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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 419 | Febrero 2017
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Panamá

Un sacerdote, una cooperativa y un campesinado que domó a las élites

Las personas despiertan y se organizan al darse cuenta de que, por pocos que sean, sus recursos tienen valor. Cuando se dan cuenta de que pueden vivir sin tener que ser peones o patrones. Las personas caminan al descubrir la fuerza de la comunidad y de la fe. Las personas abren su mente cuando se sienten inspiradas por ejemplos de coherencia personal. Mucho de esto es lo que han vivido mujeres y hombres, socios de la cooperativa “La Esperanza de los Campesinos” de Panamá.

René Mendoza Vidaurre

En Centroamérica, ¿cuál es la cooperativa campesina con mayor fuerza en el comercio, la que se encarga de todo el procesamiento del café, la que despulpa, seca, trilla, tuesta, muele y comercializa todo el café de sus asociados y el café que compra a otros? ¿Cuál es la cooperativa de raíz cristiana más antigua de nuestra región? Aunque nació hace décadas, hace poco lo supe. Es la Cooperativa “Esperanza de los Campesinos” de Santa Fe de Veraguas en Panamá.

Su gestación, el camino que ha recorrido y su horizonte iluminan desde hace 47 años a otras cooperativas centroamericanas. Algo de lo que aprendí durante una semana de esta importante experiencia, conversando con quienes fundaron la cooperativa, con algunos de sus asociados, con el personal que trabaja en ella y con responsables de otras cooperativas con las que colaboran, es lo que quiero compartir.

SANTA FE, TIERRA REBELDE


Santa Fe es un corregimiento y cabecera del distrito de Santa Fe en la provincia panameña de Veraguas. En el país es un lugar conocido por su historia de rebeldía. Fundado por los españoles en 1557 bajo banderas cristianas -como su nombre y el de lugares vecinos lo atestiguan: San José, San Francisco-, conoció la resistencia de los caciques indígenas Quibián y Urracá, que defendieron sus territorios. Un siglo después, en 1630, Santa Fe se convirtió en capital de la provincia de Veraguas. Tres siglos después, en 1959, sería testigo, en el Cerro El Tute, del alzamiento de los estudiantes de la Escuela Normal contra los militares del mandatario Ernesto de la Guardia.

Hoy, Santa Fe de Veraguas es conocido en América Latina por el trabajo que allí desarrolló un sacerdote colombiano, Héctor Gallego, que desde 1968 y durante tres años trabajó con los campesinos y fundó esa cooperativa, hasta que el gobierno -en la Presidencia Omar Torrijos- lo mandó a matar en 1971, escondiendo su cuerpo, convirtiéndolo así en uno de los primeros “desaparecidos” del continente.

El padre Héctor marcó la historia de Santa Fe: con él hay un antes y un después. Él cambió la vida de este lugar y de esta gente para siempre. Serviliano Aguilar, uno de los primeros “cambiados” afirma que Santa Fe es “tierra santa porque Héctor fue un mártir”. Fue uno de los primeros mártires de una Iglesia que se afirmaba en el compromiso social después de concluido en Roma en 1965 el Concilio Vaticano Segundo y de celebrada, en 1968, en Medellín, la segunda conferencia del Episcopado Latinoamericano.

TODOS DEPENDÍAN DE UN PATRÓN


Cuando Héctor Gallego llegó a Santa Fe no había allí ninguna carretera, los caminos se enlodaban en el invierno y una densa montaña boscosa era aún “tierra nacional”. Se producía allí bastante café, se criaba bastante ganado y el microclima era más frío que lo que es hoy. Había en Santa Fe algunos grandes cafetaleros, tiendas de chinos acaudalados y muchos pequeños productores y familias sin tierra que vivían de vender su fuerza de trabajo, los hombres por 60 centavos de dólar diarios después de diez horas de faena. Las mujeres tenían que trabajar cuatro días durante diez horas para ganar esos mismos 60 centavos. La mayoría de la población era analfabeta y sólo unos pocos habían llegado al tercer grado de primaria.

Bien pronto el padre Héctor captó las enormes injusticias que dominaban Santa Fe. “Todos dependían de un patrón, salvo excepciones”, decía en una emisora radial una semana antes de que el gobierno lo desapareciera. Para la mayoría de los campesinos de Santa Fe la perspectiva de futuro era vivir siempre como peones o, si conseguían trabajar sin un patrón, el único modelo y referencia que tenían era seguir el camino que había hecho ricos a los ricos del lugar.

“ESE DÍA CAMBIÉ PARA SIEMPRE”


Jacinto Peña, quien pronto se volvió discípulo del padre Héctor y fue el último que lo vio ante de que lo desaparecieran, recuerda el día en que se cruzó con el recién llegado: “En 1968 venía yo un día caminando cuando vi a un desconocido montado en mula. Me extendió su mano para saludarme: Soy el sacerdote de Santa Fe, me dijo. No le creo, los sacerdotes sólo saludan a los ricos, le respondí yo. Y él: Siempre hay una primera vez... Le invito a una reunión este jueves. Yo no tengo tiempo para reuniones, reaccioné yo bajando la cabeza. ¿No? Ésa es la gente que yo ando buscando, la gente que no tiene tiempo, me dijo. Y me dejó con las patas en el aire. Fui a la reunión. Lo vi saludando también a los niños y eso me impactó. Nos sentamos en círculo. Lo que vi ese día, lo que escuché ese día, me hizo pensar diferente. Ese día cambié para siempre”.

El padre Héctor generaba cambios con su actitud. Rubén Rodríguez, “el Chino” lo recuerda así: “Estaba un día conversando con un amigo que tenía la camisa sucia y rota y en eso apareció el padre Héctor. Nos saludó y le dijo a mi amigo: Debes quererte a ti mismo. Andar arreglado es también quererse. Sácate esa camisa y ponte la mía. Mi amigo quedó sin habla. A mí me dio vergüenza y no supe qué decir. De tiempo en tiempo volví a ver a mi amigo y siempre andaba arreglado. Digo yo que los golpes en el cerebro son los que nos hacen cambiar”.

Quienes asistieron a aquella reunión a la que el padre Héctor invitó a Jacinto Peña eran, además de personas sin tierras, pequeños propietarios que le trabajaban a los ricos. Eran tierra fértil para las palabras del sacerdote, que les despertaba la conciencia y los animaba a desarrollar juntos acciones comunitarias que contradecían el dominio de los más poderosos económicamente.

EXPERIMENTARON CINCO DESPERTARES


¿En qué despertó el padre Héctor Gallego a estos campesinos? Escuchándolo experimentaron cinco despertares.

Les mostró las oportunidades que había en aquel lugar: no eran miserables porque en Santa Fe había tierra “nacional” que podían tomar en posesión y cercar. Les hizo entender a mujeres y a hombres que ellos no dependían de los ricos que les pagaban salarios tan bajos, sino que era al revés: que la riqueza de los ricos dependía del trabajo de ellos. Les explicó que los estaban estafando en los precios y en el peso que pagaban en la tienda por los productos que compraban. Los convenció de que cuando la gente empobrecida se une y se organiza todo puede cambiar. Y les enseñó que la Naturaleza es obra de Dios y, por eso, es de todos, no de unos cuantos.

Todo eso lo consiguió haciéndoles preguntas para que la misma gente descubriera lo que tenía ante sus ojos. Jacinto Peña recuerda que como la gente le decía no tener tierra, Héctor les preguntó que de quién era esa tierra que veían a cierta distancia. “De nadie” contestaron todos. Y él les dijo: “¿Y si no es de nadie, por qué no toman ustedes esa tierra para trabajarla?” Y fue así que se dieron cuenta que había tierra, que podían tomarla, que podían trabajarla…

Siempre que la conciencia despierta, siguen acciones que desafían el estatus quo, tanto el de las familias campesinas como el de los ricos. Aquel despertar llegó a Santa Fe de la mano de las ideas transformadoras de la Teología de la Liberación, que tantos cambios estaba ya provocando por toda América Latina.


Jacinto Peña me cuenta alguna de las primeras acciones nacidas de esas ideas: “En la reunión del jueves en la comunidad nos dijo Héctor: El camino está sucio, sus hijos caminan por ahí y llegan al colegio con los uniformes sucios. Hay que limpiarlo. Todos nos pusimos de acuerdo: un grupo iría desde un lado y el otro grupo desde el otro lado limpiando y nos encontraríamos en el medio. Teníamos ocho días de plazo para hacerlo. En nuestro grupo trabajamos el domingo, pero el otro grupo no. En la siguiente reunión el padre Héctor nos saludó y preguntó a las mujeres: ¿Qué están haciendo? Ellas dijeron que estaban acomodando flores para la celebración de la misa. El padre fue enfático: Hoy no habrá celebración porque la misa es la culminación del desarrollo comunitario. Mientras no haya actitud de trabajar y cuidar la obra del Señor, no hay misa. Ese día nos sentimos castigados. Para la siguiente semana ya el camino estaba limpio y hubo misa”.

ASÍ NACIÓ LA COOPERATIVA


En poco tiempo, y de forma creciente, los campesinos dejaron de trabajarle a los ricos, tomaron posesión de las tierras nacionales y comenzaron a trabajar en terrenos propios. Enseguida hubo reacción: “Ese padre está loco”. Y como castigo, a los campesinos que despertaban no les querían vender nada en las tiendas.

La reacción de los ricos aceleró la reflexión y motivó la decisión de organizar una cooperativa. Uno de los fundadores de la cooperativa lo cuenta así: “En la reunión semanal el padre preguntó: ¿Cuál es el problema más sentido de ustedes? Respondimos que las tiendas, que además de robarnos en el peso, ya nos veían mal por andar con el padre y no nos querían vender. Discutimos el tema y de las conclusiones surgió la necesidad de hacer una cooperativa. Pero teníamos dudas”.

Muchos testigos de aquella histórica reunión lo recuerdan. Uno de ellos, Jacinto Peña, evoca el momento preciso de 1969 en el que nació la cooperativa: “Despertamos de lo injusto de los salarios, de la estafa que las tiendas nos hacían con el pesaje y con los precios de lo que producíamos y de lo que les comprábamos. Decidimos formar una cooperativa. Pero, ¿cómo hacerla si creíamos que no teníamos ni dinero ni nada? Entonces, el padre Héctor tiró una moneda de cinco centavos de dólar al centro de donde estábamos sentados y nos preguntó: ¿Cuántos confites compramos con esa moneda? ¡Cinco!, respondimos nosotros. Otro de nosotros buscó entonces en su bolsillo otra moneda de cinco centavos. Y otros pusieron más monedas. El padre levantó las diez monedas y nos dijo que ahora ya alcanzaba para comprar cincuenta confites y mandó a un muchacho a comprarlos. Eran las doce del mediodía y todos estábamos con hambre. El muchacho nos repartió los confites a los cincuenta campesinos que ahí estábamos y el padre nos volvió a preguntar: ¿A qué les sabe? Y uno dijo: ¡Sabe a gloria! Así se hace el cooperativismo, nos dijo el padre. A la semana siguiente un grupo de Pantanal compró un quintal de sal para venderlo menudeado y en El Carmen cada quien empezó a ahorrar diez centavos por semana. Así nació la esperanza de los campesinos, así nació nuestra cooperativa”.

Y así fue con otras iniciativas. “En otra reunión el padre Héctor pidió que lleváramos algo para comer, pero no llevamos nada. Nos preguntó que por qué no llevamos nada y alguien dijo que no había nada de comida en la casa. Al poco tiempo nacieron en diferentes comunidades los “grupos agrícolas”. Nacieron por necesidad”.

“RESPONSABLES”: ASÍ LOS LLAMÓ


La cooperativa nació de un despertar, de una toma de conciencia y nació con recursos propios. Nació al convertir la adversidad en oportunidad, haciendo añicos la creencia de que los campesinos son pobres y no pueden ahorrar. Pero la cooperativa no era el único objetivo del padre Héctor y de los líderes campesinos que él estaba reuniendo. Durante tres años tejieron una estrategia de tareas interrelacionadas.

Una tarea era la formación de “responsables” de cada comunidad y de todo el distrito de Santa Fe organizando reuniones mensuales con treinta de esos responsables para analizar la realidad y cómo transformarla. En entrevista radial una semana antes de que lo desaparecieran, el padre Héctor criticó las palabras “dirigente” y “líder” por estar cargadas de paternalismo. Prefería hablar de “responsables”.

Una segunda tarea era la organización de acciones comunitarias: limpiar caminos, acompañar a grupos de otras comunidades para trabajar en tierras “nacionales” de las que tomaban posesión, organizar grupos agrícolas...

Una tercera tarea era hacer sostenible la cooperativa, administrarla bien, hacer crecer los ahorros y la cantidad de productos en la tienda, reunir a los responsables para planificar y acompañar la tienda, enviar a los socios a recibir cursos sobre cooperativismo en el Instituto Cooperativo de Panamá…

La cuarta tarea era enviar a los jóvenes a concluir sus estudios de secundaria y a culminar la carrera de técnico agropecuario en el Colegio Nazareno, administrado por religiosos en Santiago de Veraguas.

Y la quinta tarea era darle sentido a esas cuatro tareas reflexionando en el Evangelio el sentido de ser cristianos, de ser Iglesia y el sentido de la misa. Esa evangelización catalizaba la organización comunitaria y las tareas que realizaban. Algunos recuerdan que un día una señora devota se acercó al padre Héctor reclamándole que descuidara la construcción de templos. Y él le dijo: “Yo estoy haciendo la Iglesia con las familias campesinas, ustedes encárguense de construir templos”.

“ÉL NOS ENSEÑÓ A PENSAR”


Esta estrategia, entretejida así, empleaba una pedagogía reflexiva y un modelo horizontal. Siempre se sentaban en círculo, sin que nadie estuviese en un lugar más privilegiado que los demás.

Para el padre Héctor la fuerza estaba en la comunidad y en la fe religiosa. Decía: “Una vez que descubren la fuerza de la comunidad podrán hacer cualquier cosa. Y en América Latina la fuerza religiosa es muy importante. Cuando se descubre, el Evangelio compromete a un cambio y a vivir realmente un compromiso cristiano. Hacemos análisis de la realidad y entonces se descubre que la realidad que vivimos está en contra de Dios. La fuerza religiosa da fuerzas al esfuerzo humano. La misa es la culminación de los trabajos que hacemos”. Como resultado de la fuerza de la comunidad y de la fuerza religiosa el padre Héctor hizo surgir a “responsables” de diferentes niveles: cooperativo, comunitario y distrital, y en diferentes áreas: productiva, comercial, política y religiosa.

Serviliano Aguilar recuerda como hacían el análisis de la realidad: “El padre se reunía con líderes de las comunidades durante un día y medio. Era un encuentro campesino que terminaba con una misa. La comunidad modelo estaba en la Biblia: era de amor, de solidaridad y de unidad. La comparábamos con la realidad que vivíamos y nos dábamos cuenta de que los ricos nos oprimían. Entonces nos preguntábamos qué vamos a hacer. El padre Héctor nos enseñó a pensar. La gente, con estudios o sin estudios, puede pensar. Eso aprendimos de él”.

“NINGUNA ORGANIZACIÓN POPULAR DEBE ROBARLE AL POBRE”


En base a reuniones semanales, y con el ahorro que hacía cada uno de diez centavos semanales, organizando la venta de la sal y de otros productos, organizando la compra y venta del café que producían en las tierras que habían ocupado, la cooperativa comenzó a crecer.

La base inicial fueron nueve campesinos de El Pantanal y nueve de El Carmen. Ellos pusieron la primera tienda. El Padre Héctor les ayudó a descubrir un horizonte y los empujó a caminar hacia él basándose en principios. El horizonte: “Un día ustedes tendrán almacenes y podrán comprarse un carro, verán que sí”. ¿Cuáles eran los principios? El principal en el que el padre Héctor insistía: “Trabajen cooperando entre ustedes, siendo buenos negociantes con “medida rebosante”, al revés de lo que hacen los comerciantes: en lugar de quitarles, auméntenles a quienes les compran sal porque ninguna organización popular debe robarle al pobre”.

Trabajar con estos principios afectó a las tiendas tradicionales, que daban siempre un poco menos por el mismo precio y que empleaban dos pesas, una para comprar y otra para vender. También afectó a los ricos, que bajaban los salarios para tener mayor ganancia. Y afectó el conformismo campesino, cumpliéndose lo que decía el padre Héctor: “Si los cristianos se conforman, muere la Iglesia”.

La formación de responsables en los cursos del Instituto Cooperativo fue clave en la evolución de la cooperativa. Aprendieron principios coherentes con una cooperativa, como el que dice “El estafador vende más caro, pero el que quiere vender más y ser exitoso tiene que vender más barato y eso es ser buen negociante”.

CON LOS AÑOS ASÍ FUERON CRECIENDO


Cuando los campesinos abrieron su primera tienda acumularon experiencia y como aumentaban los socios y había más ahorro, pusieron otra tienda. Después, otra más.

En los años 70, cuando ya no estaba con ellos el padre Héctor, surgieron las cinco “sucursales”: tiendas en diferentes comunidades. En 1983 la cooperativa comenzó a tostar y a moler café. En 1995 construyeron el supermercado “Héctor Gallego”. Y en 1996 abrieron las oficinas de gerencia de la cooperativa. En 2010 compraron terreno y casa para el depósito principal de la cooperativa. En 2013 construyeron el segundo piso del supermercado “Cooperativa La Esperanza”. Cuando estuve allí, estaban concluyendo una destazadora de pollos.

En este camino de tantos años enfrentaron crisis y nuevos desafíos, cayeron y se levantaron. La primera gran crisis la vivieron cuando desaparecieron al padre Héctor en 1971. Desalentados, amilanados, muchos socios se retiraron y al retirar sus ahorros debilitaron la cooperativa. También han experimentado las crisis que provocan en tantas organizaciones públicas, privadas, y también populares, la corrupción. La más grave y última en 2006-2007, cuando la gerencia y la junta directiva de entonces, en complicidad, estuvieron a punto de apropiarse de la cooperativa.

QUEBRARON MITOS


En el camino esta cooperativa erosionó mitos, esas creencias que son verdaderos demonios cuando hacen nido en la mente humana para bloquear el cambio. En el camino la cooperativa también acumuló lecciones, esos aprendizajes sencillos que son aplicables a otras experiencias.

La lista de las creencias que quebraron es grande. Ésa que dice que Dios ha hecho a unos pobres y a otros ricos. O esa otra que afirma que los pobres son haraganes. Que los pobres no saben administrar una tienda ni una cooperativa porque eso es cosa de profesionales. Que los hijos de los campesinos no tienen por qué estudiar. Que los campesinos no saben ahorrar y necesitan dinero de organismos de fuera para progresar. Que los indígenas son un caso perdido porque sólo viven de subsidios. Que si la cooperativa queda en manos de gente mayor fracasa. Que sólo el trabajo individual lleva al éxito…

Y ACUMULARON EXPERIENCIAS


La lista de los aprendizajes que han acumulado también es grande. Aprendieron que si los pobres se unen la cooperativa durará y la tienda tendrá éxito. Que cuando la necesidad apremia bastan diez centavos para iniciar una cooperativa. Que con buena atención se atrae a más clientes. Que industrializando la cadena del café se estabiliza su precio. Que no hay que “poner todos los huevos en un único canasto”. Que comprar más volumen da más poder de negociación. Que la mejor semilla que se siembra es hacer lo que se dice. Que aprendiendo a pensar todo se puede cambiar. Que al pensar se encuentran las soluciones…

Así, destruyendo creencias y acumulando aprendizajes, el campesinado productor de Santa Fe se organizó y la cooperativa creció. Se convirtieron en asociados, en responsables, en gerentes y en directivos. Desde esas responsabilidades invirtieron y apoyaron, con alimentos, con transporte o como garantes ante el banco, a la población en dificultades y a los grupos que se enfrentaban a los terratenientes luchando por tener una tierra propia.

ALGO SE PERDIÓ AL PERDER A HÉCTOR


Después de la desaparición del padre Héctor Gallego quedó la cooperativa, que siguió desarrollándose y creciendo. Sin embargo, la reflexión comunitaria y la evangelización orientada al compromiso social fueron perdiéndose, porque la relación con los párrocos que sustituyeron al padre Héctor se debilitó porque los sacerdotes eran de otra mentalidad.

La formación de responsables la asumió la cooperativa y hubo resultados. Lázaro Rodríguez llegó a ser representante de Corregimiento y Alcalde de Santa Fe. Jacinto Peña continuó apoyando a grupos campesinos y asesorando a cooperativas a salir de sus crisis. La cooperativa recibió visitas de sacerdotes y religiosas de otros países con un pensamiento similar al del padre Héctor. Eso vinculó la cooperativa con organizaciones centroamericanas como la Asociación Mangle de El Salvador y la red COMAL de Honduras. Y en los últimos 15 años surgieron la Fundación Gallego, la asociación de agricultores orgánicos, la cooperativa de turismo y el grupo de mujeres productores de orquídeas…

LA TENSIÓN ENTRE EL ROL COMERCIAL Y EL COMPROMISO SOCIAL


Desde el inicio, el padre Héctor planteó lo que debía ser esencia de la cooperativa: su rol comercial y su compromiso social. A pesar del tiempo y las dificultades, ambos aspectos persisten hoy en la agenda de discusión de la cooperativa.

Chon Rodríguez lo explica así: “Lo comercial fue lo central: traer lo que no tenemos y llevar lo que tenemos. Hasta ahora ha sido así, aunque la producción ha bajado. La cooperativa ha sido comercial, pero su objetivo principal es el social. El padre Héctor no se comía un confite solo, tenía que tener un confite para todos para poder comerse el suyo. Después que desaparecen a Héctor dejamos la parte administrativa de la cooperativa y la cooperativa se vino para abajo. Queríamos crecer económicamente por igual. Pero no pudimos mantener eso. Cómo mantener lo comercial y lo social ha sido motivo de reflexión constante en la historia de la cooperativa. Lo comercial ha crecido y ha aumentado. Y mientras la producción de café bajó, han crecido otros productos: cítricos, hortalizas, ganado, agricultura orgánica, orquídeas…”

Lo social era compartir “el confite”’ y apoyar a otros grupos de personas y de comunidades. Los mejores responsables de la cooperativa iban a las comunidades para acompañarlas y trabajar con ellas hasta que pudieran caminar solas, y luego se retiraban para que los grupos comunitarios continuasen solos. Con el tiempo “lo social” se convirtió en dar becas, ayudas sociales y apoyo financiero a los productores.

Con el tiempo, ir a organizar a las comunidades, acompañarlas y encaminarlas se fue dejando de lado. Pasa a menudo en muchas organizaciones que dan “asistencia técnica”: técnicos que llegan a visitar y dejan recetas técnicas sin entender ni acompañar a las familias y a las comunidades. Recuperar ese sentido de combinar lo social y lo comercial sin paternalismo y sin caer en ese modelo de “asistencia técnica” es un desafío en el que la cooperativa está pensando hoy en día.

EL PRIMER GRAN LOGRO DE LA COOPERATIVA


Después de tantos años la cooperativa se ha mantenido viva. La gente de Santa Fe hizo hasta lo imposible por encontrar el cuerpo sin vida del padre Héctor. Y aunque no lo encontraron, “siguieron la lucha” dando continuidad a la misión que él les había encomendado. Esa misión era consolidar la cooperativa como medio para que la mayoría de la población de Santa Fe viva mejor. Los profesores canadienses, Muirhead Cooper y Caitlin Ward, que estaban visitando también la cooperativa cuando estuve allí, reconocen ese sentido de misión: “En esta cooperativa hay calor humano y relaciones personalizadas, mientras en las de Canadá las relaciones son despersonalizadas y las cooperativas sólo son negocios.”

El primer gran logro de esta cooperativa ha sido ése: crecer. De 18 socios en 1969 en 2016 eran ya 1,235 asociados de 25 comunidades. De esos más de 1 mil asociados, 852 son activos (544 varones, 286 mujeres y 22 grupos), organizados en 12 capítulos con directiva propia y con 42 delegados (un delegado por cada 20 asociados), que conforman la asamblea general. Se observa rotación de liderazgos en los cargos, tienen un personal permanente de 92 trabajadores, llamados “colaboradores”, tienen políticas de aportaciones y de ahorro (un “fondo social” del 5% de la venta de productos, que es retenida como ahorro, ganando 3% de interés para ser retirado después de 5 años). Tienen servicios de préstamos para hortalizas con tasa de interés del 5%, para café del 7% y para vivienda del 12%.

EL MAYOR DE TODOS LOS LOGROS


Un segundo gran logro son las inversiones que ha hecho la cooperativa: un depósito, dos supermercados, cinco sucursales en comunidades, todo con un inventario de cerca de 1 millón de dólares, con lo que tienen buena capacidad de negociación al por mayor con las empresas que venden productos.

Son la única cooperativa de Centroamérica que cuenta con una torrefactora de café procesando un estimado de 4 mil quintales de café oro anualmente y que tiene dos marcas de café, el de mayor calidad, el Café Tute y el de menos calidad, el Café Santa Fe. A diferencia de muchas otras organizaciones que conozco, no exportan el mejor café dejando en el país el peor. Así han estabilizado los precios del café, al menos en Santa Fe. Son también la única cooperativa que maneja el comercio a gran escala. Una de las últimas inversiones, en fase de conclusión, es una destazadora de pollos.

Un tercer logro reside en sus políticas sociales: el 9.5% de los excedentes es para reserva de previsión social (solicitud de ayudas), el 10% es para becas, el 10% para gastos médicos y el 10% para iniciativas productivas. El 60% de los excedentes se distribuye entre los asociados en proporción al total de sus compras, lo que contribuye a que los asociados mantengan lealtad de compra a la cooperativa.

El mayor de todos los logros es el impacto positivo en las familias asociadas y en las no asociadas. Los precios relativamente bajos obligan a la competencia a reducir los precios de los productos que venden. La cooperativa genera un empleo significativo en el distrito e inyecta en él una importante cantidad de circulante, moviendo la economía local. La cooperativa contribuye a la sostenibilidad y al liderazgo de otras cooperativas del distrito, con quienes colaboran comercialmente.

Por todo esto la cooperativa se ha constituido en un actor que ningún gobierno ni ningún organismo que quiera desarrollar políticas en el distrito ni puede ni debe obviar.

LAS RAÍCES DEL ÉXITO


El origen de la cooperativa, entendida como una “misión”, está en la base de todos estos logros. Un pequeño grupo de 18 pequeños productores reaccionaron ante un contexto adverso y con recursos propios. Decidieron organizar tiendas para vender sus productos y jinetearon los mercados en un lugar de tradicional frontera agrícola, un puerto de montaña, como suele llamarse en otros países de la región. Las tiendas fueron después distribuidoras y supermercados.

Si hubiesen apostado sólo a comercializar el café, como tenían poco volumen, sólo hubieran tenido ingresos al final del año. La cooperativa aprendió la importancia de “poner los huevos en diferentes canastos” sin depender de una única actividad ni de un único rubro, manteniendo el comercio como “gasolina” que mueve el motor del conjunto de todas las actividades.

La rotación en el liderazgo directivo, el hecho de que los discípulos del padre Héctor y fundadores de la cooperativa sean quienes vigilan su marcha, la fidelidad a las políticas de precios y pesaje y a la regla de “la medida rebosante”, enseñanza clave para que, de negociantes no se convirtieran en estafadores, y el hecho de que en la cooperativa todos se conocen y eso garantiza relaciones personalizadas -un importante capital social-, está en las raíces de todos los logros.

Estas varias tareas, incluyendo la de la evangelización, la formación y la organización comunitaria para seguir despertando a otros, les ha mostrado un camino que garantiza estos logros.

EN EL ENTORNO ACTUAL ENCUENTRAN OPORTUNIDADES


El entorno actual, tan diferente al que conoció el padre Héctor, también les presenta oportunidades y riesgos que la cooperativa está discerniendo.

Las oportunidades tienen que ver con la diversidad de productos agropecuarios que hoy producen los miembros de la cooperativa y que exigen mejores mercados que la cooperativa puede encontrar. Es también una oportunidad la gente que hoy habita el distrito: una población multiétnica, con creciente educación formal y, por eso, más capaz de innovar. Un ejemplo es el agrónomo Eric Concepción y su familia, que innovan en agricultura orgánica cultivando en círculos una diversidad de productos en tierras que fueron depósito de alquitrán para la construcción de la carretera, rompiendo así la creencia sobre la “vocación del suelo para determinado rubro” y ésa otra de que “un ingeniero debe estar en la tecnología química y no en el monte”.

Hoy Santa Fe es un distrito con atractivo turístico, con un parque nacional de 75 mil hectáreas bien conservado gracias a una población multiétnica, con saberes y recursos que son fuente de inspiración para grupos de mujeres dedicadas a las orquídeas y a las artesanías. Si hace cuatro o cinco décadas acceder a la tierra era el desafío mayor, ahora “la gente carga tierra hasta en las orejas” y el desafío es acceder a más y mejores conocimientos.

En un país como Panamá, con una economía basada en servicios, que tiende a depender de productos importados, hacer de Santa Fe un espacio de producción agropecuaria con industrialización apropiada, con una población organizada y con pensamiento propio puede ser también una importante oportunidad de desarrollo.

TAMBIÉN ENCUENTRAN RIESGOS


También están los riesgos. El riesgo de que Santa Fe empiece a perder peso productivo. Después de varias plagas en el café, el distrito corre el riesgo de quedarse sin café en los próximos diez años. Además, la producción agropecuaria está hoy en manos de adultos de más de 50 años y los jóvenes han crecido con la idea de “estudiar para no trabajar bajo el sol”.

Han aparecido también en Santa Fe nuevos propietarios extranjeros que han encarecido el precio de la tierra y que muestran muy poco interés en vincularse con la población local. Todo esto podría provocar que el distrito se haga dependiente de productos y bienes importados, que aumente la emigración y que se incrementen las políticas de subsidios que quitan incentivos a la capacidad productiva de la población.

REFLEXIONAN EN CÓMO RESPONDER A LOS DESAFÍOS


Conscientes de que tienen que aprovechar las oportunidades y enfrentar los riesgos, mujeres y hombres de la cooperativa se miran a sí mismos para responder a los desafíos.

El primero que consideran es organizar un sistema de información digitalizado para afinar la dirección de sus políticas conociendo mejor el origen, las actividades productivas y las características básicas de sus asociados y de la población no asociada a la que atienden. Saben que una organización con información y capacidad de análisis de su propia información aprende y puede recrear continuamente su visión.

En segundo lugar, la cooperativa comprende el peligro de convertirse en simple intermediadora de productos importados de las multinacionales, influyendo así en el cambio en la alimentación de la población y hasta en el declive de la producción propia. Para ser fieles a la idea inicial que aprendieron con el padre Héctor (“traer lo que no tenemos y llevar lo que tenemos”) han aceptado el desafío de industrializar los productos campesinos para venderlos en su red de supermercados y entre sus aliados, una decisión que precisa de pláticas continuas con las comunidades para ver lo que más conviene a todos.

Aunque industrializar es un buen camino, también tiene sus peligros. Si centralizan el procesamiento de pollos, que por ahora lo hacen familias que crían entre 50 y 300 pollos, la cooperativa terminará absorbiendo la crianza y las familias abandonarán la crianza-engorde de pollos. Industrializar potenciando aún más las capacidades de las familias campesinas es un real desafío para cualquier organización.

REVISAN SU HISTORIA Y APRENDEN DE ELLA


Son muchos más los desafíos. De los 18 productores socios con los que nació la cooperativa hoy sólo quedan 7: nueve murieron y dos renunciaron. Hoy, de los 1,235 asociados se estima que los socios productores son sólo el 10%.

Otro desafío es buscar mejores mercados para la diversidad de productos orgánicos y orquídeas que hoy producen familias y grupos de mujeres organizadas. Otro desafío es revisar las políticas de aportaciones (10 dólares anuales) y de ahorro para que los recursos de los asociados sean mayores en la cooperativa. Hace más de cuatro décadas el ahorro constituyó la base para instalar tiendas y el monto del ahorro era muy significativo por los bajos ingresos que tenía entonces la gente. Hoy las aportaciones y el ahorro son cantidades casi simbólicas.

Otro desafío es revisar la política de distribución de excedentes para evitar que quienes tienen menos recursos, aun comprando siempre de la cooperativa, reciban la menor parte de los excedentes. Otro desafío es que la cooperativa reflexione cómo mejorar su capacidad de rediseñar sus políticas para crecer de forma descentralizada, dando mayores responsabilidades a los capítulos (grupos de asociados con sus directivos) en el manejo de las sucursales y/o en otras inversiones.

Ante todos estos desafíos, la cooperativa revisa hoy su historia para “no tropezar dos veces con la misma piedra” y se va preparando para ser una organización que aprende de sí misma y de su entorno.

“¡NO PAREN DE PENSAR!”


La Cooperativa “Esperanza de los Campesinos” ya tiene vínculos con la Asociación Mangle de El Salvador y con la red COMAL de Honduras. Y con otras organizaciones excepcionales de Mesoamérica. Profundizar esos vínculos y ampliar la red con otras organizaciones contribuirá a que enfrenten la avalancha del mercado neoliberal que viene domesticando a los Estados y a las organizaciones. “Una organización aislada no va a ningún lado”, les decía hace décadas el padre Héctor Gallego. Y así es. Las mejores experiencias de Mesoamérica pueden unirse, aprender unas de las otras y construir una nueva visión capaz de despertar al campesinado de nuestra región.

Hasta hoy y desde hace casi cinco décadas esta cooperativa ha sido una esperanza para el campesinado de Santa Fe y de América Latina. Serviliano Aguilar me despide diciéndome: “El padre Héctor pudo hacer hablar y pensar a personas que ni sabían leer y escribir. Y siempre nos dijo: ¡Y no paren de pensar!” Ésa es la buena semilla que cayó en esta buena tierra. Y de ella vienen y vendrán los cambios.

INVESTIGADOR DEL MUNDO RURAL Y FACILITADOR
DE PROCESOS DE INNOVACIÓN ORGANIZACIONAL
Y DE DESARROLLO.

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