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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 372 | Marzo 2013
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América Latina

¿Marx diría sí a la minería?

Recogemos tres textos de un mismo autor en defensa apasionada de los derechos de la Naturaleza, hoy violentados por la economía extractivista y los proyectos de extrahección que imponen las corporaciones del Norte en América Latina, con la anuencia y la complicidad de gobiernos conservadores y también de gobiernos progresistas, que se dicen socialistas y de izquierda. También sucede en Nicaragua, con el gobierno del FSLN.

Eduardo Gudynas

Cómo entender un bosque? Algunos dirán que es un conjunto de árboles. Otros agregarán que no son solamente árboles, porque también se encuentran helechos, orquídeas, arbustos y muchas otras especies vegetales. Algunos dirán que los animales, sean pequeños como escarabajos o sapos, o grandes como tapires o jaguares, también son parte de ese ambiente, y que sin ellos no estamos frente a un verdadero bosque.

De esta manera un bosque se entiende, incluso se siente, a partir de la vida que cobija. El bosque es ese conjunto de elementos, pero también es más que un simple agregado de todos esos elementos. Incluso, habrá quienes afirmarán que el bosque puede expresar sus humores, enojándose o aquietándose. Bajo esta mirada, el bosque tiene atributos propios, independientemente de la utilidad o de las opiniones que nosotros, humanos, pudiéramos tener. Es en esta sensibilidad donde se encuentran las raíces de los derechos de la Naturaleza.

Cuando se admite ese tipo de derechos inmediatamente se reconoce que el ambiente, sea bosque o cualquier otro ambiente, posee valores que le son propios e independientes de los humanos. También se los conoce como "valores intrínsecos". Se rompe así con la postura clásica que afirma que sólo las personas son capaces de otorgar valores y, por lo tanto, la Naturaleza está encadenada a ser un objeto de derecho y no un sujeto.

LOS RECURSOS NATURALES SOSTIENEN HOY
EL CRECIMENTO ECONÓMICO LATINOAMERICANO

La mirada que reconoce al ambiente con sus valores propios está muy cercana a lo que podría llamarse el sentido común. Pero esa sensibilidad ha sido manipulada y transformada desde hace mucho tiempo. El bosque fue apartado de nuestra cercanía, colocándolo más allá del mundo de los humanos. Después fue fragmentado en distintos componentes que permitieran ser manipulados. Y más recientemente fue mercantilizado. Bajo el desarrollo convencional, el bosque, como conjunto de vida entrelazado, fue suplantado por un conjunto desarticulado de recursos naturales o se convirtió en proveedor de bienes y servicios ecosistémicos.

La alta tasa de apropiación de los recursos naturales que hoy sostiene el crecimiento económico latinoamericano sólo es posible después de esa desarticulación, de ese desmembramiento. Para poder tolerar esas amputaciones en la Naturaleza, es necesario alejarla y entenderla como un mero agregado de recursos a ser aprovechados. Ésta es la postura hoy prevaleciente, cuando los bosques ya no tienen valor en sí mismos, sino que tienen el valor que les asignan los humanos. Eso es lo que sucede cuando, por ejemplo, el árbol desaparece y es reemplazado por la idea de "cinco pies cúbicos de madera que valen cien dólares".

Una Naturaleza-objeto está a tono con la petulancia humana. Para esa arrogancia los bosques sólo serán importantes si son útiles y lo son cuando proveen materias primas o cuando pueden ser protegidos por mecanismos de mercado que resulten rentables. En cambio, si se aceptaran los valores intrínsecos, el ser humano sería sólo uno más en el ambiente y tendría que abandonar su sitial privilegiado.

DOS PERSPECTIVAS ÉTICAS
ANTE LOS VALORES DE LA NATURALEZA

Considerando que la ética es el terreno en el cual se discuten distintas formas de valoración, está claro que hoy enfrentamos dos posturas muy distintas. Una insiste en que solamente los seres humanos son capaces de otorgar valores y, por lo tanto, lo no-humano siempre será, y sólo podrá ser, sujeto de valor. Otra postura reconoce los valores intrínsecos, que son independientes y permanecen más allá de las personas. La primera postura debe ser entendida como una forma de antropocentrismo, porque considera al ser humano el origen de toda validación. La segunda corresponde a un biocentrismo, pues pone su énfasis en todas las formas de vida. Estas dos perspectivas han estado una y otra vez en tensión, al menos en los últimos 150 años. En más de una ocasión han logrado emerger las miradas que defienden los valores intrínsecos, pero por ahora no han conseguido imponerse.

Los primeros casos se encuentran a fines del siglo 19 y comienzos del 20. Entre ellos se destaca Henry David Tho-reau. Además de promover la desobediencia civil, su estancia a las orillas del Lago Walden, en Estados Unidos, entre 1845 y 1849, desembocó en unas exquisitas reflexiones sobre su intensa compenetración con la Naturaleza. Tiempo después, John Muir lanzó en 1897 campañas para la instalación de áreas protegidas apelando a su belleza y a otros valores, postura que se oponía a la conservación utilitarista liderada por Gifford Pinchot. Debe quedar claro que la postura utilitarista también puede estar interesada en conservar el ambiente. Aunque en algunos casos puede hacerlo por una preocupación moral, por ejemplo compasión hacia las ballenas o hacia los osos panda, en realidad su foco está en la utilidad real o potencial de la Naturaleza y sus medidas de protección aseguran siempre la funcionalidad de las economías. En esta postura no hay lugar para los derechos de la Naturaleza, priman criterios de eficiencia, de gestión técnica y de aprovechamiento.

La otra perspectiva se basa en los valores propios que tiene la Naturaleza y tiene el propósito de proteger la vida que nos rodea, no por razones utilitaristas, sino en defensa de la vida. A fines del siglo 19 este tipo de sensibilidad era criticada por romántica o trascendentalista.

En forma independiente a aquellos debates que desde Estados Unidos se expandían a otros países del Norte, en América del Sur también hubo algunos ejemplos tempranos. En el Brasil del siglo 19 tuvo lugar una temprana conservación utilitarista, alarmada porque en la extracción forestal era grande el desperdicio. También encontramos la otra postura: el mejor ejemplo es el escritor boliviano Manuel Céspedes Anzoleaga, conocido por su seudónimo Man Césped. Este pionero consideraba que la tierra no debía tener dueños y defendía la vida más allá de cualquier utilitarismo. Cuando escribía, por ejemplo, que "toda planta es una vida fácil y bella, cuya rusticidad no debe ser motivo de indiferencia o maltrato", sin duda estaba reconociendo los valores intrínsecos.

EL LARGO RECORRIDO
DE LOS DERECHOS DE LA NATURALEZA

Las primeras posturas biocéntricas se apagaron poco a poco. Retornaron al primer plano en la década de 1940, gracias a Aldo Leopold. Aunque fue muy conocido por ser ingeniero forestal, y uno de los fundadores del llamado "manejo de vida silvestre" -una perspectiva casi tecnológica de gestionar la fauna-, Leopold cambió sustancialmente. Su cambio se debió a circunstancias como un viaje que hizo a México entre 1936-37, donde observó las interacciones entre campesinos e indígenas con los bosques o reconoció los impactos negativos de la intensificación agrícola. Leopold terminó rompiendo con la petulancia de una gestión propia de los ingenieros y pasó a ser un promotor de lo que él llamaba "ética de la tierra".

Leopold defendió las intervenciones mínimas en el ambiente, buscando que los humanos se adaptaran a los ecosistemas. Los criterios de qué era correcto o incorrecto se determinaba desde la Naturaleza y todo aquello que servía para protegerla era bueno. Esta ética, según Leopold, sólo es posible desde el amor, el respeto y la admiración por la Naturaleza. A pesar de su empuje, sus ideas casi cayeron en el olvido. La mirada biocéntrica retornó en la década de 1980 y desde varios frentes. Por un lado, las ideas de Leopold se articularon a la llamada "ecología profunda", una corriente que reconoce los valores intrínsecos y los coloca en una plataforma ética más amplia. Su principal exponente fue el filósofo noruego Arne Naess.

Paralelamente, entre los practicantes de la conservación surgió un nuevo agrupamiento que reclamaba acciones militantes más enérgicas, fundamentadas tanto en la ciencia como en una ética biocéntrica. Esta postura, conocida como "biología de la conservación", defendía que la Naturaleza poseía valores en sí misma, en el sentido de la ecología profunda de Naess. Por si fuera poco, algo muy obvio se puso sobre la mesa: el reconocimiento de los valores propios no era un invento occidental, estaba presente en muchos pueblos indígenas. Con varios nombres o expresada de diversas maneras, se trataba de posturas biocéntricas. Se rescataron entonces muchos ejemplos y se tejieron nuevas alianzas entre ambientalistas, conservacionistas y organizaciones indígenas.

A pesar de este nuevo empuje, una vez más la mirada biocéntrica quedó en segundo plano, opacada por la avalancha de una gestión ambiental cada vez más mercantilizada. Precisamente en esos años comenzaron a desarrollarse nuevos instrumentos económicos, como los pagos por bienes y servicios ambientales, los que sólo son posibles bajo una ética utilitarista.

SON DERECHOS SIEMPRE ARRAIGADOS
EN UN TERRITORIO

La renovación política que ocurrió en los últimos años en los países andinos, y la creciente preocupación por los problemas ambientales, tanto locales como globales, explican la más reciente reaparición de la ética biocéntrica. El ejemplo más contundente se encuentra en la aprobación de los Derechos de la Naturaleza en la nueva Constitución de Ecuador de 2008.

El proceso ecuatoriano tiene una importante cuota de autonomía, con aportes sustanciales desde los movimientos sociales y eso posiblemente explica varias de sus particularidades. El texto constitucional es muy claro, tanto en reconocer a la Naturaleza como sujeto, como en redefinirla en forma ampliada y en clave intercultural, al incorporar la categoría Pachamama. Da otro paso novedoso al indicar que la restauración de los ambientes degradados también es un derecho de la Naturaleza.

Esta nueva formulación permite señalar otra particularidad clave. Los derechos de la Naturaleza son siempre los de una Naturaleza localizada, arraigada en un territorio. Son propios de ambientes concretos, como pueden ser la cuenca de un río, el páramo andino o las praderas del sur. Esta particularidad siempre se la debe tener presente para saberla diferenciar de otras propuestas que pueden asemejarse, pero que en realidad son muy distintas, como son las invocaciones que hacen voceros del gobierno boliviano a los derechos de la Madre Tierra.

Sin duda que ese llamado puede mover a adhesiones, ya que está asociado a una crítica al capitalismo, lo que es comprensible y necesario. Pero un examen atento muestra que, en realidad, la postura boliviana se enfoca en unos derechos a escala planetaria. Ésta es una diferencia sustancial, ya que no son lo mismo los derechos de la Naturaleza que los derechos del planeta o de la biosfera. Tampoco son iguales las implicancias políticas, ya que se pueden salvaguardar funcionalidades ecológicas globales mientras se destruyen nuestros ambientes locales.

Los nuevos avances en los derechos de la Naturaleza vuelven a estar, una vez más, amenazados por la mirada utilitarista convencional. La insistencia en una "economía verde" para relanzar la globalización es un claro ejemplo. Frente a esta situación, la respuesta sigue estando en volver a aprender a mirar el bosque como un igual, donde la vida que alberga es un valor en sí mismo y debe ser nuestro compromiso asegurar su supervivencia.

HOY EN AMÉRICA LATINA,
¿MARX SERÍA EXTRACTIVISTA?

En América Latina siguen avanzando las estrategias enfocadas en minería, hidrocarburos y monocultivos, a pesar de que esto significa repetir el modelo de proveedores de materias primas y de represores de las resistencias ciudadanas contra ese modelo. Este modo de ser extractivista se expresa tanto en gobiernos conservadores como progresistas. Pero como de los progresistas se esperaba otro tipo de desarrollo, esa insistencia se ha convertido en un nudo político de enorme complejidad.

Para sostener el empuje extractivista se está apelando a nuevas justificaciones políticas. Una de las más llamativas es invocar a los viejos pensadores del socialismo para sostener que no sólo no se opondrían al extractivismo del siglo 21, sino que lo promoverían. Seguramente el ejemplo más destacado ha sido el Presidente ecuatoriano Rafael Correa, quien para defender al extractivismo lanzó, en entrevista de mayo de 2012, antes de su reelección, dos preguntas desafiantes: "¿Dónde está en el Manifiesto Comunista el no a la minería? ¿Qué teoría socialista dijo no a la minería?"

El Presidente Correa redobló su apuesta, ya que además de citar a Marx y a Engels, le sumó un agregado propio que no puede pasar desapercibido: "Tradicionalmente los países socialistas fueron mineros". El mensaje es que la base teórica del socialismo es funcional al extractivismo y que, en la práctica, los países del socialismo real lo aplicaron con éxito. Si su postura fuese correcta, hoy en día y en América Latina, Marx y Engels deberían estar alentando las explotaciones mineras, las petroleras y los monocultivos de exportación.

EL ALTÍSIMO COSTO DEL EXTRACTIVISMO
EN EL SOCIALISMO REAL

Comencemos por sopesar hasta dónde puede llegar la validez de la pregunta de Correa. En primer lugar, no puede esperarse que el Manifiesto Comunista, escrito a mediados del siglo 19, contenga todas las respuestas para todos los problemas del siglo 21.

Como señalan dos de los más reconocidos marxistas del siglo 20, Leo Huberman y Paul Sweezy, tanto Marx como Engels, aún en vida, consideraban que los principios del Manifiesto seguían siendo correctos, pero que el texto había envejecido. "En particular, reconocieron implícitamente que a medida que el capitalismo se extendiera e introdujera nuevos países y regiones en la corriente de la historia moderna, surgirían necesariamente problemas y formas de desarrollo no consideradas por el Manifiesto", dijeron. Sin duda, es ésa la situación de las naciones latinoamericanas, en donde sería indispensable contextualizar tanto las preguntas como las respuestas.

También es necesario verificar si realmente todos los países socialistas fueron mineros. Eso no es del todo cierto, y en aquellos sitios donde la minería escaló en importancia, ahora sabemos que el balance ambiental, social y económico, fue muy negativo. Uno de los ejemplos más impactante está en zonas mineras y siderúrgicas de Polonia bajo la sombra soviética. Hoy se viven situaciones igualmente terribles con la minería en China.

No puede olvidarse que muchos de esos emprendimientos, dado su altísimo costo social y ambiental, sólo se vuelven viables cuando no existen controles ambientales adecuados o se silencian autoritariamente las demandas ciudadanas. Tampoco puede pasar desapercibido que el extractivismo al estilo soviético fue incapaz de generar el salto económico y productivo que esos mismos planes predecían.

RAFAEL CORREA:
SOÑANDO CON UN MARX EXTRACTIVISTA

Actualmente, desde posiciones progresistas se defiende el extractivismo aspirando a aprovechar al máximo sus réditos económicos para así financiar, por un lado distintos planes sociales y, por el otro, cambios en la base productiva hasta crear otra economía.

El problema es que, de esta manera, se genera una dependencia entre el extractivismo y los planes sociales. Sin los impuestos a las exportaciones de materias primas se reducirían las posibilidades para financiar, por ejemplo, las ayudas monetarias mensuales con las que se subsidia a los sectores más pobres. Esto hace que el propio Estado se vuelva extractivista, convirtiéndose en socio de los más variados proyectos, cortejando a inversores de todo tipo y brindándoles diversas facilidades. Sin duda que existen cambios progresistas bajo este modelo. El problema es que se repiten los impactos sociales y ambientales y se refuerza el papel de las economías nacionales como proveedoras subordinadas de materias primas.

La pretensión de salir de esa dependencia por medio de más extractivismo no tiene posibilidades de concretarse. Se genera una situación donde la transición prometida se vuelve imposible por las consecuencias que el extractivismo tiene en varios planos, desde las consecuencias económicas a las políticas, como el desplazamiento de la industria local, la sobrevaloración de las monedas nacionales o la tendencia a combatir con represión las resistencias ciudadanas. Emplear el extractivismo como un instrumento para la redistribución económica tiene alcances limitados, como lo está demostrando la repetición de movilizaciones sociales contra estas inversiones. Otro de los costos es que vuelve a los gobiernos todavía más urgidos de nuevos proyectos extractivistas.

Es justamente todas estas relaciones perversas las que deberían ser analizadas mirando a Marx. El mensaje de Correa muestra que, más allá de las citas, en realidad, no toma en cuenta principios de Marx que todavía siguen vigentes para el siglo 21.

EXTRACTIVISMO NO ES MINERÍA
Y SOCIALISMO NO ES DISTRIBUCIÓN

Marx no rechazó la minería. La mayor parte de los movimientos sociales tampoco la rechazan. Y si se escuchara con atención sus reclamos se encontraría que están enfocados en rechazar un tipo particular de emprendimientos: los que son a gran escala, los que causan remoción de enormes volúmenes, los que son a cielo abierto y los que son intensivos. En otras palabras, no debe confundirse minería con extractivismo.

Marx no rechazó la minería. Pero tenía muy claro donde deberían operar los cambios. Desde esa perspectiva, surgen las respuestas para la pregunta de Correa: Marx distinguía al "socialismo vulgar" de un socialismo sustantivo. Y es esa diferenciación la que debe ser considerada con toda atención en la actualidad.

En su "Crítica al Programa de Gotha" Marx recuerda que la distribución de los medios de consumo es, en realidad, una consecuencia de los modos de producción. Intervenir en el consumo no implica transformar los modos de producción, pero es en ese último nivel en donde deberán ocurrir las verdaderas transformaciones. Y agrega Marx: "El socialismo vulgar ha aprendido de los economistas burgueses a considerar y tratar la distribución como algo independiente del modo de producción, y, por tanto, a exponer el socialismo como una doctrina que gira principalmente en torno a la distribución".

Aquí está la respuesta a la pregunta de Correa: en la América Latina de hoy Marx no sería extractivista porque siéndolo abandonaría la meta de transformar los modos de producción, volviéndose un economista burgués. Al contrario, estaría promoviendo alternativas a la producción. Y en nuestro contexto presente eso significa transitar hacia el post-extractivismo.

Seguramente la mirada de Marx no es suficiente para organizar la salida del extractivismo. Marx era un hombre inmerso en las ideas del progreso propias de la modernidad. Sin embargo, su pensamiento permite identificar el sentido que deberán tener las alternativas. Queda en claro que los ajustes instrumentales o las mejoras redistributivas pueden representar avances, pero sigue siendo imperioso trascender la dependencia del extractivismo como elemento clave de los actuales modos de producción. Esta cuestión es tan clara que el propio Marx concluye: "Una vez que está dilucidada, desde hace ya mucho tiempo, la verdadera relación de las cosas, ¿por qué volver a marchar hacia atrás?" Entonces, ¿por qué se sigue insistiendo en el extractivismo?

EXTRAHECCIÓN: VIOLACIÓN DE DERECHOS
EN LA APROPIACIÓN DE LA NATURALEZA

Extrahección es un nuevo término para describir la apropiación de recursos naturales desde la imposición del poder y violando los derechos de humanos y los derechos de la Naturaleza. La palabra es nueva, pero el concepto es muy conocido. Describe situaciones que, poco a poco, se están volviendo más comunes, como emprendimientos mineros o petroleros impuestos en un contexto de violencia, desoyendo las voces ciudadanas, desplazando comunidades campesinas o indígenas, o contaminando el ambiente.

Extrahección es un vocablo que proviene del latín extrahere, que significa quitar algo arrancándolo, arrastrándolo hacia uno. Es por lo tanto, un término adecuado para describir las situaciones donde se arrancan los recursos naturales, sea de las comunidades locales o de la Naturaleza. En esas circunstancias se violan distintos derechos y es precisamente ese aspecto el que que se pone en evidencia con este nuevo término. Los derechos violentados cubren un amplio abanico.

Comprenden impactos ambientales, como la destrucción de ecosistemas silvestres, la contaminación de aguas, de suelos o del aire, la pérdida del acceso al agua…Todas son violaciones de los llamados derechos de tercera generación, enfocados en la calidad de vida y en el derecho a un ambiente sano. En países donde además se reconocen los derechos de la Naturaleza -como en Ecuador-, hay emprendimientos extractivos que son claramente incompatibles con el mandato ecológico constitucional.

Además de los impactos ambientales, los derechos de las personas están afectados de muy diversas maneras. Repetidamente se incumplen las consultas previas, libres e informadas a las comunidades locales o se fuerzan sus resultados, como ha sido denunciado en varios proyectos en los países andinos. También existen violaciones cuando se impone el desplazamiento de comunidades, como sigue ocurriendo con las explotaciones mineras de la región de Carajás en Brasil.

En los sitios donde hay emprendimientos funcionando, se escuchan denuncias de violaciones a los derechos de los trabajadores, sea en su sindicalización, como en su seguridad o en sus condiciones sanitarias, tal como ha sido reportado por los trabajadores del carbón en Colombia. No pueden pasarse por alto las prácticas de corrupción, como los sobornos, sea para aceptar prácticas de alto impacto social o ambiental o para obtener los permisos de funcionamiento de un proyecto.

PROYECTOS MINEROS:
DESEMBOCAN EN PROTESTAS CRIMINALIZADAS

La extrahección también describe las circunstancias de emprendimientos que se imponen silenciando de distinta manera las voces ciudadanas. En los últimos años se está volviendo común judicializar las protestas iniciando acciones legales contra sus líderes, quienes quedan sumergidos en procesos que duran años, se embargan sus bienes, se les restringen los viajes…Un paso más es criminalizar las acciones ciudadanas, colocándolas bajo la sombra de cargos de vandalismo, sabotaje o terrorismo. Recientemente, el Observatorio de Conflictos Mineros de América Latina (OCMAL) ha recopilado casos de criminalización en varios países latinoamericanos.

Finalmente, en la extrahección también se llega a la violencia directa bajo distintos formatos. Pueden ejercerla individuos o grupos, los que a su vez pueden ser cuerpos de seguridad o paramilitares. También puede estar en manos de las propias fuerzas estatales, policiales o militares. Una reciente revisión internacional encontró que las tres más grandes corporaciones mineras (Río Tinto, Vale y BHP Billiton) han estado involucradas en episodios de violencia, varios en países de América Latina.

Se han dado represiones violentas en movilizaciones, secuestros e incluso asesinatos. Hay muchos ejemplos recientes: las represiones a las movilizaciones ciudadanas en distintas localidades de Argentina y a la marcha a favor del TIPNIS en Bolivia, el saldo de al menos 5 muertos y más de 40 heridos en el conflicto minero de Conga en Perú. Éstos y otros casos son acciones ilegales ocurridas en países en donde los derechos humanos tienen una cobertura legal.

Tampoco pueden pasar desapercibidas las situaciones de "alegalidad", donde se mantienen las formalidades legales pero con consecuencias de acciones claramente ilegales. Son los casos de corporaciones que aprovechan, por ejemplo, los vacíos normativos para lanzar contaminantes al ambiente o que se desentienden de las empresas que subcontratan para llevar adelante las acciones de mayor impacto negativo en las comunidades locales.

Cuando el Estado no asegura su propio marco normativo en derechos, las comunidades locales han debido apelar a instancias internacionales como la Corte Interamericana de Derechos Humanos. De esta manera se han visibilizado muchos casos que antes quedaban sepultados ante las indiferencias estatales, como sucedió en Guatemala, solicitando el cierre de la mina Marlin para garantizar la salud de las comunidades locales.

LA VIOLACIÓN DE DERECHOS
ES CONDICIÓN DE ESTOS PROYECTOS

¿Es necesaria la nueva palabra extrahección para describir estas situaciones? Ciertamente, sí lo es. Porque estas violaciones a los derechos humanos y a los derechos de la Naturaleza no son meras consecuencias inesperadas o producto de acciones aisladas llevadas adelante por individuos descarriados. Ésta es la justificación empleada varias veces por sectores gubernamentales o corporativos con la finalidad de desvincular sus actividades de esas violaciones. Esa postura es inaceptable, porque, en realidad, la violación de derechos se ha vuelto un componente inseparable e inevitable de un cierto tipo de extracción de recursos naturales.

La violación flagrante de derechos ocurre cuando las actividades extractivas comprometen enormes superficies, cuando realizan procedimientos intensivos -por ejemplo, utilizando contaminantes- o cuando los riesgos que están en juego son de enorme gravedad y, por esto, nunca serían aceptables bajo los marcos legales o para las comunidades locales. Entonces, la única forma en que pueden llevarse adelante es por medio de la imposición y la violación de derechos fundamentales.

En estos casos, la violación de derechos no es una consecuencia, sino una condición necesaria para llevar adelante este tipo de apropiación de recursos naturales. Son facetas de un mismo tipo de desarrollo íntimamente vinculadas entre sí. Es esta particular dinámica la que explica el concepto de extrahección.

No basta ya con decir que una de las consecuencias del extractivismo más intensivo es la violación de algunos derechos. Debe dejarse en claro que existe una íntima relación entre extractivismo y violación de derechos, debe decirse que estas estrategias de apropiación de los recursos naturales sólo son posibles quebrando los derechos de las personas y los derechos de la Naturaleza.

INVESTIGADOR EN CLAES (CENTRO LATINOAMERICANO DE ECOLOGÍA SOCIAL) CON SEDE EN URUGUAY. TEXTOS DIFUNDIDOS POR EL SERVICIO ALAI-AMÉRICA LATINA. EDICIÓN DE ENVÍO.

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