no creyente tanto de los dogmas moravos como de un buen número de creencias miski¬tus, que le eran extrañas.

Le digo que sus visiones aparecieron durante su crisis de paludismo y en las horas de fiebre alta del final de la tarde. Y que, estigmatizado por sus compañeros, tuvo visiones que recogen esquemas imaginarios que él conoce por haberlos oído de sus compañeros, que viven con temor por la llegada de sirenas, un temor proporcional al deseo de hacer el amor y a los sentimientos de soledad afectiva que tuvieron en la guerrilla.

ME SIENTO
EN POSICIÓN DE ARCHIVISTA OFICIAL


Estos dos testimonios, el de las torturas y las ejecuciones sumarias practicadas por los sandinistas y el de las torturas y las violaciones colectivas cometidas por guerrilleros miskitus y el relato de la sirena, me plantean el problema del testis unus, testis nullus. ¿Qué crédito otorgar a estas versiones? Los dos informantes las asumen plenamente y no solamente me autorizan a citarlos, sino que me lo piden de manera muy explícita…

Esta voluntad de “testimoniar para la historia” acerca de ciertos hechos, a menudo escandalosos y en muchos casos peligrosos para quienes los revelan, me pone más de una vez en la posición de archivista oficial. También me cuentan algunos acontecimientos, maniobras, alianzas y hechos de armas para que yo hable de ellos “cuando estemos viejos”. La idea de mis interlocutores es que es necesario que algún día se sepa, y que un extranjero es el más indicado para guardar el secreto y para divulgarlo después de manera eficaz.

El paralelo con los archivos de Herrnhut, en los orígenes de la iglesia morava, es evidente. De la misma manera que las crónicas y las notas de los primeros evangelizadores permitieron que se preservaran retazos de su pasado, sin lo cual estarían condenados a desaparecer, yo estoy encargado de conservar, y divulgar estas informaciones…

SOCIÓLOGO Y ANTROPÓLOGO.
ESPECIALISTA EN TEMAS DE AMÉRICA LATINA.
CATEDRÁTICO DE LA ESCUELA DE ALTOS ESTUDIOS
EN CIENCIAS SOCIALES DE PARÍS.

FRAGMENTOS DEL LIBRO “CRÓNICA SOBRE
UNA GUERRILLA” PUBLICADO POR CIDE
(CENTRO DE INVESTIGACIÓN Y DOCENCIA ECONÓMICAS), MÉXICO, 2015.

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