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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 373 | Abril 2013
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Internacional

Papa Francisco: “Una iglesia pobre y para los pobres”

Han sido muchos los primeros gestos del Papa Francisco que expresan una personalidad que apuesta por la sencillez y la austeridad. No pasará a la historia únicamente por ellos. Pero si convierte su deseo de “una Iglesia pobre y para los pobres” en un programa que cambie las muchas cosas que hay que cambiar en la Iglesia que preside como obispo de Roma Francisco sí entrará en la historia.

Juan Hernández Pico, SJ

Tres días después de haber sido electo obispo de Roma y sucesor de San Pedro, Francisco, de 76 años de edad -dos semanas después todavía no se había llamado Papa a sí mismo-, les dijo a los representantes de los medios internacionales de comunicación: “¡Cómo me gustaría una Iglesia pobre, para los pobres!”.

Lo dijo en clave de deseo. Porque sabe muy bien que en el Vaticano -al menos en la Curia Romana-, en su propio obispado de Roma y en la mayoría de los obispados del mundo occidental, no es ésa la realidad. Y porque sabe que para que esa realidad se transforme habrá que luchar denodadamente como si todo dependiera de Dios y esperarlo todo de Dios como si todo dependiera de nosotros. Así dicen que pensaba dialécticamente Ignacio de Loyola de nuestras arduas tareas y de sus relaciones con Dios.

Francisco habló también a los comunicadores en clave de deseo porque lo relacionó con la explicación de por qué había elegido ese nombre. Cuando en la Capilla Sixtina el número de votos con su nombre superó los dos tercios necesarios para elegirlo, su vecino, el Cardenal Hummes, brasileño, “me abrazó, me besó y me dijo: ‘No te olvides de los pobres’”. La mención de los pobres le recordó enseguida a Francisco de Asís, cuya vida fue pobre y para los pobres. Por eso eligió el nombre de Francisco.

¿POR QUÉ FRANCISCO?

Evocar a Francisco de Asís desde su elección como Papa lleva todo el carácter de un ardiente deseo. Así era el Poverello: un hombre lleno de deseos para restaurar la Iglesia. Una Iglesia hoy resquebrajada por el escándalo de la pedofilia y, sobre todo, por su encubrimiento y por haber caído en las ambiciones de poder y en las divisiones que suscitan. Las palabras del Cardenal Hummes mientras abrazaba al Papa recién electo -“No te olvides de los pobres”- refleja un deseo tan eclesial como el de aquella palabra que en su carta a los gálatas cuenta Pablo que, al afirmar su misión, le dijeron en Jerusalén Santiago, Pedro y Juan: “Que nos acordáramos de los pobres”. Pablo organizó una gran colecta solidaria desde Macedonia y Corinto para ayudar a la empobrecida Iglesia de Jerusalén.

LOS POBRES... Y LAS CAUSAS DE LA POBREZA

El deseo de una Iglesia pobre y para los pobres fue proclamado por la Tercera Conferencia de los obispos de América Latina en Medellín (1968) como la opción preferencial de la Iglesia: la opción por los pobres. Algunos de aquellos obispos, como Dom Helder Cámara, habían integrado el Compromiso de las Catacumbas en noviembre de 1965, pocas semanas antes de finalizar el Concilio Vaticano Segundo. Se habían comprometido allí a vivir pobremente y a defender la causa de los pobres, un compromiso motivado por el hecho de que el Concilio no había podido llevar a la práctica de forma radical, en sus documentos, la proclamación de Juan XXIII de que la Iglesia debía ser “sobre todo la Iglesia de los Pobres”. En la Cuarta Conferencia de los obispos latinoamericanos en Puebla (1979) se dio fundamento teológico-bíblico a esta afirmación: “Por estar ensombrecida y aun escarnecida la imagen de Dios y su filiación en los pobres, Dios toma su defensa y los ama”.

Es importante que este deseo se cumpla mientras Francisco sea sucesor de San Pedro. Que este deseo no se quede únicamente en una conversión a la austeridad al interior de la Iglesia y en una sensibilidad profundamente humana y simbólica ante los pobres y sufrientes, como lo mostró Francisco el día del comienzo de su gobierno pastoral, cuando al recorrer la Plaza de San Pedro antes de la Misa solemne, se bajó de su jeep y fue a besar a un joven parapléjico. Pero no nos engañemos. Estas actitudes son cruciales. Y es crucial también que ese deseo se manifieste en un análisis profético de las causas de la pobreza: “Vender al inocente por dinero y al pobre por un par de sandalias, revolcar en el polvo al débil y no hacer justicia al indefenso”, como dijo el profeta Amós. O en palabras de Jesús de Nazaret: por “servir a dos señores, a Dios y al dinero”.

Y es importante también, para que este deseo se cumpla, que los mártires latinoamericanos por la justicia, y especialmente los obispos mártires, sean reconocidos en la Iglesia universal. Y quizás especialmente el más venerado de todos, monseñor Oscar Arnulfo Romero, asesinado durante la eucaristía y probablemente mientras miraba a quien iba a dispararle. No se ocultó, no gritó ni señaló a su verdugo. No bajó de la cruz. El mismo Francisco explicó otra razón profunda de la elección de su nombre: “También pensé en las guerras y en que Francisco es el hombre de la paz”.

Los pobres son siempre las muchedumbres victimadas en las guerras. Siendo Francisco latinoamericano, estando en la tradición de Medellín y Puebla y después en la de Santo Domingo y Aparecida, sabe muy bien que “los rostros sufrientes de los pobres son rostros sufrientes de Cristo” y que “la Iglesia está convocada a ser abogada de la justicia y defensora de los pobres”. Es imposible caminar hacia esa abogacía y defensa sin asumir el clamor de los pobres de América Latina, de África y de Asia.

EL CAPITALISMO SIN ENTRAÑAS

La lucha por la justicia desde la lucha por la fe, y, por consiguiente, la opción por los pobres según el Evangelio es hoy la verdadera quaestio stantis aut cadentis Ecclesiae, la cuestión frente a la cual la Iglesia se lo juega todo, se mantiene fiel o sucumbe a la tentación. Ya no estamos en los tiempos en que Lutero planteó esa cuestión en términos de “justificación por la fe”. Hoy se nos ha hecho claro que los pobres, los hambrientos, los sin techo, los migrantes, los presos, los enfermos, poseen algo de absoluto en sí mismos. En el Juicio de las Naciones del que habló Jesús de Nazaret es el rey quien descubre a los de la derecha y a los de la izquierda que en ellos estaba él mismo. Pero son “benditos” o “malditos” no por haber reconocido o desconocido en los pobres al rey, sino simple y sencillamente por haber sido solidarios con los pobres, los hambrientos, los sin techo, los migrantes, los presos y los enfermos.

El deseo de Francisco de una Iglesia pobre y para los pobres ha de encarnarse hoy en la opción preferencial por los pobres. En la justicia y la paz en el mundo globalizado. Por eso, puede también expresarse en una valiente denuncia de qué fuerzas económicas, políticas y culturales crean en este mundo la pobreza y la mantienen. Ya la Sexta Conferencia de obispos en Aparecida (2001) habló con lucidez: “Las instituciones financieras y las empresas transnacionales se fortalecen al punto de subordinar las economías locales, debilitando a los Estados, que aparecen cada vez más impotentes para llevar adelante proyectos de desarrollo al servicio de sus poblaciones, especialmente cuando se trata de inversiones de largo plazo y sin retorno inmediato”. La denuncia del capitalismo globalizante como capitalismo sin entrañas es impostergable. Es, además, un capítulo que falta en la Doctrina Social de la Iglesia.

Al explicar por qué había elegido su nombre, Francisco añadió que en Francisco de Asís vio también al “custodio de la Naturaleza, de la Creación”. La Iglesia ha de recuperar el sentido profundo de los dos primeros capítulos del Génesis, repensar el sentido del dominio humano de la Naturaleza y unirse así a la lucha por un cultivo razonable, cordial y social de la Tierra, por un cuidado profundamente respetuoso. Cada vez que los fenómenos naturales destructores aumentan de frecuencia y de capacidad destructiva el deber ecológico se impone a la teología y a la práctica de la Iglesia y debe ser cumplido proféticamente contra los grandes intereses empresariales que desprestigian los resultados científicos sobre el cambio climático.

TRES PREOCUPACIONES
CRISTIANAS Y ACTUALES

Los pobres, las víctimas de las guerras y la suerte de la Naturaleza: tres preocupaciones que pueden hacer profundamente cristiano y actual el gobierno pastoral de Francisco.

En el año 2014 se cumplirán cien años del comienzo de la Primera Guerra Mundial. Si la interminable guerra -de 1960 hasta hoy- en los alrededores de los Grandes Lagos (Congo, Ruanda, Burundi) donde las empresas transnacionales mueven los hilos de sangre por sus intereses, antes en las minas de cobre y hoy en las de diamantes y en los mayores yacimientos de coltán del mundo -materia estratégica para la telefonía móvil-, si la guerra brutal en Siria, si la permanente amenaza de guerra entre israelíes y palestinos, se vuelven preocupaciones habituales de Francisco, si el cambio climático, los deshielos ártico y antártico, la creciente escasez de agua, la deforestación de la tierra, se vuelven también sus propias preocupaciones, y si pone el dedo en la llaga de la globalización, ese capitalismo transnacional estructuralmente creador de más y nuevos pobres excluidos de la mesa de la humanidad, su deseo de que la Iglesia sea pobre y para los pobres adquirirá dimensiones de gran profundidad.

Puede que esta ampliación y profundización estructurales del deseo de una Iglesia pobre y para los pobres provoque en los poderes del mundo una persecución tan agresiva como tanta ha sido la admiración y el asombro que han causado sus continuos gestos de austeridad personal y de ternura hacia los pobres.

ENTRAÑAS DE MISERICORDIA

Para que se cumpla el deseo de Francisco de que la Iglesia sea pobre y para los pobres, que es el deseo de una gran mayoría dentro de la Iglesia, ¿no será necesario que se oriente y guíe en sus opciones por la oración que se reza en uno de los cánones eucarísticos de la Iglesia? “Danos entrañas de misericordia ante toda miseria humana, / inspíranos el gesto y la palabra oportuna / frente al hermano solo y desamparado, / ayúdanos a mostrarnos disponibles / ante quien se siente explotado y deprimido”.

El nuevo obispo de Roma ha insistido una y otra vez en estos primeros días de su nuevo oficio en la misericordia y en que el corazón de Dios está siempre dispuesto al perdón. Según las bienaventuranzas de Jesús, sólo los que eligen ser pobres eligen también ser hambrientos y sedientos de justicia, misericordiosos, pacientes, de corazón limpio y constructores de la paz. Probablemente, la solidaridad con los pobres, para ser realmente eficaz, ha de ser “ecuménica”, es decir unida a los muchos esfuerzos que muchas instituciones, cristianas o no, realizan a favor de los pobres. Con aquel mismo espíritu de Jesús que veía en todo acto de humanidad una coincidencia con su estilo y decía a los suyos: “No les impidan hacer el bien. El que no está contra nosotros está a nuestro favor”.

¿UNA IGLESIA-ESTADO PUEDE SER POBRE?

El deseo de Francisco de que la Iglesia sea pobre y para los pobres parece pasar también por las mismas estructuras actuales del Vaticano. La Iglesia necesita recuperar la humildad de su único Señor, Jesucristo. Una Iglesia que a la vez es Estado difícilmente puede llegar a ser una Iglesia pobre. Porque es una Iglesia con ministerios y cuerpo diplomático, entre otras instituciones de grandeza. La famosa admonición de San Bernardo a su hermano cisterciense, electo Papa Eugenio III -“No olvides que eres el sucesor de un pescador y no del emperador Constantino”- ¿no tendrá hoy una actualidad ineludible?

Han pasado los tiempos en que Pío IX podía escribir a un sobrino suyo que “sin libertad no se puede gobernar la Iglesia”. Libertad quería decir entonces soberanía sobre unos Estados donde el Papa siguiese siendo monarca absoluto. Por haber perdido esa “libertad”, Pío IX se auto-encarceló en el Vaticano después de que el rey Víctor Manuel se apoderó de los Estados Pontificios y de su capital, Roma, en 1870. La historia condujo al Papado, de manera explicable, tal vez no excusable, a caer en la tentación del poder que Jesús de Nazaret rechazó con tanta fuerza. Para que se cumpla el deseo de Francisco de que la Iglesia sea pobre, ¿no será necesario que el servicio del sucesor de Pedro deje de estar vinculado a la condición de Jefe de Estado, renunciando así a todo símbolo de poder histórico, temporal y terreno, en último término un poder secular?

El mismo Francisco dijo el día de la inauguración de su gobierno pastoral que ningún poder puede ser otra cosa que servicio: “El verdadero poder es el servicio”. Al humilde beso de la tierra, que inauguró Juan Pablo II en sus visitas a los pue¬blos de este planeta, ¿no habrá de añadirse la renuncia de la Iglesia de Roma -allí donde están sepultados precisamente el pescador Pedro y el artesano Pablo- a la categoría de Estado? Iglesia y Estado, Obispo de Roma y Nuncios-Embajadores ¿son compatibles, con una Iglesia pobre y para los pobres? Ya Pablo VI distinguió claramente la doble misión de los nuncios: representación ante los Jefes de Estado y ante las Iglesias locales. La misión ante las Iglesias locales podría permanecer, como presencia respetuosa del obispo de Roma al lado de sus hermanos, en una reforma que suprimiera la otra misión.

Cuando Francisco recordó a los diplomáticos acreditados en el Vaticano que uno de los títulos de su oficio es “pontífice” no lo relacionó con el sacerdocio, sino con el sentido etimológico de la palabra: “constructor de puentes”. ¿Necesitará esa construcción de puentes de un Ministerio de Relaciones Exteriores o bastará con la autoridad evangélica de quien está dedicado a la construcción de la paz y al respeto de los derechos humanos al interior de la Iglesia?

LA REFORMA DE LA CURIA

Para que se cumpla el deseo del Papa Francisco de que la Iglesia sea pobre y para los pobres parece también indispensable una profunda reforma estructural de la curia romana. La necesaria institucionalidad de la Iglesia no puede pasar fundamentalmente por la burocracia de la curia vaticana, tal como sucede actualmente.

La curia vaticana tiene sentido como ayuda conveniente para que el obispo de Roma presida en la caridad las Iglesias del mundo. No tiene sentido como burocracia vigilante que impone una manera de ver -un análisis único- y una manera de pensar -un pensamiento único- a la comunión fraterna de las Iglesias extendidas por el mundo. La curia romana ha de ser porosa, accesible, fraterna y no impenetrable, inaccesible y superior o poderosa, por encima de los obispos del mundo y de la comunidad de los cristianos.

Probablemente, para ello es preciso que los “dicasterios” u oficinas de la curia romana, hoy tan parecidos a los ministerios de un gobierno civil o militar, dejen de ser tales y se transformen en espacios de escucha permanente del rumor del Espíritu en las Iglesias, en las otras religiones y en la humanidad, que es lo mismo que decir de escucha de “los signos de los tiempos”. Así será posible un diálogo fraterno y eficaz que haga cristianamente auténtica la presidencia de Roma en el amor.

Ya el teólogo José Ignacio González Faus ha indicado que es importante que quienes estén al frente de las secretarías del obispo de Roma en su curia no sean ellos mismos obispos. Es mucho más importante que no sean obispos quienes presidan otros puestos secundarios de servicio. Si no lo fueran se cumplirían dos objetivos. Se disminuiría la tentación de imponerse con poder por encima de las Conferencias Episcopales de los países y de las diócesis o arquidiócesis y se acataría la antigua decisión canónica del Concilio de Calcedonia (450 dJC), que decretó en su canon 6 que todo obispo debía tener diócesis y vivir en ella.

Sobre todo, la curia romana sería no solo un conjunto de oficinas al servicio del obispo de Roma, sino también de todo el Colegio Episcopal presidido fraternamente por aquel. Este cambio de punto de apoyo de la palanca podría retirar de la curia el peso de los nombramientos de obispos y se recuperaría así la tradición de la elección de los obispos en sus propias diócesis o en las regiones metropolitanas: “Ningún obispo impuesto”, como dijo el Papa San Celestino. Con ello se daría un paso importante en el camino hacia la unión de las Iglesias, que no tendrían que temer del obispo de Roma un exceso en el ejercicio de la presidencia en el amor. Tanto mayor sería el paso si también se cambiara el modo de elegir al obispo de Roma, de manera que en el colegio de electores tuvieran presencia las Conferencias Episcopales y representantes selectos del clero, de las congregaciones religiosas y del laicado.

LA IGUALDAD EN LA DIGNIDAD

Para que se cumpla el deseo de Francisco de que la Iglesia sea pobre y para los pobres, la propia Iglesia ha de recuperar la igualdad fundamental en su mismo seno: la igualdad que exigen la dignidad y la libertad de las hijas y los hijos de Dios, cuya manifestación plena es objeto de la esperanza. Especialmente, debe recuperar la convicción de que en Jesucristo no hay varones o mujeres, no hay orientales, africanos u occidentales, originarios o emigrantes, del Sur o del Norte, privilegiados o despreciados, heterosexuales u homosexuales, porque todas las personas somos una con Jesucristo. Y debe también respetar a tanta gente que no sabe si existe Dios o no, que niegan que existe, pero que con un corazón noble e inquieto intentan construir fraternidad y sororidad entre los pueblos y las personas. Así podría atraer también a quienes viven con un norte errado, honrando sobre todo al dios dinero.

Incluso el Derecho Canónico afirma en su canon 208 que “por su regeneración en Cristo, se da entre todos los fieles una verdadera igualdad en cuanto a la dignidad y acción”. Ese mismo canon introduce enseguida la diferencia “según su propia condición y oficio”. Pero para que la Iglesia sea pobre, para que la antigua tradición de su estructura jerárquica no acabe disolviendo la igualdad y dignidad común de todos, reduciéndola incluso a pura palabrería, es preciso que la jerarquía atraviese por un fuerte proceso de humilde conversión a la hermandad. Somos hermanos y hermanas mucho antes que episcopado, presbiterado, diaconado y laicado. Somos pueblo de Dios, antes que jerarquía y laicado: ésa fue precisamente la visión del Concilio Vaticano Segundo al organizar el documento sobre la Iglesia, ubicando en primer lugar la Iglesia como pueblo de Dios y sólo después su manera de ser jerárquica. Como dice en forma de plegaria el canon eucarístico: “Que tu Iglesia, Señor, sea un hogar de verdad y de amor, de libertad, de justicia y de paz, para que todos encuentren en ella un motivo para seguir esperando”.

NO LLAMAR A NADIE PADRE, MAESTRO, JEFE

La pobreza de la Iglesia para ser auténtica tiene que pasar por la renuncia a un modo de autoridad ejercida con autoritarismo, como hemos visto sobre todo en la Congregación de la Fe, aunque no menos en las otras Congregaciones de la curia vaticana.

La autoridad de Jesús de Nazaret provenía de una iné-dita coherencia entre su palabra y su vida: “Es una enseñanza nueva, con autoridad: hasta a los espíritus inmundos les da órdenes y le obedecen”. Jesús obedecía a la fe de aquellos sufrientes y necesitados con quienes se encontraba: “Tu fe te ha curado”. Mientras no tomemos en serio que no debemos llamar padre ni maestro ni jefe a nadie sobre la tierra porque sólo tenemos un padre, un maestro y un jefe, Dios y Jesucristo, no avanzaremos en la pobreza de la Iglesia porque estaremos empantanados en los privilegios del poder. Hoy nos hemos dado demasiados padres, maestros y jefes. Es notable que en los primeros quince días desde que fue electo Francisco no hemos visto ni oído en los medios que se hayan dirigido a él como “Santo Padre” ni que él mismo se haya llamado otra cosa que “obispo de Roma” o “sucesor de San Pedro”. Para ser Iglesia pobre y para los pobres es preciso descender de las cátedras y sedes del poder y recuperar el camino por las avenidas de la igual dignidad de toda la humanidad.

UNA OPCIÓN PREFERENCIAL POR LAS MUJERES

Para que se cumpla el deseo de Francisco de que la Iglesia sea pobre y para los pobres, la Iglesia ha de despatriar-calizarse, hacer una opción preferencial por las mujeres y reparar así lo que, cubriéndolo en la práctica con la veneración de la Madre de Dios, María de Nazaret, ha ofendido a las mujeres de este mundo. En la Iglesia, de forma muy diferente y muy contraria a la de Jesús, parecemos haber doblado la rodilla a lo largo de los siglos ante el machismo de las culturas. Jesús de Nazaret no sólo se hizo acompañar de los Doce y otros discípulos, sino también de María Magdalena, de Juana, de Susana y de otras mujeres que le servían con sus bienes. El verbo “servir” es uno de los tres que señalan en el Nuevo Testamento a una persona como discípula de Jesús: seguir, servir y subir a Jerusalén con Jesús camino de su muerte.

Los mejores exegetas afirman que es probable que en la última cena estuvieron presentes mujeres, discípulas de Jesús. Así escribe, por ejemplo, Joachim Gnilka en su libro “Jesús de Nazaret, mensaje e historia”: “La última tarde de su vida la pasó Jesús en Jerusalén, con el grupo de sus discípulos. Y, desde luego, no se excluye que estuvieran también presentes las discípulas, que habían subido con él a Jerusalén”.

Entre la última cena y la crucifixión de Jesús hay una relación profunda de símbolo a realidad simbolizada. Pues bien, al pie de la cruz “estaban allí mirando a distancia unas mujeres, entre ellas María Magdalena, María, madre de Santiago el Menor y de José, y Salomé, quienes, cuando estaba en Galilea, le habían seguido y servido, y otras muchas que habían subido con él a Jerusalén”. Si estaban al pie de la cruz, que es la auténtica realidad, ¿cómo no iban a haber estado en la cena, el símbolo de esa realidad? Marcos, el evangelista más antiguo, no cuenta que hubiera varones discípulos al pie de la cruz. Finalmente, fueron estas mujeres discípulas las primeras a quienes se les anunció la resurrección de Jesús y se les encomendó su anuncio y proclamación.

No cabe duda de que en la Iglesia fuimos dejando a un lado la tradición evangélica y cediendo en la ordenación de sus estructuras y servicios a la preeminencia de los varones en las diversas culturas en las que nos aclimatamos: la judía, la griega, la latina, la germánica… ¿No hay aquí una deuda que saldar? ¿Podrá la Iglesia, regida exclusivamente por varones, llegar a ser pobre y para los pobres sin pagar a las mujeres la deuda con ellas contraída?

Jesús fue con las mujeres profundamente contracultural. ¿Podrá la Iglesia llegar a ser contracultural también y así hacerse pobre con la pobreza impuesta secularmente a las mujeres en las culturas? ¿Se dará cuenta de que sólo así podrá comprender con el corazón el grito de tantas mujeres? Ciertamente, aquí, como en otras corrientes humanas, la Iglesia no se ha subido aún al carro del auténtico progreso, el carro de las reivindicaciones de las mujeres.

MUCHOS GESTOS DE SENCILLEZ Y HUMANIDAD

“No debemos tener miedo ni de la bondad ni de la ternura”, dijo Francisco en la homilía del día 19, al comienzo de su gobierno pastoral. Desde que fue electo, Francisco ha puesto ante la Iglesia y la humanidad una serie de gestos inéditos y admirables de bondad y de ternura. Antes de bendecir a la multitud le pidió que rezara por él para que Dios lo bendijera. Rezó con la multitud todo el Padrenuestro. Desechó los vestidos más ostentosos con los que han acostumbrado a vestirse los Papas. El día del comienzo de su gobierno pastoral, vistió las vestiduras litúrgicas más sencillas, mientras cardenales, obispos y otros concelebrantes vestían las más lujosas. Se movió por las calles del Vaticano a pie o en el mismo bus que transportaba a los demás cardenales. Desechó el automóvil Mercedes para viajar a Santa María la Mayor y, al llegar a esta basílica, depositó ante María un ramo de flores. Pagó personalmente la cuenta de su hospedaje. Dejó de lado el papamóvil blindado y se movió por la Plaza de San Pedro en un jeep descubierto del cual se apeó varias veces, para besar bebés, saludar a mujeres conocidas y consolar y besar a un parapléjico.

Mantuvo su cruz de hierro y pidió que su anillo no fuera de oro. Se calzó con sus mismos zapatos negros usados. En un gesto absolutamente inédito saludó con un apretón de manos y un beso en el rostro a la Presidenta de Argentina, Cristina Fernández. Acarició el perro lazarillo de un periodista ciego. Llamó por teléfono personalmente a la curia romana de la Compañía de Jesús y cuando se identificó como el Papa, a punto estuvo de recibir como respuesta del recepcionista un “y yo soy Napoleón”. Y en Santa María la Mayor dejó claro que no quería ver por ahí al Cardenal Law, quien había tenido que renunciar como arzobispo de Boston por haber encubierto multitud de casos de sacerdotes pedófilos: lo quería cumpliendo el deseo de Benedicto XVI de retirarse a un monasterio. Se ha quedado en la casa de huéspedes de Santa Marta y no ha ocupado por ahora los ricos y elegantes aposentos papales. Han sido tantos los gestos en tan pocos días que es imposible no ver en ellos un mensaje de sencillez y humanidad.

Y, sin embargo, probablemente no pasará a la historia únicamente por ellos. En cambio, ése su deseo -“Cómo me gustaría una Iglesia pobre y para los pobres!”- puede llegar a ser un programa y convertirse en una serie de caminos que sí lo hagan entrar en la historia. Ciertamente, el Papa bueno, Juan XXIII, hizo muchos gestos de bondad, pero pasó a la historia no sólo por hacerlos sino por convocar y orientar el Concilio Vaticano II y escribir la encíclica “Pacem in terris”. A la autoridad de los gestos le correspondió la autoridad de los hechos. Y así se convirtió en una parábola de la coherencia cristiana.

RENUNCIAR A LA EXCLUSIVIDAD DE LA VERDAD

Para ser pobre y para los pobres la Iglesia ha de recuperar el espíritu de la apertura que tuvo el Concilio hacia las religiones no cristianas, y plasmarlo continuamente en actos simbólicos como el que inició Juan Pablo II en 1986 en Asís, al orar con tantos líderes religiosos por la paz en el mundo, sin que ninguno de ellos ostentara precedencia.

La renuncia a la exclusividad de la verdad y de la salvación es un camino hacia la pobreza. Sólo reconociendo la presencia de la salvación entre todas las personas de la tierra, como ya lo hizo el Concilio y la presencia de Dios en “salvadores”, que no son competidores de Jesús de Nazaret sino venerables imágenes humanas de la multiforme gracia y benevolencia de Dios, respetaremos de verdad la fe que profesamos, en virtud de la cual “las semillas y gérmenes del Verbo” presentes en la humanidad religiosa, tienen su propio dinamismo hasta que todos confluyamos por el Espíritu Santo en los brazos de aquel a quien llamamos Padre, pero que es misteriosamente mayor que cualquier padre o madre humanos.

La identidad cristiana es, a la vez, seguimiento de Jesús y, según el Concilio Vaticano, “búsqueda de soluciones plenamente humanas” para los problemas del mundo y de la humanidad, ofreciendo para ello “la luz fraterna de la fe”. Para ser una Iglesia pobre y para los pobres, la Iglesia ha de ser realmente peregrina, caminando sencillamente con la humanidad para alcanzar o, al menos, irnos aproximando a una mayor justicia, a una paz menos amenazada y a un cuidado de la Naturaleza verdaderamente responsable. La Iglesia ha de luchar incansablemente contra el hambre y golpear la conciencia de la humanidad, sobre todo la de la propia Iglesia, para que el hambre de mujeres y hombres, de jóvenes, de niñas y niños, de ancianos y ancianas desnutridas y hambrientos sean una preocupación incesante de la Iglesia universal tan grande como el reconocimiento creyente y amoroso de Dios. En frase del obispo Pedro Casaldáliga. “Sólo hay dos absolutos: Dios y el hambre”.

LA PEDERASTIA Y LAS FINANZAS VATICANAS

La Iglesia habrá de dejar absolutamente claro que en el primero de sus conflictos internos su preocupación mayor son las víctimas de la pederastia y que no encubrirá a ninguno de sus miembros culpable de ese delito. Y deberá quedar no menos claro que en su otro gran conflicto interno, las finanzas del Instituto para las Obras de Religión (IOR), más conocido como el Banco del Vaticano, nunca irán en contra de su propia doctrina social, sino más allá de ella, en un esfuerzo inédito de transparencia. El reconocimiento de estos dos pecados concretos en su interior harán a la Iglesia pobre y para los pobres.

Mientras dura este mundo no puede haber amor en la Iglesia que no se proyecte, además de en la vida personal lúcida e integradora y superadora del fracaso, en la esperanza utópica, tanto terrena como ultraterrena, ambas iluminadas con apuestas humanas absolutas por proyectos humanos relativos o por la fe que se atreve a sustentar esa apuesta. La Iglesia ha de dar explicaciones a cualquiera que nos pregunte de la esperanza que nos anima, al mismo tiempo, sostener firmemente con esperanza que otro mundo es posible, más humano, más amigable.

De cómo aborde Francisco estos desafíos dependerá que su gobierno pastoral pase a la historia como lleno de carisma y de serena y atenta escucha del rumor del Espíritu Santo en las Iglesias y en la humanidad, o que se pierda en las brumas de la historia sin dejar la huella que se espera de él. La tarea es gigantesca y llena de obstáculos.

LA SOMBRA DEL PASADO

En la Iglesia hay hoy una gran cuota de simpatía hacia Francisco. También en la humanidad. Ciertamente, no es lo único que hay. A juzgar por lo que ha ocurrido en los primeros días de su gobierno pastoral, es posible que dos situaciones se conviertan para él en un dolor de cabeza: su gestión como superior en Argentina de la Compañía de Jesús y su conducta frente a la dictadura militar en su país entre 1976 y 1983. A los jesuitas no nos queda más que la verdad, la oración por él y por nosotros, y la disponibilidad para los encargos que nos dé Francisco. Los encuentros entre Francisco y el P. General de los jesuitas pueden estar preanunciando el futuro.

Por lo que toca a su conducta durante los años de la dictadura, se pronunció el Premio Nobel de la Paz de 1980 Adolfo Pérez Esquivel en una entrevista con la BBC: “Es indiscutible que hubo complicidades de buena parte de la jerarquía eclesial en el genocidio perpetrado contra el pueblo argentino... No considero que Jorge Bergoglio haya sido cómplice de la dictadura…” Como son las cosas en este mundo, no es improbable que este asunto lo persiga. La mejor manera de solventarlo será su misma actuación en su nuevo puesto. Leonardo Boff lo ha expresado casi lapidariamente: “Lo que importa no es Bergoglio y el pasado sino Francisco y el futuro”. Es evidente que esto no significa absolución sin petición de perdón. Pero también es verdad que Francisco, siendo presidente de la Conferencia argentina de obispos, movió a toda la Conferencia a pedir perdón por no haber hecho lo suficiente durante la dictadura a favor de las víctimas.

UNA HORA DE ESPERANZA

La Iglesia no es sólo el obispo de Roma, el sucesor de San Pedro. Es sobre todo el pueblo de Dios, todo él carismático y sacerdotal, todo él seguro y fiel depositario de la fe de la Iglesia, todo él mayor de edad. Este momento de comienzos de 2013 puede llegar a ser una hora de la verdad para toda la Iglesia. Una llamada a la conversión y al testimonio de la jerarquía, pero especialmente de todo el pueblo de Dios, un testimonio que nos haga sencillos y cercanos a este mundo. Desde esa cercanía, la fe podrá recuperar el diálogo con el mundo, como parecen haberlo hecho los gestos de Francisco. Se trata de que en la Iglesia todas las personas estemos a la escucha de los rumores del Espíritu y nos preparemos para un nuevo Pentecostés. La renuncia de Benedicto sigue siendo el gesto más importante que dio inicio a esta hora.

De alguna manera son esa renuncia y la evocación de Francisco de Asís, restaurador de la Iglesia, las que pueden conducirnos, como signos de los tiempos, a un amanecer después de las tormentas. Ésa es la esperanza que muchas personas y, en especial, parece que mucha juventud, mantienen en esta hora. Si al menos oyéramos ese rumor que nos dice que ha llegado la hora de despojarnos de la gloria y afirmar que no nos escandaliza Jesús de Nazaret crucificado y resucitado por el Reino, el Reino, para los pobres.

BENEDICTO XVI: ¿POR QUÉ RENUNCIÓ?

Evidentemente, Francisco no estaría hoy entre nosotros a no ser por la renuncia a los 85 años de su predecesor, el papa Ratzinger, Benedicto XVI. En uno de los cónclaves más breves de la historia de los papas, Joseph Ratzinger fue electo “obispo de Roma y sucesor de San Pedro” el 19 de abril del año 2005. Casi ocho años después de su elección anunció que se sentía “demasiado débil corporal y espiritualmente para ejercer el ministerio petrino… en un mundo sujeto a rápidas transformaciones y sacudido por cuestiones de gran relieve”.

Era la primera renuncia de un Papa después de que un monje ermitaño, que tomo el nombre de Celestino V, lo hiciera más de 700 años atrás. No se puede negar, por tanto, que Benedicto XVI ha hecho historia. Podríamos haberlo previsto, pues había respondido así a una pregunta de su entrevistador y biógrafo Peter Seewald: “Si el papa llega a reconocer con claridad que física, psíquica y mentalmente no puede ya con el encargo de su oficio, tiene el derecho y, en ciertas circunstancias, también el deber de renunciar”. Esto significa una desmitificación importante del cargo, para dejar claro que antes que nada es un humilde servicio y no una ambiciosa apoteosis. Como todo servicio personal, la sucesión de Pedro conlleva cierto poder y a veces incluso un enorme poder. El poder es una relación humana creada y puede ejercerse servicial o dominadoramente. En el primer caso, brilla además con autoridad. En el segundo, no. Refiriéndose al servicio de sus discípulos Jesús lo había dicho contundentemente: “No sea así entre ustedes”, como es entre los poderes de este mundo.

Al renunciar, Benedicto habló de su fragilidad. Creo que se refería a una fragilidad para enfrentar dos tipos de problemas. Uno, en el mundo, el tipo de cultura de la secula-ridad, del progreso, y de lo que él más rechazaba, el relati-vismo de la verdad. Y otro, dentro de la Iglesia: el escándalo de los curas pederastas y, por encima de todo, del encubrimiento de sus delitos, y las luchas de poder y de ambición de dinero alrededor de la curia romana y del Banco del Vaticano, filtradas en los famosos “Vatileaks”.

Hablando del primero de estos problemas, no es posible olvidar el choque duradero que le produjo al teólogo Ratzinger, profesor en Tubinga, la repercusión en su propia cátedra de la revolución cultural de 1968: ¡los estudiantes desconociendo la autoridad de los profesores en la Universidad alemana! La posmodernidad estaba requiriendo de los teólogos progresistas, peritos del Concilio Vaticano Segundo, como Ratzinger, una flexibilidad mental que los llevara más allá de la amistosa recepción de la modernidad hecha en el Concilio.

Ratzinger confiesa a su entrevistador, Seewald, su decepción: “Ciertamente estoy también decepcionado… sobre todo de que en el mundo occidental exista ese disgusto con la Iglesia, de que la secularidad siga haciéndose autónoma, de que desarrolle formas en que los hombres son apartados cada vez más de la fe, de que la tendencia general de nuestro tiempo siga siendo opuesta a la Iglesia”. Algunos años antes de su renuncia, Benedicto XVI creía todavía poder seguir luchando: “Creo que ésa es justamente también la situación cristiana, esa lucha entre dos tipos de amor. Siempre fue así y, en esa lucha, a veces será más fuerte un lado y otras el otro”.

Y frente al progreso, continúa Benedicto XVI en su entrevista: “Actualmente debería iniciarse un grave examen de conciencia. ¿Qué es realmente progreso? ¿Es progreso si puedo destruir? ¿Es progreso si puedo hacer, seleccionar y eliminar seres humanos por mí mismo? ¿Cómo puede lograr¬se un dominio ético del progreso?” De algún modo, en la selección de sus preguntas, parece haberse alejado de aquella audaz afirmación del Vaticano II, cuando dice que “el progreso temporal, en cuanto puede contribuir a ordenar mejor la sociedad humana, interesa en gran medida al reino de Dios”.

Enfrentó también Benedicto XVI el problema de la verdad y el relativismo: “Está a la vista que el concepto de verdad ha caído bajo sospecha. Por supuesto, es cierto que se ha abusado mucho de él. En nombre de la verdad se ha llegado a la intolerancia y a la crueldad. En tal sentido se tiene temor cuando alguien dice que tal cosa es la verdad o hasta afirma poseer la verdad. Nunca la poseemos; en el mejor de los casos, ella nos posee a nosotros. Nadie discutirá que es preciso ser cuidadoso y cauteloso al reivindicar la verdad. Pero descartarla sin más como inalcanzable ejerce directamente una acción destructiva”.

Son estos los problemas que, desde el mundo al que la Iglesia está llamada a evangelizar, a anunciar una buena noticia, acosaban a Benedicto y que al final parecen haber sido demasiado para sus fuerzas.

OTRO MODO DE VER LAS COSAS

No tuvo Benedicto XVI la contextura intelectual para abrirse a otro modo de ver las cosas, por ejemplo al relativismo, como lo hizo José Comblin en su libro póstumo “El Espíritu Santo y la Tradición de Jesús”: “Hasta hace poco tiempo, para las masas analfabetas o poco menos, Dios era la explicación de todo: de la paz y de la guerra, de la lluvia y de la sequía, de las inundaciones y de los terremotos, de la salud y de la enfermedad, de los accidentes y de la salvación de los accidentes. Para todo era preciso invocar a Dios o agradecerle o hacer penitencia. Hoy hay explicaciones científicas para los problemas del clima, los problemas sociales, los de salud o los problemas psicológicos. Existen remedios aunque no se puedan resolver todavía todos los problemas. Hay muchas cosas que dependen de los seres humanos. El alcance de la religión debe ser diferente de acuerdo con las condiciones de vida del mundo actual”.

“El abandono de la religión es el abandono de un tipo de religión, de una religión adaptada al ser humano del neo-lítico, pre-científico, pre-técnico. Típico es que los hombres y las mujeres abandonan la religión alrededor de los 14 ó 15 años, cuando despierta en ellos la personalidad y el sentido de la libertad, y, al mismo tiempo, descubren los rudimentos de una visión científica del mundo… En la actualidad vale más que nunca el adagio atribuido a Chesterton: el cristianismo no ha fracasado porque nunca fue aplicado. Una multitud de cristianos ha dejado la Iglesia porque nunca les fue transmitido el cristianismo”.

BENEDICTO XVI
ANTE LA PEDERASTIA Y EL BANCO VATICANO

Desde dentro de la Iglesia, los problemas con los que tuvo que lidiar el Papa Ratzinger fueron la pederastia y sobre todo su encubrimiento, y la dificultad de gobernar con una curia romana impenetrable a las reformas que intentó Pablo VI y dejada a su libre arbitrio por Juan Pablo II, carismático peregrino por el mundo y no muy interesado en el día a día del gobierno de la Iglesia.

Benedicto XVI enfrentó el problema de la pederastia muy pronto en su gobierno, desautorizando radicalmente al sacerdote Marcial Maciel e interviniendo a los Legionarios de Cristo fundados por él. Lo siguió enfrentando en los Estados Unidos, en Irlanda, en Malta, en Alemania y en otros países y con otros episcopados. Dejó claro que lo enfrentaría permitiendo que el problema fuera totalmente público y decretando una política de tolerancia cero.

Pero es cierto también que, desde su sensibilidad, el problema para él era de “suciedad”, una gran “mancha” que los culpables expandían sobre el rostro de la Iglesia, y que esa sensibilidad suya acentuaba menos un problema de violación de derechos humanos. Lo cierto es que el permanente desvelamiento de este gravísimo problema en muchas partes de la Iglesia, como un terremoto cuyos temblores nunca fuesen a terminar, y sobre todo el encubrimiento que sobre él tejieron algunos funcionarios eclesiásticos, desgastaron fuertemente su resistencia. De ahí, la apelación en su ancianidad a la fragilidad de su vigor físico y espiritual.

En los dos últimos años de su gobierno pastoral, el acceso a las ambiciones financieras y luchas de poder al interior de la curia romana y en el Banco del Vaticano, llevaron al Papa Ratzinger a un conocimiento de la corrupción que amenazaba desde dentro a la Iglesia. Otra verdadera piedra de escándalo. El hecho de que las intrigas llegaran hasta su propio escritorio y que su mismo mayordomo sustrajera papeles confidenciales de él y los entregara para que fueran objeto de publicaciones sensacionalistas, colmó probablemente su capacidad. Nombró un trío de investigadores, tres cardenales octogenarios -por consiguiente lo más alejados posible de la ambición y las intrigas movidas por la eventual sucesión del mismo Benedicto- y reservó al nuevo Papa los hallazgos de esta comisión.

ANTE LA CURIA
Y ANTE LA TEOLOGÍA DE LA LIBERACIÓN

Benedicto XVI realizó cambios importantes de personas al frente de las oficinas de la curia romana: el secretario de Estado, su antiguo lugarteniente en la Congregación de la Fe, el salesiano italiano Bertone; el presidente de la Congregación de Obispos, el canadiense Ouellet; el de la Congregación de Religiosos, el brasileño Braz; los de la Congregación de la Fe, primero el estadounidense Levada y finalmente el alemán Müller; el director del Secretariado de Justicia y Paz, el ganés Turkson; el del Secretariado de la Familia, Paglia, miembro de la Comunidad de Sant Egidio, postulador vaticano de la causa de Monseñor Romero; el del Consejo de la Cultura, el también italiano Ravasi, y muchos más, fueron nombramientos suyos. Sin embargo, y aparentemente no logró conquistar la estructura misma de la Curia y las corrientes que la mueven y la dividen. Dice el teólogo González Faus que Benedicto tenía la intención de llevar a cabo una reforma magna y lograr que en la curia no hubiera obispos como empleados, pero no pudo superar la oposición de la misma curia.

Nunca logró abrirse Benedicto XVI a la auténtica naturaleza de la Teología de la Liberación, a la visión de Dios, de Jesucristo, del Espíritu Santo, de la Iglesia, de la humanidad, del pecado, de la gracia, de la escatología, y de todos los demás temas de la teología desde el punto de vista del amor (intellectus amoris) y de la compasión (intellectus misericordiae). Sí se abrió a la opción por los pobres. Pero en el fondo de su gestión estuvo, sobre todo, la preocupación por Europa y su descristianización. Y esa preocupación dejó en segundo lugar el mundo de los pobres y la denuncia de las causas de la pobreza. Incluso el amor lo vio desde el punto de vista de la verdad y no al revés, la verdad desde el punto de vista del amor, como lo muestra su tercera encíclica “La caridad en la verdad”, que relee de una manera transformadora el texto de la carta de Pablo a los efesios que dice: “Caminando en la verdad y el amor, crezcamos hasta alcanzar del todo al que es la cabeza, Cristo”.

EL CAMINO DE FRANCISCO

Como dice José Comblin en su libro póstumo existen dos modos de entender la tradición: uno es la tradición religiosa, que incluye la doctrina y otro la tradición del seguimiento de Jesús en la vida, la tradición de las personas santas, proféticas y renovadoras, como un Francisco de Asís, el más venerado de todos, o una Juana de Arco. Incluso Benedicto no puede cristianamente soñar otra cosa cuando escribe que “La traducción intelectual presupone la traducción existencial. En tal sentido son los santos los que viven el ser cristiano en el presente y en el futuro, y a partir de su existencia el Cristo que viene”, desde su resurrección, “puede tam-bién traducirse de modo de hacerse presente en el horizonte de comprensión del mundo secular”.

La elección de su sucesor, Francisco, inspirado en Francisco de Asís, tal vez lleve a la Iglesia más por el camino de la tradición de Jesús, de los seguidores de Jesús, de los santos y santas, que por el camino de la tradición de la doctrina. Sin embargo, en la Iglesia no es posible caminar sin una síntesis de ambas tradiciones, sin vivir de los santos y con una teología de la santidad, sin vivir para los pobres y con una teología de la pobreza que la denuncie y busque su superación, mientras se construye la nueva civilización de la pobreza y del trabajo.

CORRESPONSAL DE ENVÍO EN GUATEMALA.

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