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  Número 467 | Febrero 2021
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Nicaragua

“Después de los huracanes alguien tiene que hablar por la Costa Caribe”

Lottie Cunningham Wren, abogada y enfermera, se identifica siempre como “una indígena mískita”. Fundó en 1997 CEJUDHCAN (Centro por la Justicia y los Derechos Humanos de la Costa Atlántica de Nicaragua). Recibió en octubre de 2020 el que es conocido como Premio Nobel Alternativo, que otorga cada año la fundación de Suecia Right Livelihood Award, “por su incansable dedicación a la protección de las tierras y comunidades indígenas contra la explotación y el saqueo”. Dos meses después del paso de los huracanes Eta y Iota por la Costa Caribe, habló de la crisis humanitaria que viven las comunidades, en una charla con Envío que transcribimos.

Lottie Cunningham Wren

El 11 de enero el Presidente de Nicaragua dijo que ya había empezado el proceso de reconstrucción en la Costa Caribe. No es verdad. No hemos observado ninguna reconstrucción que esté haciendo el gobierno. Lo que está haciendo en reconstrucción es en la escuela pública de aquí de la ciudad de Bilwi, municipio de Puerto Cabezas. Pero reconstrucción en las comunidades no hay. Peor en las comunidades más lejanas. También hemos visto que autoridades del gobierno iniciaron a mover tierra, supuestamente para la construcción del hospital regional, aquí en Bilwi. Hemos observado varias maquinarias haciendo movimientos. Pero hay una gran desconfianza en las comunidades, porque cada vez que vienen las elecciones eso hacen, con la propaganda de que nos van a construir el hospital… pero nunca se construye. Sólo es promesa y promesa. Espero que por fin cumplan porque ese hospital es necesario, es urgente. Vivimos en la única región de Nicaragua que no tiene hospital regional. Y ahora, con la crisis por el covid y por las consecuencias de los dos huracanes, ese hospital lo necesitamos más que nunca.

Hoy, después de los dos huracanes que afectaron nuestras comunidades indígenas y afrodescendientes, la situación es gravísima. La Costa Caribe vive hoy una auténtica crisis humanitaria. Sabemos que los desastres naturales empeoran siempre la situación de los derechos humanos individuales y colectivos. Y eso es lo que ha pasado. Ya sufrían las comunidades en sus derechos y ahora este desastre lo ha agravado todo. Esta crisis mayor se suma a otras crisis que ya existían.

Desde hace años, las autoridades del Estado de Nicaragua han motivado y promovido constantemente actividades extractivas, la minería, la explotación forestal, la ganadería extensiva, los monocultivos. Todo eso ha dañado el medioambiente y ha contaminado nuestros ríos. Desde hace años, las comunidades indígenas vienen perdiendo continuamente sus territorios y han tenido que desplazarse a la fuerza de sus tierras por la invasión de los colonos armados. Desde hace años ha habido en la Costa inseguridad alimentaria. Ahora, la devastación causada por los huracanes lo ha puesto todo peor para todos. Cuando llegó Eta y enseguida le siguió Iota, la pobreza en la que vivían las comunidades de la Costa Caribe Norte se convirtió de repente en una extrema pobreza.

En las dos regiones autónomas de la Costa Caribe hay 304 comunidades indígenas y afrodescendientes, con sus territorios ya demarcados. Los huracanes afectaron aproximadamente a 260 comunidades de la Costa Caribe Norte. De ellas, 54 comunidades fueron impactadas de forma gravísima. Nosotras calculamos que han sido aproximadamente 130 mil las personas afectadas en la Costa Caribe Norte.

En las 54 comunidades que sufrieron más, sólo quedaron una o dos casas en pie. Sin techo y destruidas quedaron las casas de las comunidades que están cerca del océano. En las comunidades de Río Coco abajo las casas quedaron totalmente inundadas. En todas esas 54 la gente quedó sin lo básico para sobrevivir. Perdieron todo, no les quedó nada. Nada, absolutamente nada. Los vientos y las lluvias se llevaron lo poco que tenían, todas sus herramientas, toda su ropa, toda su comida. Hasta las cucharas perdieron. La producción agrícola quedó arrasada, los plátanos, los bananos. Y la yuca quedó podrida por la cantidad de agua que cayó.

Yo no estaba cuando impactaron los dos huracanes. Había viajado fuera del país para realizar algunas acciones de incidencia ante la comunidad internacional para hacer visible las violaciones de derechos humanos contra los pueblos del Caribe. Explicaba nuestra preocupación por las concesiones y los permisos que las autoridades del gobierno de Nicaragua les han otorgado a las corporaciones para actividades mineras y de explotación forestal.

Estaba en esa tarea cuando me anunciaron, en octubre, que había ganado el premio. Y como tenía que participar en la ceremonia de entrega en una embajada de Suecia, me quedé hasta cumplir con ese compromiso. Después de la ceremonia decidí regresar, perofue muy difícil por los requerimientos que hay para viajar por la pandemia. Pero, aunque no estuve físicamente en mi oficina, seguí trabajando en línea con mis colegas.

Pude regresar hasta el 13 de diciembre. Me encontré con una total devastación en la ciudad de Bilwi y en todas las comunidades que comencé a visitar para apoyarlas con lo básico, principalmente alimentos. Las defensoras y defensores de derechos humanos de CEJUDHCAN hemos recorrido diferentes territorios para verificar lo ocurrido y evaluar las necesidades. Hemos estado en las comunidades que viven junto al océano, en las que viven Río Coco arriba y Río Coco abajo y en las comunidades de Tasba Raya. Los testimonios que escuchamos de las mujeres son tristes: “Empacamos cuando escuchamos que venía el huracán, y cuando pasó volvimos para ver que no nos quedó nada, se llevó nuestra ropa, se llevó todo, también las partidas de nacimiento de nuestros hijos, nuestras cédulas”.

Nuestras visitas no han sido sólo para escuchar a mujeres, a jóvenes, a ancianas y ancianos, a las autoridades tradicionales. Los hemos apoyado con comida, con clavos, martillos y serruchos, herramientas que necesitan con urgencia para reparar sus casas. En otros lados les hemos apoyado con semillas de frijoles, de maíz, de hortalizas y con palas, picos, machetes y limas, para que vuelvan a sembrar la tierra.

Muchas comunidades no fueron evacuadas con anticipo. El gobierno no se preparó bien para esto, aunque había información suficiente sobre por dónde entraría el huracán a tierra firme y sobre su máxima categoría de destrucción. Sin embargo, las autoridades del gobierno no alertaron con suficiente tiempo a la población. Donde llegó el Ejército Nacional a evacuar fue a las comunidades más cercanas al océano en la ciudad de Bilwi. Pero las comunidades más lejanas, a las que estamos apoyando ahorita, las que están muy metidas dentro, donde nunca llega nada, donde siempre el Estado se encuentra ausente, donde los únicos que llegan son los colonos invasores armados a apropiarse de sus tierras, donde sólo aparece el Ejército a reprimir, a esas comunidades, las más sufridas, nadie llegó a avisarles. Allí nadie evacuó. Allí, el viento y la lluvia se lo llevó todo, ni tierra tienen donde sembrar.

En algunas de esas comunidades todavía hemos visto a las personas deambular de un lado a otro, recorriendo sus tierras sin nada. Van caminando así, todavía traumados por lo que les pasó. Son comunidades donde las mujeres tuvieron que caminar lejos de sus viviendas para que los escombros de sus casas, destruidas por el primer huracán, no golpearan a sus hijos al ser arrastrados por las corrientes de agua del segundo huracán. Ellas nos cuentan que protegieron a sus hijos y a sus hijas como las gallinas cubren bajo sus alas a sus pollos. Nos relatan que así pasaron de doce a veinte horas a la total intemperie bajo la lluvia y el viento sin ninguna protección durante el segundo huracán. Porque cuando llegó el segundo, el Iota, ya no había dónde refugiarse. El primero, el Eta, había destruido las escuelas y dejó a las iglesias sin techos. Y ellas tenían temor de que los muros de las iglesias se les derrumbaran encima.

Hemos visitado también comunidades que están por el lado de Bosawás, particularmente por el río Waspuk, en el municipio de Waspam. El huracán devastó esa zona con enormes inundaciones. Y los vientos que llegaron allí -mi abuela los llamaría “las colas del huracán”- eran colas, pero muy fuertes y arrasaron las viviendas, que allí son muy frágiles, construidas con madera y bambú. Allí perdieron toda la producción agrícola.

Mucha gente sembró muy tarde su arroz porque las lluvias del invierno entraron fuertes y estaban sacando el arroz en los días del huracán. Los sacos llenos de arroz se los llevaron las corrientes de agua. Siempre las comunidades indígenas levantan casetas pequeñas con techo de hojas y ahí meten el arroz que van sacando. Lo hacen así por las distancias que hay entre sus parcelas y su comunidad. Como nadie les avisó del huracán, no les dio tiempo a sacarlo de las casetas. Me decía un señor que tenía trece sacos de arroz y la inundación se lo pudrió todito.

En las comunidades en donde hubo evacuación, las escuelas que se usaron como refugios ya estaban deterioradas antes de los huracanes. No tenían letrinas. Imagínense tener a 5 mil personas en dos o tres escuelas. Sólo con 800 personas por escuela, ¿qué condiciones había sin letrina, sin agua, sin comida, sin colchones? El gobierno no ofreció ninguna condición preliminar, ni siquiera suficientes lugares para acoger a tanta gente.

De las comunidades más cercanas brindaron apoyo, en comida y en agua, a la población amontonada en los refugios. Aquí en la ciudad de Bilwi había unos ocho albergues en escuelas y también en iglesias. Según escuché a algunos pastores y reverendos, las autoridades del gobierno dejaron a la población en el albergue y ya no volvieron. Ésa es la realidad. Tampoco se tomaron medidas de protección para reducir los posibles contagios del covid en los albergues. Y ahora ya estamos observando brotes de la enfermedad en varios lados. El hospital de Bilwi, casi colapsado, ya no está recibiendo enfermos. Semanalmente se nos mueren dos o tres personas de covid-19, aunque digan que no fue por covid. Las autoridades del gobierno continúan dando información confusa. Y en los puestos y centros de salud que hay en las comunidades no hay medicamentos. Falta lo más básico para atender una emergencia. Ni un acetaminofén hay para bajar la fiebre. No hay analgésicos ni antidiarreicos. Y en algunas comunidades ni puesto de salud hay ni personal de salud hay.

Nos preocupa que el gobierno además de que no ha reconstruido nada en las comunidades, tampoco ha permitido a la comunidad internacional entrar a reconstruir. Diferente de lo que sucedió con el huracán Félix. En aquel año (2007), permitieron la llegada a la Costa de aviones tras aviones, de barcos tras barcos. Hasta entró un barco que era hospital para atender a la población enferma. Ahora, nada de nada. La comunidad internacional está pidiendo entrar, pero el gobierno no autoriza. Después del huracán llegó un grupo religioso. Traía 800 láminas de zinc, que entregó a algunas familias a las que el gobierno, cuando distribuyó zinc, no les había dado. Ese grupo religioso quería traer una brigada de carpinteros con materiales de construcción para ir construyendo viviendas en algunas comunidades, pero se lo han negado. Según escuchamos a las autoridades tradicionales de las comunidades, el grupo iba a solicitar permiso al gobierno regional y al gobierno central, pero no han regresado. Y los comunitarios nos dijeron que los religiosos les habían dicho que si no regresaban era porque no les habían dado el permiso.

Considero que la reconstrucción del gobierno no debe ser sólo reconstrucción de escuelas. El gobierno de Nicaragua tiene la responsabilidad y la obligación de reconstruir las comunidades indígenas. Y también desde ahora debe hacer construcciones que sirvan como refugios. Porque estos huracanes se pueden repetir. El gobierno tiene la responsabilidad de mejorar las viviendas de las comunidades indígenas. No puede entregar sólo láminas de zinc para colocar un techo. Las comunidades tienen derecho a una vivienda digna, eso es un derecho humano.

Después de los huracanes llegó un avión del Ejército Nacional aquí a la ciudad de Bilwi con militares. Y llegaron también varios camiones del Ejército que traían láminas de zinc para los municipios de Waspam y de Puerto Cabezas. La población desconoce cualquier otra ayuda que ésa. Con las diez o quince láminas que entregaron, las personas pusieron techo a sus viviendas, nada más. Otros usaron los escombros que les quedaron para poner techo y proteger a sus familias de las lluvias y del sol. Pero nadie ha podido reconstruir su casa. El gobierno tendría que organizar cuadrillas con maestros de obras y carpinteros y traerlos para reconstruir las comunidades y así crear trabajo para las familias indígenas que quedaron peor. Aquí en Bilwi hay todavía barrios en los que las personas están viviendo en el suelo.

En las comunidades lo que vemos son casas donde el techo es una mezcla de láminas de zinc viejo con láminas nuevas. En otras, el techo es zinc con plástico negro. Las paredes de muchas viviendas son de plástico negro. Algunas familias usaron maderas que recogieron de entre los escombros de sus patios. Otras tienen almacenadas esas maderas, esperando donaciones de clavos y de martillos, para mejorar en lo mínimo sus casas destruidas.

Esto es muy duro, muy triste. A las comunidades indígenas el gobierno nos ha dejado solos, a que cada quien resuelva sus problemas. No es nuevo esto. Siempre hemos visto que el Estado de Nicaragua, y particularmente con este gobierno, nos mantiene en exclusión. La pobreza en que vivimos, la pobreza que existe aquí, es una forma de discriminación racial, es una forma de hacernos invisibles.

Lamentablemente, esta exclusión por razones raciales está institucionalizada por el Estado de Nicaragua. A la Costa Caribe siempre nos han excluido del desarrollo nacional. Nos sentimos siempre olvidados y abandonados. Sólo ocupan nuestro territorio para sobrexplotar nuestros recursos naturales con actividades extractivas, con minería, pesca, con la explotación forestal, la ganadería y con monocultivos que son dañinos al medioambiente como la palma africana.

Nunca nos han garantizado los derechos humanos más básicos, la alimentación, la salud, una vivienda digna… Por eso, las comunidades dicen que no tienen ninguna esperanza de que el gobierno les va a venir a ayudar a reconstruir sus casas. Hasta el momento les han prohibido aprovechar la madera de los árboles que el huracán tumbó. Y como no está entrando madera para que la gente pueda decirles a sus familiares que están trabajando en Bilwi que vuelvan a las comunidades para apoyarles a reconstruir, andan viviendo bajo techo inseguro.

Así estamos. Dos meses después de los huracanes, el problema que todavía tenemos en muchas comunidades es la alimentación, el acceso a agua limpia, la falta de medicamentos y de materiales de construcción.

Los que perdieron toda la producción no tienen qué comer y la comida les está llegando por medio del PMA (Programa Mundial de Alimentos). Nos preocupa que el PMA esté dando sólo dos o tres productos. Reconocemos el apoyo, pero se necesita apoyara las familias indígenas de forma más sistemática, mensual, y con productos alimenticios diversos, incluyendo el frijol, la avena y la leche, que dan proteínas. Ha habido también apoyo de algunas iglesias con comida y con agua limpia. Otros, como la embajada de Estados Unidos, han apoyado con alimentación. El mismo embajador visitó algunas comunidades para entregarles comida.

El gobierno no está entregando alimentos. El gobierno sólo ha dado láminas de zinc con algunos clavos y semillas de frijoles y de maíz. Según los comunitarios, hombres y mujeres, la distribución que ha hecho el gobierno es haciendo ya su campaña electoral, su propaganda electoral. En la situación precaria, en la emergencia en la que viven las comunidades, esto no deberían hacerlo así.

En nuestras visitas hemos sabido que muchas personas perdieron su cédula de identidad con el huracán. Las autoridades deben asegurar la entrega de cédulas en los territorios indígenas. Cuando hicimos la distribución de apoyos, priorizamos a las mujeres, sea mujer soltera o mujer casada, y nos impactó comprobar en todos los territorios recorridos que la mayoría de las mujeres no contaban con cédula. Lo que el gobierno les anda entregando es un carnet de su partido político, como que son militantes.

La gente nos pregunta si agarra o no ese carnet. Les decimos: “Si no lo agarrás, no te van a dar nada, no te van a dar semilla, y tus hijos tienen que comer y sobrevivir”. Pero algunas nos dicen: “¡Prefiero morir de hambre que agarrarlo!” Les decimos: “¿Y por qué en la asamblea regional ustedes no exigen que les den la cédula? Díganles que no les traigan ese carnet, que les traigan la cédula de identidad. ¡Díganles que somos nicaragüenses y tenemos derecho a ser cedulados como todo ciudadano nicaragüense! Ésas son las cosas que ustedes tienen que exigir”.

Nos han secuestrado la autonomía. Con este gobierno no hemos tenido ninguna autonomía. La autonomía está escrita en un papel mojado. Existe un deterioro institucional de nuestros derechos autonómicos. Los Gobiernos Regionales Autónomos funcionan sin capacidad para dar respuestas a la población. Estos dos huracanes nos han demostrado que los gobiernos regionales no deciden nada, que es el gobierno central quien toma las decisiones. Que es el partido político en el poder quien decide en todo lo regional y que hay falta de transparencia en la gestión. Todo esto es una violación a la autonomía de los pueblos indígenas y afrodescendientes y de todo el pueblo costeño.

Las autoridades del gobierno central no dieron láminas de zinc a todo mundo. A muchas madres solteras no les dieron. Y a la mayoría de quienes ellos identifican que no simpatizan con el partido político en el gobierno tampoco les dieron. Algunas instituciones del gobierno central han entregado semillas de frijol y de maíz en algunas comunidades, pero no en todas. Para dar todo eso, el gobierno hizo censo. Pero es diferente censar cuántas viviendas que censar cuántas familias. Es distinto distribuir contando viviendas, que contando las familias que habitan en una vivienda. Porque en una vivienda de una comunidad indígena pueden vivir hasta tres familias. Y eso es hasta 18 personas o más. Y hay viviendas con ocho personas en la que la madre es soltera.

La mayoría de las madres solteras viven con sus padres. Y a las madres solteras muchas veces no las pusieron en el censo como beneficiarias para recibir el zinc. Y ellas dicen: “Si me dieran zinc yo haría mi casita, aunque fuera pequeña, para vivir con mis hijos”. Quieren tener una independencia. Porque con la pobreza y la extrema pobreza aumenta la violencia intrafamiliar. Eso es lo que ellas me relatan.

En esta crisis humanitaria las organizaciones no gubernamentales también hemos apoyado. Y como no ha habido acción ninguna del gobierno para garantizar lo más básico, que es el agua, las organizaciones nos distribuimos el garantizar agua en las distintas comunidades en las que ya veníamos trabajando. Nuestro trabajo ha sido reparar, rehabilitar y desinfectar los pozos. Después de los huracanes todos quedaron contaminados y la gente empezó a padecer sed y a padecer enfermedades.

Tuvimos conocimiento que UNICEF iba a ocuparse del agua y de la atención sanitaria. Pero lo que hemos observado en las comunidades es a organizaciones no gubernamentales trabajando en lo del agua, además de en otras tareas. Así que hemos estado limpiando pozos familiares y rehabilitando e instalando bombas manuales para sacar el agua en pozos que son comunales. También hemos dado charlas sobre cómo almacenar y conservar el agua limpia. Incluso, hemos querido medir la calidad del agua que salía de los pozos ya rehabilitados, y hemos buscado el material para hacerlo en los centros de salud y en los policlínicos de la ciudad, pero en ningún lugar hemos hallado un instrumento que sirva para medir la contaminación del agua.

En las primeras comunidades a las que fuimos a trabajar limpiamos setenta pozos, diez comunales. Los pozos comunales tienen más de veinte pies de profundidad, se revisten de concreto y funcionan con una bomba manual. Los pozos familiares son más pequeños y las familias han cooperado en la reparación con los técnicos. A cada pozo comunal le instalamos al lado un lavamanos. Formamos una comisión de mujeres y les dimos charlas para enseñarles cómo cuidar las bombas y sus accesorios, cómo garantizar la limpieza de los pozos, los comunales y los familiares. Estas comisiones estarán formadas por 18 a 22 mujeres en cada comunidad. Se han comprometido a la tarea de supervisar cómo darle buen uso a la bomba y cómo garantizar el mantenimiento de los pozos.

Para nosotros el agua era lo más esencial porque la población se nos iba a morir por la falta de agua apta para tomar. Por eso, como defensoras de derechos humanos tomamos la iniciativa de priorizar el agua y los alimentos. Y también apoyamos con algunos instrumentos para la construcción y la siembra y entregamos plástico negro para que lo usaran como techo y como paredes.

En algunas comunidades preguntaban cómo hacer con su escuela, destruida por los huracanes. Les orientamos que gestionaran su reconstrucción ante las autoridades del Ministerio de Educación. Y que también le exigieran al Ministerio la rehabilitación del pozo de la escuela y la letrina de la escuela, porque todo eso quedó arruinado. Las comunidades querían que fuéramos nosotros quienes rehabilitáramos el pozo de la escuela. Pero les dijimos que no. Les dijimos: “Queremos empoderarlos a ustedes, que sean ustedes los que le soliciten al gobierno que asuma su responsabilidad, es el gobierno el que tiene que venir y reparar la escuela, y dejar como nuevo su pozo y su letrina”.

Siempre que llegamos a las comunidades nos reunimos con las autoridades tradicionales. Y siempre tenemos reuniones con las mujeres. Y vamos a empezar a reunirnos con los jóvenes, porque también sentimos que hay que empezar a escuchar a la juventud.

Desde hace tres años iniciamos trabajo con 395 mujeres para prepararlas en métodos de producción agroecológica. Todos los huertos que hicieron se los llevaron los huracanes. Ahora estamos volviendo a empezar desde cero. Ya les dimos herramientas y semillas, esperamos ver nacer pronto las hortalizas. Esto lo hacemos porque queremos crear la independencia productiva de las mujeres. Y fortalecer su liderazgo dentro de la familia para reducir así la violencia intrafamiliar.

Hemos estado apoyando a las parteras, entregándoles algunas cosas básicas para que atiendan a las mujeres embarazadas y asistan los partos. Me han manifestado las parteras que están utilizando la medicina tradicional. En una comunidad vi a un niño recogiendo una planta en un huerto. Le pregunté “¿Y esa planta?” Me contestó: “Mi mama es partera y la utiliza”. Fui a conversar con la señora para entender y me dijo que como no han tenido apoyo en medicamento, han tratado de volver a sembrar plantas que les sirven para curar la diarrea, la fiebre y la tos. Las están sembrando cercanas a sus casas, porque el huracán destruyó el bosque y no pueden entrar ni un kilómetro adentro con tanto árbol caído.

Hay quienes todavía andan buscando en los montes a ver si hallan su hacha o su machete que les llevó el huracán. Las mujeres nos explicaron que metieron todas sus cosas en sacos y bidones amarrando los sacos a los maderos de las casas y tapando bien los bidones. Y cuando regresaron, todo se lo había llevado el huracán. Nadie les explicó cómo hacer. Ahora les estamos dando charlas ancestrales para que ellos sepan cómo nuestros antepasados se defendían en tiempo del huracán. Yo nací en Bilwaskarma, junto al río Coco, donde sufrimos muchos huracanes. Y mi abuela, cuando venía el huracán, nos ponía a su docena de nietos a hacer un hoyo de cinco pies de profundidad, luego metíamos en un saco todas nuestras cosas, las porras, las ropas, las colchas, lo poco que teníamos y lo echábamos en ese hoyo. El hoyo se tapaba con un zinc viejo y encima poníamos tierra. Ya recogido todo, nos íbamos a refugiar en el hospital de la iglesia morava de Bilwaskarma, que se llamaba Hospital Ruth C.S. Thaeler, construido de concreto por los misioneros norteamericanos. Cuando ya pasaba el huracán, volvíamos a sacar nuestras cosas del fondo del hoyo.

Las mujeres indígenas desconocían esta forma de resguardar sus cosas. Y cuando salieron buscando refugio las dejaron en las casas en baldes bien tapados, creyendo que así las salvaban, pero todo se lo llevó el huracán y se quedaron sin nada. Nadie les explicó. Tampoco nunca habían vivido huracanes de esta naturaleza. Estos huracanes tan fuertes los provoca el cambio climático.

Nuestras comunidades no han recibido información sobre cómo actuar en momentos de desastres naturales. Es la responsabilidad del Estado de Nicaragua a través del SINAPRED (Sistema Nacional de Prevención de Desastres), el que debe dar charlas y talleres. Y tienen que llegar hasta el último rincón del país. Pero el SINAPRED no pasa de las ciudades, no aparece por estas comunidades. Es por eso que vemos que nuestras escuelas no han sido reparadas ni reconstruidas en estos últimos diez años.

Las familias indígenas también perdieron todos sus animales, las vacas, los caballos, sus gallinas, sus patos. También sus perros y sus gatos, que para nosotros son de la familia. Una señora me decía que tenía 87 gallinas, y cuando regresó del refugio las encontró todas muertas, acumuladas entre los escombros. Sólo alcanzaron a vivirle cuatro. Sus vacas se le murieron. Algunos andan todavía buscando unas vacas porque no las han encontrado muertas. Y algunos salvaron a sus perros poniéndolos bajo algo, otros los tienen heridos y están tratando de curarlos.

A pesar de todo lo que estoy relatando, yo no he encontrado en las comunidades desesperación. Yo los admiro porque han sido muy innovadores, capaces de resistir. Me da mucha energía continuar mi lucha en defensa de los derechos humanos cuando escucho a las mujeres, cuando miro a los ancianos, cuando veo todo lo que han hecho los hombres para resguardar a sus hijitos y a sus hijitas apilando todo lo que se les cayó, los restos de sus casas. Y sin la ayuda de nadie. Y sin estar esperando ayuda. Es admirable también todo lo que han hecho para recuperar los frutales que no se les cayeron, esperando no perder el poquito de cosecha que puedan conseguir.

¿Qué es lo que quieren, qué es lo que más piden? Semillas y herramientas para sembrar. Dicen: “No vamos a esperar a nadie, nosotros vamos a hacerlo”. Antes de llegar nosotras, la gente ya había ido a sus plantaciones y como la yuca ya estaba podrida por las lluvias, sacaron el palo de la yuca para conservarlo. Y ahorita ya los volvieron a sembrar. Ya sembraron su yuca. Los plátanos y los bananos sí los perdieron todos. Parte del bosque se mira como quemado… ¿Los árboles? El que no cayó, quedó destruido.

Pero han sido innovadores. Con los escombros también han hecho pequeños huertos cerca de sus casas y ya sembraron plátano, banano y yuca. La yuca en tres meses ya les va a dar. Algunas personas de la ciudad de Bilwi o de otras comunidades donde el huracán causó menos daño, les están regalando o vendiéndoles cocos para que siembren. El huracán arrasó los palos de coco. Y el coco es parte de nuestra cultura, mirar palos de coco en las comunidades es nuestra vida. Ya los están sembrando. Todos estos esfuerzos que he visto, me dicen que aunque ya nada será como antes, la Costa Caribe subsistirá.

Se perdieron frutales importantes: limones, naranjas, la fruta de pan, el pijibay… El fruto de pan era muy bueno, alimentaba, y para la familia indígena y afrodescendiente es una comida cultural. En tiempos difíciles muchas comunidades se han mantenido con fruta de pan y pescado. Pesca sí hay ya, pero todavía se ve muy oscura el agua de las lagunas.

El agua no ha vuelto a verse normal. Hay varias lagunas grandes, la de Karatá, la de Haulover y la de Kukalaya. Hoy tienen sus aguas oscuras. En todas pescan. Y también en el mar. Pero como en verano el viento y las mareas son más fuertes, ahora van con sus botes pequeños de noche a pescar en las lagunas, a pesar de que consiguen menos que en el mar.

El problema que todos hablan es que no hay circulación de dinero: quién le compra a quién y qué cosa le compra y con qué… Aquí no hay trabajo. Y quién le vende qué a quién… La situación está grave. Uno dice: sí, puedo ir a pescar, pero ¿quién me vaa comprar el pescado si nadie tiene dinero? En esta situación lo que la gente está priorizando es sembrar para subsistir: frijol, yuca, maíz… Esto les puede dar cosecha ya en tres meses. Los plátanos dilatarán más: algunos seis meses, otros un año. Y claro está que esta crisis humanitaria va a provocar migración de los comunitarios a la ciudad, a Bilwi. Buscando trabajo. Las hijas y los hijos jóvenes, particularmente los de las madres solteras, van a migrar.

Si no tenemos el apoyo de la comunidad internacional y no contamos con el apoyo del Estado de Nicaragua, yo calculo que habrá mejoría en la Costa Caribe Norte sólo hasta dentro de cinco o diez años.

Sin obviar que seguimos bajo la violencia de los colonos que desde hace años invaden nuestras tierras indígenas. Tenemos conocimiento que ellos también fueron afectados por los huracanes, pero no han salido de lo que invadieron, no. Más bien, los comunitarios nos han informado que están buscando mejores tierras, siempre tierras indígenas. Y en algunas comunidades en donde observan sus movimientos tienen temor porque ellos andan deambulando y siempre van armados. Llegaron a las comunidades diciendo que sólo llegaban para refugiarse por el huracán. Pero, investigando más, lo que dijeron era que, como el huracán les había destruido donde ya vivían, iban a buscar otras tierras mejores. Así que seguirán invadiendo nuestras tierras con la complicidad de las autoridades del Estado de Nicaragua. No hemos podido detenerlos por la impunidad que los protege. Tenemos muchos casos en los juzgados que superan nuestra capacidad.

En unión con el CENIDH (Centro Nicaragüense de Derechos Humanos), con CALPI (Centro de Asistencia Legal para Pueblos Indígenas) y con el Observatorio para la Protección de Defensores de Derechos Humanos, presentamos a inicios de este año un informe que recoge un recuento de los ataques de los colonos contra las comunidades indígenas en el año 2020.

En este año que pasó, colonos armados invadieron tierras indígenas del pueblo mayangna, mataron a trece indígenas, dejaron a ocho heridos, secuestraron a dos y forzaron el desplazamiento de toda una comunidad. Dos niñas mískitas también fueron agredidas este año.

Desde 2011 hasta 2020 tenemos contabilizados en CEJUDHCAN 49 indígenas muertos, 49 heridos, 46 secuestrados y 4 desaparecidos y unas mil personas mískitas han tenido que salir por la fuerza de sus comunidades.

En el informe decimos que todo esto se debe a que el Estado mantiene “una política encubierta de colonización interna”. Es verdad que los territorios indígenas tradicionales ya han sido demarcados y titulados por el Estado. Ahora hace falta cumplir con la última fase, que es el saneamiento de los territorios indígenas. Así, concluiría la demarcación y legalización de las tierras, tal como lo establece la ley 445, aprobada en el año 2003. El Estado no lo ha hecho. Y parece que no quiere cumplir con el saneamiento, que es la última fase del proceso. Y sin saneamiento lo que hay es inseguridad jurídica y tráfico ilegal de tierras.

Ante tanto abandono del Estado y ante tanta pobreza, son las comunidades quienes me dan fuerza. La resistencia que encuentro en las comunidades me da energía. Igual a mis colegas, defensoras y defensores de derechos humanos, quienes también me inspiran por su dedicación y valentía. Yo siempre les digo que no podemos defender los derechos humanos de los pueblos indígenas desde un escritorio, que tenemos que salir a las comunidades. Tenemos que ver sus realidades, vivirlas, palparlas, dormir con ellos, comer con ellos lo que ellos comen. Y cuando vamos a las comunidades, verlas tan frágiles pero tan fuertes, saber lo vulnerables que son y la gran resistencia que tienen, eso nos alimentará la energía.

El premio que me dieron me ha ayudado, me sirve de mucho, me hace sentir más comprometida con esta causa. El compromiso es continuar informando sobre la situación en que están los derechos humanos de los pueblos indígenas y los pueblos afrodescendientes.

Vamos a seguir acompañándolos, denunciando lo que viven ante los mecanismos internacionales de derechos humanos y ante la comunidad internacional, para exigirle al Estado de Nicaragua que cumpla con sus compromisos internacionales y para que implemente por fin las medidas de protección que el sistema interamericano de derechos humanos otorgó a las 12 comunidades indígenas más desprotegidas.

Nicaragua vive hoy la peor crisis de derechos humanos de su historia. Para el mundo esto empezó en 2018. Para los indígenas y afrodescendientes de la Costa Caribe siempre existió.

Pero hasta hace poco no nos creían. Me acuerdo que en 2017, cuando hice una gira a algunos países de Europa, me quedaban viendo rara cuando yo les hablaba del deterioro institucional que existía en Nicaragua. Cuando les decía que había cierre de espacios a la sociedad civil, cuando les comentaba que quienes defendíamos la tierra estábamos sufriendo criminalización, muchas personas me cuestionaban. Me decían que era imposible que un gobierno de izquierda hiciera eso…

Con la crisis de derechos humanos que enfrenta ya todo el pueblo de Nicaragua, una crisis con consecuencias en nuestros territorios, yo me siento honrada con este premio, con este reconocimiento. Es un premio que hace visible lo que le sucede hoy al pueblo de Nicaragua.

No asumo este premio a título personal. Lo acepto humildemente en nombre de toda Nicaragua y particularmente en nombre de quienes han dado su vida defendiendo a la Madre Tierra y especialmente en nombre de las mujeres indígenas y afrodescendientes de la Costa Caribe de Nicaragua.

Exigimos que el Estado de Nicaragua asuma su responsabilidad y sus obligaciones saneando los territorios indígenas para que las comunidades puedan controlar y ser gestores de sus tierras y de sus recursos. Vamos a seguir presionando, denunciando, exigiendo. Queremos que el mundo sepa que somos capaces de gestionar nuestra autonomía sin injerencia de los partidos políticos.

Luchar por todo esto tiene un costo. Y lo seguirá teniendo. Durante mucho tiempo hemos recibido amenazas, intimidaciones y hostigamiento. He sufrido hasta amenazas de muerte. Seguiremos dando declaraciones a los medios de comunicación nacionales e internacionales.

Seguiremos presentando informes a la comunidad internacional hasta lograr que el estado de Nicaragua cumpla. Yo no puedo callarme ante tanta injusticia con la que sobrevive mi pueblo. Tengo que continuar por más riesgos que haya. Alguien tiene que hablar por la Costa Caribe de Nicaragua

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