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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 139 | Julio 1993
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Internacional

Somalia: lecciones para los países del Sur

El Norte no combate contra la pobreza de los países del Sur. Dispara contra los pobres. Y ya no se discute si intervenir o no. Se discute cómo, dónde y bajo qué circunstancias Estados Unidos debe intervenir. ¿Será la ONU de los años 90 como la OEA de los años 60? ¿Habrá comenzado así la latinoamericanización del mundo?

Alejandro Bendaña

Primero llenaron las pantallas de televisión de todo el mundo con imágenes de niños y de poblaciones enteras que a diario morían de hambre. Posteriormente, movilizaron a la opinión pública internacional contra las "bandas" somalíes que hacían imposible la distribución de víveres a esas famélicas víctimas de la hambruna. Luego vino la apresurada decisión de la administración Bush de enviar a Somalia tropas norteamericanas para "devolver la esperanza". El repliegue de las "bandas" ante las tropas invasoras significó la posposición del derramamiento de sangre y los intentos de los diplomáticos norteamericanos de establecer un nuevo gobierno resultaron un fracaso. El siguiente capítulo era inevitable: se abre un conflicto militar entre las tropas de ocupación y los somalíes.

Estados Unidos: un policía "humanitario"

Independientemente de los méritos humanitarios de la operación "Devolver la esperanza" llevada a cabo por Estados Unidos en Somalia, resulta peligrosa la nueva doctrina que está siendo invocada para llevar a cabo acciones policiales norteamericanas bajo la bandera de Naciones Unidas. Al papel de gendarme del "nuevo" orden mundial, Estados Unidos agrega ahora el de garante militar del bienestar de los pueblos pobres.

¿Qué significado tiene la ocupación militar de Somalia? Nada de lo que ocurre en ese país de Africa es ajeno al proceso de reducción de facultades y derechos soberanos que en todos los terrenos vive el Tercer Mundo desde el inicio de la post-guerra fría.

La reducción de los espacios soberanos de los países en lo económico y en lo político ya era un hecho diario. Es Somalia presenciamos por vez primera la abrogación total de la soberanía de un país del Sur. La CIA ha recomendado que Somalia sea convertida en un Protectorado de Naciones Unidas. Es decir, que vuelva a ser una colonia bajo tutela de la "civilización occidental". Si ahora es en Somalia, ¿la fórmula seguirá aplicándose en Sudán, Mozambique, Armenia, Bosnia, Haití...?

La acción en Somalia abre una nueva etapa en la guerra que el Norte ha emprendido contra el "desorden" multi-dimensional que existe en Africa, América Latina y Asia, por no mencionar el del Este Europeo, que ya forma parte del Sur.

Una guerra del Norte contra la pobreza -y no contra los pobres- del Sur sería inobjetable moralmente. Sería una justa retribución histórica de las viejas potencias colonialistas -incluyendo a los Estados Unidos-, que contribuyeron a la desintegración, militarización, empobrecimiento y establecimiento de dictaduras en muchos de nuestros países, especialmente en los de Africa.

La tragedia es que desde el Norte -y desde Washington en particular- se continúe pensando que los problemas del mundo pueden resolverse a punta de balazos, con nuevas doctrinas militares y con acciones punitivas contra los pobres.

Quiénes deben intervenir

Nadie con conciencia puede oponerse a una intervención estrictamente humanitaria y de carácter colectivo auspiciada por organismos internacionales con el fin de salvar del hambre a decenas de miles de personas inocentes. Idealmente, serían los propios países de la región - en este caso, los africanos - los llamados a conformar esa fuerza militar interventora que garantizara el suministro de ayuda de emergencia, contando para ello con la autorización del Consejo de Seguridad de la ONU y con el apoyo de la población civil local. Este no ha sido el caso de Somalia. Presenciamos un aparatoso despliegue militar del ejército de los Estados Unidos, pero bajo la bandera de Naciones Unidas y con la participación simbólica de otras naciones.

Al igual que en el Golfo Pérsico en enero/91, Estados Unidos asume el papel de gendarme internacional, relegando al Consejo de Seguridad de la ONU al papel de observador. La lógica es la mima que entonces: debe cumplirse con una tarea y solamente los Estados Unidos - el Pentágono - la puede llevar a cabo. Pero para llevarla a cabo efectivamente, los Estados Unidos deben tener el control de la operación y definir sus parámetros.

Los objetivos norteamericanos van más allá de lo estipulado en las resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU o de lo explicado públicamente como vía para reimponer el "orden" en Somalia. Lo triste es presenciar cómo el Consejo y el mismo Secretario General de la ONU, en vez de asumir la iniciativa y movilizar directamente a la comunidad internacional para que preste el apoyo material y político indispensable, incluyendo a los contingentes militares que pasarían a actuar bajo el mando de la ONU, no asumen las tareas militares, bajo la falsa premisa de que las decisiones políticas se tomarán a nivel multilateral.

Este es el sentido de la resolución de la ONU, que encomienda a los Estados Unidos el crear un "entorno de seguridad" (a secure environment) para la distribución de los alimentos, lo que en términos prácticos puede significar desde la "confiscación" de las armas de los combatientes somalíes hasta la instalación en Somalia de un gobierno y un ejército nuevos.

En otras palabras, a Estados Unidos y sólo a Estados Unidos corresponde definir la naturaleza y el plazo de la ocupación. Círculos diplomáticos de la ONU señalaron que Estados Unidos rechazó la insistencia de terceros países que pedían que se impusieran límites específicos a la presencia de las tropas.

¿Por qué no puso esos límites el propio Consejo? Este organismo cuenta con sus propias instancias y mecanismos coercitivos, pero el Pentágono se opone resueltamente a someterse a los mismos. De hecho, el operativo militar ya estaba en marcha cuando el Consejo votó "autorizándolo". La realidad es que en el nuevo mundo unipolar, las demostraciones de fuerza sólo las hace Estados Unidos y punto.

Algunos países no alineados y China - miembro del Consejo de Seguridad - lograron intercalar en la resolución del Consejo referencias al "carácter excepcional" de la situación de Somalia e insistieron en un mayor respeto a la autoridad del Consejo y del Secretario General, en cuyo nombre se actuaba.

Pero en realidad, ese esfuerzo no logró su cometido. La resolución aprobada por el Consejo el 3 de diciembre - de manera similar a la aprobada en el caso de Irak - contiene una peligrosa ambigüedad: da el visto bueno al esquema operativo unilateral concebido y organizado por el Pentágono y autoriza a Estados Unidos a utilizar "todos los medios necesarios" - es decir, la fuerza militar -, sin establecer límite de acción y de tiempo específicos, a la vez que aprueba "facilitar el proceso de solución política bajo los auspicios de la ONU".

Es cierto que ni las naciones africanas ni las mismas Naciones Unidas están en condiciones de correr con los gastos de una operación militar que controle los principales puertos, carreteras y aeropuertos de Somalia. Sin embargo, si los Estados Unidos se pusiera al día en sus cotizaciones a la organización mundial y asumiera junto con los demás países ricos del mundo el costo de esta operación, no sería tan aguda la dependencia que la ONU tiene frente al Pentágono.

Además, Estados Unidos no es el único país con los recursos y la capacidad militar necesarios. En su alocución del 4 de diciembre, el Presidente Bush invocó criterios logísticos para explicar el carácter eminentemente norteamericano de la operación, señalando que "solamente Estados Unidos tiene la capacidad de ubicar a una gran fuerza de seguridad en un lugar tan distante de manera rápida y eficiente". Sin embargo, tanto Francia como Gran Bretaña tienen también esa capacidad, puesta a prueba durante la guerra del Golfo y en el caso de Gran Bretaña, durante la guerra de las Malvinas.

Todo lleva a pensar que Estados Unidos necesita justificar y hacer ostentación de su condición de superpotencia y de país hegemónico. Un protagonismo europeo - o de la misma OTAN - o del Consejo de Seguridad y de los países africanos atentaría contra la nueva lógica de la unipolaridad.

¿Una nueva doctrina de intervención?

La intervención en Somalia tiene implicaciones aún más graves que las que se desprendieron de la intervención en el Golfo Pérsico. Washington proclama su papel de justiciero internacional, arrogándose el derecho de llevar a cabo lo que el Presidente Bush llamó "el trabajo de Dios", marginando en la práctica - no en la formalidad - los propios mecanismos establecidos por la Carta de Naciones Unidas para resguardar la paz internacional.

En el mundo actual, las crisis que requieren de "intervenciones humanitarias" se multiplican a diario. Pero éstas no causan crisis de conciencia en el Norte, salvo cuando están en juego intereses específicos y los medios de comunicación que representan a algunos de estos intereses obligan a los gobernantes del Norte a emprender acciones "decisivas". En Sudán, en Liberia, en Bosnia y en otros puntos el caos está a la orden del día y en Cambodia peligra el esfuerzo pacificador de Naciones Unidas ante la resistencia armada del ejército del Pol Pot. Pero los tiempos han cambiado: cuando Vietnam puso coto al genocidio en Cambodia en 1978, los países que ahora pregonan la intervención "humanitaria" invocaron furiosamente el principio de no-intervención.

La realidad es que ni los mismos gobernantes norteamericanos que deciden intervenir han terminado de elaborar su nueva doctrina de intervención. No articulan aún el discurso que venga a dilucidar cuándo sí o cuándo no se debe aplicar la "asistencia militarizada" a países en crisis. La doctrina Bush - dice The New York Times - "parece una receta para permanentes intervenciones de un desganado policía mundial, lo que hace necesario elaborar una definición más precisa".

Un peligroso precedente

Las consecuencias de todo esto son graves para la ONU. La operación humanitaria-militar más grande de la historia escapa de su autoridad y control y sienta un peligroso precedente en un mundo cada vez más azotado por el hambre. En la medida en que las operaciones pacificadoras o humanitarias dejen de ser multilaterales y no estén efectivamente subordinadas a instancias colectivas, las Naciones Unidas perderán credibilidad y, con ello, su potencial humanitario.

El precedente es peligroso porque a partir de un dictamen de Washington y del Consejo de Seguridad, debidamente reforzado con espeluznantes imágenes televisivas de niños hambrientos, Estados Unidos interviene en nombre de Dios y de las Naciones Unidas, haciéndolo realmente en defensa del "nuevo" orden, que no tolera el desorden y la inestabilidad nacidas de las injusticias que provocó el viejo orden.

Motivos de fondo: la despedida de Bush

La intervención en Somalia se produjo meses después de que la situación caótica que allí se vivía fuera denunciada por diversos países africanos, por organizaciones humanitarias internacionales y por el mismo Secretario General de la ONU.

Pero no fue hasta después de las elecciones norteamericanas que Washington decidió unilateralmente hacerse cargo de una operación humanitaria en este país, definiendo para ello hasta los últimos detalles, incluyendo el papel tangencial que debían jugar Naciones Unidas y terceros países. Parecieron fundadas las sospechas de que el Presidente Bush organizaba este gigantesco operativo policial como su apoteósica despedida del poder. Bush entraba en Somalia. Cómo salir de ese país sería problema de la nueva administración Clinton.

Los intereses del Pentágono

Nadie ignora que el complejo militar-industrial norteamericano está severamente cuestionado desde el colapso de la Unión Soviética y necesita redefinir su razón de ser en el mundo de la post-guerra fría. Gracias a la irresponsabilidad del régimen de Irak y a la desorganización europea ante la crisis en la ex-Yugoslavia, el Pentágono ha podido presentarse como tabla de salvación en el nuevo desorden mundial.

El mundo descubre así una imagen nueva: el humanitarismo tiene requerimientos militares que el Pentágono debe, puede y quiere suministrar. Si el Consejo de Seguridad de la ONU no puede montar sus propias operaciones humanitarias de gran escala, ese papel corresponde a las fuerzas armadas norteamericanas, que seguirán el control y diseño norteamericanos de la acción.

Un nuevo consenso interno en Estados Unidos

Probablemente, los asesores políticos del Presidente Bush llegaron a la conclusión de que un compromiso militar en Somalia no contribuiría positivamente a su campaña electoral. Después, ya era otra cosa. De hecho, Bush venía experimentando la presión de los medios de comunicación para que tomara cartas en el asunto de Somalia. Las presiones a favor de un mayor involucramiento en este país fueron convergiendo hasta forjar un consenso interno. Comenzó éste en la derecha norteamericana, que plantea dejar de lado a las Naciones Unidas y al concepto de soberanía, proclamando el derecho y "responsabilidad" que tiene hoy la única superpotencia mundial para terminar con la anarquía en cualquier parte del planeta donde sea necesario.

Lo grave es que desde posiciones liberales se hicieron también llamados a la intervención, conformándose así un nuevo consenso para esta nueva época, de manera similar al que existió durante la guerra fría, dando renovada continuidad a la agresividad de la política exterior norteamericana.

Las presiones desde la derecha y desde la "izquierda", buscan que la administración defina una nueva doctrina interventora que goce del consenso en la estructura de poder. Lo preocupante es que lo que se debate no es si intervenir o no, sino cómo, dónde y bajo qué circunstancias se debe intervenir.

Los grandes medios de comunicación, los intelectuales del sistema y el gobierno mismo parten de una premisa común a todos: la condición de única superpotencia impone a los Estados Unidos el "deber" y la posibilidad de rectificar los males del mundo, desde la depuración racial en la ex-Yugoslavia hasta el hambre de Somalia. Cobra así nueva fuerza el antiguo moralismo subyacente en la política exterior norteamericana que insiste en combatir al enemigo diabólico, aún cuando éste no se perfile ya tan nítida y monolíticamente como cuando existía el comunismo. "Un guante de terciopelo respaldado por el puño de hierro de la fuerza militar, un ejército de conciencia de las Naciones Unidas": fue la recomendación hecha en diciembre por el ex-Presidente Reagan.

Somalia, Sudán, Mozambique, Haití...

Toca ahora el turno a Somalia. Pero en Sudán, en Mozambique y en Liberia son también centenares de miles las víctimas de guerras y de desastres ecológicos que requieren de ayuda humanitaria. Si Estados Unidos se arroga el derecho de imponer soluciones y castigos divinos, ¿no estarán en peligro todas las fuerzas autóctonas que en estos u otros países - gobiernos o movimientos de liberación - luchan por resolver esos problemas? ¿Quién define los parámetros que determinan cuándo se justifica la intervención internacional?

¿Y qué tipo de intervención? Aunque por encima de la soberanía esté la vida de millones de seres humanos, siempre en estos casos corresponderá a la Cruz Roja Internacional el actuar en favor de las víctimas, pero sin tomar partido en el conflicto interno.

Para que sea efectiva, la intervención humanitaria debe asumir la forma de colaboración desinteresada y no la de imposición extranjera, como ha sido la pauta a lo largo de la historia en los países pobres, particularmente en aquellos que - como Somalia - tienen una estratégica ubicación geográfica por su proximidad al Medio Oriente. Independientemente de las buenas intenciones que puedan tener algunos círculos norteamericanos, la realidad es que no ha existido conflicto en el mundo en el que los Estados Unidos no intervenga interesadamente y tomando partido.

Las tropas norteamericanas podrán asegurar la entrega de algunos víveres a la población, pero el problema de fondo no es la carencia de alimentos sino las condiciones políticas que se agregan a las naturales para provocar la guerra interna, la carestía y el hambre. Problema de fondo es también el que provocan las políticas propiciadas por la AID norteamericana, que exige a los gobiernos de los países del Sur eliminar el subsidio a sus agricultores para hacerlos más dependientes de las exportaciones de alimentos de los países del Norte, donde sí se subsidia a los agricultores locales.

¿Nuevas Colonias y Protectorados?

Difícilmente, los interventores de hoy, colonialistas del pasado, resistirán a la tentación de imponer paternalistamente arreglos políticos en los países en donde dan su "humanitaria" asistencia. Pero en Somalia, como en el resto del Tercer Mundo, la presencia militar de blancas y cristianas tropas de antiguos países colonialistas no será acogida ni amistosamente ni por tiempo indefinido por una población nacionalista, negra, islámica y fuertemente armada. Los conflictos internos tenderán a agravarse con la presencia de fuerzas extranjeras.

Existe el peligro de que se esté abriendo una nueva etapa colonialista en la historia de la humanidad, en la que Estados Unidos - con el aval de Naciones Unidas - impondrá el estatus de Protectorado a las naciones "incapaces' de gobernarse a sí mismas. Eso recomendó la CIA en el caso de Somalia, coincidiendo con la opción mencionada por el Secretario General de la ONU, que sugirió que las Naciones Unidas formaran un gobierno provisional que organizara elecciones en ese país.

Ingobernabilidad y miseria: ¿por qué?

La lección es clara para el Sur: todo país sumido en un conflicto interno - justo o injusto - corre el peligro de ser recolonizado mediante la imposición de nuevos fideicomisos coloniales, similares a los implantados durante los períodos posteriores a la primera y segunda guerra mundial en territorios y pueblos no suficientemente "maduros" para la independencia y necesitados de administración extranjera.

Esta tendencia hacia la recolonización, ya no en nombre del comunismo sino del humanitarismo, asesta un nuevo golpe a los derechos de soberanía y de autodeterminación de los pueblos del Sur. El inicio fue político y en nuestro terreno: los conflictos internos de Centroamérica llevaron a la ONU a jugar en Nicaragua y en El Salvador un papel casi interventor. Pero, al menos, lo hizo la ONU con la invitación de los gobiernos, sin negar que éstos fueron presionados a cursar la invitación.

Después, en países como Mozambique y Angola se acordó la presencia de fuerzas civiles de la ONU, que son más que observadores o mediadores, y que han asumido facultades que, en otros momentos eran de exclusiva competencia nacional. El caso extremo ha sido el de Cambodia, donde Naciones Unidas - el Consejo de Seguridad - tomó prácticamente la dirección política del país. Se asume no sólo la administración del país, apoyando la implementación de lo acordado por las partes, sino también la tarea de empujar a las mismas a un acuerdo, comenzando con el desarme forzoso y no negociado.

Grave es también que se incremente el número de gobiernos de naciones del Sur que están abandonando la defensa de los principios de no-intervención y de libre determinación. Como parte de la ofensiva global del neoliberalismo, se propaga la noción de que la soberanía es un concepto del pasado. "Ya terminó la era de la soberanía absoluta y exclusiva. Se trata de una teoría que nunca fue realidad", dijo el propio Secretario General de la ONU en su informe Una agenda para la paz.

Pero la soberanía, el derecho a la libre determinación y los derechos humanos no son teorías sino ideales que forman parte del patrimonio del derecho internacional. Y es precisamente en función de las nuevas amenazas económicas y políticas - ahora también las nuevas modalidades de amenazas militares - que se hace imperativo resguardar el ideal de la soberanía, como condición de la misma democracia. No existen colonias democráticas.

Sin lugar a dudas, las emergencias de carácter humanitario requieren de respuestas extraordinarias de toda la comunidad internacional y especialmente de los opulentos países del Norte. Si todos formamos parte del mismo sistema global, es responsabilidad moral y política de los poderosos el dar solución a las calamidades sociales y políticas que muchas veces son consecuencia de los planes económicos que dictatorialmente ellos nos imponen.

No es el salvajismo primitivo o una tendencia ancestral a la violencia los que provocan la ingobernabilidad ni la miseria de las naciones del Sur. Son las recetas de desarrollo dependiente y de endeudamiento que el Norte nos aplica. Y aunque son cómplices del Norte las élites gobernantes locales, esto no puede nunca justificar que la alternativa a la soberanía en decadencia y a la crisis de pobreza generalizada sea la nueva mentalidad de unos "misioneros" que se arman para eliminar por la fuerza, soberanías y establecer protectorados.

Los interventores de siempre

Las intervenciones no son nada nuevo en la historia de los Estados Unidos. Lo nuevo es que ahora las puedan llevar a cabo con mayor cobertura legal, es decir con la anuencia del Consejo de Seguridad y bajo la bandera de Naciones Unidas. Esto no refleja la disposición de Estados Unidos a someter su actividad internacional al escrutinio de la colectividad internacional, sino su conciencia prepotente de ser la única superpotencia, sin contrapesos que se atrevan a cuestionar la medicina que concibe Washington para los males mundiales.

Las operaciones militares ofensivas emprendidas contra las agrupaciones somalíes difícilmente pueden calificarse de operativos de Naciones Unidas pues las fuerzas utilizadas son fundamentalmente norteamericanas. Tanto en la intervención inicial como en las más recientes ofensivas de aseguramiento, la tarea recae sobre los Estados Unidos, quedando relegadas otras fuerzas militares y la misma ONU al papel de "mantenimiento" de la paz. Al igual que en el caso de Bosnia o en el de la guerra del Golfo, Estados Unidos no está dispuesto a ceder el control directo - vía la OTAN - de las operaciones militares ni a ceder el poder de las decisiones políticas.

No se trata de atribuir todo esto a maquinaciones diabólicas del Pentágono. El problema es más de fondo en un mundo inestable, polarizado por el hambre y por las injusticias económicas, en el que la ONU pretende incrementar su actividad internacional mediante el recurso a sus fuerzas de paz. No basta la presencia moral o simplemente civil de la ONU para lograr la estabilidad. Y si lo que se impone es la presencia militar, al Consejo de Seguridad no le queda más que una capacidad simbólica o jurídica que, en última instancia, depende de la voluntad de sus miembros de aportar contingentes y logística militar.

En el caso en Somalia se plantea por vez primera que la ONU no se limita a un comportamiento defensivo sino que asume operaciones ofensivas contra pobladores insurrectos. Es un grave cambio cualitativo: se establece un nefasto precedente, al asumir la ONU tácticas imperiales que, en este caso y en otros futuros, son ejecutados por Estados Unidos, la potencia interventora por excelencia.

Un articulista de The New York Times se pregunta si las Naciones Unidas podrían montar de manera eficaz operaciones para el mantenimiento de la paz que no dependan del poder militar norteamericano. La respuesta la sabemos: es negativa. De hecho, donde Estados Unidos, por consideraciones internas, decide no intervenir militarmente - por ejemplo, contra las poblaciones blancas de la ex-Yugoslavia - simplemente no se produce ninguna intervención decidida por la ONU.

Estados Unidos continúa sin admitir ninguna intervención que no sea la suya. Y el organismo mundial continúa respondiendo desmedidamente a los vaivenes e intereses de la política interna de Estados Unidos. Así como consideraciones internas post-electorales llevaron a Bush a lanzar la intervención en Somalia, factores políticos internos también jugaron su papel en la decisión de Clinton de ordenar la ofensiva en Somalia. Al ser reprochado Clinton de ambivalente y débil ante la guerra en Bosnia y en general en toda su política exterior, le resultaba "políticamente rentable" una demostración de fuerza en Somalia.

Comentando la acción de la ONU, el Presidente Clinton insistió en que las acciones militares ofensivas en Somalia vendrían a fortalecer la credibilidad de la ONU. Desde la perspectiva de los pueblos del Sur, la realidad es otra: los masacrados son civiles y las tropas de la ONU están realmente bajo el mando del Pentágono.

¿Qué será de la ONU?

En este "nuevo orden mundial, la ONU puede llegar a ser percibida por las naciones del Sur como un instrumento de intervención colonialista amparada en las nuevas doctrinas neoliberales, que menosprecian el valor de la soberanía y la independencia nacional. Por su bien, la ONU, y particularmente su Consejo de Seguridad, debían mantener una clara diferencia con los Estados Unidos. Para una pequeña nación soberana no será nunca lo mismo buscar apoyo en un organismo internacional genuinamente imparcial que aceptar imposiciones unilaterales con disfraz multilateral.

A medida que medimos la gravedad de la unipolarización del mundo, crece el desprestigio de las operaciones multilaterales de la ONU. Lo ocurrido en Angola, donde las fuerzas reaccionarias de Savimbi se abanicaron con los resultados electorales y con la presencia militar de la ONU que los garantizaba; lo ocurrido en Bosnia, donde tampoco se ha podido frenar la matanza; o en Mozambique o en Cambodia, donde la ONU pretendió dictaminar la política interna, ha llevado a la ONU a perder gran parte del prestigio que pudo haberse ganado en El Salvador y en Nicaragua. De continuar aumentando la influencia del Pentágono y del Departamento de Estado sobre el Consejo de Seguridad, de continuar la sumisión a Estados Unidos del organismo internacional, la ONU de los 90 podría convertirse en la OEA de los 60. ¿La latinoamericanización del mundo?

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