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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 125 | Abril 1992
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Estados Unidos

Bush: entre la espada económica y la pared electoral

Una encuesta de The New York Times y de la cadena CBS Mostró a un 81% de estadounidenses opinando que la economía va "más o menos mal" o "muy mal". Ante esta realidad, el Presidente Bush, sus oponentes en la campaña electoral y el Congreso no hacen más que poner paños calientes haciendo creer que curan la profunda enfermedad económica que padece el país.

Equipo Envío

La situación de la economía enmarca el debate político de Estados Unidos en este año de elecciones presidenciales. El desempleo, las miles de familias sin techo que viven en las calles y en los parques, la caída de los salarios y la creciente espiral en los costos de los servicios de salud están en el centro de la preocupación de cada vez mayor número de familias estadounidenses.
El reciente anuncio de la General Motors de que eliminaría 74 mil puestos de trabajo y cerraría 21 fábricas en Estados Unidos y Canadá en los próximos tres años es sólo un signo de que puede estar en marcha una gradual recuperación, los problemas económicos de fondo no han sido afrontados. De hecho, las pérdidas de los "tres grandes" del mundo automotriz norteamericano, General Motors, Chrysler y Ford alcanzaron en 1991 los 7 mil 700 millones de dólares.

El trabajador promedio de Estados Unidos está sintiendo en su propia carne y a diario los efectos de la caída de los salarios, del descenso de su nivel de vida y del aumento de los impuestos por cada vez menos servicios. En los dos últimos años, la tasa oficial de desempleo oscilaba entre un 7.5 y un 8.5%, cifra sumamente alta para Estados Unidos. El desempleo o subempleo real es mucho más alto de lo que estas cifras indican. El producto interno bruto se incrementó en 1990 en sólo un 1%, cifra muy inferior a las que han sido habituales en el país durante décadas. En los primeros meses de 1992 la economía ha mostrado algunos signos de mejoría, pero incluso la administración Bush sólo pronostica una gradual y ligera mejoría de aquí en adelante.

Entre dos fuegos

La economía norteamericana tiene recesiones normales y cíclicas. Las más recientes recesiones, anteriores a la actual, se produjeron en 1974-75 y en 1982-83. La actual, aunque no es excesivamente severa, tiene diferencias muy dignas de tomarse en cuenta.

En primer lugar, un alto número de profesionales ("White collar") desempleados en relación con los obreros ("blue collar") que también han perdido sus trabajos. En segundo lugar, el hecho de que los Estados de la Unión tienen menos recursos y se ven forzados a hacer recortes en sus gastos sociales en momentos en que existe un incremento en este tipo de necesidades. La reducción de los recursos de los Estados se produjo cuando el Presidente Reagan les trasladó responsabilidades al mismo tiempo que les recortaba sus asignaciones del presupuesto federal. En tercer lugar, la importancia que ha adquirido el tema de la salud, ante el fenómeno de que los costos de los seguros médicos y de los servicios sanitarios han subido tanto que ya exceden de las posibilidades de muchísimos ciudadanos.
Más importante todavía que todo esto es la magnitud del actual déficit del país, lo que hace políticamente difícil recurrir a la tradicional medida de salir de la recesión proponiendo un incremento del gasto público.

Las raíces del declive económico

Aunque muchos dicen que la actual recesión se inició en enero de 1989, el mes en que Bush inició su mandato, sus raíces están más atrás, en los tiempos de la administración Reagan. La esencia del programa económico del gobierno de Ronald Regan fue una combinación de corte de impuestos, reducción de los gastos sociales y gran incremento del gasto militar. Estas políticas estuvieron acompañadas de una amplia desregulación de toda la vida empresarial, particularmente de la banca. Las políticas reaganianas favorecieron un "boom" temporal en la economía, que incluyó la construcción masiva de viviendas y edificios de oficinas, gran especulación en inmuebles o bienes raíces y una ampliación del consumo, a menudo en base a las tarjetas de crédito. El "boom" jugó en gran medida a favor de la popularidad de Regan, pero a la vez dejó una funesta herencia económica.

En primer lugar, la combinación del recorte de los impuestos con un gigantesco aumento en el aparato militar produjo un masivo déficit a la nación. Con la "varita mágica" de Reagan- recorte de impuestos a las empresas y a los ricos del país- se estimularía la producción compensando las pérdidas por el descenso de impuestos y hasta se incrementarán los ingresos del gobierno. Sin embargo, esta política condujo a un déficit tan alto que el pago de los intereses de esa deuda ronda los 200 mil millones de dólares anuales, y el déficit alcanza los 400 mil millones cada año.

En segundo lugar, el masivo gasto público se dirigió hacia las inversiones militares y no hacia las productivas. Inversiones vitales en infraestructura - desde la reparación de carreteras y puentes hasta el financiamiento de la educación pública - fueron permanentemente propuestas. En tercer lugar, los recortes del gasto social condujeron a un auténtico desastre en el colchón de seguridad social sobre el que apenas sobrevivían los pobres, desastre de similares características al que los programas de ajuste estructural provocan entre las mayorías pobres del Sur.
En general, las políticas de Reagan llevaron a una redistribución de los ingresos desde los pobres hacia los ricos. Entre 1979 y 1989, el ingreso promedio de la quinta parte más pobre del país descendió en un 6% - descontado el índice de inflación -, mientras que el ingreso promedio de la quinta parte de los más ricos aumentó en un 16.7%.

En cuarto lugar, la desregulación del sistema bancario llevó a la quiebra a varios bancos, que especularon poco inteligentemente. Los contribuyentes tuvieron que pagar un costo astronómico por salvar a esos bancos.
A pesar de Reagan, muchos problemas de fondo de la economía norteamericana, existían ya antes de su administración. Los principales: un excesivo gasto militar muy superior al que se hacía en inversiones productivas en favor de la sociedad civil; la negación a usar la planificación y la inversión pública para mejorar y modernizar la industria nacional, como lo han hecho con tanto éxito Japón y Alemania; y el fracaso del sector privado en hacer competitivos sus productos y adaptarlos a un escenario internacional tan cambiante.

Frivolidad ante la recesión

Sólo muy recientemente la administración Bush comenzó a despertar y a tomar nota de la actual recesión. Respondiendo a un significativo descenso en la popularidad que le concedían las encuestas durante la Guerra del Golfo y sacudido por la acusación de que sólo se ocupa de los asuntos internacionales y no de los ciudadanos de los que supuestamente es responsable como gobernante, el Presidente Bush anunció por fin su principal discurso sobre política económica a inicios de 1992. En aquella ocasión, Bush reconoció que la población estaba afectada por la crisis pero presentó pocas iniciativas nuevas para enfrentarla.

La esencia de su propuesta fue un recorte en el impuesto sobre ganancias de capital - las ganancias obtenidas cuando se venden bienes raíces, acciones, propiedades -, de un 28% a un 15.4%, con lo que éste parece ser el único tema de política económica interna que apasiona a Bush. A la par, anunció que habría ventajas en impuestos para el voluminoso negocio con bienes raíces. Este programa de "crecimiento económico" -como lo llamó Bush- trata de sacar al país de la recesión por la vía de reducir los impuestos a los inversionistas y alentar la inversión. Bush desafió al Congreso, dominado por los demócratas, a aceptar su plan para el 21 de marzo o a ser culpables por no enfrentar la recesión.

Las inmediatas críticas hechas a la propuesta de Bush señalaron que no es ni equitativa ni suficiente para sacar a Estados Unidos de la recesión. Los recortes en los impuestos sobre ganancias de capital no están orientados a las inversiones productivas sino a cualquier tipo de inversión. El 70% de los beneficios de un recorte de esta naturaleza quedará en manos de sólo un 1% de los contribuyentes, los más ricos. Se estima, además, que esta reducción de impuestos incrementará el déficit nacional en 24 mil millones de dólares.

Los congresistas demócratas, preocupados por presentarse ante sus votantes como buenos políticos que buscan aliviarles del peso de la crisis económica, respondieron a Bush con un plan propio. En él incorporaban el recorte de impuestos a las ganancias de capital y las ventajas en impuestos para el negocio de bienes raíces planteados por Bush, añadiendo un recorte de 400 dólares en impuestos para las familias de clase media y otras disposiciones de menor significación que aliviarían también la carga impositiva de las clases medias.

No tocar el gasto militar

Es una característica notable del actual debate electoral el que mientras no deja de mencionarse a la "olvidada clase media", nadie dice una sola palabra sobre las clases pobres. A diferencia del plan Bush, los demócratas sí hablaron de aumentar la tasa impositiva de los más ricos de 31 a 36%, estableciendo también una sobretasa adicional para los millonarios.

No estaba seca aún la tinta de este proyecto de ley y ya Bush había amenazado con vetarlo declarando que jamás aprobará una ley que aumente los impuestos a nadie. La situación permanece estancada y cada parte acusa la contraria de elegir un año electoral para sacarle al otro los trapos sucios en vez de intentar centrarse en serio los problemas económicos.

El debate está estancado también en cierto modo por el acuerdo presupuestario para 1990 hecho entre el Presidente y el Congreso. Se decidió entonces que con el fin de la guerra fría, el presupuesto de defensa sería recortado y lo que de ahí saliera se orientaría a cubrir el déficit fiscal en lugar de dirigirlo a un incremento de los gastos internos. El Presidente Bush - que resultó electo por su consigna "Léanlo en mis labios: no habrá nuevos impuestos" - tuvo que aceptar después un ligero incremento de los impuestos. Republicanos y demócratas quieren ahora romper aquel acuerdo, pero aún no tienen claro cómo lo harán.

Según lo planificado, los recortes en el gasto militar serían una pequeña parte del presupuesto de defensa, actualmente de 290 mil millones de dólares. El Secretario de Defensa, Richard Cheney ha presentado planes para reducir los efectivos militares en un 25% desde ahora y hasta 1995, pero por ninguna parte ha aparecido un plan correspondiente para recortar los sistemas de defensa. Y programas tan costosos como la Iniciativa de Defensa Estratégica ("guerra de las galaxias") siguen en marcha. A pesar de los drásticos cambios en el escenario internacional, la propuesta presupuestaria de la administración Bush no contempla ninguna partida para la reconversión económica de las industrias militares a industrias productivas que beneficien a la sociedad civil.

¿Qué pueden hacer?

¿Qué se puede hacer para mejorar la economía norteamericana? Muchos economistas de todas las tendencias del espectro político no objetan el recorte de los impuestos a la clase media, pero creen que esta medida no tiene realmente un impacto significativo para sacar al país de la recesión. Los economistas conservadores insisten en la implementación de más de los llamados "reaganomics" y claman por menos regulaciones para las empresas y más recortes de los de impuestos sobre las ganancias de capital. En otras palabras, piden una acción gubernamental mínima para enfrentar la recesión, afirmando que esta enfermedad se curará sola.

Los economistas progresistas argumentan que es aceptable usar la herramienta tradicional para superar la recesión - el incremento del gasto público - mientras éste se dirija a inversiones que garanticen el futuro del país. Exigen un incremento del gasto público en el mejoramiento de la infraestructura, de la educación y de la capacitación y abogan por la planificación y la inversión pública en investigación y en el desarrollo de la industria nacional.

Reclaman un mejor sistema de salud pública como camino para garantizar el acceso de todos los ciudadanos a los servicios básicos de salud, a la vez que como un freno a la proporción del producto nacional bruto que se dirige actualmente de forma ineficientemente a la salud pública. Algunos economistas van más allá y argumentan que una economía más democrática, con mejores salarios, con mayor control obrero sbre las empresas, con más participación de los trabajadores en la propiedad de éstas y con pleno empleo, no sólo sería una economía más justa sin también una economía más sana. Finalmente, proponen recortes más drásticos en el presupuesto de defensa para financiar con esto el pago del déficit y para inversiones que garanticen el futuro nacional.

¿Qué harán?

A pesar de que el debate sobre la economía llena el debate pre-electoral, es dudoso que se den pasos importantes hacia una verdadera solución en el corto plazo. Hay tres puntos débiles que obstaculizan a este país el abordar seriamente sus problemas económicos.

El primero es una fe tan ciega en la filosofía del libre mercado que impide al gobierno norteamericano el seguir el camino de planificación, regulación e inversión gubernamentales por el que transitaron sus principales competidores: Alemania y Japón para modernizar y desarrollar su industria nacional.

En segundo lugar, los votantes responden más rápidamente ante la amenaza de un incremento en los impuestos - o ante un enemigo visible, como son los automóviles japoneses importados - que ante un mal tan intangible como es el déficit fiscal. Ciertamente, es más duro para un político de este país promover la responsabilidad económica, buscando soluciones de largo plazo - que implican nuevos impuestos -, que aparecen ante el público con posiciones retóricas como recortar impuestos, incrementar gastos públicos para corregir cualquier defecto o hasta declararle la guerra a las importaciones japonesas. Echar en el olvido el tema del déficit es mucho más fácil.

El tercer punto débil es una profundamente arraigada resistencia a hacer recortes en el presupuesto militar. Y en esto, los demócratas son tan culpables como los republicanos. Los demócratas se preocupan por la clausura de una base militar determinada o por el cierre de una fábrica de armamentos en sus propios Estados, mientras la preocupación de los republicanos es mantener la hegemonía militar de Estados Unidos sobre el resto del mundo. Con esta resistencia a los cambios, no habrá en el horizonte más que paños calientes, y la enfermedad de largo plazo de la economía norteamericana seguirá teniendo la misma gravedad.

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