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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 151 | Agosto 1994
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Nicaragua

Crisis en el FSLN: conflicto de clases

¿Cómo se mira la crisis del FSLN desde fuera? ¿Cómo la mira un intelectual europeo, buen conocedor de Nicaragua y fiel a los ideales y a los intereses de las mayorías de los países del Sur?

François Houtart

En 1990, el FSLN perdió las elecciones frente a la UNO, agrupamiento heterogéneo de partidos antagánicos, reunidos únicamente por su hostilidad al sandinismo. El FSLN obtuvo un 43% de los votos y aceptó pasar a la oposición, pero poco ha podido hacer para recuperar sus fuerzas. Según algunos sondeos, de realizarse elecciones hoy, obtendría el 23% de los votos y la investidura presidencial recaería en el Alcalde de Managua, Arnoldo Alemán.

Marco de la crisis: empobrecimiento acelerado

Durante los cuatro años que han seguido a las elecciones, el gobierno de Violeta Chamorro ha desarrollado una política neoliberal, inspirada, orientada, impuesta y financiada por el FMI y el Banco Mundial y por el gobierno de Estados Unidos, política que se inscribe en la corriente internacional de recomposición capitalista contemporánea, pero también en el marco de la "normalización" de las relaciones políticas que se ha planteado Estados Unidos con Centroamérica y el Caribe.

Las medidas económicas del gobierno Chamorro han traído los efectos ya habituales en los países del Sur. La producción local se ha derrumbado con la apertura de los mercados y el desempleo afecta a más del 55% de la población activa (más de 260 mil trabajadores perdieron su empleo entre 1990 y 1994).

El Estado es progresivamente despojado de sus funciones con las privatizaciones efectuadas a diestra y siniestra y con una cada vez más reducida capacidad de ofrecer un mínimo de seguridad social o de asegurar el mantenimiento de las instituciones educativas y de salud. Los precios de los bienes de consumo básicos han aumentado y las divisas extranjeras sirven para importar bienes de lujo. En aras de una estabilización monetaria y del pago del servicio de la deuda, la pobreza aumenta de manera dramática y una minoría se enriquece.

¿Por qué la crisis del FSLN?

La crisis del FSLN es resultado de varios factores. En primer lugar, el desinterés de las masas por la política unido al temor a retornar a situaciones vividas durante los nueve años de guerra "de baja intensidad".Pero los problemas internos del FSLN han jugado también su papel. Son problemas de tres tipos. El descrédito que sufren algunos dirigentes o miembros del partido, que después de las elecciones se habrían atribuido bienes del Estado o se habrían consagrado más a su enriquecimiento personal que a las preocupaciones políticas. El segundo tipo de problemas tiene que ver con la falta de claridad en el liderazgo interno. El tercer tipo se refiere a la existencia de posiciones divergentes sobre puntos importantes de la política nacional.

Lo fundamental es, evidentemente, la existencia en el Frente Sandinista de corrientes ideológicas muy diferentes. En tanto que Frente, el FSLN siempre ha reunido en su seno a grupos con orientaciones divergentes. Las tres corrientes revolucionarias originales, que se unieron, se separaron y se reunieron de nuevo durante la lucha revolucionaria, compartían sin duda estrategias de lucha, pero también tenían concepciones sociales relativamente diferentes.

Varios momentos, varias lógicas

Socialmente hablando, aunque los objetivos del FSLN representaban el reverso de la dictadura somocista, por incluir un programa de transformaciones sociales en favor de las mayorías, la dirigencia del movimiento estaba esencialmente compuesta por personas provenientes de las clases medias urbanas (pequeña burguesía) y por un cierto número de intelectuales y de militantes provenientes de la burguesía, que habían sabido adoptar una cierta distancia frente a los intereses de su clase.

El resultado de esta alianza dentro de un Frente, que después de la victoria de 1979 se convirtió en partido que ejerce el poder, fue una política de recuperación de la identidad nacional, de reformas sociales - la reforma agraria, en particular -, de programas en favor de los más pobres y de inversión en la salud y la educación. Pero la guerra transformó de manera progresiva la lógica de estas tareas: la defensa prevaleció sobre todas ellas.

Los efectos combinados de la guerra y de la recomposición del sistema económico internacional, llevaron al gobierno sandinista a adoptar un cierto numero de medidas de austeridad, implementando incluso un programa de ajuste estructural desde finales de los 80. Esto produjo una decepción en algunos sectores de las clases subalternas, que se agregó a la desconfianza de los pequeños y medianos finqueros, los que, a diferencia de los campesinos sin tierra, poco se beneficiaron de la política agraria sandinista. Al paso de los años, esta situación produjo una nueva divergencia dentro del Frente. Una pequeña minoría - llamada de centro - se manifestó claramente en favor de medidas económicas neoliberales para relanzar la producción y en favor de una alianza con el gobierno Chamorro.

La Izquierda Democrática

Las dos corrientes actuales, que agrupan a quienes se pronunciaron explícitamente en los documentos debatidos en vísperas del Congreso de mayo, son representativas de una realidad a fondo. La corriente llamada Izquierda Democrática afirma su solidaridad con los movimientos populares, la necesidad de una lucha inmediata y permanente y el énfasis en los valores de justicia, denuncia y radicalidad.

En su introducción, el documento de esta corriente define al FSLN como un partido revolucionario que propone a toda la sociedad nicaragüense construir progresivamente un socialismo humanista, donde el Estado de derecho iría a la par de la democracia económica y donde las organizaciones populares tendrían una participación real en el ejercicio del poder político y económico de la nación.

El documento considera que los pobres y los desempleados, que constituyen la mayoría de la población, deben ser el centro de las preocupaciones del partido. En el terreno económico, el grupo condena el liberalismo y el neoliberalismo y se declara por el respeto de la propiedad pública y privada, por la democracia de la propiedad y por la consolidación de la propiedad social.

El documento subraya que el partido debe emprender la creación y el desarrollo democrático del poder local, municipal, territorial y social sin exclusiones de ningún tipo. En cuanto al ejército y la policía, señala que deben respetar los derechos humanos y someterse a las leyes de la República y a la Constitución.

Entre las funciones del FSLN está escrito en el documento que debe respetar y reforzar democráticamente las instituciones y los valores políticos más representativos de la cultura nacional: la honestidad administrativa, el sufragio universal, la división de poderes, la soberanía y la independencia nacionales. El partido debe representar a todos los sectores de la nación que luchan por la paz, la estabilidad, la seguridad y los derechos políticos de todos los ciudadanos.

El FSLN - dicen - debe impulsar el consenso entre sus miembros, el diálogo y la discusión para resolver los problemas internos. Finalmente, el documento estipula que la renovación, el cambio y la democracia interna son elementos indispensables para la consolidación del partido.

Por un Sandinismo que vuelva a las Mayorías

La segunda corriente, llamada Por un Sandinismo que vuelva a las Mayorías, en una declaración que firmaron decenas de personalidades, pone el acento en la eficacia de las medidas económicas, el carácter democrático de los procesos, los derechos humanos y la colaboración con las otras formaciones políticas.

Declara que el FSLN no es ajeno a la crisis nacional y que no es sino reconociendo eso que podrá hacer aportaciones para su solución. Proclama que el FSLN debe ser un partido abierto, con estructuras flexibles, realmente democrático. Que los dirigentes deben responder por sus actos frente a sus electores, sin caudillismos de ninguna especie. Aboga por el abandono de las actitudes sectarias y exclusionistas y hace un llamado a todos los simpatizantes a que se reagrupen en las filas del partido para convertirlo en "el partido de la mayoría".

El documento de esta segunda corriente rechaza de manera categórica la lucha armada y los actos violentos, precisando que es el momento de condenar esos métodos y que la condena se debe hacer de manera clara: "No se puede decir una cosa y por atrás hacer otra diferente". Esta actitud la orientan a ganar la confianza de la mayoría de la población, que espera del FSLN un discurso político que vaya acompañado de una práctica consecuente.

Los firmantes proclaman su respeto por la propiedad privada y por todas las otras formas legítimas de propiedad: comunal, social y cooperativa, y condenan toda forma de expropiación. El documento hace una autocrítica en torno al comportamiento del FSLN durante su gobierno, aunque reconociendo en todo momento las conquistas surgidas de la revolución, lo que no le impide concluir: "Hemos cometido graves errores de concepción y de acción política que han dividido a la sociedad y que al final nos han hecho perder el poder".

Los firmantes condenan el neoliberalismo y critican al gobierno por haber aceptado las decisiones impuestas por los organismos internacionales: "Si es verdad que no ha funcionado el dogma según el cual todo debe estar en manos del Estado, el que dice que todo debe ser privatizado no puede seguir siendo impuesto". El documento concluye declarando que con el objetivo de ganar las elecciones de 1996, la unidad del sandinismo debe ser preservada.

Los referentes de clase

Más allá de estos dos textos y de los emotivos y hasta injuriosos calificativos que se dedicaron ambas corrientes antes del Congreso del FSLN en mayo, aparece una clara diferencia en cuanto a los referentes de clase de ambos grupos. No hay duda de que la tendencia Izquierda Democrática representa a los grupos populares organizados y que su líder Daniel Ortega posee un capital de confianza en esos sectores. Es igualmente innegable que la corriente de las Mayorías se apoya, sobre todo, en sectores de la clase media acomodada y en elementos de la burguesía que han optado por el Frente.

Sin embargo, no se pueden simplificar las cosas. En el plano personal y subjetivo, las posiciones a veces se entrecruzan. Algunos miembros del FSLN, originarios de los sectores populares e incluso dirigentes de movimientos sociales, se identifican con la corriente de las Mayorías y algunas personas de origen burgués están firmemente comprometidas con la Izquierda Democrática.

Una encuesta realizada en el seno de una reunión de profesionales y técnicos cercanos al sandinismo, efectuada días antes del Congreso, mostró que más de dos tercios de entre ellos se pronunciaban en favor de la corriente de las Mayorías. No hay duda de que en las organizaciones sindicales o en las cooperativas agrícolas, las opiniones se dirigen mayoritariamente en un sentido opuesto.

Un análisis poco profundo

La mayoría de miembros del Frente, e incluso de su dirección, no se han caracterizado nunca por un nivel de análisis muy profundo. Al contrario, las coyunturas particulares de la lucha los encontraron generalmente desbordados por los acontecimientos.

En la coyuntura actual eso puede tener consecuencias muy serias. ¿No hemos visto al General Humberto Ortega defender el orden contra las reinvindicaciones sociales o estudiantiles, argumentando que podrían constituir un obstáculo para las inversiones de las multinacionales? Días antes de la realización del Congreso, el Comandante Víctor Tirado afirmó en un artículo periodístico que frente a la evolución económica mundial, era necesario integrarse en el sistema capitalista existente, tratando de humanizarlo. En el documento oficial presentado al Congreso se planteaba que en el marco de un Tratado de Libre Comercio entre Estados Unidos y Centroamérica - particularmente, con Nicaragua -, se atienda a una igualdad de ventajas para ambas partes, sin aportar una visión crítica en torno a lo que tal tratado significaría en la recomposición de las fuerzas económicas del continente. Tomás Borge ha publicado una obra biográfica particularmente elogiosa del Presidente Salinas de Gortari, personaje muy cuestionado por la izquierda mexicana y de América Latina, a causa de sus posiciones neoliberales.

En la práctica, lo que algunos llaman "cogobierno" con Violeta Chamorro no ha sido sólo un mito. El argumento para justificar esto - utilizado por algunos miembros del FSLN y similar al que usa la izquierda europea - es que esta alianza resulta necesaria para cerrarle el paso a la ultraderecha y forzar una posición de centro. Es muy lógico que esta tendencia se manifieste sobre todo entre los sandinistas que ejercen funciones parlamentarias, con Sergio Ramírez a la cabeza.

Los niveles de escolaridad y la composición social de quienes participaron en el Congreso del FSLN en mayo muestran el predominio en la dirigencia del FSLN de un nivel social medio, con una tasa de escolaridad elevada, frente a una población donde las clases populares son mayoría y donde el nivel de educación está actualmente en retroceso, a causa de las políticas neoliberales. Se trata, más exactamente, de una clase media baja que pudo estudiar durante el sandinismo y que económicamente es hoy muy vulnerable. En ella, el origen popular es, en general, muy reciente.

Valor simbólico de algunas palabras

El factor de pertenencia de clase en la orientación de las dos corrientes del FSLN es importante, aunque éste debe ser considerado como un factor de distinción, pero no como un determinante absoluto. Es también importante subrayar la dimensión cultural en ambas corrientes.

Por un Sandinismo que vuelva a las Mayorías pone por delante los valores de democracia, realismo y eficacia política, racionalidad, estabilidad. A ellos se agregan una serie de consideraciones ligadas al convencimiento de que el poder debe ir de la mano de la capacidad, que un cierto vocabulario es inadmisible, que las formas de expresión social que implican desorden deben ser eliminadas, que los conflictos se resuelven a través del diálogo, que la legitimidad de las instituciones se asegura por su solidez jurídica.

En Izquierda Democrática las referencias más frecuentes son muy concretas: la pobreza, el deterioro de la salud, la falta de trabajo, la desnutrición, la expulsión de campesinos de sus tierras, el retroceso en la educación. El vocabulario es más radical y más dirigido contra las clases dirigentes del país actualmente en el poder que contra el imperialismo del Norte.

Las bases de esta corriente defienden el vocabulario tradicional del Frente, como el de Dirección Nacional para referirse al grupo ejecutivo, o el de vanguardia para definir el papel del partido. Las palabras tienen un valor simbólico muy fuerte para aquellos que desde abajo ven cómo se dualiza la sociedad, siempre en desventaja para ellos, y que perciben que los medios para defenderse se diluyen.

Hay, no obstante, un acuerdo generalizado dentro de esta corriente para darle otro contenido a los conceptos, principalmente al de vanguardia, redefinido como el hecho de estar en la punta de las luchas sociales y no tanto como el ejercicio de un liderazgo hegemónico.

Para los otros, la tradición verticalista que hay en el Frente y su voluntad afirmada en el pasado de manejar las organizaciones de la sociedad civil en función de los objetivos políticos, lleva a la reproducción de un vocabulario sospechoso.

El FSLN es en sí mismo una alianza

La situación del FSLN es en verdad compleja. Por una parte, aunque algunos no quieren reconocerlo, las divergencias de clase se acentúan en Nicaragua como fruto de la política neoliberal y afectan también al propio Frente. Por otra parte, la tradición del FSLN ha sido la de unificar en torno a un proyecto social y político a favor de las mayorías a los representantes de diversas clases sociales, dando como resultado una política nacional y social basada en un cierto número de compromisos entre intereses divergentes. La oposición actual entre las corrientes es en gran medida una expresión de esta contradicción. Hacia el futuro, el realismo político exige evidentemente las alianzas. Como en otros países, éstas podrían realizarse entre partidos diferentes y es probable que para las elecciones de 1996, el Frente deberá, en cualquier caso, pensar en ese género de fórmulas.

El FSLN representa ya una alianza y, en la coyuntura histórica del país, es probable que le valga más continuarla que romperla. Si la corriente Izquierda Democrática goza del apoyo de las bases, no hay duda de que la otra corriente dispone de un mayor número de especialistas intelectuales y administradores. Si las Mayorías, obtuvieran la superioridad, ¿podría evitarse un destino similar al del PRI mexicano ? Si Izquierda Democrática se queda sola dentro del Frente, ¿el partido no corre el riesgo de aislarse en torno a posiciones más claras ideológicamente hablando, pero poco eficaces en relación con el estado actual de la opinión pública?

Esta opinión publica está hoy dominada culturalmente por la simbología de la clase media, como resultado del individualismo promovido tanto por las políticas económicas como por la necesidad de desarrollar estrategias de sobrevivencia. Es una opinión pública polarizada por grados de consumo incomparablemente diferentes. Y entre los sectores populares hay quienes están listos a apoyar aventuras populistas de tipo autoritario, a cambio de ver satisfechas sus necesidades inmediatas.

¿Neoliberales y socialistas?

Hay que distinguir varios planos en el análisis si se quiere ser objetivo. El primero y más fundamental es el del análisis político, que no puede ser separado de su contexto socio-económico. Las dos corrientes en el FSLN corresponden realmente a distintas posiciones de clase dentro de un movimiento que se reclama progresista. Aun en una sociedad no industrial, como es Nicaragua, las políticas neoliberales acentúan las diferencias y las contradicciones sociales. Se trata siempre de la misma lógica, que aísla los fenómenos macroeconómicos de su contexto social y que trata, frente al desastre, de parchar los huecos.

Pero las concepciones políticas que dividen al FSLN no representan polos opuestos en donde las opciones neoliberal y socialista estén representadas. Se trata más bien de opciones diferenciadas, pero dentro de un mismo proyecto de transformaciones sociales. Es claro que quienes disponen de un cierto nivel económico y social, adquirido hace tiempo o recientemente, tienen la tendencia a querer reproducirlo, para ellos y para las generaciones futuras, sobre todo cuando la euforia revolucionaria ha pasado y más aún, cuando la pérdida del poder y la recomposición del campo económico parecen darle al proyecto neoliberal un espacio mundial y una larga duración.

Las prácticas de la vida cotidiana, las relaciones dentro de la clase social - tanto con las personas no sandinistas como con los miembros de las propias familias -, la cultura y los intereses intelectuales, las instituciones escolares para niños, una tendencia demasiado exclusivista, los tiempos libres, los contactos internacionales, el nivel de consumo y el rango a mantener en una sociedad o los símbolos de estatus están más que nunca ligados hoy a la posesión de bienes materiales ostensibles. Todo ello termina por desdibujar las concepciones políticas.

De hecho, para muchos, el mundo de los campesinos o el de los pobres de las ciudades se reduce a una abstracción, a pesar de estar presente en todos los semáforos con los niños vendedores ambulantes o en las casas con las sirvientas de uniforme. Esta situación es, ante todo, un hecho social del que los individuos difícilmente pueden distanciarse.

La lógica de los pobres

Las preocupaciones de los más pobres se ubican en un terreno completamente diferente: la sobrevivencia cotidiana, el crédito para los pequeños campesinos y cooperativas, los dispensarios sin medicamentos, la violencia familiar que se incrementa por las condiciones de vida que se degradan, el desempleo que se generaliza, las estrategias de sobrevivencia que orientan las prácticas económicas. En ciertas regiones, la gran preocupación es el hambre, los niños que comen raíces. El mundo político aparece muy lejano y las medidas de ajuste impactan gravemente los intereses populares más vitales, aunque para otros estas medidas tengan la ventaja de restablecer ciertos equilibrios macroeconómicos.

Los campesinos cooperativistas que ven que sus tierras son recuperadas por los antiguos propietarios están listos a ocupar las tierras y a resistir por la fuerza, aunque en Managua los políticos - incluidos eventualmente los sandinistas -propongan el diálogo y alerten contra la violencia. Las pérdidas de empleo ligadas a las medidas de austeridad llevan a algunos sectores obreros a recurrir a las luchas sociales, que en ocasiones desembocan en la violencia. Quienes estiman que es ilegítimo e inaceptable esta forma de lucha concentran su atención más en los medios que en las causas, y pertenecen generalmente a otras clases sociales. En los conflictos sociales, las víctimas siempre son los pobres. Son diferentes referentes, diferentes culturas, diferentes visiones del mundo, diferentes prácticas, las que se encuentran en la base de las divergencias reales.

La violencia que nadie quiere

Nunca son directamente las clases subalternas las que actúan en la política formal. Con algunas excepciones, ¿cómo podrían hacerlo? Y, sin embargo, ellas forman la mayoría de la población. Su escepticismo frente a la política es profundo. Muchos habían creído en la revolución sandinista y hoy, cuando la ausencia de un poder más popular ha dejado el campo abierto a los políticos, los pobres son las víctimas.

Algunos han visto con resentimiento a dirigentes sandinistas -civiles o militares - que se apropiaron de bienes colectivos o que se beneficiaron de su pertenencia o cercanía a las clases poseedoras para crear las condiciones de su reproducción material y cultural, mientras las mayorías se hunden en la miseria.

Pero la revolución sandinista no ha visto extinguirse todas las esperanzas. Existe un sector popular para el que el sandinismo representa la única alternativa creíble y una franja importante está lista para reavivar la llama revolucionaria en momentos emocionalmente privilegiados, como puede ser una campaña electoral. Y aquí se plantea el problema de la violencia. Para algunos es violento todo lo que turbe el orden social. Evidentemente, ésa no es la concepción de los pobres de Nicaragua, que sin duda pueden ser rudos en sus reacciones, poco matizados en su lenguaje y en sus expresiones simbólicas, y poco cordiales en sus relaciones, pero que saben que son ellos los que sufren la mayoría de las brutalidades.

Una guerra como la de los 80, alimentada y ampliamente fomentada por las fuerzas externas, no la quiere vivir nadie. Tampoco los sectores populares, que están listos a aceptar todos los compromisos políticos que la impidan. Ese fue el sentimiento que se manifestó en las elecciones de 1990. Nadie en Nicaragua quiere la violencia de esa guerra, la que, no obstante, ha continuado de manera permanente y limitada en algunas regiones y hasta hoy. En la actual coyuntura, esa violencia no tiene sentido, aunque más que nunca están reunidas las condiciones para una reanudación de la lucha armada, por más que en el corto plazo sea sólo una hipótesis.

¿Ser pobres u optar por los pobres?

Decir que la corriente Izquierda Democrática está principalmente compuesta por elementos de los sectores populares, con la lógica y la cultura de éstos, sería una falacia. Es fácil señalar con el dedo a quienes se reclaman de esa corriente pero no tienen nada en común, ni en su estilo de vida ni en algunas declaraciones, con lo que podría ser una expresión de los intereses y de la cultura de los pobres. Pero no es ahí donde se ubica el problema del análisis político. Lo que se requiere es saber si el proyecto político responde a las necesidades reales de las clases subalternas, tal como ellas existen objetivamente en la Nicaragua de hoy.

Sólo una postura radicalmente crítica del neoliberalismo y de sus aplicaciones concretas puede responder a ese imperativo. Sólo un apoyo a las luchas populares realmente existentes, sin manipularlas, sino dándoles una dimensión política, puede reflejar fielmente los intereses de esos grupos sociales. Sólo una anticipación de lo que será una alternativa futura al modelo económico actual y la propuesta de concretas alternativas democráticas y populares puede conducir a cambios adecuados.

¿Hay contradicción de fondo?

¿Las posiciones de las dos corrientes son contradictorias en este punto? Sí y no. Sí, en la medida en que no representan únicamente un simple problema de sensibilidad social. Existe un componente de clase que las hace de una cierta manera incompatibles. Pero se puede decir también que no son contradictorias, en la medida en que en la situación actual pueden darse convergencias, ya sea porque un proyecto nacional es necesariamente antimperialista o porque pueden ser defendidas posiciones comunes: en lo referente al reconocimiento legal de la propiedad de quienes la recibieron gracias al sandinismo o en lo relativo a la salud, la educación o en otras medidas económicas.

Para que estas posiciones puedan ser compatibles dentro de un único y mismo partido, es necesario que la segunda tendencia, ligada cultural y materialmente a sectores burgueses o de clase media acomodada, esté al servicio de los intereses directos de las masas populares, cuya expresión política debe ser predominante. De lo contrario, se derivará progresivamente a la utilización de la fuerza social de las masas para la reproducción de otras clases e incluso, esta situación puede conducir a su manipulación por el nuevo modelo de acumulación mundializado. El ejemplo del PRI en México es suficientemente claro. Más recientemente aún, el destino del FMLN salvadoreño, con Joaquín Villalobos y su tendencia - muy parecida a la de las Mayorías de Nicaragua - muestra una orientación semejante.

La tentación de la eficacia política

Si no se tratara más que de problemas internos del FSLN, relativos a métodos de acción política o incluso a personalidades incompatibles, se podría creer que una dosis de autocrítica de un lado y de buena voluntad del otro lograrían resolver fácilmente los problemas. Pero las diferencias son más profundas.

Es difícil pensar que las divergencias puedan ser saldadas fácilmente y varias personalidades externas tratan de asegurar una mediación. Aunque el FSLN se mantiene como una formación política unida, las tensiones internas corren el riesgo de paralizar su acción y llevarlo en el corto plazo a ser políticamente menos eficaz. Y si el Frente se escinde, el balance político puede ser también negativo.

Eso plantea una serie de problemas teóricos que Antonio Gramsci señalaba ya en sus análisis de la política italiana del período de entreguerras, al reflexionar sobre el papel de los intelectuales y su origen de clase, que sin ser completamente determinante, juega un papel importante en Nicaragua, como en otros países de América Latina.

Existe también la cuestión del Estado, que en Nicaragua está en plena recomposición y a favor de los intereses de la burguesía, sobre todo de una burguesía consumista, financiera o comercial, como intermediaria del país con el exterior. Algunos sandinistas, originarios de esta clase, liberales demócratas, que lucharon contra el somocismo con fuertes simpatías populares, encuentran difícil no entrar en este juego de recomposición del Estado, aún cuando estimen que su deber es ejercer una función de freno. Se trata de elementos competentes que ejercieron funciones dirigentes en el Estado durante los años de poder sandinista. El que ellos se inclinen por la idea de una eficacia política más que por la de una radicalidad social, entra también en la lógica de conjunto.

Hay que agregar a todo esto la orientación del ejército, muy reducido numéricamente, pero que en su proceso de institucionalización como ejército nacional profesional se define cada vez más como garante del orden, sin discutir el contenido de ese orden. En numerosas declaraciones del General Humberto Ortega esto es muy claro. La lógica institucional ha cubierto al ejército que, para asegurar su reproducción en la nueva sociedad, ha entrado en la lógica del orden, aunque tratando en todo momento de mantener una cierta protección para el FSLN y para los sandinistas.

FSLN: mirar a la sociedad

Parece evidente que para una eficacia política, es decir, para asegurar una participación en el poder, el FSLN debe o bien restaurar su unidad, o bien prever alianzas con otras fuerzas políticas progresistas organizadas.

Si logra mantener su unidad y si quiere ser partido que sostenga su expresión de masas populares, el FSLN no puede hacerlo sacrificando los intereses de los pobres, lo que exige que los miembros de la organización que pertenecen a otras clases sociales, reconozcan la prioridad de los intereses populares. Es volteándose radicalmente hacia el exterior de sí mismo, hacia los problemas de la sociedad nicaragüense, más allá de querellas entre personas y de maniobras - más claras o más oscuras - que el partido podrá reencontrar un nuevo aliento.

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