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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 149 | Junio 1994
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México

Chiapas: la guerra interminable por la paz

Una enorme tensa calma cubre las montañas en donde viven mujeres y hombres del EZLN. Unidades especiales del ejército los tienen rodeados. ¿Vendrá la paz? ¿La verdadera paz? ¿La paz para los indios? No sabemos qué va a suceder.

Jerónimo Hernández

Qué está pasando en Chiapas? Está pasando... una guerra. unos la llaman "la guerra de la pulga". Otros, una subversión armada conducida por profesionales de la violencia, por transgresores de la ley. Otros, una sublevación de indios. Otros, una maniobra de los teólogos de la liberación para desestabilizar el país. Otros hablan de dos vientos, una tormenta y una profecía.

No importa cómo se llame. Es una guerra. Una larga guerra. Una larguísima guerra, centenaria, sangrienta, esclavizante y dolorosa. Una historia interminable: la interminable guerra por la paz. Por "la pacificación de los indios", según los conquistadores.

O por la paz de los indios, según los mismos indios. Tal vez sea la misma guerra, pero no la misma paz. Por eso es guerra: porque la paz de unos significa la muerte de los otros. Es larga la historia de esta guerra. No comenzó el primero de enero de 1994. Ni hace dos años ni hace diez ni quince. Comenzó hace muchos más. Fray Bartolomé de Las Casas, al escribir de ella en 1542, la llamó: Brevísima Relación de la Destrucción de las Indias. El primer capítulo de esta triste Relación se encuentra en el Archivo de Indias de Sevilla. Los demás capítulos, ya no elaborados por él, se encuentran dispersos en la selva y sierra de Chiapas, escritos en pieles. En pieles de lacandón, de tseltal, de chol, de tzotzil, de tojolabal, de zoque, de kakchiquel, de quiché, de mam, de canjobal... Los antecedentes pertenecen al período post-clásico maya, entre el año 900 y el 1517 d.C., según el cómputo de los conquistadores. O entre los katunes 4 a 13 Ahau de los mayas, según las cuentas
de los indios.

La Selva Lacandona: húmeda, cálida, hermosa

La historia puede ser leída de dos maneras. Desde la perspectiva de los conquistadores y sus descendientes: los colonos, los mestizos, los ladinos. O desde la perspectiva de los mayas y sus descendientes. La guerra es la misma, pero no la paz.

Entre los 16 grados 4 minutos y los 17 grados 35 minutos de latitud Norte y los 90 grados 22 minutos y 92 grados 15 minutos de longitud Oeste de Greenwich, en la región noreste del Estado de Chiapas, se encuentra la Selva Lacandona. Su clima es húmedo y cálido, sin estaciones seca e invernal bien definidas. Es una región cruzada por cordillera bajas, de alturas de hasta 1,200 metros, sembrada de coníferas.

Entre las montañas, los valles y llanos rodean los principales lagos y ríos: el lago Ojos Azules, el Santa Clara, la cuenca superior del Chocolha', las cuencas de los ríos T'ulilha' y Bascán, la confluencia de los ríos Jatate y Perlas, la cuenca del Lacanha'. Una planicie se extiende entre los ríos Lacantún y Chixoy. Los ríos y arroyos que bañan la Selva Lacandona pertenecen casi todos a la cuenca del Usumacinta, que cubre la parte occidental y septentrional de Guatemala, el este y noreste de Chiapas y la mitad oriental de Tabasco.

Esplendor, caída y mezcla de pueblos

Durante la época clásica maya (300 a 900 d.C.) la Selva Lacandona fue una de las zonas con más esplendorosa civilización en Centroamérica. Las ruinas de centros ceremoniales - como Palenque y Yaxchilan - revelan el alto nivel social, político, religioso y artístico que los habitantes de la selva habían alcanzado.

Después del año 900, ocurre el misterioso hundimiento - aún no descifrado - de aquella brillante cultura. Las hipótesis más aceptables sobre el desastre que terminó con aquella civilización superior indican que llegó a su fin con la caída del pequeño grupo de señores sacerdotes que la dominaba. Después de la expulsión o exterminio de aquel grupo de privilegiados, el resto de la población - tal vez reducido en su número por las guerras, las enfermedades o el trastorno del modelo económico - evolucionó hacia la formación de pequeñas comunidades aisladas, bajo el mando de modestos dirigentes, sin cohesión regional ni política ni religiosa.

Entre los mayistas existe la convicción de que durante todo el período post-clásico, el Area Central siguió habitada por estos grupos, reducidos en número y en alcance sociocultural. Algunos centros ceremoniales siguieron funcionando, aunque en pequeña escala y con una pérdida, cada vez mayor, del conocimiento y de las prácticas de los grandes cultos antiguos. No ocurrió esto en el Area Norte (Yucatán), en donde inmediatamente después del hundimiento de la cultura clásica, el centro más importante - llamado después Chichén Itzá - fue ocupado y reorganizado por Quetzalcoatl-Kukulcán y sus seguidores, fugitivos de sus enemigos de Tula. Con la llegada a tierras mayas de este grupo tolteca, la decaída cultura maya recibió una fuerte inyección de sangre nueva mexicana.

Sus dirigentes bilingües - hablaban maya-yucateco y náhuatl - introdujeron muchos elementos toltecas en la antigua religión y en la organización sociopolítica maya, creando así una nueva cultura mixta. Yucatán siguió bajo el poder de los toltecas hasta principios del siglo XIII, cuando el gobierno cayó en manos de un nuevo grupo conquistador, venido de la costa oriental de Yucatán, los itzáes, mercaderes que dominaban las vías marítimas de la península y tenían su centro político-religioso en la isla de Cozumel.

Se instalaron después en Chichén-Itzá, fundaron Mayapán y en 1441-1461 fueron expulsados de ambas ciudades por un linaje mexicano llamado Xiu. Huyeron entonces hacia el Petén para formar la ciudad de Tayasal. En 1517, los invasores españoles encontraron a la población de Yucatán dividida y en estado de anarquía feudal, dominada por cacicazgos rivales.

Reconstruyendo el pasado

Del Area Central no existen documentos históricos que permitan reconstruir lo que fue la dominación de los toltecas, a no ser la gran cantidad de toponímicos en náhuatl que existen en Chiapas y la persistencia de cierta tradición oral. Sólo existen dos documentos indígenas que ayudan a reconstruir el pasado post-clásico del Area: la Probanza de Paxbolón, para la provincia de Acalán, y la Probanza de Votán, para Chiapas. La primera, escrita en 1612 en lengua chontal y española, se encuentra en el Archivo de Indias de Sevilla. La Probanza de Votán fue escrita sólo en tseltal y fue ilustrada con dibujos. Estuvo en manos españolas durante todo el siglo XVIII, pero se extravió después misteriosamente y hoy se da por perdida.

Según las Probanzas de Acalán (Chiapas y Guatemala) - donde se mezcla la historia con el mito -, a principios del siglo XIV se estableció en Chiapas un reino maya, gobernado por una clase militar venida del extranjero que impuso su dominio a la población autóctona. La clase dominante estaba mexicanizada debido a la fuerte influencia de los tzequiles, particularmente en lo religioso. Los grupos en el poder continuaron hablando chontal y náhuatl y viviendo a la mexicana. Poco a poco se mezclaron cultural y racialmente con sus súbditos mayas. Pero sus descendientes no lograron mantenerse en el poder y el reino de Votán se deshizo.

Tanto en los Altos como en la Selva se multiplicaron los cacicazgos, celosos de su independecia y en continuas guerras entre sí. Creció también el particularismo cultural y los mayas de Chiapas volvieron a vivir a nivel de pueblo, como en los siglos posteriores al hundimiento del 900. Algunos pueblos más audaces lograron subyugar poblaciones vecinas, formando cacicazgos más poderosos, como el de Zinacantán. Pero por lo general, cada pueblo constituía una nación aparte, encerrada en sí misma.

De los estudios históricos realizados por los investigadores se pueden recuperar los principales rasgos culturales de los habitantes indígenas del período post-clásico maya. Con algún cambio, estos rasgos se encuentran presentes en la actualidad y son la base para comprender la enorme diferencia que existe entre la concepción de la vida que tienen los indios y la concepción que sobre los indios tienen los ladinos.

Los dioses y los hombres

La vida de los chiapanecos prehispánicos estaba protegida por Patol y Alaghom, dios y diosa creadores de la tierra, del cielo y del hombre. Entre los dioses más importantes figuraba Ihcalahau, el dios negro de la guerra; Coxlaghuntox, el dios negro del trueno; Poxlón, el dios cometa; Kukulcán, el rey tolteca divinizado y venerado en forma de serpiente emplumada; Votán, el rey putún divinizado y adorado como "el Corazón de los Pueblos" y "el Señor del Tambor de Madera", enviado por Dios a dividir la tierra entre los indios y a dar a cada pueblo su nombre.

Aparte de estos dioses, que eran de toda la región, cada pueblo tenía su dios patrono, reconocido en toda la zona pero venerado por una sola comunidad. También la Ceiba, plantada en la plaza ceremonial de cada pueblo, era objeto de un culto especial. Simbolizaba la unión entre la comunidad y los antepasados, fundadores del pueblo. En cada familia, los huesos de los antepasados deificados recibían también culto. Pertenecía también a cada familia un ídolo propio. Desde el momento de su nacimiento, cada persona recibía además un dios protector especial, el nahual.

La designación de este dios protector personal era la sugestiva y directa forma por la que los elementos más importantes de la religión prehispánica - los dioses, el calendario ritual, los sacrificios - eran puestos al alcance de cada uno. El intermediario en ese ritual era "el maestro nahualista", llamado "el sabio del pueblo". Parece haber sido uno de los hombres más respetados de la comunidad. Era el guardián de la tradición religiosa y de los códices en los que ésta estaba escrita.

Nahuales, calendarios y códices

Los códices o calendarios contenían, entre otras cosas, una lista de 260 elementos naturales y animales, de manera que cada día del año tuviera su nahual correspondiente. Según el día en que nacía cada niño, recibía su nahual - su dios protector - para que éste lo acompañara y favoreciera durante toda la vida. Existía entre los nahuales cierta jerarquía. Los más fuertes eran elementos destructivos de la naturaleza: el rayo o el torbellino de viento. Inmediatamente después estaban los animales feroces: el tigre y el león. A la edad de 7 años, cada niño era iniciado por el nahualista en el encuentro con su nahual.

Después, a lo largo de la vida, el maestro nahualista seguía asistiéndolo como adivino y curandero, cuando tenía problemas personales que resolver o enfermedades que curar. Consultaba para ello varios tipos de calendarios rituales. En el siglo XVII, el nahualista concentraba todo el poder religioso en su persona. Esta monopolización fue el resultado de la eliminación que la Iglesia colonial hizo del antiguo culto y de todos sus ministros.

En cuanto a los ritos, el más importante era el sacrificio humano, al estilo que se había propagado por todo el área maya. Consistía en la extracción del corazón a la víctima, sujetada a una piedra horizontal o amarrada a un palo o estructura vertical. Las víctimas se buscaban de preferencia en las comunidades vecinas, lo que explica las interminables guerras que los pueblos se hacían entre sí. También eran frecuentes en cualquier ocasión los sacrificios de animales, en especial perros y aves. Se acostumbraba adorar ídolos en cuevas, en ojos de agua, en cerros y en sus casas. Otra costumbre religiosa era el uso del calendario sagrado para asignar nombres propios a las personas. El nombre calendárico chiapaneco era una combinación de uno de los 20 días del mes con un coeficiente numérico del 1 al 13.

Principales, campesinos y esclavos

La tierra estaba dividida en provincias, que incluían una cabecera, algunos pueblos y un número indefinido de parajes. El gobierno estaba en manos de un cacique - cargo probablemente hereditario - y de varios principales de alto rango, que residían permanentemente en la cabecera. Esta servía de centro religioso, comercial, político y militar a toda la población de la provincia. Se llenaba de gente venida de los parajes en días de fiesta, de mercado o de reunión política. En ella se refugiaban también todos en caso de guerra.

Las clases sociales estaban estratificadas según una jerarquía bien marcada. El estrato superior lo ocupaban los principales, clase privilegiada que se distinguía de las demás por su vestido, habitación, armamento, posesión de tierras y prerrogativas como la poligamia, la iniciación en cultos especiales y la posesión de los nahuales más poderosos. Se enorgullecían de descender de héroes divinizados. Eran bilingües. El estrato común estaba formado por humildes campesinos, probablemente representados por principales de su propia clase cuando había que arreglar algún asunto con el grupo noble. En el estrato más inferior, separado del resto por una barrera infranqueable, se hallaban los esclavos, prisioneros de guerra que habían escapado al sacrificio ritual.

Pozol, cacao, maíz y tabaco

Después del renacimiento del siglo XIV, la cultura chiapaneca cayó en el siglo XV en la desintegración política y cultural. Las ciudades fundadas o remodeladas por votanes y tzequiles fueron sepultadas por la selva. Sobrevivieron pequeños poblados asentados en lugares difícilmente accesibles.

La mayoría de sus habitantes eran campesinos que cultivaban sus milpas con el sistema de roza y quema. Completaban su dieta básica de maíz, chile y frijol con el cultivo de frutas tropicales, la caza de animales de monte y la pesca en ríos y lagunas. Cultivaban algodón -para mantas -, cacao -como moneda - y tabaco - droga de gran valor religioso y medicinal -. El tiempo libre lo pasaban en guerra con sus vecinos. Eran buenos navegantes en los ríos, que servían de comunicación entre las comunidades de la selva con el mundo exterior. Hablaban chol y en algunas zonas tseltal. Los caciques dominaban el náhuatl.

Por el calor, solían comer poco y tomaban sus alimentos en forma semilíquida. El plato básico era el pozol, maíz con agua, o el suchel, pozol mezclado con cacao y pimienta. Obtenían tres cosechas de maíz al año, también de frijol, calabazas, plátano, chile y tomate. El tabaco se usaba de dos formas: el humo para curar catarros y reuma y el polvo como soporífero y analgésico. Habitaban en casas construidas de palos con paredes de caña y techo de paja o guano. Así eran también los templos. En tiempos de guerra, los hombres se vestían con pieles de tigre, león y venado. Usaban arcos con flechas y macanas provistas de navajas hechas de piedra. Las mujeres pasaban todo el año moliendo granos de maíz y cacao.

El requerimiento español

A la llegada de los españoles, la Selva Lacandona estaba habitada en su parte central por cuatro pueblos indígenas. En el norte y en las orillas occidentales, existían varias tribus de habla chol y tseltal. Los españoles buscaron agruparlos, los "redujeron". Este proceso de reducción duró muchos años y dejó enormes saldos de dolor, muerte y sangre.

Los antiguos pueblos indígenas fueron desmantelados y desarmados. Sus principales asesinados de la manera más cruel y sus poblaciones diezmadas por la guerra, la deportación y las enfermedades traídas por los extranjeros.

En 1541, Francisco de Montejo emprendió la "pacificación" completa de Chiapas para poder realizar desde la zona su verdadero proyecto: la reconquista de Yucatán. El plan de Montejo fue aplaudido por los colonos españoles de Chiapas, preocupados algunos por recuperar el control sobre las encomiendas que tenían asignadas en la zona, y atraidos otros por la perspectiva de apoderarse en los pueblos conquistados de nuevos repartimientos de tierra y esclavos.

La empresa obligaba a respetar el derecho de los indios al "requerimiento". Este consistía en una invitación solemne hecha por los conquistadores a los "rebeldes" para que entraran o volvieran a entrar pacíficamente bajo el dominio español. Era un documento oficial, aprobado y sancionado por la Corona, que cada capitán de conquista estaba obligado a llevar consigo. Empezaba siempre con una exhortación formal a los indios para que se sometieran al Rey de España y aceptaran el cristianismo. Estaba acompañada por unas sugestivas promesas para hacer la rendición mas atractiva. Pero si los indios no prestaban oídos al ofrecimiento, se les amenazaba con una guerra sin tregua y con la esclavización de hombres, mujeres y niños.

El requerimiento tenía que leerse por tres veces en alta voz y en ambos idiomas: el del conquistador y el del adversario. Un clérigo, que siempre acompañaba la expedición en calidad de capellán militar, estaba obligado a velar porque se observara lo preceptuado - la lectura solemne de la invitación y la espera de la respuesta - antes de proceder a la intervención armada. En la práctica, el requerimiento degeneraba la mayoría de las veces en una pura formalidad, en puro teatro de los conquistadores, que estaban decididos a tomar las armas y a hacer esclavos, pasara lo que pasara.

Unos lo leían únicamente en español para que los indios no se enteraran de la posibilidad de una solución pacífica. Otros lo gritaban desde lejos sin hacer ningún esfuerzo por hacerlo inteligible. La historia da cuenta que los indios chiapanecos resistieron a los españoles. Hubo guerra y los rebeldes no fueron sometidos sino por la fuerza.

Llega Bartolomé de Las Casas

En 1537 llegó a Guatemala Fray Bartolomé de las Casas y propuso su propio plan de reducción pacífica de los indios. Fue consagrado Obispo de Chiapas el 30 de marzo de 1544 en Sevilla, y llegó a Ciudad Real (hoy San Cristóbal de Las Casas) a principios de 1545, acompañado de 22 frailes dominicos decididos a emprender la reevangelización de los indios por vías pacíficas. A su tierra de misión la llamaron tierra de la "verdadera paz", Verapaz.

La tarea era enorme. Tuvieron que hacer frente no sólo a la desconfianza de los indios, mal cristianizados e irritados, sino también al odio de los colonos españoles, que no perdonaron a los frailes su lucha en favor de la liberación de los esclavos. El nuevo obispo alborotó por su intransigencia a toda la ciudad y tuvo que salir de Chiapas en 1546.

Abandonados por su obispo, los frailes no pudieron "pacificar" a los indios insumisos y se dedicaron a reducirlos a los pueblos de las orillas, dejándolos indefensos ante los ataques de las tribus de la selva. Poco a poco,empezaron a solicitar apoyo militar para realizar su misión evangelizadora, hasta que acabaron olvidando los ideales lascasianos.

A partir de 1559 y durante unos 20 años, la Corona decidió hacer la guerra abierta a los lacandones para abrir la ruta entre Guatemala y las costas de Campeche, suponiendo que los grandes ríos de la zona eran totalmente navegables. Sucesivas entradas militares terminaron por exterminar a esa tribu, que fue la única que resistió sin tregua a los españoles.

La selva quedó despoblada durante más de cien años. De 1560 a 1580, la única presencia pacífica en la selva fue la de Fray Pedro Lorenzo, que caminó por cientos de comunidades, solo, sin soldados, "no llevando más tren que su persona, y un poco de pozol en una red, como suelen hacer los indios, y su breviario".

La fiebre de la madera

En 1822, la provincia colonial de "las Chiapas" se independizó definitivamente de España. En ese mismo año, la Selva Lacandona fue descubierta por primera vez como reserva forestal. El autor del descubrimiento fue el capitán de milicias Cayetano Ramón Robles. Pidió autorización para explorar la zona y a cambio, ofrecía "a la Nación, la explotación de toda la madera de construcción y alquitrán que era necesaria por la mitad del precio que en el día la vende el angloamericano, a los particulares del imperio por una tercera parte menos, y a los extranjeros a nuestro arbitrio". Por los gastos que la exploración iba a arrojar, los exploradores pedían algunas compensaciones: títulos de propiedad de tierras para cría de ganado y una concesión en exclusiva por 6 años para el corte de madera. Se inició así la historia de la destrucción de la selva, llevada a cabo por empresarios madereros tabasqueños.

De 1822 a 1880 comerciantes e industriales tabasqueños realizaron los primeros cortes de madera preciosa y monopolizaron la explotación. De 1880 a 1895 ya no eran sólo individuos sino poderosas compañías madereras, las que se lanzaban a la conquista de las cuencas fluviales, donde abundaba la madera: la Casa Bulnes, la Casa Valenzuela y la Casa Jamet y Sastré. Los cortes de madera se convirtieron en una gran industria que conquistaba el mercado mundial gracias al apoyo financiero de inversionistas extranjeros. La caoba lacandona era embarcada en los puertos del Golfo de México y vendida en los muelles de Londres, Liverpool y Nueva York, a precios de oro, bajo la etiqueta de "madera de Tabasco".

Monteros enganchados de por vida

Entre 1895 y la revolución mexicana transcurrió la época dorada de la caoba lacandona. La política económica liberal de Porfirio Díaz brindó condiciones ideales a la inversión extranjera y pocas industrias eran tan rentables como el corte de caoba. Una decena de latifundistas se repartieron toda la Selva Lacandona. Cinco eran madereros de Tabasco y el resto, empresarios y políticos del Distrito Federal.

La selva se cubrió de monterías. Los métodos de trabajo eran absolutamente primitivos: el árbol era tumbado con hacha, arrastrado por tiros de bueyes y transportado, a flote, por las corrientes fluviales. Los monteros vivían en régimen de semiesclavitud, amarrados al campamento por las deudas y por más de un centenar de kilómetros de vegetación tropical imposibles de franquear.

La gran mayoría de los trabajadores eran reclutados a través del sistema del enganche: consistía fundamentalmente en el adelanto de cierta cantidad de dinero al montero en el momento de firmar el contrato. Así, este llegaba a la montería con una fuerte deuda a cuestas. Los enganches se hacían casi siempre en las fiestas de las poblaciones pequeñas, en donde el enganchador emborrachaba primero a los candidatos, les contaba maravillas del trabajo y les adelantaba dinero para que pudieran seguir tomando.

Las deudas - en vez de cancelarse con el trabajo - iban a menudo en aumento y el peón se tenía que quedar amarrado a la montería de por vida. Los capataces castigaban a los peones que no rendían lo suficiente, y sobre todo a los que intentaban huir del campamento. Según el humor del patrón, el obrero podía recibir entre 50 y 500 latigazos repartidos a lo largo de varias semanas.

A partir de 1917 comenzó la lenta decadencia de las compañías madereras. Las grandes empresas fueron desapareciendo y dejando su lugar a otras más modestas, que poco a poco fueron también dejando de funcionar. Algunos latifundios fueron fraccionados y otros nacionalizados, hasta que en 1949 el gobierno mexicano prohibió la exportación de madera en rollo.

Un medio ambiente devastado

Con la retirada de los madereros tabasqueños en 1949, terminó una época importante en la historia de la Selva Lacandona. En 1950 se inició otra época, con problemas diferentes, que llega hasta hoy.

Tres son las principales realidades de nuestro tiempo. En primer lugar, es evidente el proceso irreversible de destrucción del bosque tropical y el irreparable daño causado al equilibrio ecológico de la zona. La devastación a gran escala ha sido responsabilidad fundamental de madereros y ganaderos. Arrastrados por la irresistible inercia, también colaboraron a ella los campesinos. El 70% de la riqueza forestal de la Selva Lacandona se perdió en sólo 30 años.

La consecuencia mayor de esta tragedia es la enorme dificultad para poder realizar modelos o sistemas alternativos de desarrollo económico regional. Donde sólo hubo devastación, es prácticamente imposible que pueda existir algún desarrollo.

Una tierra en permanente disputa

En segundo lugar cronológicamente - pero mucho más preocupante que el deterioro ecológico - es el problema de la tierra. De 1960 en adelante se produjo una afluencia a la selva de grupos campesinos, que formaron colonias en las antiguas zonas madereras porfirianas. Muchas de estas nuevas colonias nacieron por ocupaciones espontáneas y anárquicas. Otras fueron fomentadas por el gobierno federal o estatal, en respuesta a la gran presión que sobre la tierra ejercían los peones de las fincas y los latifundios situados en los Altos.

Las migraciones se produjeron de diferentes maneras. A veces llegaban grupos enteros, que salían de las fincas o los pueblos. A veces eran familias aisladas que viajaban a pie durante varias semanas hasta encontrar un lugar aún desocupado. Y a veces, individuos aventureros que al escuchar la noticia de que eran "terrenos nacionales" emprendían su viaje entusiasmados por un futuro promisorio.

Los nuevos centros de población se fueron formando con la confluencia de familias, grupos o individuos venidos de etnias, regiones, tradiciones y costumbres diferentes. Desde entonces esto ha representado una gran dificultad para la integración comunitaria y social de los pobladores.

Las comunidades están compuestas en parte por indígenas choles, tseltales, tzotziles o zoques, y en parte por mestizos, de Chiapas o de otros estados de México. Muchas de ellas no tienen resuelta la tenencia jurídica de sus tierras, y surge ya la necesidad de nuevas dotaciones para acomodar a los hijos que están formando nuevas familias. La historia de estas tierras ha estado llena de desalojos, enfrentamientos, reclamos, amenazas mutuas. Saturada de una gran carga política y económica para el gobierno estatal y de serios desajustes socioculturales para los campesinos afectados.

Un gobierno contradictorio

La tercera realidad es la política contradictoria y poco definida con que el gobierno pretende enfrentar la problemática social de la región. Por una parte, intenta crear una gran reserva ecológica y poner un alto a la destrucción de la selva. Por otro, enfrenta la enorme presión de las numerosas colonias, con pobladores que aumentan cada año y piden la ampliación de sus ejidos o la apertura de nuevos centros de población.

El gobierno está desafiado a dar una solución al problema de la tierra Pero también está decidido a explotar el petróleo, el gas, la fuerza hidroeléctrica, e incluso las reservas forestales y de maderas preciosas que no fueron tocadas por las compañías privadas. Más grave aún: está decidido a conceder facilidades enormes a los ganaderos, con quienes mantiene relaciones de claro maridaje.

Breve relación de una larga historia

Esta larga historia de la destrucción de los indios, cuya brevísima relación comenzara Fray Bartolomé de Las Casas en 1542, sigue vigente. Y sigue produciendo sus inhumanos y dolorosos efectos el principio fundamental con el que operó el conquistador: apropiarse de la tierra y de todo lo que hay dentro de ella: bosques, ríos, plantas, animales ...indios. Han cambiado los ropajes, las máscaras y las figuras jurídicas, pero no los intereses.

En los años de la conquista, los señores atacaron a los indios, los sometieron, destruyeron sus pueblos, desmantelaron sus aldeas, eliminaron cruelmente a sus principales, diezmaron sus poblaciones por la guerra, la deportación o las enfermedades, y al resto sobreviviente lo hicieron esclavo y lo redujeron a pueblos controlados y "pacificados".

Durante la colonia, los encomenderos construyeron grandes fortunas en base a la mano de obra de los indios que quedaban repartidos bajo su dominio.

La independencia significó un nuevo espacio de enriquecimiento para los criollos chiapanecos, que aprovecharon la liberación de la mano de obra para construir sus monterías y fincas con un sistema "moderno", que les permitía incluso mayores libertades económicas, pues no tenían que cumplir ya con las estorbosas Leyes de Indias.

Los indios podían morir en las monterías o en las peligrosas selvas o en los caudalosos ríos, atrapados por las corrientes o por los enormes rollos de madera preciosa que viajaban rumbo al mar, sin que los industriales de la caoba tuvieran ninguna responsabilidad ante nadie por esas muertes, que no pasaban de ser "accidentes de trabajo"

La revolución permitió aún más ventajas a los finqueros. Al hacerse cargo del nuevo Estado, emanado de la lucha insurgente, tuvieron la oportunidad de utilizar los nuevos sistemas políticos corporativos para dar un carácter nacionalista a los procesos de explotación de los enormes recursos chiapanecos.

Desde entonces, todo lo que era de Chiapas fue para México. Chiapas aporta a la nación carne, maíz, café, miel, madera, petróleo, electricidad, ruinas, cascadas, selvas, bellísimos parajes turísticos, reservas ecológicas, flora y fauna tropical única en el mundo. Y por supuesto, indios, indios "de a de veras". Y votos, muchos votos, miles de votos. Chiapas ostenta el primer lugar en producción de votos, aunque los indios no sepan leer ni escribir.

Chiapas: varios récords nacionales

Este es Chiapas en los 90, el Chiapas de los finales del siglo XX: 3 millones 210 mil habitantes, donde el 26.4% son indígenas, según el censo y el 60% según la sangre. 8 etnias. Ostenta el primer lugar nacional en analfabetismo. El 30% de la población mayor de 15 años es analfabeta. El 60%, en las regiones indígenas. La Selva y los Altos son considerados zonas de extrema pobreza. Solamente el 19% de la población ocupada recibe salario. En 1991, el 70% de la población ocupada recibió menos de 9 pesos diarios.

El 76% de la superficie es propiedad privada. El 11.7% de la superficie son ejidos. La tercera parte de la población no tiene luz eléctrica, la mitad de las casas tienen piso de tierra, dos terceras partes de la población vive hacinada y en mala vivienda, tres cuartas partes de las viviendas son de un solo cuarto y la mitad de las viviendas de un solo cuarto albergan a 9 o más personas. Chiapas ocupa el primer lugar nacional en generación de energía eléctrica: el 55% de la producción hidroeléctrica de México nace en Chiapas. Pero en el 60% de las viviendas se consume carbón y leña. Ocupa el primer lugar en producción nacional de café, el segundo en producción de ganado, el tecero en producción de maíz. Pero tiene el record del primer lugar en índices de desnutrición: en 1984 el 54% de la población estaba mal alimentada.

Las raíces están vivas

En esta larga y dolorosa historia, apenas esbozada, han estado presentes siempre dos maneras distintas de concebir la vida, de concebir la guerra, de concebir la paz: la de los indios y la de los ladinos. A lo largo de los siglos, y a pesar de las enormes destrucciones, violaciones, esclavitudes y sometimientos de que han sido objeto, las comunidades indígenas han conservado su esencia cultural. Siguen siendo los descendientes de aquellos grupos mayas que poblaron la selva en el post-clásico de los siglos XIII y XIV.

Mantienen tan vivos como entonces los elementos fundamentales de su cosmovisión religiosa y de su organización sociopolítica, influidos por supuesto por elementos del cristianismo y de los distintos modelos sociales con los que han tenido contacto, que han sabido cernir y discernir como mecanismo de sobrevivencia.

Las raíces culturales que han conservado se encuentran profundamente insertadas en su visión de la naturaleza, en su experiencia de la comunidad y en su relación con la divinidad. Las expresiones históricas de esta cosmovisión tal vez hayan cambiado con los cambios de lenguaje impuestos por la cultura dominante - el indio siempre tiene que hablar la lengua del blanco para que lo entiendan, o para que lo dejen vivir -pero ahí están las raíces.

Qué significa paz para los indios

Para los indios, paz no significa ser reducidos a poblaciones urbanas, desarraigados de la tierra, desgajados de su comunidad religiosa, insertados en las dinámicas del libre comercio o en la internacionalización de las relaciones de producción. Mucho menos significa ser incluidos masivamente en listas nominales de padrones electorales.

El concepto de paz de los indígenas se acerca más a su libre ubicación comunitaria en un territorio en el que puedan vivir de la tierra y compartir los frutos que ésta les obsequia, en el que puedan desarrollar sus mecanismos, siempre comunitarios, de organización social, de acuerdo, de representación, de participación, de intercambio entre grupos étnicos.

Un territorio en el que puedan vivir su celebración ritual, la celebración de la vida - cuando ésta es realmente vida - con un acompañamiento cercano de la comunidad a cada uno de sus miembros, dotándolos de personajes, funciones e instrumentos que garanticen que los elementos más importantes de la cultura estén al alcance de todos, los protejan en su vida diaria, los asistan en momentos de enfermedades y problemas personales o comunitarios, y los mantengan unidos a sus antepasados, a su historia, a sus raíces, a su vida entera.

La paz, para los indios, significa dejar de ser esclavos de los señores, colonos, encomenderos, madereros, finqueros, ganaderos, caciques o ladinos. Significa dejar de ser despojados de sus tierras, selvas, montañas, ríos y lagunas. No ser desmanteladas sus comunidades, autoridades, tradiciones y costumbres. Dejar de ser atropellados, detenidos, golpeados, encarcelados, torturados, juzgados, sentenciados y pisoteados por los poderes ejecutivo, legislativo y judicial, y por todo tipo de funcionarios y caciques locales.

Para los indios, la paz significa, sencillamente paz. Significa respeto a su vida, a sus derechos, a sus tradiciones, a sus formas de organización social, a su manera de concebir el mundo y a ser parte activa de él. Significa aceptar y respetar el hecho de que los indios son parte de la tierra.

Qué significa el indio para el ladino

Para el mundo de los ladinos, colonos, encomenderos, ganaderos o funcionarios, los indios también son parte de la tierra. Pero la tierra no es la madre naturaleza, sino una mercancía que se convierte mágicamente en dinero y que después de un proceso vuelve a ser mercancía y genera aún más dinero.

Si los indios son parte de la tierra, se convierten también en mercancía y dinero, al igual que los árboles, los ríos, las ruinas, los cafetales o el ganado. Sólo que son una mercancía muy complicada. A veces son una fuerza productiva extraordinaria, pero otras veces son carga social, económica y política. A veces son necesarios para incrementar el nivel de productividad de la tierra. Otras veces resultan demasiados, son una traba a la economía, son un estorbo que hay que eliminar.

Desde los tiempos de la conquista, los indios representaron una moneda de dos caras, una espada de doble filo. Utiles para el trabajo, pero renegados para la sociedad. Una riqueza de incalculable valor - como componentes de la mercancía tierra -, pero una plaga inadmisible para el desarrollo armónico del proyecto colonial o nacional. El problema fundamental, para el ladino, es que el indio conservó sus tradiciones y no ha sido capaz de adaptarse a los nuevos modelos económicos del desarrollo social y político.

Desde los primeros años de la era de la destrucción de los indios hasta hoy, los ladinos han constatado, fieles a su cosmovisión, que los indios son indios y que no dejan de serlo: son paganos, supersticiosos, hechiceros, brujos, idólatras, herejes, salvajes, depravados, rebeldes, fieros, borrachos, ladrones, flojos y mentirosos.

¿Aceptarán la paz de la Corona?

Ya en 1541, las autoridades eclesiásticas y civiles declararon que los pueblos indígenas que habitaban las fronteras de la Selva Lacandona eran "culpables de rebelión contra la autoridad legítima del rey de España", proclamación con la que quedó justificada la expedición emprendida por Montejo para lograr la "pacificación" completa de Chiapas.

Pero a la vez, aquellos españoles respetaron el derecho de los indios al "requerimiento", mediante el que eran invitados a volver a entrar "pacíficamente" bajo el dominio español, invitación acompañada de promesas sugestivas para hacer la rendición más atractiva. Sólo en caso de que no aceptaran el ofrecimiento, se les haría la guerra sin tregua y serían hechos esclavos hombres, mujeres y niños.

No sabemos si se leyó o no el requerimiento. Y si se leyó, como mandaba la Corona, en las lenguas de los indios. Lo que sí sabemos es que hubo guerra, y que los "rebeldes" fueron sometidos por la fuerza y fueron hechos esclavos y que fueron subyugados los pueblos de Tila, Petalcingo, Entena y Pochutla.

Es enorme el parecido de este episodio de 1541 con otro episodio ocurrido en 1994. En el país de México, los indios fueron declarados rebeldes, subversivos, transgresores de la ley, profesionales de la violencia, culpables de desestabilizar el país. Y se les hizo la guerra, no sin antes ofrecerles el "perdón" si aceptaban volver a entrar "pacíficamente" bajo el dominio de la legalidad, acompañada esta invitación con promesas sugestivas de reformas a la Constitución del Estado, a la ley agraria, a la ley penal y a otras leyes. Promesas de realización de obras y servicios sociales, y otras más para hacer más atractiva la rendición. ¿Aceptarán los indios de hoy la Paz de la Corona?

La guerra que hoy vivimos no comenzó el primero de enero ni hace dos años ni hace diez. Es una larga guerra: centenaria, sangrienta, esclavizante y dolorosa. Es la interminable guerra por la paz. La paz de los indios, para los indios. O la pacificación de los indios, para los ladinos. Es la misma guerra, desde hace siglos, pero no es la misma paz.

Viento de arriba y viento de abajo

Los dos vientos se han encontrado. Uno, el viento de arriba, "que narra cómo el supremo gobierno se enterneció de la miseria indígena de Chiapas y tuvo a bien dotar a la entidad de hoteles, cárceles, cuarteles y un aeropuerto militar. Y que narra también cómo la bestia se alimenta de la sangre de este pueblo y otros infelices y desdichados sucesos". Otro, el viento de abajo, "que narra cómo la dignidad y la rebeldía se emparentan en el sureste y de cómo los fantasmas recorren las sierras de Chiapas. Narra también de la paciencia que se agota y de otros sucesos de ignorada presencia pero presumible consecuencia". (Son frases de los "códices" del Subcomandante Marcos, del EZLN).

Los dos vientos se encontraron y comenzó la tormenta. Un remolino se levantó de pronto en medio de las montañas, arrancó los árboles, desvió los ríos, derribó colinas y montes, aulló en la oscuridad de la noche con gritos de metrallas y bombas. Rugió nuevamente el clarín de la muerte, el horizonte se pintó de rojo, y un resplandor apareció en el cielo. Aún no sabemos si es el fuego de guerra que viene a nuestro encuentro o el rostro oculto de la esperanza. Sólo sabemos que viene, que se acerca, que nos sale el camino.

La sociedad civil se interpuso en medio y detuvo por momentos la guerra. Pero los dos vientos se preparan para trenzarse nuevamente en ráfagas de fuego. Uno, el de arriba, con equipo moderno y unidades de acción rápida, entrenadas en escuelas especializadas de otros países, con apoyos estratégicos. Con aviones F-5, AZ , T-33, Pilatos y Arabas. Con helicópteros UH-3, Bell 206, Bell 212 y Apache. Con artillería de 105 mm, 120 mm y 81 mm, con Cuerpos de Cazadores (modelo del Special Air Service) que portan armas ligeras, ametralladoras de 30 mm y morteros de 60 mm. Las unidades especiales "antiterroristas" se encuentran ya en la selva formando un gran cinturón. ¿Estarán listos para emprender la "pacificación de los indios"?

¿Qué dice el Tambor de Madera?

El otro viento es el de abajo. Se prepara con el estómago vacío, consulta sus calendarios rituales, busca sus dioses, pregunta a Ihcalahau, dios negro de la guerra, si tiene su palabra mencionada. Pregunta a Coxlaghuntox, dios negro del trueno, si es su voz la que se ha escuchado en lo alto de las montañas, y si han de cubrirse de negro los rostros. Pregunta a Votán, "el Corazón del Pueblo", si es él quien toca el tambor de madera, y si ha venido ya a dividir la tierra entre los indios y a dar a cada pueblo su nombre.

En las plazas de las comunidades se plantan Ceibas, para que realicen la unión con los antepasados. Los huesos de los caídos en el huracán de enero de 1994 reciben ya su culto en el interior de la tierra. Y sus nombres, los verdaderos, pasan a formar parte de los códices, entre la lista de los nahuales. Los hombres se visten con pieles de tigre, de león y de venado. Tensan sus arcos, lustran sus flechas, afilan sus macanas de piedra. Las mujeres muelen granos de maíz y cacao. El humo del tabaco cura el dolor y ayuda a dormir. Suena el caracol. Su eco retumba en las montañas. Votán toca su tambor de madera.

No sabemos qué va a suceder. No sabemos si habrá llanto y rechinar de dientes. Por hoy, una enorme-tensa-calma, como una sombra, cubre las montañas, como esperando el momento del doloroso parto. Sólo esperamos que después venga la paz. La paz de los indios, la verdadera paz.

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