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  Número 150 | Julio 1994
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Internacional

7 pecados vs las mujeres y vs el desarrollo

A menor desarrollo en un país, mayor marginación de sus mujeres. Y a mayor discriminación de las mujeres, menos posibilidades de desarrollo. Un obstáculo clave para el desarrollo humano está en la desigualdad entre varón y mujer.

Graciela Malgesini

Según Naciones Unidas, el 75% de la población mundial sobrevive con sólo el 15% de la riqueza mundial. En los 41 países del mundo más pobres, la renta per cápita anual no llega a los 200 dólares. De los 5 mil 300 millones de habitantes del planeta, mil millones viven por debajo de la línea de la pobreza. Alrededor de la mitad de este mar de pobres está compuesto por mujeres que comparten la miseria con los hombres, pero en situaciones de inferioridad. La desigualdad entre los sexos es más profunda y más extendida en los países pobres que en los ricos. Siete son las desigualdades cruciales.

Las mujeres - sobre todo las más jóvenes - y los niños son las primeras víctimas de la malnutrición y del hambre, y también de la desaparición física. Se estima que en la década de los 80, más de 100 millones de mujeres del mundo pobre "desaparecieron", muertas prematuramente por las consecuencias de la discriminación. Mientras que a causa de su maternidad, las mujeres demandarían una mejor nutrición, en realidad son las más sacrificadas por las costumbres y tabúes alimenticios, así como las primeras en sufrir restricciones en sus raciones de alimentos en épocas de penuria.

Las mujeres cargan mayoritariamente con la tarea de la reproducción. Sin medios de contracepción más que el amamantamiento, pasan de embarazo en embarazo durante la mayor parte de su vida fecunda, cercana a los 37 años. Por otro lado, la elevada mortalidad infantil - 115 por cada mil nacidos vivos en los países más pobres - las somete a la tensión, desgaste y angustias constantes de embarazarse, parir y ver morir.

La vida reproductiva está plagada de tabúes que conllevan riesgos sanitarios serios. Se calcula que 70 millones de niñas de Africa y Asia son sometidas a mutilaciones parciales o totales de sus órganos sexuales antes de terminar la pubertad. La mitad de las 2 mil 600 millones de mujeres del mundo están hoy entre los 15 y los 49 años de edad y forman un grupo sumamente vulnerable a los problemas relacionados con los contactos sexuales, el embarazo y los efectos secundarios de las prácticas contraceptivas, cuando existen. Entre el 20% y el 45% de todas las muertes de mujeres pobres de esa franja de edades se debe a causas relacionadas con el embarazo. En Estados Unidos y Europa esta misma cifra es menor del 1%.

La responsabilidad reproductiva incluye también la educación de los niños, en especial en sociedades con bajo nivel de escolarización. No obstante, la educación femenina está cada vez más postergada respecto de la masculina. La cantidad de mujeres analfabetas aumentó en 54 millones entre 1970 y 1985, mientras que la cantidad de varones analfabetos subió sólo 4 millones en el mismo período. Esta situación tiene una enorme repercusión en la capacidad de control de la fecundidad y en los niveles de mortalidad infantil.

Las mujeres de los países pobres trabajan un promedio de 12 a 18 horas diarias, produciendo comida, cultivando y cosechando y trabajando en gran cantidad de actividades no emuneradas. Los varones de estos países trabajan de 8 a 12 horas. Se estima que el trabajo femenino proporciona del 70% al 80% de los alimentos en Africa subsahariana y en la India y cerca del 50% en América Latina. Sin embargo, la naturaleza "invisible" de este trabajo refuerza la idea de que las mujeres son dependientes y no las productoras de bienes y servicios, falsa ideología que parece tener un carácter universal. A su vez, las mujeres destinan al presupuesto del hogar una parte mayor de sus ingresos monetarios que los hombres.

La cantidad de mujeres trabajadoras ha aumentado en las últimas décadas, produciéndose el fenómeno de la "doble jornada", que implica el trabajo fuera del hogar sumado a las tareas domésticas tradicionales. Esta carga es mayor cuanto menor es el poder adquisitivo, al quedar fuera del alcance de las mujeres aparatos electrodomésticos o ayuda de otros. En América Latina, la feminización del mercado de trabajo es uno de los cambios económico?sociales más importantes de los últimos 20 años. La tasa de participación económica de las mujeres oscila entre un mínimo de 25% en Guatemala y un máximo de 45% y 43% en República Dominicana y Uruguay. Sin embargo, ese aumento no ha sido acompañado por políticas sociales que faciliten las actividades productivas de las mujeres (guarderías, comedores, lavaderos, etc.). Tampoco se han producido cambios importantes y masivos en la división del trabajo por sexo en el seno de las familias.

Las mujeres no poseen los mismos derechos civiles ni políticos que los varones en muchos países islámicos, sobre todo del norte y centro de Africa, de Oriente Medio y del subcontinente indio. No sólo no tienen derecho a la educación. Tampoco lo tienen a la libertad individual, a la defensa legítima en un juicio justo, al voto secreto, a los derechos hereditarios... En casi todos los países del Magreb todavía se admite la poligamia masculina.

Las mediciones de desarrollo basadas en la familia suelen soslayar el problema del peor nivel de vida femenino creado por las restricciones patriarcales. Las situaciones inequitativas e incluso de violencia que se dan dentro de la propia familia se deben a que ésta está inmersa también en un conjunto de normas sociales e institucionales que refuerzan los esquemas patriarcales autoritarios. Pero esto no se incluye en los análisis y a la hora de conceder crédito y ayuda para el desarrollo, las mujeres casi nunca son titulares.

Las mujeres padecen mayores injusticias cuanto peor es el desarrollo humano de su sociedad. Y su propia postergación no hace más que reforzar el círculo trágico de la pobreza y el subdesarrollo. Más que todas las guerras y conflictos juntos, la discriminación de las mujeres constituye la mayor violación universal de los derechos humanos, tanto por la extensión territorial y por los millones de personas afectadas, como por su carácter permanente y sistemático.

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