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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 123 | Enero 1992
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Internacional

La simetría del neoliberalismo y el estalinismo

¿Capitalismo sin alternativas? El neoliberalismo dice que no existen alternativas. En tiempos del "nuevo orden mundial" ninguna premisa más cuestionable.

Franz J. Hinkelammert

Si preguntamos por alternativas para la actual economía de mercado, no podemos preguntar simplemente por alternativas al mercado como tal. Cualquier alternativa para la actual economía de mercado tiene que moverse dentro del marco de un sistema de mercados.

No se puede sustituir al mercado como tal por ninguna otra cosa. Igualmente, si preguntamos por alternativas para la economía planificada de los países del socialismo histórico, no deberíamos caer en la tentación de abolir la planificación económica como tal. Los intentos de las soluciones totales para la abolición del problema mismo, solamente reproducen la crisis cuya solución se busca. El presidente Reagan decía en su campaña electoral de 1980: No tenemos problemas con el Estado, el Estado es el problema. No deberíamos decir nosotros: No tenemos problemas con la economía de mercado, el mercado es el problema. Contestaríamos con una simple inversión, y nuestra respuesta reproduciría el problema que pretendemos solucionar. Las sociedades socialistas históricas hicieron precisamente eso y por ello entraron en crisis.

Alternativas sólo dentro de la lógica del mercado

Si hoy preguntamos por alternativas, estamos preguntando por alternativas dentro de una economía de mercado, que cada vez más ha transformado al mercado en la única instancia totalizante de todas las decisiones sociales. Las alternativas aparecen dentro de los mercados para oponerse a la lógica del mercado, que es la lógica del mercado total. Si actualmente reaparece esta totalización, esto está claramente vinculado con la actual globalización mundial del mercado. Para las empresas multinacionales que propagan esta globalización, toda acción contestataria, y especialmente la acción que se apoya en el Estado, parece ser un obstáculo para la expansión del mercado. Parece ser una distorsión del mercado, al que le quita su eficiencia. Este es el motor de la tendencia hacia el mercado total y hacia un Estado cuyo aparato de poder se concentra en imponer del mercado total. El mismo Estado tiende a transformarse en un Estado total, en cuanto tiene que imponer un mercado total.

Se trata de la economía del mercado total, que desde hace unos 20 años se ofrece como alternativa tanto para el intervencionista Estado social burgués de la década de los 50 y los 60 como para los Estados o movimientos socialistas. En la actualidad se ha impuesto en muchos países del Tercer Mundo y en los Estados Unidos y es empujado crecientemente en Europa Occidental. La misma expresión "mercado total" fue acuñada por Henri Lepage, uno de los representantes más destacados del neoliberalismo en Francia.

En nombre de este mercado total se sostiene que no existe ninguna alternativa a él. El mercado total es presentado como la alternativa para el Estado social intervencionista, aunque afirma algo más: dice ser la única alternativa, para la cual no existe ninguna otra. Pretende ser el "fin de la historia", la solución total de la historia, la sociedad que no conocerá sino cambios cuantitativos, pero que ya no tiene historia. Sabemos lo que esto significa.

Es la prepotencia con que hablan los que han ganado una victoria absoluta y presentan su propio poder absoluto como el interés de todos los hombres. Los primeros que celebraron este tipo de "fin de la historia" fueron precisamente los partidarios de Stalin, cuando en 1934 realizaron su "congreso de la victoria". Nuestro mundo burgués celebró su congreso de la victoria en 1989. Ya el lenguaje de Reagan anunciaba este actual congreso de la victoria cuando hablaba de Estados Unidos como la "ciudad que brilla encima de las colinas", es decir, como el nuevo reino milenario.

En un sentido técnico, sabemos muy bien dónde habría que buscar las alternativas. Un Nuevo Orden Mundial de los mercados, un Nuevo Orden Mundial de las finanzas y también un Nuevo Orden Mundial del medio ambiente, son necesidades obvias. No obstante, en cuanto se niega la legitimidad de cualquier alternativa en nombre de una totalización agresiva del mercado, tiene poco sentido hablar técnicamente de alternativas. Una alternativa es factible únicamente si uno la busca. En cuanto nuestra sociedad niega la legitimidad de cualquier alternativa y usa todo su poder para hacerlas imposibles, las alternativas son realmente imposibles, por más que sean factibles en un sentido técnico. No son imposibles sino que se las hace imposibles. El resultado de esto es una sociedad que destruye violentamente todo esfuerzo por realizar soluciones alternativas.

La sociedad para la que no hay alternativa

¿Cuál es la sociedad que se legitima sosteniendo que no hay alternativa para ella? En su libro El hombre sin alternativa (1959), Kolakowski habla de la sociedad que se legitima sosteniendo que no existe alternativa para ella. Kolakowski hablaba de la "condena a una sola alternativa".

Una sociedad que afirma que para ella no hay alternativa, solamente puede tener como criterio de decisión la eficacia formal. Kolakowski reprocha eso al estalinismo, citando uno de sus lemas de propaganda: "Combatan la tuberculosis, porque ella obstaculiza el crecimiento de las fuerzas productivas". Según lo que aseveraban los estalinistas, para la economía socialista no había, y no podía haber, alternativa, porque era la economía que aseguraba las tasas más altas de crecimiento económico. Por tanto, la economía estalinista transformó la tasa de crecimiento económico en su criterio central de eficiencia formal, el tribunal máximo que decide sobre todos los valores humanos y éticos. En contra de la tuberculosis también había que luchar, porque ella frenaba la maximización de la tasa de crecimiento.

De este criterio derivan los valores éticos. Unicamente lo que es eficiente tiene valor, o lo tiene potencialmente. Lo que no es eficiente no es admisible como valor ético. Así, toda la ética se reduce a la enseñanza de la eficiencia formal que llega a ser el criterio ético supremo. Si se sigue un criterio de este tipo, esta ética es la instancia suprema de legitimación de las relaciones sociales de producción. Y no puede haber alternativa para relaciones de producción que son consideradas como las más eficientes y que a la vez están implicadas en el supremo criterio ético. Entre ética y relaciones de producción ya no puede aparecer la más mínima tensión pues ambas se han identificado.

En nombre de las relaciones capitalistas de producción se procede en la actualidad de la misma manera. Por un lado, se sostiene que para ellas no hay alternativa y por el otro, que son las más eficientes, que producen las tasas de crecimiento mayores. Por lo tanto, los valores que ellas determinan son los valores correctos, los más acertados y humanos. La eficiencia formal se transforma de hecho en la ética dominante. Esta es la lógica: por ser la tasa de crecimiento en un mercado orientado por la maximización de ganancias mayor que todas las otras, la economía del mercado capitalista tiene razón,y por consiguiente, no hay alternativa para ella.

El conflicto de los sistemas sociales que surge consecuentemente, decide entonces -y ha decidido- cuál sistema social puede vencer al otro. De esto se concluye: el sistema que ganó es el que afirma, con razón, que no hay alternativa para él y que su eficiencia determina la ética que hay que seguir.

Cuando Kolakowki escribía sobre "El hombre sin alternativa" el mundo occidental le seguía con entusiasmo y no estaba en contra de la "condena a una sola alternativa". Tampoco Kolakowki -por lo menos desde que vive en Inglaterra- ha recordado sus tesis. Lo que buscaban los que le seguían era el sistema social que ejerza el chantaje de una sola alternativa. En aquel tiempo querían decir que solamente el sistema social de la economía de mercado es el que no tiene alternativa y no el estalinista. Sólo el sistema burgués es el que puede hacer legítimamente el chantaje con una única alternativa. ¿Quién tiene razón? !Quien gana! La tasa de crecimiento basada en el mercado que busca la maximización de las ganancias es la mayor, entonces es la que gana. Luego, la economía de mercado es la única economía para la cual no existe alternativa.

El problema que provocó la economía estalinista lo provoca ahora la economía capitalista de mercado. Del "historia mundial, juicio final" se pasó al "mercado mundial, juicio final". El mercado mundial como juicio final juzgó sobre el socialismo. Juzga también sobre quién en su lugar será el primero y cuál es la escala de poder. Juzga si hay que pagar las deudas o no. Juzga cuáles de nuestros valores no tienen valor y cuáles sí lo tienen, cuáles de los valores hay que aceptar y cuáles no. La tuberculosis o el cólera son problemas si distorsionan al mercado mundial. Si no lo distorsionan, no son ningún problema.

El canciller alemán Helmut Schmidt era un verdadero predicador de este mercado mundial como juicio final. Establecía la frontera entre las virtudes y los vicios por medio del mercado como juicio final. Lo que estaba de acuerdo con el mercado lo llamaba virtudes del mercado. Lo que distorsionaba al mercado lo llamaba vicios del mercado. Para él, no había otras virtudes o vicios. Este mismo mercado ha sido también el juez sobre la guerra contra Irak y sobre la justicia de esta guerra. El mercado mundial es la justicia. Quien se impone en el mercado mundial está sentado a la derecha del juez del mundo. Quien pierde, está a su izquierda, condenado a la muerte. El nuevo orden mundial con su imperio de la ley, del cual habla el presidente Bush, no es más que eso: mercado mundial, juicio final.

De esta forma, el criterio formal de la eficiencia del mercado se transforma en el criterio supremo de los valores y esto, de todos los derechos humanos. El criterio en sí no es un valor, sino que dirige el mundo de los valores. En esto desemboca la llamada neutralidad de los valores de la ciencia burguesa. Al juzgar a partir del criterio de la eficiencia, no puede haber alternativas. Cualquier alternativa sería ineficiente: en consecuencia, es condenada por este criterio central sobre los valores. Cualquier alternativa sería ineficiente, porque obstaculizaría el desarrollo de las fuerzas productivas.

Eficiencia formal y negación de las utopías

De cualquier alternativa se dirá que es utópica. Y decir utopía a partir de la eficiencia formal significa querer hacer el cielo en la tierra, lo que en realidad produce el infierno. La utopía es vista como diabólica, y se llama a un exorcismo para controlar a los demonios. La reacción es la misma que frente a Irak: el general Schwarzkopf y la Tormenta del Desierto.

Lo que durante la guerra contra Irak se hizo con los movimientos de paz se hace con todos los que exigen de alternativas. El secretario general de la Democracia Cristiana alemana dijo ya hace años que la culpa del campo de exterminio de Auschwitz la tenían los pacifistas. Se retoma ahora este mismo reproche al decir que los movimientos de paz durante la guerra contra Irak estaban buscando una segunda "solución final" para el pueblo judío. Pero no se trata sólo del movimiento de paz, que quería una alternativa para la guerra de Irak. Del mismo modo se trata a cualquier movimiento que pide alternativas. Desde el punto de vista del criterio de la eficiencia formal, no hay alternativa para nada que sea empujado en contra de este criterio.

De esta forma, contraponen el criterio de la eficiencia formal a todos los derechos humanos. Estos derechos son destruidos, pues ya no son respetados en cuanto tales, sino que reciben su validez en el grado en que aportan o no a la eficiencia. Si el criterio de la eficiencia formal domina sobre todos los valores, la relación con éstos se torna puramente nihilista: son valores que valen si coinciden con las exigencias de la eficiencia, no tienen ningún valor cuando no coinciden.

¿Hasta qué grado se puede criticar todavía un criterio de eficiencia de este tipo? Si todos los valores son subvertidos y anulados en nombre de la eficiencia, entonces deja de haber valores y, consiguientemente, no se puede pedir alternativas en nombre de valor alguno. Todos los valores están tautologizados, amarrados a una premisa que se presenta como obvia. Si la justicia consiste en el respeto a los resultados del mercado, ya no se puede criticar esos resultados en nombre de la justicia. Son tautológicamente justos. Desde este punto de vista, la eficiencia significa que la justicia es lo que resulta del mercado. Por lo tanto, lo que resulta de las relaciones sociales de producción para las cuales pretendidamente no hay alternativa. No sólo la justicia sino todos los valores son reducidos tautológicamente a lo que es el resultado del mercado. !Mercado mundial, juicio final!

En este sentido, dice Hayek: "La justicia no es, por supuesto, cuestión de los objetivos de una acción sino de su obediencia a las reglas a la que está sujeta". Las reglas a las cuales se refiere Hayek, son las leyes del mercado. Sostiene entonces que el mercado es justo en cuanto sus leyes son respetadas. Si lo son, los resultados son correctos y justos. Por consiguiente, Hayek excluye una crítica del mercado en nombre de sus resultados. Esta crítica es excluida incluso en el caso de que esos resultados destruyeran la propia sobrevivencia de la humanidad. De esta manera, la ideología del mercado se transforma en la ideología del heroísmo del suicidio colectivo.

El principio legal según el cual la ley es legítima como tal y no admite ninguna moral que pueda relativizarla en nombre de sus resultados, es un principio totalitario. Como lo expresa Hayek, lo dice la doctrina estalinista: lo moral es lo que promueve el desarrollo de la sociedad socialista, de acuerdo a sus propias leyes. Por eso el estalinismo no conoce ninguna diferencia entre "históricamente progresivo" -lo que corresponde a las leyes de la historia- y lo "moralmente bueno". En Hayek aparecen, en el lugar de estas leyes de la historia, las leyes del mercado. No obstante, la relación con la ley es la misma. Ella no admite una moral que pueda interpelarla en nombre de sus resultados.

"El partido, el partido siempre tiene la razón", cantaban los militantes comunistas. Ahora se canta: "El mercado, el mercado tiene siempre la razón". Siempre el que pierde es el ser humano, quien no conserva ninguno de sus derechos. Hoy se está realizando un genocidio sin parangón en la historia, en nombre del cobro de la deuda externa del Tercer Mundo. Pero prosigue el canto: "El mercado, el mercado siempre tiene la razón". No se puede hacer nada porque frente a la ley -esta ley que dice que hay que pagar las deudas-, no se admite ninguna moral. Se pregunta la conciencia de Occidente: ¿Es moralmente lícito no cometer un genocidio? ¿No está por encima la ley? El Occidente tiene buena conciencia al cometer sus genocidios, igualmente que tiene un buen estómago para digerir los alimentos que le envían los pueblos hambrientos como pago por sus deudas.

Hasta Hitler hablaba en los mismos términos. Decía que "el Estado total no debe conocer diferencia alguna entre la ley y la ética". Lo que Hayek nos expresa ahora, es que el mercado total no debe conocer una diferencia de este tipo. El que no se acepte interpelar a la ley, ni siquiera por razones de la sobrevivencia de la humanidad ni por razones morales, lleva a la anulación de todos los derechos humanos. Consecuentemente realizado, este principio conduce al suicidio colectivo de la humanidad.

¡Mercado mundial, juicio final!

¡Mercado mundial, juicio final! Como siempre en la tradición occidental, de este juicio final se sigue la necesidad de una última batalla contra todos aquellos que osan criticar al mercado en nombre de sus resultados. Si el movimiento socialista cantaba en La Internacional la última batalla por el derecho humano, ahora se anuncia la última batalla contra este derecho. Dice Hayek: "La última batalla en contra del poder arbitrario está ante nosotros. Es la lucha contra el socialismo: la lucha para abolir todo poder coercitivo que trate de dirigir los esfuerzos individuales y distribuir deliberadamente sus resultados". La misma guerra contra Irak fue presentada como una última guerra. Dijo Nixon: "Si nosotros debemos entrar en la guerra, esta no será únicamente una guerra por el petróleo. Tampoco será sólo una guerra por la democracia. Será una guerra por la paz, no solamente por la paz en nuestro tiempo, sino por la paz para nuestros niños y nietos en los tiempos venideros. Por eso nuestro compromiso en el Golfo es una empresa altamente moral".

En esta visión hay únicamente un derecho. Es el derecho de tener una economía de mercado, y por tanto, una sociedad burguesa. Los resultados que esta sociedad produce no son objeto de ningún otro derecho. Siendo justo el mercado, son justos sus resultados. Un derecho que criticara y cuestionara estos resultados, se consideraría, a priori, una injusticia. En el lenguaje nihilista, eso significa que sería "utópico".

En consecuencia, para poder librar esta última batalla se transforma toda resistencia en contra de la ley absolutizada del mercado en un monstruo diabólico que nos lleva a todos al infierno. La última batalla que Hayek promete, no es sólo una batalla en contra de los derechos humanos y el socialismo, sino también para exorcizar al propio demonio disfrazado de Lucifer.

Estalinismo y neoliberalismo: una simetría sorprendente

La relación simétrica entre las ideologías estalinista y neoliberal es realmente sorprendente. Si se coloca en el lugar de las "relaciones socialistas de producción" de las que hablaba Stalin, las "relaciones capitalistas de producción", no hay que cambiar sino palabras para desembocar en el neoliberalismo actual. Sobre todo, no hay que pensar nada nuevo. Un político polaco, ministro de economía, ha dicho: "La economía debe tener únicamente un señor, el mercado". Antes se decía en Polonia: "La economía debe tener solamente un señor, el plan".

En los dos casos se trata de una tesis para cabezas de concreto, y se pasa de la una a la otra sin esforzarse siquiera. Al final, en nuestras dictaduras de Seguridad Nacional se quitarán la cabeza para ponerse el casco. Cuando el plan era el único señor, la economía era tal que no había ninguna alternativa. Ahora, cuando el único señor es el mercado, otra vez hay una economía para la cual no existe ninguna alternativa. Lo que cambió son las relaciones sociales de producción, en función de las cuales se manifiesta que no hay ninguna alternativa. Pero se mantiene el mismo chantaje con una sola alternativa y no se siente ninguna necesidad de cambio.

Principios fundamentales de la democracia interpretada por el estalinismo

La teoría leninista de la democracia, en su interpretación estalinista, volvió a plantearse de una manera parecida. Sus principios fundamentales son:

1. El carácter "objetivo", no formal, de la democracia. Un país es democrático si tiene relaciones de producción democráticas. En el caso del estalinismo, las relaciones sociales democráticas eran las "relaciones socialistas de producción". Lo que pensara la gente sobre estas relaciones de producción no importaba, y las elecciones eran secundarias.

2. Siendo la democracia independiente de las expresiones de la voluntad de la población, y sólo determinada por el carácter objetivo de las relaciones de producción, era necesario controlar y limitar estas expresiones de la voluntad popular. Este control era asunto de la vanguardia del socialismo, que vigilaba para que la democracia no se perdiera. La democracia se perdería en el caso de abandonar el camino de la única alternativa, para la cual no hay alternativa ninguna. Por eso, esta vanguardia no debía depender de ninguna expresión de la voluntad de la población, a la cual aseguraba la democracia.

Se trata de la primera elaboración coherente que existe de la teoría de la democracia controlada. Hoy la comparte todo el mundo. El primero que la introdujo en el pensamiento occidental-burgués sobre la democracia, fue Huntington, orientándola especialmente hacia el Tercer Mundo.

Sólo le hacía falta el sujeto de la democracia objetiva. Para Huntington ya no eran ese sujeto las "relaciones socialistas de producción" sino las relaciones capitalistas: el mercado. Todo lo demás seguía igual, con simples cambios de palabra. En lugar del "centralismo democrático" puso la "democracia controlada". Evidentemente, en la sociedad burguesa los controladores de la "democracia controlada" tampoco pueden resultar de elecciones democráticas, sino que están por encima de ellas. Juzgan, descalifican y falsifican, siempre que sus resultados no son "democráticos". En América Latina, estos controladores son hoy los aparatos militares junto al gobierno de Estados Unidos.

Una réplica de la concepción estalinista de la democracia aplicada a América Latina, que raya con lo cómico, se encuentra en el documento Santa Fe II. Según este documento, para el carácter democrático de las sociedades latinoamericanas es completamente secundario si sus gobiernos son elegidos o no. Algunas dictaduras pueden muy bien ser más democráticas que ciertos gobiernos elegidos. Si la sociedad es democrática o no, eso es un resultado objetivo. Una sociedad es democrática siempre y cuando se pronuncie en contra del intervencionismo del Estado y en favor del mercado. Los controladores son los militares y las instituciones multinacionales de finanzas, que están incuestionablemente por encima de cualquier opinión popular democrática. El problema central de los autores del documento es el problema de la "hegemonía", el que discuten citando a Antonio Gramsci. Esta hegemonía les parece de importancia clave bajo el punto de vista del control sobre los medios de comunicación.

No se nota ninguna diferencia en el concepto de democracia. En los dos casos -el caso de la democracia estalinista y el de la democracia controlada- se excluyen alternativas en cuanto al dominio de las relaciones de producción. La democracia ya no tiene que ver ni con las mayorías, ni con la posibilidad de elegir alternativas. La democracia es, a lo sumo, una forma de determinar la persona encargada de ejecutar la única alternativa para la cual no existe ninguna otra. Lo que distingue las doctrinas sobre la democracia es simplemente la cuestión de cuáles son las relaciones de producción -plan total o mercado total- que forman la alternativa, para la que no existe ninguna otra.

¿Es eficiente la eficiencia?

Dada la subversión y anulación de todos los valores en nombre de la eficiencia formal, hay solamente una crítica que este argumento de la eficiencia no puede tan fácilmente borrar del mapa. Resulta de la pregunta: ¿se puede vivir así? Es la pregunta por los resultados, tan enfáticamente negada por las ideologías de la eficiencia. ¿Se puede vivir con los resultados de un mercado totalizado?

Esta es la no-persona central de nuestra sociedad: "En la agricultura, al igual que en la manufactura, la transformación capitalista del proceso de producción es a la vez el martirio del productor, en que el instrumento de trabajo se enfrenta con el obrero como instrumento de sojuzgamiento, de explotación y de miseria, y la combinación social de los procesos de trabajo como opresión organizada de su vitalidad, de su libertad y de su independencia individual.

La dispersión de los obreros del campo en grandes superficies vence su fuerza de resistencia, al paso que la concentración robustece la fuerza de resistencia de los obreros de la ciudad. Al igual que en la industria urbana, en la moderna agricultura la intensificación de la fuerza productiva y la más rápida movilización del trabajo se consiguen a costa de devastar y agotar la fuerza de trabajo obrero. Además, todo progreso, realizado en la agricultura capitalista, no es solamente un progreso en el arte de esquilmar al obrero, sino también en el arte de esquilmar la tierra, y cada paso que se da en la intensificación de su fertilidad dentro de un período de tiempo determinado, es a la vez un paso dado en el agotamiento de las fuentes perennes que alimentan dicha fertilidad.

Este proceso de aniquilación es tanto más rápido cuanto más se apoya un país, como ocurre por ejemplo con los Estados Unidos de América, sobre la gran industria, como base de su desarrollo. Por tanto, la producción capitalista sólo sabe desarrollar la técnica y la combinación del proceso social de producción socavando al mismo tiempo las dos fuentes originales de toda riqueza: la tierra y el hombre".

Este texto de Marx es una crítica a partir de los resultados de la totalización del mercado. Pero la crítica no la hace en nombre de valores éticos, sino en nombre de la sobrevivencia de la humanidad. Según esta crítica, la eficiencia formal del mercado desenfrenado lleva a la destrucción de las fuentes de la riqueza que esta misma eficiencia produce: del hombre y de la naturaleza. La eficiencia se transforma en una competencia de individuos que cortan la rama sobre la cual están sentados, se incitan mutuamente y celebran finalmente como el más eficiente a aquel que primero llega al final y cae.

Creo que poca gente duda hoy que este análisis de Marx efectivamente acierta. Hasta el FMI y el Banco Mundial temen que sea así. Tampoco hay mucha duda de que se trata de un proceso acumulativo que tiende a la catástrofe. El miedo a eso se puede percibir diariamente en cualquier medio de comunicación.

Un sistema de mercados que no está expuesto a resistencias correctivas, se comporta fragmentariamente frente a los conjuntos interdependientes de la división social del trabajo y de la naturaleza. Se trata de una "tecnología fragmentarizada", como lo afirma Popper. Como tal, interviene sin ningún acierto de orientación en relaciones interdependientes. Cuanto más se celebra esta tecnología fragmentaria como única tecnología realista, más rápido se destruyen los sistemas interdependientes de la división social del trabajo y de la naturaleza. Una acción orientada predominantemente por los criterios del mercado no puede prever ni evitar este resultado.

Un sistema compulsivo con una "mano invisible" que conduce a la catástrofe

El sistema del mercado resulta ser un sistema compulsivo. Si se lo deja operar según las indicaciones de su "mano invisible", obliga a la catástrofe. Las oportunidades del mercado y su aprovechamiento son compulsivas, pero tienen que ser calculadas fragmentariamente. O se pierde en la competencia o se participa en la destrucción de los fundamentos de la vida de nuestro planeta. Para ganar en la competencia se destruyen las fuentes de toda la riqueza. En el sistema compulsivo del mercado no existe sino esta alternativa: ahorcado o fusilado. Dado que en el mercado total la competencia es lo único intocable, esta competencia promueve el proceso de destrucción.

Si, por ejemplo, la industria química envenena las aguas del Rhin, se le demanda desistir de esta destrucción. Ella, sin embargo, lo rechazará aduciendo el hecho de la competencia. Respetar la naturaleza cuesta, por lo tanto aumenta los costos. No obstante, eso significa menos oportunidades de competencia en relación a la industria química de Estados Unidos y del Japón. Y la industria química es demasiado importante como para poder renunciar a ella.

En los Estados Unidos se protesta igualmente contra el envenenamiento de los lagos del norte por la industria química. Sin embargo, esta industria llamará la atención sobre el hecho de que el respeto a la naturaleza aumenta los costos y, por consiguiente, obstaculiza la competencia con la industria química alemana. Tampoco los Estados Unidos pueden renunciar a su industria química. En Japón se da una situación parecida. También allí el respeto por la naturaleza disminuiría la capacidad competitiva de la industria y el país tiene que poder resistir la competencia de los otros.

Muchas veces estos argumentos en favor de la destrucción compulsiva de la naturaleza son falsos y se los usa para engañar al público. Pero muchas veces no. Esta competencia compulsiva existe y marca las relaciones del mercado. Transforma las condiciones de sobrevivencia de la humanidad en algo que nadie puede darse el lujo de respetar. Muchas veces, efectivamente, la industria que no participara en este proceso de destrucción, tendría que salir del mercado por el hecho de perder su competitividad. Resulta que todas las industrias participan y utilizan todo su poder para continuar con este proceso de destrucción. Independientemente de cuáles son los valores subjetivos de los actores frente al hombre y a la naturaleza, el sistema compulsivo del mercado tiende a la destrucción.

La esquizofrenia de los valores

Esto lleva a la esquizofrenia de los valores. Se reducen los valores positivos frente al ser humano y la naturaleza a valores vigentes en los ámbitos privados, para conservar la buena conciencia en el ámbito de la esfera del sistema compulsivo del mercado total.

Dado que se considera a la competencia como el motor exclusivo de la eficiencia, se trata de una eficiencia que conduce a la muerte. Es la eficiencia del suicidio colectivo. En la tradición del pensamiento teórico burgués se prescinde de estos argumentos aduciendo la llamada "mano invisible" del mercado. Se sostiene la existencia de un mecanismo auto-regulado que asegura, por medio de un automatismo, que toda acción humana fragmentaria se inserte automáticamente en una totalidad equilibrada por el mercado.

No obstante, esta mano invisible tiene una tendencia al equilibrio únicamente en mercados parciales, y precisamente no en relación con los sistemas interdependientes de la división social del trabajo y de la naturaleza. En relación a éstos produce un proceso mortal hacia la catástrofe y no un equilibrio. El mercado como sistema compulsivo se impone como mercado total y crea tendencias compulsivas que llevan a la continuación del proceso de destrucción. Parece haber algo así como una conjura y la destrucción parece ocurrir según un solo gran plan. Pero no se trata de una conjura sino justamente de una "mano invisible" que produce un resultado "como si" existiera un único plan de destrucción.

El heroísmo del suicidio colectivo

La sociedad no admite alternativas. Es la sociedad que, fuera del ámbito estrictamente privado, no admite valores que podrían poner en cuestión el resultado de su sistema de coordinación de la división social del trabajo. Cuanto más excluye otras alternativas, más destruye los valores que tendría que respetar para asegurar su propia sobrevivencia.

Sin embargo, esto es parcialmente consciente. Lo atestigua el hecho de que hoy, en el mundo occidental burgués, retorna la celebración del heroísmo del suicidio colectivo. No se puede vivir en una sociedad sin alternativas, a no ser que se acepte la catástrofe que se anuncia como un heroísmo. Esto ha extendido nuevamente una cultura del suicidio colectivo.

Aquí hay un problema en el pensamiento de Marx. El creía que la toma de conciencia con referencia a la tendencia a la destrucción, llevaría inevitablemente a la conversión y a la búsqueda y aceptación de las alternativas necesarias. Evidentemente, éste no es el caso. La humanidad puede aceptar y celebrar su suicidio colectivo. Existe actualmente una clara tendencia de este tipo. Por eso Nietzsche vuelve a ser nuestro clásico. En Marx se puede leer lo que hemos perdido. En Nietzsche, a dónde vamos. A la utopía -de la cual se sostiene que porque quiere el cielo en la tierra produce el infierno- nuestra sociedad sin alternativas opone la mística del suicidio colectivo. A la posibilidad del infierno en la tierra, opone su seguridad. Para no ser sorprendidos con los ojos cerrados por la utopía, se marcha al infierno con los ojos abiertos. Nuestra sociedad lo toma en serio, no admite ninguna alternativa.

El resultado no es siempre un simple heroísmo, sino muchas veces también un pesimismo postmoderno que goza el suicidio colectivo. Dennis Meadow, el coordinador del informe del Club de Roma sobre los Límites del crecimiento, respondió así a la pregunta de si no querría hacer un trabajo de importancia parecida:

Suficiente tiempo he tratado de ser un evangelista global, y he tenido que aprender que no puedo cambiar el mundo. Además, la humanidad se comporta como un suicida, y ya no tiene sentido argumentar con un suicida, una vez que haya saltado la ventana.

Eficiencia, cálculo y ética

¿No es eficiente la eficiencia? ¿O no es suficientemente eficiente? Evidentemente, hay que tener dudas sobre la eficiencia de la producción de riqueza, si ella destruye acumulativamente las mismas fuentes de la riqueza producida. La eficiencia se hace ineficiente, ocurre la "irracionalidad de lo racionalizado" de la que hablaba Max Weber. Una producción es eficiente sólo si reproduce las fuentes de la riqueza producida.

Cuando se habla de eficiencia en este sentido, se usa ciertamente un concepto de eficiencia diferente del usado en nuestra sociedad que rechaza las alternativas en nombre de la eficiencia. El concepto de eficiencia fragmentaria de nuestra sociedad no se preocupa de las fuentes de la riqueza. Y al introducir un concepto de eficiencia reproductiva surge un conflicto. Lo que es eficiente en términos del primer concepto puede ser ineficiente en términos del segundo, y viceversa.

La producción de la riqueza tiene que hacerse en términos tales que las fuentes de ésta -el ser humano y la naturaleza-, sean conservadas, reproducidas y desarrolladas junto con la riqueza producida. Sin este concepto de eficiencia reproductiva la eficiencia fragmentaria del mercado pierde toda orientación y no puede sino tender a la destrucción de las fuentes de la riqueza. Por eso, resulta cada vez más de una importancia decisiva desarrollar este concepto de la eficiencia reproductiva, y canalizar y limitar bajo este punto de vista el sistema compulsivo del mercado. No se trata simplemente de nuevos valores, se trata de una valorización ética nueva del ser humano y de la naturaleza. En cuanto que el mercado, como mercado total, no tiene otro límite que su propia arbitrariedad, cualquier valor nuevo queda sin efecto y no se puede imponer sino en el ámbito estrictamente privado.

¿Es calculable esta eficiencia reproductiva? Cualquier calculabilidad es fragmentaria. Para poder calcular con certeza la eficiencia reproductiva, habría que tener un conocimiento ilimitado y perfecto. Por esta razón, cualquier cálculo es provisorio y no puede sustituir jamás la decisión. Esta decisión no es técnica. Con todos los cálculos ocurre que no se puede saber desde antes los efectos de lo no calculado o lo no calculable, sobre los riesgos resultantes. Cualquier olvido aparentemente insignificante puede resultar en el fracaso del todo: causa pequeña, efecto grande.

Para que se pueda asegurar la eficiencia reproductiva justamente no se le debe reducir al cálculo puro. De otra manera, no se le puede afirmar. En nombre de la eficiencia reproductiva hay que establecer límites, que no pueden ser calculables o el resultado de algún cálculo. No se puede garantizar la eficiencia reproductiva sino transcendiendo la propia calculabilidad. No se le puede asegurar sino renunciando en cierto grado al mismo cálculo.

Se requiere poner unos límites a la eficiencia fragmentablemente calculada. Los cálculos no pueden ser producto de un cálculo. De otra forma no se puede asegurar la eficiencia reproductiva. Sin embargo, los límites de este tipo son valores que garantizan la eficiencia reproductiva al limitar el espacio en el cual la decisión puede ser tomada legítimamente, sobre la base de cálculos fragmentarios.

Pero estos valores no pueden resultar de ningún cálculo. Se derivan del reconocimiento mutuo entre los seres humanos, que incluye un reconocimiento de la vida de la propia naturaleza. El cálculo no determina valores. Es nihilista y los disuelve. Donde ya no le quedan valores por disolver se desvanece él mismo. Es como una vampiro que vive de la sangre de los vivos. Cuando ya no vive nadie, tampoco puede vivir él.

Existe una relación entre valores y eficiencia. No obstante, si se somete a los valores al cálculo de la eficiencia fragmentaria, ésta los disuelve y, finalmente, tampoco existe ya más eficiencia fragmentaria. Los valores de la convivencia no pueden surgir en nombre de la eficiencia. Pero el reconocimiento de estos valores es el punto de partida de la posibilidad de asegurar la eficiencia reproductiva y con ella hacer posible la vida para el futuro.

Se trata del problema del elemento cualitativo en los análisis cuantitativos. Las ciencias empíricas en general -y no sólo la ciencia económica- tratan todavía hoy el elemento cualitativo de los valores humanos como algo que no compete a la ciencia. Lo tratan con desdén. Están empeñadas en reducir todo lo cualitativo a lo cuantitativo, desembocando en un simple utopismo que intenta realizar lo cualitativo de los valores humanos a través de una carrera infinita -de mala infinitud- en lo cuantitativo. Incluso la "mano invisible" de Adam Smith y las ilusiones de los teóricos de la teoría económica neoclásica sobre la tendencia al equilibrio del automatismo del mercado, no son más que utopismos de este tipo.

El físico Rutherford tiene una expresión famosa que refleja esta ceguera utopista de las ciencias empíricas modernas, con las palabras siguientes: Lo cualitativo no es más que pobreza en lo cuantitativo.

A través de toda la ciencia empírica corre un fantasma. Es el fantasma de la omnisciencia, que es el presupuesto necesario para poder reducir lo cualitativo a lo cuantitativo. Este fantasma omnisciente tiene dos caras. Una cara es la del ser omnisciente que actúa en el mundo que la ciencia empírica se imagina. Empieza a correr en la física con el diablito de Laplace, para seguir en las ciencias económicas con el participante en el mercado de la teoría de la competencia perfecta, que actúa con conocimiento perfecto. Sigue corriendo por las teorías de la planificación económica perfecta, en las cuales hay algún planificador perfecto que tiene la misma omnisciencia de cada participante del mercado en las teorías económicas neoclásicas. Esta es una cara del fantasma que la ciencia empírica usa para hacer desaparecer lo cualitativo en favor de lo cuantitativo.

La otra es un diablito al revés del diablito de Laplace, que empieza a correr por las ciencias empíricas desde Adam Smith. Se llama "mano invisible" o "providencia". Hace, por un automatismo de las estructuras de la realidad, que los actores, sin tener un conocimiento perfecto, produzcan resultados como si lo tuvieran. El conocimiento perfecto no desaparece, sino que es desplazado desde los actores, de los cuales se sostiene que no lo tienen, hacia alguna estructura cuya magia opera como si lo tuviera.

Prigogine hace entrar estas ilusiones en las ciencias naturales, sosteniendo que el caos produce el orden, lo que es simplemente la mano invisible de Adam Smith, ahora transferida desde las estructuras del mercado a todas las estructuras de la naturaleza. Esta misma tesis la encontramos ya antes en el Marqués de Sade. Al ser sustituido el actor con el conocimiento perfecto de las teorías económicas neoclásicas por las teorías neoliberales (Hayek, sobre todo), retorna el fantasma de la mano invisible a la teoría económica. La ciencia natural, que con Prigogine había importado la mano invisible de Adam Smith, ahora la re-exporta al pensamiento económico con una nueva autoridad -la autoridad de la ciencia natural, que es una autoridad completamente dogmática- para reforzar lo que los neoliberales ya habían redescubierto.

Este fantasma, con su cabeza de Jano, corre a través de las ciencias empíricas. Sin embargo, tiene la gran falla de ser precisamente un fantasma cualitativo. Recurriendo a este fantasma cualitativo, las ciencias empíricas pretenden comprobar lo que dice Rutherford: que "lo cualitativo no es más que pobreza en lo cuantitativo". Esta tesis es comprobada por medio de la introducción de un concepto cualitativo, para comprobar que no se requieren conceptos cualitativos.

La misma comprobación es una contradicción. Demuestra lo contrario de lo que se pretende comprobar, o sea, demuestra que no hay ciencia cuantitativa posible sin conceptos cualitativos previos. La conclusión puede ser solamente: al no disponer de ningún sujeto omnisciente, y al no haber ninguna estructura que actúe como si fuera omnisciente, tenemos que introducir conceptos cualitativos. Existe un límite de factibilidad humana, que hace cualitativamente imposible la reducción de lo cualitativo a lo cuantitativo. Hacer el intento de esta reducción desemboca en un proceso de mala infinitud que, a la postre, lleva a la destrucción de la misma humanidad y de la naturaleza.

El fantasma omnisciente muchas veces también es todopoderoso. Cuando Einstein dice: "Dios no juega a los dados", recrea al diablito de Laplace, concediéndole la capacidad de jugar a los dados con todo el universo. Aunque no usa -según Einstein- esta capacidad, evidentemente la tiene. Sin duda, este fantasma omnisciente y todopoderoso que corre a través de las ciencias empíricas -tanto naturales como sociales-, es sucesor desde el supremo ser de Aristóteles hasta el Dios de la escolástica. Del Dios de los filósofos ha pasado a ser el fantasma de las ciencias empíricas. Sigue siendo un Dios raquítico, sacrificial y sumamente cruel, que indica a la humanidad el camino hacia la destrucción en su auto-inmolación.

"La tierra no pertenece al hombre, el hombre pertenece a la tierra"

Es necesario el reconocimiento de valores humanos en términos cualitativos, no reducibles a ningún cálculo fragmentario. Sin este reconocimiento la humanidad no puede vivir. Pero este argumento no contiene ningún cálculo fragmentario, sino una relación con la totalidad del mundo, visto como un sistema interdependiente, cuyo conocimiento en detalle nos está vedado. Por eso es un argumento racional, sin ser producto de un cálculo. La conclusión se sigue justamente del hecho de la imposibilidad de calcular esta totalidad. Se sigue, por consiguiente, del reconocimiento de los límites de la factibilidad humana que hasta ahora ninguna ciencia empírica ha hecho.

Un famoso discurso del jefe de los pieles rojas, Seattle, expresa esta misma relación: "Nosotros sabemos esto: la tierra no pertenece al hombre. El hombre pertenece a la tierra. Nosotros sabemos esto: todas las cosas están relacionadas, como la sangre que une a una familia. Todas las cosas están interrelacionadas entre sí. Todo lo que sucede a la tierra sucede a los hijos de la tierra sucede a los hijos de ella. El hombre no trama el tejido de la vida. El es, sencillamente, una pausa en ella. Lo que él hace a ese tejido, lo hace a sí mismo.

Esto no es algo así como una renuncia al antropocentrismo. El ser humano no puede pensar sino en términos antropocéntricos. El antropocentrismo es una condición ontológica del pensamiento. Sin embargo, lo que en la tradición occidental aparece como antropocentrismo, no pone al hombre en el centro del pensamiento sobre sí mismo y sobre la naturaleza. Sustituye al hombre por abstracciones, en especial por el mercado y el capital. Es un mercadocentrismo o un capitalocentrismo. Quita al ser humano su lugar central, para destruirlo junto con la naturaleza. Al poner al ser humano en el centro, el mercado y el capital tienen que dejar de estar allí. Sólo así es posible poner realmente en el centro al ser humano.

Pero, poniendo al hombre en el centro, resulta que no puede serlo sin poner a la naturaleza junto a él. Como dice Seattle: "Lo que él hace a ese tejido (de la naturaleza), lo hace a sí mismo". El hombre no se puede poner en el centro, si lo hace en contra de la naturaleza. Resulta la paradoja: cuando se pone en el centro, tiene que dejar de ponerse allí. La afirmación del antropocentrismo lleva al límite de la disolución de este mismo antropocentrismo. No obstante, permanece vigente el antropocentrismo: el hombre es aquel ser natural del cual depende la sobrevivencia de la propia naturaleza.

Sin embargo, la expresión de Seattle vale también al revés: lo que el hombre hace a sí mismo, también lo hace al tejido de la naturaleza. Efectivamente, el hombre occidental trata a la naturaleza como se trata a sí mismo y a sus congéneres. Destruye la naturaleza como a sí mismo. Cuando Seattle añade: "Después de todo, puede que seamos hermanos", dice asimismo que la única manera de que el hombre salve a la naturaleza es aceptar una relación de hermanos con todos los otros seres humanos. La guerra destruye a la naturaleza que se quiere salvar por la violencia. No se puede salvar la naturaleza sacrificando a los hermanos.

Occidente puede llevar al genocidio a la humanidad entera

Esta idea vuelve una y otra vez como la ilusión de Occidente. El Occidente siempre ha intentado salvar a la humanidad por el genocidio de una parte de ella. Ni los países del socialismo histórico han escapado a esta regla. Actualmente aparece de nuevo esta ilusión, que esta vez se vincula con la salvación de la naturaleza: sacrificar una parte de la humanidad -la del Tercer Mundo-, para salvar la naturaleza como un arca de Noé para el resto. Cada vez más, una buena parte de la preocupación ecológica insinúa este camino. Si el Occidente cae nuevamente en la ilusión del genocidio salvífico y sacrificial, será el final de la humanidad entera.

Este reconocimiento de los valores humanos, empero, sigue siendo paradójico. Tienen que ser reconocidos como valores sin calcular su utilidad fragmentaria, para que tengan el efecto de sostener un mundo en el cual toda decisión se sigue basando en el cálculo fragmentario. Por eso es un reconocimiento conflictivo, que tiene que asumir esta conflictividad sin pretender eliminarla. Puede subordinar el cálculo fragmentario, y con él, el mercado, pero no puede hacerlos desaparecer. Se trata de una política que no es reducible a la técnica, sino que reclama sabiduría y humanismo.

¿Es el mercado total una alternativa?

¿Hay una alternativa para el viaje al abismo? La alternativa es: frenar o interrumpir la carrera. Pero, ¿es la continuación del viaje al abismo una alternativa para la disminución de la velocidad o la interrupción del viaje? Con seguridad no lo es. El mercado total ofrece la continuación del viaje al abismo, como la única alternativa para todas las propuestas de frenar o interrumpir.

Seguramente, la alternativa al mercado total no puede ser la abolición del mercado. El problema es el mercado total, en cuyo nombre se procede a la totalización de la eficiencia fragmentaria, lo que es mistificado ideológicamente por alguna "mano invisible". Ocurre entonces un proceso de destrucción acumulativa. Al no admitir ninguna alternativa, se mistifica este proceso de destrucción como el único camino posible.

Si una sociedad sostiene de sí misma que no existe alternativa para ella, entonces, de hecho, no nos aclara si realmente hay alternativas o no. Esta sociedad sólo nos dice algo sobre sí misma. Nos dice que ella es una sociedad que no admite ninguna alternativa. Una sociedad que dice de sí misma que no hay alternativa para ella, plantea a todo el mundo la cuestión del poder. Esto siempre ocurrió y sigue ocurriendo, en nombre de alguna ley metafísica de la historia que puede ser tanto la ley del derrumbe necesario del capitalismo, como también al revés: la de la victoria necesaria de las leyes del mercado. Cuando se plantea la cuestión del poder, siempre el que la plantea sostiene que la historia está de su lado, y que su victoria es el fin de la historia.

La pregunta por las alternativas es una cuestión de poder

¿Existen alternativas? El ser humano no sería humano si no hubiera alternativas. Siempre hay alternativas. La alternativa al cobro de la deuda externa del Tercer Mundo es no cobrarla, habiendo muchas alternativas intermedias. Ciertamente, realizar estas alternativas implica muchos problemas técnicos complicados. No obstante, todos son solucionables. La alternativa a la guerra contra Irak era no hacer la guerra. También en este caso había soluciones intermedias y problemas técnicos relacionados. La alternativa al mercado mundial como mercado total, es un nuevo Orden Mundial de los mercados, de las finanzas y del ambiente. También eso implica muchos problemas técnicos complicados. Sin embargo, las alternativas son posibles.

¿Hay entonces alternativas? Desde el punto de vista de la sociedad que sostiene que no hay alternativas para ella, efectivamente no las hay si esa sociedad tiene el poder para impedirlas. La pregunta por las alternativas se ha transformado en una cuestión de poder. ¿Hay una alternativa al cobro de la deuda externa del Tercer Mundo? La sociedad que afirma que no existe alternativa para ella, dará, si tiene el poder suficiente, la prueba de que no hay ninguna alternativa. Esta prueba no es teórica sino que es una prueba de su poder.

Por un lado, se da esta prueba en el plano de la argumentación por denuncia. Por el hecho de que la realización de cualquier alternativa conlleva problemas técnicos complicados, se puede denunciar como ingenuas a las alternativas en nombre de estos problemas técnicos. Eso presupone que la mayor parte de los "técnicos" declare, en nombre de la técnica, el sinsentido de la alternativa. Pero como la gran mayoría de los técnicos trabaja en instituciones que declaran que para esta sociedad no hay alternativas, para cualquier técnico se convierte en un riesgo profesional admitir la posibilidad técnica de alternativas.

Por ello, los bancos, los ministerios, las instituciones internacionales y cualquier empresa, determinan lo que será la opinión de sus técnicos. Si existe a la vez un control suficientemente grande sobre los medios de comunicación, se da fácilmente, en nombre de su no-factibilidad técnica, una condena casi unánime de todas las alternativas. Se las pinta de ingenuas e ilusorias. Este juicio mayoritario desemboca fácilmente en un juicio tautológicamente unánime, en cuanto se declara a todos los que consideran algunas alternativas como viables, como personas sin comprensión científica y técnica. El resultado tautológico es: todas las personas con conocimiento técnico concuerdan en que no hay alternativas, porque si alguien tiene conocimiento científico o técnico está de acuerdo en que no hay alternativas. Quien considera factible una alternativa, demuestra, por considerarla factible, que no tiene conocimientos científicos y técnicos suficientes.

Pero no sólo por la argumentación denunciatoria se destruye cualquier alternativa. Se hace igualmente en la propia realidad. Mercado mundial, juicio final. Donde el mercado mundial es el juicio final, el mismo mercado mundial decide, por ejemplo, la imposibilidad de no pagar la deuda externa. El mercado mundial puede producir una situación tal, que se originen para cualquier país que intentara no pagarla, consecuencias todavía más nefastas de las que se dan en el caso de pagarla.

De esta manera, el propio mercado mundial y la realidad comprueban que no hay alternativa. El mercado castiga tan espantosamente al país que se opone al pago, que al final ningún país -hoy ni Cuba- se atreve a declararse en contra. Se prueba que la propia realidad dictamina los valores de tal manera que ninguna alternativa resulta viable. Se demuestra que cualquier alternativa es más catastrófica que el pago de la deuda y la aceptación del ajuste estructural.

Sabemos que, de hecho, no es el mercado mundial el que actúa así, sino los poderes económicos que influyen sobre las condiciones del mercado, de una manera tal que las consecuencias producidas por el mercado tengan esta orientación. Esta es ciertamente una cuestión de poder. Si se tiene el poder se puede asegurar una condena sobre cualquier alternativa, condena que posteriormente es cumplida por la realidad del mercado mundial mismo.

Cuando al inicio de los años 80, la UNESCO presentó un proyecto para una nueva agencia de noticias internacionales, con el propósito de garantizar un mejor servicio de noticias desde el punto de vista del Tercer Mundo, que debía trabajar complementando a las agencias de noticias dominantes de los países del norte. Se trataba de un sistema de información alternativo para el mundo. Para mostrar que esta alternativa no era "realista", los Estados Unidos se salieron de la UNESCO, mientras que Inglaterra cortó sus aportes financieros, llevándola ambos en conjunto al borde del colapso financiero. Sin los aportes financieros de ambos países, la UNESCO no podía existir. El resultado mostró que la alternativa era "utópica". Estados Unidos e Inglaterra argumentaron que la nueva agencia pondría en peligro la libertad de información. Hoy sabemos para quién podría haber sido peligrosa. Habría estado en peligro el dominio planetario sobre los medios de comunicación, el cual se mostró durante la guerra contra Irak.

Cuando el secretario general del FMI, Camdesus, visitó Costa Rica en 1990, un periodista lo preguntó por los costos que para el país significaban el pago de la deuda y el ajuste estructural. El contestó: La cuestión es cuál sería para el pueblo de Costa Rica el costo de no ajustar sus estructuras. El costo podría ser la interrupción del financiamiento interno, reducción de la inversión, paralización de un acuerdo de renegociación de la deuda, interrupción de las importaciones. El costo sería la recesión.

Nuestra posición no es exactamente la de recomendar ni imponer medidas, nuestra posición es la del diálogo. El hecho de que las metas no hayan sido respetadas y que nosotros hayamos suspendido los desembolsos, no significa un castigo, sino una realidad a la cual se enfrenta el país adaptando sus políticas. Luego nosotros desembolsaremos.

Mercado mundial, juicio final. Lo que Camdesus nos dice es que se destruirá la economía de cualquier país que busque alternativas al pago de la deuda externa. Esta destrucción la considera la prueba de que no existe ninguna alternativa. Sin embargo, no admite ninguna responsabilidad humana, aunque el FMI sea el instrumento para llevar a cabo esta destrucción. Simplemente, él ejecuta lo que la realidad exige. Ni siquiera castiga. La realidad castiga y determina mediante castigo los valores que es necesario cumplir.

¿Tenía Nicaragua una alternativa después de que los sandinistas derrotaron a Somoza y subieron al poder? Como se considera dogmáticamente que no hay alternativas a la sociedad burguesa del mercado total, era previsible que los sandinistas no podían presentar ninguna. El bloqueo económico, lo mismo que la guerra de Estados Unidos en contra de Nicaragua por medio de la contra, dieron la prueba: la economía nicaragüense fue arruinada. No había alternativa, la prueba era concluyente.

Una sociedad que afirma de sí misma que no hay alternativas para ella es infalible de una manera tautológica, si tiene el poder suficiente. Al plantear la cuestión del poder y destruir las alternativas posibles, da la prueba de que no hay alternativas. De este modo puede comprobar que es el fin de la historia y que la historia está de su lado. Pero si no se logra ir más allá de esta sociedad, realmente termina la historia. Si realmente el capitalismo es el fin de la historia, como nos dice Fukuyama, es también una cuestión de poder. Depende de si tiene el poder de brindar la prueba.

¿Hay alternativas? Desde el punto de vista de una sociedad que sostiene de sí misma que no hay alternativa para ella, y que tiene el poder para destruir todas las alternativas, esta es una simple cuestión metafísica. ¿De qué sirve una discusión sobre la posibilidad de alternativas si no se puede realizarlas porque el que afirma que no hay alternativas tiene el poder de destruirlas?

Desde el siglo XIX, el socialismo revolucionario concluyó que era necesario también plantear la cuestión del poder, para poder realizar alguna alternativa. Sin embargo, desembocó también en una sociedad que sostenía de sí misma que no había alternativa para ella y que, por lo tanto, tenía que destruir todas las alternativas que surgieran. El resultado fue que en el conflicto de los sistemas del capitalismo y el socialismo, ambos constituyeron sociedades que aseveraban que no había alternativa para ellas. Se trata de un conflicto en el cual las dos partes en conflicto, se asemejan como la imagen en el espejo. Ambos se desarrollaron en la dirección de una totalización a partir de su institución central, que está marcada por las relaciones de producción. En consecuencia, en el conflicto de sistemas se confrontaron el mercado total y la planificación total.

No obstante, se mostró que en este conflicto, el capitalismo del mercado total tiene el poder de destruir como alternativa al socialismo del plan total. Hoy, éste prácticamente ha terminado. La razón no es casual. Se demostró que únicamente el capitalismo total puede producir los medios totales. Como resultado, sus poderes centrales lograron el poder total sobre el mundo y pudieron constituir con el mercado la primera institución total con domino mundial. Esto se ve en el hecho de que hoy prácticamente ya no existe asilo político.

Tampoco hay medios de comunicación capaces de criticar al sistema. Tampoco sirve la radio de onda corta para tener noticias desde afuera, si ya no existe ningún afuera. La libertad de opinión en los medios de comunicación ha perdido su sentido, por cuanto éstos suponen que vivimos en una sociedad para la cual no hay alternativa. El control de las opiniones es ahora planetario, lo que experimentamos por primera vez con la información sobre la guerra contra Irak. No hubo información alternativa en el mundo entero. Todos los medios de comunicación repitieron lo mismo. Todos se transformaron en Radio Eriwan. La libertad de opinión se retiró a las publicaciones del tipo samisdat de los grupos de solidaridad y otros grupos marginales. El sistema se transformó en sistema total.

La palabra "total" es la palabra de moda

La palabra total se ha transformado de nuevo en palabra de moda. Todo se celebra en términos totales. PanAm ofrecía en sus vuelos "comodidad total". Aparecen libros -traducidos del inglés- con los títulos La Mujer total, El hombre total, La familia total. Se ofrecen "computadores totales", etc. Hasta el Papa quiere sacerdotes con "fe total".

¿Hay alternativa? Esta no es una pregunta sobre modelos de escritorio. Tampoco es una pregunta por salidas "realistas". Hay modelos de escritorio y salidas realistas. Sin embargo, cuando nos enfrentamos a un sistema que tiene el poder mundial y que destruye todas las alternativas, porque afirma, y por lo tanto tiene que comprobar constantemente, que no existe alternativa para él, entonces no hay alternativa realista. Aunque una alternativa sea realista, no lo es. No existe, aun cuando se pueda decir que sería una alternativa en el caso de que el sistema la aceptara. Como éste no acepta ninguna alternativa, jamás se puede comprobar el realismo de ninguna de ellas.

¿Es entonces el capitalismo del mercado total la única alternativa? En tal caso, se trata del fin de la historia y no queda más libertad que la de determinar quién es el más apto para ejecutar esta única alternativa que existe. Con ello se termina también la democracia liberal clásica. Ya no se enfrentan alternativas para competir por los electores, sino que la pregunta es exclusivamente cuál de los competidores realiza mejor lo que ya está determinado como única alternativa. Cualquier persona que todavía ose ofrecer alternativas, es considerado ahora un estúpido o un traidor. En este caso, asimismo, ya no existe ninguna moral y la libertad humana se reduce a la libertad de elegir el color de la corbata, estando todavía prohibido elegir el color rojo. En la opinión pública se celebra siempre lo mismo, la única alternativa para la cual no hay ninguna otra. Solamente existe eso, jamás algo diferente.

El espacio de las alternativas potenciales

Teniendo el poder mundial, este sistema únicamente puede fracasar por razones que están dentro de él. Eso también significa que sólo puede fracasar porque nosotros lo hacemos fracasar, siendo nosotros una parte de él. Pero no puede fracasar porque se le plantee la cuestión del poder, dado que ya ha conquistado en su favor todo el poder posible. Es poder total, y por ende, totalmente corrupto. Es una torre de Babel que esta vez alcanza el cielo como nunca antes. No puede fracasar sino por la confusión de las lenguas. Eso significa: por sí mismo.

Pero, ¿por qué debería fracasar? Fracasa a consecuencia de su propio automatismo, de su mano invisible, que tiende a la destrucción acumulativa del ser humano y de la naturaleza. Cuanto más se rechazan alternativas posibles, tanto más rápido es el proceso de destrucción. El sistema se transforma en un dinosaurio que lo devora todo, y que finalmente ya no tiene nada más que devorar. Por eso aparece el heroísmo del suicidio colectivo, que transforma este proceso de destrucción en una celebración de la muerte y en la locura de seguirlo como sentido más alto de la vida. Sin embargo, el salvajismo de un mundo que expulsa a los sobrantes para transformar el planeta en un arca de Noé para el resto, es igualmente acumulativo y desemboca en el mismo suicidio colectivo, que realiza ahora en nombre de la lucha contra el derrumbe y la nueva destrucción acumulativa que sigue.

Este proceso de destrucción tiene su raíz en el hecho de que cualquier tecnología que se aplique dentro de los criterios de selección del mercado es fragmentaria y, en consecuencia, subvierte los sistemas interdependientes de la división social del trabajo y de la naturaleza. Cuanto más se totaliza al mercado como única alternativa para la cual no existe ninguna otra, tanto más se da paso libre a este proceso de destrucción. Y es que una técnica liberada de todas las limitaciones, lleva a la destrucción de los fundamentos de la vida humana.

Hay que detener el proceso de destrucción que está en curso. Hay que suspender el criterio de la eficiencia fragmentaria, cuando ésta lleva a la destrucción de los fundamentos de la vida humana. Constantemente se hace necesario intervenir de una manera que, desde el punto de vista de la eficiencia fragmentaria, no es eficiente. No obstante, visto bajo el punto de vista de nuestras oportunidades de vida, eso es precisamente lo "eficiente".

¿Es el mercado total una alternativa para una economía en la que el mercado es limitado de esta forma? ¿Es el mercado total, del cual se sostiene que es la única alternativa frente a todos los órdenes pensables, una alternativa? Es una alternativa solamente para los suicidas, que miran el mundo desde el punto de vista del heroísmo del suicidio colectivo.

Por esto podemos hablar de un espacio de alternativas potenciales, que tienen que excluir aquellas soluciones aparentes que no se pueden considerar como alternativas, las soluciones cuyas consecuencias llevan al suicidio colectivo de la humanidad. Se requiere excluir justamente las pretendidas alternativas de las cuales se trata en la lucha de los sistemas. Las alternativas que se presentan como sociedades para las que no hay alternativa -socialismo estalinista y capitalismo del mercado total-, no son alternativas potenciales. Su afirmación de que para ellas no existe alternativa, revela precisamente que ellas no son alternativas posibles.

Cualquier sociedad que sostenga que no hay alternativa para ella, demuestra que ella no es ninguna alternativa. De ella podemos decir, a priori, que únicamente se puede legitimar por el suicidio colectivo. El socialismo histórico se derrumbó porque no estaba dispuesto a sacar las consecuencias del suicidio colectivo. De igual manera, el capitalismo del mercado total se derrumbará en cuanto no tenga esta disposición. El no es ninguna alternativa, a pesar de que agresivamente se presente como la única alternativa.

De aquí se deriva el espacio de las alternativas potenciales. Se trata de todas aquellas alternativas imaginables y argumentables que se mueven entre esos dos extremos que no pueden ser alternativas. Se trata de alternativas potenciales en el sentido de alternativas discutibles, cuya factibilidad efectiva será el resultado de una argumentación empírica. Aunque sean alternativas potenciales, pueden resultar no factibles de ser sustituidas por otras. Sobre ellas no hay un criterio apriorístico. Este criterio sólo puede existir para los extremos de la totalización: plan total o mercado total.

Por eso, el criterio que decida sobre estas alternativas no puede ser un principio abstracto. No obstante, por encima de estas alternativas potenciales hay un criterio sintético que tiene que mediar la selección. Se trata del criterio concreto de las posibilidades de vida de todos los seres humanos, que implica la vida de la naturaleza como el fundamento de toda posibilidad de vivir. No es posible sustituir este criterio por principios abstractos como serían la tasa de crecimiento o la tasa de ganancia. Este es un criterio universalista. Es el criterio del universalismo del ser humano concreto, enfrentado a los universalismos abstractos, sean los del mercado, sean los del plan centralizado.

Estas alternativas potenciales no serán promovidas por el poder. Además, hoy no puede haber duda de que en su nombre tampoco se puede tomar el poder, lo que siempre desemboca en la sustitución de un sistema por su contrario. El extremismo actual del mercado total surgió precisamente por este mecanismo, por el mismo por el que había surgido antes el extremismo de la planificación total. No tiene ningún sentido seguir oscilando entre estos extremos. Ello solamente llevará a la repetición de la historia.

Por otro lado, estas alternativas potenciales, en la lógica de la sociedad actual del mercado total, son constantemente destruidas y no tienen el poder de imponerse. Por el hecho de que son constantemente destruidas y destruibles, llegan a tener el carácter de algo irreal, utópico, metafísico.

La realidad y sus exigencias se transforman en lo irreal, y la locura parece ser lo razonable. La sociedad que no admite alternativas se defiende en nombre de la locura: "Cuando todos se vuelven locos, lo racional es volverse loco también". Kindleberger llega a esta conclusión. Se destruye la misma posiblidad de discutir racionalmente. Lo que plantea Kindleberger no es más que una de las variantes del heroísmo del suicidio colectivo.

La resistencia como condición de la racionalidad

Si esta es la situación, ¿qué se puede hacer?

Primero, el rechazo a volverse loco cuando nuestra sociedad declara la locura como lo racional. Es necesario rechazar esta racionalidad de la muerte. Esa es la condición de todas las alternativas posibles. Quien se deja llevar por esta atracción de la locura, no puede sino celebrar la muerte en nombre de la única alternativa para la que no existe ninguna otra.

Lo segundo es la resistencia. Presupone que la legalidad no es legitimidad. Es lo contrario a Max Weber, quien declara su legitimidad por la legalidad. Ninguna medida, aunque sea legalizada en nombre de empresas o del Estado, es legítima simplemente porque está permitida en el marco de las normas legales. Para serlo, tiene que ser compatible con las condiciones de sobrevivencia de la humanidad y de la naturaleza. Esta compatibilidad jamás se puede expresar por criterios de legalidad. Al contrario, la misma legalidad, cuando afirma constituir la legitimidad, destruye tendencialmente estas condicions de sobrevivencia. Por eso, sin la resistencia en nombre de estas condiciones de sobrevivencia,ningún sistema social puede ser racional. Todo pensamiento burgués conlleva la ilusión de que hay leyes -las leyes del mercado- cuyo simple cumplimiento asegura la racionalidad. Por esta razón desemboca constantemente en aquella "racionalidad de lo racionalizado" que el mismo Max Weber había visto.

Si una sociedad moderna tiene que basarse necesariamente en la legalidad, ella sólo puede ser racional si se ejerce resistencia en nombre de las condiciones de la sobrevivencia humana. Una decisión formal-racional únicamente es racional cuando es mediada y canalizada por las condiciones de la sobrevivencia humana. Solamente la resistencia y la mediación entre el criterio formal-racional y el criterio de la sobrevivencia humana pueden asegurar eso. En cambio, si la decisión formal-racional, al entrar en conflicto con las condiciones de la sobrevivencia humana, no encuentran resistencia, destruye.

La teoría económica neoclásica sostiene, por el contrario, que el precio libre determinado por la competencia es el precio racional. Esta teoría ya implica la ideología del mercado total, a pesar de que sólo ahora el neoliberalismo la hace explícita y políticamente operativa. Según este punto de vista, los precios son tanto más racionales cuanto más automáticamente opera el mecanismo de precios. La racionalidad parece ser un producto de la inercia institucional de las instituciones del mercado. Cuanto menos se interviene en el mercado, tanto mayor la racionalidad.

De este modo se asume la racionalidad fragmentaria en forma extrema. Se barre con todas las exigencias de la racionalidad reproductiva, de la cual ni siquiera se reconoce su carácter científico. Hasta Max Weber se comporta como si en el caso de la racionalidad reproductiva, se tratara de juicios de valor sobre los que la ciencia no puede hablar. Los resultados de una acción fragmentaria de este tipo parecen ser completamente irrevelantes. Si se destruyen las condiciones de sobrevivencia humana, incluso eso es considerado como un resultado racional de la racionalidad. Es por esto que esta teoría económica desemboca en la apología de la locura.

Cuando se toman en cuenta la racionalidad reproductiva, se hace visible que el precio de la competencia pura es un precio irracional. Por eso, en el caso de su totalización resulta incompatible con la racionalidad económica. Si efectivamente actuáramos automáticamente según estos precios, tendríamos que rasurar el planeta y después morir. Precisamente, esta consecuencia revela la insensatez del concepto de racionalidad de la teoría económica neoclásica.

Esta tendencia a la irracionalidad de las decisiones del mercado radica en los mismos precios de competencia y no es un resultado del carácter imperfecto de la competencia. El precio de competencia no contiene los criterios que pueden garantizar la racionalidad reproductiva. De ahí que su lógica -por su mano invisible- lleva a la destrucción de las condiciones de vida de la humanidad.

Este concepto insensato de la racionalidad -la locura como el comportamiento racional-, fue introducido por Popper en el conjunto de las ciencias sociales del mundo libre. El declara la racionalidad fragmentaria como la única forma realista de aplicación de la tecnología. A ella le contrapone la que llama tecnología "utópica". De esta manera, el camino hacia la destrucción de las condiciones de la vida humana parece ser el único camino "realista".

El resultado necesario es la idea de que la sociedad burguesa es la única sociedad para la cual no hay ninguna alternativa. No obstante, una sociedad para la que no existe ninguna alternativa es, por eso mismo, una sociedad cerrada y es el fin de la historia. Con muchas voces se canta siempre la misma melodía. Es el fin del pluralismo. El hecho de que Popper denomine precisamente a esta sociedad cerrada como "abierta", es parte de la confusión de lenguas que aparece con la construcción de esta torre. El anti-utopismo desemboca así en el totalitarismo.

La teoría económica neoliberal no conoce ningún análisis de la racionalidad reproductiva. Esta, sin embargo, es de una importancia decisiva. Frente a todos los fenómenos parciales de destrucción, la teoría neoliberal contesta con una apología constante que, por deducción de principios, llega al resultado de que el automatismo del mercado es el medio más adecuado para solucionar todos los problemas. David Friedman da el nombre adecuado a este tipo de pensamiento: máquina de libertad.

Se cree que el mercado, como simple automatismo, produce libertad, del mismo modo que una fábrica produce salchichas. Se trata del totalitarismo del mercado. La máquina de libertad se transforma en una máquina de horror. Porque la libertad humana no puede consistir más que en una relación del sujeto con las instituciones, en la que el sujeto somete a las instituciones a sus condiciones de vida. Pero las máquinas de libertad -también el estalinismo era una máquina de libertad- prometen la libertad como resultado del sometimiento absoluto a las instituciones y sus leyes, identificándose con ellas. No admiten ninguna subjetividad del ser humano. Lo transforman en una parte del engranaje de la máquina de libertad. Lo que no funciona como parte de esta máquina se puede desechar. Este es en la actualidad el destino del Tercer Mundo.

Por esta razón, la racionalidad de la sociedad no puede ser sino el resultado de un conflicto constante entre la legalidad y una legitimidad que nace de la consideración de estas condiciones de vida. Sin resistencia, sin la consiguiente corrección del precio de mercado y de las decisiones del mercado desde el punto de vista de las condiciones de vida humana, no puede haber racionalidad económica.

De la resistencia nacerán las alternativas

Esta resistencia tiene que provocar las alternativas. Tiene que hacerlas inevitables para que lleguen a tener un lugar en el sistema establecido que está basado en la legalidad. Tiene que intervenir constantemente en la lógica inerte de este sistema, para someterla a una lógica diferente. Pero esta fuerza que ejerce la resistencia no puede tener éxito sino en el caso de que intente ganar la opinión de tantos seres humanos como sea posible. Por eso no debe ser una resistencia ciega.

Tiene que ganar a los seres humanos para que reconozcan la lógica del suicidio colectivo, se resistan a ella y deriven las consecuencias necesarias. Unicamente de esta forma las alternativas podrán imponerse. Si, en cambio, la humanidad se emborracha con el heroísmo del suicidio colectivo, ella tiene el poder para realizarlo y nadie lo podrá impedir. Querer vivir es una tarea, no es el resultado de una reacción instintiva. El instinto es sólo un punto de partida.

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