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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 150 | Julio 1994
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Nicaragua

El manglar: kinder del océano

Los manglares son los jardines de infancia de los mares. Las aguas son allí una nutritiva sopa para alimentar a gran cantidad de especies-niñas. El negocio del camarón no debe significar la muerte del manglar.

Raquel Fernández

Tienen mala prensa: sólo sirven para multiplicar los mosquitos y, con ellos, la malaria y otros males. Pero la verdad es otra: los manglares son los jardines de infancia de los mares, espacios privilegiados donde se protege la joven vida marina.

El manglar es una lección práctica de tolerancia, de pluralismo. Un ecosistema en el que realidades tan distintas y al parecer irreconciliables como la tierra y el mar, el agua dulce y la salada, se encuentran, dialogan, se aportan mutuamente y se fecundan. El resultado es un conjunto pletórico de vida, donde múltiples especies animales de la tierra, del agua dulce y de la salada, del aire y de los árboles, encuentran su hábitat durante tiempos estratégicos de su desarrollo.

Un ecosistema muy especial y muy frágil

A lo largo de las costas protegidas de las zonas tropicales y subtropicales de todo el mundo se pueden encontrar los manglares, espacios donde se desarrolla una vegetación muy especial, con capacidad de vivir en un medio altamente salino, aunque recibiendo importantes aportes de agua dulce - se encuentran generalmente en la desembocadura de un río -, una vegetación que crece en un suelo permanentemente húmedo y lodoso, sumida bajo el agua durante varias horas al día o varios meses al año. El manglar es un ecosistema extremadamente frágil. El equilibrio alcanzado en su territorio por la vida, la salinidad del agua y todos los variados factores que se armonizan para mantener la exuberancia que en él se desarrolla, es siempre fácil de romper. Más aún cuando se abate sobre él la presión de las comunidades humanas.

Las costas de Nicaragua han sido abundantes en manglares. En el Atlántico y en el Pacífico, el mar y el agua dulce se mezclan con frecuencia en la proporción correcta y producen ese milagro llamado manglar. Pero en la poblada costa del Pacífico, los manglares que aún quedan son apenas una sombra de las inmensas extensiones del pasado. La contaminación, los despales en busca de madera y leña y la creencia de que lo mejor que puede hacerse con un manglar es desecarlo para convertirlo en "algo" más "productivo", ha acabado tal vez para siempre con enormes áreas de este tesoro natural. Para convertirlo en "algo" más "productivo", han acabado, tal vez para siempre, con enormes áreas de este tesoro natural.

Crisis del algodón, crisis del manglar

Una de las más extensas áreas de manglares que se conserva en la Costa Pacífica de Nicaragua se encuentra en el norte de Chinandega, muy cerca de la frontera con Honduras, en el Estero Real, que desemboca en el Golfo de Fonseca.

La historia ecológica, económica y social de Chinandega es compleja. Durante muchos años todo el departamento fue un enorme huerto, donde numerosos propietarios de fincas de diferentes extensiones producían un diversificado abanico de productos, con criterios de sostenibilidad no teorizados, pero sí practicados. Hasta que llegó la fiebre del algodón.

El algodón arrasó el bosque de árboles frutales que sombreaba el suelo de Chinandega. Y parte de la población fue desplazada por los terratenientes algodoneros hacia el centro del país, hacia Nueva Guinea. Y hasta les sirvió de excusa que querían salvarles la vida: en aquellos años el volcán Cosigüina tuvo una espectacular erupción, que fue muy bien aprovechada por los que tenían intereses políticos y económicos en el cultivo del algodón.

El algodón fue una catástrofe ecológica para el departamento de Chinandega, pero no afectó a los manglares. La mayor parte de los pobladores que quedaron en la zona encontró algún acomodo laboral como obreros agrícolas en los algodonales y dejaron crecer en paz al manglar. Pasaron los años, y los precios del algodón empezaron a caer en el mercado mundial. Se fue perdiendo interés en el cultivo de la mota blanca. Entonces, llegó la hora mala. La crisis del algodón puso en crisis al manglar: toda una masa humana desempleada se volcó sobre los mangles buscando en el corte de leña una salida de sobrevivencia económica. En los cuatro años del actual gobierno - sellado por el desempleo masivo, especialmente en Occidente - se han producido más destrozos en los manglares que en los últimos 40 años.

Hoy, esos leñeros están tomando aceleradamente conciencia de que si se termina el manglar, se termina el único medio de vida que les queda. Y han empezado a organizarse para protegerlo de ellos mismos y de otros. Porque no sólo los pobres de la costa están interesados en los manglares. También los ricos de la ciudad sueñan con transformarlos en áreas de camaronicultura. Y es de ellos de quienes con mayor celo hay que protegerlos, pues la capacidad destructiva de un rico armado de caterpillar es mucho mayor que la de cien pobres macheteros.

El pionero mangle rojo y sus compañeros

En el manglar, unas pocas especies vegetales que han podido adaptarse a un medio hostil por su salinidad, acogen y ofrecen hogar a un sinfín de especies animales, sobre todo acuáticas. Los manglares de Nicaragua tienen características propias y son diferentes en cada costa. En el Atlántico, casi toda la vegetación del manglar está constituida prácticamente por el árbol conocido popularmente como mangle rojo - o simplemente mangle -. Su nombre científico es Rhizophora mangle. Aunque en el Pacífico también se da en abundancia esta especie, la evolución del manglar ha sido más compleja y abundan otras especies, también adaptadas al agua salada.

"El mangle rojo es una especie pionera - explica el botánico Alfredo Grijalva, responsable del Herbario de la Universidad Centroamericana (UCA) de Managua -. Es la especie vegetal que se encuentra más cerca del agua salada, donde ninguna otra puede vivir. Desde allí va colonizando el territorio, reteniendo los sedimentos para crear un suelo donde, posteriormente, otras especies vegetales podrán enraizarse y prosperar".

Es a ese audaz mangle rojo a quien se debe una de las características más interesantes de este ecosistema: su movilidad, su tendencia a crecer, su capacidad de llegar a convertirse en todo un dique que enfrenta los embates del mar. En el segundo estrato, más alejado del mar, en tierra un poco más firme, que no se inunda necesariamente en cada marea, se encuentra otro árbol, el conocido como angelín. Su nombre científico es Laguncularia racemosa. También se le encuentra en los manglares del Atlántico.

En el tercer estrato viven otras dos especies: el curumo blanco o palo de sal (Avicennia germinans) y el curumo negro (Avicennia bicolor). Por último, una cuarta especie vegetal es el botoncillo (Conocarpus erectus), que establece la frontera entre las zonas inundables y las que ya se han consolidado como tierra firme. Prácticamente, eso es todo. Menos de diez especies vegetales en los manglares del Pacífico, que son los más variados y ricos. En el Atlántico la variedad es menor.

Arboles maravillosamente adaptados

Los árboles de los manglares se han adaptado a su difícil medio de múltiples formas. Evitan que el mar los arranque del suelo fangoso y blando construyendo un sistema de raíces extendidas como las varillas de un paraguas a diferentes niveles de su tronco. Conforman así una red vegetal que sostiene la tierra y hace que los diferentes árboles se apoyen entre sí para afrontar de mejor manera las embestidas del mar. Y para facilitar la oxigenación, la respiración y un mejor intercambio gaseoso, estas raíces tienen partes aéreas pequeñitas, que asoman como dedos de entre el suelo cenagoso, en forma de rizomas.

El suelo donde crecen los mangles no es tierra firme. Es una especie de gelatina resbaladiza y pegajosa que no ofrece resistencia al pie que se apoya en ella: se abre, recibe y retiene a quien trata de caminar. Es un suelo que rezuma agua: cuando el pie se apoya hundiéndose en el pegajoso lodazal, sube el nivel de agua en el agujero donde permanece atrapado el otro pie. Quienes caminan entre manglares por razón de su trabajo, advierten que hay que apoyar el pie cerca de las raíces de los mangles, porque es allí donde el suelo está más compacto. Sin embago, el mejor andador mete las patas y luego tiene problemas para sacarlas. Pero no hay peligro de que el aventurado caminante termine sepultado en el lodo. No se trata de mortales arenas movedizas. Simplemente, es una broma de la naturaleza que juega a no dejar caminar ni avanzar ni salir a quien tiene la osadía de adentrarse en territorio de manglares.

Gracias al trabajo de los mangles ese suelo gelatinoso se va consolidando y hace que el continente avance mar adentro, poco a poco, creando nuevos hábitats y ampliando los existentes, para beneficio del ser humano que un día poblará esos suelos, ya desecados y desalinizados. Los árboles del manglar - que llegan a superar los 20 metros de altura -, son vivíparos.

No se arriesgan a dejar que sus semillas caigan sobre un suelo anegadizo donde las mareas podrían arrastrarlas hasta alta mar e impedir su germinación. Las semillas de todos estos árboles crecen en sus ramas hasta formar lo que los campesinos llaman "la candelita" y los científicos Rizophora. Esta candelita es una obra maestra de esa brillante ingeniera que es la Naturaleza. Los elementos pesados y ligeros que la constituyen están distribuídos de tal manera que al caer en el lodo, cuando ya está madura, queda sembrada. El nuevo arbolito ya está listo y sólo tiene que empezar a echar sus raíces. Dicho de otra manera, los mangles nacen de pie.

Los tesoros del mangle rojo

Todo el manglar es un tesoro, todo se aprovecha. Sobre todo, el mangle rojo. Su madera da excelente leña para cocinar y también sirve para la elaboración de carbón vegetal. Durante muchos años, la demanda de leña procedente de los manglares fue relativamente pequeña. Sólo la utilizaban las familias que viven cerca del manglar y algunos leñeros profesionales que cortaban allí y vendían después en la ciudad.

Desde aquellos tiempos, los leñeros tenían una costumbre altamente dañina para el mangle: cortaban el mangle rojo justamente por encima del primer estrato de raíces, para aprovechar solamente la mejor parte del tronco, dejando las numerosas y amplias raíces al arbitrio de la Naturaleza. Desaprovechaban así la madera de las raíces leñosas, que es útil para elaborar carbón vegetal. Y como el mangle rojo no tiene la capacidad de retoñar y cuando se le corta, muere, perdían buena parte del árbol. La madera del mangle rojo también tiene uso en la construcción por su resistencia. Y además, durante mucho tiempo, los jóvenes mangles rojos aprovisionaron de barules - horquillas que sostienen las piñas de bananos -, a las extensas bananeras de los alrededores, en lo que puede considerarse como un auténtico arboricidio de plantas de repoblación. En los años 80 fue prohibida esta práctica y actualmente ya no se utiliza.

De la corteza del mangle rojo se extraen taninos que sirvieron durante mucho tiempo para curar y teñir cueros en las tenerías. Actualmente tampoco se utilizan estos productos naturales, pues se importan sustancias químicas. Pero tanto tiempo arrancando sin contemplaciones la corteza de los mangles rojos y provocándoles así la muerte, llenó el manglar de esqueletos blancos de árboles, que se asomaban entre el agua y el lodo como fantasmas.

Cuando, teniendo en cuenta la necesidad de leña y de trabajo, se autorizó el corte de estos esqueletos, se descubrió que los árboles descortezados habían alcanzado una dureza tal que los hacía impenetrables al machete y al hacha. Y entonces se autorizó el uso de la sierra mecánica, con lo que prácticamente quedó decretada la muerte del manglar. Porque el mangle rojo da la mejor madera del manglar, pero es también la especie más delicadamente evolucionada y adaptada a su medio ambiente. Y por esto la más frágil, la más fácil de asesinar y la más difícil de reproducir.

Y con el mangle rojo se pierde el manglar. Cuando el mangle rojo - con sus características de especie pionera - deja un espacio libre, éste es rápidamente ocupado por las otras especies, que le quitan el lugar para reproducirse. Pero las otras especies del manglar no tienen la capacidad de hacer avanzar el territorio y aquí, como en tantas otras cosas, quien no avanza, retrocede.

Gente de la ñanga

Nadie vive en el manglar. Sus suelos pantanosos y periódicas inundaciones al compás de las mareas lo hacen inhabitable para los seres humanos. Sin embargo, son muchas las personas que viven del manglar. Y no lo llaman manglar, sino "la ñanga". Así, en femenino. Como los marinos hablan de la mar, nunca del mar. A la ñanga se "entra" y de la ñanga se "sale", como se entra o se sale del centro de trabajo, para ganarse la vida. La gente de la ñanga son las personas que viven de los productos más visibles del manglar. Porque de los otros productos no tan visibles, de tantas formas de la cadena de la vida como allí se resguardan, vivimos todos los seres humanos. En ese sentido, todos somos gente de la ñanga.

Desde hace varios años, la Autoridad Danesa para el Desarrollo (ANIDA) desarrolla un trabajo de asesoría con las personas que viven de la ñanga para enseñarles a mantener vivo y vigoroso este ecosistema que es su medio ambiente y su medio de trabajo. El proyecto ANIDA-MANGLAR identifica los muchos árboles que no sólo se pueden cortar, sino que deben ser cortados. Entre ellos, los que han sido atacados por el comején, que destruye el tronco desde dentro dejándolo hueco. O los árboles que por demasiado viejos y altos, ponen en peligro el crecimiento de los demás, al no dejar pasar la luz del sol.

Para facilitar el trabajo con los leñeros, el proyecto les ha ayudado a organizarse en cooperativas donde reciben capacitación técnica sobre el manejo adecuado de los árboles: cómo reconocer un árbol enfermo y uno sano, cuáles y cómo cortar, cómo sacar el mayor provecho posible de cada corte.

José Hernández forma parte de una cooperativa de leñadores que trabaja siguiendo las orientaciones de DANIDA-MANGLAR. En su caso, no se puede decir, como en los cuentos: "Todas las mañanas, al amanecer, José Hernández toma su hacha y se dirige al bosque a cortar leña..." Porque en la ñanga quien marca los horarios de entrada y salida no es ni el sol ni el reloj, sino el mar y las mareas.

Para adentrarse en la ñanga hay que esperar la marea alta y, remando en la panga - barca hecha con un gran tronco de árbol ahuecado - avanzar por los ramales menores o caletas del estuario, introducirse en un laberinto de agua y vegetación hasta encontrar los árboles que deben ser cortados. Y esperar a que baje la marea para empezar a trabajar. El corte y el traslado de los troncos hasta la panga tiene que hacerse con la marea baja, hundiéndose en el lodo. Y cuando ya se tienen bastantes troncos cortados, esperar a que suba la marea para regresar al aserrío, donde los grandes troncos se reducen a un tamaño comercial.

Para llenar una panga es necesario esperar varias mareas, aprovechar la alta para dormir, trabajar con la baja sin preocuparse de la hora, y al cabo de tres o cuatro días, salir de la ñanga, dejando atrás nubes de zancudos, humedad y peligros. Una vida sacrificada, dura y mal pagada. Caminar por la ñanga sin nada en la mano y sin realizar ningún trabajo es agotador. ¿Cómo será la tarea de leñador en esas condiciones? En cualquier caso, el trabajo da para comer todos los días y eso, en la Nicaragua neoliberal de hoy, es mucho más que lo que tiene la mayoría.

José Hernández asegura que ni él ni su cooperativa -integrada por 19 leñeros - cortan árboles sanos. "No nos conviene, porque si cortamos todos los árboles, después no tendremos ninguno". En un enorme remolque de tractor, lleno de leña cortada por José y sus compañeros, todas las trozas tienen una característica: los troncos están ahuecados por el comején. "Antes, sí - confiesa -.Arrasábamos con todo. Cualquier árbol nos servía. Pero ahora somos más cuidadosos. Hemos tomado conciencia, los de DANI-DA-MANGLAR nos han explicado, nos han dado talleres. Y ahora sólo cortamos árboles enfermos".

El kinder de los seres marinos

Con sus raíces, los manglares forman una especie de red donde sólo las especies muy pequeñas o las crías de las especies grandes pueden vivir y moverse sin tropezar. Los mangles son árboles que están constantemente renovando sus hojas, botando hojas y produciendo otras nuevas. Esa masa vegetal cae al agua y allí se pudre. El agua se mueve poco. Sube y baja, pero sin oleaje. Grandes tempestades tiene que haber en el mar para que el agua del manglar se rice un poco, porque los árboles la sujetan e inmovilizan.

Por todo esto el manglar es un magnífico lugar para que muchos insectos pongan sus huevos. De hecho, una de las peores acusaciones que se hacen al manglar es que resulta una fábrica de insectos, muchos de ellos dañinos para la salud. Pero los huevos y las larvas de los insectos son buen alimento para muchas especies acuáticas. El agua de los manglares es como una sopa altamente nutritiva para las especies marinas, que viven en ella etapas clave de su infancia, cuando más necesitan comer porque están en la edad de crecer. Las enmarañadas raíces forman además un lugar seguro: las especies-niñas comen abundantemente sin riesgo de ser comidas. El manglar es el jardín de infancia de los océanos.

El ciclo del camarón

Prácticamente, la mayoría de las especies marinas, comercializables o no, dependen del manglar para alguna importante etapa de su vida, como la infancia o la puesta: la anchoa, el mero, el bagre, el sabalo. Y, por supuesto, el camarón. El delicioso camarón tiene una vida corta: apenas vive año y medio. En ese tiempo, recorre un largo camino desde alta mar hacia los manglares, donde vive algún tiempo, regresando al océano para el apareamiento. Cada hembra pone de 500 a mil huevos, ya fertilizados, y los confía a los cuidados de la mar. Las corrientes los arrastran y cuando han transcurrido unos 20-22 días, los que tienen suerte llegan a la entrada de los esteros y van buscando dentro de los manglares los lugares más intrincados de las caletas, estero arriba. Antes de llegar al manglar, ya tienen bastante autonomía y pueden alimentarse de las algas microscópicas que se encuentran en el agua - fitoplancton - y después de los pequeños animalitos del mar - zooplancton -.

En el estero, el camarón vive durante tres meses, lo que podríamos considerar su infancia y su primera adolescencia, el tiempo en que necesita alimentarse más y mejor para regresar al mar, donde alcanza su madurez sexual y vive el resto de su vida. La camaronicultura se sirve del ciclo del camarón para su aprovechamiento comercial. Las larvas se capturan en los esteros y caletas y se llevan a estanques especiales para su engorde hasta que alcanzan el tamaño y el peso adecuado.

Sembrar camarones sin destruir el manglar

Pero la codicia hace que el ser humano se vuelva miope. Con el fin de aprovechar al máximo los camarones, y de reducir al mínimo los costos de explotación, algunos talan grandes extensiones de manglar para construir piscinas de engorde. La camaronicultura, que depende directamente del manglar, lo destruye en el afán de ahorrarse cuatro pesos.

Porque inmediatamente detrás de los manglares hay tierras salinas, incapaces de producir nada, donde pueden instalarse las piscinas de engorde sin afectar los manglares. Eso supone hacer un poco más largos los canales de ingreso y los tubos de bombeo de agua. Requiere de una inversión un poco mayor. Pero quien puede invertir un millón de dólares en "sembrar" cien hectáreas de camarones - ésa es la inversión mínima que suelen realizar las grandes empresas camaroneras - puede muy bien invertir un poco más para mantener vivo el manglar, del que dependen los camarones y cien especies más. Datos científicos señalan que en los manglares se produce más vida marina que en el total de las pescas mundiales.

Lo que sucede es que muchos de los que "compran" unas cuantas hectáreas de terreno de manglar se sienten "dueños" de él y con derecho a hacer de este ecosistema lo que quieren. Y lo primero que se les ocurre a muchos es talarlo y desecarlo - por motivos de salud -. Los efectos devastadores se sufrirán allí, con la pérdida de este privilegiado espacio de la vida, y los sufren de inmediato en alta mar los pescadores, que ven reducir drásticamente sus capturas.

Sucede también que quien compra un manglar, si necesita un crédito bancario para hacerlo producir, tiene que introducirle "mejoras". Y en algunos descarrilados criterios bancarios, la primera mejora que demanda un terreno donde hay árboles, sea o no manglar, es talarlos. Para los bancos ésa es una mejora. Sólo después vienen los préstamos.

Las liberadas mujeres del manglar

Los manglares del Pacífico de Nicaragua estan siendo también escenario de una realidad que no estaba en el programa: la lucha de la mujer por su emancipación. Todo empezó en 1987, cuando 35 mujeres se organizaron en la cooperativa Lucrecia Lindo para desarrollar la camaronicultura.

Desde un comienzo las mujeres se plantearon respetar la Naturaleza tanto como les fuera posible y decidieron instalar el estanque de engorde en las tierras salinas de detrás de los manglares. Construir las instalaciones les exigió un duro trabajo durante mucho tiempo. Empezaban a trabajar cuando aún era oscuro y continuaban hasta bien avanzado el día.

El mayor obstáculo vino de los maridos y de las mujeres que no estaban integradas al proyecto. Zoila González es fundadora de aquella cooperativa y permanece en ella a cualquier costo, pero tiene recuerdos amargos. "Cuando íbamos a trabajar, como teníamos que empezar cuando todavía era de noche, nos avisábamos unas a otras para levantarnos, porque si no, se nos pegaban las cobijas. La gente del pueblo decía: `Ahí van ésas - aquí, una palabrota -, que están embramadas. ¿A dónde van esas mujeres, fuera de su casa, cuando todavía está oscuro, si no es que van a "eso"? La mujer, en su casa, que nada tiene que estar haciendo en la calle y menos de noche'. Y así un día y otro día."

Hubo hombres que obligaron a la esposa a elegir entre el proyecto y ellos. La mayoría de las mujeres abdicaron ante esta disyuntiva y renunciaron a la cooperativa. A otras, aunque les sobraba valor, les faltaba fuerza física para enfrentar la dureza del trabajo. Actualmente quedan 16 mujeres en la cooperativa. Dueñas de su destino y de su vida, hablan de tú a tú con los gerentes de los bancos, discuten sus criterios y nada se les pone por delante. Nada. Tanto que han iniciado otro proyecto: la cría de iguanas, especie propia del manglar y que se está extinguiendo. La iguana tiene una carne sabrosa y tierna, como de pollo, y sus huevos son un manjar exquisito, con alto precio en el mercado.

La granja de iguanas de la cooperativa tiene tres objetivos: la carne y los huevos; la venta de mascotas a personas interesadas, porque la iguana es una animalito de compañía cariñoso, dócil, que da poco trabajo y que es muy apreciada en Estados Unidos; y la suelta de especímenes en los manglares para su repoblación.

Las mujeres de la Lucrecia Lindo no se conforman con esos ingresos, porque todas tienen que atender a varios hijos. También están sembrando frutales y hortalizas en los linderos de los estanques, para diversificar la dieta familiar. En toda su actividad reciben la asesoría de los técnicos de DANIDA-MANGLAR, que las apoyan con cursos de capacitación.

Ante el evidente éxito de estas decididas mujeres, se han organizado en la zona otras cuatro cooperativas, integradas exclusivamente por mujeres. Y los hombres, que siempre profetizaron el desastre para las infractoras del orden establecido, ya no se atreven a decir nada.

Incluso hombres que fueron compañeros de las primeras integrantes de la Lucrecia Lindo y las abandonaron para irse con otra mujer menos decidida, ven ahora con resignación que su actual compañera también se incorpora a las nuevas cooperativas, pero ya no se atreven a decirles nada, porque la realidad los ha dejado sin argumentos.

Sabemos poco, tenemos que saber más

Es poco lo que aún se sabe de los manglares. Y eso poco se ha estudiado, sobre todo, en el sudeste asiático, demasiado lejos de las costas nicaragüenses. Aplicar esos conocimientos a la realidad nacional es difícil. Para salvar distancias y vacíos, el proyecto DANIDA-MANGLAR realiza desde hace dos años constantes estudios en los manglares del Estero Real, para poder aplicar esos conocimientos a otras zonas del país.

Los biólogos Chester Conrado y Leonel Martínez y la ecóloga Silvia Palacios, integran un equipo que, con la coordinación de la ingeniera Ninoska Hurtado, desarrollan actualmente investigaciones que son imprescindibles para iniciar un manejo científico de los manglares de Nicaragua. "No soy partidario del bosque romántico. Tampoco del manglar romántico - dice el botánico Alfredo Grijalva -. Considero que hay que aprovecharlos y obtener beneficio de ellos, pero con criterio, sabiendo lo que hacemos, cuidando del recurso, para que se renueve y sirva también a las próximas generaciones.

Por ahora, no se sabe cuánto tardan en crecer los mangles, cuánto tiempo es necesario para su reposición, cómo restaurar los manglares en las áreas donde ya han desaparecido, cuál es la densidad promedio. Sí se sabe que los manglares, donde los hay, defienden las costas de los estragos de oleajes y maremotos. Las densas copas de los árboles del manglar enfrentan y detienen el primer golpe del agua, que después llega hasta las zonas habitadas remansada e inofensiva. En Estados Unidos, donde se han eliminado grandes extensiones de manglares, han tenido que construirse enormes y costosísimos diques que cumplen muy deficientemente con la función defensiva que cumplía el manglar, que estaba ahí de gratis.

Los manglares han sido históricamente lugares "malditos" y las personas que viven en sus alrededores, gente sospechosa. Hollywood ha hecho un mal servicio a los manglares. Sólo aparecen como escenario donde el villano se esconde para atacar al héroe. O como telón de fondo donde tiene lugar una persecución, que culmina con la muerte atroz de un desventurado héroe de segunda categoría. Otra más de las muchísimas simplezas "made in USA". El manglar evidentemente es muchísimo más complejo. Como todo lo que esta cercano a la vida.

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