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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 133 | Diciembre 1992
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Guatemala

Me llamo Rigoberta Menchú y así comenzó mi lucha

La primera entrevista que dio Rigoberta Menchú es un libro: "Me llamo Rigoberta Menchú y así me nació la conciencia". Las últimas entrevistas a Rigoberta son de 1992, con ocasión del Nobel de la Paz. Envío transformó en entrevista algunos contenidos del libro y seleccionó frases significativas de las últimas entrevistas.

Equipo Envío

Pasaron diez años en la vida de lucha de Rigoberta y cuando ya esta mujer es una figura en todo el mundo, resulta revelador volver a aquel gran libro para entender mejor quién es esta indígena maya-quiché y qué es lo que su palabra y su imagen representan en los foros internacionales. Sabiendo de dónde viene podremos valorar a dónde va su mensaje. Escuchando a Rigoberta, celebramos la justa indemnización que 500 años después Europa le hizo a nuestra América con ese Nobel de la Paz.

Rigoberta, ¿dónde se desarrolló tu infancia? ¿Cuál es el paisaje de tu niñez?

- Yo viví en el Norte del Quiché, cerca de Chajul. Pueblos que tienen largas historias de lucha. Desde el pueblo de Uspantán el camino es de seis leguas hasta llegar a mi casa, a la aldea Chimel, donde yo nací. Mi tierra es casi un paraíso de todo lo lindo que es la naturaleza. Es montañoso, es un lugar donde se daba mucho mimbre. Mis padres se ubicaron allí desde el año 1960 y allí llegaron ellos a cultivar la tierra. Pero no sólo vivimos en el altiplano, en El Quiché. También trabajábamos muchos meses del año en las fincas. En las fincas en donde crecieron mis padres crecimos también nosotros. Son todas las fincas ubicadas en la costa sur del país, parte de Escuintla, Suchitepéquez, Retahuleu, Santa Rosa, Jutiapa, donde se cultiva más que todo el café, algodón, cardamomo y caña de azúcar. El trabajo de los hombres era más el corte de caña, donde ganaban un poco mejor. Pero, ante las necesidades, había épocas del tiempo que todos, hombres y mujeres, entraban cortando caña de azúcar. Y de un principio, mis padres tuvieron duras experiencias. Mi padre contaba que únicamente se alimentaban de yerbas del campo, pues. Que ni maíz tenían para comer.

Lo que me recuerdo de mi vida es a partir de los cinco años. Desde pequeños bajábamos siempre a esas fincas, a los cortes y cuatro meses nos quedábamos en la pequeña casita que teníamos en el altiplano, en Chime. Ibamos a los cortes de café o también limpias de café y también a fincas en la costa sur donde hay algodón, en esas grandes extensiones de tierra que tienen unas cuantas familias, los terratenientes. Yo tuve cinco hermanos mayores que yo y cuando estábamos en esas fincas, yo vi morir a mis dos hermanos mayores. Precisamente por falta de comida, por la desnutrición que nosotros los indígenas sufrimos. Muy difícil que entre nosotros una persona llegue a tener los quince años, así con vida. Cuando uno está en pleno crecimiento y no tiene nada que comer y se mantiene con enfermedades, se complica la situación.

Trabajé desde niña pero no ganaba dinero

- ¿Cómo era el trabajo en la finca y cómo murieron tus dos hermanos allí?

- Yo trabajé desde niña en las fincas pero no ganaba dinero, sino que ayudaba más a mi mamá, ya que mi mamá tenía siempre un niño y a mi hermanito había que cargarlo cortando café y todo. Entonces me daba mucha pena ver el rostro de mi madre cubierto de sudor y que no podía ajustar su tarea y yo tenía que ayudarle. Cortaba con ella o cuidaba al hermanito para que mi madre abundara su trabajo. Pero mi trabajo no era pagado. Ya cuando cumplí los ocho años empecé a ganar dinero en la finca. Fue cuando me propuse hacer una tarea de treinta y cinco libras de café al día. Y me pagaban veinte centavos por la tarea. Y hay veces que yo no hacía la tarea en el día. Si yo hacía las treinta y cinco libras, entonces ganaba los veinte centavos al día, pero si no, al día siguiente tenía que seguir ganando los mismos veinte centavos.

Cuidadosamente teníamos que trabajar. Eso sí que desde niños me recuerdo que es una de las cosas que a mí me enseñó a ser muy delicada: era como tratar a un herido cortar café. Un año, quince días teníamos de estar en una finca de esas de café cuando se muere el segundo de mis hermanos, de desnutrición. Se llamaba Nicolás. Se murió cuando yo tenía ocho años. Era el hermanito más perqueño de todos, era el niño que llevaba mi mamá en brazos cuando cortaba café. Tenía ya dos años. Empezó a llorar y a llorar y a llorar, no sabía mi mamá qué hacer con él. Estaba bien hinchadito del estómago por toda la desnutrición que tenía y mi mamá tampoco le daba buena atención, porque si no, le quitaban el trabajo en la finca. El primero de mis hermanitos que ya había muerto en la finca, que era el mayor, se llamaba Felipe. Yo nunca lo vi. Me contaron que se murió cuando mi madre empezó a trabajar. Habían fumigado el café con el avión, como acostumbran hacerlo los dueños mientras nosotros trabajamos. Entonces mi hermanito, de desnutrido que estaba, no aguantó el olor de la fumigación y se murió intoxicado.

"He sufrido el marginamiento en lo más profundo"

- Y la vida en Chimel, tu aldea, ¿también era dura?

- Algo sí. Desde los nueve años yo empecé a trabajar con azadón en el campo, con mi papá. Yo casi era un hombrecito. Rajaba leña con hacha, con machete. Y en el altiplano casi no teníamos agua cerca. Para ir a acarrear agua teníamos que caminar como cuatro kilómetros. Entonces, eso también multiplicaba el trabajo de nosotros. Pero estábamos contentos porque es el tiempo en que sembrábamos el poco maíz y ese maíz nos alcanzaba para comer.

Había muchas veces que sobrevivíamos en el altiplano y no bajábamos a las fincas porque en el campo teníamos muchas yerbas para comer. El año en que teníamos un poquito de maíz y un poquito de tortilla, pasábamos muy bien arriba. La tierra estaba muy fértil y nos daba mucho frijol, pero casi no comíamos nosotros, porque todo el frijol que mi mamá recogía tenía que llevarlo al mercado para comprar jabón, para comprar un poco de chile. Chile, yerbas como ayote o chilacayote, y tortillas: casi sólo era eso nuestra comida todo el tiempo.

Nosotros somos muy marginados. Yo en mi casa, he sufrido el marginamiento hasta lo más profundo, lo más hondo de mi ser, pues a nosotros los indígenas nos dicen sucios, pero es la misma situación que nos obliga. Por ejemplo, para lavar la ropa, si tenemos tiempo cada semana, cada domingo vamos al río a lavar toda la ropa y esa ropa nos tiene que durar para toda la semana, porque no tenemos tiempo de lavar y tampoco tenemos jabón. Entonces, es así como dormimos con la misma ropa, nos levantamos al siguiente día a componernos un poco y al trabajo, pues.

Nosotros jamás conocimos juguetes comprados, juguetes de plástico. Pero conocimos la naturaleza. Nuestra vida fue diferente a la de niños de otras sociedades. Jugamos con la naturaleza. Nuestros abuelos tenían un respeto profundo a la tierra, a los árboles, a los animales.

"Los indígenas hemos ocultado nuestra identidad"

- En tu cultura maya, cada niño que nace tiene la protección de un animal. ¿Nos hablas de eso?

- Sí, todo niño nace con su nahual, es como su sombra. Van a vivir paralelamente y casi siempre es un animal el nahual. Es algo importante. Se le enseña al niño que si se mata un animal, el dueño de ese animal se va a enojar con la persona, porque le está matando al nahual. Todo animal tiene un correspondiente hombre y al hacerle daño, se le hace daño al animal.

El nahual está determinado por el día del nacimiento, cada día tiene un nahual. Para nosotros y para nuestros antepasados existen diez días sagrados. Esos diez días representan una sombra. Esa sombra es de algún animal. Hay también árboles. Por ejemplo: son nueve perros los que representan un nahual. O son tres caballos. No se sabe el número de cada animal. O sólo lo saben nuestros papás al nacerles el niño.

Nosotros los indígenas hemos ocultado nuestra identidad, hemos guardado muchos secretos, por eso somos discriminados. Para nosotros es bastante difícil muchas veces decir algo que se relaciona con uno mismo, porque uno sabe que tiene que ocultar esto hasta que garantice que va a seguir como una cultura indígena, que nadie nos puede quitar. Por eso yo no puedo decir cuál es mi nahual, porque es uno de nuestros secretos.

- ¿Y cómo integraste tu religión maya con la religión católica?

-Es que no todos los sacerdotes católicos son gente que no ve la realidad y el sufrimiento del pueblo. Hay muchos que aman al pueblo y a través de su amor al pueblo aman también a cada uno de nosotros para poder ser como una luz para el pueblo. Conocimos de esos en mi lugar. Mi padre fue huechajal de la iglesia y después se casó y tuvo sus hijos y aceptó muy bien lo que es la Acción Católica.

El nos enseñaba que existe un Dios, que hay un Dios, y que tenemos que tener otro medio, adorando a los santos. Pero no es adorar a los santos, a las imágenes, sino que es una expresión. Por ejemplo, tener la imagen de la tierra, que es madre, es importante. La tierra es creada por un padre, un único Señor, al igual que los santos, que fueron los antepasados.

Nosotros nos expresamos por medio de nuestros dibujos. Por ejemplo, de nuestros huipil, de nuestro traje, como una imagen de los antepasados. Sería como un santo en la Acción Católica. Allí es un poco donde está la mezcla de la cultura nuestra y de la religión católica. Nos sentimos muy católicos, porque creemos en lo católico, pero al mismo tiempo nos sentimos muy indígenas, orgullosos de nuestros antepasados. En un principio, para mí, exactamente lo católico era algo que no entendía, pero sin embargo, estaba dispuesta a desarrollarme. Entonces, yo empecé a enseñar la doctrina a la comunidad. Más que todo mi tarea era enseñar catecismo a los niños.

"Yo tenía un gran miedo a la vida"

- Y del paso de la niñez a la adolescencia, ¿que recuerdas?

- Yo me sentía desgraciada en la vida porque pensaba qué sería de la vida de uno cuando fuera grande. Pensaba en toda la niñez, en todo el tiempo que había pasado. Siempre había visto llorar a mi madre, muchas veces escondido, pues nunca nos enseñaba cuando ella tenía grandes penas. Pero siempre la encontraba llorando en la casa o en el trabajo. Yo tenía un miedo a la vida y me decía: qué será cuando yo sea más grande.

Uno de los terratenientes pedía a mi papá que yo fuera sirvienta de él. Mi papá decía no. Y estábamos en la misma problemática con mi hermana mayor. Y ella se decidió. Mi papá estaba muy preocupado porque nunca eran sus intenciones que nosotros fuéramos sirvientes en la capital. Tenía miedo que nosotras perdiéramos todas las cosas que ellos nos enseñaron desde pequeños. Al mes mi papá fue a buscar a mi hermana y me dijo cuando regresó: 'Tu hermana está bien, pero sin embargo, está sufriendo mucho, porque el trabajo ya no es igual que nuestro trabajo y porque la tratan como una basura en la casa de un rico'. Entonces yo decía que no importa que la traten mal, pero ella puede aprender el castellano, puede leer. Eran mis ambiciones.

No había cumplido los trece años cuando me fui de sirvienta a la capital. No conocía cómo es probar un par de zapatos. Yo no hablaba el castellano, pero entendía algo. Por todos los caporales que nos mandaban, que nos maltrataban y que nos daban las tareas. Muchos de ellos son indígenas, pero no quieren hablar la lengua como nosotros.

La primera noche en la casa que servía yo, no sabía qué hacer. La comida que me dieron fue un poquito de frijol con unas tortillas bien tiesas. Tenían un perro en la casa, un perro bien gordo, bien lindo, blanco. Cuando vi que la otra sirvienta sacó la comida del perro, iban pedazos de carne, arroz, cosas así que comieron los señores. A mí eso me dolía mucho, mucho, que el perro había comido muy bien y que yo no merecía la comida que mereció el perro. La señora de la casa estaba para regañar harto todos los días. Sólo controlaba y después se dormía en su cama.

"Primero mataron a nuestros animales"

- ¿En que momento empezó a ponerse difícil la cosa para ustedes en la aldea?

Cuando yo era jovencita. Mi padre luchó años defendiendo, la tierra, librando su heroica lucha contra los terratenientes que querían despojarnos de la tierra, a nosotros y a los vecinos. Cuando nuestra pequeña tierra ya daba cosecha después de muchos años y el pueblo tenía ya grandes cultivos, aparecieron dos terratenientes: los Brol. Dicen allá que fueron más famosos por lo criminal de lo que fueron los Martínez y los García.

Nos echaron la primera vez de las casas el año 1967. Nos echaron de la aldea, de la casa. A todos los vecinos nos sacaron las cosas. Nosotros los indígenas no usamos trastos especiales. Usamos nuestros trastos de barro. Salvajemente entraron los guardaespaldas de los García. Eran también indígenas. Soldados de la finca. Sacaron a todos de sus casas. Primero nos sacaron a la gente, a toda, y sin permiso de entrar en la casa. Luego entraron a sacar todas las cosas de los indígenas. En ese tiempo guardaba mi mamá sus collares de plata, recuerdos de sus abuelitos y nunca apareció más todo eso. Todo se lo robaron. Después nuestros trastos, nuestras ollas de barro, los sacaron. Desde lejos los tiraban y llegaban al suelo y ya estaban quebrados todos.

Mataron a nuestros animales. Mataron a muchos perros. Y para nosotros los indígenas, que maten a un animal es como si también hubieran matado a una persona. Nosotros estimamos mucho todas las cosas que hay en la naturaleza. Eramos las personas más angustiadas desde que esas gentes nos quisieron quitar la tierra. Eso era por lo que abuelo lloraba amargamente y decía: 'Antes no había un solo dueño de la tierra, ¡la tierra era de todos!' Estuvimos muy poco tiempo fuera de la casa después del segundo despojo que nos hicieron. La tierra quedó vigilada por los guardaespaldas de los García.

Pero no abandonábamos las tierras. Era el pensamiento de la comunidad. Mi papá la representaba en esa lucha. Mi papá se entró a los sindicatos y tuvo ese apoyo. Así fue cuando lo agarraron preso, por primera vez, y lo acusaron como un hombre que abusaba de la soberanía del país. La soberanía de la tranquilidad de los guatemaltecos la ponía en peligro. Así es cuando lo meten a la cárcel. Yo tenía un año de ser sirvienta. Estuvo preso un año y dos meses y logramos sacarlo. Y él salió con tanta gana, con tanta fuerza de luchar.

- ¿Y entonces fue cuando te nació la conciencia...?

- Tiempos eran en que no me dormía pensando cómo sería después y cómo sería si todos los indígenas nos levantáramos y les quitáramos la tierra y la cosecha y todo a los terratenientes. ¿Sería que nos matarían con armas? Hacía grandes sueños. Mis sueños no fueron vanos. Mis sueños llegaron cuando nos organizamos todos.

Desde el 77 mi padre fue clandestino. A mi padre no hubo necesidad que le explicaran tanto lo que es organizarse. Eran muchos campesinos que estaban pensando cómo iban a formar el Comité de Unidad Campesina, el CUC. Mi padre venía de vez en cuando para saludarnos. Para nosotros era muy triste pensar que mi papá no podía vivir ya en casa. Y la comunidad empezó a sufrir mucho, porque lo querían como a un padre.

Fue entonces cuando nos pusimos a pensar, con la ayuda de otras gentes, otros compañeros, que nuestros enemigos no eran únicamente los terratenientes que vivían cerca, ni mucho menos únicamente los terratenientes que nos habían obligado a trabajar violentamente y no nos pagaban bien. No nos estaban matando ahora, sino nos estaban matando desde niños, desde pequeños, a través de la desnutrición, el hambre, la miseria. Empezamos a pensar cuáles eran las raíces de la problemática. Y daba una conclusión: que la raíz de nuestra problemática venía de la tenencia de la tierra. Las mejores tierras no las teníamos nosotros en nuestras manos, las tenían los terratenientes. Cada vez que nosotros descubrimos nuevas tierras, nos tratan de despojar o robarnos en otra forma.

A finales del 77 fue cuando yo decididamente me integré a un grupo más formal, que era el de campesinos de Huehuetenango. Eran campesinos muy secretos que bajábamos a las fincas. Y mi padre seguía trabajando en todo esto. Mi padre nos decía: 'Hijos, hay ricos y pobres. Los ricos se han hecho ricos porque quitaron todas las cosas de los antepasados y, al mismo tiempo, se alimentan de nuestro sudor. Ya empezamos a ver más claras las cosas. Y a organizarnos todos en la comunidad.

Los niños tenían que ser como gentes adultas. Las mujeres teníamos que actuar como mujeres de la comunidad, junto con nuestros padres, con nuestros hermanos, con nuestros vecinos. Todos, todos, nos teníamos que unir. Hacíamos reuniones. Empezamos por solicitar una escuela para nuestra comunidad. No había escuela. Juntamos firmas. Yo andaba metida en todo eso. Claro, era una mujer un poco clave por el hecho de que estaba aprendiendo el castellano y el hecho de que era conocida por los curas, conocida por otros amigos de mis papás. Yo pedía y sacaba ayuda por dondequiera. La gente decía: 'Es hija de don Vicente'. Y ya todos sabían. Así nos iniciamos.

"Fue muy importante para mí aprender a distinguir a los enemigos"

- Fue un elemento importante para mí cuando aprendí a distinguir a los enemigos. Entonces, el terrateniente era un gran enemigo para mí. El soldado también, era un enemigo criminal, pues. Y los ricos, en general. Empezamos a emplear el término enemigos. Porque en nuestra cultura no existe un enemigo como el punto a que han llegado esa gente con nosotros, de explotarnos, de oprimirnos, de discriminarnos, sino que para nosotros, en la comunidad, todos somos iguales. Todos tenemos que prestar servicios unos a otros. Todos tenemos que intercambiar nuestras cosas pequeñas.

No existe algo más grande y algo menos, pero nos dimos cuenta que en Guatemala existía algo grande y algo menor, que somos nosotros. Que los ladinos se disponen como una raza mejor. Hubo un tiempo en que dicen que los ladinos dudaban que nosotros éramos gente, que éramos una clase de animal. Todo eso llegué a clarificarlo en mí misma. Así fue cuando yo me entregué al trabajo y me dije: tenemos que derrotar al enemigo. Empezamos a organizarnos, no tenía nombre nuestra organización. Todos empezamos a recordarnos de las trampas de nuestros antepasados. Dicen que hacían trampas en sus casas, hacían trampas en el camino, cuando llegaron los conquistadores, que eran los españoles. Nuestros antepasados eran combativos, eran gentes, mentiras lo que dicen los blancos que nuestros antepasados no supieron defenderse.

Cuando empezamos a organizarnos, empezamos a emplear lo que habíamos ocultado. Nuestras trampas. Nadie lo sabía porque lo habíamos ocultado. Nuestras opiniones. Llega un cura a nuestras aldeas, todos los indígenas nos tapamos la boca, las mujeres nos cubrimos con nuestros rebozos y los hombres también tratan de agachar la cabeza. Hacer como si no pensáramos nada. Pero cuando estamos entre nosotros los indígenas, sabemos discutir, sabemos pensar y sabemos opinar. Lo que pasa es que como no nos han dado el espacio de palabra, no nos han dado el espacio de hablar, de opinar y de tomar en cuenta nuestras opiniones, nosotros tampoco hemos abierto la boca por gusto.

Cuando se trata de defender nuestra vida, nosotros estamos dispuestos a defenderla aunque tengamos que sacar a luz nuestros secretos. Así es como se considera que los indígenas son tontos. No saben pensar, no saben nada, dicen. Pero sin embargo, nosotros hemos ocultado nuestra identidad porque hemos sabido resistir, hemos sabido ocultar lo que el régimen ha querido quitarnos, ya sea por las religiones, ya sea por las reparticiones de tierra, ya sea por las escuelas, ya sea por medio de libros, ya sea por medio de radios, de cosas modernas. Nos han querido meter otras cosas y quitar lo nuestro. Pero no lo han logrado.

- Ya organizados todos en la familia, ¿cómo sigue la lucha de ustedes?

- Mi padre salió de la cárcel el 77. De vez en cuando llegaba a visitarnos. El no podía caminar ya por caminos. No podía viajar en camionetas sino que tenía que atravesar grandes montañas para llegar a la casa, porque era posible que el ejército o los terratenientes se encargaran de asesinarlo. Ese año se incorporó al CUC. Era cuando se estaba fundando. De hecho, el CUC ya estaba como una organización oculta, pero salió a la luz pública en mayo de 1978, cuando ya podía resistir como organización.

Ya entra el 79. Nosotros impulsábamos grandes tareas en la costa sur y en el altiplano, dirigiendo la lucha de los demás. La organización ya no era una semilla pequeña. Ganó el corazón de la mayor parte de los guatemaltecos. Y la mayor parte somos indígenas campesinos, o son ladinos pobres campesinos.

En el poco tiempo en que nos veíamos, mi padre me contaba su experiencia y decía: 'Cuando llegó el momento en que yo soy dirigente de un pueblo entero y tengo que atender ladinos e indígenas, yo no sé leer ni escribir, tampoco sé exactamente el castellano. Me he sentido un hombre inválido. Pero sin embargo, lo que yo reconozco es mi experiencia y hay que compartirla con todos'. Eso me confirmaba cada vez mi claridad, que mi justa razón de lucha era borrar todos esas imágenes que nos han metido, las diferencias culturales, las barreras étnicas.

En el 79, cuando me integré al CUC, me tocó actuar en muchas regiones y empecé a ser líder de la organización. Bajaba a diferentes lugares y así es como me tocó vivir con diferentes etnias del altiplano. Viajaba por diferentes lugares, dormía en diferentes casas de compañeros. Lo más doloroso para mí era que no nos entendíamos.

Ellos no podían hablar el castellano y yo no podía hablar su lengua. Hay 22 lenguas indígenas diferentes en Guatemala. Me sentía cobarde ante todo esto, porque yo decía: ¿cómo es posible? Esta es una barrera que han alimentado precisamente para que los indígenas no nos uniéramos, para que los indígenas no discutiéramos nuestra problemática.

Empecé a aprender el mam, empecé a aprender el cakchiquel y el tzutuhil. Tres lenguas que me propuse aprenderlas y además tenía que aprender al castellano. No lo hablaba bien, ¡me confundía! Tampoco sabía leer ni escribir. Para mí aprender el castellano significaba que tenía que oir y memorizarlo, como casette. Fue un tiempo de confusión para mí.

"Aprendí a leer y a escribir en documentos con dibujos"

- Los documentos donde yo aprendí parte del castellano y aprendí parte a leer y a escribir, fueron documentos con dibujos, con monitos, con gráficos. O sea, no era letra, porque la letra no tenía mucho significado para mí y no entendía lo que quería decir. Las monjas también me enseñaron a leer y a escribir y a hablar el castellano. De muchas religiosas guardo muchos recuerdos, porque me han ayudado.

Me han tomado de la mano como una niña, pues, que tenía que aprender muchas cosas. Y las aprendí. Aprendí que hay una lucha porque los indios todos nos comprendamos lo mismo, aunque tengamos diferentes expresiones de religión o de creencias, pero la cultura es la misma. Descubrí que los indígenas tenemos algo en común, a pesar de las barreras idiomáticas, las barreras étnicas, las diferencias de trajes. Que nuestra cultura es el maíz. Y ya fui mujer estudiada, no en el sentido de tener un grado, mucho menos de saber leer tantos libros, pero había leído toda la historia de mi pueblo, toda la historia de mis compañeros indígenas de las diferentes etnias.

- ¿Y tu vida personal? ¿No te enamoraste en estos años?

- Yo tenía un novio en todo este tiempo. Y llega un momento en que él ambicionaba muchas cosas en la vida, quería tener una casa buena para sus hijos y vivir tranquilo. Eso era todo lo contrario de mis ideas. Nos conocíamos de niños, pero desgraciadamente él abandonó el pueblo, tuvo que irse a la ciudad, se hizo obrero y ya pensaba diferente que yo y que mi pueblo. Entonces, cuando empecé con mi convicción revolucionaria, tuve que definir dos cosas: la lucha o el novio. Hacía grandes conclusiones, porque yo quería al compañero y yo veía los sacrificios de él por mí.

Era un noviazgo ya más abierto que el que hacen mis gentes a través de mi cultura. Entonces, llegó un momento en que yo estaba entre dos cosas, o él o optar por la lucha de mi pueblo. Y llegué a eso, pues: que tuve que dejar al novio con dolor y sentimientos, pero decía que tenía mucho que hacer por mi pueblo y no necesitaba una casa bonita mientras que mi pueblo vivía en condiciones de horror como en las que yo nací y crecí. Así es cuando yo me separé por un lado y él por otro. Seguí la lucha y estoy sola. Llegará un momento en que las condiciones sean diferentes. Cuando todos seamos, quizás no felices estando en una buena casa, pero por lo menos no veamos más a nuestras tierras llenas con sangre y el sudor.

"Mi hermanito fue el primer torturado en mi familia"

- Perdiste a muchos miembros de tu familia en esta lucha...

- Mi hermanito fue la primera persona torturada en mi familia. Fue en 1979. El tenía dieciséis años, era el secretario de la comunidad y fue el único que quedó cuando tuvimos que irnos de la comunidad, todos perseguidos, cada uno a sus tareas. Es que a mi familia el gobierno nos dio la imagen como si fuéramos monstruos, como si fuéramos extranjeros. El gobierno nos acusaba de comunistas y de ser la mala cizaña. Para no exponer a la comunidad, tuvimos pues que ir a diferentes lugares. Pero mi hermanito se quedó. El 9 de septiembre de 1979 fue secuestrado. El se llamaba Patrocinio Menchú.

Unas señoras que se dieron cuenta nos contaron después lo que le hicieron al capturarlo. Cuando llegó al campamento del ejército, después de la gran caminata, mi hermanito ya no se veía como persona, estaba todo deshecho por los golpes que le dieron en el camino. Después, allí campamento lo sometieron a grandes torturas para que dijera dónde estaban los guerrilleros. Día y noche le daban grandes dolores. Le amarraban los testículos atrás con un hilo y le mandaban a correr. Lo dejaban en un hoyo donde hay lodo, desnudo toda la noche. Estuvo con muchos cadáveres en el hoyo donde él no aguantaba el olor de los muertos.

Allí donde estuvo reconoció muchos catequistas que también habían sido secuestrados en otras aldeas y que estaban en pleno sufrimiento como él estaba. Allí mi hermano estuvo más de dieciséis días en torturas. Le cortaron las uñas, le cortaron los dedos, le cortaron la piel, quemaron parte de su piel. Muchas heridas, las primeras estaban hinchadas, infectadas y él seguía viviendo. Le daban comida para que resistiera y no se muriera de los golpes.

No podíamos hacer nada para salvarlo. Si íbamos a reclamar a los militares, inmediatamente nos secuestraban a nosotros. Ese era nuestro dolor. El 23 de septiembre los militares sacaron boletines por las aldeas: llamaban a toda la gente para que asistiera a un castigo público de unos guerrilleros que habían capturado. Decía el boletín que el que no fuera a presenciar el castigo, era cómplice de los guerrilleros. Fue en Chajul el castigo. Fuimos todos, papá, mamá y todos mis hermanitos. Mi madre tenía casi cien por ciento seguro que su hijo iba a llegar allí. Cuando llegamos había mucha gente y había aparatos, tanquetas, jeeps, había todas las armas del ejército. Después entraron tres camiones del ejército, el del medio era el que llevaba a los torturados. Todos andaban uniformes del ejército. Pero veíamos las caras monstruosas, irreconocibles. Pero mi mamá va reconociendo al hermanito, que allí iba entre todos.

Unos casi casi estaban en agonía. Mi hermanito casi no se podía parar. Todos llevaban en común que no tenían uñas, les habían cortado partes de las plantas de los pies. Iban descalzos. Los obligaron a caminar delante de todos nosotros y los pusieron en fila. Se caían inmediatamente.

Y estando todos los torturados así, en su agonía, se vuela su rollo el oficial, donde dice que nos teníamos que conformar con nuestras tierras, nos teníamos que conformar con comer nuestros panes con chile, pero que no teníamos que dejarnos llevar por las ideas de los comunistas. Casi repitió, si no me equivoco, cien veces "comunistas". Cada pausa que hacía en su discurso, levantaban a los torturados con culatazos, con sus armas. Nadie podía salir del círculo del mitin. Todo el mundo estaba llorando. Cada vez que cuento esto, no puedo aguantar las lágrimas porque para mí es una realidad que no puedo olvidar y tampoco para mí es fácil contarlo. Mi madre miraba a su hijo. Mi hermanito casi no nos reconoció. O quizá. Mi madre dice que sí, que todavía le dio una sonrisa.

Como a la mitad del discurso, sería como una hora y media o dos horas ya, el capitán obligó a la tropa a que le quitara la ropa de los torturados para que todo el mundo se diera cuenta el castigo si nos metíamos en comunismo. El capitán se concentró en explicarnos cada una de las torturas: esto es perforación de agujas, esto es quemazón con alambres... Todos no llevaban parte de la lengua, la mujer que allí estaba no tenía orejas, no tenía la punta de uno de sus pechos y el otro lo tenía cortado.

Nosotros llorábamos, no sabíamos qué hacer. Mi madre casi expuso la vida de ir a abrazar a su hijo. Mi papá, yo lo veía, increíble, no soltaba una lágrima, sino que tenía una cólera. Después, llamaron a los kaibiles, los más criminales del ejército, y ellos les echaron gasolina a cada uno de los torturados. La tropa se encargó de prenderles fuego a cada uno. Cuando empezaron a arder sus cuerpos, algunos todavía empezaron a pedir auxilio.

Así mataron a mi hermanito. Y allí fue precisamente donde a mí, en lo personal, se me concretiza mi fe de decir: si es pecado matar a un ser humano, ¿por qué no es pecado lo que el régimen hace con nosotros? Mi padre decía: 'Yo de viejo seré guerrillero, pelearé a mi hijo con las armas'. Sacamos conclusiones de que lo importante era organizar al pueblo para que el pueblo no tuviera que sufrir lo mismo que nosotros, la película negra que tuvimos con mi hermanito. Mi mamá decía: 'No se trata de llorar sino que se trata de pelear'. Se hacía una mujer dura. Cada quien en mi familia tomó su decisión por su lado. Yo me fui.

"Mi papá murió por una misma lucha"

- Poco después también se murió tu papá...

- Por una misma lucha. Mi papá me recomendaba mucho que yo estuviera presente el mes de enero de 1980 en la capital, que en enero iba a haber una actividad en la capital pidiéndole al régimen que respondiera por la situación en que vivimos. Iba a ser otra manifestación, donde íbamos a estar estudiantes, obreros, sindicatos, campesinos, cristianos. Y todos íbamos a protestar contra la represión que había en El Quiché. Mi padre me mandó a decir la fecha de la manifestación y yo estaba comprometida. Sería, pues, el 31 de enero. Ese día hubo varias actividades de lucha. Mi padre con otros 21 campesinos que venían de Nebaj y de Cotzal estuvo entre los que tomaron ese día la embajada de España.
El objetivo era precisamente informar al mundo entero de lo que pasaba en Guatemala, denunciar, reclamar. Yo no estaba en la capital ese día.

Bueno, ya se sabe lo que hizo el ejército: le dieron fuego a la embajada y fueron quemados todos los que tomaron la embajada. Lo único que se pudo sacar fueron sus cenizas. Allí murió mi papá. De mi parte, no era lamentar la vida de mi padre. El estaba claro que su vida tenía que darla. Para mí no fue tanto dolor de aceptar la muerte de mi padre: era una alegría porque mi padre no tuvo grandes penas como las que yo me imaginaba que iba a tener si caía vivo en manos del enemigo. Pero sí me dolía mucho, mucho, la vida de él y la de muchos compañeros, buenos compañeros que murieron con él y que ni siquiera ambicionaban un pedazo de poder.

Yo estaba loca por ir a la ciudad cuando llegó la noticia de la quema de la embajada, ir siquiera a conocer la tumba de mi padre, pero ante la situación, había tantas cosas que hacer todavía con el pueblo, que entonces tomé la decisión de no ir. No importa, decía yo, habrá muchos compañeros que nos toque enterrar, entonces el cariño será para todos y no únicamente para mi padre.

No fui a la capital. Los hechos en que murió mi papá marcaron tanto mi vida personal como la vida de muchos compañeros. Pasamos a una etapa nueva de la lucha. Después de la toma de la embajada fue cuando empezamos a unirnos con todos los sectores de los dirigentes que cayeron allí. Y empezamos a platicar. Yo participé ya en el CUC como una dirigente.

- Háblanos más de don Vicente Menchú, tu padre, y dirigente del pueblo indígena de Guatemala...

- Yo me siento orgullosa de mi padre. Fueron pocas las veces que estuvimos junto a él, pero por más corto el tiempo que estuvo con nosotros, con su enseñanza, todos aprendimos muchas cosas de él. También la comunidad. Yo no tuve toda la oportunidad, pero tuve más que mis hermanos, de estar cerca de mi papá, pues. Desde pequeña empecé a viajar con él a la capital. Había veces que yo dejaba el trabajo en la finca por acompañar a mi papá a la capital o otros lugares. Entonces, él platicaba conmigo, me explicaba las cosas. Cuando no teníamos qué comer o que yo tenía que aguantar hambre con él, me explicaba el por qué.

Era cuando todavía yo no ganaba. Entonces mi papá me decía que para ganar un centavo, algo que nosotros conocíamos muy bien, que teníamos que hacer un poquito de sacrificio para poder lograrlo. Ya cuando fui grandecita, mi papá se lamentaba mucho así: 'Desgraciadamente, si te pongo en una escuela, te van a desclasar, te van a ladinizar y eso no quiero para ti y por esta razón te pongo'. Mi padre a mis hermanos también los quería, pero por mí, sentía el mismo cariño que yo le tenía, le quería mucho y cualquier cosa, si me dolía el estómago, iba con mi papá en lugar de irme con mi mamá. Platicaba todo conmigo. Por ejemplo, cuando íbamos a trabajar, armaba conmigo una plática como si estuviera platicando con un vecino. Me tenía mucha confianza y me explicaba un montonón de cosas. Yo atrás de mi papá. Y lo que me gustaba es que mi papá nunca se quedaba descansando. A veces llegaba a casa y había que componer un poco los árboles que estaban cerca de la casa para que las gallinas se durmieran en la noche. Entonces mi papá se subía encima de los árboles y me decía: 'Si te quieres venir conmigo'. Y yo le daba la mano para que me subiera encima de los árboles.

En mis tareas con la comunidad, con la organización, mi papá siempre me sacaba de muchos clavos y por eso me hizo tanta falta cuando mi papá se murió, a pesar de que hacía mucho tiempo que no nos veíamos. El me sacaba de las dudas. Mi papá era muy paciente, no era enojado. Todas las veces que nos corregía, hablaba con nosotros. A pesar de que fue huérfano, que no tuvo un papá que le enseñó ni le educó, ni mucho menos una madre, y que otras gentes trataron de enseñarle malas cosas, odio y rechazo, él solo hizo su vida y fue un hombre muy completo en lo humano.

"Mi madre fue comida por animales, así la mataron"

- ¿Y tu mamá? ¿Que pasó después con ella?

- Cuando mi madre regresó al pueblo y a escondidas fue a comprar cosas para la comunidad, la secuestraron el 19 de abril del 80. Si mi madre regresó al altiplano fue precisamente porque de mi aldea cayeron más de ocho compañeros vecinos entre los quemados en la embajada de España. Eran muy activos, eran los mejores de la aldea. Entonces mi madre decía: 'Yo regreso a mi tierra porque mi comunidad me necesita en estos momentos'. Mi mamá casi no habló el castellano, pero hablaba dos lenguas, el quiché y un poco el kekchí. Mi mamá fue muy respetada en la comunidad. Era comadrona y curandera.

Después de lo que pasó mi hermanito y mi papá, mi mamá decía que con su vida, con su testimonio vivo, trataba de decirles a las mujeres que tenían que participar como mujeres para que cuando llegara la represión y cuando nos tocara sufrir, no sólo sufran los hombres. Ella estaba clara como si fuera una mujer de tantas teorías y con tanta práctica. Así mi mamá empezó a recorrer muchos departamentos, organizando, y tuvo muchos pegue en muchos lugares. No había necesidad de reuniones para llegar a hablar con mi mamá, sino que ella llegaba a las casas, platicaba y trabajaba torteando y dando su experiencia. Era así su trabajo: contaba su experiencia y ayudaba a la gente en el trabajo. Juana Tum fue su nombre.

Desde los primeros días de su secuestro, mi mamá fue violada por los altos jefes militares del pueblo. Después estuvo en grandes torturas, pero mi madre no dio ninguna declaración, se hizo la disimulada en todas las cosas. Ella hacía como si no sabía nada. Ella defendió hasta lo último a cada uno de sus hijos. Y al tercer día que estaba en torturas le habían cortado las orejas. Las primeras torturas que recibió le dieron grandes heridas que estaban infectadas. Desgraciadamente, le tocaron todos los dolores que a su hijo le tocaron también.

Cuando ya estaba en agonía, el oficial mandó traer la tropa médica y le metieron inyecciones y bastante suero para que resurgiera nuevamente. Cuando estuvo un poco bien le daban comida. Después de eso, la empezaron a violar nuevamente. Aguantó mucho, no se moría. Y cuando empezó a estar nuevamente en agonía nos mandan a llamarnos a sus hijos. Pero no fuimos. Nadie de nosotros se presentó. Era para agarrarnos. Pero supimos lo que le hicieron. La pusieron en exhibición de modo que nosotros comprobáramos que estaba en las manos de ellos.

Los militares la llevaron a un lugar cerca del pueblo, donde había muchos montes. Mi esperanza era que mi madre muriera junto con toda la naturaleza que ella tanto adoraba. La llevaron debajo de un árbol y la dejaron allí viva, casi en agonía. Más de cuatro o cinco días estuvo allí, aguantando sol, aguantando lluvias. Como todas las heridas de ella estaban abiertas, ya tenía gusanos en ellas. Llena de gusanos, hinchada de todo su cuerpo, pero no moría. Cuando por fin murió, los militares todavía se pararon encima de ella, se orinaron en la boca de mi madre cuando ya estaba muerta. Después dejaron allí la tropa permanente para que nadie de nosotros recogiera ni siquiera sus restos. Con el perdón de los animales, yo creo que ni los animales actúan así, como actúan esos salvajes del ejército.

Mi madre fue comida por animales, por perros, por zopilotes. Durante cuatro meses, los militares montaron allí una vigilancia, hasta que vieron que no había ninguna parte de los restos de mi madre, ni sus huesos. Los militares abandonaron el lugar cuando ya no había nada de ella. Nosotros no la vimos, nos contaron todo esto. Un hermano me dijo:'No hay que exponer la vida'. De todos modos, la miráramos en sus torturas o no, iban a matar a mi madre, como también nos iban a matar a todos nosotros.

- ¿Cómo superaste estos golpes, tan duros y tan seguidos?

- Era un dolor mi caso, pero yo pensaba en los muchos casos, en los muchos niños que no podían decir o no podrían después contar su historia como yo. Yo me decía: no soy la única huérfana que existe en Guatemala, hay muchos, y no es mi dolor, es el dolor de todo el pueblo. Ya después tuve ocasión de estar con una de mis hermanitas y me decía que ella era más fuerte que yo, que enfrentaba mejor la situación, porque llegaba un momento en que yo perdía hasta incluso la esperanza. Yo le decía: ¿cómo es posible que mis padres no existan, que ni siquiera fueron asesinos, ni siquiera supieron robar una cosa del vecino y que después les tocara eso?

Eso me llevaba a una vida difícil, en que muchas veces no podía creerlo y no podía soportarlo. Incluso yo deseaba vicios. Yo decía: si fuera una mujer viciosa, quizá me quedaría tirada en la calle con los vicios para no pensar y soportar todo esto. Fue muy lindo mi encuentro con mi hermanita. Tenía ella doce años y me dijo: 'Lo sucedido es señal de triunfo, eso es una más de nuestras razones de luchar. Tenemos que actuar como mujeres revolucionarias. Un revolucionario no nace a causa de algo bueno, nace a causa de algo malo, de algo doloroso. Esto es una de nuestras razones. Tenemos que luchar sin límites, sin medir lo que nos toca sufrir o lo que nos toca vivir, sin pensar que nos tocan cosas monstruosas en la vida'. Y cabalmente, me hacía confirmar y me hacía ver mi cobardía como mujer de no aceptar muchas veces todo eso. Entonces, fue muy alimentadora para mí.

"Si me encontraban me iban a matar"

- Y te fuiste de Guatemala el exilio...

- Si me encontraban, me iban a matar. Y algunas personas trabajaron para que yo pudiera salir del país, para que pudiera estar en otro lado. Llegó así el momento de salir, algo que nunca soñé. Me sacaron los compañeros por avión hacia México. Me sentía la mujer más destrozada, más deshecha, porque yo nunca imaginé que me tocara un día tener que abandonar mi patria por culpa de todos esos criminales. Pero también tenía la esperanza de regresar muy pronto. Regresar a seguir trabajando, porque yo no quería suspender ni un solo momento mi trabajo. Porque yo sé que sólo puedo levantar la bandera de mis padres si también me entrego a la misma lucha que ellos no acabaron, que ellos dejaron a medias. Mi causa no ha nacido de algo bueno, ha nacido de algo malo, de algo amargo.

Un hermanito murió intoxicado en la finca, otro hermanito murió de hambre. Mataron a mi papá, mataron a mi mamá, mataron al hermanito con él que yo era inseparable. Y cómo los mataron. En 1983 el ejército mató a mi hermano Víctor con su esposa y dos de sus hijos. Otro hermano y una hermana están desaparecidos hace años. Han matado a mis seres más queridos y yo tomo también entre los seres más queridos, a los vecinos que tenía en mi pueblo. Así es que mi opción por la lucha no tiene límites ni espacio.

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