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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 194 | Mayo 1998
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América Latina

Cuando los niños se organizan y quieren trabajar

El 19 de abril llegó a Nicaragua la Marcha Global contra la Explotación Laboral de Niñas, Niños y Adolescentes. Desde febrero recorren el mundo, representando a organizaciones de la sociedad civil de 90 países, y denunciando las condiciones de explotación que padecen 250 millones de niños y niñas que trabajan en todo el planeta, acosados por al extrema pobreza. Es tiempo de reflexionar sobre la organización infantil y sobre los derechos que reclama la infancia trabajadora en América Latina.

Manfred Liebel

Cuando en 1976 nació en Perú el Movimiento de Adolescentes y niños Trabajadores de Obreros Cristianos (MANTHOC), que fue el primer movimiento latinoamericano de niños, niñas y adolescentes trabajadores, aún no se hablaba de los derechos del niño con el énfasis que pocos años después alcanzaría este tema en tantos lugares del mundo. En los países de América Latina que vivían bajo dictaduras militares se exigía con vehemencia el respeto a los derechos humanos, pero los derechos de las niñas y los niños tan dolorosamente afectados por los métodos represivos de aquellos gobiernos no eran considerados de manera específica. Esta realidad empezaría a cambiar a mediados de los años 80.

La segunda organización infantil latinoamericana nació en Brasil: en 1985 el Movimento Nacional de Meninos e Meninas da Rua apareció en escena con la prioridad de denunciar los abusos de todo tipo incluida la muerte por asesinato que sufrían en Brasil los niños y niñas de la calle. El movimiento brasileño insistió desde el comienzo en el derecho de los niños a vivir y a ser respetados como ciudadanos. En los años siguientes surgieron otros grupos en los países andinos y en los de Centroamérica. Desde 1988 los movimientos nacionales se coordinaron internacionalmente y a partir de la aprobación en 1989 de la Convención Internacional de los Derechos del Niño, todos hicieron de los derechos establecidos en este texto su bandera. Pero no se han quedado ahí: reclaman otros muchos derechos que olvidó la Convención y están poniendo en cuestión la forma en que gobiernos, instituciones internacionales como UNICEF y algunas ONGs interpretan y asumen en la práctica lo que la Convención plantea.

El papel de los adultos

Movimientos infantiles son movimientos sociales donde los niños y las niñas tienen la primera y la última palabra, donde los niños, en un esfuerzo común y responsable, articulan sus propios objetivos y crean normas y estructuras que ellos mismos determinan. Otros grupos o iniciativas comprometidos con la promoción y defensa de los derechos de los niños no son propiamente movimientos infantiles, sino movimientos por los derechos de los niños. Tampoco se puede hablar de un movimiento infantil cuando se le da a los niños la oportunidad de tener presencia en determinados espacios públicos con un objetivo exclusivamente pedagógico. Por ejemplo, los consejos estudiantiles que se organizan en las escuelas.

En América Latina, los grupos de niños y niñas que, partiendo de su experiencia de vida y de trabajo, se han organizado a sí mismos se diferencian de muchas otras organizaciones estructuradas en torno a los derechos de los niños. En el primer caso, los niños se desarrollan a partir de sus propias iniciativas, a veces en confrontación con grupos adultos escépticos u hostiles. En el segundo caso, las iniciativas en favor de los niños nacen de adultos o de jóvenes que abogan por los derechos de los niños y representan sus demandas. A veces existen simbiosis entre ambas formas de organización. En Nicaragua, por ejemplo, el Movimiento de Niños, Niñas y Adolescentes Trabajadores (NATRAS) nació del Movimiento de Solidaridad por los Derechos de los Niños de la Calle, fundado por educadores.

La influencia de los adultos en las organizaciones de niños y la vocación de autonomía de los movimientos infantiles no son necesariamente realidades contradictorias. El estatus marginal que en la sociedad tienen los niños y las niñas y el escaso reconocimiento social que se les da como sujetos capaces de organización y de negociación hace inevitable el apoyo de adultos y de jóvenes. En muchas ocasiones son los propios niños los que solicitan ser reforzados por los mayores. En este caso, el papel de los adultos nunca debe ser el de dirigir sino el de asesorar, apoyando y respetando la independencia de los niños y la organización que ellos adopten en función de sus derechos y de sus intereses. En los movimientos infantiles latinoamericanos se habla de los adultos como facilitadores o colaboradores.

Pueden y deben ser protagonistas

Los niños y niñas latinoamericanos que son protagonistas en los diversos movimientos infantiles que llenan el continente tienen entre 10 y 16 años y comparten perfiles comunes. Masivamente, son esos niños y niñas a quienes UNICEF caracteriza como viviendo "en circunstancias especialmente difíciles". Gran parte de ellos soportan una pobreza extrema y luchan a diario por sobrevivir, lo que significa que asumen desde muy temprana edad tareas y responsabilidades de adultos. Muchas veces se ven forzados a trabajar en condiciones indignas. La mayor parte de ellos trabaja en la economía informal, en calles, mercados y otros espacios públicos de las grandes ciudades, por lo que han sido bautizados como niños de la calle. La mayoría de ellos no disfruta de casi ninguno de los derechos que la legislación internacional ha establecido para beneficiarlos.

Por sus circunstancias y experiencias, estos niños se han ido convirtiendo en auténticos actores sociales. Ante esta realidad novedosa existen hoy en América Latina dos líneas de pensamiento. Una, más centrada en la realidad de los niños de la calle y en sus negativas experiencias, que afirma que es precisamente la situación de injusticia en la que viven la que les ha servido de motivación para la acción y la organización grupal en defensa de sus derechos e intereses. Es éste el pensamiento que domina en Brasil y en el Movimento de Meninos e Meninas da Rua.

La otra línea de pensamiento identifica a los niños y a las niñas como auténticos trabajadores y, pese a las condiciones negativas que viven en su trabajo, ve en la experiencia de trabajar una base positiva para que alcancen una identidad social. Desde esta perspectiva, se considera que asumiendo responsabilidades sociales y económicas, los niños desarrollan su conciencia, su identidad y sus derechos en la sociedad. Es ésta la posición que predomina en Perú, Bolivia, Colombia, México, Argentina, Paraguay y en los países de Centroamérica. Las dos posiciones coinciden en que los niños no sólo tienen el derecho sino también la capacidad de actuar como sujetos sociales y de asumir un rol protagónico en la sociedad. Y plantea que, por esto, se hace imprescindible que los niños asuman en sus propias manos la defensa de sus intereses y puedan organizarse autónomamente en instituciones y con ideologías independientes de las de los adultos.

Los movimientos son su espacio social

Apelar a los Derechos del Niño para reclamarlos juega un papel importante en la praxis de todos los movimientos latinoamericanos de niños, niñas y adolescentes trabajadores. Pero esta reivindicación es para ellos sólo una entre otras muchas. Los niños entienden sus movimientos no sólo como instrumentos para contraponerse a las instituciones dominadas por los adultos o para ganar más influencia ante ellas. Les resultan de mayor importancia como espacios sociales en los que viven nuevas experiencias y se pueden ayudar mutuamente, en los que aprenden a valorar sus derechos y pueden desarrollar experiencias que los acerquen a su pleno disfrute.

En los movimientos infantiles los encuentros tienen un gran significado como ocasiones privilegiadas donde pueden conocerse mejor, hablar de manera abierta, compartir experiencias con otros colegas y divertirse y hacer amistades. En encuentros, campamentos y talleres son ellos mismos quienes establecen las reglas. En estos espacios aprenden a relacionarse respetuosamente con los otros y hacen la experiencia liberadora de respetarse a sí mismos. Son momentos en los que logran descargarse de las obligaciones que a veces los abruman a diario y sacan fuerzas para desarrollar nuevas ideas y actitudes. El respeto es el cemento de los movimientos infantiles. Los niños exigen ser respetados y saben que deben respetar a sus compañeros. En la base de este respeto está la conciencia del importante papel económico que, aún siendo tan pequeños, juegan en la sociedad, sustentándose a sí mismos y a sus familias.

Los movimientos infantiles se pueden entender también como comunidades de vida, en las que se analiza la realidad y surge la chispa para la expresión creativa. En algunos movimientos se ha desarrollado una forma especial de trabajo testimonial, en el que niños y niñas comparten con los demás sus experiencias de vida, sus preocupaciones y sus sueños. La atmósfera social y las formas de comunicación que se dan en los movimientos infantiles generan ideas, sueños y reclamos. Representan un oasis en medio de las áridas condiciones en las que habitualmente viven estos niños y niñas. El hecho de que en estos espacios se refuerce su autoconciencia y su capacidad para formular sus propios intereses tiene también un significado cultural.

Mientras más tiempo de vida tiene un movimiento de niños y mientras más generaciones haya formado, más variadas y múltiples serán las formas de su expresión cultural. Cada movimiento de niños y adolescentes crea sus propias dinámicas, combinando juego y trabajo, fiesta y meditación, motivando y resaltando las cualidades y habilidades de cada niño, de cada niña. Crean canciones y piezas teatrales que los expresan y los unen. A veces también logran productos de comunicación masiva revistas, programas de radio, videos en los que ellos determinan contenidos y formas. Un ejemplo es la revista del Movimiento de Niños y Niñas Trabajadores de Nicaragua, llamada "Hechos reales y fantasías", un nombre que serviría para cualquier otro medio de cualquier otro movimiento infantil.

Lo legal: terreno de los adultos

Desde la aprobación de la Convención Internacional de los Derechos del Niño y su difusión a través de grupos de derechos humanos, movimientos infantiles y ONGs, es común que los movimientos de niños y adolescentes trabajadores se sientan a sí mismos como un grupo social que reclama derechos. Los movimientos infantiles tienden, naturalmente, a fijarse en los derechos que tienen más relación con la realidad que viven sus miembros. Qué derechos les son más útiles y qué pueden hacer para ponerlos en práctica: eso es lo que más analizan. Y este análisis lo hacen con una finísima sensibilidad crítica ante los abundantes y bellos discursos retóricos en que permanentemente se habla actualmente de los niños como "el futuro del mañana" o "la esperanza promisoria de la patria".

En un primer momento, los niños y las niñas organizados se muestran escépticos o tienen muy escaso interés por todo lo que son leyes. Sienten que la esfera legal es un terreno del dominio de los adultos. En la otra punta de la contradicción, los adultos creen que los niños no pueden pensar o elaborar leyes y mucho menos ejercer jurisprudencia.
Hay que recordar que la Convención Internacional de los Derechos del Niño fue elaborada sin ninguna participación significativa de niños y niñas, lo que la convierte en un documento que los adultos hicieron para los niños y así permanecerá, a pesar de algunos intentos que se han hecho para traducir su denso vocabulario jurídico a un lenguaje más accesible a los niños.

Que niños y niñas tienen sus propios derechos, que son sujetos de derecho, y que su situación puede mejorar por la vía legal, son conclusiones a las que han llegado los adultos que reflexionan sobre los niños. Y son adultos educadores, cercanos a los movimientos infantiles y sensibles ante la situación de los niños, quienes han ido introduciendo en los movimientos infantiles la costumbre de pensar y hablar en categorías jurídicas. Estos adultos son quienes han convencido a los niños de la utilidad que tiene para sus organizaciones el conocer sus derechos.

Brasil: una victoria legal

Los movimientos infantiles interpretan y practican los Derechos del Niño, acentúan y cuestionan en ellos todo lo que no comparten con quienes se presentan como "intérpretes oficiales de los derechos del niño" y reclaman derechos en los que hasta ahora nadie ha pensado o nadie ha querido pensar.

El marco jurídico de los Derechos del Niño ha tenido tanto peso en algunos movimientos infantiles que niños y niñas empiezan a insistir en participar en la elaboración de las leyes que se desprenden de estos Derechos y les afectan. Es probable que sin la movilización del Movimento de los Meninos y Meninas da Rua no hubiera sido posible la creación del Estatuto del Niño y el Adolescente, aprobado en 1990 en Brasil. En contraste con la legislación previa, que consideraba a niños y adolescentes como simples objetos de medidas estatales, el Estatuto les reconoce una serie de derechos sociales y civiles y establece que "ningún niño o adolescente será sometido a cualquier forma de negligencia, discriminación, explotación, violencia, crueldad y opresión, a cualquier atentado contra sus derechos fundamentales y tanto si ésta se da por omisión o por comisión, será penada de acuerdo a la ley". Establece también que "es deber de la familia, de la comunidad, de la sociedad en general y de las autoridades públicas, garantizar el cumplimiento de la ley en absoluta prioridad en cuanto a salud, alimentación, educación, deporte, tiempo libre, formación profesional, cultura, dignidad, respeto y libertad, así como también en lo concerniente a la vida familiar y en comunidad".

Perú: derecho de los niños a trabajar

En Perú, el Movimiento MANTHOC orienta sus esfuerzos a lograr que se le reconozcan derechos económicos a los niños, niñas y adolescentes trabajadores para así brindarles una nueva situación jurídica y potenciar su influencia en la mejora de sus condiciones laborales. Un decreto ley peruano promulgado en 1992 rompió con la doctrina tradicional que ha pretendido dar protección a los niños prohibiendo todo trabajo infantil. Este decreto reconoce el derecho de los niños y los adolescentes a trabajar, aunque establece que lo hagan a partir de los doce años y siempre que la actividad laboral "no comporte riesgo ni peligro para su desarrollo, para su salud física, mental y emocional y no perturbe su asistencia regular a la escuela". El decreto ley no se refiere sólo a niños y niñas asalariados. Incluye todas las formas de trabajo infantil y establece el derecho de los niños a celebrar contratos de trabajo y a organizarse en asociaciones para mejorar sus condiciones laborales. A los empleadores les exige el garantizarles condiciones de trabajo que no lesionen ni su dignidad ni su proceso de formación.

En otros muchos países latinoamericanos los movimientos infantiles han tratado de influir en la legislación nacional, pero con iniciativas esporádicas y no muy aceptadas, lo que contrasta con el notable éxito que todos los movimientos infantiles han tenido ya al influenciar el discurso y los proyectos de muchas ONGs, que en estos últimos cinco años dan voz a niños y a niñas en toda decisión política que los afecte.

En 1993 y en Guatemala, ONGs de los países de Centroamérica, de México y de Panamá se comprometieron a aprovechar "los espacios de trabajo que tienen con familias, escuelas, grupos organizados comunales y con los medios de comunicación para motivar y fomentar la participación de los niños.", reconociendo que "las ONGs deberán superar los obstáculos para avanzar en la real participación de los niños y niñas en todo lo que tiene que ver con ellos". Se propusieron trabajar en la organización de los niños "para que sean autónomos, libres, creativos y críticos y puedan entonces desarrollar todo el potencial que tienen para crecer y convertirse en adultos capaces de dirigir su propia vida y contribuir al mejoramiento de la sociedad".

Campañas de niños en favor de niños

Una de las acciones más difundidas entre los movimientos infantiles es la de ayuda mutua en casos de emergencia. El objetivo es que el niño a quien le robaron su caja de lustrar zapatos consiga una nueva, que la patrona de la niña empleada doméstica que se enfermó asuma los gastos de su curación. Algunos grupos de niños han creado un fondo de solidaridad para ayudar a sus compañeros en problemas. El dinero para este fondo lo solicitan los niños a empresarios, a médicos o a otras personas con recursos y lo aportan ellos mismos con algo de lo que ganan.

Una forma de auto ayuda colectiva es la que desde hace algunos años practican por Navidad los niños trabajadores de El Salvador y Nicaragua. Durante la Campaña del Aguinaldo, los niños, niñas y adolescentes que venden periódicos o chicles en las calles, los que lustran zapatos o limpian vidrios, elevan un poquito sus precios o solicitan un pago extra. En los mercados, incentivan a comerciantes y vendedoras a que apadrinen su campaña y en los barrios hacen fiestas y tómbolas. Así, el aguinaldo deja de ser una limosna para convertirse en un reconocimiento por su trabajo. El dinero extra que consiguen lo reparten según criterios que definen ellos mismos. Algunas lo entregan a sus madres, otras compran juguetes o cuadernos para la escuela, otros invierten en comprar una caja de lustrar, una bayeta nueva y un cubo para limpiar vidrios en las esquinas o unas chinelas para no quemarse tanto las plantas de los pies sobre el asfalto de las calles.

Otra campaña se orienta a la defensa del derecho a la educación. Con la creciente privatización del sistema educativo público una de cuyas manifestaciones es el pago de matrículas y mensualidades en las escuelas estatales antes totalmente gratuitas , a muchos niños se les cierran las puertas de la enseñanza. Existen campañas en las que niños organizados exigen a los directores de escuelas la supresión de estas cuotas y de otras tasas que sus padres no pueden pagar o reclaman a los profesores que no discriminen a quienes llegan sin uniforme porque no pueden comprarlo o a los que asisten a clases con pantalones o faldas parchados o sin zapatos. En otros casos recogen dinero para que sus compañeros más necesitados puedan comprar lapiceros y cuadernos. También existen iniciativas para que en las clases se aborde como tema de reflexión y estudio sus propias experiencias como niños trabajadores e incluso para que se funden escuelas adaptadas a sus necesidades y ritmos de vida y en las que su realidad se tenga en cuenta en los métodos y contenidos pedagógicos.

Cuando los niños y las niñas se organizan, tarde o temprano ponen en cuestión la actitud, tan difundida entre los adultos, de disponer de la voluntad infantil. El estar organizados les impulsa a discutir de manera abierta con sus padres o con sus patrones las órdenes injustas que reciben o las condiciones de explotación en que realizan su trabajo. Y, por ejemplo, cuando los mayores prohiben a las niñas el participar en encuentros o actividades de los movimientos infantiles, con la excusa de que "es peligroso" para ellas, grupos de sus compañeros organizados visitan sus casas para recordarle a los adultos que sus hijas y sus hijos también "tienen derechos". A menudo los padres y madres quedan perplejos ante estas visitas, pero no les queda más remedio que ceder o que reflexionar.

Protección, prevención, participación

Sin la valiosa práctica y múltiples experiencias acumuladas de los movimientos infantiles, los Derechos del Niño quedarían reducidos a normas abstractas escritas en papel y los niños, aunque ya proclamados internacional y solemnemente como sujetos de derecho, seguirían siendo el objeto dependiente de la buena voluntad de los adultos y de sus instituciones. Sólo en la medida en que los niños actúen realmente como sujetos sociales y jueguen un papel activo para exigir sus derechos tal y como ellos los consideran correctos, los Derechos del Niño saltarán del papel a la vida.

El debate sobre el derecho infantil gira actualmente en torno a todo lo ya expresado en la Convención Internacional de los Derechos del Niño. Después de diez años de trabajo de un gran número de gobiernos al que se sumaron al final bastantes ONGs , la Convención fue finalmente aceptada en 1989 por unanimidad en la Asamblea General de las Naciones Unidas y el 2 de septiembre de 1990 entró en vigor como derecho internacional, después de ser ratificada hasta esa fecha por 178 Estados, que al firmar se obligaron a incluir los contenidos de la Convención en sus leyes nacionales.

La Convención formula tres ámbitos de derecho, conocidos como las tres P: protección, prevención, participación. En el primer ámbito se garantiza a niños y adolescentes según la Convención, las personas entre 0 y 18 años protección frente al maltrato, la explotación económica o sexual, la discriminación por motivo de raza, sexo o estatus de minoría. En el segundo ámbito, la Convención reconoce el derecho de los niños a un desarrollo integral en la infancia, a la formación escolar básica, a la salud y a condiciones de vida dignas y humanas. En el tercer ámbito se reconoce a los niños el derecho a la libre información y a la libertad de expresión, a la participación en las decisiones que tengan que ver con su bienestar, a reunirse pacíficamente y a formar sus propias asociaciones.

No sólo ser protegidos, ser respetados

Con el establecimiento de derechos propios de los niños y las niñas, la Convención superó una teoría y una práctica que durante siglos consideró que la persona humana no inicia "su verdadera vida" hasta que es adulta. Tener derechos propios significa que el niño debe tener desde que nace una vida digna y que dársela es responsabilidad de toda la sociedad. Con el reconocimiento de sus derechos, se refuerza la posición en la sociedad de niñas y niños.

Elaborada y aprobada la Convención, la pregunta es qué papel le concede ésta a los niños en la realización de sus derechos y en el desarrollo de una vida digna. Los movimientos infantiles exigen que los niños no sean vistos como los usufructuarios de unos derechos especiales que los adultos definieron y les concedieron, sino como seres activos, con puntos de vista particulares, con capacidades y opinión. Esperan no sólo ser protegidos, sino ser respetados como personas que tienen capacidad de desarrollar tareas sociales y de asumir libremente su vida.

La forma en que la Convención reconoce al niño o a la niña como individuos únicos resulta insuficiente. Según la Convención, la identidad de los niños se despliega sólo en los espacios que establecen los adultos como cápsulas protegidas, sin que se considere que puedan existir otros espacios, resultantes de la activa y responsable confrontación de los niños con su realidad social y de su participación activa en las tareas sociales.

Los derechos de participación contenidos en la Convención están formulados de manera muy general y aparecen dependientes de ciertas condiciones, de tal manera que los adultos son los que tienen la última palabra "en aras de los intereses de los niños". Por ejemplo, el derecho de los niños a la libertad de expresión depende de su capacidad de "formarse un juicio propio" y los Estados considerarán la opinión de los niños en la medida en que sea "adecuada" y "en función de la edad y madurez", lo cual sugiere que las instancias dominantes pueden interpretar a su arbitrio y discreción un derecho que, de esta forma, sólo es reconocido formalmente.

Dentro de la lógica determinista que tiene la Convención de los Derechos del Niño, el niño y la niña aparecen como seres necesitados de ayuda y de protección, con derechos que deben ser amparados por los adultos. La admisión tímida y sujeta a condiciones de algunos derechos a la participación refleja ese "soplo proteccionista", como le llama el peruano Cussiánovich. Otro crítico de la Convención, Baudrillard, acusa a los "benefactores" o "protectores del niño" que están detrás de la Convención de hacer de los niños "objetos de ridiculez y de convertirlos en una especie de monos eruditos equipados con todas las huachaferías jurídicas de los adultos", parafernalia que no les sirve para nada.

Mientras que el niño sea entendido únicamente como sujeto de derechos, su aspiración a una vida digna será una meta abstracta. Según la Convención, todos los niños tienen los mismos derechos, pero de qué manera se pueden realizar esos derechos y qué dificultades se deben superar para lograr el respeto de esos derechos sólo puede aclararse cuando concebimos al niño y a la niña en un espacio y en un tiempo concretos, como personas que poseen determinadas cualidades, preocupaciones, sueños, opiniones, necesidades y experiencias y que viven envueltas en determinadas relaciones sociales que les facilitan o dificultan el hacer uso de sus derechos y el realizarse como sujetos de esos derechos.

"Sí al trabajo, no a la explotación"

Con algunos ejemplos se puede ilustrar la forma en que los niños en América Latina se confrontan con los adultos, administradores e intérpretes de la Convención Internacional de los Derechos del Niño. Se trata de casos ocurridos en Nicaragua, pero existen situaciones similares en otros países latinoamericanos. Para la preparación de su Tercer Encuentro Nacional, llevado a cabo en Managua en septiembre de 1995, el Movimiento de Niños, Niñas y Adolescentes Trabajadores (NATRAS) organizó a más de mil niños en grupos para que reflexionaran sobre esta pregunta: ¿Consideran su trabajo como un derecho o como una explotación? El resultado de la reflexión masiva se resumió en el afiche de invitación al encuentro, que decía: Sí al trabajo, no a la explotación. Ellos y ellas dijeron que quieren trabajar y que quieren hacerlo en condiciones adecuadas, sin que nadie les explote.

La oficina de UNICEF en Managua, que hasta ese momento había apoyado con satisfacción a los niños preocupados por sus derechos, reaccionó perpleja y rescindió su apoyo al Movimiento con este argumento: los niños habían abusado de la confianza de UNICEF adoptando una posición que contradecía la Convención y la filosofía de UNICEF, que tiene como uno de sus objetivos la total abolición del trabajo infantil en el mundo. Evidentemente, habían chocado dos diferentes interpretaciones de lo que la Convención establece como "derecho del niño a ser protegido de la explotación". UNICEF, junto a muchos gobiernos y ONGs, ve en la abolición total del trabajo infantil el mejor de los caminos para conseguir este objetivo. Pero, para protegerse de la explotación en sus trabajos sin los que ni ellos ni sus familias podrían sobrevivir , los niños trabajadores ven como mejor camino el ser reconocidos socialmente y el ser dotados de los mismos derechos laborales que tienen los adultos que trabajan. "Prohibirle el trabajo a los niños significa no pensar en los niños": esto es lo que opinaron los niños y las niñas que trabajan.

Más aguda aún se tornó esta contradicción cuando quienes se oponían al punto de vista de UNICEF eran precisamente los niños, a quienes la Convención les reconoce su derecho a la libre expresión. Como consecuencia del enfrentamiento, los niños concluyeron que el derecho que se les reconoce no es otra cosa que papel mojado en manos de los adultos, y UNICEF demostró implícitamente que no cree que los niños sean capaces de tener un pensamiento propio en esta cuestión por falta de conocimiento y de madurez.

Una entre muchas contradicciones

Un segundo caso nicaragüense también relacionado con UNICEF. Antes del conflicto provocado por el afiche sobre el trabajo, UNICEF había asegurado apoyo sostenido al Movimiento con la condición de firmar un acuerdo. Cuando el contrato fue redactado, estableció que el Movimiento sólo podría ser contraparte de UNICEF si era "persona jurídica". Los niños, que aceptaron esa condición, constataron después, molestos, que la Constitución de Nicaragua no concede personalidad jurídica a menores de 18 años, precisamente a quienes son niños desde el punto de vista de la Convención.

UNICEF parecía estar ya consciente de esta limitación legal, pues sus representes propusieron antes de la firma que "para abreviar el procedimiento" y "hacer las cosas más sencillas" se confiara todo el proceso a una ONG que representara al movimiento infantil. Al final, los niños rechazaron firmar el acuerdo, pues no querían poner en peligro la autonomía que habían logrado con tantos esfuerzos a cambio de un poco de dinero. El hecho llevó a los niños a preguntarse sobre el sentido del derecho a la libre asociación con otros niños que el artículo 15,1 de la Convención les reconoce, si al mismo tiempo no se les garantiza una situación jurídica que les permita ejercer ese derecho. Qué escasa importancia se concede a este derecho a la participación se demostró cuando después de lo ocurrido, ni UNICEF ni las autoridades nicaragüenses valoraron esta contradicción entre la Convención y la Constitución ni mucho menos se comprometieron a dar pasos para solucionarla.

Tabúes de una sociedad paternalista

Un último ejemplo. En el Código de las Niñas, Niños y Adolescentes que fue presentado al Parlamento nicaragüense en 1995 como iniciativa de numerosas ONGs, con el fin de adaptar la legislación nacional a la Convención, y que fue definitivamente aprobado a comienzos de 1998, está previsto el derecho de los niños a la participación. Cuando no se trate del derecho a la cogestión en instituciones educativas, sino de todo lo referente a los derechos cívicos derecho a elegir, a presentar proyectos de ley u otras propuestas y a obtener una respuesta de las autoridades en un plazo determinado el Código establece la condición de haber cumplido 16 años.

Después de haber sido invitados expresamente a participar en la elaboración del Código, los niños activos en el Movimiento se mostraron bastante sorprendidos ante esta condición, ya que en su organización la edad máxima de los miembros es precisamente 16 años, pero todos los demás, los que tienen menos edad, se ven a sí mismos como ciudadanos competentes y activos. ¿Qué valor tiene el derecho a la nacionalidad y a la participación que la Convención nos concede, cuando somos excluidos del proceso político y de la comunidad democrática en razón de nuestra edad?, se preguntaban molestos. ¿Cómo afirmar que todo se hace "en aras de los intereses de los niños" cuando los propios niños no pueden participar en lo que se hace? La realidad muestra que con sus reclamos, nacidos de una experiencia y práctica de trabajo y de participación, los niños logran tocar tabúes de la sociedad paternalista hasta ahora intocados en el debate sobre derecho infantil.

Aspiran a ser tomados en serio

Los movimientos de niños y adolescentes trabajadores no se conforman con reclamar sus derechos como niños. También hablan críticamente de la sociedad en la que viven y valoran las características positivas u hostiles que hacia ellos tiene, ofreciendo alternativas. Exigen no ser excluidos sistemáticamente de sus responsabilidades sociales y reclaman que no sea menospreciada su actuación en la sociedad con el argumento de una supuesta "inmadurez".

Los niños trabajadores cuestionan a fondo el paternalismo de la sociedad, no se resignan a ser objetos de las órdenes de los adultos y reclaman diferentes roles sociales de acuerdo con sus edades. No aceptan que la fantasía sea una característica exclusiva de los pequeños, mientras que la responsabilidad sea un monopolio de los mayores y reclaman una participación responsable en la sociedad sin renunciar por esto a su derecho a jugar y a soñar con fantasía. Al pensar y actuar así, lo que están reclamando es una nueva cultura infantil y una nueva cultura adulta, en la que niños y adultos participen más y sean más felices.

La Convención Internacional de los Derechos del Niño garantiza a niños y niñas el derecho a un presente digno y humano y a una identidad social autodeterminada, pero esto no tendrá consecuencias mientras los niños sigan siendo considerados víctimas o discapacitados o seres protegidos. Desde esta perspectiva paternalista se les niega a los niños la capacidad de representar y reconocer sus intereses y se vincula el bienestar de los niños a las acciones que para favorecerlos decidan los adultos: padres, madres, profesores, trabajadoras sociales, jueces, expertos. Sin duda, los niños necesitan el apoyo de los adultos y un ambiente social que les facilite la formación de sus capacidades y el ejercicio de sus intereses. Esto incluye el que sean protegidos de riesgos y de peligros en determinados momentos de su vida. Pero resulta esencial considerar que los adultos no deben proteger a los niños sino proteger sus derechos, facilitando, entre otras cosas, que se amplíe su posibilidad de participación social.

Los movimientos de niños trabajadores resaltan que la participación social infantil posee un componente tanto económico como político. Todos estos movimientos reclaman explícitamente el derecho de los niños a trabajar y todos demandan el reconocimiento del rol económico de los niños y las niñas en la sociedad para deducir de ahí la exigencia de una mayor participación política para ellos y para ellas. Por su propia experiencia, los niños saben que serán tomados en serio y podrán hacer pleno uso de sus derechos sólo cuando su posición social tenga en la base una actividad económica útil y tengan ellos capacidad de garantizarse sus propios ingresos. E intuyen que tarde o temprano el componente político de su participación social aparecerá en el horizonte.

La realidad latinoamericana viene mostrando que los movimientos de niños, niñas y adolescentes trabajadores se ha convertido en una parcela vital de participación de la sociedad civil. Los pequeños grandes protagonistas de esta parcela esperan que los gobiernos, las ONGs y organizaciones internacionales como UNICEF no se limiten a publicar bellos folletos ni a poblar de afables alusiones favorables a los niños sus discursos en los congresos. Esperan realidades. No se conforman con la compasión o la protección de los adultos sino que están dispuestos a luchar ellos mismos por sus derechos. Creen su deber plantear la equidad de derechos. Es éste un signo de los tiempos, una esperanza nueva en la historia de nuestro continente, mayoritariamente habitado por niños y por niñas.

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