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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 145 | Enero 1994
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Centroamérica

La alternativa: integración desde abajo

Los programas neoliberales dan signos de agotamiento en el Sur. ¿Son animales moribundos? Si no mueren, no es sólo por una falta de alternativa teórica a este sistema sino por la debilidad de las fuerzas políticas que podrían liquidarlos.

Juan Hernández Pico, SJ

Todo el mundo habla de globalización para caracterizar el proceso que se ha desarrollado en los umbrales del Siglo XX y alcancelarse la guerra fría. En Centroamérica, esta globalización debe caracterizarse como perversa.

Como otros sistemas mundiales precedentes, la globalización no es simétrica. Centroamérica la experimenta hoy como un saqueo más devastador que el sufrido por sus pueblos hace 500 años con la conquista y la colonización. A la actual globalización sólo entran con oportunidades de vida digna bloques de países con economías integradas y con creativas tendencias a la aproximación política y cultural.

Para entrar en este sistema mundial globalizante en forma menos asimétrica, el único camino es la integración de los países centroamericanos de forma que asuman la ventaja de ser puente entre el Atlántico y el Pacífico y entre el Norte y el Sur. Pero esta integración no puede ser tarea exclusiva de los gobiernos ni de los capitales concentrados ni puede tener una orientación predominante hacia afuera de la región. Las mayorías populares de la sociedad civil deben ser protagonistas de la integración. A diferencia del proceso integrador de los 60, y con el declive de las dictaduras militares, tienen hoy un espacio político nuevo que les permite reclamar su papel en el proceso integrador de los 90. Podrían rescatar así la inspiración de Esquipulas y encaminarse hacia un auténtico Esquipulas de los Pueblos centroamericanos.

Empobrecidos y homogeneizados culturalmente

La globalización que vive Centroamérica ha significado para todos los países un creciente empobrecimiento de la mayoría de sus pueblos, una creciente homogeneización de su cultura y una creciente disminución del papel de los Estados nacionales. El empobrecimiento es una realidad visible y sentida, no quedan dudas de él. Una dinámica imparable excluye a nuestros pequeños países de las grandes tendencias que hoy convergen en un desarrollo acrecentador de la civilización del capital por contraposición a la civilización del trabajo: la información, la tecnología y la administración. Todas ellas concurren en un proceso de acumulación del conocimiento, como forma privilegiada del capital y al servicio del capital financiero especulativo, que multiplica el dinero sin multiplicar la producción y consume cada vez más la naturaleza y el trabajo humano.

La homogeneización cultural depende de la penetración de imágenes cada vez más similares a través de los medios de comunicación masivos, de las "remesas de cultura" que junto con las divisas envían a sus familiares los millones de emigrantes centroamericanos desde los Estados Unidos, y de la uniformización de los mensajes religiosos alrededor de movimientos transnacionales de clases medias urbanas y fundamentalismos evangélicos. ¿Es tan clara la reducción del papel del Estado? Tratándose de un contenido doctrinario del neoliberalismo, hay que intentar llegar a la realidad que la ideología encubre.

Con la desaparición del contrapeso que significaba la existencia de un modelo económico socialista alternativo, por primera vez el mundo es un espacio global seguro para el capital transnacional. En su fase de acumulación a través de un conocimiento cada vez más concentrado, ese capital se lanza en avalancha sobre los Estados nacionales. En Centroamérica, sobre muy pequeños Estados nacionales. Esta avalancha la canalizan los organismos financieros multilaterales, sobre todo el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial. Operan sobre cuatro pistas: el cobro de la deuda externa, los programas de ajuste estructural, la liberalización de los mercados y el control de los Estados.

Estados nacionales debilitados

No es cierto que en Centroamérica el Estado se haya "modernizado", se haya despojado de sus lastres y haya dejado de influir ya en la dirección de la economía y que su lugar lo haya ocupado el mercado. La creciente debilidad de nuestros Estados nacionales no es sustituida por el mercado - que en Centroamérica es también muy débil y exiguo - sino por la fortaleza de un nuevo Estado transnacional, que ordena políticas económicas y planifica la asignación de los recursos. El FMI, el BM, el BID, la AID, la CEE, el PNUD, etc., son instituciones estatales o interestatales de carácter transnacional que tienen en nuestros países mucha mayor incidencia económica que el mercado.

El diverso enraizamiento institucional de estos agentes de la economía transnacional y sus contradicciones hace que la planificación resultante sea aún anárquica. El FMI y el BM se orientan básicamente a una política monetaria y a una programación financiera, que pretende asegurar que los Estados nacionales paguen la deuda externa y se abran irrestrictamente a los productos del Norte y a sus servicios financieros (Cuando Japón critica al BM por su excesiva fe en el mercado, lo hace disputando espacios económicos). El BID pretende dedicar al menos un tercio de sus recursos a combatir directamente la pobreza. La AID sigue los lineamientos del FMI y del BM o contribuye indirectamente a diseñarlos, enfatizando cada vez más el descenso de la ayuda y su enfoque hacia el comercio. La CEE está demasiado absorta en su propia recesión y en su ingente necesidad de capital para financiar la incorporación del Este europeo.

El PNUD insiste en el desarrollo humano y en la necesidad de educación del capital humano - de alto nivel para minorías y de niveles elementales para las mayorías -. Nuestros Estados nacionales, debilitados y suplantados en gran medida por este Estado transnacional, tienen una enorme dificultad para ser facilitadores de los sectores nacionales, potencialmente creadores de riqueza social. Además, se vuelve difícil para estos pequeños Estados seguir articulando creíblemente un discurso cultural de nación y representar una identidad que cohesione a los diversos grupos que conviven en el país. Los problemas de descomposición social que todos nuestros países padecen - delincuencia incrementada, incapacidad estructural de crear empleo, indignificación del trabajo por salarios que no sostienen a la familia y, como consecuencia, creciente insolidaridad - no están desvinculados de esta severa fractura en la identidad nacional, relegada casi exclusivamente al campo de la competencia deportiva entre los países.

El recorte del papel del Estado no puede tener como contraparte el énfasis en una privatización que fomenta exclusivamente los intereses individuales y que ha llevado siempre y seguirá llevando a una lucha de todos contra todos. La actual debilidad de los Estados nacionales sólo puede superarse si estos se apoyan en la sociedad civil.

El estrecho margen de negociación de nuestros débiles Estados nacionales con el Estado transnacional sólo se ensancha cuando la sociedad civil reacciona y se rebela frente a programas transnacionales que empobrecen aún más a las mayorías. Sólo ante las rebeldías sociales flexibilizan sus programas los organismos financieros multilaterales. Si nuestros débiles Estados aceptaran una alianza con sus propias sociedades civiles y éstas se hicieran capaces de propuestas correctivas y alternativas, se ensancharía más ese margen de negociación.

Sociedad civil fortalecida

La sociedad civil popular ha hecho sentir crecientemente su fuerza en todos los países centroamericanos en estos últimos años. Lo ha hecho con ritmo y peso diferente. A veces en contraposición y a veces en alianza con la sociedad civil empresarial, que hace mucho más tiempo lleva ejerciendo su presión sobre nuestros Estados.

En Guatemala, la amplísima alianza de dirigentes populares (desde sindicatos hasta organizaciones de derechos humanos y étnicas), de dirigentes profesionales (sobre todo, cuadros de los medios de comunicación), de dirigentes culturales (de las Iglesias y de las universidades), y de dirigentes empresariales unidos a algunas instituciones del Estado, logró desviar el autogolpe del ex-Presidente Serrano y el golpe militar que disfrazaba, hacia caminos constitucionales, que fueron en su inicio muy promisorios. La sociedad civil ha adquirido desde entonces un papel protagónico. Y ¡Viva la Sociedad Civil! es ya una consigna pintada en los muros de la capital.

En Honduras, la acción de organizaciones de derechos humanos, asociaciones ambientalistas, organizaciones de base eclesial, no pocos medios de comunicación y dirigentes de la empresa privada, apoyada por muchos ciudadanos de la calle, ha mantenido en jaque a las Fuerzas Armadas. Han denunciado su prepotencia, impunidad y responsabilidad por violaciones a los derechos humanos y han cuestionado su poderío económico, que desvía recursos necesarios para las mayorías empobrecidas.

En Nicaragua, la gran capacidad de organización que dejó la década de gobierno revolucionario se ha manifestado permanentemente en la sociedad. Tuvo por vez primera en 1993 una expresión directamente contraria al ajuste estructural neoliberal con el paro nacional de los transportistas. Fue una lucha autónoma respecto de la desgastante lucha por cuotas de poder político. Fue una lucha de la sociedad civil popular para reorientar la política fiscal impuesta por los organismos multilaterales y aceptada sin rechistar por el cada vez más debilitado Estado nicaragüense. Otras manifestaciones de vitalidad de la sociedad civil popular tuvieron como única salida la reactivación de la lucha armada.

En Costa Rica han sido los trabajadores estatales los que durante estos últimos años han obligado al Estado costarricense a negociar con cierta firmeza las draconianas y absurdas condiciones del FMI. Gracias a estas luchas, el sistema de seguridad social y los presupuestos de salud y educación no han sufrido tanto como podría haberse temido, dadas las exigencias del FMI para su desmantelamiento.

En Panamá ha sido constante y amplia la movilización de la sociedad civil durante este año: productores campesinos, etnias indígenas, desempleados, trabajadores estatales. Aunque pocos de estos movimientos tuvieron apoyo nacional, hay que verlos como marejadas de fondo que trastornan la calma de una superficie social centrada en un discurso de transición democrática que no logra ocultar la ausencia de democracia de las políticas económicas impuestas por el Estado transnacional.

En El Salvador, por contraste, ha destacado la pasividad de la sociedad civil popular en la presión por el cumplimiento de los acuerdos de paz. No es que haya habido inacción. Ha habido una gran actividad para buscar y consolidar proyectos de nueva economía popular entre los repobladores venidos de los refugios y en otros grupos afectados por la guerra.

Una elevada conciencia de los derechos humanos

Pero los movimientos laborales más tradicionales -vinculados históricamente a las fuerzas revolucionarias de vanguardia - pasan por la difícil transición de reorganizarse con autonomía, de superar divisiones políticas y de capacitar a sus líderes en la comprensión de la economía para que pasen de la protesta a la propuesta. Parte de estos líderes han estado también promoviendo con gran éxito la organización partidista del FMLN. Sólo adquiriendo importantes cuotas de poder a todos los niveles en las elecciones de marzo/94 podrá asegurarse la continuidad en el cumplimiento de los acuerdos de paz y con esto, el marco para una nueva convivencia social donde el poder sea incluyente y concertador y donde haya nuevos espacios de acción para la sociedad civil.

Una de las convergencias más amplias de la sociedad civil de los países centroamericanos es una elevada conciencia de los derechos humanos y la exigencia de una verdad que deje marcados moralmente a quienes no los han respetado y que les impida institucionalmente la impunidad para nuevas violaciones.

Detrás de este surgir y actuar de la sociedad civil popular, está la convicción - cada vez más captada por los propios expertos de la ONU -de que la reducción de la desigualdad es tan importante como el crecimiento económico. La democracia no puede convivir con el continuo empobrecimiento de las mayorías sin que sufra profundos deterioros: tendencias hacia el autoritarismo y la descomposición social.

Desmilitarización y dispersión

En los cuatro países donde el ejército tiene aún un notable poder existe una creciente presión de la sociedad civil orientada a reducir y limitar su tamaño, a restringir sus atribuciones - separándolo de las tareas de orden y seguridad interna -, a disminuir y reencauzar su presupuesto. En definitiva, a debilitar su autonomía. Avanza la tendencia hacia la desmilitarización. Influye en esto el que se quiera hacer de Centroamérica una "zona de paz", el cansancio del pueblo por los prolongados conflictos armados, la responsabilidad de los ejércitos centroamericanos en extensas y brutales violaciones a los derechos humanos y la molestia de los empresarios privados frente a la inclinación castrense a intervenir en la economía competitivamente desde sus propias plataformas de poder. A pesar de todo esto, es aún muy fuerte la resistencia de los ejércitos centroamericanos a aceptar su sometimiento al poder civil.

En los países en los que los movimientos revolucionarios han sido fuertes se observa una tendencia centrífuga al interior de ellos, que hace patentes las divisiones internas mantenidas latentes mientras estuvieron en el poder o aspiraron a él desde el conflicto armado. Estas divisiones producen dispersión de la militancia y fracturas entre los dirigentes de estilo profesional, burócratico y empresarial con las bases populares. Lo más importante son las contradicciones que se dan en la forma de entender la necesaria concertación nacional y en cuál debe ser su polo aglutinante: las clases medias y el capital modernizante o las mayorías populares. Confluye con esta tendencia una división que también se va notando en los partidos de derecha: entre los sectores empresariales que apoyaron y fueron favorecidos por los programas de ajuste estructural y los desfavorecidos por ellos.

Estas tendencias abren el paso a una recomposición de fuerzas políticas, que se hace más evidente con ocasión o como resultado de eventos electorales, en la medida en que ganadores y perdedores estén dispuestos a nuevas alianzas interclasistas dentro de una cada vez más compleja sociedad civil.

Un poder que es opaco

Todos los movimientos que en los 80 intentaron en Centroamérica avanzar hacia la superación de las desigualdades sociales apuntaron a conseguir el poder del Estado. La experiencia del sandinismo, que lo consiguió en Nicaragua, mostró que el poder del Estado presenta serios límites para lograr la eliminación de la pobreza.

Uno de esos límites - tal vez el más serio - es su tendencia al totalitarismo, aunque sea un totalitarismo paternalista que instaure políticas de subsidios generalizados para la redistribución de las riquezas en favor de las mayorías empobrecidas. Es el límite del poder "por arriba". Complementario a él, y dialéctico con él, está el límite del poder "por abajo". Porque mientras el poder no esté realmente en el pueblo, en sus ambientes locales y de vida cotidiana, no habrá capacidad de realizar en la sociedad los cambios que la hagan más justa.

La evolución del poder en Centroamérica y en el mundo lleva a concebirlo de una manera cada vez más compleja. El poder no es sólo la hegemonía de una clase o de una alianza de clases o el control de los aparatos del Estado. Una concepción - y sobre todo una práctica - tal del poder lleva a la exclusión de los ciudadanos que no pertenecen a esa alianza y a la burocratización, al alejamiento de los gobernantes del pueblo. En lugar de contribuir a la justa resolución de los conflictos de la sociedad, fomenta su profundización.

Pero además, esta concepción deja fuera realidades fundamentales de la esencia del poder. La década de los 80 nos ha enseñado que el poder es cada vez más opaco, disperso y heterogéneo. No está sólo en el Estado, nacional o transnacional. Reside también en el mercado, en la sociedad civil y en la cultura. Reside hoy especialmente en la tecnología y la información.

El carácter difuso del poder es un rasgo central de la actual coyuntura. No basta que el pueblo se movilice para acceder al poder del Estado. Hay que concebir una movilización en la que el pueblo acceda a diversos poderes, saberes y formas de saber hacer, a espacios de influencia para la asignación de los recursos y para la potenciación de sus propios símbolos y valores culturales. Sólo así se podrá concretar una ofensiva más convergente que gane más capacidad de vivir, más justicia para valorar el trabajo bien hecho - privilegiando el trabajo productivo -, más institucionalidad para compartir, más visión del vínculo entre justicia, austeridad y conservación de la naturaleza y más sentido motivador de la vida. Por esto tiene tanto valor el desarrollo local autónomo y son tan valiosos los proyectos para la vida, alternativos a los programas del neoliberalismo.

Desarrollo local y autónomo

Desarrollo local autonómo significa en primer lugar que existan bases populares de la sociedad que sepan el saber hacer y el saber organizar y administrar, saberes hoy monopolizados por los sectores minoritarios más ricos y privilegiados de la sociedad. Significa también captar y potenciar la latente capacidad que hay en la terca lucha por la sobrevivencia de tantos pequeños y medianos productores del campo y de la ciudad. Esta lucha por la sobrevivencia de esas mayorías hoy excluidas atestigua la arraigada fe que tienen en sí mismas.

El desarrollo local autónomo implica un proceso de interacción social entre nuevos investigadores, nuevos profesionales, nuevos liderazgos de base y nuevos políticos. Significa despertar en los ámbitos locales la voluntad de participación y sacudir los verticalismos y las inercias. Es aquí donde debe insertarse el trabajo en las bases de una Iglesia que canaliza recursos para los pobres pero que no se vuelve clientelista ni adquiere en el ámbito local el poder de un mini - Estado a causa de esos recursos económicos.

Un análisis de la década de los 80 nos habla del voluntarismo de pequeños grupos elitistas que quisieron cambiar las estructuras y se volcaron en proyectos gigantescos de desarrollo que nunca transforman la forma de vida de las mayorías. Este fue el caso concreto de Nicaragua y fueron también los sueños de otros movimientos revolucionarios. Una experiencia estatizante y favorecedora de subsidios para muchos de los grandes empresarios agrícolas e industriales, marcados por la falta de inversión, de productividad y de avance tecnológico, no transformó la realidad. Para las mayorías hubo una transformación de la estructura de propiedad, pero ésta no fue acompañada de un proceso de formación de capacidades y de una asignación de recursos - crediticios, de tecnología aplicada, de administración a pequeña escala, etc.-.

En los 90, proyectos de nueva economía popular, nacidos entre los pobres y alimentados por algunas universidades y por no pocas ONGs, tienen como meta ese desarrollo local autónomo, ausente de los programas neoliberales, que sólo conciben para los empobrecidos programas de compensación asistencialista.

La puerta de entrada para estos nuevos proyectos de desarrollo es múltiple. Dependerá de las demandas concretas que surjan en la discusión democrática que tengan con las bases populares profesionales, investigadores y políticos dotados de una ética de servicio y una disposición de aprendizaje. Las bases priorizan hoy los proyectos económicos sobre los políticos y los ideológico -organizacionales. La experiencia de la profundización de la pobreza les lleva a esta lógica. Pero puede ser también que prioricen el reconocimiento de su diversidad cultural -problemas indígenas - o la necesidad política de organización - en torno a temas como el de los derechos humanos -.

Intercambios y nuevos profesionales

Para que el desarrollo local autónomo tenga probabilidades de ir influyendo en un cambio estructural de alcance más nacional e incluso regional, es importante facilitar el que se celebren reuniones de intercambio y foros de consulta - no exactamente de coordinación - entre experiencias locales, que lleven el sello de lo repetible o que den pautas para nuevas formas de organización.

El reto fundamental para la eficacia de un desarrollo local autónomo es su conexión con un programa de alcance nacional que parta de esas experiencias. Lo que define la actual carencia de alternativas es la falta de relación entre las experiencias locales y un proyecto nacional, es el divorcio entre el nivel sectorial (microsocial) y el nivel nacional o regional (macrosocial). La creciente incapacidad del Estado nacional para elaborar proyectos nacionales eficaces para el desarrollo y su sumisa adopción de los impuestos por los organismos financieros multilaterales, apunta a la necesidad de que la tarea de hacer surgir experiencias de desarrollo local autónomo sea enfrentada en forma no tecnocrática por instancias no estatales de la sociedad. Las universidades y las ONGs de investigación y desarrollo pueden y deben cubrir este espacio.

Esto implica una nueva generación de universitarios, de investigadores y de profesionales que se muevan en interacción con el liderazgo de los pequeños proyectos de desarrollo local autónomo en las comunidades. Profesionales más prácticos que teóricos, preocupados no sólo por el qué hacer sino por el cómo hacerlo, comprometidos con un territorio específico, capaces de vincular lo macro con lo micro. Profesionales que sean formadores de formadores.

La necesaria espiritualidad

En las experiencias revolucionarias hubo siempre una utopía de fraternidad. Los nuevos políticos deberán mantenerla viva en su intento de concretar proyectos nacionales y, en el caso de Centroamérica, un proyecto regional, teniendo en cuenta que los objetivos de las comunidades locales tienen también obstáculos en el logro de esa fraternidad y no se conectan con los objetivos mayores de la nación o la región excepto en coyunturas muy propicias a un cambio estructural revolucionario. El descenso de mística comunitaria es una tendencia que hemos experimentado en Centroamérica a todos los niveles: entre los políticos, entre los académicos, entre los profesionales. También entre los cooperativistas, los sindicalistas y los organizados de los barrios en movimientos comunales. La "izquierda alternativa" debe ser rigurosamente investigadora y competente tecnológica y administrativamente. Pero si no es una izquierda de valores serviciales en la comunidad no se diferenciará mucho de las tecnocracias sin rostro.

Para encauzar en la actual coyuntura de Centroamérica un movimiento superador del injusto empobrecimiento se necesita espiritualidad. A todos los niveles. Una espiritualidad que continúe contraponiendo a Dios - o la fraternidad humana - con el dinero. Que desafíe el individualismo insolidario con el trabajo en equipo. Una espiritualidad que combata los fundamentalismos que atrincherándose en su punto de vista partidista, académico o sindicalista, no tienen capacidad de escucha de ningún otro punto de vista. Una espiritualidad que supere los feudalismos de aquellas instituciones que subrayan su aporte sin abrirse a ninguna cooperación. Sólo así podremos superar tantas omisiones: tanto aporte económico, político y cultural que no canalizamos hacia los pobres y desde los pobres.

Neoliberalismo: crisis mundial

Otro rasgo fundamental de la actual coyuntura centroamericana es la inviabilidad del desarrollo de nuestros países mientras se nos sigan imponiendo los programas neoliberales. No es sólo en Centroamérica. Estos programas han llevado a la economía mundial a un estancamiento productivo.

A juicio del investigador holandés Wim Dierekxsen, el PIB mundial creció más en los 60 que en los 70 y más en los 70 que en los 80. En los 90 crecerá probablemente menos que en los 80. En los años comprendidos entre 1975 y 1984 el PIB mundial creció un 3.4%. En los siguientes diez años (1985 -1993) ha crecido un 2.9%. En esas dos décadas disminuyó el crecimiento del PIB latinoamericano: de 3.2% a 2.6%. Las exportaciones, aunque aumentaron en volumen, descendieron en valor.

Hay que añadir a estos datos la desintegración de zonas enteras de la periferia mundial, especialmente en Africa, y el desempleo estructural y el deterioro estructural de los salarios en los países desarrollados. La tendencia al descenso en la producción de bienes y servicios útiles para la humanidad es lo que explica el crecimiento y el predominio del capital financiero especulativo sobre el capital productivo.

El proyecto neoliberal es político. El capital decidió una recuperación a toda costa de sus ganancias. El neoliberalismo supuso en todos los países un ataque frontal a la capacidad de los obreros industriales de negociar sus salarios. La desregulación del mercado laboral y la lucha contra los sindicatos, con retrocesos en los códigos laborales, fue desarmando más y más a la clase obrera.

En todos los países se fueron aplicando también contrarreformas fiscales para disminuir los impuestos al capital e incentivar sus ganancias. Además, se transfirieron al mercado servicios que se suponía debía suministrar el Estado: comunicaciones, energía, salud, educación.

Todas estas medidas no lograron frenar la tendencia a una disminución del crecimiento de la economía mundial. Aprovechando la tecnología de la información, el capital traslada su inversión del campo de la producción de bienes materiales y servicios productivos al campo de la especulación financiera y de productos: especulación de terrenos y casas, comercio de joyas y de obras artísticas, o al campo de los servicios improductivos: valores en bolsas, seguros, comercio internacional del dinero.

El capital especulativo improductivo compite con el capital productivo que generan los trabajadores. La tendencia es reducir los salarios para evitar así la inflación que provoca este dinero"salido de la nada". En vez de invertir en la generación de riqueza social, el capital invierte en la tecnología y los medios que le permitan mejorar su competitividad en la especulación. Todo esto ha provocado una severa crisis, una amplia recesión internacional.

Asia Oriental: la excepción

La única región del mundo en que desde hace 20 años se está dando un crecimiento económico con crecimiento del empleo es Asia Oriental. Es un claro ejemplo de cómo cuando las economías anteriormente líderes en la producción manufacturera se vuelven consumistas y especulativas, otras economías les suceden en la necesaria producción de bienes útiles para la humanidad. El papel de liderazgo productivo se desplazó de Inglaterra hacia los Estados Unidos y de allí hacia Japón y la Comunidad Europea.

Ahora se perfila en Asia Oriental un posible futuro sucesor. Y es precisamente en esa región donde todas los "dogmas" de los programas neoliberales han sido incumplidos: el Estado ha tenido un decidido papel regulador de la economía, realizando reformas agrarias importantes para modernizar la agricultura y asegurar la autosuficiencia alimentaria, aplicando medidas proteccionistas selectivas en su mercado y fomentando políticas de formación de capital humano y de potenciación y transferencia adecuada de tecnologías.

Es Asia Oriental la única región del mundo donde existe una realidad contraria al generalizado empobrecimiento. En estos 20 años, cientos de millones de asiáticos pobres accedieron a niveles de vida de cla ses medias en China y otros países de esta región del mundo. Sin embargo, aunque el modelo asiático - japonés tiene ventajas sobre el modelo neoliberal -anglo-americano a mediano y largo plazo, el neoliberalismo avanza en el Norte y obliga al Asia Oriental a inserciones comerciales en un mercado que el Norte domina.

Neoliberalismo: ¿animal moribundo?

En el Norte, el modelo neoliberal todavía muestra vitalidad y el capital se va estructurando a costa y en contra de los trabajadores. En el Sur, el modelo neoliberal se ha agotado sin que aparezca aún una alternativa. En Centroamérica, los programas de ajuste y estabilización no están dando los resultados previstos. Han hecho descender la inflación y mantienen un valor cambiario de nuestras monedas relativamente estable, aunque sobrepreciado. Pero la apertura comercial - presentada como la salvación - no ha fomentado las exportaciones nacionales sino que ha beneficiado a las élites comerciales importadoras de productos extranjeros, especialmente bienes de consumo de lujo. Las exportaciones no tradicionales no compensan el descenso en el valor de las tradicionales. No se han reducido tampoco los déficits fiscales. La pobreza y el desempleo aumentan. En realidad, los programas neoliberales han funcionado sólo para que nuestros países paguen puntualmente los intereses de su deuda externa.

La ideología neoliberal ha logrado crear la imagen de que el problema de la deuda externa ya está solucionado y ha conseguido sepultar la movilización y la preocupación acerca de tan grave tema económico. Sin embargo, sigue siendo un deber analizar la evolución de una deuda impagable, que los gobiernos siguen pagando a costa de la deuda social que adquieran con sus pueblos. Sigue siendo un deber prevenir la amenazadora presencia de esta variable: un repunte de las tasas de interés internacionales hará estallar nuevamente la crisis de la deuda en un continente más descompuesto y convulso que el de los años 80.

La economía especulativa tiene hoy la hegemonía a nivel mundial. Es 300 veces superior a la economía productiva y da como resultado una economía de espuma que está destruyendo la convivencia social y la biodiversidad de la naturaleza. Los países de la periferia capitalista aparecen cada vez más contagiados por esta economía especulativa.

Las grandes tendencias del capital globalizado han actuado también en Centroamérica. Mucho antes de que las mayorías de la región puedan consumir lo necesario para vivir, la región está transitando de una economía productiva a una economía especulativa y consumista, que disfrutan las minorías y que sólo miran en las vitrinas y en la televisión las mayorías. El capital ha emigrado hacia el sistema financiero y el comercio de importación, abandonando las áreas productivas de la economía. Nuestras balanzas comerciales van haciéndose crecientemente deficitarias y sólo son compensadas por la entrada de remesas en dólares - los emigrantes son creciente producto de exportación - y por las maquilas - "exportación" de fuerza de trabajo superexplotada -.

Los programas neoliberales dan signos de agotamiento en todo el mundo. En el Sur, ¿son ya "animales moribundos"? Si no mueren no es sólo porque no exista una alternativa teórica a este sistema, sino porque en la práctica, en la lucha política concreta, no hay suficiente correlación de fuerzas para romper la inercia de las decisiones. Hay intereses políticos del Norte capitalista que impiden ensayar otro modelo de desarrollo para países periféricos como los de Centroamérica. Y hay intereses en Centroamérica más lastrados aún por la inercia. Son intereses que viven del cuerpo moribundo del neoliberalismo en crisis.

Lenin decía que la sobrevivencia de un proceso social agotado sin una alternativa conduce a la pudrición de la sociedad, a que se haga inviable la convivencia. El auge mundial de la corrupción y la justificación renovada y pública de los nacionalismos racistas en Europa, la restricción en las amplias leyes migratorias de Canadá, Estados Unidos y Japón y la creciente ingobernabilidad de países como los centroamericanos son algunos signos de esta pudrición social.

¿Qué estrategia alternativa?

Una estrategia popular alternativa al neoliberalismo tiene que desarrollar un componente teórico y otro práctico para integrarlos en una praxis nueva de lucha de las mayorías por la justicia. Las siguientes tesis pueden ayudar a iniciar una nueva teoría.

- La exclusión creciente de países periféricos del Sur, como los nuestros, es necesaria para que los países del Norte accedan a nuestros recursos materiales y sociales sin pagar por ellos lo que valen en sus zonas la fuerza de trabajo o los recursos naturales. No hay posibilidad alguna de desarrollo en este sistema de capitalismo dependiente. Por ello, cualquier estrategia alternativa de desarrollo en Centroamérica tiene que ser antisistema.

- Esta estrategia no puede configurarse en formas de resistencia y reivindicación tradicionales. Por un lado, lo impide la debilidad de nuestros Estados nacionales y el grado de desarrollo de nuestra tecnología y productividad: ningún planteamiento reformista logra satisfacer las necesidades básicas de las mayorías. El otro límite lo pone el interés imperialista, dispuesto a frenar cualquier ruptura revolucionaria en la región.

- Hay que ensayar la estrategia alternativa anticapitalista en aquellos espacios que en nuestros países han sido relativamente poco penetrados por relaciones capitalistas de trabajo y de producción: comunidades campesinas, barrios urbanos populares, zonas marginales de la ciudad. En ellos - excluídos del mercado o con una desigual inserción en él - se ha generado capacidad de reacción por parte de las mayorías populares. A partir de esas experiencias se debe desarrollar la praxis de una nueva economía popular (NEP).

- Una verdadera alternativa deberá saber combinar tanto la transformación de las relaciones de producción como el sistema de distribución del excedente. La NEP no será alternativa viable si sus agentes no se articulan políticamente con otros más "enganchados" a la dinámica real o potencial del Estado (enfermos, niños, ancianos, dependientes de un sistema de seguridad social estatal), a la dinámica de la reproducción de la fuerza de trabajo (mujeres) y a los asalariados del capital.

- Se debe reflexionar sobre los cambios en curso en la estructura mundial capitalista, especialmente la mundialización y los cambios sociales que provoca la revolución en la información. La información aparece hoy como la tercera dimensión de la materia, junto a la masa y a la energía. Estos cambios afectan no sólo las relaciones de producción, sino también las condiciones de reproducción de la vida social, determinantes en definitiva del proceso histórico.

- Se necesita un desenmascaramiento de la ideología neoliberal y de los intereses de clase que la recorren, para encontrarnos con la lógica contemporánea del capital transnacional. Urge una nueva crítica de la economía política, que obligue a una nueva definición en términos de economía humana, del núcleo de la ciencia económica: el valor.

- Es imprescindible una nueva política económica que reemplace en el ámbito macroeconómico la contabilidad de los precios capitalistas por la contabilidad del valor social. Y en el ámbito de la actividad productiva, el criterio rector de la rentabilidad financiera (costos y beneficios monetarios) por el de la rentabilidad social (costos y beneficios humanos y ecológicos).

¿Hacia dónde la estrategia?

Una estrategia popular alternativa necesita también de una nueva práctica. Esta práctica deberá acentuar su contenido político, porque el ajuste neoliberal es un proyecto político de la clase capitalista mundial. Un movimiento político que luche por esta alternativa parte de lo local, pero no puede agotarse en lo local. Tampoco puede ser solamente nacional. El ajuste neoliberal es mucho más que un proyecto nacional. Precisamente por eso, el movimiento que intente oponerle una estrategia alternativa no puede quedar encerrado en dimensiones de partidos y organizaciones nacionales, porque así no podrá ofrecer resistencia ni presentar propuestas adecuadas.

El carácter de la estrategia no podrá ser tampoco predominantemente reivindicativo, enfocado a una más justa redistribución de ingresos a través de aumentos salariales o de mejoras en salud, educación o seguridad social. Aunque estas luchas se dan, permiten la sobrevivencia y no se pueden despreciar, la estrategia tiene que ir más allá. Tiene que ser anticapitalista, enfocada a una redistribución de activos, es decir de riqueza social.

Esto significa que hay que luchar por una reasignación del capital financiero. El pueblo debe disputar los recursos bancarios existentes, multilaterales o nacionales. Hoy los sectores que acaparan preferencialmente estos recursos son nuestros capitalistas financieros e importadores - entre ellos también los maquiladores -. Contra la maquila no es posible luchar en la actual situación, por la aguda escasez de empleos. Pero sí es necesario luchar contra los grandes financieros e importadores. Los recursos captados por ellos pueden ser usados en forma más eficiente y productiva por pequeños y medianos productores rurales y urbanos. La alianza debe hacerse entre los obreros y los pequeños y medianos productores contra los capitalistas financieros e importadores, grandes aliados nacionales de la economía transnacional.

Esto significa mejorar la capacidad del pueblo de absorber recursos, dentro de un modelo endógeno, en el que haya un proteccionismo selectivo ante el mercado y una integración selectiva en él. Para tener éxito, hay que reducir el ámbito de actividades que requieren de ayuda externa y potenciar la capacidad tecnológica existente.

En nuestros países la posibilidad de este modelo endógeno depende de la reconversión agroindustrial. Se necesita un esfuerzo para crear un nuevo Estado que admita a los proyectos populares como agentes económicos que colaboran en el diseño de políticas nacionales y regionales. Hay que crear condiciones para que los sectores populares a nivel regional se conviertan en contraparte de los organismos financieros multilaterales que constituyen el Estado regional transnacional.

Como parte de la estrategia popular, se necesita luchar también en el terreno de las imágenes, en el de la comunicación masiva, para despertar el potencial cultural de nuestros pueblos, hoy sepultado por una avalancha de mensajes que son opuestos a cualquier alternativa nacional. La actual dependencia cultural de la ideología del consumismo es un freno que impide a los sectores populares convertirse en fuerza de presión en favor del trabajo y de la producción frente a los Estados nacionales y al Estado transnacional. Sin una espiritualidad, sin una mística de dignidad que ayude a valorar la propia identidad, continuará pesando la losa que sepulta cualquier alternativa. No se puede luchar sólo en el terreno del mercado. Los derechos humanos y, en especial, el derecho a la identidad cultural, a la dignidad de los pueblos, están vinculados a cualquier estrategia popular alternativa.

Para realizar esta estrategia se necesita también de una organización política. Pero el necesario nivel regional el más adecuado para llevar el peso político de la estrategia popular alternativa indica que son las confederaciones centroamericanas de los movimientos sociales incluyendo a sus consultores intelectuales los focos de donde esa organización política regional deberá partir, incluya o no a los actuales partidos políticos de izquierda.

Centroamérica: 20 años de cambios

Hace 20 años el panorama centroamericano tenía cierta homogeneidad, tanto en la realidad de sus poderosas minorías económicas como en la de sus mayorías empobrecidas. En varios de nuestros países, una gran movilización popular apoyó alternativas políticas reformistas por la vía electoral. Estas alternativas intentaban desafiar a los militares, protectores de los intereses económicos minoritarios tradicionales, apoyados por los intereses geoestratégicos de los Estados Unidos en la región.

Los fraudes electorales - consentidos por los Estados Unidos - reforzaron la alianza del capital agroexportador y de los militares y condujeron a una consolidación del militarismo en la región. Esos mismos fraudes consiguieron que el potencial de movilización popular se fuera concentrando alrededor de alternativas revolucionarias. El proyecto de integración centroamericana de los años 60, basado en la sustitución de importaciones, fue vaciado de su contenido proteccionista de las industrias de integración por las condiciones impuestas por los Estados Unidos y no consiguió desconectarse de la dependencia del capital agroexportador.

El esquema estalló en el conflicto honduro-salvadoreño. Y los sucesivos conflictos político-militares de varios países le dieron el golpe de gracia. Los procesos revolucionarios en el área centroamericana en los 80 fueron señalando ritmos diversos en los diversos países y distanciando las perspectivas. La situación fue más heterogénea en esos años.

Hoy hemos regresado a una cierta homogeneidad. Los procesos de pacificación y la necesidad de concertación, la diversificación de los múltiples espacios de poder, los procesos de ajuste estructural, el influjo económico y cultural de los emigrantes, la emergencia de la sociedad civil popular, la conciencia de inviabilidad de cada uno de nuestros países por separado, son rasgos fundamentales de esta nueva homogeneización. De todos estos elementos ha ido brotando una nueva percepción sobre la necesidad de la integración centroamericana y un nuevo dinamismo que la empuja.

Desde afuera y desde arriba

Coexisten hoy en Centroamérica varios modelos de integración.

- El modelo de integración de los organismos financieros multilaterales. Sus rasgos fundamentales: pago de la deuda, ajustes macrofinancieros, total apertura de mercados y control de los Estados nacionales. Se trata de un modelo para integrar a Centroamérica en las necesidades del capital y del mercado transnacional. No es un modelo exento de contradicciones, tanto entre los mismos organismos multilaterales como entre diversos países que se disputan a Centroamérica como puente de entrada a México y los Estados Unidos.

- El proceso de integración impulsado en las últimas Cumbres de Presidentes centroamericanos. Se trata en realidad de un proceso notablemente desintegrador, porque busca principalmente una integración hacia afuera. Hoy, el 80% de los intercambios comerciales de Centroamérica son con el resto del mundo y sólo el 20% entre los mismos países centroamericanos. Esto contrasta significativamente con lo que sucede en las Comunidad Europea, donde el 65% de los intercambios se produce entre los miembros de la Comunidad y el 35% entre la Comunidad y el resto del mundo.

El proceso "oficial" de integración tiene pies de barro: el yugo del pago de la deuda externa continúa, el déficit comercial crece, la inversión productiva es muy baja - equivalente ya a una prolongada huelga del capital - y el capital humano es cada vez más escaso. El crecimiento del desempleo y de la pobreza están provocando, además de un enorme sufrimiento humano, la ingobernabilidad. La reducción de la ayuda externa y el uso improductivo de las remesas familiares en dólares hacen inviable a mediano plazo este proceso de integración.

- El modelo de integración que intenta promover esa parte del capital centroamericano que se conoce como modernizante. Está agrupado en una Federación de la Empresa Privada de Centroamérica y Panamá (FEDEPRICAP). Tiene fuertes discrepancias con algunas de las organizaciones más radicalmente tradicionales de los empresarios privados nacionales (el COSEP nicaragüense y el CACIF guatemalteco). Recibe bastante financiamiento de la AID y está conectado con los Estados, administrando, por ejemplo, los fondos de compensación a los programas neoliberales. Ha montado un Comité Centroamericano de Coordinación Intersectorial (CACI), con participación sindical (CLAT/CCT) y del solidarismo, de la AUPRICA (universidades privadas), del CSUCA (universidades nacionales), de cooperativistas (CCCCA), de la sección centroamericana del Consejo Mundial de Pueblos Indígenas, de la Federación Centroamericana de Transportes y de la Confederación Centroamericana de Trabajadores de la Educación y la Cultura (CONCATEC).

Este grupo critica la apertura indiscriminada del mercado, apoya un cierto proteccionismo a la industria nacional y propugna por un Estado más fuerte. Ha favorecido consideraciones especiales para Nicaragua. Su carácter modernizante reside en admitir que el viejo modelo de agroexportación caducó y en no estar de acuerdo con el modelo de los organismos multilaterales, así como en comprender que no hay posibilidades de gobernabilidad sin algún tipo de concertación con las fuerzas laborales. Los ejes de acumulación de este sector están en las finanzas, las exportaciones no tradicionales, la agroindustrialización integrada centroamericanamente y las zonas francas o maquilas.

Nace una integración desde abajo

Actualmente está emergiendo un modelo de integración alternativo, conducido por una serie de nuevas organizaciones populares a nivel centroamericano. En el terreno de los productores agrícolas pequeños y medianos, ASOCODE, CCC-CA y UPROCAFE. Entre los sindicatos obreros, COCENTRA y TCA-ORIT.En el terreno de los barrios marginales, FCOP. Entre los microempresarios, CONCAPE. Y entre las ONGs, CONCERTACION, que agrupa centros de investigación (CRIES), de mujeres, de educación popular (ALFORJA), de derechos humanos (CODEHUCA) y de pequeños productores (ALOP). Se trata de fuerzas populares con no pequeño potencial. La Confederación de Cooperativas del Caribe y Centroamérica, por ejemplo, controla entre un 30 y un 35% del PIB agrícola regional.

Desde 1991 vienen demandando a las cumbres presidenciales un papel como agentes participativos de la sociedad civil en el diseño de la integración centroamericana, con una visión que complemente la perspectiva económica, con la política, la social y la cultural. Plantean un modelo distinto de integración para el desarrollo.

Todas estas organizaciones regionales pusieron en marcha en octubre/93, al celebrarse la Cumbre de Presidentes en Guatemala, una Iniciativa Civil para la Integración Centroamericana (ICIC). En la carta en la que lo comunican a la Cumbre, lo consideran como un hito histórico en el proceso de concertación y desarrollo de la sociedad civil en la región centroamericana. Por primera vez surge de sectores tan diversos el debate y la elaboración de una propuesta para el proceso de integración. La ICIC solicita a los presidentes su reconocimiento e incorporación en todas las instancias consultivas del proceso de integración.

Una crítica desde abajo

En un anexo a su carta, la ICIC aporta un análisis crítico del actual proceso de integración. El análisis parte de la necesidad de fortalecer la estrategia global de integración con mayor consulta a la sociedad civil y mayor participación de ella para lograr el necesario consenso y la plena ejecución de los planes de integración.

Constatan que los espacios de participación civil excluyen a productores agrícolas, a pequeños y medianos empresarios, a sindicalistas, cooperativistas, organizaciones comunales y profesionales vinculados a organismos de desarrollo. Afirman que el proceso actual de integración se centra en aspectos económicos y comerciales, descuidando los sociopolíticos y culturales. Unido al tipo de políticas económicas impulsadas por los gobiernos de cada país, este sesgo imprime al proceso un carácter neoliberal y encamina únicamente a la región hacia una zona de libre comercio. La inexistencia de una estrategia de desarrollo con propuestas autónomas y sostenibles indica que no hay una verdadera alternativa regional ni se piensa en construir una comunidad centroamericana. En el proceso no se descubre un camino hacia la integración y sí y solamente un modelo de cooperación limitada, incapaz de promover una negociación conjunta de Centroamérica con terceros países sin supeditarse a los bloques económicos que se consolidan en el proceso de globalización.

La ICIC señala también deficiencias del proceso: aprobación de decisiones que afectan a sectores concretos sin consultarlos, falta de seguimiento de los acuerdos, desatención a los ritmos diversos de los países con ausencia de mecanismos de compensación y de estrategias de reconversión industrial o de desarrollo de la competitividad, y carencia de sentido de proceso, al faltar una reflexión sobre las limitaciones y oportunidades generadas por el proceso de integración de los años 60.

Las prioridades desde abajo

Desde este análisis presenta la ICIC sus propuestas a la Cumbre de Presidentes. En ellas se recogen prioridades que las distintas organizaciones de la sociedad civil popular han estado elaborando y haciendo llegar a los presidentes desde 1991.

La Confederación de Trabajadores Centroamericanos afiliada a la ORIT (CTC) prioriza la elaboración de una Carta Social de la Integración. La Coordinadora Centroamericana de Trabajadores (COCENTRA), una propuesta sobre movilidad y libre circulación de la fuerza de trabajo.

Revisando el contenido de reuniones en que estas prioridades se han ido depurando, aparece cómo estas confederaciones regionales sindicales han estado insistiendo, entre otras cosas, en la vinculación orgánica de la política social y la económica, en transformaciones en la estructura de los impuestos para aumentarlos privilegiando los directos, en la desviación de recursos del presupuesto de defensa para enfrentar la pobreza estructural, "el enemigo a vencer" tras la pacificación de la región, en una política ecológica que impida el traslado a Centroamérica de empresas y depósitos de residuos tóxicos, en la armonización de los códigos laborales aceptando los convenios y recomendaciones de la OIT y en el funcionamiento efectivo del Consejo de Integración Social Centroamericana como un foco de concertación tripartita permanente.

Por su parte, las confederaciones de productores agrícolas (ASOCODE, CCC-CD> y UPROCAFE) priorizan la integración vertical de la producción en manos de pequeños y medianos productores, la búsqueda de una estrategia comercial para fortalecer el autoabastecimiento y la seguridad alimentaria, el acceso a los mercados externos y el desarrollo de tecnologías apropiadas para reducir los niveles de dependencia externa. ASOCODE prioriza que el movimiento regional parta del desarrollo local, fortalecedor a su vez de los movimientos nacionales.

La CONCERTACION centroamericana de organismos de desarrollo prioriza propuestas para orientar la cooperación externa y propuestas alternativas a los programas de ajuste estructural. La Confederación Centroamericana de la Pequeña y Mediana Empresa (CONCAPE) prioriza iniciativas para fortalecer la competitividad y apoyar la reconversión industrial. Tanto en estas propuestas como en las de los productores agrícolas, resalta la necesidad de una reasignación de recursos, especialmente del crédito financiero, lo que permitirá realizar tales prioridades.

Finalmente, la Federación Centroamericana de Organizaciones Comunales (FCOC) plantea que se tome en cuenta a las organizaciones comunales en los procesos de toma de decisiones y se les considere sujetos activos del proceso de desarrollo en la región. Cuando se reflexiona sobre la dinámica de urbanización acelerada de Centroamérica, sobre el peso de la economía informal en la región y sobre la ingente actividad de mejora de la convivencia realizada en los barrios de las ciudades centroamericanas en base a la ayuda mutua, resalta la importancia de este planteamiento.

Un nuevo modelo de desarrollo

En la misma carta de la ICIC se destaca la necesidad de hacer de la integración centroamericana un proceso multidimensional económico-social, político y cultural, para crear una comunidad de intereses y dar así sentido a la paz. Se propone que el Estado tenga un papel significativo en la regulación de un mercado que no puede ser el absoluto e invisible organizador de la convivencia. Se enfatiza también la capacitación y formación del recurso humano, el más importante de la región. Como principios guías del proceso de integración se proponen la solidaridad, la cooperación, la autonomía y el respeto a la soberanía nacional y regional.

La Iniciativa Civil para la Integración Centroamericana supone un acto de presencia nueva de las organizaciones populares a nivel centroamericano. Supone también una rápida mayoría de edad, pues sus propuestas las han presentado ya ante foros de la Comunidad Europea y de los organismos multilaterales. Este tipo de regionalización centroamericana desde abajo anuncia una nueva fuerza de la sociedad civil para hacer eficaz la visión de una democracia participativa, olvidada una y otra vez en los modelos de convivencia diseñados desde las derechas y las izquierdas políticas partidarias.

En realidad, supone plantear a un nivel distinto y más amplio el enfrentamiento de la causa que provocó conflictos tan desgarradores en Centroamérica: el derecho negado a las mayorías a participar con justicia del desarrollo. De estas organizaciones de la sociedad civil popular centroamericana emerge un diseño de desarrollo mucho más humano porque evita el economicismo de los actuales gobiernos y engloba la atacada identidad cultural de nuestros pueblos, su relación con la defensa del medio ambiente y su necesidad de caminar hacia una comunidad política.

La Iniciativa Civil para la Integración Centroamericana es otro de los elementos importantes de la presente coyuntura en nuestra región. Esta regionalización emergente sólo será de verdad nueva si evita la burocratización de las organizaciones de alto nivel y mantiene un estrecho contacto con los proyectos de desarrollo local autónomo y un respeto nuevo por su participación real en el proceso, debatiendo continuamente las iniciativas que brotan en los espacios locales de vida y convivencia.

Cambios culturales por investigar

Tanto el empobrecimiento de nuestros pueblos como la pérdida de su gobernabilidad están en estrecha relación con el poderío de la cultura hegemónica de quienes provocan esa pobreza. Si esa cultura nos conquista, podría abatirse la capacidad de innovación creativa y de paciente resistencia del pueblo para lograr su desarrollo. En el enorme esfuerzo desplegado durante siglos por nuestros pueblos para sobrevivir, acentuado desde 1970 a 1990 con reivindicaciones masivas e incluso proyectos de profunda transformación de la sociedad, el valor propio de nuestros pueblos como diferentes culturalmente tuvo un peso notable. Pero pudiera ser que hoy este valor esté siendo suprimido por una homogeneización cultural, que entrega nuestra capacidad de soñar, imaginar y crear en manos de los poderosos que dominan la globalización económica y política del planeta. Este aspecto de la cultura es uno de los puntos centrales de la coyuntura actual y requiere urgentemente de investigación.

Nuestras sociedades centroamericanas han estado sometidas en las últimas dos décadas a procesos notables de cambio cultural. Se les han presentado proyectos de sociedad totalmente polarizados, versiones de la vida y prácticas religiosas profundamente opuestas, países completamente diferentes en los que vivir, situaciones de guerra con condiciones de vida marcadas por la inseguridad y el terror y situaciones de paz turbadas por la descomposición social. Condiciones de vida económica marcadas por la desesperación frente a las posibilidades de mejoría y otras en las que las esperanzas se agotan en la propaganda. Mundos cerrados en los que la vida dependía del apego al pasado y mundos abiertos a las voces y las imágenes que llaman hacia un futuro globalizado.

Si nos remontamos a 1979, año del triunfo de la revolución sandinista en Nicaragua, podemos lanzar una hipótesis. Entre las mayorías pobres del campo y de la ciudad había en Centroamérica una minoría muy calificada, pero grande su magnitud se pudo medir por su participación masiva en movilizaciones públicas, muchas veces ilegales , con valores y expectativas de un cambio social profundo y rápido, que podríamos llamar "revolucionario" y que tenía contenidos económicos de transformación agraria y redistribución de ingresos, contenidos políticos de supresión del poder de los militares y de las clases económicamente poderosas, y contenidos culturales de afirmación nacional frente a los Estados Unidos, de finalización de la represión y de goce de los derechos humanos, de entusiasmo ante figuras religiosas proféticas y de reivindicación de estilos de vida austeros y solidarios frente a los estilos de vida ostentosos y prepotentes de los poderosos.

Esta minoría estaba además dispuesta a ser agente del cambio para contribuir a realizar estas expectativas. A esta grande y calificada minoría de los pobres se le añadían bolsones importantes de las clases medias, frustradas en sus intentos de acceso al poder político y a condiciones de vida económica más estables, al mismo tiempo que defensores de una cultura más mestiza y menos agringada.

En 1993 el panorama es diferente y la hipótesis es otra. Las expectativas de cambio revolucionario y la disposición a contribuir activamente a él han disminuido entre las grandes mayorías pobres y entre las clases medias.

La imaginación social de nuestros pueblos ha pasado por un cambio fundamental en el que las mayorías se apegan más al terreno de la lucha cotidiana con expectativas mucho menores en líderes y movimientos que no tengan arraigo local, y trasladan su identidad hacia los valores globalizados de la cultura capitalista del consumo. Los estilos de vida, los modos de ser feliz, los héroes con los que se identifica la gente, la música predominante, la figuración del futuro, todo ello se ha homogeneizado conforme a los patrones triunfantes en la sociedad de la abundancia. El peso tan fuerte de individualismo que hay en estos patrones culturales se está convirtiendo en el enemigo mayor de las utopías de fraternidad.

La religión y la familia

Para investigar la realidad de este cambio cultural hay que explorar numerosos factores que han influido en el cambio. En primer lugar, el religioso. La simbología religiosa ha sido el principal canal de expresión cultural en nuestras sociedades. En la década de los 70 la religión católica e incluso su aparato institucional, la jerarquía de la Iglesia - desde algunos obispos a muchos religiosos y párrocos -, significó para esa minoría activa de los pobres un canal de cambio de la imagen de Dios. Ese cambio hizo concebir a Dios no sólo como quien actúa fundamentalmente en la naturaleza y en el interior de las personas o en los ritos de templos y tiempos sagrados, sino también como un Dios que actúa en la historia de un pueblo.

Existió en aquellos años un estilo profético, que personificó maravillosamente el obispo salvadoreño Oscar Romero, que cautivó la imaginación de multitudes. Es evidente el descenso de esa línea profética en la actual Iglesia Católica. Y al mismo tiempo es evidente el ascenso de movimientos transnacionales, originalmente urbanos y de clase media (catecumenado, carismáticos, Opus Dei, etc.), predominantemente volcados hacia una religión privatizante, con un sentido comunitario restringido a apoyos morales o a expresiones rituales. Es también importante constatar el creciente peso de las confesiones evangélicas, sobre todo de las "entusiastas", las que esperan cambios, incluso inminentes, pero provenientes sólo de la acción de Dios, y que en sus vinculaciones con las religiones electrónicas de los Estados Unidos aspiran a la abundancia individual como signo de la bendición de Dios.

Es importante explorar cuánto ha vuelto a ser la religión un refugio en medio del oleaje de los conflictos o un espacio para la justificación del sufrimiento. O cuánto sigue siendo el terreno para lanzarse hacia la búsqueda de mejores condiciones para la fraternidad, de mayor justicia o hacia iniciativas que afronten necesidades apremiantes para la vida de las comunidades.

En segundo lugar, la familia. Se puede presumir que la familia centroamericana, dentro del proceso acelerado de urbanización, está dejando de ser una familia extensa y evolucionando hacia el tipo de familia en la que cuenta sólo el núcleo familiar de padres (o madre soltera) e hijos y en la que los hijos se independizan rápidamente. Importa explorar si la familia es hoy un lugar de tanta presión social como era antes para transmitir y mantener valores y hábitos culturales o ha disminuido esa presión por las migraciones, por la conversión a una religión diferente, por mucho tiempo vivido en la clandestinidad, etc.

En cuanto a la red de parentesco, hay que dar mucha importancia al fenómeno de la migración. La guerra en los países en que la ha habido, el bloqueo de caminos de ascenso económico para quienes podían esperarlo y otras razones han empujado a cientos de miles de centroamericanos hacia Estados Unidos. La migración ha transnacionalizado a la familia centroamericana y, a través de ella, a los países. Ha significado en muchos casos mejoría de ingresos, pero también transferencia de cultura, nivelación con los valores consumistas imperantes en los Estados Unidos.

El "proyecto" más importante, el más transformador de la realidad es hoy para muchos el tener un equipo de sonido o un televisor, una moto o un carro, aunque sean usados, mejores ropas y más a la moda, aunque sean también usadas.

La familia que recibe remesas puede convertirse pronto de productora precaria en mediana productora o en comerciante, con el consiguiente cambio de valores e intereses. Hay que explorar también los efectos psíquicos y psicosociales que para los niños tiene, por ejemplo, la ausencia de la madre, del hermano mayor o del padre y los caminos que estas realidades abren hacia la droga, la delincuencia o la inhibición y la pasividad.

¿Verdad o mentira?

Los medios de comunicación social son los principales transmisores de esta homogeneización que atenta contra la biodiversidad cultural. El auge de los mensajes de la radio y de la televisión en los hogares centroamericanos ha sido enorme en los últimos 15 años. Novelas, programas musicales, films de violencia y sobre todo, mensajes comerciales atrapan la imaginación colectiva. Todos estos mensajes interactúan para transmitir la ilusión de que la vida de abundancia de los clases privilegiadas y sus valores de ascenso individual y de frivolidad moral están al alcance de los mayorías, configurando un único modo posible de ser feliz.

La abundancia de noticias de desastres y conflictos genera impotencia y pasividad. Informar para conformar parece ser el objetivo de los poderosos. Naciones y pueblos, guerras y paces se ponen de moda como los cantantes o los artistas. La realidad que entra a los hogares a través de los medios de comunicación, ¿cuánta verdad o mentira comunica? ¿Cuáles son hoy las fuentes de verdad alternativas a las de los medios de comunicación? ¿Llega a la gente, en sus ambientes cotidianos de vida, esa verdad que lucha contra los intereses de los más poderosos, contra las falsas necesidades empacadas atractivamente por la propaganda, contra las amenazas que implica no aceptar la mentira?

El terror y la política

En los países donde ha habido un conflicto armado prolongado por muchos años se desarrolló una cultura del terror. En menores proporciones, este terror se contagió durante no pocos años a otros países, como Honduras y Costa Rica, que no sufrieron directamente el conflicto, pero que actuaron como plataforma de contención o de infiltración en los conflictos de los países vecinos. El terror ha dejado consecuencias de inhibición de la libertad a la hora de luchar por los derechos humanos, de expresar preferencias políticas de izquierda o incluso de votar por ellas. El terror prolongado durante muchos años ha dejado también un inmenso cansancio a la hora de buscar nuevos caminos y una inseguridad sobre si será posible hallarlos alguna vez y desterrar por siempre el miedo de la vida cotidiana.

En el caso de El Salvador, los principales causantes de este terror quedaron señalados en forma pública por el Informe de la Verdad, pero es un caso excepcional y ni siquiera así ha logrado eliminar la impunidad. Hay que explorar las formas en que el terror continúa actuando tras la máscara de la delincuencia común. Explorar qué peso ha tenido la cultura del terror para domesticar las expectativas de las mayorías frente a alternativas diferentes a las de los poderosos, sobre todo después de que no pocos de los revolucionarios de ayer actúan hoy con valores semejantes a los de los mismos poderosos. Hay que explorar el grado en que nuestras sociedades, a pesar de los procesos de pacificación, siguen polarizadas, porque no ha habido ni concertación ni reconciliación auténticas. El terror, ¿ha contribuido a homogeneizar los valores, domesticando la tendencia a buscar alternativas, o por el contrario, se mantiene viva esta búsqueda?

¿Qué significa hoy la política?

¿Qué significa hoy la política para las mayorías? En casi todo el mundo se da hoy un fenómeno de agotamiento de las viejas organizaciones partidarias, bien porque la mayoría de la gente conoce ya su corrupción o bien porque percibe confusamente la ineficacia de los planteamientos macrosociales de los políticos para producir mejorías en su vida cotidiana. A la par, la política, especialmente en sus alternativas de derecha aunque no solamente es cada vez más una operación de mercadeo capitalista.

La necesidad de organizar a la sociedad y gobernarla produce hoy nuevas opciones políticas. La gente vota por ellas y produce verdaderos terremotos políticos o se abstiene masivamente, expresando su rechazo hacia la ineficacia de la vida pública. ¿En qué línea se agrupan más nuestras mayorías pobres? ¿Miran la política como algo sucio, inevitablemente corrupto, relevante o ineficaz para sus preocupaciones cotidianas, algo de lo que sólo se puede sacar provecho en los tiempos electorales de búsqueda de votos? ¿O se mira la política como algo de lo que todavía pueden salir soluciones a las preocupaciones cotidianas? ¿Qué línea divisoria tiene mas influjo en las decisiones políticas, el mercadeo de imágenes políticas o la percepción de mayor o menor apertura de los partidos a la participación de las mayorías en las decisiones? Frente a las intervenciones internacionales en los procesos políticos de nuestros países, ¿son los pobres ?cuando son conscientes de estas intervenciones ? "nacionalistas" o "internacionalistas", en el sentido de ver con buenos ojos que la soberanía nacional se abra a la presión extranjera?

Centroamérica 94: la contradicción central

La contradicción central de la coyuntura es ésta: la Centroamérica de 1994 no es ya la misma que la de 1990, en la que 6 modélicos presidentes neoliberales gobernaban a nuestros países.

La elección de Reina en Honduras, los límites que la sociedad civil guatemalteca le puede poner a Ramiro de León Carpio - a quien llevó al gobierno -, las nuevas cuotas de poder que las fuerzas progresistas conseguirán en la elecciones de El Salvador y de Panamá, los reacomodos políticos en Nicaragua y hasta el tono de la campaña electoral en Costa Rica indican que la sociedad civil ha logrado cuestionar seriamente el ajuste estructural impuesto por el Estado transnacional en la región. Esto traerá un "ajuste político" al neoliberalismo en Centroamérica. "Una tregua", como le llama Wilson Campos, líder de ASOCODE.

A pesar de esto que es significativo y positivo , la economía de Centroamérica sigue por el mismo camino que el FMI y el Banco Mundial le marcaron desde finales de los años 80. Ambas instituciones ya hablan de "un ajuste al ajuste" pero sólo lo practican aumentando los programas de compensación social para las masas de pobres y empobrecidos que sus ajustes macroeconómicos crean.

Las políticas de recorte del gasto público, de indiscriminada apertura comercial y financiera, de estricto pago de la deuda externa no las tocan. Y son precisamente estas políticas las que deben ser cambiadas porque frenan una reactivación económica que mejorará la competitividad de nuestras economías y que fortalecerá la integración regional "hacia adentro". Si esto no se rectifica, aún cuando hayan todas las "treguas políticas", los años venideros nos traerán mis descomposición social y pobreza y también mayor inestabilidad macroeconómica.

En resumen, hay más espacios políticos pero menos espacios económicos para Centroamérica. ¿Hasta cuándo durará el maquillaje político del programa neoliberal? ¿Hasta cuándo durará la tregua?

La economía y la paz

Es preciso explorar también en las angustias por vivir o por sobrevivir, en la vida material, en la economía del pueblo. ¿Ha variado fundamentalmente el valor que tenía la tierra y, con el proceso acelerado de urbanización, es el empleo y el monto del salario lo que tiene mayor importancia, junto con el costo de la vida y los precios de los productos fundamentales? Este cambio uniformiza la cultura, más semejante entre los habitantes de las ciudades de diversos países que entre los habitantes del campo. A partir de este cambio, aumenta el valor de los servicios: agua potable, alcantarillado, electricidad, gas, transporte, escuela, centros de salud, guarderías, viviendas, canchas de deporte y otros medios de recreación.

Los productos de consumo de la sociedad capitalista desarrollada están más visiblemente presentes en la imaginación de la gente que vive en las ciudades, que los traslada hacia el campo en forma de expectativas, con los adolescentes a quienes sus familias han enviado a estudiar a centros más urbanizados o con los emigrantes que regresan del extranjero en vacaciones.

En conexión con la economía habrá que investigar el contenido actual de la paz. A los grandes conflictos armados se llegó por las enormes desigualdades de acceso a la riqueza. En los procesos de pacificación, ¿conservan las mayorías empobrecidas conciencia de la conexión que existe entre aspiraciones de paz y disminución de esas desigualdades o todo el cansancio y la inseguridad de la guerra ha hecho que su conciencia de la paz se limite al cese de los enfrentamientos armados? ¿Tiene la paz resonancia de mayor justicia, de mayor acceso a la tierra, al trabajo, a la educación, salud, recursos financieros, vivienda y recreación o se ha comprado ya por agotamiento la ideología de que la desigualdad es designio de Dios y de que quien es pobre lo es porque no trabaja? Habrá que explorar también en los alcances de la solidaridad. ¿Se reduce a ayudarse entre los miembros de la familia o se extiende al barrio? ¿Triunfa el "sálvese quien pueda" o se acepta la necesidad de la cooperación y la organización comunitaria?

Es evidente que estos años han sido fecundos en propuestas utópico-proféticas regadas con la sangre de innumerables mártires. Fecundos también en la multiplicación de organizaciones de la sociedad civil, de defensa de los derechos humanos, de desarrollo, de salud, de defensa del medio ambiente, de afirmación de los grupos étnicos, de despertar de la perspectiva de las mujeres, de investigación, etc. etc.

Y que mucha de esta multiplicación se ha dado entre las mayorías pobres o en esfuerzos de cooperación con ellas. Y es evidente que esto significa precisamente un enriquecimiento de la diversidad de la cultura. ¿Cuál es el balance de todas estas iniciativas de imaginación y acción alternativa frente a las vitrinas del consumo importado o frente a las pantallas, que venden un mismo, irracional y hasta aburrido estilo de ser feliz?

¿La esperanza contra toda esperanza y la lucha por un mundo diferente ha sucumbido ante los mensajes religiosos que hablan de un refugio o una espera pasiva, y ante la masiva desilusión por los fracasos de todo lo que se intentó construir en la década pasada?

Aunque hay brújulas y hay caminos, el análisis no invita al optimismo fácil. Sólo invita a mayor audacia y creatividad, reconociendo la complejidad de la coyuntura. El ritmo de los procesos de cambio en Centroamérica enfatiza el largo plazo, si queremos que los procesos sean verdaderamente participativos y si queremos que los cambios sean profundos.

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