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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 139 | Julio 1993
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Centroamérica

La tarea de la sociedad civil

Los doce días históricos vividos en Guatemala entre el autogolpe de Serrano y la elección de Ramiro De León Carpio nos ayudan a analizar las diferencias entre los procesos de democratización de Nicaragua, El Salvador y Guatemala. La sociedad civil centroamericana clama no sólo por nuevas políticas sino por políticos nuevos.

Juan Hernández Pico, SJ

Los doce días vividos en Guatemala entre el "autogolpe" del ex-presidente Serrano y la elección del presidente Ramiro De León Carpio pasarán a la historia de ese país. Y también a la historia de los pobres de Centroamérica. Para Guatemala han significado un florecimiento de la democracia. Es incierto aún si el jardinero que en esta coyuntura logró salvar de la podredumbre el árbol de la democracia tendrá la fuerza para abonar la tierra, fortalecer las raíces, podar las ramas y lograr que produzca frutos sanos, no sólo este año sino por muchos más años en el futuro.

El jardinero ha sido en realidad un equipo de jardineros. Varios de los mismos aparatos del Estado y una notable agrupación de organizaciones de la sociedad civil lograron unirse y movilizar a una parte no pequeña del pueblo de Guatemala. En esta sociedad mundial con la que se ha iniciado ya el siglo XXI, la reacción y la presión de la comunidad internacional, y especialmente de los Estados Unidos, se decantaron en favor de la democracia, uniéndose así a este improvisado equipo de fuerzas sociales y políticas guatemaltecas.

Estos doce días históricos de Guatemala nos ayudan, entre otras cosas, a analizar las diferencias entre los procesos de democratización de Nicaragua, El Salvador y Guatemala.

Nicaragua: poco desarrollo

En Nicaragua, una revolución triunfante de la izquierda armada contó con la unanimidad militante de un pueblo poco desarrollado en su sociedad civil. La transición hacia un socialismo de Estado, influenciado por el modelo cubano, llevó a grandes errores económicos, a la absorción del movimiento sandinista en un Estado-Partido, a la burocratización de este movimiento y al progresivo alejamiento del mismo de la sociedad civil.

La brutal intransigencia de los intereses imperiales de los Estados Unidos de Reagan y Bush magnificó los errores sandinistas y alimentó y financió una guerra campesina contrarrevolucionaria, que sirvió también a los intereses del improductivo capital nacional. La jerarquía de la Iglesia Católica no supo unir el fomento de la democratización con una apertura constructivamente crítica a las transformaciones históricas hechas por el sandinismo.

La transición al pluralismo político y a la alternancia democrática en el gobierno a través de elecciones se logró. El FSLN, partido estatizado, internamente no democrático -en contradicción con su proyecto de sociedad políticamente pluralista- pagó un alto precio por su derrota electoral e hizo retroceder un proyecto que fue esperanzador para los pobres de todo el Tercer Mundo.

La sociedad civil creció en organización durante el período sandinista, pero no superó la brecha entre la ciudad y el campo. En general, una revolución predominantemente urbana y veneradora de los grandes proyectos de industrialización, trató al campesinado productivo y a los artesanos de la pequeña industria urbana como menores de edad socialmente atrasados. Poco a poco, el fracaso del Partido-Estado sandinista cobró entre sus miembros el precio de la corrupción, mucho mayor que el de la derrota.

La historia avanzó en Nicaragua. Un país pequeño reclamó y ganó sus derechos ante el coloso imperial en la Corte Internacional de Justicia de La Haya y movilizó una inmensa solidaridad internacional. Pero la revolución quedó lejos de incorporar a las mayorías no organizadas a que participaran en la democracia y en el poder económico, a pesar de haber hecho una de las Reformas Agrarias más importantes de América Latina, que ha tenido continuidad, aunque no siempre financiamiento ni titularidad definitiva.

En Nicaragua vimos que la opción por los pobres, en formas de verdadera participación económica, política y cultural es una tarea a largo plazo, mucho más en el actual contexto internacional globalizado por el capital transnacional, que acumula monopólicamente ciencia y tecnología.

El Salvador: el cansancio

En El Salvador, los años 70 vieron un enorme desarrollo de la sociedad civil, sobre todo de su componente popular organizado. La conversión del Arzobispo de San Salvador, Monseñor Romero, en profeta, teólogo y pastor le dio a la sociedad civil acceso a la verdad, cercanía con las mayorías y una gracia histórica para desafiar a la riqueza monopolizada, al poder opresor y a la organización cupular y vertical, denunciándolos como idolatrías que causan la muerte de los pobres. Los escuadrones de D´Aubuisson asesinaron a Monseñor Romero y la jerarquía de la Iglesia Católica, excepto en la arquidiócesis de San Salvador, no siguió sus huellas y mantuvo sus divisiones.

Enfrentada a la militarización del Estado y de los sectores dominantes del capital, la oposición revolucionaria política-militar militarizó también las organizaciones de la sociedad civil o les aplicó la verticalidad de sus dirigencias. También aquí los intereses imperiales de los Estados Unidos de Reagan y Bush financiaron y tecnologizaron la militarización del Estado, encubrieron las brutales y sistemáticas violaciones de los derechos humanos y prolongaron la guerra provocando un mayor derramamiento de la sangre del pueblo.

La convocatoria a una "tercera fuerza social", lanzada por el Rector de la UCA, Ignacio Ellacuría, hoy mártir, fue secundada y desembocó en el Debate Nacional por la Paz y en el continuo aliento que la sociedad civil dio a las negociaciones de paz. Pero las negociaciones cupulares por la paz, de las que la sociedad civil estuvo prácticamente excluida, y el enorme cansancio por la prolongación del conflicto armado, encontraron al proceso de democratización plasmado en los Acuerdos de Paz desprovisto de la fuerza que da una sociedad civil activa, en su componente popular, capaz de hacer echar raíces a la cultura democrática en todas las dimensiones de la vida social. Por el contrario, la sociedad civil de la empresa privada muestra una enorme fuerza y emplea los medios de comunicación, conjuntamente con el gobierno, para frenar ese proceso de democratización.

La politización de la vida social - actualizada en la obsesión por el próximo proceso electoral - no asegura que haya en El Salvador de hoy hombres y mujeres que hayan llegado a ser políticos "nuevos" - además de políticos inteligentes - ni la contraparte de un protagonismo social de las mayorías. El corto plazo electoral podría incluso devorar el largo plazo de la humanización social y personal.

Guatemala: un florecimiento

En Guatemala, el movimiento armado revolucionario no ha tenido la fuerza ni las posibilidades coyunturales que tuvieron los movimientos armados revolucionarios de Nicaragua y El Salvador. Un ejército y un capital brutalmente eficientes - después del entrenamiento privilegiado que dieron los Estados Unidos del Kennedy contrainsurgente a los militares chapines - asesinaron a los principales líderes de la clase política democrática y masacraron al pueblo.

Sin líderes políticos de altura, los partidos entraron en picado en la polítiquería y la corrupción. Quedó a la sociedad civil en su componente popular la tarea de reivindicar la democratización y de integrar en ese proceso la reversión histórica de la conquista española, respetando la creciente identidad luchadora de las etnias indígenas. La Iglesia Católica logró unidad en su jerarquía y practicó, con modestia, sin un Romero pero con hombres inteligentes y enteros, una palabra profética y una cotidianidad pastoral de cercanía con los pobres y, entre ellos, con los indígenas.

Lo que aconteció en Guatemala en estos doce días históricos enseña algo: la insuficiencia del Estado y de las organizaciones político-militares para ejecutar procesos de transformación histórica sin el concurso de la sociedad civil. En su insignificancia histórica - todavía no se ve cómo fructificará este florecimiento de la sociedad civil - Guatemala, el pueblo que menos solidaridad internacional conquistó - por el eficiente encubrimiento que se hizo de tanta sangre y terror - refleja hoy en el mosaico de los pueblos centroamericanos en conflicto y en camino hacia la paz, el papel indispensable de la sociedad civil y de las mayorías en todo proceso de democratización. En él se juegan dignidad, respeto, compasión, desarrollo y justicia como caminos de liberación.

El desafío de la participación popular

Todas las revoluciones auténticas comienzan con una cuota altísima de participación popular de mayorías. El desafío es que esa participación encuentre cauces duraderos sin elitizarse, burocratizarse, apagarse, corromperse o ser cooptada.

En Centroamérica, la esperanza es que los políticos escuchen el clamor de las mayorías, que no sólo exigen nuevas políticas sino políticos nuevos. El reto es que las mayorías saquen la conclusión de que sin ellas ninguna organización política, ni el Estado ni cualquier partido, pueden gobernar. El potencial humanizante de la participación popular está todavía sin estrenar. Pero tanto en Nicaragua como en El Salvador y Guatemala la sangre de los mártires que echaron su suerte con los pobres creó el pozo de agua viva de donde el pueblo puede extraer su heroísmo cotidiano de participación responsable en la convivencia social.

La integración en cada uno de nuestros pueblos de los errores y los aciertos de los demás es una mutua fecundación que nos hace mucha falta. Esta fecundación es uno de los nombres verdaderos de la integración centroamericana.

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