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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 465 | Diciembre 2020
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Nicaragua

Recordando para la Historia: memorias de El Cap

A partir de abril de 2018 centenares de jóvenes fueron capturados y torturados por alzar su voz contra el gobierno de Ortega y contra la represión con la que respondió a esas voces. El Cap fue uno de ellos. Todos los datos que permitirían identificarlo han sido transformados por su seguridad. Pero todo lo que cuenta es cierto, dolorosamente cierto. El Cap hace memoria de los primeros pasos de su camino al infierno. Y lo cuenta para la Historia.

José Luis Rocha

Llegué a mi casa. Vi en la pared un gran cartel con mi foto. Entré y le di un abrazo a mi mamá. Me dijo: Es el que llevábamos a las marchas para que te liberaran, me dijo ella. Pero ahora ya estoy aquí, le dije. Sí, mi amor, entrá y sentate, tomá esta ropa y cambiate, ¿querés comer algo? Entré al patio y no miré ni al perro ni a la lora. Todo lo miré blanco, muy blanco. Después se me acercó mi ma¬ma con un plato de comida. Me parece que esto es un sueño, le dije. Hubo un silencio. La quedé viendo a los ojos. Estoy soñando, ¿verdad? Sí, mi niño, estás soñando. Y se puso a llorar. ¿Sigo preso?, le pregunté. Sí, mi amor, seguís preso. Y me abrazó”.

ALLÍ SÓLO TENDRÍA UN NÚMERO


Aquella noche El Cap estaba soñando. Lo despertó el sonido de la cadena deslizándose por el portón. Eran las 4 de la madrugada, hora del primero de los tres recuentos de cada día. Era el 13 de agosto, día de su cumpleaños. 31 años. Sí, seguía preso y lo estaría muchos meses más. Hasta llegar al sueño en las mazmorras de El Chipote, apenas habían pasado los primeros dieciséis días de un confinamiento que continuaría durante once largos meses más en La Modelo, la cárcel que es corazón y nervio del sistema penitenciario de Nicaragua.

Poco después de despertar escuchó el agrio sonido de los pernos, el trasiego de los peroles y la bulla de otros reos. Sobre el almacén de ácaros que era su colchoneta, delgada como una tortilla, se dio vuelta y empezó a unir retazos de vida para recuperar su yo real: era El Cap, exingeniero, exevangélico, exconstructor, exdiseñador de estructuras y extrabajador de una de las empresas de capital del FSLN. Ahora, con un presente lleno de pasados, era sólo un reo político atrapado en la cárcel, soñando con regresar a su casa y a su madre. Era sólo uno entre los más de setecientos que fueron capturados en 2018 después de la rebelión de Abril. Tenía un nombre, pero allí sólo tenía un número, ambos intercambiables en los recuentos: si los custodios gritaban su número, debía responder con su nombre, y viceversa.

“TODAVÍA NO LO LOGRO SUPERAR”


“Después de aquel sueño pasé del estado de negación al estado de aceptación absoluta. Estaba preso, totalmente preso. Fui capturado, torturado y sometido a un proceso judicial lleno de falsos testimonios y acusaciones. Ése era yo”.

“Mi vida de antes no tenía nada que ver con el mundo de violencia en el que me habían metido. Jamás en mi vida había peleado con nadie. Ni siquiera miraba boxeo. Crecí con mi mama, con mi familia. Fui un miembro funcional de la sociedad. Me hice ingeniero. Todos mis hermanos son profesionales. No era un delincuente. Tenía una pequeña empresa de construcción. Ésa era mi vida”.

“Jamás había sentido golpes como los que me dieron después de la captura. Aún no entiendo qué les pasaba para torturarme así. Ahora tengo lesiones permanentes en el hombro, en las costillas y en el omóplato. Las torturas me dejaron se¬¬cuelas no solo físicas, también siquiátricas. A veces tengo episodios de violencia y me sale un temperamento de los diez mil diablos que jamás había tenido en mi vida. Entonces me pongo a pensar en cómo era yo antes y veo lo que soy ahora, y pienso en lo que me hicieron y en lo que me transformé”.

“En ese año 2018 me ocurrieron cosas que todavía no logro superar. Algunas mi mente las bloqueó. Sé que están ahí porque hay vacíos de tiempo en la cronología que he ido escribiendo. Hay momentos en que no sé exactamente lo que pasó. Y hay otros momentos en que no sé si estuve inconsciente o es que mi mente bloqueó ese recuerdo”.

Por un efecto paradójico, aquel sueño en que se sintió libre y regresó a su madre plantó a El Cap en la realidad de forma definitiva. Más de dos años después, aunque le duele escarbar en ese pasado, en este noviembre de 2020, y desde sus olvidos preñados de memoria, hablé con él y él conmigo, recordando para la Historia.

“NOS DELATÓ UNO DE LOS NUESTROS”


“Cuando nos capturaron, en julio de 2018, íbamos un grupo hacia Matagalpa a llevar medicinas. Viajábamos cinco en un vehículo propiedad de quien lo conducía. Lo primero que escuchamos fue una ráfaga, y no de AK-47, sino de M-16. Eso creo que es muy importante porque los policías y los paramilitares usan AK, pero en nuestro caso las armas eran M-16, fusiles gringos que en Nicaragua sólo tienen vendedores privados y narcotraficantes. Ni siquiera el ejército ocupa M-16”.

“Venían siguiéndonos y disparando. Dispararon hasta que se les acabó el magazín. No sé cómo no acertaron un solo tiro. Nos rebasaron y se nos atravesaron hasta casi chocar y el conductor no tuvo otra opción. Frenó. Nos apuntaron: Si se mueven, se mueren, nos dijeron. Iban de negro y encapuchados, algunos de camuflaje”.

“Nos había delatado uno de los nuestros. Fue amenazado y comprado. Le ofrecieron un buen puesto como jefe de paramilitares y le dijeron que esa organización iba a durar mucho tiempo, que no se acabaría después de la operación limpieza. El que nos delató había hecho el servicio militar en los años 80. Se hizo del lado de ellos y nosotros, sin saberlo, le habíamos contado que llevaríamos medicinas a los puestos médicos que tenían muchos heridos”.

Se dio así una combinación del soplo y el azar, que ese día cargó los dados a favor del régimen. Recordé al escritor argentino Ricardo Piglia, quien asegura que “paradójicamente, el azar está siempre del lado del orden establecido y es (junto a la delación y a la tortura) el medio principal que tienen las pesquisas para cerrar el lazo y atrapar a quienes tratan de hacerse invisibles en la selva de la ciudad”.

“GRITARON DE ALEGRÍA
PORQUE IBAN A TORTURARNOS”


“El jefe de aquellos hombres armados tenía unos cincuenta años y una barriga gigantesca. Podría reconocerlo por aquella barriga. Ése era policía. Uno de sus hombres me puso el arma en la cabeza y me tumbó en el pavimento”.

Estaban los cinco muchachos tendidos e inermes en la carretera húmeda por las copiosas lluvias del invierno. Se dieron por muertos. El que hacía de conductor rezó en voz alta las que pensó serían sus últimas plegarias. Los hombres armados emitieron una sentencia extrajudicial expedita: Si ustedes no llevan nada comprometedor los vamos a dejar ir, pero si llevan algo malo los vamos a matar. Con sujetos situados más allá del bien y del mal, operando en el esquizofrénico espacio de la total ilegalidad y el absoluto respaldo estatal, no le era posible a El Cap y a sus compañeros discernir qué juzgarían como malo...

“Revisaron el baúl como que traficáramos drogas. Habíamos escondido las medicinas. Al abrir el baúl no encontraron nada, pero cuando golpearon el escondite, se salió el alcohol. Las encontraron. ¡Hijueputas tranqueros!, gritó el gordo. Y nos agarraron a culatazos en la espalda y en la cabeza. ¿A dónde llevaban eso?, gritaban. Somos doctores, respondió uno. ¿Doctores de qué, de los tranques?, gritó más. Siguieron golpeándonos y nos quitaron los teléfonos. Al revisarlos, dijeron: ¡Ah, estos son los hijueputas que buscábamos!”

Sin perder tiempo, ataron a El Cap y a sus cuatro amigos con cuerdas y los lanzaron a la tina de la camioneta, ya esposados. La información en los cinco celulares, llena de grupos etiquetados como “19 de abril” y similares, les entretuvo un tiempo en el que saborearon con anticipo el aplauso de sus superiores. Eufóricos y ebrios de triunfo, reanudaron la golpiza. En el camino escucharon que los iban a llevar a lo que ya El Cap sabía era una cárcel clandestina que funcionaba como centro de torturas.

“Gritaron de alegría porque allá nos llevaban, porque iban a torturarnos. Estaban literalmente contentos. Supongo que en una situación de locura, como la que ellos viven, era muy alegre hacernos lo que quisieran hasta matarnos. Se entristecieron cuando poco después les cambiaron la seña y les ordenaron llevarnos a la estación de policía. Llegando, vimos una doble fila de policías y paramilitares, todos encapuchados, un túnel de gente por el que teníamos que pasar. Nos hacían avanzar a empujones, mientras nos caían patadas y golpes con cascos de moto, con amansabolos… Lo único que pude hacer, estando ya enchachado, con las esposas, era caminar lo más agachado posible para evitar algunos golpes”.

“EN UNA ESPECIE DE INCONSCIENCIA
LOS GOLPES YA NO ME DOLÍAN”


“Al entrar nos pusieron de rodillas contra una pared. Cuando me voltée y quedé mirando a uno, me estrelló la cabeza contra el muro y quedé mareado. Después me dieron con nudillera de acero el primer golpe en la espalda. Lo mismo hicieron a mis cuatro amigos. Y repitieron los estrellones contra la pared. Otros fueron más creativos y nos golpearon en los tímpanos. Como eso marea, nos sostenían del pelo para que no nos cayéramos. Eran unos diecisiete policías. Aquello lo sentí como una eternidad, aunque duró como diez minutos”.

Después les pusieron las esposas con las manos atrás, y se aseguraron de dejarlas lo más ceñidas posibles, cortando la circulación y produciendo un dolor inenarrable. A partir de ese momento los separaron para debilitarles la moral y hacerle creer a cada uno que los otros cuatro se habían quebrado y brindado datos incriminatorios. A El Cap lo llevaron a una cavidad que parecía bodega, con tres paramilitares. El policía que ahí estaba dijo: Voy a salirme porque no quiero ver. Sabía que ahí lo golpearían a puños diestros. Y siniestros. Era un detective, que luego le tomó la declaración a los cinco y que, andando el tiempo, sería testigo en su juicio, donde declaró que él personalmente los había aprehendido y que les había incautado armamento. No quería ver para mejor mentir.

“No supe qué había pasado con los otros. Se los llevaron a cuartos separados. Me golpeaban y me insultaban: ¡Maldito tranquero, delincuente, hijueputa, de aquí no vas a salir vivo! Uno me dijo: Tenemos tu cédula ahí, ya sé dónde vivís y vamos a ir a matar a tu mama. Era mentira, porque ese día yo no andaba mi cédula. Y como tengo el problema de ser muy bocón le dije: Mi mama no vive en la dirección que sale en mi cédula y además yo no andaba mi cédula en mi cartera, así que no la tenés. Entonces me dieron más duro. Los recibía en una especie de estado de inconsciencia. Sólo sentía que empujaban mi cuerpo, pero los golpes ya no me dolían. Después sí, entonces no”.

“¿ME VAN A VIOLAR?
¡MEJOR PEGAME UN BALAZO!”


“Logré ver a uno de mis amigos en otro lugar. Lo tenían con un mecate amarrado en cada tobillo, un paramilitar encima de él mientras otro lo golpeaba. Le decían que hablara, que a dónde íbamos, que en qué parte del carro teníamos escondidas las armas. Y le pegaban. Él lloraba y les decía que no teníamos armas, que sólo llevábamos medicamentos. ¡Dejen al chavalo!, les dije, ¡Él no sabe nada, nos venía manejando porque yo le pagué, él no sabe ni dónde iba, si quieren saber algo, pregúntenme a mí!”

Para los investigadores, la gran incógnita era de dónde habían salido los doscientos dólares que también les encontraron. El dinero era para comprar antibióticos con que aliviar la feroz infección de un herido por AK-47 que convalecía oculto en una finca. Con el propósito de extraer información, obligaron a que El Cap presenciara la sesión de torturas de su amigo. Se conocían desde los dieciséis años. Estudiaron juntos en la universidad y juntos abrieron una pequeña compañía de construcción. Juntos entraron a la rebelión cívica de 2018. Y juntos cayeron en manos de aquella gente. Me dice que se quieren como hermanos. Viendo cómo lo golpeaban, El Cap rompió en llanto y suplicó.

“¡Callate!, me ordenaron, después es tu turno, por ahorita solo míralo. Cuando llegó el jefe, el viejo gordo, bueno, no gordo, sino panzón, que es diferente, les dijo a los paramilitares: ¡Miren lo que encontré en el teléfono de este hijueputa! Habían entrado a mis redes sociales y a un video en donde salíamos nosotros convocando a la gente a levantar barricadas, a hacer manifestaciones y a cerrar las carreteras con tranques por veinticuatro horas para que el asesino de Daniel Ortega entendiera que el pueblo no estaba de su lado. Eso decíamos en un comunicado. El jefe panzón me dijo: ¿Le decís asesino y dictador al Comandante?”

“Yo no dejaba de mirar hacia el cuarto donde golpeaban a mi amigo. El jefe panzón ordenó cerrar la puerta. Seis malditos estaban mirando el video donde yo estaba ofendiendo a su seudodios. Pensé: me van a despedazar vivo. El jefe ordenó que me pusieran de pie. Me pararon agarrándome de las chachas. Eso duele como no tenés idea. El panzón me ordenó que me quitara la camisa. Pero como soy bocón, le dije: Idiota, ¿cómo me voy a quitar la camisa con las chachas puestas? En¬tonces me dieron un golpe en la nuca con la culata del M-16. Dejale la camisita, dijo el jefe, sólo bajale el pantalón. Le dije: Si me vas a hacer eso, mejor pegame un balazo, porque voy a oponer resistencia y a más de uno de ustedes le voy a reventar algo, los voy a morder, los voy a desbaratar. ¿Qué creés que te vamos a hacer?, me dijo, ¿Por qué tenés miedo si sos huevoncito, si sos un hombrecito? ¿No te las tirás de machito llamando asesino al Comandante?”

“LO QUE HACÍAN ME DESTRUÍA,
QUERÍA QUE ME MATARAN”


“Me bajaron el pantalón. El jefe me retorció los testículos. Ese dolor sí lo sentí, no como con los golpes de antes. Él sabía dónde colocar el golpe. Tenía entrenamiento. No te pegaba por pegar, sabía torturar. Sabía cómo desmoralizarte y reducirte: por los puntos en los que daba, por los tiempos antes de cada golpe”.

“ Me tuvo con el pantalón abajo para que yo pen¬¬¬sara que me iban a violar. Lo que hacía destruía, me hacía sentir que no sabía lo que iba a pasar. Y esa incertidumbre es lo más horrible de todo lo que podía sentir en aquel momento. Lo único que deseás es morirte rápido, y es lo que yo quería. Quería que me mataran ya”.

“Otro encapuchado sostenía el teléfono con el video donde nosotros salíamos llamando a la gente a levantarse contra Ortega. Cuando el panzón me soltó los testículos, dio la orden y todos comenzaron a pateármelos con sus botas. También me pateaban el abdomen. No tenía fuerzas para gritar. Sólo lloraba. Yo pensaba que me iban a violar. Pero no, lo que querían era torturarme por el puro gusto, sin mayor propósito”.

En la novela “Margarita está linda la mar”, los testículos de Rigoberto López Pérez, el poeta que ajustició a Somoza, ocupan un sitial de honor junto al cerebro de Rubén Darío, como máximos tesoros de Nicaragua.

Los paramilitares y su jefe se obsesionaron con los atributos de la hombría de quien había cometido la temeridad de insultar a Ortega. Tal vez so¬¬¬pesaban su resistencia, con fascinada y vergonzante envidia, que oscilaba entre la connotación simbólica y la más inmediata significación sexual.

El más joven de los paramilita¬es presentes no decía nada, pero su pasamontañas no logró cubrir su creciente estupor. Era un mudo participante de este rito de iniciación, implacable como lo es en las Maras 13 y 18, avalado aquí por el Estado.

“ESTABA COMO SI MI ALMA SE HALLARA IDA”


“Pasaron unos treinta minutos pateándome los testículos y el pene. Cuando alguien dijo ¡Súbanle el pantalón que ahí viene el comisionado!, me levantaron del piso. Como tenía las piernas adormecidas por los golpes no me podía mantener de pie. Me sostuvieron del pelo. Al ser levantado sólo miraba negro. Fue como si se me hubiera desprendido el alma del cuerpo y se hallara ida, y solo hubiera quedado ahí en el suelo un saco que patearon y que nada tenía que ver conmigo porque yo ya no me sentía en ese lugar”.

“Entre lo negro, miré ante mí a un hombre con un chaleco antibalas, acompañado de dos enormes moles, sus guardaespaldas armados de AK-47. Se me acercó y me levantó el mentón. En su chaleco llevaba una granada aturdidora y una granada de fragmentación.

“Lo reconocí inmediatamente y me volvió el alma al cuerpo porque al verlo entré en pánico. El comisionado le dijo al jefe panzón: Hay orden de arriba y dicen que éstos van a proceso. El panzón me pegó un gran golpe en el esternón. Proceso significaba que íbamos a salir de ahí y ser remitidos a un juez. El comisionado me preguntó: ¿Te han tratado bien? Yo ya no tenía ganas de seguir de bocón. Ya me habían reducido y desmoralizado y lo único que le dije fue: Me trataron como a ustedes les ordenaron que me trataran. Conozco tus antecedentes, me dijo él”.

“ME SENTÍA HUMILLADO, REDUCIDO”


“De boca del comisionado supe que el sistema de inteligencia del régimen tenía dos meses de estar siguiéndonos. Desde que iniciamos la lucha nos andaban taloneando, pero nos habíamos logrado camuflar, hacer de todo para evadirlos. Y teníamos mucho apoyo. Pero las personas que nos apoyaban llegaron a un colapso de miedo cuando vieron que en julio todos los tranques fueron cayendo. Para entonces mucha gente se fue del país, ya no teníamos tanto apoyo y para todo ocupábamos el mismo carro. Por eso nos identificaron rápido. En dos meses no habían podido dar con nosotros hasta que nos emboscaron. El comisionado me dijo: Te encontraron armas. Le respondí: Usted y yo sabemos que eso es mentira, pero si me van a acusar de eso, ¿qué puedo hacer?”

Ellos llevaban medicinas, pero les plantaron armas, como hicieron con otros muchos capturados, sin importarles que las circunstancias y el historial de las personas no prestaran verosimilitud alguna a esta versión. A El Cap y a sus amigos les plantaron en el vehículo sesenta proyectiles oxidados de AK-47 y cuatro magazines quemados. Suficientes para una acusación por portación ilegal de armas, pero muy por debajo de la cantidad aceptable para la acusación que formuló la Fiscalía General de la República: “tráfico ilegal de armas”.

“Nosotros no llevábamos armas, le dije, pero si ustedes lo dicen, ¿quién les va a decir que no? Me sentía humillado, demolido, reducido. ¿Quién es el jefe de ustedes cinco?, me preguntó. No tenemos jefe, respondí. Con el murruco, me dijo, estuve platicando y ya vi que es un chavalito, y los otros tres solo están implorando a Dios, por eso vengo donde vos, que sí me vas a decir. ¿Qué quiere que le diga?, quise saber. ¿Tenés armas enterradas?, preguntó. No las tengo, le dije. Yo sé que ayer trajiste dos barriles, acusó, y se los diste a un hombre al que apodan Cachirulo. Y añadió: Es de los míos y él fue el que me avisó que viajabas hacia acá”.

Es poco frecuente que la policía facilite información, cierta o no, a su enemigo. ¿Fue ese dato una última estocada para terminar de pisotear la moral haciéndole sentir traicionado? El Cap no sabe. Sólo estaba traspasando el umbral del te¬rreno ilegal de los paramilitares para iniciar el proceso judicial.

“YA ME SENTÍA
EN UN PUNTO SIN RETORNO”


Lo introdujeron en una oficina donde una teniente le tomaría los datos, acto con el que se teatralizó la metamorfosis legal. Entrando ahí ingresó a la maquinaria de procesamiento judicial y penalización que el régimen había preparado para los centenares de capturados a quienes hasta hoy llama “golpistas”. Pero esa escenificación de la división del trabajo era solamente un acto de leguleya prestidigitación: El Cap estuvo todo el tiempo en un mismo sistema que tenía un ros¬tro público y una tenebrosa faz privada.

“En la oficina me dijo la mujer policía que el trabajo de ellos era agarrarnos y el de ella y su equipo procesarnos. Ahora ustedes están en manos de la institución, me dijo. Le aclaré: En la institución policial tengo cuatro horas de estar, cuatro horas de estar siendo pateado y golpeado por un montón de paramilitares y el trabajo de ellos no fue agarrarnos, fue torturarnos. Sí, me dijo, pero aquí ya nadie te va a hacer nada. Bueno, le dije, ya me da igual. Literalmente ya me daba igual, me sentía en un punto sin retorno”.

Y AHORA, “¿A DÓNDE NOS LLEVAN?


“A los cinco nos tomaron los datos, también un montón de fotos. Al rato, los paramilitares empezaron a golpear la puerta. El jefe panzón gritó: ¡Y esos hijueputas qué!, ¿están hablando? ¿están cooperand... o entramos a desturcarlos? Cálmense, les dijo la muchacha, nosotros estamos hablando con ellos. En cuanto salió, la muchacha policía puso llave a la puerta. Le pregunté: ¿Por qué les tienes miedo? Callate, me dijo. Y comenzó a escribir en la computadora el acta de la captura. Sentí que los policías les tenían miedo a los paramilitares. Literalmente, les tenían miedo. También nos tenían miedo a nosotros, a la gente que nos levantamos contra Ortega”.

“Otro agente llegó sofocado. Mirá, le dijo a la teniente, hay que salir de la estación y trasladarlos a El Chipote ya, porque viene el turcazo de tranqueros a querer sacarlos de aquí. Y es que cuando la gente se dio cuenta que nos tenían presos, se levantó y algunos comenzaron a lanzar morterazos contra la estación. Ligero, nos sacaron de la estación. Me montaron como chancho a la tina de una patrulla, junto a dos moles con pasamontañas. A esos policías les dieron purina porque eran enormes y estaban en forma, muy en forma. Yo soy alto y a uno le llegaba al hombro. De fijo que eran de los Tapir o de la Dirección de Operaciones Especiales, policías de verdad. A mis amigos los metieron en la parte de adelante y los encapucharon. Yo iba con la cabeza en el suelo, pensando y ahora a dónde nos llevan…”

EN LAS CELDAS DE EL CHIPOTE


Los llevaron a El Chipote, un centro de internamiento y torturas del que se han servido tres dictaduras: la de Somoza, la de la Revolución de los 80 y ahora la de Ortega. Desde 2019 los presos políticos distinguen entre El Chipote viejo y El Chipote nuevo, porque en febrero de ese año el gobierno inauguró las nuevas instalaciones de la Dirección de Auxilio Judicial, el nombre oficial de la institución policial.

El Cap y sus amigos, como la mayoría de los exreos políticos, pasaron por El Chipote viejo. Al llegar los metieron en las celdas de prevención, donde los obligaron a desnudarse frente a todos los policías, varones y mujeres. Había una celda para cada uno, diminutas y provistas de un banquito. Estando ahí, El Cap recibió una camisa vieja, empapada en orines y heces, que había tenido docenas de efímeros propietarios. En la celda encontró tirado un bóxer y se lo puso. Le devolvieron el pantalón y lo condujeron a la sala de interrogatorios.

“¿QUE HICISTE, CHAVALO?
¡TE DESGRACIASTE LA VIDA!”


“En cuanto entré a la sala escuché: ¡Mirá contra la pared, no me veás! Era una mujer. Para no aplicarme castigos físicos, mi mamá me ponía parado frente a la pared y me dejaba así media hora. Le dije: Ni siquiera sé si sos policía. Ella reaccionó: Volteame a ver, pues, y lo sabrás. Era policía. Me dijo mis dos nombres y dos apellidos, mi profesión y todos mis empleos. Sabía todo de mí. Tenés una buena carrera, me dijo, sos ingeniero, hacés diseños, sabés de sistemas de riego, tenés una empresa, qué lástima que hoy seás un vulgar delincuente. Mirate ahí, me dijo, señalando un espejo”.

El Cap se miró. El espejo le devolvió la imagen de un hombre sucio, harapiento y con las encías rotas, aunque todavía sin hematomas, porque no habían tenido tiempo de aflorar. En el espejo se reflejaba apenas un atisbo de su inmenso dolor y nada del hedor que seguramente alcanzaba el olfato de la policía encargada de interrogarlo, una muchacha de treinta años, que en turnos de veinticuatro horas estaba entrenada desde abril para ver el dolor y convivir con el hedor.

“Mirá tu currículum, me dijo ella, mirá todo lo que sos: hasta tenés una especialidad. Tenían la lista de todos los estudios que me había pagado el Frente a mí, cuando estuve con ellos. Mirate, repitió, ahora te ves como un vago, por ser desagradecido, por desertor y por traidor. ¿Ya viste cómo estás?, insistió. Es cierto, le dije, me miro horrible, lo bueno es que puedo ver sus ojos. La hice reír”.

“¿Qué hiciste, chavalo?, continuó bajándole el gas a la hostilidad, ¿qué hiciste? Te desgraciaste la vida. Le respondí: No me la desgracié yo, me la desgraciaron ustedes, porque aunque me vaya mañana de aquí, ya voy desbaratado. Y ella: Pero no te vas a ir mañana, vas a enfrentar un proceso judicial y vas a pasar un montón de años preso, junto a un montón de delincuentes. ¿Sabés lo que significa eso?, me dijo, significa que la cárcel es horrible y que para allá vas vos, y ni yo ni la oposición ni todos esos grupos que te financian te vamos a ayudar. Me puse a reír. ¿De qué te reís?, se sorprendió. A mí no me financia nadie, le dije. El MRS te paga, aseguró ella”.

“NO SENTÍA MIS MANOS”


El interrogatorio tomó visos de debate. Se convirtió en un intercambio de opiniones civilizado sobre la fortuna de los Ortega, sobre los falsos comunistas y el compromiso político. El diálogo escapó al guion establecido. Fue una pequeña victoria, un rayo de luz que surcó un cielo teñido de tormenta. Atisbando una fisura propicia en ese giro, El Cap le pidió que le soltara las esposas.

“Le dije: Hacelo, por favor, se mira que no sos tan mala como los que andan matando gente, porque sos de oficina, ni siquiera tenés el cinturón para cargar el arma. Te lo pido como un ser humano, ya viste mi currículum: no soy un delincuente. Entonces, ella se levantó y pidió a un policía que me desenchacharan con las manos atrás y que me enchacharan con las manos adelante”. Tenía las manos de un morado tendiente a negro, las muñecas llagadas, las uñas blancas y los brazos adoloridos y entumidos. Pasó cuatro meses sin poder sostener nada con sus manos.

“Intenté mover las manos y no pude. Ayudalo suavecito, le dijo ella al policía que me había quitado las chachas. Mis brazos sonaron con un crac prolongado, y ella cerró los ojos y arrugó la cara. Mirá lo que le hicieron, le dijo la muchacha al policía. Y dijo más cuando salió el polidía: Ya sabés cómo mandan siempre a los que vienen de donde vos venis, con ésos se ensañan, con ésos son unos hijos de puta con P mayúscula”.

“Así dijo ella y me quedó viendo las manos amoratadas y me las comenzó a tocar. ¿Sentís?, quiso saber. No, le dije. Porque en realidad no sentía nada. Creo que le di lástima o que le caí en gracia. No sé cómo explicarlo. ¿Cuántas horas estuviste así?, me preguntó ella. Desde las cuatro de la tarde”.

LAS INVARIABLES PREGUNTAS
DE TODOS LOS INTERROGATORIOS


Era la 1 media de la madrugada. El interrogatorio continuó toda esa noche. Hubo otros dos interrogatorios con la misma investigadora y también otros más ante otros investigadores. Las sesiones tenían lugar a cualquier hora del día o de la noche y duraban alrededor de tres horas.

Las preguntas eran invariablemente las mismas: ¿Qué andabas haciendo? ¿Quién los financia?, ¿Cuáles son los vínculos con el MRS? Esta última pregunta sobre el Movimiento Renovador Sandinista, el partido de la disidencia del FSLN, se la hicieron decenas de veces a cada uno de los detenidos, sin excepción.

El motivo de esta obsesión me lo dio el exmayor del Ejército Popular Sandinista y también exreo político Tomás Maldonado: “Cuando uno se pelea con su mama, se va donde su abuela”. El FSLN tenía muy claro que una gran parte de los rebeldes de Abril, como era el caso de El Cap, provenía de sus propias filas.

A las 2 de la madrugada de aquel primer día en El Chipote lo enviaron a su celda. Atravesó el pasillo oscuro escuchando los murmullos de los otros presos y el crujir de su propia incertidumbre.

El Chipote es un caracol, dicen todos los presos y presas que por sus celdas pasaron. Tiene galerones con capacidad para albergar alrededor de cuarenta personas y entre cuarenta y cincuenta celdas para encerrar de uno a cuatro capturados.

Según el exComisionado General de la Policía René Vivas, que recibió estas instalaciones en 1990, El Chipote tenía entonces -y probablemente sigue teniendo- las mejores condiciones técnicas para filmar y grabar interrogatorios. El Cap las acababa de conocer, aunque nunca supo si quedó un video de sus sesiones.

“VOS VAS A SOPORTAR, NO TE DESMORALICES, ME DIJO AQUEL PRESO”


Compartió celda con otro recluso. Era otro reo político, pero uno con experiencia carcelaria previa, a todas luces como reo común. Fue para El Cap lo que fue el abate Faria, quien instruyó en ciencias y lenguas a Edmundo Dantès, el futuro Conde de Montecristo en la novela de Alejandro Dumas. La versión nica del abate instruyó a El Cap en ciencias de la prisión, ciencias político-criminalísticas y técnicas: cómo entender la lógica policial y cómo -manipulando los escasos y humildes materiales permitidos- fabricar utensilios imprescindibles para hacer más cómoda la vida en la cárcel.

“¿Por qué estás aquí, chatel?, me dijo aquel preso. Dicen que por terrorista, le respondí. Andás jediondo, me dijo, ahí hay agua. Te metieron enchachado, ¡estos hijueputas son caballos!, dijo. Vio que yo no podía echarme agua y me dijo: Te voy a echar agua, chatel, porque jedés, y si querés cagar, ahí está el hoyo, ya vi que te desturcaron, ¿te ayudo? El maje me ayudó a bajarme el bóxer y a desnudarme, y me echó agua, un agua hedionda que estaba estancada en la pileta”.

“Después defequé y me salió un montón de sangre. ¡Te reventaron por dentro!, deciles que te atiendan, me dijo aquel preso. Y comenzó a aporrear la puerta con todas sus ganas: ¡Médico, médico, médico! Llegó un oficial y abrió una ventanilla: ¿Qué pasa?, gritó. El chavalo está cagando sangre, le dijo él. ¿Quién?, preguntó. Este maje que está aquí dijo aquel preso. ¡Que se muera ese hijueputa!, dijo el oficial y cerró de golpe la ventanilla. Qué importa, le dije, si me muero, mejor. No hombre, me animó él, tenés que soportar”.

“Aquel hombre tenía como unos treintaisiete años, pero se miraba joven, como de veintiocho. Ya había estado como tres veces preso. No, hombre, me dijo, vos vas a soportar la cárcel, no te ahuevés, no te desmoralicés, lo que pasa es que estos hijueputas dan miedo”.

“¿Te patearon los huevos?, me preguntó. Lo quedé viendo y sólo respondí: Sí. Eso hacen, me dijo, eso es para que sintás que no sos hombre. Me limpió, me ayudó a ponerme otro bóxer que estaba limpio y que él con sus mañas de gato había conseguido meter a la celda. Mirá, me dijo, este calzoncillo lo estaba ocupando yo como almohada, pero a vos te queda”.

Después de verse tan reducido en el espejo de la sala de interrogatorios, El Cap se había visto en los ojos del nica “Faria”. Se vio desturcado, pero no reducible. Desde el mundo del lumpemproletariado de aquel otro preso le vino una vaharada de ánimo para soportar los siguientes nueve días que estuvo en El Chipote. Encontró en él la semilla de una resistencia que no lo había abandonado totalmente, una resistencia que sólo experimentaría en plenitud después de pasar once meses en la cárcel Modelo.

INVESTIGADOR ASOCIADO
DE LA UNIVERSIDAD CENTROAMERICANA
“JOSÉ SIMEÓN CAÑAS”DE EL SALVADOR.

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