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  Número 259 | Octubre 2003
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Nicaragua

"En el TLC definimos si nos suicidamos o si morimos de muerte natural"

Sinforiano Cáceres, presidente de la Federación Nacional de Cooperativas (FENACOOP), compartió con Envío experiencias y análisis de las rondas de negociación del TLC -en las que ha participado en “el cuarto de al lado”, como representante del movimiento social nicaragüense-, en una charla que transcribimos.

Sinforiano Cáceres

El Tratado de Libre Comercio es un tema que pone a prueba la capacidad propositiva de nuestros gremios para defenderse técnica y políticamente en la nueva lógica del mundo, totalmente dominada por el mercado. No es fácil esta prueba. En el TLC las reglas de la negociación tienen una lógica altamente técnica, sin dejar de ser altamente política, y tenemos que aprender a manejar bien ambos campos. Tenemos que saber presentar la argumentación política
-que dominamos mejor- para reforzar los planteamientos técnicos, porque los planteamientos políticos sin soporte técnico pierden validez. Para los gremios, acostumbrados como estamos a una lógica reivindicativa, esto ha representado un desafío enorme, que nos ha sometido a un aprendizaje acelerado. Acostumbrados a trabajar para el corto plazo, para la coyuntura, ha sido para nosotros un gran reto aprender a pensar y a trabajar para el mediano plazo, para el largo plazo, para el proceso. Hemos tenido que aprender, llevando en el camino luces altas y luces bajas, resolviendo coyunturas, pero siempre mirando más allá. Nada de esto es sencillo cuando el liderazgo de nuestros gremios tiene tan bajo nivel de escolaridad y no siempre logra la capacidad de abstracción para poder formular propuestas válidas. Personalmente, me ha costado mucho entender esta temática, pero algo hemos ido entendiendo hasta llegar a hacer aportes concretos.
La lógica de Estados Unidos en la negociación ha sido darle largas al tema agrícola, dejarlo de último para que los negociadores tengan poco tiempo de consultar la propuesta -si es que lo hacen, porque en cuatro países no se consulta prácticamente nada, en Nicaragua sí- y para que los gremios no tengan capacidad de respuesta y de reacción a la propuesta. Ésa es la estrategia. Estados Unidos ha ido planteando los temas que le son sensibles, dejando los nuestros para el final. Los temas más sensibles de Estados Unidos son: comercio electrónico, patentes, propiedad intelectual y textiles. De último, han dejado nuestros temas sensibles: el tema agrícola, el medioambiental y el laboral.
La estrategia de Estados Unidos nos preocupa mucho. Después de siete rondas -la última, la de septiembre en Managua-, faltan nuestros temas, que se van a negociar en las dos últimas rondas, a celebrarse en Estados Unidos, en Houston (octubre) y en Washington (diciembre). ¿Habrá tiempo en dos rondas para resolver todo lo que falta por acordar? Esta prisa y el plazo fatal que ellos manejan suponen un enorme desgaste económico, técnico y humano para nosotros. Y por eso, hay muchos grupos que se han ido quedando en el camino por falta de recursos económicos, por incapacidad de hacer propuestas o porque se sienten frustrados y han decidido dar la pelea por otras vías. Esta realidad explica la diversidad de posiciones y de planteamientos que hoy existen en Centroamérica ante el TLC de parte de los distintos sectores sociales y económicos no oficiales. Habrá que rescatar, de alguna forma y en algún momento, todos esos planteamientos, porque una cosa es la firma del TLC y otra cosa será su implementación, donde todo se nos complicará más, al no saber contra qué exactamente vamos a luchar y cuáles serán las reglas de ese juego, que sólo durante la implementación vamos a ir conociendo.
En las primeras dos rondas -la negociación inició en enero 2003- apenas hubo una presentación: Estados Unidos presentó ofertas y Centroamérica presentó ofertas. Y no se negoció nada, porque en toda negociación debe haber ofertas y demandas. En la tercera y cuarta rondas ya se presentaron demandas. Y ha sido sólo a partir de la quinta ronda que empezó realmente la negociación. Hasta entonces sólo hubo un careo, una pérdida de tiempo, un turismo político.
En la negociación del TLC están en juego miles de productos de parte y parte. Hay una lista de los que se llaman “ofensivos” y otra de los que se llaman “defensivos”, tanto de parte de Centroamérica como de parte de Estados Unidos. Ofensivos son los que produce el país y tienen potencial exportable. Defensivos son los que produce el país y necesitan de protección para evitar desequilibrios: aumento de la pobreza, del desempleo o de la migración.
El enfoque principal de las rondas en que ha habido negociación ha estado en determinar cuáles son los productos sensibles, cuáles deben ser desgravados de inmediato y cuáles no, en cuáles puede haber importación-exportación de doble vía y cuáles productos no deberían entrar en la negociación. Los productos a considerar para su desgravación en plazos determinados han sido agrupados en cinco “canastas” según los plazos de su desgravación arancelaria.
La FENACOOP tiene como corazón de su estrategia excluir de cualquier canasta, sacar totalmente de la negociación, el gallo pinto y la tortilla. Consideramos que el arroz, los frijoles y el maíz deben quedar fuera del TLC. Y no por capricho: la producción de estos tres productos está altamente subsidiada en Estados Unidos, la asimetría es enorme, y por mucha habilidad que nosotros tengamos en la negociación, siempre vamos a perder y nuestra producción quedaría arrasada. Para luchar por la exclusión de estos tres productos que constituyen la dieta básica de los nicaragüenses y que garantizan nuestra seguridad alimentaria, hemos usado un argumento político evidente: en Nicaragua hay 250 mil familias que irían a la ruina si el arroz, los frijoles y el maíz entran al TLC,
la desestabilización que crearía la ruina de esta gente sería tremenda, y Nicaragua -también Centroamérica- terminaría convirtiéndose en una región no apta para negocios, ni para Estados Unidos ni para nosotros.
Es por defender el gallopinto y la tortilla que la FENACOOP anda metida en esta negociación. Hemos hecho alianzas para sumar otros rubros y para aportar en otros temas y tener así más fuerza, pero el corazón de nuestra estrategia es defender la comida básica de la mayoría de los nicaragüenses. No es ésta una lucha sencilla. Hasta la ronda celebrada en Managua (septiembre), Estados Unidos estaba anuente a excluir de las negociaciones el maíz blanco, pero no el arroz ni los frijoles.
Consideramos también que de nada sirve definir los plazos de la desgravación arancelaria -lo que ya se ha definido en las “canastas”- si paralelamente no se van discutiendo otras barreras no arancelarias, especialmente las medidas sanitarias y fitosanitarias. Porque podemos lograr acceso inmediato de nuestros productos al mercado de Estados Unidos con arancel cero, pero existen trabas no arancelarias que te vuelven eterna la posibilidad real del acceso que nos conceden. Uno de los ejemplos más claros lo encontramos en México. Del pollo, en Estados Unidos se consume básicamente la pechuga y las piernas -los muslos- se consideran desechos y se venden a precios muy bajos. En el TLC Estados Unidos-México, se pactó la exportación a Estados Unidos de pechugas de pollo mexicanas a cambio de la importación a México de muslos de pollo gringos. Acceso inmediato, cero arancel, dijeron. Pues bien, los muslos se han movido, pero han pasado casi diez años y México no ha podido exportar aún una sola pechuga, porque siempre hay una barrera no arancelaria que les impide entrar al mercado norteamericano. Por eso,
de nada serviría acordar lo de los aranceles si no se hacen acuerdos sobre
otras barreras.
Otro tema importante que debe ser resuelto es el de la cooperación para el desarrollo. Porque si estamos acordando desgravaciones arancelarias a cinco, a diez, a doce, a quince años, es que estamos estableciendo protección antes de esos plazos, y si la establecemos es con la lógica de considerar que en esos plazos ya tendremos una situación diferente y mejor en Centroamérica en cuanto a competitividad, en cuanto a diversificación productiva, en cuanto a estabilidad. Está claro, entonces, que para transitar del hoy hasta los plazos acordados en las canastas necesitamos de cooperación, porque nuestras economías no tienen actualmente capacidad de competir en esos productos.
La cooperación es, o debería ser, un elemento complementario al TLC para que el tratado genere realmente desarrollo. Le hemos tomado la palabra a los negociadores oficiales y les decimos: efectivamente, un tratado de libre comercio puede convertirse en un instrumento que promueva nuestro desarrollo, siempre que dispongamos también, complementariamente, de recursos financieros, técnicos y materiales.
Si no, el tratado de libre comercio sólo servirá para desarticular aún más las débiles economías que hoy tenemos.
En el tema de la cooperación para el desarrollo, Estados Unidos ha planteado su disposición a brindarla. Y en la ronda de Managua se debatió en qué áreas y se acordaron algunas cifras. Nosotros nos enfocamos en tres áreas. Cooperación para apoyar a los sectores más vulnerables, a quienes van a ser afectados más severamente por el TLC. Cooperación para promover procesos de diversificación y de reconversión productiva. Y cooperación para fortalecer la capacidad de nuestros recursos humanos, hoy muy frágiles.
Estados Unidos plantea que su interés es fortalecer los recursos humanos y la capacidad institucional de los gobiernos para que puedan cumplir los requisitos técnicos que plantea el TLC. Si, por ejemplo, el TLC establece una medida fitosanitaria que prohiba la entrada de determinados productos genéticamente modificados, en las aduanas centroamericanas no existe actualmente la capacidad técnica para analizar los productos que entran y saber si son genéticamente modificados o no, para determinar a qué variedad pertenecen o a qué empresa pertenecen. Es en el fortalecimiento de este tipo de capacidades en donde Estados Unidos quiere centrar su cooperación al desarrollo. El objetivo es claro: no quieren que se atrasen sus productos en nuestras fronteras por nuestra incapacidad técnica. Están pensando en sus intereses, en sus productos, en sus beneficios,
y no en los problemas nuestros. Es natural: hay que estar claro que en una negociación como ésta lo que está en juego es quién se traga a quién y no quién estima a quién.

El gobierno de Estados Unidos nos cuestiona que le estemos reclamando desarrollo al TLC cuando sabe -y así lo plantea- que no tenemos estrategia de desarrollo. Nosotros les planteamos que si el gobierno no tiene estrategia de desarrollo, los gremios sí la tenemos y les pedimos que negocien bilateralmente con nosotros. Con este planteamiento, en la ronda de Managua logramos que se abriera una “ventana” de conversaciones directas entre quienes están en la mesa de cooperación estadounidense -AID, BID, Banco Mundial, BCIE y ONG gringas- y los sectores sociales, económicos y empresariales de Centroamérica.
Nos interesa sobremanera discutir a fondo las medidas sanitarias y fitosanitarias por tres razones. Una, por la trascendencia que tiene la introducción en nuestros países de organismos genéticamente mofidicados. Dos, por los plaguicidas. Tres, por la autonomía que debemos conservar en esta área del TLC. Y todo esto nos preocupa más porque a nivel regional no existe una política agrícola común ni existen leyes comunes que prohiban la circulación de determinados productos - transgénicos, plaguicidas- y porque tampoco hay consenso ni voluntad política para que existan.
Nos tiene muy preocupados el tema de los plaguicidas. Desde hace tiempo Estados Unidos vende en Centroamérica plaguicidas de la llamada “docena maldita”, productos químicos prohibidos hoy en el mundo desarrollado. El problema ahora es que si usamos alguno de esos químicos en la agricultura, las medidas fitosanitarias de Estados Unidos no darán acceso a su mercado a los productos así cultivados. Es un círculo vicioso: ellos nos venden su producto y después condenan nuestra producción. En esta discusión, Centroamérica tiene una gran debilidad: no existe una ley regional que prohiba la introducción en todos nuestros países de toda la “docena maldita”. Las leyes son diferentes y son parciales: dos productos están prohibidos en Nicaragua, tres en Guatemala, dos en El Salvador, y no siempre son los mismos. Si esto no se regula,
y ante el vacío de legislación, con el TLC vamos a asistir a una masiva triangulación entre nuestros países de productos dañinos que entrarán por donde están permitidos para circular después por donde están prohibidos. Y corremos el gran riesgo de que
se nos multipliquen casos como el de los bananeros de Occidente envenenados
por el Nemagón.
Nos tienen también muy preocupados el “principio de inocuidad” y el “principio precautorio”. El de inocuidad pretende asegurar que los productos que entrarán en el mercado no representan un riesgo para la salud de la población consumidora.
El principio precautorio tiene que ver con la posibilidad que le queda al país, la autonomía que nos quedará para detener la introducción de cualquier producto si existiera presunción de que causa daño a la salud pública, al medio ambiente o a la economía nacional.
Son estos los temas más sensibles dentro de los acuerdos sobre las medidas sanitarias y fitosanitarias, temas en los que están en juego los intereses de grandes empresas de Estados Unidos, interesadas en vendernos masivamente sus productos. Son temas que afectan a la Monsanto, a las grandes transnacionales que venden alimentos y semillas transgénicos y plaguicidas. Que afectan a las grandes empresas que nos quieren vender o que ya nos están vendiendo lo que no necesitamos o lo que nos hace daño. Porque hay que estar claros que desde hace tiempo ya estamos comiendo productos transgénicos, cuando tomamos las sopas Maruchan o las sopas Maggi. Lo que pretendemos ahora, en el marco del TLC, es que todos esos productos no sigan entrando libre y campantemente sin que nuestros países conserven alguna autonomía para frenarlos.
Otro tema muy delicado en las negociaciones del TLC es el de los subsidios, el de los “apoyos internos” que Estados Unidos da a sus productores agrícolas. Estados Unidos ha planteado que esto se va a decidir en el foro multilateral de la OMC. Costa Rica, Nicaragua y Honduras plantean que así debe ser. Y en esto coincide la sociedad civil centroamericana: si los subsidios del Norte son un tema del foro multilateral de la OMC, no deben entrar en la negociación del TLC, y sí es así, no nos deben pedir desgravación arancelaria con plazos hasta que este asunto no sea resuelto en la OMC. No se puede pedir desprotección a Centroamérica en el marco del TLC si el tema de la protección o la desprotección de Estados Unidos se resuelve en el marco de la OMC: ésa es la lógica justa que demandamos.
La lógica más justa sería no desgravar ningún producto que esté subsidiado en Estados Unidos o que Estados Unidos pretenda vender en Centroamérica si se produce en la región. Hemos identificado cinco productos con esas tres características: maní, lácteos, azúcar, arroz y maíz. Estados Unidos plantea estar anuente a reducir el subsidio que da a la exportación de estos cinco productos, pero ese subsidio del que habla representa apenas el 6% del subsidio total que reciben los productores de estos cinco productos. El subsidio fuerte, el importante, el 94%, se lo da a la producción, no a la exportación. Ese subsidio fuerte es el que está disfrazado hoy bajo el nombre de “apoyos internos” después de un acuerdo entre Estados Unidos y la Unión Europea.
Otro tema delicado es el de la asimetría. La diferencia entre las economías de Centroamérica y Estados Unidos en cuanto a producción, productividad, tecnología, capacidad institucional, etc., y no sólo en la agricultura, es absolutamente abismal, es insalvable, y por eso Centroamérica requiere que la negociación del TLC tenga en cuenta un principio de asimetría. Porque de lo contrario, asistiremos a una masacre económica. Estados Unidos plantea que sus subsidios y su asimetría no necesariamente son desventajosas para Centroamérica. Dicen que si, por ejemplo, a Estados Unidos le sobra trigo y nos lo venden a precios muy baratos, Centroamérica gana. En broma y en serio les decimos: “Eso es verdad, pero nosotros no queremos pan para
la vela sino pan para la vida”. Porque si nos dan trigo barato a cambio de matar el resto de la economía es como si nos dieran pan para nuestro velorio.
Estados Unidos ha aprovechado excelentemente a su favor los problemas no resueltos de Centroamérica. A pesar de ser una región tan pequeña, con países tan pequeños, Centroamérica no es buena negociadora, porque no logra negociar a una sola voz y como una sola región con intereses comunes. Centroamérica no ha logrado su integración,
ni siquiera su unión aduanera. Esto provoca dos problemas. El primero, que no tenemos una armonización arancelaria interna, lo que genera innumerables problemas en la circulación de nuestras mercaderías por la región. El segundo, que tampoco tenemos un arancel externo común. En casi todos los rubros clave para Nicaragua tenemos problemas de armonización arancelaría. Veamos el arroz. Guatemala y El Salvador producen sólo el 10% del arroz que consumen. Nicaragua y Costa Rica producen el 70% del arroz que consumen. El arancel salvadoreño para el arroz es bajo: El Salvador
quiere que ingrese a bajo precio el arroz que no produce. Costa Rica y Nicaragua quieren exactamente lo contrario y por eso tienen un arancel más alto para proteger a sus productores nacionales encareciendo el arroz importado.
Cuando no se logra acuerdo entre los centroamericanos, Estados Unidos plantea negociar bilateralmente con cada país cada producto, lo que provocaría una intensa triangulación de productos, que entrarían por donde paguen menos impuestos para después circular por toda la región. Éste es uno de los peligros más grandes que tiene el TLC, y su resolución depende de conjugar muchos intereses económicos y voluntades políticas regionales, a menudo contradictorias.
Las dos últimas rondas son las más peligrosas. En ellas, cada país va a decidir a quién protege y a quién sacrifica. Y al final habrá seguramente jugadas de última hora. Siempre resulta más sencillo políticamente proteger a los “barones azules” del azúcar y sacrificar a los maiceros, aun cuando las consecuencias de este sacrificio sean catastróficas y auguren una gran inestabilidad regional.
En las negociaciones, a Nicaragua se le achaca un problema que es cierto: es el país de la región con aranceles más bajos. Durante el gobierno de Alemán se hicieron desgravaciones arancelarias unilaterales, a cambio de nada. Por ejemplo, el maíz tiene una protección del 15%, cuando el maíz en Estados Unidos tiene un subsidio de un 33% de su costo. En Nicaragua, el frijol tenía una protección del 15%, y sólo hasta hace poco se subió al 30%, mientras Costa Rica, que no produce frijoles en las cantidades nuestras, tenía una protección del 30-45%. La producción de carne vacuna en Nicaragua tiene una protección del 15% y la carne de cerdo, que no se produce en cantidades ni se exporta, está protegida con el 45%. Son arbitrariedades, irregularidades, que a la hora de discutir regionalmente afectan mucho.
Cuando se ha debatido la necesidad de un arancel externo común para Centroamérica, nuestros países han dicho: adoptemos todos el arancel más alto que ya exista en la región. Pero Estados Unidos propone adoptar no el arancel consolidado en la OMC -donde nuestros países consolidaron un arancel del 40%-, sino el arancel aplicado, que es más bajo. En el caso del maíz, por ejemplo, tenemos un arancel consolidado en la OMC mayor que el que se está aplicando, del 15%. Éste más bajo es el que propone Estados Unidos, alegando que no aceptará ningún trato discriminatorio, basándose en los principios de la propia OMC. Es sólo un índice de que nos hemos metido en camisa de once varas bastándonos con una cuarta.
El tema de patentes y de propiedad intelectual es de los más sensibles para Estados Unidos. Ellos están planteando prolongar durante cinco-diez años más la vida de sus patentes de productos farmacéuticos y de agroquímicos. Sólo un ejemplo de lo que esto significa: en Centroamérica se produce y se emplea el glifosato, un producto genérico que es el componente activo de herbicidas de marca como el Gramoxone o el Roundup, fabricado por la Monsanto. Costa Rica logra producir el galón de glifosato a 25 dólares. En Estados Unidos producir ese mismo galón cuesta 113 dólares. Pues bien, en el TLC Estados Unidos está planteando que las agroquímicas centroamericanas que producen glifosato barato y sin marca le paguen a la marca Roundup el derecho de uso de ese producto, patentado por la Monsanto, durante diez años más. Esto no tiene ninguna lógica, porque desde hace años ese producto genérico se fabrica en Centroamérica de forma competitiva. Estados Unidos no cuestiona nada de eso, pero lucha por sus marcas, quiere prolongar la vida de las patentes y reforzar más a su favor las leyes de propiedad intelectual. También nos preocupan mucho las patentes que Estados Unidos pretende tener sobre seres vivos, animales y plantas. Estados Unidos plantea que se elaboren leyes para estas nuevas patentes donde no existan y se reformen las que ya existen, siempre a favor de sus intereses.
Nos preocupan sobremanera los temas laborales y los medioambientales. En el tema laboral, Estados Unidos tiene un problema: nuestra tragedia les es desventajosa. En Centroamérica la gente trabaja por cualquier salario en las zonas francas o maquilas. Y esa tragedia es una ventaja relativa que tenemos en la negociación: porque en Estados Unidos existe hoy una gran tensión entre los sindicatos, temerosos de un éxodo masivo de empresas hacia Centroamérica, lo que provocaría allá más desempleo. Y como en Estados Unidos la fuerza laboral es masiva y organizada. presiona a los congresistas para que el TLC no se apruebe si no lleva asegurada una protección laboral suficiente en el tema textil y en el tema agrícola.
En el tema medioambiental tendremos que ver cuáles serán los estándares técnicos que deberán cumplir los inversionistas. En la mayoría de los casos son más bajos que los que la ley establece, con efectos muy dañinos para nuestras aguas y bosques, recursos que aún Nicaragua tiene en abundancia.

Por todas estas razones, y por bastantes más, la negociación del TLC es para nosotros extremadamente compleja, difícil y retadora. Debemos reconocer que nuestros espacios como región son muy limitados y a veces sentimos que lo que estamos definiendo allí es solamente si nos suicidamos o si morimos de muerte natural. Así de crudo.
En la sexta ronda del TLC, en New Orleans, nos reunimos con los grandes empresarios de la región. En privado, ellos nos expresaban estar totalmente de acuerdo con nuestros planteamientos. En público no lo pueden decir. En el último documento de propuestas de los empresarios agrícolas no hay grandes diferencias con las nuestras. Como nosotros, ellos proponen: que se establezca una salvaguarda agrícola especial equivalente al apoyo interno que hay en Estados Unidos, que se establezca el principio de asimetría para los diferentes productos agropecuarios, que Estados Unidos desgrave sus aranceles para cuando llegue a nuestros niveles irnos desgravando juntos, que la cuota de arroz que entre a Centroamérica se importe
bajo el criterio del desabastecimiento y no con el de cuotas progresivas con un 10% de incremento anual.
Los grandes empresarios de la región, que están tan informados de los riesgos que se avecinan como nosotros hemos buscado estarlo, nos confesaban que en público no podían decir lo que pensaban y decían en privado porque eran vulnerables a “torcidas de brazo” de sus gobiernos. Reconocían que nosotros éramos como “el mal deseado” de ellos porque podíamos expresar lo que ellos no pueden. Para entender esta
“doble moral” hay que tener en cuenta que en esta negociación ultilateral del TLC han venido a desembocar todo tipo de rejuegos políticos y económicos nacionales.
Centroamérica debería negociar mejor el tema de los plazos. El sistema general de preferencias que se nos concedieron y la Iniciativa de la Cuenca del Caribe -acuerdos unilaterales que Estados Unidos tomó a mediados de los años 80 y por los que se permitió acceso libre a territorio americano de productos centroamericanos, fundamentalmente textiles- vence hasta en el año 2008. Centroamérica debería proponer que los plazos de desgravación de las “canastas” empiecen a contar no a partir de 2004
-cuando oficialmente empezaría a implementarse el TLC-, sino a partir de 2008, cuando concluye esta Iniciativa.
En la séptima ronda del TLC en Managua resultó de mucho impacto lo ocurrido en Cancún en esos mismos días durante la quinta reunión ministerial de la OMC. El Norte le había vendido al Sur la reunión de Cancún como la gran esperanza, y Cancún no fue más que el gran desengaño. En la cumbre de Marrakesh (enero 1995), Estados Unidos y la Unión Europea anunciaron que reducirían sus subsidios en un 30% y sus aranceles en un 36% y que aceptaban que todo país donde el per cápita anual de la población fuera menor a mil dólares anuales no debía desgravar su producción agrícola. Teniendo en cuenta esto, los centroamericanos decimos: ¿por qué si ése es el acuerdo multilateral, en el TLC con Estados Unidos debemos desgravarnos nosotros, si nuestro per cápita -a excepción del de Costa Rica- no supera los mil dólares?
Posteriormente, en la cumbre de la OMC en Doha (Qatar, noviembre 2001), los dos acuerdos fundamentales fueron: el compromiso de los países desarrollados de trabajar por convertir el comercio internacional en un instrumento para el desarrollo de los países pobres, principalmente en el área agrícola; y el compromiso de facilitar el acceso de los productos agrícolas de los países pobres al mercado de los países desarrollados para que los países pobres mejoren sus ingresos. Naturalmente, dos acuerdos que son como “cartas al Niño Dios”, de difícil -¿imposible?- cumplimento. Muy pronto se demostró:
en Cancún, ambos compromisos se esfumaron. Estados Unidos y la Unión Europea “cambiaron el disco”: ni podemos nosotros ni pueden ustedes pensar que vamos a ceder algo sin que a cambio nos den algo. Esto provocó la crisis en Cancún.

El descarrilamiento de la OMC influye en nuestro TLC, porque ahora tenemos el argumento de decirle a Estados Unidos: mientras no se reduzcan los apoyos internos, mientras no se resuelva lo de los subsidios en la OMC, no negociamos nada. Por todo esto es urgente cabildear una moratoria en el TLC. Porque el proceso de la Unión Aduanera Centroamericana está inconcluso, porque en el TLC hay un montón de incoherencias, porque Cancún fue un fracaso, y porque necesitamos un replanteamiento y necesitamos más tiempo como región.

En el caso de Nicaragua, además, el Programa Nacional de Desarrollo que presentó el gobierno en septiembre, apenas está en discusión y no es posible discutir un tratado de libre comercio como un instrumento para el desarrollo si no está clara aún la estrategia de desarrollo en donde se insertará. En este contexto, y para Nicaragua, el riesgo mayor es que el TLC se convierta en la estrategia de desarrollo del país, que es a donde creo que está apuntando el gobierno de Bolaños.
Para Nicaragua, los desafíos son inmensos. El movimiento social, el movimiento campesino, tiene que ser capaz de un planteamiento económico más elaborado, tiene que definir nuevos métodos de lucha, tiene que renovar banderas y sobre todo, tiene que construir una visión para poder construir un proceso. De lo contrario, nos vamos a quedar en una actitud de resistencia al TLC, y sería resistirnos a algo que para la mayoría de la gente resulta abstracto porque no está aún descifrado.
Nosotros hemos hecho lobby con los agricultores gringos y con los congresistas gringos y hemos ido a meternos donde nunca nos habíamos metido, y nos hemos dado cuenta de que el temor más importante en Estados Unidos es que la región centroamericana no cumpla la tarea política fundamental que se le asigna en el TLC: ser su tercera frontera estable en el continente, garantizándoles seguridad, más que negocios. Y es que Centroamérica apenas representa el 1% de las compras a Estados Unidos y el 1.2% de sus ventas. Realmente, no somos nada. Los congresistas republicanos nos han dicho también que el TLC con Centroamérica es una carta en la campaña republicana. Y los congresistas demócratas nos dicen lo mismo. Hoy, el TLC es tema de la campaña electoral en Estados Unidos. Y ésta es una razón más para explicarnos por qué los temas, los plazos y los ritmos nos los están imponiendo desde Estados Unidos.
Sentimos que Estados Unidos nos está imponiendo a los centroamericanos temas, plazos y ritmos para tener así la sartén por el mango. Sentimos también que Estados Unidos nos está dando una lección no sólo de cómo proteger sus rubros agrícolas sino de cómo defenderlos. Con toda claridad, sus negociadores nos presentan argumentaciones políticas muy válidas desde el punto de vista de ellos. En la sexta ronda de negociaciones, en New Orleans, tuvimos la oportunidad de participar con los negociadores gringos y con los negociadores centroamericanos en una discusión, donde escuchamos cómo los negociadores gringos defendían los subsidios que dan a sus productores agrícolas y cómo afirmaban que seguirían protegiéndolos, porque eso tiene un efecto multiplicador en la economía, porque la cadena agroalimentaria genera diez millones de empleos y porque Estados Unidos no se puede dar el lujo de depender de ningún país para asegurar la comida de su población. ¿Qué argumentaciones políticas tendrían nuestros negociadores que exponer en defensa de nuestros productores agrícolas? Las mismas: nuestra seguridad alimentaria, la generación de empleos, el efecto multiplicador en la economía... Y nuestras propias argumentaciones:
la necesidad de reducir la pobreza, el hambre y la migración, la necesidad de aumentar el consumo... Tenemos muchas razones que alegar. Pero los negociadores centroamericanos no las dicen. Les da pena decir que representan a países pobres, les da pena presentarse como representantes de países pobres.
Hay que reconocer, sin embargo, que el equipo de Nicaragua ha sido el más abierto en cuanto a dar información a quienes no somos gobierno y andamos en las negociaciones. Nosotros hemos tenido acceso a los textos, y esto ha elevado nuestra capacidad de identificar los puntos más neurálgicos para presionar y para hacer propuestas. Por eso, dentro de la Iniciativa Centroamericana sobre Comercio, Integración y Desarrollo Sostenible (CID), que hemos creado para articularnos los movimientos de la sociedad civil centroamericana que comparten objetivos y estrategias democratizadoras de las políticas comerciales, Nicaragua ha logrado un liderazgo en los temas agrícola y ambiental.
El equipo de Nicaragua ha sido el más consecuente y compacto. El mejor, sin duda, aunque también el más pequeño. Pero, como Nicaragua sólo representa el 4% del volumen de las exportaciones centroamericanas hacia Estados Unidos, nuestro peso específico es demasiado pequeño. El equipo de Nicaragua es también el más estable a lo largo de la negociación, siempre integrado con las mismas personas. Honduras capacitó a su equipo y una semana antes de la primera ronda ese equipo renunció y tuvieron que improvisar. En Guatemala, hace dos rondas renunció el negociador oficial. También el equipo de Nicaragua cuenta con la mayor diversidad de representación en su composición social, lo que nos resulta muy favorable. La fortaleza del equipo de Nicaragua se basa también en que todavía quienes lo integran no tienen aspiraciones electorales. En el equipo de El Salvador ya se están repartiendo cargos de gobierno, y eso se escucha en los pasillos de las negociaciones. En el caso de Guatemala, sucede algo parecido. Por varias razones creo que el equipo de Nicaragua es el mejor. Lástima que represente a un gobierno tan distanciado de la gente.

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