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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 277 | Abril 2005
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Internacional

La estrecha ruta hacia la globalización de la solidaridad

“Estrecha es la ruta que lleva a la vida y son pocos los que quieren entrar por ella”. Son palabras de Jesús de Nazaret. Y fue una “consigna” que muchos atribuyen al fallecido Papa Juan Pablo II lo de la “globalización de la solidaridad”. ¿Se ha ido abriendo o cerrando esa ruta en los últimos años? ¿Venciendo qué obstáculos? He aquí un recuento de varios de los principales hitos en este difícil caminar.

Francisco Javier Ibisate, sj.

Instalados ya en el tercer milenio, “el fin de la historia”, como única alternativa económica, ha entrado en crisis interna y se ve sometido a crecientes críticas externas, porque la globalización es más lo que excluye que lo que incluye. Pero la crisis interna de la globalización no significa que sus inspiradores hayan entrado en un proceso de autocrítica. El dogma económico no se la permite. La autocrítica sería una herejía. El error -dicen- no está en el modelo, sino en su mala aplicación.

Comenta Luis de Sebastián: La culpa la tienen siempre quienes aplican el modelo, porque lo aplican mal. Pero si nadie nunca es capaz de aplicar el modelo neoliberal bien, ¿no será que el modelo es inaplicable? ¿No será que el modelo y las políticas que prescribe son nefastas para el mundo real, que es el único que existe? Si los políticos y las realidades políticas de los países emergentes son los responsables de que los modelos y las medidas económicas que de ellos se derivan no funcionen bien, será misión de quienes diseñan los modelos tener en cuenta estas realidades, que son bien conocidas y analizables. El mundo está lleno de imperfecciones que hacen que los modelos teóricos no se puedan aplicar en forma pura nunca a ninguna realidad.
Al mismo tiempo, “el malestar en la globalización” hace crecer el número de los inconformes, siempre presentes en las cumbres mundiales, y que ya transforman sus protestas en alternativas con el lema: “Otro mundo es posible”. A partir de 2001 se enfrentan, en las mismas fechas, “el hombre de Davos” y “el hombre de Porto Alegre”, congregados en dos foros mundiales, económico uno y social el otro.

NO TODO ES DESESPERANZA

Tras comentar que las “burocracias privadas”, los grandes transnacionales, se han convertido en un gobierno extraparlamentario que socava los derechos humanos, Franz Hinkelammert anuncia el resurgimiento de la esperanza: No todo es desesperanza. Aparecen cada vez más movimientos contestatarios. con la idea de que un mundo mejor es posible. Se coordinan entre sí, sin intentar formar un gran movimiento unificado. No forman partidos políticos, aunque varios partidos los apoyan. Promueven un pensamiento en términos de alternativas, con una doble orientación: para obligar al sistema mundial a reformular toda su estrategia de acumulación de capital, llamada estrategia de globalización, y, para responder a la desesperanza que, cada vez más, desemboca en reacciones irracionales sin destino.

Este movimiento enfrenta la actual acumulación mundial del capital porque hoy el mundo es global y es necesario defenderlo de esta estrategia convertida en la peor amenaza para la sostenibilidad de la humanidad y de la tierra. Esta globalización resulta ser, más bien, un “pillaje” global de toda la tierra. En vez de globalizar el mundo, esta estrategia lo destruye globalmente.

Este movimiento está en auge y ha adquirido una gran legitimidad en la opinión mundial, incluso entre muchos representantes de las clases poderosas. Está presente en todos los países y en todos los sectores de la población. Está haciendo conciencia de las consecuencias fatales que la actual estrategia tiene para el futuro de la humanidad. Mientras a escala mundial la desesperanza lleva a la desesperación, con sus consecuencias irracionales y sin sentido, este movimiento recupera la esperanza, que también se hace notar mundialmente y que muestra una salida.

UN MUNDO POR HACER,
ENORMES TAREAS PENDIENTES

Con un título parecido al lema de Porto Alegre, Luis de Sebastián publicó su obra “Un mundo por hacer: claves para comprender la globalización” (Madrid, 2002). En su introducción nos muestra la actual marcha hacia una globalización más humana: El mundo está por hacer. La historia no ha terminado. La humanidad tiene todavía enormes tareas pendientes. El tipo de vida que conocemos y que es posible para unos pocos cientos de millones de personas es todavía un sueño imposible para otros miles de millones. Pero la humanidad tiene recursos y conocimientos para que todos los seres humanos lleven una vida larga, pacífica, llena de sentido, rica en contenido y provechosa. Si todos los seres humanos no consiguen tenerla es únicamente porque hemos organizado mal la distribución de los medios necesarios para la vida. Esta mala organización del mundo es un estímulo para seguir trabajando.

Hay que alimentar a millones de personas. Hay que curar a millones que mueren de enfermedades que podemos curar con remedios que fabricamos. Tenemos que terminar con las decenas de guerras civiles, fratricidas y en todo caso insensatas, que causan miles de muertes y millones de refugiados. Debemos acabar con el terror que se causa a los pueblos asesinando a terceros inocentes, con la esclavitud que ha adoptado nuevas formas y terribles proporciones, con el tráfico de drogas que causan efectos nefastos entre la juventud. No sé cómo a alguien, que tiene los ojos abiertos a lo que pasa en el mundo, se le puede ocurrir la idea de que ya podemos descansar, porque una vez derrotado el comunismo, ya no quedan tareas importantes para la humanidad.

Afortunadamente, cada vez penetra más en la conciencia de las sociedades ricas este convencimiento de que el mundo está todavía por hacer. Cada vez más es voz común y persuasión, incluso entre las élites mundiales, que el proceso no está cerrado. Más aún, que el proceso de la globalización no está predeterminado ni económica ni social ni políticamente y que, por tanto, puede ser dirigido hacia niveles de mayor humanidad, más equidad y más justicia social. De hecho, se dan avances, pequeños quizás, pero significativos, en muchos campos, que hace poco tiempo parecían cerrados a la compasión y a la racionalidad humanas.

NO TODOS TIENEN RAZÓN,
EL CONJUNTO SÍ LA TIENE

La globalización -explica de Sebastián- genera un nuevo estilo de protesta. Las nuevas protestas contra los nuevos costos y las nuevas víctimas del proceso de globalización se diferencian de las anteriores porque se dirigen contra un poder difuso, lejano, inalcanzable, que ni dialoga ni negocia con el hombre de la calle, al que sólo se puede acceder indirectamente, aprovechando las ocasiones en que este poder se hace visible: las reuniones de empresarios en Davos o las reuniones periódicas del Banco Mundial, del FMI de la OTAN o de otros organismos internacionales. Estas circunstancias hacen del movimiento de protesta un movimiento abigarrado y algo caótico, porque las ecuaciones y las demandas son muy variadas, no siempre bien articuladas y no siempre compatibles unas con otras.

No obstante, el movimiento es un hecho de gran trascendencia histórica, que no se puede ignorar, y el impulso que lo pone en movimiento es tan real como la vida misma. La libre expansión del motivo de lucro a todas las esferas de la vida humana ha creado enormes injusticias, discriminaciones, abandonos y abusos. Hay que reconocerlo para no permitir que el individualismo nos lleve a la ruina y el caos. No todos los integrantes del movimiento anti-globalización tienen razón, pero el conjunto sí la tiene. Y hay que dársela, de palabra y de obra, abriéndose a sus propuestas más realistas y razonables y tratando de realizarlas.

LOS MODELOS DEBEN REMODELARSE

A medida que avanzaba la década de los 90, y al mismo tiempo que crecía la crítica a la economía neoliberal, crecía también la nostalgia por regímenes económicos sociales que se readecuaran al nuevo marco de la economía mundial, como alternativa a la globalización imperante. Esta crítica constructiva viene desde “el río arriba”, puesto que el siglo XX ha sido no sólo el de la confrontación Este-Oeste, también lo ha sido el de “la historia de los hermanos irreconciliables socialistas”. No existen “modelos” económicos prefabricados. Hay que construirlos. Los fundadores de la economía social de mercado, L. Erhard, K. Adenauer, A. Muller-Armarck, extrajeron importantes conclusiones de las terribles experiencias de la crisis económica mundial y del abuso desenfrenado del poder en que habían incurrido las dictaduras, tanto la del nacionalsocialismo nazi como la del comunismo soviético en Alemania del Este.

En Europa occidental se gestó el Estado social de bienestar, inspirado en principios socialistas o socialdemocrátas, cuyos dirigentes accedieron al poder por la vía parlamentaria. Esta corriente se opone al libre juego del mercado y a la dictadura de un partido todopoderoso. Durante tres largas décadas, lograron las mayores tasas de crecimiento, junto con una distribución equitativa de las rentas y de la seguridad social. La democracia, la equidad social, el bien común y la solidaridad eran ejes centrales de estos regímenes económicos. Pero las economías del Este y del Oeste, entraron después de 1973 en el proceso de estanflación económica mundial. Al mismo tiempo, revivía la nostalgia del pasado.

Desde esa nostalgia realista del pasado han proliferado desde inicios de los año 90 los encuentros que critican el neoliberalismo y que presentan alternativas al “fin de la historia”. Entre ellos, destaca la Cumbre sobre el Desarrollo Social de Copenhague (1995), que afirmó que el desarrollo con justicia social debe ser un compromiso de toda la comunidad internacional y de cada persona, porque cada uno de nosotros está llamado a cooperar en la construcción de un mundo más humano y fraterno.

Los “modelos” económicos están hechos para “remodelarse” de acuerdo al giro de la historia y a partir de la experiencia. Todo “experimento” debe ser evaluado por dos motivos: porque el modelo escogido puede no ser el más adecuado para el momento histórico del país y porque también suele ocurrir que las fuerzas o los grupos de poder, internos y externos, desvían el modelo de los objetivos pactados y cada grupo social los lee desde su propio interés. Peor aún, si el modelo, con el envoltorio de democracia, libertad, progreso humano, justicia y paz social, se impone para defender determinados intereses minoritarios. Éste parece ser el caso de la globalización neoliberal.

DE CUMBRE EN CUMBRE: PALABRAS HUECAS

En 1992 y en Río de Janeiro, la Cumbre de la Tierra aprobó la Agenda 21, olvidada hasta la siguiente Cumbre (Johannesburgo, 2002). El modo de producción y de consumo de las economías industrializadas amenaza con exterminar los recursos naturales, la salud y la vida de millones de seres humanos. Más de mil millones de personas no disponen de agua potable y casi tres mil millones consumen agua contaminada. Por la ingestión de esta agua 30 mil personas mueren cada día, diez veces más víctimas diarias que las que causaron los odiosos atentados del 11 de septiembre. En 1993 tuvo lugar la Cumbre de los Derechos Humanos (Viena), sobre los cuales volvió a insistir la Declaración del Milenio (2000). En 1994 se celebró la Cumbre del Crecimiento Demográfico (El Cairo). En 1996, en la Cumbre de la Mujer (Beijing) la discriminación contra las mujeres apareció como una de las lacras sociales mundiales. El tema volvió a aparecer con fuerza en el Foro Social de Bombay (2004).

Los documentos de Naciones Unidas previos a la Cumbre del Desarrollo Social de Copenhague (1995) señalaron: Las sociedades prósperas son las que existen en función del ser humano. Contrastaban esta afirmación con las realidades de la globalización: La pobreza se ha generalizado, disminuye el empleo productivo y crece la insolidaridad social, las sociedades se atomizan.

El creciente desempleo genera en todo el mundo una crisis económica, social, moral, de incertidumbre y de gobernabilidad. Al desempleo se le suma el crecimiento de la población, la pobreza, la deuda externa y la degradación ambiental. Esta Cumbre pasó y pocos celebraron sus aniversarios. La contradicción principal de la Cumbre -se dijo- radica en que, por un lado, dice que quiere erradicar la pobreza, pero por el otro lado, no puede desembarazarse del esquema neoliberal. No es extraño que los representantes de unas 2,500 organizaciones no gubernamentales, reunidas entonces en una Cumbre paralela declararan que la reunión oficial estaba llena de palabras huecas.

LA CRISIS DE LOS “TIGRES”

En ésas estábamos cuando en 1997-98 estalló la crisis mundial de los capitales especulativos financieros. La crisis surgió en los “tigres asiáticos” y sacudió las bolsas de valores desde Tokio a Wall Street tambaleando economías tan distintas y distantes como las de Rusia y Brasil.

Los capitales especulativos debilitan, con un efecto dominó, las economías más pobres, que carecen de sistemas monetarios sólidos. El financiero y filántropo griego George Soros, experto de primera fila en estos temas ha dicho: Aunque he hecho una fortuna en los mercados financieros, temo ahora que la intensificación sin trabas del capitalismo del “laissez faire” y la difusión de los valores del mercado en todas las áreas de la vida está poniendo en peligro nuestra sociedad abierta y democrática. La persecución sin inhibiciones del interés propio produce desigualdades e inestabilidad intolerables.

Los mercados financieros son inestables por naturaleza. Más todavía lo son los mercados financieros internacionales. Sin embargo, la idea de que los mercados deberían abandonarse a sus propios mecanismos, sigue siendo influyente.

NO PUEDE HABER UNA “SOCIEDAD DE MERCADO”

La inestabilidad que crea la expeculación financiera no se reduce al mercado financiero. La meta de los competidores es predominar, no es mantener la competencia en el mercado. La tendencia natural de los monopolios y los oligopolios debe ser limitada con regulaciones ¿A quién corresponde evitar una concentración de poder indebido y salvaguardar la estabilidad? Al Estado. Desde el final de la segunda guerra mundial, el Estado ha desempeñado un papel creciente en el mantenimiento de la estabilidad económica, y se ha esforzado por garantizar la igualdad de oportunidades y proporcionar una red de seguridad social, especialmente en las naciones altamente industrializadas de Europa y América del Norte.

Pero los gobiernos de Thatcher y Reagan comenzaron a reducir el papel del Estado en la economía. En consecuencia, los impuestos sobre el capital descendieron de forma significativa, mientras que los impuestos sobre el trabajo han seguido creciendo. Dani Rodrik, economista internacional, asegura que la globalización aumenta la demanda al Estado para que proporcione seguridad social, al tiempo que reduce su capacidad para proporcionarla. Aquí está el germen de los conflictos sociales.

Esto nos lleva a un terreno aún más crucial: el de los valores y la cohesión social. Toda sociedad necesita tener valores compartidos. Los valores del mercado no sirven para este propósito, porque sólo reflejan lo que un participante está dispuesto a pagar a otro en un intercambio libre. Los mercados reducen todo a mercancía, incluidos los seres humanos y la Naturaleza. Puede haber una economía de mercado, pero no una sociedad de mercado. Además de los mercados, la sociedad necesita instituciones con fines sociales como la libertad política y la justicia social. Esas instituciones existen en algunos países, pero no en la sociedad global.

QUIEN SUFRE ES LA GENTE, NO LOS GOBIERNOS

En la crítica contra este estado de cosas ha surgido en estos años desde los mismos centros del capitalismo. Cuando los miembros del G-7 (Washington 1998) no hallaban una solución a la crisis financiera mundial, James Wolfensohn, presidente del Banco Mundial, pronunció el discurso “La otra crisis”. Propuso ir más allá de la estabilización financiera y ocuparse de los problemas sociales: Hemos comprobado que cuando pedimos a los gobiernos que adopten medidas rigurosas para organizar sus economías podemos generar enormes tensiones. Quien sufre es la gente, no los gobiernos. Debemos aprender a entablar un debate en el que las matemáticas no valgan más que las razones humanitarias, en el que la necesidad de cambios, con frecuencia drásticos, sea compatible con la protección de los intereses de los pobres… Los problemas son demasiado graves y sus consecuencias demasiado importantes para conformarnos con las respuestas del pasado o con las modas e ideologías del momento.

En la actualidad, a raíz de la crisis -advirtió-, necesitamos otro esquema, que se ocupe de la conservación del medio ambiente, de la condición de la mujer, del desarrollo rural, de las poblaciones indígenas, del progreso en materia de infraestructura… Además, debemos garantizar que se fomente y enriquezca la cultura de cada país, de modo que el desarrollo se construya sobre fundamentos firmes basados en la historia de cada uno de ellos. Debemos recordar en todo momento que son los países y su gente quienes tienen que decidir cuáles son sus prioridades. Debemos recordar en todo momento que no podemos ni debemos imponer el desarrollo por decreto desde arriba o desde el exterior.

Aunque se trate de frases retóricas, el valor del discurso es el reconocimiento de las debilidades y errores de las políticas recomendadas o impuestas desde las instituciones internacionales, el reconocimeinto de que el verdadero desarrollo humano va más allá de los simples parámetros del crecimiento económico.

DAVOS: LA ÉLITE DEL CAPITALISMO

Desde 1970, se reúne en Davos la élite del capitalismo. En 1999, se congregaron más de mil líderes de empresas, unos 300 dirigentes políticos, incluidos 40 jefes de gobierno, y alrededor de 300 expertos en cuestiones económicas. La agenda del Foro Económico era “La globalidad responsable: la gestión del impacto de la globalización”. Los documentos previos presagiaban un debate tenso. La globalización debe adquirir un compromiso social, que no tenga como contrapartida la miseria y la exclusión de millones de seres humanos en el planeta.

Los organizadores del evento lo introdujeron con tonos críticos: La globalización ha sido conducida de manera irresponsable. Los problemas creados por la mundialización han desembocado en una crisis sistémica. O se diseñan nuevas medidas para hacer frente a la crisis o estamos condenados a entrar en un período de caos endémico y sistemático. El principal animador de la reunión, Klaus Schwab planteó la necesidad de crear mecanismos globales e institucionales para lograr que la globalización se traduzca en fuente de bienestar para millones de personas que han sido condenadas a la miseria y al desempleo.

George Soros había dicho que el Fondo Monetario Internacional no era parte de la solución, era parte del problema, dando a entender que su gestión no había sido la adecuada. Jeffrey Sachs dijo en El Salvador que el FMI es una institución frustrante, pues nunca admite cuando ha cometido un error. No importa lo que pase, ellos están en lo correcto y todos los demás se equivocan. Este tipo de arrogancia no es permisible en una institución internacional. Un último comentario suyo adelantó lo que sucedería años después en la Cumbre de Seattle: La gestión de los desafíos económicos internacionales no puede seguir siendo monopolio exclusivo de las grandes potencias, a cuyas reuniones asisten los representantes de las naciones emergentes como convidados de piedra.

Una vez iniciada la reunión de Davos 99, el FMI se resistió a ser sentado en el banquillo de los acusados. Los comentarios previos no generaron un proceso de autocrítica con propósito de enmienda. Admitió que los efectos de la globalización son cada vez más perturbadores en casi todo el mundo, pero afirmarlo que la globalización no puede ser controlada sin quebrar el mercado, sin resucitar la excesiva intervención gubernamental y sin espantar a los innovadores que crean la tecnología y a los inversores que ponen el dinero. Nos dijeron que esta globalización era imparable.

SEATTLE: ESTALLA EL MALESTAR

En Seattle estalló “el malestar de la globalización” y la tesis de Stiglitz -la teoría del libre comercio es un fraude intelectual- hizo historia. Unos 50 mil manifestantes invadieron las calles de la ciudad estadounidense. Decían: La OMC es la Babilonia del segundo milenio, una especie de siniestra organización de rostro anónimo, convertida en el motor de una globalización que sólo favorece a las grandes multinacionales. Los manifestantes se tomaron las calles para dar la palabra a aquellos que jamás la han tenido y para que la OMC escuche la voz de los ciudadanos. La ley de las multinacionales no es la democracia. Se trata de que los pequeños países se hagan escuchar.

De acuerdo a la tradición de otras Cumbres, los puntos y el orden de la agenda de Seattle fueron establecidos por las naciones industrializadas, mientras que los delegados de los países emergentes y en desarrollo asistieron como “convidados de piedra”. Allí surgió el debate sobre los subsidios a los agricultores europeos (40.5 miles de millones de euros anuales), similares a los que reciben los agricultores estadounidenses (22 mil millones de dólares).

Los delegados de los países pobres y emergentes echaron mano de la única respuesta que les estaba permitida. La norma de la OMC establece que el acuerdo final necesita el voto unánime de los 135 representantes de los países miembros. En Seattle triunfó el rechazo de los emergentes y de los países en desarrollo, que se negaron a firmar unos acuerdos finales que no les habían consultado. Cuando las discusiones, a puerta cerrada, se eternizaban y no se filtraba la información, los delegados de los países pobres, sin ánimo ni ilusión, aguardaron con paciencia en los pasillos. No sabemos qué decisiones se van a tomar y, una vez más, se nos pedirá suscribir un texto que ni tendremos tiempo para leer. Los países africanos denunciaron acremente su marginación del proceso de negociación. Norteamericanos y europeos jugaron con ellos a la política del palo y la zanahoria. La voz de los sin voz fue su desacuerdo, interpretado como una victoria. Así, Seattle fue, al mismo tiempo fracaso y victoria.

SUBSIDIOS: UNA HIPOCRESÍA Y UN GENOCIDIO

Dos años más tarde, Stiglitz resumió la historia del comercio internacional en una carta dirigida al G-7, reunido en Génova. El sistema de comercio global está en problemas. Se predica el libre comercio como el evangelio en todas partes, pero parece que los países no hacen caso de su propio mensaje. Sus mercados permanecen cerrados a muchos de los productos de los países en desarrollo y subsidian a sus agricultores en forma masiva, lo que hace imposible que los países en desarrollo puedan competir. El mensaje del G-7 parece ser: hagan lo que decimos, no lo que hacemos.

Stiglitz trasladó esta crítica a su obra “El malestar de la globalización”. Los críticos acusan a los países occidentales de hipócritas y con razón: forzaron a los países pobres a eliminar las barreras comerciales, pero ellos mantuvieron las suyas y les impidieron exportar productos agrícolas, privándolos de una renta indispensable, vía exportaciones. Estados Unidos es, por supuesto, uno de los grandes responsables.

En ese entonces, Stiglitz era presidente del Consejo de Asesores Económicos del gobierno estadounidense. Batallé duramente contra esta hipocresía -dijo-, que no sólo daña a las naciones en desarrollo, sino que cuesta a los norteamericanos, como consumidores, por los altos precios. Y como contribuyentes, por los costosos subsidios que deben financiar: miles de millones de dólares. Con demasiada asiduidad mis esfuerzos fueron vanos y prevalecieron los intereses particulares comerciales y financieros. Cuando me fui al Banco Mundial aprecié con toda claridad las consecuencias para los países en desarrollo.

¿Qué nombre se puede dar a esta historia del libre comercio internacional? Stiglitz usa muchas veces la palabra “hipocresía”. Quienes se oponen, con razón, a la ratificación del ALCA, hablan de “neocolonialismo”. En Davos (2001), la india Vandana Shiva, directora de la Fundación para la Ciencia y la Ecología, afirmó que el proceso de globalización, en especial las barreras que los países ricos levantan a los productos agrícolas de los más pobres, constituyen un genocidio en una escala que la humanidad nunca ha conocido. India -dijo- está levantando las últimas restricciones a las importaciones, desde el 1 de abril de 2001, para cumplir con las normas de la OMC, pese a que los países industrializados no levantarán las que pesan sobre productos textiles hasta el año 2005. Estamos pagando -señaló- un alto precio en términos de democracia. Porque con su globalización consiguen como respuesta la violencia, y entonces necesitan estados policíacos para defender este trato injusto.

QUITAN CON UNA MANO
MÁS DE LO QUE DICEN DAR CON LA OTRA

En Seattle estallaron las divergencias, existentes en casi todas las cumbres mundiales en torno al libre comercio. En Doha, la Unión Europea y Estados Unidos firmaron, sin ánimo de cumplir, un compromiso: reducciones de todas las formas de subvenciones a las exportaciones, con miras a su progresiva reducción, pero agregando que reducción no significa eliminación. En 2003, en Cancún se quebró la “OMC del Desarrollo”, no sólo por el incumplimiento del pacto de Doha, sino porque los representantes de Estados Unidos y la Unión Europea intentaron discutir primero “los temas de Singapur”: inversiones, derechos de propiedad intelectual, servicios públicos y libre competencia. Esta hibernación de la OMC permitió a los estadounidenses sustituir los contratos multilaterales por tratados bilaterales.
En la Xl Conferencia de la ONU sobre Comercio y Desarrollo de São Paulo (2004), Brasil organizó el Grupo de los Veinte (G-20) para oponerse a las subvenciones agrícolas de los países ricos. Posteriormente, en una reunión entre representantes de Estados Unidos, Europa, India, Australia y Brasil, se intentó, en vano, desbloquear las tensiones agrícolas. Lula aprovechó la reunión para reforzar una cooperación entre los países del Sur: Nosotros podríamos entonces reforzar la construcción de una nueva geografía comercial del mundo. Y propuso suprimir las barreras recíprocas sin extender esa ventaja a los países desarrollados. En la reunión, 44 países firmaron este acuerdo y Brasil espera que otro 40 se sumen. A los países en desarrollo les va quedando cada vez más claro que los países ricos les quitan con una mano mucho más de lo que dicen darles con la otra.

DAVOS 2000: UN OPTIMISMO EFÍMERO

En el Foro Económico de Davos (2000) soplaron aires nuevos. Los organizadores del Foro hablaron de un nuevo comienzo: de “la nueva economía”, del comercio electrónico y, más en concreto, de las transacciones vía electrónica, de empresa a empresa, con lo cual se eliminarían las intermediaciones inútiles. Esta modalidad sería el motor del crecimiento y del cambio de cultura económica y financiera del mundo desarrollado. No se esperan nubarrones en el horizonte -dijeron- la economía mundial crecerá 4.5 por ciento en el año 2000 y la crisis financiera quedó atrás. El euro se está consolidando y sobre todo la ‘nueva economía’ norteamericana está cumpliendo los 107 meses de crecimiento sostenido más largo de su historia. La nueva economía asegura que las futuras recesiones tendrán un efecto mucho menor y menos grave sobre la actividad económica, los beneficios empresariales y la cotización de las acciones.

Los estadounidenses llegaron a Davos con los aires triunfales de César -llegar, ver y vencer-, mientras los europeos escuchaban, como niños de escuela, los éxitos del “tótem del Internet”. El secretario del Tesoro de Estados Unidos, Larry Summers y Stanley Fischer, del FMI, encendieron la alarma. Fischer aseguró estar inquieto por la desbocada marcha de la economía norteamericana, que podría verse abocada a una caída drástica en el caso de que los actuales ritmos de crecimiento no puedan ser controlados.

En diciembre de ese mismo año 2000, Alan Greespan, presidente de la Reserva Federal de Estados Unidos reconoció: Nuestra tasa de crecimiento probablemente es cercana a cero. El epicentro de la sacudida económica se situó en la bolsa de valores. Entonces (Davos 2000) -señaló Greenspan- el optimismo fue desbordante y generalizado, y los asistentes proclamaron sin mucho recato que Internet, la fuente del crecimiento económico de los Estados Unidos y la exhuberancia de las bolsas de valores abrían una nueva prosperidad mundial. Pero en menos de un año los mercados de valores han trotado alegremente cuesta abajo, especialmente los títulos asociados a la nueva economía. Numerosas empresas de Internet han echado el cierre y Estados Unidos está viviendo un fuerte enfriamiento de su economía, que amenaza con arrastrar a la economía del resto del mundo.

IRAK EN LA MIRA

Un pequeño alto en el camino fue la primera victoria electoral de George W. Bush, cuando la economía estadounidense, víctima de una especulación interna y generalizada, entró en una seria ralentización. Dato a tener muy en cuenta: el 6 de noviembre de 2000, el gobierno de Irak, el segundo productor mundial de petróleo, trasladó todos sus petrodólares a la zona euro. Paul Harris, de la Universidad de Columbia y J. Stiglitz, Premio Nobel de Economía 2001, se preguntan qué pasaría si la OPEP se cambiara al euro. El déficit récord de la cuenta corriente de Estados Unidos se vería afectado de forma seria, así como también el estatus de Estados Unidos como principal nación deudora.

Otro dato que comenzó a llamar la atención: en 2002 el gobierno de Bush desvió su radar del escurridizo Osama Bin Laden, refugiado en las montañas de Afganistán, y lo enfiló sobre Saddam Hussein, quien se convirtió en la gran amenaza. Como no se puede declarar la guerra a un país por transferir sus activos a la zona euro, se hace necesario recurrir a las alucinaciones y a la mentira.

Desde marzo 2003, se sabía que la “guerra preventiva” contra Irak se asentaba en la alucinación y en la mentira. Paul O’Neil, primer secretario del Tesoro de Bush, afirmó que la caída de Saddam Hussein era prioridad de la Presidencia en enero 2001, ocho meses antes de los atentados del 11 de septiembre. La Casa Blanca anunciaba desde entonces planes de despliegue de fuerzas, de tribunales de guerra y de distribución de las riquezas petroleras. Hoy día está probado que nunca existieron las armas de destrucción masiva con las cuales se quiso legitimar la invasión y la destrucción de Irak.

AL LLEGAR EL NUEVO MILENIO

En la Cumbre de Naciones Unidas de noviembre 2000 se recopiló el cúmulo de problemas de finales del siglo XX. La Declaración del Milenio es un juicio severo al siglo XX y un compromiso -¿fallido?- para el nuevo milenio.

En esta Cumbre se trató el tema de la renovación del Consejo de Seguridad, muy poco representativo de la estructura demográfica y de la política mundial. Pero los cinco países “con poder de veto” (Estados Unidos, Rusia, China, Inglaterra y Francia) se opusieron a compartir el poder. Sólo permitieron que otros diez países se agregasen, en forma rotativa. Esta concentración de poder decisorio, en especial el “monopolio” del veto -basta un veto para anular cualquier decisión-, hace posible que se sigan cometiendo crímenes de guerra, genocidios y delitos de lesa humanidad.

Después, en la 58 Cumbre de Naciones Unidas (septiembre 2003) se plantearon preguntas como éstas: ¿Para qué sirve Naciones Unidas si no logra que se respeten sus resoluciones? ¿Cuál es la representatividad del Consejo de Seguridad y cuáles los criterios que le permiten decidir el uso de la fuerza? ¿Hay que conservar el derecho al veto? ¿Habrá que pensar en trasladar la sede Naciones Unidas fuera de Nueva York? ¿Cuál es la responsabilidad de la comunidad internacional cuando un Estado no protege a sus ciudadanos? Sólo 90 de los 191 países miembros de la ONU ha ratificado los estatutos de la Corte Penal Internacional. Sólo 5 de los 15 miembros del actual Consejo de Seguridad los han ratificado. Estados Unidos, Rusia y China, tres de los cinco Estados con poder de veto, no los han ratificado. ¿Cuál es la seguridad de los débiles y cuál la solidaridad con el dolor del mundo?

La Declaración del Milenio comienza con los “valores y principios”: la libertad, la igualdad, la solidaridad, la tolerancia, el respeto de la Naturaleza y la responsabilidad común. Sobre la solidaridad, se afirma: Los problemas mundiales deben abordarse de manera tal que los costos y las cargas se distribuyan con justicia, conforme a los principios fundamentales de la equidad y de la justicia social. Los que sufren, o los que menos se benefician, merecen la ayuda de los más beneficiados.

Hubo un acápite dedicado a la atención a las necesidades especiales de África, continente que acusó a los países ricos responsabilizándolos por su pobreza. África es un continente rico, pero los africanos somos pobres, dijeron. Algunos mandatarios africanos recordaron que en 1888 las potencias europeas se repartieron un continente rico en recursos naturales. ¿No hay lugar para un derecho retroactivo?

11 DE SEPTIEMBRE: MÁS INSEGURIDAD

Si el éxito de la globalización se mide por los enunciados y los puntos de agenda de los Foros Económicos de Davos, quiere decir que los “maestros del mundo” contemplan un horizonte cargado de nubarrones. En Davos 2000 hubo euforia por la “nueva economía”, y ésta entró en abierta recesión a finales de ese mismo año. La agenda del Foro Económico del siguiente año fue “recuperar el crecimiento y reducir las desigualdades”. Algo no marcha bien cuando se reduce el crecimiento y crecen las desigualdades. El gobierno de Bush no asistió a Davos en 2001, mientras que los expertos se planteaban si habría recesión mundial.

El 11 de septiembre de ese año ocurrieron los ataques terroristas, moral y humanamente condenables. Cuando Bush calificó esos ataques como la primera guerra del siglo XXI, introdujo un peligroso quiebre en la historia del nuevo milenio: el terrorismo pasó a ser el “problema número uno del mundo”. En este contexto, la OMC en Doha (2001), no pasó de ser un pacto de buenos compromisos, sin ánimo de cumplirlos. Sin embargo, surgió allí una novedad. Los manifestantes pacíficos, cansados de ir de cumbre en cumbre mundial con sus protestas, se congregaron en Porto Alegre para transformar las protestas en una propuesta alternativa: “Otro mundo es posible”. Desde entonces, Davos tiene un contrincante o un interlocutor en Porto Alegre.

El Foro Económico de Davos 2002 tuvo lugar en Nueva York, ante los restos humeantes de las torres gemelas. Su agenda fue la economía frágil, la inseguridad. La globalización de la ira se ha ido acelerando ante el rápido crecimiento de las desigualdades sociales, se dijo. La suerte económica pasó a segundo plano y Bush relanzó la guerra contra “el eje del mal”: Irak, Irán y Corea del Norte. La historia nos ha dado la oportunidad de defender la libertad y de combatir la tiranía -proclamó- y esto es lo que hará nuestro país. Tal vez algunos se cansarán. Otros, tal vez, se fatigarán ante nuestros esfuerzos por la libertad. No así yo, ni mi gobierno ni nuestro país.

No se quiso escuchar la reflexión de Gorbachov: Las víctimas de los atentados del 11 de septiembre no habrán muerto en vano si el mundo aprovecha la ocasión para mirarse en el espejo y reflexionar sobre sí mismo y establecer un compromiso moral, sin caer en el pánico. Sin embargo, el pánico se impuso y desplazó al compromiso moral.

GUERRA: LA OTRA CARA DEL NEOLIBERALISMO

En Porto Alegre se escucharon otras reflexiones. Rigoberta Menchú, Premio Nobel de la Paz, dijo: Después de los atentados los temas sociales han sido totalmente dejados a un lado como si el dolor norteamericano hubiera opacado el dolor de todos los pueblos que sufren.
Porto Alegre declara: Luego de los actos terroristas que nosotros condenamos, como condenamos todos los ataques contra civiles en cualquier parte del mundo, el gobierno de los Estados Unidos y sus aliados han lanzado una operación militar masiva en nombre de la guerra contra el terrorismo. La guerra terrorista contra Afganistán tiende a extenderse sobre otros frentes. Es el comienzo de una guerra planetaria permanente para consolidar la dominación del gobierno norteamericano y sus aliados. La guerra revela la otra cara del neoliberalismo brutal e inaceptable. En su esfuerzo por proteger los intereses de las grandes compañías, el gobierno norteamericano ha vuelto la espalda con arrogancia a las negociaciones sobre el efecto invernadero (Kyoto), al tratado de misiles antibalísticos (ABM 1972), a la Convención sobre biodiversidad y a la Convención sobre el racismo. Y ha demostrado, una vez más, que resuelve unilateralmente los problemas mundiales.

EL CELO DE BUSH ¿ES UN VELO?

Incluso dentro del Foro Económico de Nueva York hubo reacciones críticas de los gobiernos de Rusia, China, Francia y de otros países europeos al discurso de Bush. El Ministro de Asuntos Exteriores de Francia dijo: Estamos amenazados hoy día por el nuevo simplismo de reducir todos los problemas del mundo a la simple lucha contra el terrorismo. Esto no es serio y no se puede aceptar esta idea. Si no estamos de acuerdo con las políticas norteamericanas debemos decirlo. Podemos decirlo y debemos decirlo.

Tal vez, la crítica más breve y más certera la hizo el arzobispo de Canterbury, G. Carey: El capitalismo plantea hoy un interrogante. Es una sola palabra: Enron. En la economía estadounidense se abrían ya grietas financieras, hechura de la tramposa especulación, encubierta por falsas auditorías y paraísos fiscales. La estrepitosa quiebra de Enron, la primera empresa de la rama de energía que salpicaba a La Casa Blanca y la de Global Crossing, número uno en tecnología de fibra óptica, investigada por el FBI, hicieron que el tema de los capitales especulativos formara parte de la agenda de Davos y de Nueva York, también de la de Porto Alegre. Muchos autores comenzaron a preguntarse si el celo belicoso de Bush contra el eje del mal externo no sería un velo tupido sobre el eje del mal interno, ya que varios estudios muestran que la serie de quiebras fraudulentas de tantas grandes compañías ha hecho más daño a la economía estadounidense que los ataques del 11 septiembre.

MONTERREY Y JOHANNESBURGO:
SIN PENA NI GLORIA

En estas circunstancias, la Cumbre convocada por Naciones Unidas en Monterrey 2002, dedicada al financiamiento del desarrollo y el alivio de la pobreza, pasó sin pena ni gloria. La solidaridad brilló por su ausencia, pese a que el cálido discurso de Jacques Chirac se centró en la mundialización de la solidaridad. Esta luz la apagó el discurso de Bush: Nosotros luchamos contra la pobreza con la esperanza de que ello sea una respuesta el terrorismo. Atacamos la pobreza, la indigencia, la falta de educación y a los ineficientes gobiernos que, con frecuencia, permiten que se den situaciones que los terroristas aprovechan para su causa.

Tampoco tuvo mejor suerte la Cumbre del Desarrollo Sostenible de Johannesburgo, justo una semana antes de celebrarse el primer aniversario del 11 de septiembre. La Agenda 21, firmada en Río de Janeiro permanecía estancada. La degradación ambiental se estaba convirtiendo en el creciente exterminio de los recursos naturales y en un lento, pero cruel “terrorismo” para la salud y la vida de millones de personas en todo el mundo. Los documentos de la Cumbre presentaban la gravedad de los problemas.

Diez años antes, en Río de Janeiro, había sonado la alarma: se recalienta el clima, el agua limpia es un bien escaso, decenas de especies vivas se extinguen, la pobreza total abate a millones de seres humanos. Y se había advertido: La causa principal de la degradación progresiva del medio ambiente mundial es un esquema de producción y de consumo inviables, sobre todo en los países industrializados, que es extremadamente preocupante por cuanto agrava la pobreza y los desequilibrios.

Los discursos de Chirac y de Schröder trataron de catalizar la solidaridad mundial, de manera especial en los países más ricos y más contaminantes. Propusieron un compromiso concreto: que el 15 % de la energía mundial fuera energía limpia y renovable. Ambos países se ofrecían a ayudar, técnica y financieramente, a los países pobres para aplicar estas nuevas fuentes de generación energética. Pero la insolidaridad se impuso cuando Estados Unidos, el país más contaminante, volvió a negarse a ratificar el Protocolo de Kyoto -es malo para la economía- y, además, junto con otros países petroleros, no apoyó la propuesta franco-alemana.

DAVOS 2003: LA “GUERRA SANTA” DE BUSH

“Construir la confianza” fue el punto central de la agenda del Foro Económico de Davos de 2003. La confianza se había perdido y era lo último que se podía perder. Los organizadores del Foro enviaron a los convocados el resultado de una encuesta hecha a 36 mil personas de 47 países. Le Monde resumía así sus resultados: Los dirigentes de las empresas están perdiendo masivamente la confianza del público. De todas las categorías, los dirigentes de las organizaciones no gubernamentales son los más creíbles para la mayoría de ciudadanos (56%), seguidos por los líderes de Naciones Unidas y los jefes religiosos (41% y 42%). A los dirigentes de Estados Unidos se les concede la menor confianza. Y una mayoría de ciudadanos está en desacuerdo con la dirección en que evoluciona el mundo. ¿Cómo puede haber confianza cuando el mayor imperio defiende sus intereses económicos con tácticas de guerra? En Davos no se habló de economía, sino de la guerra, que sigue siendo una amenaza para la economía y para la humanidad.

Los discursos de Bush del 6 y el 16 de marzo 2003 estuvieron plagados de alucinaciones, falacias y mentiras: Estoy convencido de que el pueblo norteamericano comprende que cuando se trata de nuestra seguridad, si debemos actuar vamos a actuar, y no necesitamos la aprobación de Naciones Unidas para hacerlo. No necesitamos el permiso de nadie. No dejaré al pueblo norteamericano a la merced de un dictador iraquí y de sus armas... Mi fe me sostiene, porque yo oro cada día. Pido que mi fe me guíe y me dé sabiduría y fuerza. Bush es prisionero de la peor alucinación, la que transforma una guerra económica en “guerra santa”.

El discurso del 16 de marzo agregó a esto la calumnia: Desde hace más de diez años Estados Unidos y otros países han realizado pacientes y honrados esfuerzos para desarmar al régimen de Irak sin recurrir a la guerra. Nuestra buena fe no ha sido reconocida. El régimen iraquí ha utilizado la vía diplomática como una estrategia para ganar tiempo a su favor. Informes acumulados por éste y otros gobiernos no dejan duda alguna de que el régimen iraquí posee y esconde armas mortales jamás imaginadas. Este régimen ya ha utilizado armas de destrucción masiva contra los pueblos vecinos de Irak y contra el pueblo iraquí. Odia profundamente a Estados Unidos y a nuestros amigos y ha ayudado, entrenado y albergado a terroristas, incluidos agentes de Al Qaeda... Norteamérica ha procurado trabajar con Naciones Unidas para arreglar esta amenaza de manera pacífica. El Consejo de Seguridad de Naciones Unidas incumplió sus responsabilidades y, por lo tanto, nosotros vamos a tomar las nuestras.

El resto de la historia es conocido y convierte al gobierno de Estados Unidos en el verdadero “eje del mal”.

CANCÚN: NUEVO GOLPE AL MULTILATERALISMO

Por desgracia, las tácticas de guerra se aplican actualmente a las relaciones comerciales. En la OMC en Cancún se utilizaron tácticas de guerra. El fracaso de Cancún fue un nuevo golpe al multilateralismo y a los esfuerzos por regular la globalización. Porque en un mundo dominado por una única superpotencia, la elaboración de reglas comunes, vinculantes para todos, es una protección mucho más eficaz para los débiles que un cara a cara bilateral y desigual con Estados Unidos.

Tras el fracaso de Cancún, Horst Kholer, del FMI, comentó: El bloqueo de las negociaciones comerciales internacionales en Cancún no ayuda ciertamente a reforzar la confianza a escala mundial. El comercio es un agente poderoso del crecimiento mundial y de la reducción de la pobreza. Los dirigentes de los grandes países industrializados tienen en sus manos la clave del éxito en las negociaciones, donde la agricultura es la clave de un decisivo progreso.
Wolfensohn, del Banco Mundial, defendió un nuevo equilibrio entre países ricos y pobres. Y comentó: Lo sucedido en Cancún debe verse como una señal de alarma, porque los países en desarrollo -más de 3 mil millones de personas- consideran inaceptable una concepción de las negociaciones donde se espera de ellos que simplemente respondan a las propuestas de los países ricos. Dos tercios de los países en desarrollo dependen de la agricultura para su subsistencia y los países más ricos gastan más de 300 mil millones de dólares al año en subvenciones agrícolas y sólo 56 mil millones de dólares, en ayuda pública al desarrollo. Nicholas Stern, economista jefe del Banco Mundial, calificó el sistema de subvenciones de los países ricos como políticamente obsoleto, económicamente aberrante, destructivo del medio ambiente y éticamente indefendible.
Y reclamó: Ya es tiempo de hacer un alto.

OTRO MUNDO ES POSIBLE... Y DESEABLE

En los Foros Sociales de Porto Alegre se proclama que “Otro mundo es posible”. Sorpresivamente, en Davos 2004 se afirmó que “Otro mundo es deseable”. Parecería que Davos “se portoalegriza”. Philipe Bourguignon y Thierry Malleret, directores del Foro de Davos, afirman que el desafío mundial requiere integrar tres objetivos claves: cooperación, seguridad y prosperidad. En el mundo actual -dicen- no es posible la seguridad sin la prosperidad, ni la prosperidad sin la seguridad. Ambos objetivos son inseparables. Los problemas globales no pueden resolverse más que de una manera global, es decir, incluyendo a todos los actores clave en la búsqueda de soluciones. De ahí la idea simple de la ‘inseparabilidad’ de las tres nociones.

En esta correlación triangular, la ausencia de uno de los tres ingredientes compromete la idea misma de progreso. ¿Por qué? Es claro que vivimos un sentimiento de inseguridad y que, a ejemplo del 11 de septiembre, pueden repetirse graves incidentes de amplia repercusión. La mayoría de países desarrollados están pagando una ‘sobretasa Bin Laden’, que se traduce en miles de millones de euros, gastos militares, millones de horas perdidas en los aeropuertos a causa de los mayores controles de seguridad. Muchas industrias y servicios sienten el azote del terrorismo, al que se suman más de quince conflictos entre Estados, docenas de guerras civiles y larvadas luchas interétnicas.

Lo bueno de estos dos autores es que introducen el concepto que Kofi Annan llamara en la 58ª Asamblea General de Naciones Unidas la seguridad humana. A todos interesa mejorar la “seguridad humana” porque es ahí donde se relaciona seguridad con prosperidad. Si hoy día 1 mil 800 millones viven con menos de un dólar al día, ¿es sólo problema de ellos? No, es un problema de todos. Aun sin tener en cuenta la obligación moral, es conveniente que los países ricos ayuden a los países pobres. Porque vivimos en una aldea global cada vez más interdependiente. La pobreza y la frustración de los demás se convierten en nuestra amenaza: aumenta la emigración ilegal, hay mayor contaminación ambiental, enfermedades contagiosas, fanatismo y terrorismo.
Es necesario dar un sentido más amplio al concepto de prosperidad. No sólo es la capacidad de los países desarrollados para mantener un ritmo normal de crecimiento.

Es también compartir, en forma equitativa, los frutos del crecimiento. Es un mecanismo capaz de abolir la aterradora fosa que separa a los países pobres de los países ricos. Y esto no se realiza de forma espontánea porque, en contra de la teoría en boga, los países ricos se enriquecen más rápido que los pobres. El Internet, el celular y los aviones nos reducen el mundo y nos crean el sentimiento de cercanía. Ponen al descubierto problemas que parecían estar lejanos y controlados.

SÓLO CON COOPERACIÓN

¿Cómo resolver los problemas globales? ¿Cómo mejorar, al mismo tiempo, la seguridad y la prosperidad? Con la cooperación. No hay otra solución. Porque nadie, ningún grupo, ningún país, ninguna institución, dispone de los medios y de la necesaria legitimidad para enfrentar por sí misma esta inmensa tarea. Hoy día, la búsqueda de soluciones viables exige una forma de gobierno en red, un gobierno centrado en la cooperación entre la empresa -instituciones que crean el valor-, la política -gobiernos y parlamentos- y la sociedad civil ampliada -organizaciones no gubernamentales, líderes sindicales, religiosos y académicos-. Integrar la empresa y la sociedad civil significa ampliar la representatividad y con ello, la legitimidad, algo muy necesario, porque el mundo de la empresa y de la sociedad civil son verdaderos actores mundiales, a diferencia de los gobiernos, que tienen el poder de legislar, pero que actúan localmente. Es ésta una idea simple, pero muy eficaz para elaborar hoy en común las soluciones a los problemas del mañana.

Al acabar de leer este resumen, surge la pregunta: ¿Será posible integrar el “otro mundo posible” de Porto Alegre y Bombay con el “otro mundo deseable” de Davos? En enero de 2003, Lula da Silva habló en Porto Alegre y luego en Davos. Dicen que su discurso fue el más aplaudido. En enero 2004, Joseph Stiglitz habló en Bombay y también en Davos. En Davos se dijo algo tan real como provocador: El eje del mal es la pobreza, el sida y la guerra. ¿Se estará abriendo ya la estrecha ruta hacia la globalización de la solidaridad? Es posible y sería lo deseable. Pero todavía “son pocos los que quieren entrar por ella”.

CATEDRÁTICO DEL DEPARTAMENTO DE ECONOMÍA DE LA UCA DE SAN SALVADOR. TEXTO ORIGINAL EN ECA (ESTUDIOS CENTROAMERICANOS), REVISTA DE LA UNIVERSIDAD “JOSÉ SIMEÓN CAÑAS”, NOVIEMBRE-DICIEMBRE 2004. RESUMEN DE ENVÍO.

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