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  Número 419 | Febrero 2017
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Nicaragua

Las relaciones entre Nicaragua y Estados Unidos en la era de Trump

Francisco Aguirre Sacasa, economista, ex-Canciller de Nicaragua, embajador en Estados Unidos y Canadá y representante permanente en la OEA (1997-2001), también diputado y ex-presidente de la Comisión de Asuntos Exteriores de la Asamblea Nacional (2009-2011) de Nicaragua, y durante 28 años funcionario del Banco Mundial, esbozó el nuevo contexto estadounidense tras la elección de Donald Trump y reflexionó sobre lo que eso significaría para Nicaragua, en una charla con Envío que transcribimos.

Francisco Aguirre Sacasa

Tenemos más de 18 meses de estar observando a Donald Trump como precandidato y candidato a la Presidencia de Estados Unidos, y casi tres meses como Presidente electo y recientemente, ya como Presidente. Y a pesar de todo lo que ya hemos visto, todavía no sabemos a ciencia cierta hacia dónde vamos con él como Presidente de la Unión Americana. Sin embargo, compartiré algunos insumos y reflexiones que nos permiten esbozar lo que podría ser la relación de Estados Unidos con Nicaragua en lo que ya se está llamando la “era de Trump”.

Si Hillary Clinton hubiera ganado, hubiera sido más fácil hablar de esto. Ella era una figura política de carrera con un estilo convencional. Como senadora por Nueva York y como Secretaria de Estado dejó un récord público que nos hubiera servido como derrotero para predecir sus acciones como Presidente. Por ejemplo, ella tenía un claro compromiso con la democracia en Nicaragua, lo que probó después de las amañadas elecciones municipales de 2008, cuando cortó 60 millones de dólares de la Cuenta Reto del Milenio, que beneficiaba con donaciones a Nicaragua. Como consecuencia de esta acción, en lugar de haber construido una carretera de cuatro vías entre Nejapa y León sin deber ni un céntimo a nadie, hoy tenemos una ruta buena, pero de dos carriles, que se hizo con un préstamo.

Con el señor Trump, a estas alturas del partido lo que tenemos por delante es tierra desconocida. Él no tiene un record como figura pública o militar que podamos estudiar. Más bien, se ha destacado como empresario en el campo de bienes raíces, casinos y otras áreas, como líneas aéreas y educación, en dónde su desempeño ha sido mixto y, en algunos casos, extremadamente privado. Por ejemplo, es el primer mandatario en la época moderna de Estados Unidos que rehusó revelar los impuestos que pagó durante la campaña política y que aún rehúsa hacerlos públicos.

Donald Trump hereda una relación con Nicaragua, que es asimétrica y que para nosotros es crucial, indispensable, tanto por razones geopolíticas como por el peso que la economía de Estados Unidos tiene en la región y en el mundo. Manejar bien esa relación es una prioridad de primer orden para Nicaragua. Y mantener relaciones, al menos correctas, con Estados Unidos es una precondición para lograr un crecimiento lo suficientemente rápido para dejar atrás, tanto nuestro empobrecimiento -somos el segundo país más pobre del subcontinente latinoamericano- como el ser la economía más pequeña de América Latina.

Estados Unidos es nuestro más importante socio comercial. Desde hace diez años, Nicaragua, con Centroamérica y República Dominicana, se integró al Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos, el DR-CAFTA. La suma de lo que exportamos a Estados Unidos y lo que importamos de Estados Unidos es aproximadamente 4 mil millones de dólares anuales. Para una economía tan pequeña como la nuestra es mucho. Más importante es que esa relación comercial arroja un superávit a favor nuestro de 2 mil millones. Sin el CAFTA, Nicaragua, que tiene un alto déficit comercial global, estaría en una situación difícil. Además de ser nuestro principal socio comercial Estados Unidos es la principal fuente de remesas que llegan a Nicaragua. En los primeros 11 meses de 2016 habíamos recibido 650 millones de dólares de nuestros hermanos y hermanas que viven en Estados Unidos, un tremendo sacrificio que realizan nuestros compatriotas de la diáspora estadounidense. Y es por esa generosidad que mantengo que, como mínimo, debería el gobierno de Nicaragua reconocer el derecho al voto a todos los nicaragüenses que viven en el exterior.

Además de la positiva relación comercial y del volumen de las remesas, la inversión privada norteamericana en Nicaragua es del orden de 250 millones de dólares. Y el visto bueno de los Estados Unidos, el accionista más grande de las instituciones financieras internacionales -BID, Banco Mundial y FMI- contribuye a que recibamos unos 300 millones de dólares en desembolsos anuales.

Juntando todas estas cifras estamos hablando del 40-45% del Producto Interno Bruto de nuestra economía. Ningún otro país se acerca a ese monto. En su momento, la “ayuda” venezolana rondaba los 500 millones de dólares anuales. Pero ahora que Venezuela es un estado colapsado, esos recursos ya no llegan. Viendo todo esto, Nicaragua sencillamente no podría mantener su ritmo de crecimiento económico y social sin Estados Unidos. ¡Punto y final!

¿Y cómo ven los norteamericanos a Nicaragua? ¿Qué activos tenemos como nación ante Washington? Uno es que somos un país seguro, sobre todo en comparación con los tres países del triángulo norte de Centroamérica. Tampoco representamos un problema migratorio: no somos una fuente masiva de emigrantes ilegales como nuestros tres vecinos del norte, que en algunos años han tenido a más de 50 mil chavalos y chavalas menores de 18 años no acompañados buscando entrar ilegalmente a Estados Unidos, provocando un auténtica crisis humanitaria. Nos ven también como un país que colabora con Estados Unidos en la lucha contra el crimen organizado internacional. Reconocen además que, en el contexto del subcontinente latinoamericano, Nicaragua tiene un buen desempeño económico y social y valoran la alianza que existe entre el sector privado y el gobierno como un modelo a replicar en otros países. Por todo esto, mantienen hasta la fecha abierta la cooperación hacia nuestro país en todos los temas y nos quitaron esa espada de Damocles que representaba cada año el otorgamiento o no del “waiver” (dispensa) de la propiedad.

Esto es lo positivo que sobre Nicaragua se ha manejado en Washington desde hace años. Y es lo que todavía se maneja. Pero ahora también se ha impuesto en Washington una realidad negativa: se sabe que ha habido un serio retroceso, una erosión, en la gobernabilidad política de Nicaragua, en particular en temas electorales.

En una escala que varía entre muy buenas y hostiles, las relaciones entre Nicaragua y Estados Unidos oscilaban desde 2007 hasta mediados de 2016 en “correctas pero no cordiales”. Pero, a partir de mediados de 2016, considero que han descendido a “correctas pero tensas”, debido a un rosario de medidas (cero observación, expulsión de funcionarios norteamericanos, cancelación de la oposición) tomadas por el comandante Ortega.

Durante las fiestas de fin de año estuve en Washington y me reuní con personas de ONG políticas importantes y con miembros de centros de estudio, organizaciones internacionales y la comunidad de latinoamericanistas que inciden en la política hacia nuestro subcontinente. En todas esas personas encontré preocupación por la erosión que ha habido en la gobernabilidad política en Nicaragua. Eso me confirmó que Daniel ya no tiene amigos en Washington. Es más, los centros de pensamiento y las ONG de izquierda que en los años 80 veían a Daniel Ortega como un héroe y respaldaban incondicionalmente al sandinismo, viéndolo como un movimiento romántico, revolucionario y democrático, son hoy sus más virulentos críticos. Con el pasar del tiempo han visto que el sandinismo actual ha perdido la mística revolucionaria y ven a Daniel como cualquier otro dictador autoritario latinoamericano, que ha consolidado un poder absoluto y familiar.

En Washington me encontré también con congresistas, tanto en el Senado como en la Cámara de Representantes, y con sus “staffers” o asesores. Me reuní con ellos porque, si bien es cierto que en la Casa Blanca hubo un vacío propio del interregno entre la salida de un Presidente y la entrada de otro, en el Congreso no hubo nada de eso. Hay continuidad. Prueba de esto es que ninguno de los representantes que impulsaron la Nica Act en septiembre de 2016 para sancionar al Presidente Ortega desapareció del escenario. Todos salieron reelectos. Después de intercambiar puntos de vistas con ellos, les puedo asegurar que esos congresistas, tanto demócratas como republicanos, están inclinados a revivir esa legislación por el retroceso que ha experimentado la democracia en Nicaragua.

Hoy Nicaragua ha vuelto a la pantalla del radar de Washington pero en un sentido negativo. Por eso creo que este año existe una alta posibilidad de que sea aprobada la Nica Act en la Cámara de Representantes y también en el Senado. Y de ser así, creo que Donald Trump la va a firmar, lo que no habría hecho Obama, que creía mucho en lo que llaman el “soft power”, el poder suave. El Presidente Trump la ratificará porque le gusta proyectarse como un líder fuerte ante quienes percibe como enemigos de Estados Unidos, tanto por sus acciones como por su retórica.

Lo que todavía está en tela de dudas para mí es si estos congresistas revivirán la Nica Act con el mismo contenido que tenía cuando la presentaron en 2016. Digo esto porque una idea que ha calado en Washington es evitar que esa ley destruya la economía nicaragüense o castigue al pueblo nicaragüense. Para lograr que eso no suceda, lo que se está pensando, y muy activamente, es cómo usar esa herramienta como rifle y no como escopeta. Es decir, con objetivos dirigidos muy específicamente, como los del tiro de un rifle, evitando los daños colaterales que provocaría una política más amplia, como la que consigue el tiro de una escopeta.

Sancionar lo que se percibe en Washington como la corrupción en Nicaragua está en el tapete de aquellos que diseñarán el segundo tomo de la Nica Act. Esos señores están conscientes de lo que se ha logrado en Guatemala y en Honduras, en donde se han creado poderes supranacionales, como la CICIG (Comisión Internacional contra la Corrupción y la Impunidad en Guatemala), dependiente de la ONU, que no responde a los controles políticos nacionales, y que llevó a la cárcel al Presidente Otto Pérez Molina y a la Vicepresidenta Roxana Baldetti. Algo parecido existe en Honduras, la MACCIH (Misión de Apoyo contra la Corrupción y la Impunidad en Honduras), que depende de la OEA. Y en El Salvador también hay una lucha anticorrupción que ha afectado ya a tres ex-Presidentes, acusados de corrupción: Francisco Flores, que murió; Mauricio Funes, que se vino a Nicaragua; y Antonio Saca, que está preso en una cárcel común. Transparencia Internacional acaba de colocar a Nicaragua como el cuarto país con mayor percepción de corrupción en toda América Latina, sólo superada por Venezuela, Haití y Paraguay. Éste es un argumento que están manejando aquellos que en el Congreso estadounidense tienen en la mira a Nicaragua para apretarle las tuercas al comandante Daniel Ortega.

La embajadora de Estados Unidos en Nicaragua, Laura Dogu, ha insistido siempre en sus declaraciones en que los pilares de la política norteamericana hacia Nicaragua son tres: apoyar la prosperidad, la seguridad y la democracia. Pero desde que ganó las elecciones el señor Trump he notado que ha empezado a enfatizar más, aunque de una manera muy sutil, el pilar de la democracia, al igual que expresa más respeto para su país. Lo que sucedió en la toma de posesión de Daniel el 10 de enero -ella abandonó la tarima de los invitados cuando el comandante Ortega, dentro de su retórica revolucionaria, empezó a criticar fuertemente a los Estados Unidos-, apunta hacia ese cambio. No sé si lo hizo por iniciativa propia o siguiendo instrucciones del Departamento de Estado. Pero sí sé que nadie en el Departamento de Estado le llamó la atención por haber hecho eso.

Volviendo a la Nica Act, piensa el ex-embajador de Nicaragua en Estados Unidos, Arturo Cruz, que no va a ser aprobada, en 2017, aunque no excluye que sea aprobada pero piensa que sería hasta 2018. Discrepo en cuanto a esos tiempos. Pienso que podría salir este año y rápidamente, como se está haciendo todo ahora en Estados Unidos. También me llama la atención que algunos nicaragüenses influyentes piensan que la Nica Act es manejable y subestiman el daño que le puede hacer a Nicaragua. Creen que entre los fondos del BCIE y la emisión de bonos del Estado se cubriría cualquier brecha que pudiera causar esa ley. Considero que no están midiendo correctamente la amenaza que es la Nica Act. Y espero que no llegue el día en que veamos quién tenía razón. Los recursos del BCIE son más costosos que los recursos cuasi concesionales que recibimos del BID, recursos que cortaría la Nica Act. Y emitir bonos depende de nuestro rating crediticio. Ahora tenemos un rating B2, una clasificación que en el mundo de las finanzas es considerado chatarra. Eso quiere decir que para emitir bonos tendría Nicaragua que pagar un interés del 6-7%. Y en el momento en que entrara la Nica Act perderíamos ese rating crediticio y andaríamos con una suerte de “marca de Caín” en la frente en términos financieros. ¿Quién nos prestaría entonces en condiciones aceptables? La respuesta es fácil: ¡nadie!

Veamos ahora las prioridades internacionales del Presidente Trump. Hasta hoy él no ha hablado de Nicaragua y, en honor a la verdad, por ahora su enfoque principal han sido los problemas internos, aunque algunos de ellos tienen ramificaciones externas. La primera prioridad que tiene el señor Trump es cumplirle a su base de votantes la promesa de “hacer nuevamente grande a América”, consigna que imprimió en millones de gorras que vendió, muchas de ellas, por cierto, hechas en China… Su otra prioridad es vencer la “resistencia” interna que han despertado en sectores de la población, y también en el Partido Republicano, sus primeras decisiones, entre ellas la suspensiónde entrada a inmigrantes y refugiados y la presión a las grandes corporaciones para reconcentrarse en Estados Unidos. Por el cierre de las fronteras a personas con visas válidas de siete países islámicos, ha recibido duras críticas, encabezadas por importantes empresas norteamericanas como Apple, Amazon, Coca Cola, Ford, Mastercard, Citibank, J.P. Morgan, Goldman Sachs y Starbucks. También se han pronunciado en contra del flamante Presidente los presidentes de destacadas Universidades e importantes medios de comunicación, tanto de derecha como de centro y de izquierda nacionales: The New York Times, Wall Street Journal y Washington Post; e internacionales: El País, Le Monde, The Financial Times y The Economist. No descarto que con el pasar del tiempo el gran capital se va a unir en contra de Trump. Y eso golpearía el respaldo que tiene en el Partido republicano.

Pongamos en contexto el fenómeno Trump. En primer lugar, hay que estar conscientes de que una minoría del electorado lo llevó a la Casa Blanca. Aunque tuvo la mayoría de los votos electorales, obtuvo casi tres millones de votos menos que la señora Clinton. Y su victoria por el voto popular en tres estados claves -Michigan, Pennsylvania y Wisconsin- fue por menos de 100 mil votos. La señora Clinton perdió esos tres estados porque no hizo una buena campaña en los tres, lo que permitió que el señor Trump los ganara. Sin embargo, eso no constituye un “mandato” electoral para proceder con el tipo de cambios políticos que él prometió en su campaña. Quizás eso explica por qué el Presidente Trump es tan sensible a acusaciones demócratas de que su gobierno es ilegitimo y se dedica a exagerar el tamaño de la concentración que lo acompañó el día de su toma de posesión y a alegar que la señora Clinton lo derrotó en el voto popular sólo porque hubo un masivo fraude electoral con millones de votantes ilegales, a pesar de que no hay prueba alguna de que eso ocurrió.

Donald Trump llegó al poder como el primer Presidente en la historia de Estados Unidos sin tener experiencia previa en el sector público o en las fuerzas armadas. Es una criatura del sector privado, que tuvo la astucia de capitalizar el resentimiento que estadounidenses blancos de bajos ingresos y poca formación académica sintieron por haber sido afectados por la Gran Recesión de 2007-2009. El señor Trump se convirtió en abanderado del desprecio que esos grupos sentían por las élites políticas de ambos partidos y por las del mundo académico, los medios, el sector privado y los grandes bancos. Los seguidores del señor Trump son personas humildes a quienes la señora Clinton llamó los “deplorables irredentos” en un momento de candor que seguramente hoy lamenta.

Por su estilo de hacer política y su retórica agresiva, el señor Trump se ha convertido en el Presidente más polarizante desde los tiempos de Lincoln. Ha sabido llegarle a sus seguidores a través de las redes sociales y de la caja de resonancia más poderosa: la cadena de televisión Fox News. Hay que reconocer que el Presidente Trump tuvo la habilidad de captar y articular la inconformidad y el malestar de esos sectores de la sociedad, lo que no supieron hacer sus 16 contrincantes en las primarias republicanas ni la Secretaria Clinton.

Donald Trump no tiene una ideología discernible. Lo que sí maneja es un discurso altamente proteccionista, populista, nacionalista, agresivo y, hay que decirlo, también narcisista. Es poco realista en el sentido de que ignora la realidad y vive en un mundo de otra dimensión política: el de su propia “realidad alterna” a como lo describió su jefa de campaña, Kellyanne Conway.

¿Cuál es su política económica? Su promesa más firme es acabar con la competencia desleal que provocan los tratados de libre comercio que, según él, fueron mal negociados. Por eso, ahora todos deben de ser renegociados o cancelados. Para Trump todo debería ser “made in USA”. Basa esa idea en que Estados Unidos tiene un déficit comercial anual de 500 mil millones de dólares, una cifra menor al 5% del Producto Interno Bruto de Estados Unidos. Sostiene que Estados Unidos ha sido des-industrializado por la competencia desleal que promueve el TLC de América del Norte (NAFTA) y la que hubiera tenido en el TPP (Acuerdo Trans-Pacífico), que estaba, por cierto, muerto desde que, tanto la secretaria Clinton como el senador Sanders, lo rechazaron cuando el señor Trump hizo de los tratados de libre comercio un tema relevante de la campaña electoral.

Uno de los errores más grandes que puede cometer la administración Trump es aprobar una versión moderna de la Ley Smoot-Hawley, aprobada en Estados Unidos en 1930. Esta legislación incrementó aranceles a los productos de todos los socios comerciales de Estados Unidos para “proteger” -de ahí la palabra “proteccionismo”- los empleos en Estados Unidos. Otros países comenzaron entonces a subir sus propios aranceles a las exportaciones norteamericanas. Y para muchos economistas, aquella guerra comercial provocó la Gran Depresión, iniciada en 1929, que no terminó hasta 1940, cuando era prácticamente inevitable la Segunda Guerra Mundial y el sector industrial estadounidense se volcó a producir armamentos para el Reino Unido y las propias fuerzas armadas estadounidenses. Fue la producción masiva de armas, y no los programas bien intencionados del Presidente Franklin Roosevelt, la que rescató a Estados Unidos de la Gran Depresión.

Si el Presidente Trump sigue el camino de la Smoot-Hawley y empieza a desmantelar o a renegociar tratados comerciales, si lo hace con el NAFTA -y no excluyo que lo haga con el CAFTA en donde está Nicaragua-, el mundo difícilmente se quedará de brazos cruzados. En Nicaragua no vamos a poder hacer nada. Pero países que tienen un superávit grande con Estados Unidos, como Alemania, van a reaccionar. La China, la India y Vietnam también van a reaccionar. Y ellos sí tienen la masa crítica para dañar a la economía norteamericana y a los millones de empleos, tanto en el sector industrial como en el rural, que hoy dependen directamente de exportaciones estadounidenses. Los consumidores norteamericanos van a terminar reaccionando también. Porque cualquiera que visita Estados Unidos sabe que el mayor beneficiado por los acuerdos de libre comercio es el consumidor norteamericano, que se beneficia de los precios bajísimos de gran cantidad de productos “extranjeros”, no sólo ropa y aparatos electrónicos, también carros japoneses, alemanes o coreanos, en muchos casos manufacturados en modernas plantas de Estados Unidos. Y es un hecho que son los consumidores los que impulsan en gran medida la economía norteamericana.

Leyendo entre líneas lo que en lenguaje de banco central dice el Fondo Monetario Internacional en sus informes periódicos sobre la economía mundial, entendemos que el ataque del señor Trump al libre comercio global sería devastador para el mundo. Si los países afectados empiezan a tomar represalias contra Estados Unidos caeríamos en lo que hemos visto desde hace algunos años: que el crecimiento comercial del mundo está por debajo del nivel del crecimiento económico mundial. Lo contrario había ocurrido desde finales de la década de los años 40 hasta hace pocos años. Dicho de otra manera, el crecimiento del comercio internacional le había dado ímpetu al extraordinario crecimiento mundial que se dio entre 1950 y 2005. Ahora, con el proteccionismo que propone el Presidente Trump, el comercio mundial dejaría de ser el agente que cataliza el crecimiento, tal como lo fue durante más de medio siglo.

Hasta hoy, 31 de enero, el señor Trump no ha mencionado a Nicaragua. Desde el inicio de su precampaña su principal blanco latinoamericano ha sido México, tercer socio comercial más importante de Estados Unidos. Por más de setenta años, la política norteamericana hacia México ha sido ayudar a su vecino a ser un país estable, pacífico y aliado de Estados Unidos. Resulta irónico que el presidente Trump, quizás inconscientemente, esté descartando esta política, que tan útil ha sido a ambos países. Quizás por su falta de experiencia y conocimientos, no se percata de que está siguiendo una política -que consiste en construir una muralla “grande y bella” a lo largo de la frontera, en pasarle la cuenta a México y en aplicarle aranceles altos a sus exportaciones a Estados Unidos o en ponerle impuestos a las remesas de los mexicanos-, que desestabilizará a México. Con esa política está enterrando la que hicieron republicanos y demócratas desde hace décadas.

Además de esta errada política contra México, otros objetivos declarados de la política exterior de Trump son impedir la migración de musulmanes, acabar con el Estado Islámico y desmantelar el acuerdo nuclear con Irán que negoció su predecesor, el Presidente Obama. Cree también, y así lo ha declarado, que un país que va a la guerra en otro país tiene derecho a quedarse con el “botín de guerra”. Ningún Presidente en la historia de Estados Unidos ha dicho esto explícitamente. Pero el Presidente Trump repite cada vez que habla de Irak que si Estados Unidos va a la guerra en Irak se quedará con el petróleo de ese país.

La visión que tiene Trump de las instituciones políticas internacionales es muy negativa. La embajadora que nombró para la ONU, Nikki Haley, inmediatamente después de asumir su cargo criticó la enorme burocracia de la organización, recordó que Estados Unidos aporta a la ONU el 22% de sus recursos y aún más para financiar las misiones de los Cascos Azules, y anunció que estaría atenta a que las acciones de la ONU beneficien los intereses geopolíticos de Estados Unidos. Es más, afirmó que contabilizaría y analizaría cuidadosamente cómo votan los países en temas de interés de Estados Unidos, insinuando que su gobierno castigaría a aquellas naciones que no apoyen sus intereses.

El Presidente Trump ha amenazado con cortarle recursos a la ONU, a la OEA y a todas las instituciones financieras internacionales. Nadie, parece, se salva del señor Trump, que también ha cuestionado a la OTAN como una organización desfasada, a pesar de que ha sido uno de los pilares fundamentales desde finales de la Segunda Guerra Mundial y es considerada por civiles y militares de Occidente como una fuerza exitosa para darle estabilidad, no sólo a Europa sino a los países del Medio Oriente. También el Presidente Trump ha aplaudido la salida del Reino Unido de la Unión Europea y en varias ocasiones también ha criticado a la Unión Europea.

De carambola, algunos de los planes del Presidente Trump podrían afectar a Nicaragua. Esto debe de hacer comprender al Comandante Ortega que las cosas han cambiado de una manera inimaginable en Estados Unidos. Juzgando a otros por sus acciones y retórica, el señor Trump se cree una suerte de “sheriff en el pueblo” por su estilo de gobernar. Su política exterior será más nacionalista, más agresiva y más impredecible que en cualquier otro momento de la historia norteamericana. Y, aunque a diferencia de lo que decía y hacía George W. Bush, Trump ha afirmado que no va a fomentar cambios de regímenes, ha dejado claro que no está satisfecho con el trato que Obama le dio a Cuba y lo tilda de haber sido producto de una mala negociación en la que Estados Unidos entregó todo y los hermanos Castro no cedieron nada en derechos humanos y en democracia.

Es un secreto a voces que los políticos cubano-americanos están mandando con el nuevo Presidente y que tendrán una influencia enorme en las políticas estadounidenses hacia Centroamérica y no se excluye que algunas de las medidas que favorecen a Cuba podrían ser revertidas. Hacia Irán y hacia Corea del Norte el señor Trump está siguiendo una estrategia dura. Tanto Irán como Corea del Norte son países sobre los que existe consenso en Washington de que son un claro peligro para el mundo.

Quizás una de las novedades más interesantes de la política exterior del nuevo Presidente es su intento de acercarse a la Federación Rusa. Personalmente, me parece positiva esa idea. Tanto el Presidente Bush hijo y el Presidente Obama intentaron mejorar las relaciones con el Kremlin. El problema es que ambos fracasaron y, por eso, se ha formado un consenso en el establishment político, tanto de republicanos como de demócratas, que el intento de acercamiento está condenado a fracasar y resulta ingenuo. Ese sentimiento se nota especialmente entre los demócratas, que están convencidos de que el Presidente Putin trató de influenciar el resultado de las elecciones para beneficiar a Donald Trump.

La política hacia Rusia es importante para Nicaragua porque sospecho que es algo que le da esperanzas a Daniel, quien pudiera creer que por su amistad con Vladimir Putin el líder ruso lo podría proteger del Jefe de Estado norteamericano. Es natural que así vea las cosas. Pero Daniel no debería olvidar la lección de los años 80, cuando un buen día vino a Nicaragua Edward Shevarnadze a decirle que la Guerra Fría se había acabado y que Nicaragua debería entenderse con Estados Unidos porque ya no tendría el apoyo soviético

La cercanía de Nicaragua con Cuba, Rusia e Irán podrían perjudicar a Nicaragua en la era de Trump. Y si sumamos a esta lista la reciente cercanía de Nicaragua con Corea del Norte, demostrada por la presencia en la toma de posesión del comandante Ortega del tercer hombre en la jerarquía de ese país, es obvio que la situación se nos podría complicar. Tengo la seguridad de que en los círculos de los latinoamericanistas de Washington, y entre quienes no simpatizan con Daniel en el gobierno de Estados Unidos, esas amistades se van anotando cuidadosamente y serán insumos si se revive la Nica Act.

En la polìtica hacia Nicaragua uno de los grandes desafíos de la administración Trump es que sus altas esferas no tienen memoria institucional, con excepción del señor Thomas Shannon, que estuvo manejando el Departamento de Estado durante el interregno entre Obama y Trump y que conozco goza de la total confianza del nuevo Canciller, Rex Tillerson. Shannon es un veterano de “foggy bottom”, como se le conoce en el Departamento de Estado y ha pasado buena parte de su larga y brillante carrera trabajando en América Latina.

A pesar de eso, sé que un grupo de “halcones”, algunos de ellos con cargos que se remontan a los días de la Guerra Fría mundial y de las guerras calientes en Centroamérica, están buscando como colocarse en cargos de la nueva administración. Y ésos sí tienen una buena memoria institucional y podrían elaborar una agenda hemisférica para aplicar no el “soft power” de Obama sino el poder duro que, aparentemente, parece estar de moda, en la Casa Blanca. Todos ellos recuerdan bien a Daniel… y eso es muy peligroso para su gobierno porque, de ser nombrados a cargos importantes en la nueva administración, serán ellos quienes cocinarán la política hacia Nicaragua.

Debemos saber también que hay grupos importantes de países vecinos de Mesoamérica que están cabildeando activamente en Washington contra Daniel Ortega y son personas que tienen buena capacidad de cabildeo y bolsillos profundos para hacerlo. Ellos tildan al comandante de ser anti-Israel, pro-Rusia, pro-Irán, pro-Cuba, pro-Venezuela y ahora pro-Corea del Norte. Dicen preocuparse por el rearme de Nicaragua y citan los tanques, lanchas y hasta aviones de caza que Rusia ha enviado a Nicaragua. Y, créanme, éste es un tema muy sensible para los halcones anti-Ortega. Además, ellos comentan, sin duda, que Nicaragua es hoy el único país de América Latina en donde se permiten elecciones pero donde no se cuentan los votos. Y hacen hincapié en que eso no sucede ni siquiera en Venezuela, como demostraron las últimas elecciones parlamentarias, donde la oposición obtuvo una supermayoría contra Nicolás Maduro.

¿Qué debería hacer Daniel en la era de Trump? ¿Cuál debería ser su postura hacia una nueva administración, cuya conducta es impredecible y tiene el potencial de ser muy agresiva con aquellos países que considera enemigos? Creo que debe ser una posición muy cuidadosa, de “pecho a tierra”, tanto en las acciones como en la retórica. Porque Trump es una persona que no sólo se fija en lo que sus adversarios hacen, sino en lo que dicen. Daniel debe de absorber como esponja todo lo que está pasando en Washington y debe digerirlo. Debe de monitorear continuamente todo lo que ocurre en Washington. Y, a pesar de lo que le dicen aquellos que subestiman la Nica Act, debe evitar que se apruebe esa ley.

No dudo que el comandante Ortega comprende todo esto. Y seguramente para blindarse aceptó negociar con la OEA. Y es obvio que está jugando a ganar tiempo. En el primer informe conjunto producto de su negociación con la OEA se habla de un proceso que pudiera prolongarse tres años. Pienso, basado en mis contactos en Washington, que nadie en el Congreso va a tragarse ese plazo. Tres años no es plazo potable para los halcones, tanto republicanos como demócratas, entre ellos Bob Menéndez, senador demócrata por New Jersey, hasta hace poco presidente del comité de relaciones internacionales del Senado. Menéndez tiene en la mira a Nicaragua y en eso se une al senador Ted Cruz y al senador Marco Rubio, ahora presidente del subcomité de relaciones internacionales para el hemisferio occidental del Senado.

El mejor escudo que tiene Daniel es dar rápidamente pasos creíbles para retomar el camino de la gobernabilidad política, sobre todo en el sistema electoral. Enfatizo que esos cambios tienen que ser genuinos. Cambiar algo para que no cambie nada, según la fórmula del italiano Tomassi de Lampedusa, no funcionará. Pensar que existe un mundo multipolar y que Rusia y Putin pueden escudar a su gobierno podría ser un enorme error.

Tiene que darse cuenta Daniel de que, en el mejor de los casos, Nicaragua es sólo un peón en un juego de ajedrez entre Washington y Moscú. Y debemos todos tener claro que en la era de Trump, en donde el pasado ya no es prólogo y nada está escrito, existen algunas realidades. Una de ellas es que Rusia es un poder regional euro-asiático y muy vulnerable económicamente. Y que Estados Unidos sigue siendo la única superpotencia económica y militar del planeta. En su mundo de realidades alternas, el Presidente Trump no se cansa de decir que el aparato militar norteamericano está muy degradado después de los ocho años del presidente Obama. Pero la realidad es otra. Todos los entendidos en asuntos militares saben que Estados Unidos gasta más en su fuerza militar -cada vez más sofisticada- que las nueve potencias combinadas que siguen a Estados Unidos en el “top ten” bélico. Entre esas nueve potencias están China, Rusia y la India…

Y con este “botón” pongo punto final a este esbozo de lo que ya hay y de lo que puede haber para Nicaragua en sus relaciones con los Estados Unidos de la era de Trump.

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