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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 153 | Octubre 1994
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Cuba

Medios de comunicación: Cuba también se bloquea

En el mundo entero se opina y se debate sobre la crisis cubana. ¿Se debate en Cuba? Los medios de comunicación cubanos pueden jugar un importante papel en un debate abierto, en el que participe toda la sociedad cubana, no sólo los cuadros, no sólo los revolucionarios. ¿Qué papel están jugando los medios?

María López Vigil

En agosto, las aguas del estrecho de la Florida se llenaron de balseros cubanos. Y los cables informativos, de interpretaciones del acontecimiento. De nuevo, Cuba y el futuro de los cubanos ocuparon primeras planas de la noticia internacional. Y como siempre, los hechos aparecieron pintados con una paleta de dos únicos colores: blanco y negro.

Falta una auténtica cultura de debate

Uno de los desafíos que ha tenido siempre delante la revolución cubana es su propia imagen. Gigantesco desafío: 9 de cada 10 imágenes que circulan en los medios de comunicación mundiales se fabrican en los Estados Unidos, donde sobran maestros en la simplificación de las realidades históricas y humanas y donde, por añadidura, viven los más contumaces adversarios del proceso que hace 36 años cambió las cosas en la isla.

Pero la imagen de Cuba depende también de Cuba. También los cubanos tienen su propia fábrica de elaboración de imágenes. Las muestran en sus propios medios de comunicación. Tal vez ha llegado la hora de que los cubanos sienten a sus medios en el banquillo. No están a la altura de la situación actual. Su "especialidad" en el actual "período especial" no parece ser otra que acentuar las muchas fallas que ya tenían en el "período normal".

No es éste de los medios un tema menor. Toca el corazón de la práctica política cubana, que más que de pluripartidismo necesita de pluriopiniones, de plurivoces, de una auténtica logodiversidad. El de los medios es un problema que viene de bastante atrás y que hoy, cuando el consenso social de los cubanos sobre su proyecto atraviesa tan grave crisis, se vuelve un problema central. La paleta dentro de Cuba ha tendido también a usar dos colores: el blanco y el negro. La sociedad cubana tiene un serio déficit de una auténtica cultura de debate. En la enseñanza de las ciencias sociales y en los medios de comunicación se refleja con diáfana claridad este déficit.

Es un déficit grave. Porque en la raíz de muchos de los problemas subjetivos que limitan hoy la capacidad de la economía y de la sociedad cubana para transformarse está la ausencia de una real cultura de debate. Es una ausencia dramática. Porque lo único que tiene hoy el pueblo cubano para sobrevivir con sus grandes valores humanos en el "nuevo desorden mundial" es saber discernir y contrastar para poder elegir. Y todo discernimiento se cimenta en el debate.

Mariel, 1980: ¿por qué se van?

En 1980, a raíz de la ocupación masiva de la embajada de Perú por miles de cubanos que exigían salir de la isla hacia Perú o hacia cualquier lugar, cansados de las limitaciones que les imponía el socialismo cubano, ocurrió el éxodo del Mariel. El gobierno cubano autorizó a todo el que quisiera irse de Cuba hacia Estados Unidos por el puerto de Mariel. Se estableció entonces un puente entre la Florida y Cuba. Los cubanos de Miami ponían lanchas, yates y todo tipo de embarcaciones y llegaban hasta las costas de la isla a recoger a sus familiares. El gobierno cubano dio facilidades para que se fueran todos los que quisieran y de paso, aprovechó la ocasión para "exiliar" también en estos viajes a delincuentes que sacó de las cárceles o que reclutó entre grupos de antisociales.

En 15 días, se fueron más de 100 mil cubanos. Antes de irse, los que decidían salir eran objeto de actos de repudio organizados en los barrios o en los centros de estudio o trabajo. "Yo le tiré huevos podridos a un compañero de clase que se iba y hoy me da pena haberlo hecho", me confiesa una arquitecta, recordando aquella etapa crítica. "¡Que se vayan los vagos, que se vayan los lumpens, que se vaya la escoria!", repetían los comunicados de las organizaciones revolucionarias y éste fue el tono permanente de los medios de comunicación en aquellos días.

Los acontecimientos de Mariel expresaron un evidente momento de crisis para la revolución. Ameritaban un análisis de fondo, un debate real, abierto y público. No lo hubo. Ante otras realidades previas, también críticas, tampoco lo hubo. Después de la ola de actos de repudio, movilizaciones y campañas de prensa, se hizo el silencio. ¿Por qué tantos se quisieron ir? Silencio. Ya existía entonces crisis económica. No como la actual, porque ahí estaba la URSS y parecía eterna como un dios. Pero había crisis. Y la causa no era sólo externa. También era interna: serias deficiencias y desajustes en el modelo económico cubano. Sin embargo, al final, a la hora de buscarle una razón a lo del Mariel, el discurso oficial puso el énfasis en una: "la comunidad". Hacía ya algún tiempo que grupos de la comunidad cubana de Miami estaban volviendo a Cuba para visitar a sus familiares, en uno de los muchos altibajos que ha habido en las relaciones migratorias Cuba-USA. Los "gusanos" venían cargados de aparatos, ropas y chucherías "made in USA" y de fabulosas historias sobre el paraíso americano. "¡Los gusanos se volvieron mariposas!", decía la gente, deslumbrada por el aparente éxito con el que regresaban los que se fueron con una mano alante y otra atrás.

Estos visitantes habrían influenciado negativamente a los visitados y ahí empezó a cocinarse la estampida del Mariel. Esta fue la más escuchada interpretación de los hechos. En el conjunto de factores que podían explicar la crisis del Mariel, la fábrica de imágenes cubana eligió uno solo, el que más convenía políticamente.

Catorce años después, Cuba ha vivido un "Mariel a cuentagotas". Hoy mucho más dramático y más cuestionador que el del 80. Al igual que entonces, el gobierno "autorizó" - haciendo la vista gorda - la salida de los que quisieran irse. Pero en esta ocasión no había naves seguras en ninguna de las dos orillas.

En los 15 días pico de la crisis, los guardacostas de la USA Navy recogieron a 30 mil cubanos de balsas en las que todos sin excepción arriesgaron sus vidas. En la orilla cubana, sus compatriotas no los repudiaban sino los acompañaban con curiosidad y preocupación y a menudo con aplausos y oraciones. En la otra orilla, el gobierno de Clinton no los recibía. Tras rescatarlos en alta mar, los enviaba confinados al ocio aburridor y sin futuro de la base militar de Guantánamo.

Y a pesar de eso se iban. Y si no hubiera sido por el freno que establecieron los acuerdos Cuba-USA firmados el 9 de septiembre, se hubieran seguido yendo. "¿Hasta cuántos? ¿Cuántos crees que se hubieran ido de disponer de un "puente" como el de Mariel en el 80?", le pregunté cautelosa a una profesional cubana, muy perpleja con la situación. "Un millón. Hoy se iría un millón. ¡Y hasta más!", me contestó sin dudarlo. Y sin dudar tampoco que ni ella ni su familia se irían nunca de Remedios, su pueblo natal.

Un triple bloqueo

Un millón. Sobre casi 11 millones de cubanos que viven hoy en la isla. Hay que establecer siempre esta comparación. Porque son más los que se quedan. Como también hay que establecer la comparación con otras emigraciones latinoamericanas: 1,500 mexicanos huyen de México hacia Estados Unidos diariamente en busca de una mejor vida que no encuentran en su patria.

Este marco es necesario. Sin embargo, un millón son muchos. Más grave que lo del Mariel. Pero, al igual que hace 14 años, un hecho tan cuestionante apenas fue materia de información - mucho menos de debate real - en los medios cubanos. Cojímar y varios puntos del litoral habanero eran un hervidero de balsas y durante un par de semanas no se habló en Cuba de otra cosa. No en los medios.

Los balseros fueron noticia de primera plana en el mundo entero. No en Cuba. En los 15 días más críticos, ni un solo titular, ni una sola foto, ni una sola noticia en Granma, el diario oficial. ¿Hablaron los otros medios? Se referían al hecho, aunque muy discretamente. Al principio, calificando a los balseros de "lumpens". Después, ante la masividad y la calificación profesional de los que se iban - ingenieros, médicos, hasta algún biotecnólogo - acordaron llamarlos "emigrantes ilegales". Pero nunca los medios expresaron ni compasión ni comprensión con la crisis personal con la que se echaba al mar cada uno de estos cubanos. Aun poniendo primero a la patria, ¿no merecía algo más de reflexión el drama de estos hijos de la patria?

A pesar de la omisión de los medios, la crisis de los balseros atravesó la conciencia de toda la sociedad cubana, que sí reflexionó y comprendió. Pero amainada la tormenta, sucedió en los medios lo que hace 14 años: prevaleció el silencio, no hubo debate. Desde un comienzo, entre todos los factores que podían explicar semejante deserción masiva se eligió, como en 1980, el que más convenía políticamente: el bloqueo. El bloqueo explicaba los balseros porque el bloqueo explica las penurias económicas y esas penurias mueven a los balseros. Insuficiente. Como en 1980, la responsabilidad se fue a buscar fuera. Más exactamente, en los Estados Unidos.

La responsabilidad de Estados Unidos en la crisis cubana de hoy y en la historia cubana desde hace más de 100 años nunca será bien ponderada ni suficientemente denunciada. Prepotencia imperial, arrogancia, impunidad, miopía y mala voluntad han movido, desde los tiempos de Adams hasta los de Clinton, al gobierno de Estados Unidos en sus relaciones con Cuba. Pero Cuba, precisamente por abanderar un proyecto revolucionario, debe ser más creativa y no conformarse con reiterar su declaración de víctima. Desde hace muchos años Cuba pinta también imágenes en blanco y negro y por eso, tiene su cuota de responsabilidad en que el problema cubano no sea cabalmente comprendido, incluso entre quienes simpatizan con el proyecto revolucionario. No padece Cuba un doble bloqueo, como afirma el discurso oficial desde 1990: el decretado por Estados Unidos y el provocado por la disolución de la URSS. Es triple el bloqueo: Cuba también se ha bloqueado y se bloquea ideológicamente.

El debate: ese gran desconocido

"¿Por qué en los medios de comunicación cubanos no he podido encontrar ni una reflexión creativa ni un debate con distintos puntos de vista sobre la ola de los balseros?", pregunto a un colega periodista, con cargo de dirección. "Chica, el tema es muy espinoso y la situación es muy delicada. No podemos arriesgarnos", me argumenta. Pero con temas nada espinosos y en situaciones más estables - ya van para cuatro décadas de revolución -, los medios de comunicación cubanos - prensa, radio y televisión - no han empleado jamás el formato de debate.

Junio de 1994. Enciendo la radio. Radio Rebelde, de La Habana, con cobertura nacional, tiene en el aire a esta hora uno de sus programas estelares y más escuchados: la revista de la mañana "Haciendo radio". El tema "de debate" de aquel día: la lactancia materna. Los locutores informan, al derecho y al revés, de las ventajas de que las mujeres den el pecho a sus niños. Y piden a los oyentes que participen con sus opiniones. A la espera de las llamadas telefónicas, que tardan en llegar, continúan ofreciendo datos y haciendo panegíricos en favor de la lactancia materna. Al final, una oyente se suma al "debate" reafirmando lo ya dicho por los locutores, insistiendo en que en el "período especial" dar de mamar tiene aún más importancia, por la severa escasez de leche. Una importancia casi política. Después de una hora de argumentos en una sola dirección - y hasta con similares palabras - se cierra el "debate".

No es un ejemplo excepcional. Es un caso típico de lo que los medios cubanos llaman "debate". Ningún tema se problematiza. Ni los grandes temas políticos que algunos quisieran ver aparecer en Cuba (¿Un solo partido o varios? ¿Quién sucede a Fidel?). Ni los medianos temas del día a día (¿Es mejor hoy ser maletero en un hotel que maestro, por las propinas?). Ni los pequeños temas de siempre (¿Es mejor dar el pecho o el biberón?). Ningún tema se debate realmente , nunca se oye en los medios la voz del que piensa distinto. En la presentación de ningún tema se juega - aunque sea como "recurso teatral" - el rol de uno que esté a favor y de otro que esté en contra.

El "error" no tiene espacio. Y por eso, se teme tanto a la improvisación ante el micrófono y a los programas en directo. Por eso hay tanto guión leído. No existe el sagrado y revolucionario derecho a equivocarse en público. Ni para el periodista ni para el pueblo. Sólo el discurso oficial puede equivocarse. Y qué costo político no ha tenido que pagar por este monopolio ideológico.

Ningún tema queda abierto, por intrascendente que sea. Un debate que quede abierto es, en principio, peligroso y distractivo. Cualquier "debate" en los medios requiere, además del moderador, de uno o varios especialistas que fijen como conclusión la posición correcta, que digan la palabra final.

En los medios cubanos, el discurso oficial tiene la primera y la última palabra y sólo en alguna ocasión le da al oyente la palabra del medio. Los medios de comunicación cubanos entienden - y defienden - que si plantean un "debate" sobre la lactancia materna no es para pensar el asunto en colectivo, discutiendo ventajas o inconvenientes -mucho menos, dando espacio a temores o dudas -, sino exclusivamente para que las mujeres den el pecho a sus hijos.

"¿ Y no sería más eficaz para conseguir esto mismo el abrir un debate real para que las mujeres expresen sus dudas, participen, se reconozcan en las inquietudes de las otras, contrasten, se aclaren y al final decidan con su propia cabeza si dan o no de mamar?". La sola pregunta, lanzada a colegas periodistas, desconcierta. "¿Y para que sirve entonces estar hablando boberías? ¿Para que al final cada uno piense lo que le da la gana?", contesta el más desconcertado. "¡Oye! ¡Aquí hay prioridades!", remata otro. Pero Cuba vive hoy sumergida en cotidianidades. Y tampoco se debaten.

¿Son muy complejos los grandes temas prioritarios? ¿Son muy delicados también los temas cotidianos del "período especial"? Pues entonces que la radio emplee el formato del debate para otros mil y un temas: ¿es bueno o no que los niños varones jueguen con muñecas?, ¿por qué a todo el mundo no le cae bien la soya?, ¿cómo elegirle el nombre a un hijo?, ¿el hombre viene realmente del mono? Con cualquier tema la radio o la TV pueden empezar a abrir terreno para ejercitar el músculo del pensamiento propio y sobre todo, para desbloquear la expresión pública de ese pensamiento. Levantar ese bloqueo le toca a Cuba.

Miles de sugerencias para mejorar

Cuando en 1989 y 1990 se discutió en Cuba - no en los medios sino en las bases - el Llamamiento al IV Congreso del Partido Comunista -discusión que fue masiva y participativa sobre un texto estelar en la historia de la revolución por su sinceridad y provocación -, la gente - no sólo los militantes del Partido - hizo cientos de miles de sugerencias para mejorar la marcha del país en todos sus aspectos. Y se manifestó extremadamente crítica con los medios de comunicación.

Los percibía apologéticos, aburridos, rutinarios, triunfalistas. Especialmente, señaló el divorcio entre el discurso de los medios y la realidad: informaban que se había sobrecumplido el plan de producción de plátanos, pero costaba ver un plátano en el agromercado. Y así con todo. La gente insistió en que los medios de comunicación fueran el cauce para criticar a los funcionarios y para mejorar los servicios. El tema de los medios fue uno de los que provocó mayor número de sugerencias.

A raíz de esta demanda, se tomaron algunas decisiones para ampliar espacios informativos que ya se estaban iniciando. Especialmente, se le asignó a la radio el asumir a fondo la tarea de intermediación entre los funcionarios estatales y la sociedad - individuos o grupos -, que a través de las ondas podrían formular no sólo quejas sino dar aportes y sugerir soluciones.

Estos programas de intermediación se han popularizado cada vez más en todos los países del mundo. Son una válvula de escape, son un eficaz canal de información sobre los problemas reales y son cauce para la resolución de bastantes de esos problemas. Son también un paso en la democrática tarea de dar poder de control y de gestión al pueblo, organizado o no organizado, a toda la sociedad.

En Cuba estos programas llegaron tarde. Pero llegaron. Sin embargo, cuando, por la desintegración de la URSS, la isla entró en el "período especial" - escasez, incertidumbre, reacomodo de toda la economía, otra Cuba en otro mundo -, surgieron nuevos y acuciantes problemas y muchas de las sugerencias renovadoras hechas en ocasión del Llamamiento se engavetaron.

Y los medios, que apenas iniciaban algunos cambios - no en la línea del debate real y abierto, pero sí en la de la intermediación - volvieron atrás. Incluso se hicieron más monocolores que nunca. Razones: "¿De qué sirve airear lo que está mal si no lo podemos solucionar? Eso crea más malestar, contagia desaliento y desmoviliza". Y punto. "¡Lo que nos desmoraliza es ver que llegó un camión de toronjas y que se están pudriendo y nadie se ocupa y nadie lo denuncia!", opina brava un ama de casa. Aunque ya no lo podrá decir por radio. Y punto.

Radio: protagonista especial

El "período especial" causó otros trastornos a los medios de comunicación cubanos. La escasez de papel - Cuba lo recibía del campo socialista a cambio de productos cubanos - obligó a cerrar varias revistas especializadas y a reducir drásticamente el tiraje, la periodicidad y el número de páginas de las que sobrevivieron. Naturalmente, también se vio afectada la literatura y los libros de texto escolares y universitarios. El diario nacional Granma no parece ya un periódico. A menudo tiene solamente dos hojas.

¿Alguna ventaja de la crisis? Abel Prieto, Presidente de la UNEAC (Unión Nacional de Escritores y Artistas Cubanos) reconoció a los periodistas de Buenos Aires, a su paso en julio por la Argentina, que la prensa cubana era "pésima", pero que con la crisis había "mejorado": a menos papel, menos oportunidad de mostrar lo mala que es. La realidad es que en Cuba se come cada vez menos y se lee cada vez menos en cantidad y en calidad. Triste y grave realidad para un pueblo hasta ahora bien nutrido y con tan buen nivel cultural.

Los complejos problemas en el suministro eléctrico - escasez de petróleo y maquinaria obsoleta - redujeron a unas 6 horas en la tarde-noche las emisiones de los dos canales de televisión nacional, con algunas horas más el sábado y el domingo. Antes se transmitía desde la mañana. Los apagones, permanentes y muy prolongados, reducen aún más en la práctica estos horarios para los televidentes, con lo que se recortan los ya escasos espacios de distracción.

En la crisis, la radio se ha convertido en el medio con más demanda y con más capacidad de oferta. Tres emisoras de amplia cobertura nacional, con espacios informativos, transmiten prácticamente todo el día desde La Habana. 16 emisoras provinciales - una en cada provincia - y 32 municipales - son 169 los municipios cubanos - cumplen con esta misión a nivel local. Manejan con algo más de libertad y frescura la información de sus territorios, los servicios sociales y "el teléfono del pueblo", en los que se conserva algo el espíritu de los programas de intermediación suprimidos a nivel nacional. Padecen menos el control central, que se ejerce más férreamente sobre La Habana.

El 33% de la programación total de toda la radio cubana - que transmite 878 horas al día -, incluidas las 31 horas diarias de la internacional Radio Habana Cuba, se dedica hoy a programas estrictamente informativos. Antes del período especial, los informativos ocupaban solamente el 19%. La crisis ha dado un especial protagonismo a la información a través de la radio, medio donde se pueden hoy analizar mejor las fallas y vacíos del modelo de comunicación cubano.

DOR: concepción cerrada y desfasada

El simplismo del blanco y el negro se inauguró en Cuba hace bastante. El aparato del PC cubano del que dependen los medios de comunicación social, el DOR (Departamento de Orientación Revolucionaria), ha estado - desde que en los años 60 se armó la unidad de los diferentes grupos revolucionarios - en manos de "cuadrados" cuadros, fuertemente influenciados por una concepción soviética-estalinista del papel que deben jugar los medios en la sociedad. Una concepción no sólo vertical e intolerante ideológicamente, sino también desfasada, en un mundo tan comunicado como el nuestro, donde los medios y sus imágenes juegan un papel tan determinante.

Y aunque en los años 60 hubo jefes de esta área muy abiertos - César Escalante, por ejemplo, muerto tempranamente - predominaron los dogmáticos y en muy poco tiempo esta estructura se esclerotizó. El "período especial" ha agudizado esta tendencia histórica y la gravedad real de la actual crisis sirve de perfecta coartada a mediocres y a dogmáticos. "Si en otros momentos de crisis, los medios así manejados nos sirvieron, ¿por qué no nos van a servir ahora"?: es éste uno de los argumentos en el que se suelen montar para su rutinario trote. O más todavía, en el de la unidad nacional que se requiere para enfrentar a Estados Unidos.

En esta rutina se han formado desde hace 30 años los periodistas cubanos. Muchos colegas recuerdan los finales de los 60, cuando se reactivaba la Escuela de Periodismo en La Habana. Se reunieron en ella profesores de relevancia intelectual y alumnos muy inquietos, lúcidos y mayoritariamente revolucionarios. Muchos concuerdan en que en aquella época y allí sí había debate. Eran los tiempos de las tertulias de Fidel con profesores y estudiantes universitarios. Pero el dogmatismo copiado de los soviéticos, que ya copaba el DOR, consideró que aquel debate, aquella práctica, aquella interpretación diferente y fresca, no era más que la careta del diversionismo ideológico.

Eran los tiempos en que un escritor, también estudiante de Periodismo, resultaba sancionado por hablar en uno de sus cuentos sobre las batallas de Girón - en las que participó - de un oficial que sintió miedo. Las fuerzas armadas, hasta hoy con gran influencia en el DOR, pidieron explicaciones: el miedo no tenía espacio en la revolución. Eran los tiempos en que el decano de la Escuela, instrumento del DOR, planteaba que tampoco tenía espacio la duda. Fue una época de entusiasmo revolucionario y participación turbulenta y muchos alumnos terminaron sancionados por expresar dudas o miedos. Por pensar con su cabeza. Por debatir. Con aquellas sanciones se institucionalizó la esclerosis. Ya entonces, la Escuela de Periodismo no dependía tanto de la Universidad como de ese poderoso aparato del Partido que era el DOR. Un aparato que ha controlado desde entonces a los medios y a los periodistas.

"El supuesto modelo de prensa socialista que nos brindaron algunos países era falso - se lee en las conclusiones del Sexto Congreso de los Periodistas Cubanos de 1993 -. Ya no hay ni habrá modelo. La tarea es creadora. Tenemos que ir descubriendo los caminos, con mucho realismo". Teóricamente, la UPEC (Unión de Periodistas de Cuba) tiene excelentes estatutos y plantea en sus documentos posiciones renovadoras, llamando siempre a la creatividad. Pero en la práctica, tanto la UPEC como el ICRT (Instituto Cubano de Radio y Televisión) dependen totalmente del aparato ideológico del Partido y sus márgenes de autonomía son casi nulos. No hay que hacer especulaciones. Lo que cualquiera lee, escucha o mira en los medios revela un estricto y centralizado control oficial.

El cine: una excepción feliz

Este es el valor del ICAIC (Instituto Cubano del Arte y la Industria Cinematográfica) que, aunque formalmente está dentro de la camisa de fuerza de la estructura partidaria se ha ganado a pulso su autonomía y no se ha dejado nunca controlar ni ha permitido que se inhiba su trabajo creador. Así lo recordaba recientemente en Costa Rica el director de cine cubano Humberto Solás ("Lucía", "Cecilia", "Un hombre de éxito").

"Nosotros - decía - hemos obligado al Estado a que acepte la autocrítica en la esfera cinematográfica. Claro, no lo hemos hecho de manera coercitiva. Porque es muy difícil doblegar a un Estado, sobre todo para un grupo de cineastas. Pero me siento muy orgulloso de ser cineasta cubano. Porque aunque ahora, por el período especial, sólo podamos hacer dos películas al año, nos ganamos un espacio dentro de la sociedad muy importante. Creo que el sector cultural que desde dentro de la revolución ha sido capaz de criticar cáustica, corrosivamente, y por lo tanto muy constructivamente, a la revolución, ha sido el cine".

Y eso se nota enseguida viendo las películas cubanas de estas tres décadas. El reciente "boom" de "Fresa y Chocolate" no es ni una casualidad ni un oportunismo estatal para la exportación, como dicen algunos cubanos en Miami. Desde los primeros tiempos de "La muerte de un burócrata" hasta los más cercanos de "Plaf!" o "Adorables mentiras", el cine cubano se ha mostrado siempre cargado de humor y lleno de vida, como un desafiante espacio de debate. Como una creativa fábrica de imágenes en la que se emplean todos los colores para pintar la realidad de Cuba.

La autoridad moral y la lucidez de Alfredo Guevara, principal conductor de la cinematografía cubana, tiene que ver con esta conquista de autonomía. Pero no ha sido fácil. Así lo recuerda Humberto Solás, que prepara ahora otra película, "Miel para Oshum", sobre la tolerancia entre los cubanos de Estados Unidos y los de la isla.

"Para mí es muy difícil ahora mi próxima película - reconoce -porque los apologetas de una cultura tradicionalista se confunden con la extrema derecha del conservadurismo estalinoide, ese grupo viscoso que está ahí, que tiene áreas de poder. La revolución se ve desde lejos como una masa homogénea, donde no hay discrepancias, donde todas las medidas las toman el buró político y Fidel, pero no ha sido así realmente. Ha sido toda una lucha clandestina, subliminal, muy costosa, en toda la urdimbre cultural. Hubo épocas en que estos grupos sectarios y ortodoxos alcanzaban primacía dentro del movimiento cultural. Y no olviden que hubo una especie de cacería de brujas en los 70, donde el grupo que estábamos del otro bando tuvimos que agazaparnos en un silencio prudente hasta tanto no ganáramos la próxima batalla. Eso existe aún. Porque ese grupo está ahí". Esta ahí. Y es grande su influencia sobre los medios de comunicación social.

Un lenguaje militar

A juicio de algunos analistas, tres de las áreas donde el modelo soviético incidió más en Cuba y en donde es más patente hoy esa influencia son las Fuerzas Armadas, el Ministerio del Interior y los medios de comunicación. En estas áreas Cuba hizo fotocopias.

En lo militar, Cuba alcanzó a través del apoyo soviético formas organizativas y funcionales adecuadas y avanzadas, y el Ministerio del Interior aprendió eficacia y cosechó éxitos. Sin embargo, la influencia ha sido negativa en los medios y en lo relativo a los asuntos migratorios.

En la migración, ha predominado una visión estrictamente policial del tema. El cubano que decide por cualquier razón salir de Cuba para vivir fuera de la isla - en Miami o en cualquier parte - se convierte tal vez en el ciudadano que en el mundo se siente más abandonado por el gobierno de su patria.

Para él todo serán restricciones, controles, negativas, suspicacias y cuando le den luz verde, se le aplicarán altísimas tasas en visas o pasaportes. Como si en su patria buscaran que se sintiera apátrida. Migración no busca soluciones, busca dificultades. Cada cubano que vive fuera tiene una buena docena de anécdotas increíbles. Ultimamente han empezado a darse algunos pasos para que esto no sea tan así, pero a pesar de ellos, "¡qué trabajo cuesta todo, caballero!", dicen todavía los cubanos que se enfrentan al calvario de los trámites migratorios.

No parece haber mucho cambio en el área de los medios de comunicación. La influencia soviética-estalinista ha contagiado a la comunicación cubana de una concepción militar. La "verdad" se impone, se busca vencer más que convencer. Y cuando se pretende convencer, forma y fondo parecen dirigirse sólo a los convencidos. No se da espacio en los medios a ninguna duda, temor o ansiedad - ni siquiera por la táctica del desahogo -, porque esto quitaría temple y desmoralizaría para "el combate".

Todo el lenguaje periodístico, ya de por sí retórico, está atravesado permanentemente de terminología militar: "combates", "batallas", argumentos que son "armas contundentes"... Y las noticias que se dan del "enemigo" -Estados Unidos - son siempre negativas e informan de un sistema injusto y fracasado, mientras las que se dan de Cuba son siempre positivas: logros, metas cumplidas y sobrecumplidas, resistencia heroica. Tal como sucede en la guerra: para poderla llevar adelante hay que pintar en blanco y negro la realidad. "¿Y es que Cuba no está desde hace más de 30 años en guerra? ¿Y es que no somos una isla sitiada por un enemigo poderoso?", me argumenta, sacando el pecho militarmente, un colega periodista, con cargo de dirección.

¿Por qué no hablar de jineteras?

La realidad de la Cuba de hoy, en tan enmarañada crisis financiera, económica e ideológica, contradice a los medios de comunicación. Los medios no informan sobre muchos aspectos de esa realidad cambiante. Tampoco forman, porque no debaten. "¿Por qué no enfrentan los medios la nueva realidad cubana, cada vez más compleja, con puntos de vista cada vez más diversos?" Planteo esta pregunta ante un grupo de periodistas cubanos, que son los primeros en reconocer las deficiencias de los medios en Cuba, más cuanto más jóvenes son. "¿Por qué no se va a fondo, por ejemplo, en el tema de las jineteras"

El "período especial" - esta agobiante crisis económica, compleja, prolongada y que afecta a todos - ha traído de la mano una prostitución abierta, en las calles. Las llaman "jineteras" - también hay "jineteros" -, porque "se montan" en los turistas, los persiguen. Por dinero o a cambio de productos que están escasos o muy caros o también por salir del tedio de la durísima vida cotidiana o soñando con que el jineteado tal vez se enamora y te saca de Cuba, muchachas y muchachos cubanos - muchos de ellos profesionales de carrera - asedian a los turistas o a los extranjeros vinculados a las nuevas inversiones y al "área dólar". Es una realidad nueva. Que crece. Lógica. Compleja en su interpretación. Porque es una prostitución muy atípica si se la compara con la que existe en el resto de América Latina. Todo el mundo conoce algún caso de cerca y todo el mundo habla de esto y se ha formado una opinión. Es un tema ideal para un debate abierto en los medios. Pero en los medios reina el silencio. "¿Por qué?", pregunto. Y los periodistas contestan con esta lista de argumentos, todos ellos sintomáticos:

- Con la revolución, en Cuba quedó erradicada la prostitución y esto de ahora es "otra cosa".

- Fidel no ha hablado a fondo de este tema.

- Hablar de jineteras es avalarlas.

- Hablar de eso fomentaría más jineterismo.

- Si hablamos tenemos que condenarlas, así que mejor no tocar el tema. ?¿Y si hacemos un debate y ganan ellas? ¡Eso no estaría bien!
- Habiendo tantos problemas serios en este país, hablar de esas muchachitas es bobería.
-No le podemos dar armas al enemigo.

- ¿Y para qué hablar, si el problema va a seguir y no se pueden sacar conclusiones?
- Ese asunto me desborda, yo no sabría qué argumentos dar, entonces mejor me callo.

Por todos estos caminos el periodismo cubano llega al silencio.

¿Qué es opinión?

Todos estos argumentos revelan un estilo de periodismo donde en temas polémicos, sea cual sea su magnitud, ni se miente ni se inventa una verdad. Pero no se dice lo que ocurre. A menos que el tema permita decir lo que debiera ocurrir. Paternalismo y voluntarismo estrechamente unidos. Los medios predican una doctrina de lo que debe ser y no brindan ni una información ni una reflexión de lo que es. Los medios son el altavoz de la autoridad estatal pero no el espacio donde se ven representados los distintos actores de la sociedad. Los periodistas no son conciencia crítica de la sociedad, son piezas acríticas del sistema. Y no se concibe un apoyo crítico al sistema, sólo una identificación incondicional.

Los periodistas cubanos trabajan muy atados a "planes temáticos". Cuando pasé por Cuba se iniciaba la campaña "Juventud del Verano". En ella, se debía mostrar felices a los jóvenes cubanos, "pintados de sol" en el ocio o en el trabajo voluntario. Esa era la idea a fijar. A lo largo del año se suceden las campañas, que a menudo inicia un funcionario haciendo declaraciones sobre el "eje temático". Estas campañas revelan algo que es clave en el modelo informativo cubano: no manda la realidad, se crea una realidad, muchas veces irreal. "Todos acabamos diciendo las mismas cosas a través de todos los medios", comentan con cierta vergüenza los periodistas más jóvenes.

36 años después de estar construyendo un proyecto en el que a todos y a cada uno de los cubanos se les dieron tantas oportunidades de vida - seguridad, empleo, comida, trabajo, estudios, ocio, cultura, deportes - y de sentido de la vida, este modelo de comunicación masiva es indefendible. También es impresentable, ahora que Cuba busca integrarse al resto de América Latina y tiene relaciones cada vez más estrechas con inversores y turistas extranjeros y con periodistas internacionales. De la sobreprotección del pueblo - justificable tal vez en los primeros años 60, cuando todo estaba por hacer y todo por defender - se ha evolucionado a la subestimación del pueblo como productor de pensamiento propio y de opinión pública madura.

Un periodista de la agencia cubana Prensa Latina se refiere con un chiste a este grave déficit. "Un funcionario de la FAO anda realizando una encuesta internacional. Llega al Africa y lanza su pregunta: ¿Qué opinión le merece la escasez de alimentos en el mundo?. El africano no entiende la cuestión: ¿Alimentos? ¿Qué es eso de alimentos?. El de la FAO viaja a Alemania y repite la misma pregunta. Y el alemán no comprende: ¿Escasez? ¿Qué es escasez?. Por fin, llega a Cuba con su pregunta. Y le dice el cubano: ¿Opinión? ¿Qué es opinión?"

La sociedad cubana se acostumbró más a recibir que a producir. La crisis de productividad es hoy el principal problema de la economía cubana. Faltan estímulos para dinamizar la producción. Y esto no se explica sólo por el bloqueo de Estados Unidos. ¿Los cubanos producen opinión? En ciertas ocasiones. Y en algunas estructuras. Y aún así, siempre demasiado controlada. En los medios no. Los medios de comunicación podrían ser un estímulo para dinamizar una producción de opinión masiva, abierta, de toda la sociedad. La materia prima está ahí: el cerebro de todo el pueblo cubano, ese inmenso capital humano creado por la revolución y del que Cuba dispone y hoy desaprovecha. Este despilfarro de los recursos propios, esta omisión en el área de la democracia es el bloqueo que Cuba se impone a sí misma.

El periodista en la calle

"¿Es censura o es autocensura, qué es?", pregunto. "Es falta de práctica - se excusan varios -. Nuestro periodismo no incluye el debate porque es un formato que hemos descuidado, sólo por eso". Pero no es válida la respuesta. La falta de debate en los medios refleja toda una concepción política.

El periodista guarda silencio ante lo que cree que es complejo. Y el público guarda silencio ante quien cree que es un periodista. En un reciente taller de periodismo de opinión con radialistas cubanos se armó una práctica que a ellos mismos les resultó reveladora. Grabadora en mano, salieron por parejas a algunas calles de La Habana a recoger opiniones de la gente sobre lo que estaba ocurriendo aquellos días de junio, con la ocupación de la embajada de Bélgica por más de 200 cubanos que querían salir del país. La información oficial sobre los hechos no había sido más que un escueto comunicado en el periódico Granma, condenando la actitud del "grupúsculo de antisociales" que había tomado la sede.

Salieron. Iban temerosos. Nunca, en años de profesión, habían hecho algo así. Las "cosechas" que trajeron de regreso fueron de tres tipos:

- Advertencias de la policía. Los siguieron y los mandaron a retirarse: lo que hacían era prohibido. (En Cuba, el periodista no tiene nunca la iniciativa de "buscar" la noticia en la calle o de cubrir lo que está ocurriendo fuera de su oficina. Va a la calle, o autorizado por su director en busca de una información ya determinada, o va a cubrir un evento oficial. A veces, informa de los hechos sin siquiera cubrirlos: ya "se sabe" lo que va a pasar).

- Datos precisos sobre los sucesos de la embajada, que los entrevistados habían escuchado en la amplia cobertura que ofrecía esos días Radio Martí y otras radios de Miami. (Avida de una información que no encuentra en los medios cubanos, la gente sintoniza cada vez más estas emisoras. Así, el silencio informativo de Cuba le regala la versión de los hechos a la contrarrevolución).

- Silencio. Ante una grabadora, mucha gente desconfió y no quiso hablar absolutamente nada.

¿Por qué hay silencio?

Hay silencio en Cuba. ¿Miedo? ¿A qué? ¿Represión? Algunos hablan de sutiles mecanismos de opresión. Otros mencionan la compulsión, la presión social. Parece, también, el silencio de una desconfianza que refleja el mismo modelo de comunicación. Los periodistas desconfían de su palabra: si son sinceros, eso les traerá problemas con los directores. Los medios desconfían de la palabra de la gente: no la recogen, no dan participación, no han sabido crear una cultura de debate. La gente desconfía de la palabra de los medios: la sienten divorciada de la realidad. Y lo que es más grave: la gente desconfía del valor de su propia palabra como herramienta eficaz para cambiar las cosas, para influir en una realidad que le es adversa.

En un número de la revista Bohemia del mes de agosto una periodista define así a los cubanos que, como ella, apoyan la revolución: "Los que protestamos y discutimos, los que cambiamos de palabra en cada esquina a figuras del gobierno, y hablamos alto para decir que muchas cosas andan mal". ¿Por qué los medios de comunicación cubanos no multiplican en sus micrófonos esas protestas y propuestas de cada esquina, por qué no recogen la frescura de ese debate callejero?

El humor en crisis

Ausente de los medios cubanos el debate. Y casi ausente también el humor. En un pueblo que siempre se ha caracterizado por su alegría y su capacidad de risa y de choteo, exportador de cómicos y humoristas, los medios de comunicación revolucionarios han tenido una permanente tendencia a ponerse serios y rígidos. Lenguaje medido, frío, correctísimo, totalmente idealista - ¡en una sociedad materialista! -, con palabras leídas - no habladas - que no tienen olor ni sabor ni peso ni medida, donde el tabaco es siempre "la aromática hoja" y la caña "la dulce gramínea". Todo muy formalmente formal. Está ausente la exuberancia tropical y ha sido cercenada la tradicional locuacidad del cubano. El lenguaje es chato y el guión escrito manda. En esta hora de crisis, los medios son aún más siberianos y adustos.

Más tensión en la vida, más risa en la antena: así aconseja el sentido común. Y el sentido político. Ha sido al revés en Cuba. Sobreviven en la TV el programa "Sabadazo" y en Radio Progreso, de alcance nacional, "Alegrías de sobremesa", con un humor válido, pero genérico e intemporal, que sólo en contadas ocasiones se refiere a las mil y una aventuras y desventuras que exige hoy el sobrevivir y el "resolver" en el "período especial". Los géneros dramáticos - en los que la radio y la televisión cubanas fueron pioneras y maestras en América Latina - se han ido reduciendo a radionovelas o telenovelas estrictamente sentimentales o de temas históricos. Dramáticos de más actualidad, más problematizadores, vienen alguna vez a la TV desde Brasil o han ido desapareciendo. Y es que todo formato dramático -incluido el sketch de humor - necesita de un conflicto para tener agilidad y ser creíble. Y como el modelo rehuye la polémica, la producción nacional de este género ha ido en decadencia, no tanto en el teatro, pero sí en los medios.

Radio Martí - la emisora que financia el gobierno de Estados Unidos contra la revolución - tiene un programa que muchos cubanos oyen y con el que se ríen: "Teté Comité". Teté, la protagonista, es la presidenta del comité de barrio y en su casa y con sus vecinos de cuadra se viven día a día los conflictos medianos y pequeños del período especial: funcionarios que dicen una cosa y hacen otra, aparatos reparados por milagro, compras y ventas en el mercado negro, "inventos" para comer y sobrevivir, "bolas" que recorren La Habana... Los guiones están muy bien armados y hacen sonreir y reir. Son plenamente cubanos por su choteo y su vacilón y en ellos hay más humor de enredos, sorpresas y malentendidos que mensajes cargados ideológicamente. Cualquier cubano se identifica con las situaciones que ahí se plantean y con los personajes que por ahí desfilan. No hay en Radio Martí, naturalmente, ni neutralidad ni ingenuidad. Saben lo que quieren. Y lo saben hacer.

¿No sabe Cuba lo que quiere? "¿Por qué la radio y la televisión cubanas no pueden hacer buenos programas de humor, con la sal y la pimienta del momento?" Se hacen, sí, congresos y debates para abordar el tema de la crisis del humor en Cuba, que ya es un lugar común: todos reconocen que existe y todos la lamentan. En estos eventos se han presentado ponencias exhortando a superar la crisis del humor. Pero en los medios las caras siguen serias y el lenguaje severo.

Un ser humano capaz de reirse de sí mismo da con su risa una señal inequívoca de su madurez. También una sociedad. Y aunque es evidente que la sociedad cubana es madura por muchas razones que tienen que ver con los valores construidos en estos 30 años, y aunque es cierto que en sus casas los cubanos "desconectan" y bromean sobre las contradicciones nacionales y personales en esta hora de prueba, los medios no reflejan ni al cubano real ni buscan aligerar con risas su dura carga diaria. Son un lago inmóvil, impenetrable, no se alteran. Dan así una señal inequívoca de su debilidad y de su inmadurez.

¿En qué mundo viven los medios?

"Hace 35 años me dijeron que esta revolución, que he querido tanto, era para nuestros hijos. Ya tengo nietos y no veo ninguna luz al final del túnel", me dice una cubana de 60 años, con un rostro de infinito cansancio, mientras hace cola para que le den el único mínimo pan que le corresponde al día por la "libreta".

Un chofer de 40 años, que gana 153 pesos al mes (un dólar y medio al cambio real) expresa así su frustración: "Llego todos los días a mi casa y no hay agua, no hay luz, no hay nada que comer, no hay nada que hacer. Entonces, me voy al Malecón a tirarle piedras al mar." En las calles de la Habana se escucha un chiste cruel: "Le preguntan a un niño: ¿Y tú, muchacho que quieres ser cuando seas grande? ¿Yo? ¡Extranjero!" Y una joven balsera, en una playa cercana a La Habana, responde así a un periodista que le pregunta por qué se va: "Me ahogo aquí. Yo quiero llevarme el mundo por delante, ¡o que el mundo me lleve a mí! ¡Pero quiero probar!" Es médica.

La realidad de Cuba - la de las cubanas y los cubanos - es crítica. La Cuba de hoy es fundamentalmente distinta a la de hace 5 años. El pasado está en cuestión, el presente es insoportable, el futuro es un túnel de incertidumbres. La vida diaria sólo se aguanta con una conciencia política extraordinariamente sólida y aún así se flaquea. "Aún así te desesperas", confiesa un sólido militante comunista. Cuba no es sólo una "ciudad sitiada" por enemigos exteriores. Es también una ciudad perdida en el laberinto kafkiano de un centralismo cada vez más ineficiente, en el que vive un pueblo lleno de potencialidades, con muy pautadas formas de expresión y de realización. "Este es un pueblo muy adulto, pero lo tienen vestido con faldita corta, pantaloncitos y botitas de bebé," me dice amargado un periodista.

Los medios de comunicación viven en otro mundo, hablan de otro pueblo. "Las dificultades y las escaseces sólo amedrentan a los débiles y éste ?ya lo ha demostrado muchas veces - es un pueblo de gigantes", afirma una comentarista -estrella del Granma en plena crisis de los balseros. Todos los comentarios de esos días repiten que por "un indigno hay cien dignos". Los "indignos" son los balseros. "Tienen identidad de cartón y reverencian el culto a la pacotilla": así los describe otra comentarista, de Juventud Rebelde, que afirma estar aportando al "debate ideológico" sobre la crisis.

Y el editorial de Bohemia, después de la manifestación contrarrevolucionaria del 5 de agosto en el Malecón, tras reconocer que fue la primera en 35 años "a la luz del día y sin el temor a esconder el rostro", afirma: "Hay que aceptar que en los disturbios alguna persona decente pudo lanzar a la calle desde su ventana o su balcón el esputo del descontento o la desafección. Pero los protagonistas pertenecen a un sustrato marginal para el cual la aventura o el desafío a la autoridad puede ser un modo de matar el tiempo o cambiar impensadamente su vida".

En medio de esta retórica y este triunfalismo, ambos medios no brindaban al lector ni el número de balseros ni el número de personas que había participado en los disturbios del Malecón. Ni entraron a un debate en serio ni tampoco dieron los datos básicos que requiere cualquier información.

Mientras, el mundo entero miraba las imágenes de cientos de balseros: técnicos, muchos profesionales, jóvenes la mayoría, altos y desarrollados, pero delgadísimos por la escasez de estos años. Una imagen parcial pero real de la Cuba de hoy. "También son reales los que se quedan. ¡Y son más", argumentan muchos. Es cierto. Tal vez ha llegado la hora de que los cubanos que viven y sufren en Cuba analicen estas dos Cubas e inicien un debate sobre estas dos realidades.

Los jóvenes merecen participar

En la Cuba real de hoy, el conflicto generacional explica muchas cosas que el discurso oficial de la revolución no parece estar midiendo con una vara adecuada. Los jóvenes cubanos nacidos en los 70 y los 80 - más de la tercera parte de la población cubana - no conocieron el antes de la revolución ni saborearon los heroicos inicios de este proyecto. No participaron en ellos. Ya adolescentes o jóvenes, su única participación ha sido recibir y recibir increíbles oportunidades de estudiar, hacer deportes y vivir la vida sin mayores preocupaciones. Mientras, la juventud latinoamericana de esa misma edad aguantaba hambre, conspiraba en movimientos clandestinos, se quedaba analfabeta, aprendía a golpes en la escuela de la calle, emigraba, participaba en proyectos educativos basados en el debate... Probaba, se probaba a sí misma.

Hoy son muchos los jóvenes cubanos perplejos ante la nueva situación que vive la isla, pasivos, desmotivados, inexpertos ante los sacrificios, que buscan, sin encontrarlo, un sentido y un quehacer en el ocio vacío de alicientes de cada día. La sociedad cubana en la que crecieron, tan pautada, tan segura y asegurada, tan aburrida, tenía pocos estímulos para los deseos de aventura y de riesgo que tienen las jóvenes energías de cualquier joven. Hoy muchos ven cerrado el horizonte y su sueño es salir del país a "buscar mundo".

Esta generación de cubanas y cubanos merece participar en un debate sobre un proyecto que sea viable para su patria. Está preparada para ese debate. Pero el único estímulo que se les ofrece es resistir heroicamente para vencer no se sabe cuándo, sin que ese llamado a la resistencia heroica incluya un debate real sobre lo que se gana o se pierde con la resistencia. El proyecto del que les hablan está en la cabeza de otros. Muchos desertan. En su corazón y en su conciencia, sobre todo. O por otras vías. La mayoría de los balseros está en la franja de los 20-30 años. La balsa, el mar y sus tiburones, lo desconocido, son tal vez la primera decisión arriesgada en toda la vida de muchos de ellos.

¿Cuál es el riesgo?

Un cambio en los medios de comunicación hacia el debate, hacia la participación, hacia la realidad, hacia la pluriopinión, tocaría evidentemente el poder. Podría poner en juego el poder. Pero, ¿no debe el poder revolucionario ponerse en juego hacia dentro de la revolución? ¿No es posible? ¿Tarde o temprano no habrá que ponerlo en juego? ¿No pueden hacerse cambios hacia la pluriopinión que no signifiquen claudicar ante Estados Unidos?

Siendo tan compleja la realidad cubana actual, ¿cómo va a existir una sola interpretación de los hechos, una sola voz para interpretarlos? El silencio de los medios ante la realidad, ¿a quién beneficia? El triunfalismo de los medios, que niega la perplejidad y la desesperanza de tantos cubanos, ¿a quién representa?

"La peor opinión es el silencio", dice el lema de una emisora radial uruguaya. "Peor que los peligros del error son los peligros del silencio", dijo Fidel a los periodistas hace unos años, cuando celebraban su V Congreso. ¿Hay conciencia de los riesgos de este silencio en los medios?

Mientras la dirigencia revolucionaria decide sobre esto, el silencio sigue sustituyendo al debate. Y el triunfalismo voluntarista sigue camuflando una realidad que está atravesada de preguntas y ansiedades. Los medios de comunicación, que podrían ser una herramienta extraordinaria para acompañar creativamente al pueblo en esta crisis, aparecen empolvados, jurásicos. Los medios, que podrían ser cauce para una consulta-sondeo-toma de temperatura masiva para saber cómo el pueblo de Cuba - y no sólo sus cuadros dirigentes - imagina y prefigura la salida de esta crisis siguen parqueados, estáticos.

No es posible que el pueblo más educado de América Latina, con tantos recursos intelectuales, con miles y miles de profesionales y técnicos, con una experiencia histórica tan extraordinaria, perezca por hambre, languidezca con las alas de sus iniciativas recortadas y guarde silencio. No es posible que una revolución ya adulta tema tanto el debate.

Con voz propia

Ultimamente, a raíz de los sucesos del 5 de agosto en el Malecón y de la crisis de los balseros, la dirigencia cubana ha dado públicamente algunos signos de que es consciente de las dimensiones subjetivas de la crisis actual. Armando Hart, Ministro de Cultura, escribió el 16 de agosto en Granma un editorial que resaltaron mucho los medios cubanos como un "eje temático" del momento. Afirma Hart: "Parto del criterio de que por muy grandes que sean - y lo son - las dificultades económicas y, es más, precisamente en virtud de su magnitud, estamos más obligados que nunca a hacer una reflexión política e ideológica en profundidad y a elaborar un programa de acción en este sentido que, para resultar eficaz, tiene que estar actualizado con lo sucedido en el mundo en los últimos años."

El 3 de agosto, Raúl Castro, en la Asamblea Nacional, tuvo una intervención que fue después muy destacada y reiterada en los medios cubanos. Era una exhortación, desde "el sabor amargo" que le habían dejado las rutinarias participaciones de los diputados, a que los cuadros del Partido reconocieran y enfrentaran problemas subjetivos que enrarecen aún más la realidad cubana: burocratismo, oportunismo, desidia, falta de sinceridad. Fue central en su mensaje este llamado: "Hay también que estimular - dijo - a que todos los revolucionarios - y reitero, los revolucionarios - expongan abiertamente su criterio en lugar, tiempo y forma. O sea: en el lugar adecuado, en el momento oportuno y con formas correctas."

La revolución cubana tiene ante sí el desafío de elaborar una creíble y creativa imagen de su actual realidad. Y sobre todo, tiene el desafío de salir del hoyo que es esa realidad. El desafío es de todos. La "reflexión en profundidad" a la que Cuba está obligada deben hacerla todos los cubanos que sufren hoy en Cuba y no sólo los revolucionarios. Y el "programa de acción" que surja de esa reflexión exige, para que sea "eficaz", que se entienda que los problemas de la Cuba de hoy no sólo deben resolverlos los "cuadros", sino toda la sociedad. En el ejército solo piensan y deciden los oficiales. En la sociedad no puede ser así. El proceso debe ser participativo. De todos. La meta es lograr una nación que conserve sus conquistas y que siendo justa sea también atractiva, estimulante, donde se pueda soñar y realizar los sueños. Los sueños de todos.

La sociedad cubana tiene ante sí el desafío de debatir sobre su propia identidad y sobre la viabilidad de su proyecto en estos momentos tan complejos. Debatir dentro de Cuba y dentro de la revolución. Y debatir en los medios. Pero hay que debatir. Esto supone dar espacio a preguntas abiertas, vacilaciones, miedos, esperanzas y fantasías, a ideas disparatadas o acertadas, a sugerencias, propuestas y ensayos. Supone expresar los criterios en momentos oportunos e inoportunos, en lugares más adecuados y menos adecuados, con formas correctas o incorrectas. Porque la vida no es una unidad militar. Y porque tanto tiempo de silencios y de triunfalismo no podrán evitar esta maraña hasta que de ella salga el hilo de oro, trenzado por todos, con el que Cuba coserá su vestido nuevo.

Defendiendo la revolución cubana en España, en este pasado septiembre, cuando los balseros iban y venían, el Canciller cubano Roberto Robaina se refirió varias veces a lo que era para Cuba "innegociable." E insistió varias veces en que lo era su derecho "a hablar con voz propia". No es poco. En este mundo dominado por unos cuantos grandes, que pretenden hablar en nombre de todos y tratan de imponer una sola fórmula política y económica, arrasando así con la biodiversidad cultural de tres cuartas partes de la humanidad, no es poco que un país tan pequeño diga que no negociará su voz. Su voz propia.

El mundo entero saldrá ganando si Cuba conserva la firme voz solidaria con la que ha hablado en todos estos años. Su voz propia. Y Cuba también ganará si incorpora a la búsqueda de salidas a su crisis la propia voz de todos los cubanos.

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