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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 465 | Diciembre 2020
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América Latina

El necesario liderazgo de Estados Unidos en la región

En diciembre de 2018, a mitad de la administración Trump, Joe Biden escribió este ensayo, en el que comparte lo que cree que Estados Unidos puede y debe hacer en América Latina y en el que expresa opiniones sobre la rebelión ciudadana que había ocurrido en Nicaragua.

Joe Biden

Durante mis ocho años como Vicepresidente, liderar el compromiso de Estados Unidos con nuestros aliados en el hemisferio occidental fue uno de los desafíos más gratificantes en mi gestión en la Casa Blanca. Inicialmente, el avance fue lento. La confianza entre los Estados Unidos y nuestros vecinos se encontraba en niveles muy bajos por los desacuerdos sobre la guerra en Irak y el impacto de la crisis económica de 2008, también se había ampliado la brecha por la política de Estados Unidos hacia Cuba y existía una percepción general de que habíamos perdido interés en la región.

2009-2016: UN AVANCE LENTO Y POSITIVO


Cuando el presidente Obama y yo terminamos nuestro período en la Casa Blanca habíamos establecido una nueva base de cooperación en nuestra región, centrada en la responsabilidad compartida, el respeto mutuo y en trabajar como socios. Esto incluía una más amplia y más profunda relación con México, una agenda global de cooperación con Brasil, la revitalización de nuestro compromiso con Centroamérica, la reconstrucción de Haití después del terremoto, el restablecimiento de las relaciones diplomáticas con Cuba, el apoyo al histórico proceso de paz en Colombia, una mejora a la seguridad energética en el Caribe, y la expansión del comercio y las relaciones de colaboración con todos los países de la región.

Esto no quiere decir que fuimos perfectos, ni mucho menos. Otros asuntos internacionales competían por nuestra atención y los arraigados desafíos de la pobreza, la violencia y la corrupción continuaban frenando el crecimiento y las oportunidades, particularmente en El Salvador, Guatemala y Honduras. Sin embargo, por primera vez fue posible imaginar un hemisferio seguro y democrático, con una población de clase media, desde el norte de Canadá hasta el extremo sur de Chile.

DONALD TRUMP: UNA DESTRUCCIÓN INSENSATA


Durante los dos últimos años, esta base para la cooperación ha sido destruida sin necesidad y con determinación. Nuestros vecinos, incluyendo a algunos de nuestros aliados más cercanos y mayores socios comerciales, han soportado un torrente de antagonismo de parte de nuestro Presidente.

Canadá y México han sido acosados reiteradamente y los países de Centroamérica y el Caribe, ridiculizados con epítetos despectivos.

El Presidente ha cancelado ya dos visitas a Colombia, nuestro aliado clave en temas de seguridad regional. Y ha vuelto a suprimir los viajes y el comercio con Cuba, los que permitieron a empresarios y a las familias cubanas una mayor independencia del Estado comunista. Las escenas angustiosas que vimos el verano pasado de niños arrancados de brazos de sus padres en nuestras fronteras no serán olvidadas por ninguno de nuestros socios.

En abril, el Presidente Trump se convirtió en el primer Presidente de Estados Unidos en no asistir a una Cumbre de las Américas, principal foro regional creado por Estados Unidos en 1994 para impulsar una agenda regional que se corresponda con nuestros intereses nacionales. En resumen, esta administración ha abdicado insensatamente de nuestro liderazgo en las Américas.

CHINA Y RUSIA AVANZAN EN LA REGIÓN


Nuestro abandono ha sucedido cuando otros están avanzando en la región. China es ahora el principal socio comercial o el segundo más importante de prácticamente todos los países del Cono Sur. Y los chinos han logrado convencer a República Dominicana, a El Salvador y a Panamá de no reconocer diplomáticamente a Taiwán. Rusia también está expandiendo su presencia en América Latina y el Caribe. Mientras Estados Unidos retrocede, nuestros rivales geopolíticos están llenando ávidamente el vacío de liderazgo que dejamos.

Es vital que mantengamos nuestro papel como líderes regionales, y no porque temamos la competencia, sino porque el liderazgo de Estados Unidos es indispensable para superar los persistentes desafíos que impiden que nuestra región desarrolle al máximo su potencial. China y Rusia buscan beneficios económicos y diplomáticos, pero no invierten en instituciones democráticas o en buena gobernanza. Nosotros sí, porque el éxito de nuestros vecinos nos beneficia y porque sus conflictos nos impactan.


Si las economías en América Latina no están creciendo por la corrupción, si la violencia sin freno empuja a la gente a dejar sus hogares y a buscar seguridad en otros países, si los autócratas socavan las instituciones democráticas y violentan¬ los derechos humanos en sus países, todo eso también nos afecta a nosotros. Negarse a liderar -cerrar nuestra frontera, esconderse detrás de muros, retirarse de la región- no ayudará a nuestros vecinos a enfrentar la raíz de sus problemas.

GUATEMALA: EL PROBLEMA DE LA CORRUPCIÓN


Veamos, por ejemplo, el problema de la corrupción. Es un cáncer que erosiona la capacidad de las naciones para gobernar, disuade inversiones extranjeras cruciales y puede hacer metástasis provocando crisis de legitimidad en las democracias frágiles.

Desde los Papeles de Panamá al escándalo de la Operación “Lava Jato” en Brasil, hasta el rampante nepotismo en Venezuela y Nicaragua, tenemos amplia evidencia de cómo la corrupción socava el progreso en la región. Los latinoamericanos están hartos de tanta corrupción sistémica.

Entre 2014 y 2016 visité Guatemala tres veces para apoyar el trabajo de la Comisión Internacional Contra la Impunidad y la Corrupción, respaldada por la ONU, la CICIG. En aquellas ocasiones dejé claro que el apoyo financiero de Estados Unidos a Guatemala dependía de que la CICIG continuara su trabajo.

De hecho, cuando el exPresidente de Guatemala, Otto Pérez Molina fue arrestado por corrupción por cargos presentados por la CICIG, me culpó a mí. El apoyo de nuestra administración, y el intenso compromiso personal con los líderes regionales, resultó fundamental para que, por primera vez, el pueblo de Guatemala comenzara a sentir que nadie estaba por encima de la ley.

Sin embargo, en agosto de 2018, cuando el Presidente Jimmy Morales, anunció que no renovaría el mandato de la CICIG, flanqueado por militares, rodeado de vehículos donados al Ejército por Estados Unidos, en una demostración de fuerza frente a la sede de la CICIG y la embajada de Estados Unidos, el Secretario de Estado, Mike Pompeo, llamó a Morales para ofrecerle el respaldo de Estados Unidos. No pudo haber habido mensaje más claro para los cleptócratas de toda la región de que Estados Unidos no estaba comprometido con la lucha contra la corrupción. Eso nos debe doler a todos.

EL PROBLEMA DE LAS MIGRACIONES


Veamos también la difícil decisión de migrar, particularmente en Centroamérica, donde muchos huyen del crimen, la violencia, la persecución y la falta de oportunidades. Proteger nuestras fronteras, hacer cumplir nuestras leyes migratorias y desempeñar nuestras obligaciones humanitarias, es un mandato arduo, pero podemos, y debemos, cumplir con estas tres tareas a la vez.

En el verano de 2014 el Presidente Obama me pidió que dirigiera nuestra respuesta cuando unos 68 mil menores de edad cruzaron la frontera sin ser acompañados por adultos.

En vez de implementar políticas draconianas o lanzar gases lacrimógenos a civiles, trabajamos estrechamente con el Congreso para ayudar a los gobiernos centroamericanos a abordar las causas que llevan a sus ciudadanos a abandonar sus hogares. Desarrollamos un programa de 750 millones de dólares para ayudar a combatir la corrupción y la trata de personas y para aumentar los ingresos nacionales con la recaudación de impuestos, condicionando nuestro aporte en base a resultados concretos.

Durante nuestros últimos años en la Casa Blanca, Honduras reorganizó su fuerza policial para erradicar la corrupción generalizada en esa institución; Guatemala recaudó cientos de millones de dólares de empresas evasoras de impuestos; y la cooperación ampliada entre nuestras unidades transnacionales y las fuerzas policiales de Centroamérica contra las bandas criminales llevó a exitosas operaciones, como el proceso contra 37 miembros de la organización criminal MS-13 en Charlotte, Carolina del Norte, en mayo de 2015.

Los desafíos que impactan la seguridad de los ciudadanos estadounidenses requieren de nuestra parte de un liderazgo serio y respetuoso. Culpar a los inmigrantes puede tener beneficios políticos a corto plazo, pero no resuelve los problemas que provocan la migración ni previene que más migrantes traten de llegar a Estados Unidos.

Necesitamos políticas que reflejen el corazón y la dignidad de nuestra nación. Políticas que respeten nuestras leyes y la protección de nuestras fronteras, y que también respeten nuestros compromisos humanitarios internacionales. También necesitamos invertir el capital político necesario para reformar nuestro fracasado sistema de inmigración.

LA POLÍTICA HACIA VENEZUELA Y NICARAGUA


Estados Unidos necesita ser un aliado activo en la defensa de la democracia en nuestra región. Aunque éste ha sido un reto permanente, no siempre Estados Unidos ha actuado. Hoy más que nunca, en vista de las tendencias nacionalistas y populistas que surgen nuevamente en la región, y viendo las crecientes amenazas de los autócratas y sus secuaces, es necesario el liderazgo estadounidense basado en principios.

En vez de respetar la voluntad de sus pueblos, los gobiernos de Nicolás Maduro en Venezuela y de Daniel Ortega en Nicaragua han respondido a manifestantes pacíficos con la fuerza, incluso valiéndose de civiles armados.

Han encarcelado a sus adversarios políticos y han limitado las libertades de expresión y de asociación, necesarias para el diálogo político. En Venezuela, funcionarios del gobierno han malversado miles de millones de dólares de fondos públicos, mientras el pueblo venezolano lucha por conseguir alimentos y medicinas. Todo esto es una afrenta contra los valores democráticos.

A pesar de todo esto, los esfuerzos razonables de esta administración para presionar a Maduro y a Ortega han sido socavados por la politización, la deficiente ejecución, y las consignas torpes.

Los esfuerzos diplomáticos y las sanciones más importantes contra Venezuela se han visto empañados por amenazas militares y erráticas decisiones para involucrarse con grupos golpistas. Respuestas similares a la represión estatal contra las protestas cívicas de este año en Nicaragua han producido pocos resultados y ese país inicia una intolerable “normalidad”.

Esta administración ha demostrado su voluntad de capitalizar políticamente ambas crisis. Sin embargo, acciones como la continua deportación de venezolanos y el intento de revocar el “estatus de protección temporal” a los nicaragüenses demuestran poca preocupación por el pueblo venezolano y por el pueblo nicaragüense.

Los gobiernos tienen la responsabilidad fundamental de respetar los derechos universales de sus ciudadanos. Nuestra región acoge ese precepto en la Carta Democrática Interamericana, lo que significa que todos los países de este hemisferio, incluidos Estados Unidos, nuestros amigos y nuestros adversarios, tienen el deber de apoyar a los pueblos de las Américas.

Todos nuestros ciudadanos quieren las mismas cosas básicas: un trabajo con un salario que sea justo con el que poner comida en la mesa, educación para nuestros hijos, seguridad para nuestras familias, respeto a los derechos humanos y a las libertades fundamentales, oportunidades y esperanza en un mañana mejor. Nuestra región solía mirar hacia Estados Unidos como un ejemplo, pero si empañamos ese ejemplo buscarán otras referencias.

PODEMOS CERRAR ESTA BRECHA


La ruptura de relaciones entre Estados Unidos y América Latina en tan poco tiempo ha sido sorprendente, pero puede repararse. Los valores compartidos y la historia que vincula a Estados Unidos con América Latina, con el Caribe y con Canadá han demostrado ser duraderos a lo largo del tiempo y ser resilientes ante pasos en falso y continuas evaluaciones.

Aun así, debemos tomar medidas, y tomarlas pronto, para asegurar que la brecha actual no se profundice y cree una división que le tome a toda una generación remediarla. Necesitamos garantizar que el liderazgo estadounidense continúe siendo una fuerza que promueva cambios positivos en la región y les permita a nuestros países prosperar y crecer.

Debemos buscar las oportunidades que nos brinden una mayor integración energética, que continúen combatiendo el flagelo de la corrupción, que compartan ampliamente los beneficios comerciales, que mejoren nuestra seguridad compartida y que reconstruyan la cooperación multilateral en el hemisferio.

Y debemos asegurarnos de que cuando se reúna la próxima Cumbre de las Américas en 2021, un Presidente de Estados Unidos esté ahí, listo para liderar a nuestra región hacia el futuro que todos nuestros pueblos merecen.


TEXTO APARECIDO EN EL NÚMERO DEL 14 DE DICIEMBRE DE 2018 DE “AMERICAS QUARTERLY” CON EL TÍTULO
“THE WESTERN HEMISPHERE NEEDS U.S.LEADERSHIP”.

TRADUCCIÓN DE AQ Y DE ENVÍO. SUBTÍTULOS DE ENVÍO.

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