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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 138 | Junio 1993
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Nicaragua

Una asignatura pendiente: desaparecidos de guerra

La guerra que asoló Nicaragua durante los años 80 dejó más de 150 mil víctimas, incluyendo muertos, discapacitados, viudas y huérfanos. Hay otras víctimas que no dejaron tras de sí más que un vacío: son los desaparecidos. Su número nunca se logró establecer con precisión.

Raquel Fernández

La prolongada guerra que asoló Nicaragua durante la década de los 80 dejó más de 150 mil víctimas, incluyendo muertos, discapacitados, viudas y huérfanos. Hay otras víctimas silenciosas, que no dejaron tras de sí más que la estela de un vacío que se pierde en la nada: son los desaparecidos. Su número nunca se logró establecer con precisión.

En un momento determinado, entre fines de 1989 y mediados de 1990, la Asociación de Madres de Familiares de Secuestrados y Desaparecidos de Nicaragua (AMFASEDEN) manejó documentación precisa de 867 personas secuestradas por la Resistencia y tuvo información confiable de otros 5 mil casos. Otras fuentes manejaban cifras superiores a los 10 mil secuestrados. No hay que sorprenderse de la enorme diferencia entre unas cifras y otras. La guerra se desarrolló casi exclusivamente en las zonas más apartadas del país, con una bajísima densidad de población y a donde no llega fácilmente el Registro Civil de las Personas ni ninguna otra forma de estadística social. Pero como un masivo porcentaje de los participantes directos en el conflicto eran jóvenes movilizados en el servicio militar, procedentes de los sectores urbanos o rurales del Pacífico, donde se da una mayor organización social, los datos oscilan entre la precisión de los desaparecidos mejor documentados - que son la minoría - y la presunción de los demás, que son la mayor parte.

El capítulo más trágico

El problema de los secuestrados-desaparecidos cuenta con una larga historia en Nicaragua. Durante la dictadura somocista fueron muchos los ciudadanos que desaparecieron sin dejar huella, especialmente durante las redadas que seguían a acontecimientos en los que el Somoza de turno se sentía amenazado.

Durante los 60 y los 70, por el crecimiento del accionar revolucionario, los casos de desaparición se multiplicaron, aunque la mayoría de las veces, al cabo de unos días, se encontraba el cadáver del desaparecido, con inequívocas señales de haber sufrido salvajes torturas. En Managua había dos lugares donde las familias de los desaparecidos, sobre todo las madres, peregrinaban cada mañana en la triste búsqueda, porque durante la noche camiones de la Guardia Nacional somocista iban hasta allí a botar cadáveres. Botar era la palabra, como si se tratase de basura. Estos dos lugares eran la orilla del lago Xolotlán, detrás del Teatro Rubén Darío y la Cuesta conocida como "del Plomo", en la carretera que bordeando la laguna de Asososca se dirige a Ciudad Sandino. Este lugar cambió su nombre por el de Cuesta de los Mártires, en recuerdo y homenaje de los jóvenes asesinados.

Después del derrocamiento de Somoza y durante un breve período de ensoñación, se creyó que la tierra nicaragüense descansaría de la guerra y que el drama de los desaparecidos no se repetiría nunca más. Pero fue precisamente durante los 80 cuando, como consecuencia de la guerra que enfrentó a sandinistas y a contras, el drama de los desaparecidos tuvo su peor y más largo capítulo.

Las madres de estos desaparecidos encontraron relativamente poco eco en la sociedad nicaragüense. Es cierto que recibían alguna atención, pero si se compara con el interés social que despertaban las madres de los caídos, los discapacitados y las demás víctimas de la guerra, se podría tener la sensación de que sus reclamos sonaban con sordina.

De hecho, el problema de los secuestrados-desaparecidos permaneció en los primeros años de la guerra en la penumbra. Para salir a la luz, aunque sin demasiado ruido, fue necesario que las madres de los maestros de la Brigada "50 Aniversario" que fueron secuestrados y "desaparecieron" se tomaran las instalaciones de la Cruz Roja demandando la reaparición de sus hijos.

La Brigada "50 Aniversario" fue un sueño que pronto se convirtió en pesadilla. Dos mil jóvenes voluntarios, tras seis meses de capacitación acelerada en Cuba como educadores, fueron destinados en 1985 a los lugares más inaccesibles del país, para sustituir a los maestros cubanos que allí trabajaban y consolidar los logros de la Cruzada Nacional del Alfabetización.

Por lo menos 17 jóvenes fueron secuestrados por los contrarrevolucionarios y sus madres, que sufrían el mismo dolor, se unieron para luchar por sus hijos. Pero no encontraron mucho eco. Como consecuencia, iniciaron una huelga de hambre en los locales de la Cruz Roja en Managua. Desgraciadamente, las madres de la Brigada no eran las únicas. El número de los secuestrados-desaparecidos crecía en cada parte militar y otras madres y familiares comenzaron a aglutinarse en torno al foco inicial de aquellas 17 madres.

La tortura de la esperanza

Nunca fue posible saber con precisión el número exacto de los desaparecidos. Las comunicaciones son muy difíciles en un país subdesarrollado, sin eficiente servicio de correos y teléfonos, peor en tiempos de guerra. Y más aún, sin un Registro Civil de las Personas confiable. En muchos casos, la primera manifestación oficial sobre la existencia de un ciudadano era la noticia de su secuestro.

"En Nicaragua es muy difícil hablar de estadísticas - afirma Sergio Caramagna, responsable nacional del Programa de Seguimiento y Verificación (PSV) de la CIAV (Comisión Internacional de Apoyo y Verificación) de la OEA -. No sólo estadísticas de población, sino de las cosas más generales, como tasas de mortalidad o morbilidad infantil. No hay cifras para el investigador social. Peor aún en el caso de una guerra, donde una misma familia se veía involucrada en los dos bandos. O donde ahora, con el fin de la guerra, hay gente que no quiere regresar a su familia, porque tiene una ideología opuesta a la suya y no quiere pleitos".

El atisbo de la paz con las primeras rondas de conversaciones de Esquipulas trajo nuevos bríos y esperanzas a las madres de los desaparecidos. En cada oportunidad insistieron ante el Presidente Daniel Ortega para que reclamara por sus hijos y parece ser que, en algunas oportunidades, sus nombres estuvieron sobre el tapete en la mesa de negociaciones. De hecho, en los acuerdos de Sapoá la Resistencia se comprometió a devolver a los secuestrados, cosa que nunca cumplió. Pero lo cierto es que las circunstancias no estaban ni siquiera para insistir en el desarme de la contra y las elecciones tuvieron que realizarse con los contras armados y atacando. ¿Cómo exigir el regreso de los desaparecidos?

Un largo viacrucis

Las madres intentaron insistentemente - pero sin éxito - ser recibidas por el Cardenal Miguel Obando y Bravo para que como Presidente de la Comisión Nacional de Reconciliación gestionase el regreso de los desaparecidos. Desde julio de 1988 y durante varios meses, todos los jueves se reunieron frente a la Curia Arzobispal de Managua para con himnos, cantos, rezos y lecturas bíblicas alusivas a las circunstancias, solicitar audiencia con el Cardenal. "Yo soy como el Buen Pastor - clamaba en una ocasión una madre de Jinotega -. Yo tengo otros hijos y los dejo en mi casa a seguro y me voy por el mundo adelante buscando el hijo que me falta y le pido a usted, Cardenal, que me ayude a encontrarlo".

El Presidente de la Asamblea Nacional, Carlos Núñez, fue alguien que dentro del aparato estatal manifestó verdadero interés y compasión por los secuestrados y por sus familiares. A iniciativa suya, se integró en el Legislativo una Comisión de Derechos Humanos ampliada cuyo objetivo fue recoger documentación precisa acerca de los desaparecidos para coordinar esfuerzos con los Parlamentos de los países centroamericanos en cuyos territorios se presumía podían encontrarse los secuestrados, especialmente Costa Rica y Honduras.

Todos los jueves por la tarde, cuando las madres regresaban de la manifestación ante la Curia Arzobispal, la Comisión se reunía a recibir testimonios que eran debidamente documentados ante notario público. La Asamblea giró órdenes para que estos servicios notariales fuesen gratuitos.

El trabajo fue esperanzador, pero amenazaba ser muy lento. Por ello, Núñez orientó que las pesquisas se iniciaran cuanto antes con la documentación recabada, para tratar de resolver por lo menos los casos que ya se tenían entre manos, cuyo monto crecía cada semana. "A ver si conseguimos que esta Navidad (la de 1988) por lo menos unas cuantas madres la celebren con sus hijos", manifestó Núñez a finales de septiembre. Pero el trabajo fue interrumpido por el huracán "Juana" que devastó el país los días 21 y 22 de octubre. Las exigencias de la emergencia nacional creada por el huracán más extraño de la historia de los huracanes, se llevaron las esperanzas de las madres y de los familiares de los que no aparecían.

Disparidad de cifras

Las madres nunca se dieron por vencidas, ni siquiera cuando las cifras entre las diferentes instancias fueron cada vez más dispares y delirantes. Durante las conversaciones de Sapoá (1988), cuando las madres reclamaban el regreso de más de 6 mil secuestrados, el General Humberto Ortega, que llevaba el peso de las negociaciones, manifestó su disposición de exigir el regreso de los mil que - según los servicios informativos del ejército - serían los verdaderamente desaparecidos.

Para entonces, la Resistencia aseguró tener solamente a 66 personas en sus diferentes campamentos o cárceles, cifra que fue considerada casi un insulto por las madres. Pero cuando el gobierno sandinista les demandó a por lo menos esos 66, tampoco los entregaron.

Mientras tanto, la Comisión Nacional de Protección y Promoción de los Derechos Humanos (CNPPDH) había llegado a tener documentación concreta sobre unos 900 casos. La Cruz Roja tenía la de otros 500 más y el ejército reclamaba a otros 90. En total, mil 500 personas aproximadamente, de las que había datos y documentación precisas y otras 5 mil de las que había noticias confiables.

La hora de la desmovilización

Tras la derrota electoral del FSLN en 1990, hubo un momento de esperanza de que aparecieran los hijos, liberados por fin de su prisión o convertidos en contras que se desmovilizaban o, por último, se vislumbró la posibilidad de ubicar sus tumbas para darles cristiana sepultura.

Con el apoyo de la CIAV-OEA, comisiones de madres viajaron varias veces a los centros de desmovilización. En una de esas misiones, realizada en junio de 1990, Alvaro Argüello, sacerdote jesuíta, las acompañó hasta el campamento de El Almendro. "Las madres iban en búsqueda de sus hijos, para saber alguna noticia, porque se decía que muchos de los secuestrados se habían unido a la contra y querían ver si estaban entre los desmovilizados. O si alguien, por allí, les daba alguna razón - recuerda el padre Argüello -. Yo las acompañé en mi calidad personal, como sacerdote, porque las madres consideraban que los trámites ante la CIAV serían más eficaces si en la comisión iban personas como yo. Todas las madres iban bien preparadas con identificaciones y retratos".

El campamento de El Almendro quedaba a casi cuatro horas en vehículo todo terreno desde Managua, en el recodo de un gran río. La desmovilización tuvo lugar en pleno invierno y el terreno estaba fangoso. En el potrero, la CIAV había instalado unas casas de campaña que funcionaban como oficinas y almacenes y en el poblado se aglomeraba la gente que venía bajando y se ubicaba donde podía, mientras se resolvían sus papeles.

"Era un trajinar de gente que llegaba a desmovilizarse y de camiones que salían llevando a los desmovilizados a sus lugares de origen bajo mucha lluvia. Las madres iban fijándose en todos los jóvenes que veían, los que iban a desarmarse y los que volvían a sus hogares después de la desmovilización, fijándose a ver si reconocían en alguno de ellos a sus hijos desaparecidos hacía años. Ese era el ambiente sicológico de ellas, de mucha ansiedad, de mucha angustia", relata el sacerdote.

En aquel momento se decía que había dos copias de todos los registros de los desmovilizados. Una, en poder de la CIAV y otra que guardaba "Franklin" personalmente. Sin embargo, durante la entrevista que las madres sostuvieron con "Franklin" en aquel viaje, el jefe de la Resistencia manifestó su disposición de ayudar, pero dijo que no tenía esas listas en sus manos, que estaban en el cuartel general de Honduras. La realidad es que esos documentos y esas listas nunca llegaron a manos de AMFASEDEN que, sin embargo, facilitó sus propias listas de desaparecidos a la CIAV, que sí los cotejó con las propias.

Los que no volvieron

El padre Argüello cuenta que mientras se realizaban las diferentes gestiones, tuvo la oportunidad de conversar con algunos de los jóvenes que estaban desmovilizándose. "Todos muy jóvenes, entre los 17 y los 22 años, todos campesinos. Todos ellos con deseos de regresar a su casa, de buscar el medio de regresar. Es lo que más me quedó de esas conversaciones que sostuve de manera informal: todos con un gran deseo de retornar a sus lugares de origen".

El deseo del regreso era generalizado. Sin embargo, hay un número indeterminado de personas, que oscila entre mil 500 y más de 6 mil, que no sólo no han regresado, sino que tampoco han dado señales de vida de ninguna forma.

"Y esa falta de señales es preocupante -señala el sacerdote-. Tanto que nos llevaría a la conclusión de que la desaparición es definitiva. No hay otra explicación, porque si estuviesen vivos, hubieran dado alguna señal de vida. Podría ocurrir que un pequeño porcentaje prefiera no volver a relacionarse con su familia, por diferentes motivos, pero cuando se trata de tantas personas las que no dan señales, es evidente que han muerto".

Las listas de desaparecidos que manejaba AMFASEDEN y las listas de desmovilizados de la contra elaboradas por la CIAV fueron debidamente cotejados y se pudo ver que, por lo menos, 100 nombres se repetían. Esa repetición de nombres hizo creer a ciertos sectores de la opinión pública que todos los secuestrados-desaparecidos no habían desaparecido, sino que se habían pasado a la contra.

Diego Beltrán, actualmente responsable del Programa de Seguimiento y Verificación en las Regiones II, III y IV (León-Chinandega, Managua y Carazo-Rivas-Masaya-Granada), quien en aquel momento se movía en las regiones más calientes de la guerra y de la desmovilización, explica que se hizo todo un trabajo para ubicar a esas personas. Pero al contactar a los desmovilizados cuyos nombres coincidían con los de las listas de secuestrados, se comprobó que en ningún caso se trataba de la misma persona.

Beltrán manifiesta que le pareció detectar un porcentaje muy pequeño de personas que no deseaban reportarse a sus familiares. "Es una situación lamentable. Sería un porcentaje ínfimo, pero parece que existe. Seguramente problemas políticos u otro tipo de diferencias que desconocemos, les llevaron a alejarse de sus familias".

Los funcionarios de la CIAV conocen múltiples variantes que explican la "desaparición" de personas. Una, muy frecuente, es la del muchacho del SMP que, al ser secuestrado y para salvar su vida, fingió pasarse a la contra esperando una oportunidad para regresarse con armas y bagajes a las filas de sus compañeros sandinistas. Pero, a consecuencia de la inexperiencia y la impaciencia por el regreso, no supo esperar lo suficiente como para inspirar confianza a sus secuestradores. Resultado: un balazo por la espalda cuando creía estar sólo a unos pocos metros de la libertad.

Otra variante es la del joven del SMP que, después de ser secuestrado, se dejó convencer por la contra y se integró de buena fe en sus filas, para posteriormente morir en combate contra sus antiguos compañeros de armas. También hubo casos de picaresca: personas que vivían en áreas controladas por el sandinismo, pero querían irse con la contra y se ponían de acuerdo con algún cabecilla que operase por los alrededores para que lo secuestrara con lujo de violencia. Posteriormente, sus familias continuaban el montaje teatral pese a estar al corriente de las verdaderas circunstancias, para evitar represalias de los sandinistas.

Los desaparecidos de la contra

No sólo los sandinistas tuvieron desaparecidos. También la contra los tuvo. Según datos facilitados por Rodolfo Ampié, Director Ejecutivo del Centro Nacional de Planificación y Administración de Polos (CENPAP), la base de datos que manejaba la Resistencia, fueron más de mil los desaparecidos de ambos lados, de los que lograron resolver 600 casos. Nos dijo también que actualmente ya no se ocupan de eso, porque hay otras prioridades y otras emergencias. Ampié explica la ausencia de una organización similar a AMFASEDEN en la contra "porque cuando los sandinistas estaba prohibido organizarse".

Violeta Guevara, de la Asociación Nicaragüense Pro-Derechos Humanos (ANPDH) no pudo dar cifras ni aproximadas de la cantidad de desaparecidos de la contra porque, según ella, cada día cambiaba el número: secuestraban a unos y aparecían otros. No queda claro si la ex-Resistencia está haciendo algo para averiguar el paradero de sus desaparecidos o no quiere informar sobre el asunto o, simplemente, no sufrió el drama de los secuestrados.

Se descontinúan las pesquisas

Después de las expectativas originadas con la desmovilización, las pesquisas languidecieron y entraron en un período de olvido. Las madres y su angustia fueron sustituidas por otras angustias más inmediatas: la arremetida de la economía neoliberal acabó con amistades, solidaridad y apoyo mutuo.

El Frente Sandinista, que nunca se había interesado con mucha pasión por este asunto, lo olvidó por completo. Inmerso en sus propias contradicciones internas, tampoco tuvo tiempo para la compasión y la solidaridad hacia los desaparecidos y sus familiares. Cuando se comprobó que algunos de los secuestrados cuyo paradero se conoció con precisión se habían pasado a la contra, eso pareció justificar el olvido por el destino de todos.

Durante el I Congreso del FSLN (julio/91), una sola vez, una sola voz casi anónima, se alzó demandando que se continuaran las investigaciones por los desaparecidos, pero ante la ausencia de respaldo a la propuesta, la voz enmudeció. No salió del Congreso una comisión con el mandato de buscar, vivos o muertos, a los miles de desaparecidos, porque ese tema humano ya no interesaba, aunque las madres estaban en la puerta, esperando, como siempre.

Después de la derrota electoral, y en el período de transición, la asesoría legal de la Asamblea Nacional ayudó a las madres de desaparecidos a obtener su personería jurídica. Posteriormente, cuando el FSLN estaba ya en la oposición y en minoría, la bancada sandinista tuvo noticias de que las madres estaban viajando a Honduras, a Costa Rica y al norte de Nicaragua para desenterrar fosas. Desde entonces, no se volvió a dar seguimiento o apoyo a AMFASEDEN.

Neoliberalismo vs. solidaridad

"Desgraciadamente, la nueva situación económica y política ha hecho que se tienda un velo sobre esta situación y ya muy pocas personas traten de recordar y revivir todo ese dolor - comenta Jorge Samper, de la Asesoría Legal de la bancada sandinista en la Asamblea Nacional -. Pero aunque en este momento no hay una actividad como bancada en este asunto, creo que se debe restablecer la relación con las madres y continuar el trabajo".

Otro problema tuvo que soportar AMFASEDEM, además de las desconfianzas políticas. Se susurra que algunas personas hicieron de la búsqueda de sus familiares un "modus vivendi" y que hasta se lucraron enormemente. Teniendo en cuenta que quienes realizaban las actividades de denuncia y búsqueda eran muy pobres, que lo dejaron todo abandonado para emprender esta lucha por sus familiares y los familiares de las demás, nada tiene de extraño que hayan recibido apoyos económicos. En cuanto al lucro, hubiera sido algo milagroso. Las ayudas percibidas por la Asociación nunca fueron muchas ni grandes y las integrantes son tan pobres que todo lo que llegaba se repartía demasiado rápido como para hacer posible la acumulación por parte de alguien. No había espacio ni materia prima para el enriquecimiento personal desmedido.

Una llamita de esperanza

La situación económica y la indeferencia social casi acaban con AMFASEDEN. En marzo de este año estuvieron a punto de correrlas por falta de pago de la minúscula oficinita que ocupan como sede y que sirve como sala de juntas, archivo, oficina y hasta como cocina para calentar en un reverbero la comida que llevan las madres de sus casas para aguantar todo un día de maquinaciones en búsqueda de los hijos. Y eso cuando tienen para comer, porque a veces ni para la comida les alcanza. Pero allí permanecen, con el estómago vacío, por si hubiese alguna noticia de los hijos.

Cuando se vieron en la calle, las madres recurrieron por primera vez en mucho tiempo al Frente Sandinista y el ex-Presidente Daniel Ortega se comprometió a asumir el pago del alquiler de la oficinita. Por lo menos de ese rinconcito ya no las van a correr.

Por su parte, Victor Hugo Tinoco, coordinador del Comité Departamental del FSLN de Managua, que apoyó a las madres en sus gestiones para evitar que las corrieran, considera que es difícil que se retome esta búsqueda, porque algunos consideran que entorpecerá los esfuerzos por la reconciliación que se trata de consolidar y la política de perdón y olvido que se dice que se quiere implementar.

Pero, ¿es posible perdonar a quien no quiere ayudar a encontrar la verdad, es posible edificar la reconciliación sobre la mentira? Es más fácil reconciliarse y perdonar al asesino de un familiar que a quien ni siquiera se sabe si fue asesino o no, si fue carcelero, torturador o cómplice. Se dice que el pasado es necesario olvidarlo, pero para olvidar hay que saber primero. Y una asignatura pendiente que involucra a miles de seres humanos sufriendo no puede engavetarse asegurando que no es importante, que hay otras prioridades.

Por ahora, las madres siguen gestionando por sus hijos, escribiendo a organismos internacionales de derechos humanos y quitándose de comer para pagar el correo. Y no es exageración. O tratando de sensibilizar a todas las posibles instancias religiosas, humanitarias, partidarias y gubernamentales. Y lo hacen a pie, arrastrando reumas, dolencias y nietos que no saben si son huérfanos o no. Porque son ancianas y no les alcanza ni para el pasaje del bus. Pero hasta escribir cartas se les está poniendo difícil, porque ya se les agota la papelería membretada y no tienen dinero para reponerla...

"El sandinismo perdió esta guerra"


"Tenemos una deuda con los familiares de los secuestrados-desaparecidos, pero no existe en este momento ninguna actividad concreta para resolver este problema. La realidad es que es casi imposible esclarecer efectivamente todo lo que ocurrió, porque aquí se ha tratado de echar un manto a todo lo que fueron y son atropellos contra el sandinismo. El sandinismo, aunque no perdió militarmente, como consecuencia de las presiones de los Estados Unidos y por la derrota electoral, en los hechos perdió la guerra. Y ya se sabe que el que pierde la guerra es el que tiene menos posibilidades de que se le haga justicia o de que se reivindique la justicia de su lucha".
(Vilma Núñez de Escorcia, Presidenta del Centro Nicaragüense de Derechos Humanos (CENIDH)).

"Una de las formas más crueles de tortura"

"En cualquier circunstancia que se dé la desaparición es una de las formas más crueles de tortura que se puede dar, porque no afecta solamente al que la sufre - al que se priva del derecho a la libertad, a la vida y hasta a una sepultura digna - sino que también se violan los derechos de los familiares, que vivirán por el resto de sus días con esa eterna angustia. Nosotros recibimos testimonios de madres que decían que ni siquiera dormían, porque cada vez que les tocaban la puerta ya les parecía que era su hijo que regresaba escondido o de manera clandestina. Ese es un drama humano difícil de imaginar, que sólo el que lo sufre en carne propia puede entenderlo".(Vilma Núñez de Escorcia, Presidenta del Centro Nicaragüense de Derechos Humanos (CENIDH)).


"Las mujeres nicaragüenses son extraordinarias"


"Al hablar de este tema de los desaparecidos, tenemos que hacer un extraordinario reconocimiento a la abnegación de la mujer nicaragüense.

Si no fuera por las características culturales, especiales y extraordinarias de la mujer nicaragüense, en algunos casos sería muy difícil hablar en Nicaragua de núcleo familiar.

La mujer asume la responsabilidad total del hogar, de la coherencia del hogar, de mantener a los hijos, desde el punto de vista de los lazos afectivos y también desde el punto de vista económico. Hay en esto un arquetipo que, desgraciadamente, orienta a mucha gente y que tendrá que ser superado para alcanzar la paz: el arquetipo del guerrillero. Para los jóvenes, el modelo de comportamiento sigue siendo hacer la guerra.

Eso es lo que les da relevancia y significación social. Menos se habla del papel inmenso que juega la mujer nicaragüense en la guerra y en la paz.

Se trata de un papel anónimo, callado, que nunca grita, que no se expresa ruidosamente. Hemos comprobado que cuando logramos incorporar a la mujer en algún proyecto de apoyo a la población de post-guerra, esos proyectos avanzan de forma excepcional, porque su capacidad de trabajo, su energía, su capacidad de organización y de poner todo en función de la colectividad y de la convivencia comunitaria son extraordinarias".


(Sergio Caramagna, responsable nacional del Programa de Seguimiento y Verificación (PSV) de la Comisión Internacional de Apoyo y Verificación (CIAV) de la Organización de Estados Americanos (OEA)).

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