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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 221 | Agosto 2000
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Centroamérica

La opción del aborto: reflexiones urgentes

Desde Nicaragua, una mujer, José Hohne- Sparborth, teóloga y religiosa católica holandesa, especialista en Pastoral corporal, quien visita periódicamente Nicaragua y El Salvador, donde trabaja con mujeres y niñas centroamericanas, víctimas de incesto y de violencia sexual, escribe a un varón con poder en la Iglesia Católica una carta abierta donde cuestiona la doctrina eclesiástica que condena el aborto.

José Höhne-Sparborth

Querido hermano: Con mucha frecuencia te he escuchado dirigirnos mensajes -cartas pastorales, exhortaciones, homilías- a nosotras, las mujeres, llamándonos "queridas hermanas". Esto me da suficiente valor para dirigirme a ti como "hermano" y para explicarte lo que sentimos las mujeres.

A menudo siento en tus mensajes que te falta conocimiento de la realidad de las mujeres. Como hermana, quiero ayudarte a reflexionar desde esa realidad. Porque tu realidad, de varón, y de varón sin pareja femenina, te dificulta comprender todas las realidades humanas, y especialmente, no te facilita hablar con propiedad de la realidad de las mujeres.

Con frecuencia, tus mensajes insisten en la importancia de que las mujeres cumplamos la voluntad de Dios complementando al varón, ayudándolo, sosteniéndolo. Con frecuencia, incluyes también en tus mensajes la advertencia de que, según la voluntad de Dios, la opción del aborto es siempre un pecado grave, aun cuando el embarazo sea fruto de una violación sexual. Hermano, ¿cómo es posible que estés tan seguro de cuál es la voluntad de Dios? Aunque una carta es insuficiente para hablar con fundamento de todos los dilemas que se nos plantean a las mujeres ante la opción del aborto, quisiera decirte, desde nuestra realidad, que no nos sentimos identificadas con tus mensajes.

Para ilustrar algunos de tus mensajes mencionas a menudo el versículo bíblico: "Creó Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le creó, varón y mujer los creó". Estas palabras me permiten pensar en Dios y amarlo tanto en su realidad femenina como en su realidad masculina. Dios es mi Hermana y mi Hermano, es Padre y es Madre.

Nuestra Hermana Dios sí sabe de nuestras realidades. Nuestro Padre Dios también. Bajan del cielo y nos dicen: "Bien vista tengo la aflicción de mi pueblo en Egipto, y he escuchado el clamor que le arrancan sus opresores. Ya conozco sus sufrimientos y he bajado para librarle de la mano de sus opresores y para subirle a una tierra buena y espaciosa... Ahora, ve, yo te envío a Faraón, para que saques a mi pueblo de Egipto."

Hermano, bien sabes que Dios envió a Moisés y que Moisés sacó al pueblo de Egipto, liberándole de la opresión. Seguramente sabes también que fue hasta después de su liberación, caminando por el desierto en busca de la nueva tierra, cuando el pueblo recibió los mandamientos. Y es que así sucede siempre en todo proceso de liberación: los mandamientos sirven después de que se ha producido la liberación de la opresión.

Te pido que recibas esta carta como una carta de tu Hermana Dios. Hermana Dios tiene bien vista la aflicción de nosotras y ha escuchado el clamor que nos arrancan nuestros opresores, conoce nuestros sufrimientos y ha bajado para liberarnos de la mano de nuestros opresores y para llevarnos a una tierra buena y espaciosa... Y ahora, ella quiere sacar a su pueblo de Egipto. ¿Quién será aquel a quien Hermana Dios envía con esta misión? Puede que seas tú mismo.

Esto me anima a contarte de las realidades de millones de mujeres, para que busques posibilidades de sacarlas de la opresión que padecen. Pero, para poder hacerlo, necesitas saber de sus sufrimientos y de las causas de esos sufrimientos. Como siempre condenas la opción del aborto, permíteme que reflexione especialmente contigo sobre los sufrimientos de millones de mujeres que son víctimas de la violencia sexual.

Afirmas que la opción del aborto es siempre un pecado grave. No, querido hermano, es algo mucho peor. La opción del aborto es el horror más grave en la vida de una mujer. Realmente, ¿piensas que exista una sola mujer que no sufra terriblemente al optar por el aborto? Lo que quiero explicarte es que optar por un aborto es muchas veces el final de un proceso de sufrimiento muy largo. Y es sobre ese sufrimiento que debemos reflexionar.

Somos muchos y muchas las que estamos categóricamente en contra de una gestación vivida en la desesperanza, las que nos oponemos a un embarazo no deseado. Somos muchas y muchos quienes tenemos la convicción de que cada niña y cada niño tiene el derecho de venir al mundo siendo deseado. El sufrimiento, los traumas y las frustraciones que padecen las niñas y los niños que nacieron sin ser deseados son terribles. Luchar contra ese estigma dura toda la vida y a veces no se logra superar. Quisiera, hermano, que escucharas el clamor de todas las mujeres y de todos los varones que saben de ese sufrimiento. Durante muchos años yo lo he escuchado y he meditado en ese dolor.

Quiero hablarte principalmente del grave sufrimiento que padecen las mujeres que son víctimas de la violencia sexual. No son pocas, son millones. En Holanda, mi país, el 20% de las mujeres ha sufrido alguna forma de violencia sexual. En Costa Rica, el 80% la ha padecido. Una gran cantidad de estas mujeres ha sido víctima de incesto. Esto significa que desde niñas muy pequeñas sufrieron esa tortura. El incesto es una tortura. La violencia sexual es una tortura. Y la tortura deja secuelas que duran toda la vida. Son infinitos los daños que quedan. Me he dedicado durante años a luchar contra esos daños.

Existen millones de mujeres que han perdido la capacidad de amar, la capacidad de confiar en la gente y la confianza en sí mismas. Existen millones de mujeres que han perdido la capacidad de sentir emociones. Existen millones de mujeres que perdieron la capacidad de ser madres y también la capacidad de ser hermanas. Son millones las mujeres que han perdido la capacidad de comunicarse con otras personas, la posibilidad de dormir tranquilas, la capacidad de convivir con otros. Perdieron la capacidad de concentrarse, y enredadadas en la culpa y el odio a sí mismas, caen en la delincuencia, se mutilan, se suicidan.

El incesto provoca daños tan profundos que predispone a las mujeres para ser continuas víctimas de la violencia sexual, aun de la perpetrada a sangre fría. El incesto deja huellas tan hondas en las mujeres que éstas pierden, para toda su vida, la capacidad de defenderse de la violencia de los hombres y la posibilidad de diferenciar entre hombres buenos y hombres malos. La huella del incesto hace que vivan siempre con angustia la relación con cualquier hombre.

Aun cuando estos daños son terribles y muy profundos, existen millones de mujeres que han sabido reconquistar su capacidad de dar y de recibir amor, millones que supieron recuperar la confianza en los demás y en sí mismas. Existen millones de mujeres que lograron reconectarse con sus emociones y volver a sentir, que supieron restaurar su capacidad de concentrarse, la posibilidad de comunicarse y de dormir tranquilas. Hay millones de mujeres que volvieron a sentirse capaces de ser madres y de ser hermanas.

Una cosa une a todas estas mujeres: luchan por todos los medios y con grandes esfuerzos para vencer el pasado. Todas ellas sufren siempre que vuelve a su memoria la violencia sexual que padecieron, todas gastan mucho tiempo y dinero en ayuda sicológica para salir adelante, se mudan de ciudad o de país o dejan sus familias buscando olvidar para volver a empezar. Todas ellas buscan amigas para compartir sus historias de sufrimiento y pierden amigas y amigos que no soportan cargar con el peso de tanto dolor.

Viviendo situaciones tan dolorosas, hermano, muchas mujeres no son capaces de llevar adelante un embarazo producto de una violación. Son muchísimas las mujeres a quienes el abuso sexual las ha llevado a vivir en un permanente estado de schock y a reaccionar como autómatas: no saben defenderse de la violencia sexual, y para ellas un embarazo no es más que la continuación de la tortura. Las reacciones ante un embarazo son diversas. Algunas aceptan que la tortura continúe, incapaces de defenderse, y regalan al bebé cuando nace. Otras lo matan al nacer. Algunas se someten a que la tortura continúe y dan a luz a un niño o a una niña que, desde que nace, siente que no fue deseada. Algunas mujeres aceptan que la tortura continúe y asumen la responsabilidad de ser madres. Otras logran desarrollar la capacidad de amar a la criatura. Hay otras que, al saberse embarazadas, no aceptan que continúe la tortura y se suicidan. Otras quieren que no se prolongue la tortura y optan por el aborto. Hay mujeres que eligen el aborto como una forma de desprecio a sí mismas, como expresión del odio tan profundo que el incesto les ha hecho sentir por ellas mismas. Supongo que entiendes, hermano, que es necesario tenerse algo de amor a una misma para transmitir vida a un nuevo ser humano.

Hermano, no creas que optar por el aborto pone fin a la tortura que sufren las mujeres víctimas de violencia sexual y de incesto. No creas tampoco que exista una sola mujer que decida abortar sin un gran sufrimiento. No te imagines que haya una sola mujer a la que le agrade y le guste elegir el aborto. Muchas mujeres que viendo que la tortura se prolongaba en el embarazo no encontraron otro modo de detener el sufrimiento que optando por el aborto, viven después toda su vida teniendo presente el espíritu de su niño o de su niña no nacida. Qué dolor el de las niñas torturadas por el incesto, el de las niñas que crecen sin el amor de sus madres, el de las mujeres a las que se les quitó la alegría de vivir. Qué dolor el de los niños y las niñas matadas al nacer, qué dolor el de quienes no nacieron y cuyo espíritu sigue presente en la vida de tantas mujeres...

Sin embargo, en medio de tanto dolor, puedo asegurarte que existen muchísimas mujeres en todo el mundo, y cada vez somos más, que luchamos juntas para vencer estos daños, que luchamos para enseñar a las mujeres a defenderse de la violencia de los hombres, para enseñarlas a diferenciar entre los hombres buenos y los hombres malos, que luchamos para que aprendan a evitar los embarazos no deseados y a protegerse contra toda intimidación y abuso de poder.

Hermano, debemos estar unidos y unidas primeramente en la convicción de que un embarazo no deseado es algo terrible, que gestar una vida en la desesperanza es una tortura. A partir de ahí, preguntémonos cómo evitar tanta violencia.

Hermano, tenemos que aceptar que son los varones los causantes de tantas torturas. Son millones los varones que actúan como torturadores de las mujeres. Debemos reflexionar sobre esta realidad. Es un error pensar que estos hombres son personas depravadas. No, muchísimos de ellos son educados y hasta gentiles y actúan así porque quieren que las mujeres respondan a todas sus necesidades y a todos sus deseos. Una gran parte de estos hombres no saben diferenciar entre los deseos que les son formalmente aceptados en la cultura patriarcal y los deseos que esconden, pero que también les tolera esta cultura. Estos hombres no conocen límites para sus deseos, desconocen cómo establecer límites, y para ellos las violaciones sexuales no son más que una prolongación del comportamiento de seres que, por creerse superiores, dominan e imponen su poder forzando a las mujeres a servir a cualquiera de sus deseos.

Hermano, debemos reflexionar también sobre las expresiones de nuestra cultura que preparan a los varones para creerse y sentirse superiores y ser dominantes y que preparan a las mujeres para ser víctimas.

A los niños varones se les enseña a ser fuertes y a no mostrar sus emociones. Se les enseña a competir para vencer y dominar a los demás. Se les enseña que Dios es varón y que es todopoderoso. Los niños católicos aprenden que sólo los varones pueden representar a Dios y ven cómo los sacerdotes pronuncian palabras extrañas y se visten de oro como si fueran dioses. Aprenden así que ellos también pueden ser una especie de dioses cuando dominan y se imponen sobre los demás. Desde pequeños, los niños ven revistas donde los cuerpos de las mujeres son una mercancía más y donde los varones adultos que más valen son los que poseen las mujeres más bonitas. Con todo este conjunto de mensajes, hace falta muy poco para que en los niños varones se subdesarrolle la intuición, esa brújula que les alertaría sobre los límites que deben poner a sus deseos de dominar.

A las niñas se les enseña a ser tranquilas y a dejarse querer, se les enseña que Dios es varón y todopoderoso, se les enseña a amar a todo el mundo, a ponerse al servicio de los demás. Se les pone como modelo y ejemplo la obediencia de María a la voluntad de un Dios masculino, se les enseña a imitar a Jesús aceptando la cruz. Desde pequeñas, las niñas católicas aprenden que son solamente los varones quienes pueden representar a Dios y terminan creyendo que los varones pueden todo y pueden hacerlo todo. Así, las niñas aprenden a sentirse inferiores a los varones, incapaces de vencer. Es en ese proceso en el que aprenden a aceptar la voluntad de un padre incestuoso y la sumisión a sus deseos como una cruz que deben cargar. Este conjunto de mensajes prepara a las mujeres para ser víctimas. Para que lleguen a serlo basta que un sólo varón que no conozca los límites de sus deseos de dominación se cruce en su camino.

Querido hermano, ahora, ve a Faraón para que saques a mi pueblo de Egipto. Hermana Dios te manda también a ti. Te pide que hagas todos los esfuerzos, todo lo posible para que todas y todos nos liberemos de una cultura que prepara a los niños para dominar y a las niñas para someterse. Confío en que actúes con prisa. Cada día es mayor el número de las víctimas.

Y cuando hayas hecho todos tus esfuerzos para liberarnos de esta cultura violenta y cruel, te aseguro, hermano, que todas las mujeres te acompañaremos en la lucha contra el aborto, porque sólo una mujer que haya tenido que optar por el aborto sabe la insondable dimensión de ese dolor.

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