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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 55 | Enero 1986
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Centroamérica

El factor político en la prolongación del conflicto y en la agudización de la crisis

La coyuntura centroamericana está caracterizada por la tensión entre las fuerzas sociales que pretenden aceptar una subordinación de la política a la definición norteamericana del área como campo de confrontación entre el Este y el Oeste y por las fuerzas sociales que tienen como proyecto una autonomización y despolarización del área.

Equipo Envío

Las fuerzas sociales subordinadas a la política norteamericana se doblegan ante un proyecto imperialista que subordina el ejercicio del poder político en el área al mantenimiento de sus esferas de influencia; poco importa si ese poder político organiza la sociedad centroamericana para el beneficio de minorías. Las segundas reclaman el poder político para reorganizar la sociedad al servicio de las mayorías y para que estas mismas mayorías se transformen en sujeto popular de la gestión política; para ello es imprescindible levantar la hipoteca desnacionalizante de la subordinación, propia de la esfera de influencia de una superpotencia.

El "peaje" de los procesos de democratización
y su aspecto contrainsurgente

Las aspiraciones de democracia son antiguas en Centroamérica. Dentro de los últimos 50 años, Guatemala les dio cauce en un proceso revolucionario que duró 10 años (1944-54). La intervención de la CIA frustró aquel proceso. Los Estados Unidos han sostenido en C.A. una dictadura dinástica (la de los Somoza en Nicaragua) durante 45 años. Han tolerado regímenes militares autoritarios en El Salvador durante 50 años y en Guatemala durante 30 años. Fijándonos sólo en la historia desde 1970, estos regímenes cometieron fraudes escandalosos en El Salvador en 1972 y 1977, desilusionando las expectativas de una salida política democrático-representativa en una gran parte del pueblo (más del 70% del electorado participó en aquellas elecciones); en Guatemala, donde las ilusiones fueron siempre menores después de la ruptura democrática de 1974, 1978 y 1982 fuer correspondida con fraudes electorales igualmente notables. Con todos estos fraudes convivieron los sucesivos gobiernos de los EE.UU.

Sólo después del triunfo revolucionario en Nicaragua y de los avances revolucionarios en El Salvador y en Guatemala, los Estados Unidos y -a regañadientes- los militares centroamericanos intentan suavizar los rasgos más brutales del orden político-militar existente y se preocupan por desencadenar un proceso de "democratización" en el Istmo. Se intenta así desmantelar la alianza oligárquico-militar, que han fracasado en su esfuerzo por contener las múltiples luchas en pro de la participación popular, y recomponer un nuevo compromiso -del cual los militares siguen siendo parte- para gobernar manteniendo la dominación sobre la región y sobre cada país.

Se pacta, en El Salvador y en Honduras, la salida de los militares del gobierno (al menos en su cúpulas centrales). Los militares guatemaltecos, con mayor autonomía, llegan a la misma fórmula. Los representantes más lúcidos y modernizantes de la burguesía coinciden con el expediente, dándose cuenta de que la gestión del Estado florece a la institución armada demasiadas oportunidades para utilizarlo como fuente de acumulación de capital competitivo o demasiadas tentaciones de corrupción.

El intento (también vulnerable a la corrupción a través de la ayuda económico-militar de los EE.UU.) es enfocar a los militares hacia la conducción profesional de la guerra de contrainsurgencia (o prepararlos -en Honduras- para ser, si llega al caso, la punta de lanza de un conflicto armado regional). Deberán hacerse no menos eficaces, pero sí más respetuosos de las formas jurídicas, en las tareas de seguridad y en las de represión selectiva, más atentos a la opinión pública internacional. En Guatemala, su papel va más allá, extendiéndose a la gestión de proyectos de "desarrollo" cuya conexión con la seguridad y énfasis en el control de la población del antiplano indígena son obvios.

Aunque el esquema guatemalteco sea más autónomo, coincide plenamente con los intereses promovidos en el proyecto global regional por los EE.UU. En Costa Rica se debate en la actual coyuntura la posible "centroamericanización" de su modelo atípico recorriendo un camino inverso, cuya meta sea la creación de un ejército, el refuerzo de sus actuales aparatos de seguridad e incluso la implantación de una plataforma militar norteamericana. Representantes de esta tendencia ("nuevos conservadores" y "conservadores tradicionales"), que actúan en el seno de los partidos tradicionales, la propugnan frente a los defensores del modelo costarricense civilista, también presentes en Unida Social Cristiana (USC) y Liberación Nacional (LN).

Para complementar este programa -un modelo de recombinación del poder destinado a detener el desgaste de la legitimidad mientras se respeta la hegemonía de dominación de los EE.UU.- todos los países que no los tenían se han enfrascado en procesos electorales, acompañados de las diversas elecciones constituyentes o generales, soluciones neoconservadoras o democristianas de centro van emergiendo, como armas importantes de un proyecto global de contrainsurgencia.

Los más lúcidos entre los protagonistas del modelo mencionado -"políticos del recambio" o de "la recomposición del poder"- (Vinicio Cerezo es el ejemplo más patente) reconocen con honestidad los límites de sus propios proyectos: "¿De qué dependerá que gobierne verdaderamente? De la presión internacional, de mi propia habilidad política, de la convocatoria que logre despertar entre las masas organizables y... de los militares. Puede estar seguro -dijo a un periodista holándes en un video reciente- que no seré un presidente marioneta de los militares. Así que, a lo peor, dentro de unos meses nos vemos en Miami".

El nuevo sujeto histórico ha forzado la "democratización"

Podemos formular la hipótesis siguiente:

El surgimiento y maduración del nuevo sujeto histórico popular revolucionario y su entrada en el escenario político, incluso con la fuerza militar, ha obligado a los regímenes militares y al Imperio a diseñar un proceso de "democratización", concebido como un "peaje" pagado para intentar mantener la estabilidad de su poder en el Istmo. Se trata, pro lo demás, de una pieza parcial de una estrategia más global de contrainsurgencia.

El encaje de la Democracia Cristiana en el marco global, como "empresarios políticos" de un vacío de poder y de un callejón sin salida.

El proyecto de "democratización" pretende recompensar el poder promocionando hacia el gobierno a partidos de centro, que sean expresión de los intereses burgueses mientras conceden cuotas de poder a representantes de capas medias ascendentes y a tecnócratas. Se dejaría así aisladas a las oligarquías ideológicamente atrasadas (lo estén o no económicamente), a las que -juntamente con los militares- se culpa de la erosión de la legitimidad.

Se trata en realidad de un modelo que pretendió tener su propia oportunidad, modernizante del capitalismo, nacionalista y social-reformista en Guatemala (1944-54), en 1960 y de nuevo en los 70's en El Salvador, y también en los 70's una vez más en Guatemala. Todos aquellos intentos fueron combatidos por las oligarquías, reprimidos y luego suplantados por la institución militar, y adversados -activa o pasivamente- por los EE.UU.

En aquellas coyunturas fueron capaces de convocar a notables contingentes de campesinos, empleados de los aparatos del Estado, algunas organizaciones estudiantiles, grupos de pequeños comerciantes y transportistas urbanos, y las capas medias ya mencionadas -especialmente profesionales y técnicos-. La Democracia Cristiana intenta hoy, sobre todo en los países donde los movimientos revolucionarios del nuevo sujeto histórico se han manifestado mas fuertes, aglutinar de nuevo estas presuntas bases sociales.

El acceso al gobierno de la Democracia Cristiana se concreta, sin embargo, a través de un compromiso con los militares. El resultado más probable -como parece mostrarlo ya el primer año de gobierno de Duarte en El Salvador- será la permanencia de la represión, es decir una "democracia restringida", cuya primera restricción significará que los militares no tendrán que rendir cuentas pro los terribles excesos de la represión. Más aún, seguirán teniendo -a través del control de la seguridad del Estado- amplio margen para una represión selectiva. Los presupuestos de defensa y seguridad quedarán también bajo su control.

En estas condiciones, el atractivo que el modelo podría tener para amplios sectores de la población cansados del sufrimiento de la represión y no decididos revolucionariamente a sostener las consecuencias de una guerra prolongada, se pierde ante la probable incapacidad de los nuevos gobernantes de asegurar el respeto a los derechos humanos y la consecusión de la paz. La Democracia Cristiana no parece poseer en C.A. la capacidad de producir un Alfonsín y ni siquiera un ministro civil de defensa, como en la España de la Social-Democracia post-franquista.

Las reformas sociales podrán constituirse en otra fuente de legitimidad para el modelo de recambio. La negativas de las oligarquías de aceptar una carga impositiva mayor y la tenaz resistencia de aquellas y de la burguesía de repatriar sus capitales fugados para invertirlos productivamente, reducen las fuentes de financiamiento de las posibles reformas sociales a las que estén dispuestos a abrir la ayuda norteamericana y el flujo de créditos de los organismos multilaterales.

Estos últimos se muestran remisos. La ayuda norteamericana, cuando se da como en El Salvador en notable cantidad, se enzarza en un forcejeo para conseguir una contrapartida de inversión privada y no resulta suficiente más que para detener el decrecimiento de la economía. Por otro lado, la nueva constitución de Guatemala hace casi imposible una reforma agraria y -en los debates constituyentes- excluyó explícitamente la función social de la propiedad privada. En El Salvador, la fuerza de la oligarquía mantiene estancadas las fases aún no aplicadas de la reforma agraria e incluso ha hechos reversibles algunas de las ya aplicadas. En estas condiciones es difícil para la Democracia Cristiana mantener bases sociales entre las mayorías populares apoyándose en las posibles reformas.

La última fuente de bases sociales que le quedaría a la Democracia Cristiana, las capas medias y la pequeña burguesía, han tenido en Guatemala y en El Salvador un exiguo desarrollo, a consecuencia de la concentración de la riqueza y del estancamiento del desarrollo industrial. No forman la base relativamente amplia y autónoma que representa en Chile o Venezuela. No parecen tener espacio para constituir una alternativa política independiente de alguna importancia. Su tendencia histórica a ha sido ceder al proyecto del sujeto histórico tradicional, incorporándose a él, o a alistarse en las filas revolucionarias.

Para la Democracia Cristiana se crea un probable futuro de vacío social real. Trata de funcionar en ese vacío aprovechando la grieta y el impasse o la indefinición de poder que el enfrentamiento político inconcluso provoca.

La Democracia Cristiana puede ser, sin embargo, un "empresario político" (un power broker) porque en esta grieta y en esta indefinición de poder satisfacer varias necesidades: ofrece a los militares el compromiso de un poder real sin los desgastes del primer plano del gobierno; presenta una fachada de respetabilidad que apacigua los escrúpulos de los congresistas norteamericanos a la hora de votar la ayuda los regímenes centroamericanos en lucha contra el sujeto histórico emergente (papel similar juega respecto a los gobiernos y partidos de centroderecha de Europa); satisface las demandas de las nuevas capas medias tecnocráticas vinculándolas con las fuentes de inversión provenientes de la ayuda extranjera; ofrece a los sectores más evolucionados de la vieja oligarquía y a los más s progresistas de la burguesía una plataforma de incorporación a la ideología económica modernizante; levanta expectativas de paz, fin de la represión, negociación con los revolucionarios y reformas sociales en algunos sectores populares, y -en la medida en que resultan creíbles a corto plazo, aunque no sean realizables- desempeña un sutil papel de eficaz contrainsurgencia. Además logra ir construyendo la organizacidad de un partido relativamente fuerte que da trabajo politico y forma de vida a funcionarios y técnicos.

Todo ello intenta lograr usufructuando -con relativa capacidad de convicción, al abrir de hecho un nuevo espacio temporal de debate político cosméticamente bien presentado- la bandera de la apertura democrática. Lo que ahí se pretende dejar encubierto es que lo que en la componenda política hay de apertura real es una conquista de la lucha popular revolucionaria. Nuestra hipótesis, pues, tendría la siguiente formulación:

En un momento en que el proyecto político del sujeto histórico tradicional (oligarquico-burgues-militar) se está resquebrajando ante la amenaza de los proyectos revolucionarios del nuevo sujeto histórico, sin que éstos puedan imponerse con plena legitimidad a mediano plazo, surge en esta grieta-impasse la Democracia Cristiana. Su carácter es el de un "empresario político" sin base social real que intenta capitalizar aspiraciones de paz, de cese a la represión y de reformas sociales con promesas destinadas probablemente a no poder ser cumplidas.

El choque entre las demandas populares y la democracia restringida

El problema fundamental en el modelo de "democratización" para Centroamerica lo representa el mismo estilo político de la DC.

La DC funcionó en Chile y en Venezuela cuando hizo gobierno dentro de los estilos básicos de acción política de la democracia representativa. El programa de "comunitarismo" nunca se hizo realidad a través del fomento de organizaciones populares que protagonicen la escena política en relación complementaria con las instituciones de la democracia representativa. Por el contrario, el nuevo sujeto histórico den Centroamérica ha acumulado demandas de democracia representativa y de democracia participativa. Estas últimas no son satisfechas por el reformismo político de la DC, que se manifiesta en su temor frente a la actuación política de las masas y en su desconfianza para con ellas.

El primer ensayo del proyecto de democratización empezó ya concluido ya casi en Honduras. Su resultado más patente es la agresiva desnacionalización del Estado hondureño, el cual ha complementado la dependencia económica de los EE.UU. más profunda de Centroamérica con una disponibilidad casi sin límites a convertir el país en una plataforma militar de la política exterior norteamericana respecto de Nicaragua y El Salvador.

Además, un país que nunca emuló a Guatemala, El Salvador o Nicaragua en su recurso a la represión, ha entrado durante este primer ensayo de democratización por los caminos de la tortura, el asesinato y las desapariciones; hasta el momento, una investigación conveniente de las desapariciones, ocurridas especialmente durante el grotesco comando del General Alvarez en las Fuerzas Armadas, ha resultado imposible; continúa el encubrimiento de los responsables. De la Reforma Agraria iniciada por algunos militares nacionalistas -tras el segundo golpe de Oswaldo López Arellano- no queda sino su paralización. Los índices de miseria rural, hacinamiento urbano improductivo y deterioro de la salud y la educación se han disparado. El Liberalismo de Suazo Córdoba no es la Democracia Cristiana (esta última es marginal e izquierdizante en Honduras). Pero, careciendo Honduras aún de una presión revolucionaria y de una organización popular convicente, el tipo de "empresario político" demócrata cristiano no tiene aún condiciones mínimas para su surgimiento.

También en esta realidad explica las razones de la tacañería norteamericana en los montos de la ayuda económica. Con todo, lo que resalta con claridad es la incapacidad de la "democratización" hondureña para responder incluso a las demandas, aún poco articuladas, de democracia participativa.

El primer año de gobierno de la Democracia Cristiana en El Salvador no hizo progresar las demandas de humanización del conflicto que desgarra al país. Ha aumentado el tratamiento de la población civil como población beligerante, a través de bombardeos indiscriminados, destrucción de las condiciones de vida y ataques a hospitales de campaña. El país sigue bajo estado de sitio y la represión, más selectiva, se desplaza hacia los pobres, alcanzando entre ellos cifras aún bárbaras (más de mil asesinados en un año). Sólo el secuestro de la hija del Presidente ha permitido que, cediendo a la presión, se acepte la salida del país de lisiados de guerra revolucionarios para que reciban atención médica.

Ninguno de los responsables de la represión ha sido llevado a juicio. El diálogo negociador ha sido interrumpido y el gobierno ha incumplido los acuerdos ya alcanzados. Y mencionamos antes la paralización, y aun regresión, de la reforma agraria. La tolerancia frente a los reclamos del gran capital y la sospecha de subversión (infiltración revolucionaria) lanzada sobre las crecientes movilizaciones de asalariados (obreros y empleados del estado) apuntan hacia los sesgos y los límites reales de la democracia participativa en El Salvador.

La ilegalización de huelgas y -en dos casos excepcionales- la ocupación armada del Hospital del Seguro Social y de ANTEL (telecomunicaciones), aumentan el perfil de la Democracia Cristiana como incapaz de cumplir con las promesas social-reformistas. El fondo de la cuestión, sin embargo, está en su falta de base social para forzar -suponiendo que lo intentara- un cambio fundamental en la política estratégica de liquidar el movimiento revolucionario por la prolongación de la guerra y su intensificación. En estas circunstancias el carácter represivo, belicista y antireformista de la política real de Duarte desemascaran a la Democracia Cristiana como "empresario politico", carente de una cuota de poder independiente y gerente en verdad de intereses políticos de los Estados Unidos, los militares y la burguesía. Mientras tanto, el cuarteamiento de su precaria base social trabajadora -la UPD- juega indirectamente en refuerzo del sujeto popular revolucionario. Finalmente el grado de ausentismo en las elecciones municipales y legislativas de 1985 (57%) impide considerar los resultados favorables de un mandato popular.

La segunda ronda de las elecciones presidenciales ha dado la victoria a la Democracia Cristiana Guatemalteca. Se iniciará en enero el tercer ensayo de democratización gerenciado en el Istmo por este "empresario político" colectivo. Su candidato, Vinicio Cerezo, tendrá varias ventajas sobre Duarte: no llegará al gobierno entrampado en la tolerancia de la sangre derramada por la represión, y su margen de victoria -¡sobre el centro, no sobre la ultraderecha militante, que no llegó a la segunda ronda!- ha sido mayor que el de Duarte (68% a 32%).

Es posible que intente aliviar el peso que sobre la economía guatemalteca arroja el financiamiento autónomo de la guerra. Una inyección de la ayuda norteamericana, sin embargo, no alcanzará a Guatemala, como no ha alcanzado en El Salvador, para canalizar fondos hacia reformas sociales. Por otro lado, el cerco del hierro de una constitución de corte -una vez más- oligárquico corre el peligro de maniatar eficazmente a la Democracia Cristiana y a sus tendencias reformistas, a menos que el bloqueo constitucional a toda reforma agraria se ha burlado por el desvío de fuertes impuestos a las tierras ociosas o de baja productividad.

Si en El Salvador es la situación militar no arroja un balance que haga ver a alguno de los contrincantes la necesidad de negociar la paz para obtener la sobrevivencia, en Guatemala el mismo cálculo refuerza la tendencia de los militares y de la burguesía a enfatizar el control represivo mas que las reformas desarrollistas como medio hacia el refuerzo de la seguridad del sistema. Frente a la clara intransigencia de los militares y de la burguesía guatemaltecos, un tercio de la población empadronada se abstuvo de ir a las urnas en la primera ronda; algo menos de un 25% de los empadronados votaron a la Democracia Cristiana, un voto -cabe interpretarlo así- compuesto en parte no despreciable por el repudio activo a la derecha tradicionalmente violenta. En la segunda ronda la abstención, junto con el voto nulo y en blanco, alcanzó un 40% de manera que la DC votó algo más de otro 40% de los empadronados.

La apertura democrática aparece en el proyecto guatemalteco -más aún que en los otros- orientada preferentemente a la política internacional; se busca un salvamento económico para el sistema, en que el enfrentamiento entre los dos sujetos históricos, el tradicional y el emergente, esta menos mediatizado por factores externos que en ningún otro, el modelo de democratización encontrará probablemente las máximas dificultades de éxito. La brutalidad repentina de la crisis económica y las crueles huellas dejadas por la más inmisericorde represión generan un potencial de rebeldía difícilmente contrarrestable por un modelo tan acorralado. Los estallidos populares de agosto-septiembre de este año no lograron un cauce organizativo aglutinante, mostrando así que los probables fracasos del futuro régimen democristiano tardarán más que en El Salvador en ser asimilados como ventajas políticas por el sujeto revolucionario. Pero, a la vez, demostraron que ni la más espantosa represión ha conseguido intimidar totalmente la corriente de rebeldía que atraviesa al pueblo. Presentaríamos, por tanto, la siguiente hipótesis:

En la medida en que la presión revolucionaria del nuevo sujeto histórico mantiene su presencia, las demandas acumuladas de democracia participativa chocan relativamente pronto con el proyecto de democracia restringida. Cada acción de represión y cada movilización en favor de reivindicaciones sociales tildada de subversiva, minan la credibilidad del proyecto, desenmascaran el verdadero carácter de la Democracia Cristiana (o de soluciones similares) y se transforman en ventajas políticos-militares para el nuevo sujeto revolucionario.

Las contradicciones del proceso de democratización: la represión y los militares

El fin de la represión, el cese del terror, que lleva cincuenta años abatiéndose sobre las espaldas y los corazones de los pueblos centroamericanos, es una de las aspiraciones más profundas de estos pueblos. Cualquier proyecto de democratización no tiene más remedio que incluirlo en sus promesas. La represión, por otro lado, ha sido la respuesta cada vez más masiva, brutal y sin embargo mas sofisticada, que las Fuerzas Armadas y de seguridad han dado a cualquier movilización popular que amenace con modificar profundamente el esquema de poder tradicional. No se puede olvidar que en Centroamérica, allí donde la violencia revolucionaria se ha convertido en recurso extremo utilizado por el nuevo sujeto histórico, esta estrategia ha sido el último eslabón de una cadena de intentos muy serios y muy pacíficos para desinstitucionalizar la violencia del sistema y para desalojar del gobierno a la violencia represiva.

El surgimiento de la violencia revolucionaria es consecuencia de que el antiguo sujeto histórico aceptó o incluso buscó la militarización de la política. Con ello declinó la responsabilidad de construir una hegemonía consensuada y entregó a los militares una forma de gobierno despótica o dictatorial que ha evolucionando hasta subvertir la función de la Fuerza Armada de defensa de la soberanía en función casi exclusivamente de seguridad de la oligarquía y control de las mayorías. Lo que el modelo sandinista ha logrado en Nicaragua de más revolucionario es precisamente una verdadera politización popular de las Fuerzas Armadas, el sometimiento real de éstas a un poder político con decisión de respetar el protagonismo popular. En los últimos seis años y medio ni el ejército ni la policía (con la excepción de la Costa Atlántica en donde la incomprensión de los factores étnicos llevó a choques, hoy en camino de superación).

Es precisamente esta politización popular de las fuerzas armadas y de seguridad la que los militares centroamericanos no pueden aceptar en el modelo nicaragüense. Para protegerse de ella, de la sombra que de ella proyectan las organizaciones revolucionarias armadas, desarrollan mecanismos de exagerado control preventivo que en cualquier forma de "vuelta a los cuarteles" una rendición incondicional.

Vinicio Cerezo -siendo aún candidato de la DCG- lo expresó con realismo y resignación: "El pasado debe ser olvidado. De otro modo habría de arrestar al ejército entero. Guatemala no es Argentina". (LANL, 8-XI-85,526). Duarte, a pesar de su impotente experiencia como miembro y luego presidente de la Segunda Junta de Gobierno en El Salvador (1980-82), hizo promesas más audaces de acabar con la represión. Ya hemos visto que no ha podido controlar a los militares.

Las responsabilidades judiciales que el Presidente salvadoreño no ha podido exigir a los militares, las ha exigido el mismo fuero militar del Ejército Popular Sandinista a aquellos de sus miembros que ocasionalmente han cometido crímenes contra la población; hay varios militares (y, también varios militantes partidarios) condenados a 30 años de cárcel después de su degradación -en el caso de los militares-. La incapacidad de convencer a los militares a ensayar un ejercicio del poder menos controlado y más consecular es una contradicción, tal vez insuperable, con la que se enfrentaran los gobiernos de la democratización.

Las promesas de reformas sociales
y la contradicción con oligarquías y burguesías

Las reformas sociales, que son reformas en el reparto del producto social y en el acceso a los medios para producirlo, se han convertido para los pueblos centroamericanos en cuestiones de vida o muerte. Las necesidades vitales de estos pueblos no están siendo satisfechas. Cualquier proyecto de democratización tiene que modificar seriamente la lógica de una economía que significa una vida de creciente seguridad y lujo para minorías y de creciente inseguridad y miseria para las mayorías. La defensa de la lógica económica de las minorías ha sido, por otro lado, el objetivo no negociable de las viejas oligarquías e incluso de muchos sectores de la burguesía tecnológicamente avanzada. El atavismo criollo, producto de la colonia, refuerza gravemente el peso de la relación de superior a inferior con que las clases dominantes de todos los sistemas de explotación interpretan y justifican la desigualdad en el reparto del producto social.

Pero a este peso de atavismo criollo -que considera al obrero, al campesino o al indígena muchos "más inferior" de lo que un capitalista de los países centrales considera a sus obreros- se añade la estructura de la economía en los países periféricos del capitalismo mundial, una estructura que impide a la economía obtener en el intercambio mundial los frutos debidos a sus capacidades de producción al subordinarla permanente y crecientemente a la economía de los países centrales.

Este punto ha sido ya desarrollado en el análisis del factor económico. Lo que las oligarquías y las burguesías han comprendido es que este capitalismo periférico no puede darse el lujo de reformas serias sin minar a la larga la estructura clasista de la sociedad. Contra esta perspectiva se han defendido y se defienden. Para mantener a toda costa la superioridad cultural y la continuidad de sus estilos materiales de vida han necesitado la represión y por ello han aceptado ceder el gobierno a la fuerza de las armas.

De nuevo en este punto, la lucidez mayor proviene de Guatemala. El nuevo "centro" da vueltas a la noria de un recurso utilizado mil veces y siempre fracasado: "fórmulas novedosas" para ampliar el capital privado, haciendo más empresarios y más cooperativistas, es decir, la receta de "modernización" recomendada inútilmente por tantos estudiosos norteamericanos de la escuela desarrollista de los 60's. El programa de la DCG se abstiene del lenguaje reformista que pudo caracterizarlo en otro tiempo y vuelca todas sus esperanzas en la recuperación de la ayuda y la inversión externas. De nuevo aquí el problema es que la ayuda y la inversión externas han sido ya usadas y, a falta de voluntad política de cambiar la lógica de la economía, se han revelado, la primera como fuente de corrupción y sustituto fácil de inversiones productivas, y la segunda como bombeo hacia afuera del producto social autóctono y subsidio de salarios para el capital extranjero. En Guatemala, más que en otros países, es claro que la "democratización" ni siquiera aborda las reformas sociales, sino que intenta ser "un ensayo para prolongar la vida del sistema político", que garantiza precisamente la exclusión de reformas.

Las promesas de la DC en El Salvador apuntaban hacia la consolidación en el sector agrario de nuevos propietarios surgidos de la reforma agraria. Los fondos de estímulo han sido, en cambio, asignados a los grandes productores de los productos tradicionales de exportación. La justificación ha sido la creación de trescientos mil puestos de trabajo. Mientras tanto en las últimas cifras de PREALC dan el desempleo abierto un 36% y al encubierto un 60%.

Al mismo tiempo, la inversión privada sigue disminuyendo (-2.6% entre el '79 y el '83). Y de la reforma agraria el gobierno habla como de lo "ya hecho", aceptando así evidentemente las regresiones y patrones que le imprimió la Asamblea Constituyente dominada por las derechas (1982-84). La economía doméstica de las mayorías sigue deteriorándose por el efecto combinado del crecimiento global a cero, de la inflación (más alta en los precios de consumo más necesario que en su tasa general), de subidas de salarios insuficientes, y del continuo descenso del valor adquisitivo de la moneda (ECA-M-J, 1985, 357-61). La falta de fomento de la participación popular y el creciente ataque a su movilización en aumento terminan de completar el cuadro que ofrece la contradicción entre las promesas y las realizaciones. La sombra de la oligarquía-burguesía parece pesar como plomo sobre el proyecto de democratización.

Tal vez en este punto, como en la militarización, es donde le modelo de democracia 4costaricense se halla también en una pendiente peligrosa hacia el modelo de "democratización". Hay fuerzas políticas (nuevos conservadores, conservadores tradicionales -ambos más presentes en el Socialcristianismo- y, hasta cierto punto, liberacionistas partidarios de un "equilibrio liberal") que plantean formas más o menos drásticas de sometimiento a los programas del FMI y un abandono de los ejes de acumulación de capital en manos de la inversión extranjera. Algunas de estas propuestas van ligadas incluso a un extremismo de ilegalización de las organizaciones laborales. El proceso de creciente desigualdad económica que ha corroído las bases estructurales de la pequeña propiedad rural amenaza también con intentar liquidar el sistema de seguridad y servicios sociales que la democracia costarricense levantó. En Costa Rica la burguesía recorre un camino inverso al de los otros países... hacia la misma meta: la restricción de la democracia.

Las promesas de los diálogos negociadores y la contradicción con el imperio

La sombra más larga que se cierne sobre los proyectos de democratización en Centroamérica la proyecta, sin embargo, la contradicción de las promesas de paz negociada con los intereses de la dominación imperialista. El precio de sangre que la mayoría de la población esta pagando en su emergencia como nuevo sujeto histórico, conforma otra de las aspiraciones más sentidas del pueblo, el clamor pro la paz. A Nicaragua se le niega esta aspiración en circunstancias en que las nuevas condiciones de poder popular podrían encauzar las energías colectivas hacia la reconstrucción y el desarrollo. La negación se extiende a Honduras, poniéndola al borde de verse implicada en un conflicto regional, y a Costa Rica, envenenándola con una inyección ideológica de propaganda que mercadea el temor y el odio a la nueva sociedad nicaragüense. A ambos países se los desnacionaliza, haciéndolos portavoces intransigentes de la voz imperialista de Contadora.

En El Salvador, las negociaciones internas se han estancado porque los Estados Unidos las buscan primordialmente como una palanca publicitaria que permita desprestigiar a los sandinistas por no aceptar la lógica de la simetría, y secundariamente como otra forma de ganar al guerra. Por otro lado, al gobierno democristiano se le impone cada vez más el papel de cabeza de serie en la defensa de la tesis norteamericana obstruccionista de la paz en Contadora.

El problema de la paz interna ni se plantea en el proyecto de democratización guatemalteco; se plantea el problema de "la pacificación", eufemismo sinónimo de la destrucción del adversario. En los últimos años no se ha necesitado para ello de la inspiración norteamericana; ha bastado con la israelí y la propia convicción de los militares y de la oligarquía. Sobre la postura guatemalteca favorable a la coexistencia pacífica con la Nicaragua sandinista pesa precisamente la amenaza dle proyecto democristiano de democratización, que posiblemente tendrá que pagar costos para conseguir la anuencia norteamericana a la ayuda económica multilateral. La paz de Centroamérica queda contradicha por el enterrador que anuncia la Paz Americana en los proyectos de democratización.

El proceso de "democratización" que estamos viviendo
enfrenta tres grandes contradicciones

Surge así esta hipótesis:

El proceso de "democratización" enfrenta tres grandes contradicciones. Las promesas de cese de la represión chocan con los intereses de los militares en la conducción de la guerra. Las promesas de reformas sociales chocan con los intereses del antiguo sujeto histórico (oligarquía y burguesías). Finalmente las promesas de diálogo y negociación (cuando se dan) chocan con los intereses del imperio que pretende mediatizar su resultado -la paz- con el mantenimiento invariable de su hegemonía dominadora. Evidentemente esta hipótesis presenta la contradicciones en forma demasiado esquemática. De hecho tanto el cese de la represión como las reformas sociales y las promesas de dialogo chocan con el proyecto global contrainsurgente. Pedagógicamente tal vez ayude haber destacado los choques sin toda su complicada interconexión dialéctica.

La prolongación del conflicto y la participación popular

El hecho político de la conquista y la consecuencia que trajo, al suprimir el carácter de protagonista de la historia en los conquistadores, ha sido una fuente continua de rebeldía en Centroamérica. La crónica histórica registra más de trescientos motines entre los indígenas guatemaltecos desde la conquista hasta nuestros días. En los últimos 50 años las insurrecciones semi espontáneos, las huelgas con contenido más político que únicamente económico reivindicativo, las marchas por profundas reformas, los resultados electorales fraudulentamente modificados y, sobre todo, el crecimiento de las organizaciones populares, han acreditado el enorme reclamo de participación política que plantea el nuevo sujeto histórico. De un pueblo, dominado y humillado por siglos, se levanta la demanda de participar en la organización de la sociedad, de la producción, de la política y de la cultura, haciendo disminuir fuertemente el carácter crediticio del Estado.

La llegada del poder del nuevo sujeto histórico en Nicaragua ofrece lo más claramente posible la confirmación de esta aspiración. No pocos observadores y analistas de Centroamérica han expresado su apreciación de que los sandinistas repiten el juego de antiguo sujeto histórico y tratan de aferrarse al poder como un fin en sí mismo, convirtiéndose en dominadores autoritarios de las organizaciones populares y acabando por corromperse. Los hechos contradicen, que tal sea la tendencia mayoritaria en la práctica política real del sandinismo.

La misma menor organización de los movimientos populares, si ese la compara -por ejemplo- con la que se dio en El Salvador y en Guatemala, ha encaminado tanto al Frente Sandinista como al Estado nicaragüense a no confiar solamente en su concatenación con los sectores expresamente organizados del pueblo; se ha tenido que pulsar el sentir del pueblo de formas creativas diversas, entre las que destaca la abierta discusión de los gobernantes en los "Cara al Pueblo" sostenidos con empecinamiento semana tras semana desde la voluntad política de escuchar, consultar y responsabilizar al pueblo que ha caracterizado tanto a Junta de Gobierno como a la Presidencia de la República.

El espíritu de las leyes (de las iniciativas de ley) y de los planes de gobierno ha tenido en esos diálogos su momento de inspiración, madurando evidentemente luego (aunque no siempre mejorado) en la discusión experta técnica y política. No se ha tratado de un populismo demagógico, sino del intento de ir descubriendo, más allá de toda especialización experta y de todo doctrinarismo, la lógica de las necesidades populares. Al mismo tiempo se ha seguido fomentado el crecimiento organizacional del pueblo. Evidentemente que el dirigismo ha suplantado a veces el auténtico liderazgo. Pero este proceso de consulta participativa ha catalizado una constante autocrítica correctiva. Para no dar más que un ejemplo: la variación del estatismo al cooperativismo y después la inclusión de la propiedad personal y familiar en los esquemas de reforma agraria, han tenido su motor principal en la escucha, a veces lenta, de las reacciones del pueblo. Los casos de los CDS barriales, de las reubicaciones mískitas, etc. ofrecerían la base para aumentar los ejemplos.

Este proceso, que comenzó con la capacitación para la participación política que fue el espíritu de la Cruzada Nacional de Alfabetización, predominó durante los dos primeros años y medio de la revolución triunfante. Cuando la guerra volvió a ser inducida desde fuera, a través de la organización y el financiamiento de la contrarrevolución, el proceso, que no había desarrollado sus ramificaciones aún hacia todas las regiones de un país mal comunicado, amenazó con paralizarse. Su crisis mayor la sufrió en la Costa Atlántica -cuya complejidad multiétnica y cuyo aislamiento histórico no pudieron ser superados al comienzo- y en la frontera agrícola, donde un campesinado disperso y etiquetado como atrasado por muchos sectores urbanos, quedó organizacionalmente descuidado, progresivamente descoyuntado por la guerra y a merced de la alternativa contrarrevolucionaria.

La prolongación del conflicto, forzando la prioridad de la defensa, tiene como uno de sus objetivos principales el triunfo de la lógica unilateral de la guerra sobre la lógica compleja de la auténtica defensa popular, que menos que nunca puede prescindir de la participación. Lograr que la lógica de la guerra encamine al poder revolucionario hacia una concepción predominantemente técnica de la defensa, y hacia formas autoritarias que bordeen el totalitarismo, ése es el objetivo políticos de los Estados Unidos: así se forzaría al nuevo sujeto histórico a cavar la tumba de su propia deslegitimación.

El proceso electoral, la institucionalización de los caminos revolucionarios en un proceso constitucional que movilice revolucionariamente el potencial simbólico del derecho, la terquedad en mantener viva la apelación y la denuncia ante cualesquiera foros internacionales de debate y conciliación políticas, la regionalización territorial de la autodefensa miliciana, el estímulo de la iniciativa local y la cooperación con ella para rearticular las redes de comercio campesino distorsionados por la guerra, el proceso de consulta sobre la Autonomía de la Costa Atlántica, y la incansable negociación con líderes mískitos locales en armas (que ya ha conducido a treguas de 8 meses de duración en al mayor parte de la Costa Atlántica), han sido las respuestas políticas con que se ha procurado mantener el énfasis en la participación.

Incluso "los estados de emergencia" han logrado ser configurados principalmente como oportunidad de ofrecer al Estado los medios extraordinarios para prevenir el sabotaje y la conspiración, sin que a la vez se hayan convertido en "estado de sitio", "toques de queda", o "leyes marciales" típicamente dirigidas contra el pueblo. En los estados de emergencia la vida cotidiana no se ha enrarecido. Nicaragua sigue siendo observada por las instituciones de Derechos Humanos y sus calificaciones siguen siendo altas relativamente, tanto en la ONU y la OEA como en Amnesty International, America's Watch y la Organización Mundial de los Pueblos Indígenas.

Guardando las debidas proporciones, los demás movimientos revolucionarios del área -Estados en germen, organizadores de modelos en miniatura de nueva sociedad- afrontan el mismo desafío. Las fórmulas de poder popular causi-institucionalizadas en zonas de control revolucionario de El Salvador y las perceptibles "poblaciones de resistencia" de los reductos guerrilleros en Guatemala tienen que ser aprendizaje de participación popular, a pesar del brutal acoso de la guerra. En El Salvador, además, la capacidad revolucionaria de imponer su poder naciente en extensas zonas del país, no puede dejar de tomar en cuenta no sólo la reacción popular sino también, en la medida de lo posible, las aspiraciones populares, es decir las necesidades sentidas de la sobrevivencia.

El historial de estos movimientos revolucionarios, que -fuera de lo inevitable cuota de zozobra e incertidumbre contenida en el procedimiento de los secuestros- no han adoptado la política de desaparición y de la tortura, los prepara la imaginación política que se requiere a la hora de construir una nueva hegemonía desde la práctica de la participación. Este grado de humanidad puede tener probabilidades de predominar, en la prolongación del conflicto, por encima de las inflexibilidades partidarias y de los esquemas dogmáticos. Pero no se puede despreciar la ingente desviación de energías políticas hacia las necesidades militares que la prolongación del conflicto supone.

El pueblo aspira a ser respetado como sujeto histórico. Las políticas de tierra arrasada, de matanza indiscriminada, de organización forzada en patrullas -no de autodefensa sino de defensa de los intereses minoritarios-, de "polos de desarrollo" -verdaderos kibbutzim invertidos y por ello verdaderos focos de resistencia pasiva-, de mantenimiento de los inevitables desplazados de guerra en condiciones de acoso y sospecha, de bombardeo indiscriminado de civiles, de deslegitimación masiva de la organización y movilización popular, indican las dificultades de los empresarios de la democratización para responder a este clamor de participación popular. El incumplimiento de las convenciones de Ginebra, aplicables a un conflicto nacional, la persistencia de la violación de los derechos humanos en El Salvador y -en grado extremoso- en Guatemala, y sobre todo la misma prolongación del conflicto, apuntan a la improbabilidad de los gestores del proyecto democratizante de enfatizar el factor politico, cuanto menos el de una política participativa.

La prolongación del conflicto dificulta la participación popular

He aquí una quinta hipótesis:

Una larga experiencia popular de ver frustrado su carácter de sujeto histórico reclama en Centroamérica la disminución drástica de la coerción en el uso del poder político. Pero la prolongación del conflicto dificulta sostener coherentemente el proceso hacia la participación popular. Es este un desafío que el nuevo sujeto histórico revolucionario puede enfrentar con más éxito que el "empresario político" de la democratización.

La descalificación de los "empresarios políticos" de la democratización

El proyecto de democratización representa en el Istmo centroamericano una fórmula política inventada hace ya varias décadas y cuya aplicación fue bloqueada hasta la sociedad cuando hubiera podido ser de utilidad. Las fuerzas políticas habrían podido ponerlo en práctica o han sido rebasadas por la historia o han sido acorraladas hasta el exilio o yacen asesinadas en las tumbas de la represión.

Generaciones enteras de sindicalistas democráticos, camadas enteras de universitarios, incontables lideres de la promoción popular, figuras valientes, entregadas y aun proféticos de la Iglesia, y, sobre todo, políticos imaginativos y con arraigo han sido sepultados en esta corriente de irracional destrucción. Guatemala marcha a la cabeza de esa hecatombe: tanto los elementos dirigentes, tradicionalmente desconfiados de la estrategia de la revolución armada, del Partido Comunista, como los grandes líderes de la social-democracia fueron asesinados. El vacío político ha quedado lleno de mediocridad y el compromiso mediatizante.

El asesinato de Monseñor Romero, en El Salvador, enterró las perspectivas de contar, en la historia de la búsqueda de soluciones para ese país contra la pared, con ese raro don para los pueblos que es un "santo" capaz de análisis, de pragmatismo, de liderazgo y de influjo masivo. La imaginación y el coraje cristianos fueron barridos sin compasión de la escena nacional. El fracaso de la primera Junta de Gobierno en El Salvador envió al exilio a un importante grupo de políticos e intelectuales honestos y el asesinato casi un año después de los directivos del FDR no alimentó ciertamente las posibilidades de recuperarlos para el país.

En estas condiciones, la democratización es un proyecto tardío y trágicamente desprovisto de aquellos líderes que lo habrían podido, tal vez revivir. Las gestiones de Río Montt en Guatemala y de Duarte en El Salvador, unidas ambas -no obstante sus abismales diferencias- por un voluntarismo mesiánico, arrojan incluso serias dudas sobre al posibilidad objetiva de la revitalización. En manos de los actuales "empresarios políticos" con bases sociales disgregadas, reducidas y terriblemente golpeadas, la democratización revela bien su naturaleza propia: se trata de un cambio de imagen con una desesperante carencia de poder para cambiar la realidad.

Podrán ocurrir, bajo la democratización, oscilaciones en la dirección y la fuerza de la represión. No se puede cambiar de imagen sin aventurar algún tipo de variaciones en este escenario. Se tabuizarán tal vez las desapariciones o asesinatos de personalidades demasiado relevantes y de prestigio internacional. Pero mientras no se acepte como actor político genuino al nuevo sujeto histórico, persistirá la necesidad de eliminarlo en sus organizaciones sindicales, obreras y campesinas. Podrán difuminarse los "escuadrones de la muerte", peor ¿a cambio de cuántas muertes causadas por los bombardeos de los escuadrones de aviones o helicópteros entre la población civil? Las imágenes acaban pro desdibujarse ante el impacto de la realidad.

La consecuencia de un flujo enorme e inagotable de dólares para racionalizar la guerra y profesionalizarla, ha sido en El Salvador la proliferación de la corrupción militar. Lo fue también en Vietnam. Si Guatemala logra conseguir un flujo equivalente de divisas para la guerra, la consecuencia amenazada con ser la misma. Peor la corrupción es contradictoria con la racionalización y profesionalización de la guerra y eleva los costos de la ayuda a límites insospechados. La corrupción, por otro lado, crea nuevos intereses que hacen pasar la humanización del conflicto a un segundo plano.

La prolongación del conflicto lleva en sí la dinámica de ir mostrando la insuficiencia radical del proyecto de democratización para una eficiente y respetable utilización de la ayuda económica y militar de los Estados Unidos. Al igual que en Vietnam es posible que los empresarios de la democratización vayan apareciendo cada vez más como desprovistos de raíces de poder real y como gerentes de un proyecto sin base nacional. Es probable que estos dos factores vayan minando la voluntad política del Congreso de los Estados Unidos para apoyar el continuo flujo de fondos requerido por la política de su administración. El desencanto y desintegración tendrá un ritmo tanto menos lento cuanto más se consolide y se oriente políticamente la resistencia de sectores de la población norteamericana a dicha política.

De aquí, nuestra sexta hipótesis:

Los empresarios de la democratización intentan mediatizar la crisis y el conflicto. Pero sus altibajos en el balance de los derechos humanos, su incapacidad para humanizar la guerra y racionalizarla, y la ineficiencia e inconsistencia de sus gestiones económicas y de sus tímidas reformas sociales, encierran el potencial de ir minando la voluntad política del imperio para prolongar el conflicto. Frente a algunos sectores del imperio pueden ir descalificandose como interlocutores con poder real y nacional.

Tendencias

1 - Las posibilidades objetivas de que la crisis del sujeto histórico pueda ser resuelta en Centroamérica a través de la recomposición gubernamental intentada en el proyecto de democratización pro los "empresarios políticos" de la Democracia Cristiana -o por fuerzas políticas similares-, se enfrentan con graves problemas. Las dificultades no provienen de la fatal de un sujeto poético burocrático -los partidos democristianos tienden más bien a fortalecer sus estructuras propiamente partidarias y a instalarlas en los diversos organismo del Estado- ni tampoco provienen de la ilegitimidad de los programas mínimos que se proponen -cese de la represión, reformas sociales, avance hacia la paz por negociación-. Este programa mínimo es más bien una aspiración popular mayoritaria. Los problemas provienen de su carácter antinacional, inserto en el hecho de que la estrategia de democratización es más bien un "peaje" diseñado por el imperio para mantener su hegemonía y no -prevalentemente- una respuesta autónoma de un sujeto nacional con fuerza social propia. En estas condiciones los empresarios de la democratización están expuestos a las inconsistencias, contradicciones y vaivenes que se derivan de su carácter fundamental como gerentes de un cambio de imagen y no de un cambio de realidad.

El precio de patentización de la política militar de desaparecimientos y el recio de desvelamiento de su política de tergiversación de la realidad, que Duarte ha tenido que pagar frente a al situación límite que le causó la iniciativa revolucionaria riesgosa del secuestro de su hija (del cual pretendió hacer a Nicaragua principal culpable), es un buen ejemplo. Y aunque Cerezo no tenga ni el mesianismo ni el pasado tolerante con la sangre que Duarte carga, la hipoteca de la impunidad del Ejército y su participación institucional en la administración del desarrollo (que probablemente no desaparecerá), pesará muy fuertemente y lo someterá a parecidas inconsistencia. Sobre Costa Rica y Panamá la incidencia del imperio se hace sentir cada vez más: los proyectos democratizantes de estos países o se deterioran o no logran consolidarse. Más margen puede tener en Honduras "el empresario político", dada la carencia en ese país de un nuevo sujeto histórico ya conformado.

2 - La prolongación del conflicto incide fuertemente también sobre el nuevo sujeto histórico, revelando una tendencia a dificultar y a minar el énfasis puesto por éste en la convocatoria política de la participación siempre creciente de las mayorías. La guerra cobra así un impuesto político muy duro. Sin embargo, se perfila en los dos últimos años en los sujetos históricos emergentes de Nicaragua y El Salvador una tendencia correctiva que trata de redimensionar politicamente el inevitable énfasis militar. Prueba de ellos son la nueva guerrillerización de la lucha del FMLN y su progresiva inmersión en las luchas sociales. A ello apuntan también los procesos de institucionalización de la revolución nicaragüense y los nuevos tratamientos políticos de los problemas de la Costa Atlántica y de la frontera agrícola. En Guatemala, la fase en que la URNG se encuentra no permite aún el mismo grado de énfasis en la redimensión de la lucha.

El factor cultural e ideológico en la prolongación del conflicto
y en la agudización de la crisis

La coyuntura centroamericana actual se inserta en un intento de redefinición del mundo desde la visión que surge del poder de dominación de los EE.UU. Se tiene claridad sobre la gran crisis que viene sacudiendo al ejercicio de la estructuración transnacional de la economía capitalista y a la práctica del poder político ejercido sobre el sistema, que le permite redoblar su capacidad explotadora. Con gran agresividad la nueva derecha y el neoconservatismo (clase social penetrada de su propia ideología) intenta despojar al capitalismo actual de su mala conciencia (la conciencia "liberal") y renovar radicalmente la legitimidad moral de la práctica económica y política del imperialismo transnacional.

Esto explica los intentos moderados y los descarados de hacer del socialismo y de la URSS "el imperio del mal", extremando el maniqueísmo ideológico simplista para contrarrestar la inevitabilidad de la coexistencia. Así se le daría al sistema capitalista el margen de superioridad al que aspira, toda vez que la superioridad militar -aun siendo buscada- se reconoce como imposible o inútil -conduciría a una victoria pírrica- en una era nuclear. Se explican así también los intentos por reducir los movimientos revolucionarios centroamericanos o marximos-leninismos doctrinarios y a cabezas de puente de infiltración soviética. El estigma se profundiza publicitándolos como, además "terroristas" y usufructuantes amorales del trafico de drogas. A los aliados latinoamericanos de estos movimientos (México, p. ej.) se les resalta sobre todo la corrupción de su sistema interno de gobierno, asociado sutilmente con su nacionalismo antihegemónico. El ingrediente -ya explicado antes- de ser de los EE.UU. una nación excepcional se reactiva para fortalecer la ideología de la clase transnacional que intenta mantener su hegemonía; así se confronta la fuerza motivadora de la aspiración a la liberación nacional que el nuevo sujeto histórico defiende en C.A.

El núcleo tal vez más importante de esa motivación del nuevo sujeto histórico esta en la revitalización de las semillas de liberación, de ansia de justicia y de protesta contra el orden injusto que se encuentran encerradas en la identidad de religiosidad cristiana de las mayorías centroamericanas. Durante la Conferencia de Obispos Católicos en Puebla lo que más asombro a científicos sociales no creyentes, que a ella asistieron "desde fuera", fue la enorme vitalidad del hecho religioso en América Latina. Los regímenes secularizados de hoy no han renunciado, por otra parte, a las motivaciones y a las justificaciones legitimantes que les vienen del contenido religioso presente en la cultura. Por eso se ataca tan fuertemente a los nuevos aspectos "liberadores" de la religión del pueblo. En consecuencia, en el desarrollo de las reflexiones que siguen, se dará al factor religioso de la cultura todo el peso que tiene en la actual coyuntura centroamericana.

El factor de la identidad cultural ganada en la lucha

Ningún proceso revolucionario verdaderamente autóctono y radical, que implica consecuencias transformadores de carácter social, de liberación nacional y de transformación regional, ha podido seguir su camino, incluso después del triunfo, sin enfrentar una guerra contrarrevolucionaria más o menos alimentada por fuerzas dominantes del sistema imperialista. Es esta la experiencia histórica del siglo XX, cuya excepción notable ha sido tal vez Yugoslavia.

En estas condiciones, el factor subjetivista, la identidad colectiva del nuevo sujeto histórico revolucionario, adquiere una importancia crucial. Como núcleo cultural, la forma como un pueblo se lee a sí mismo en la expresión de su nueva práctica y la firmeza de esta relectura, han llegado a ser, en al humanización histórica del mundo, valores sociales de mayor respetabilidad universal que en épocas pasadas, y por eso poseen una capacidad de resistencia inédita.

Esta identidad colectiva, latente en la permanente resistencia activa y pasiva a la conquista, ha sido recreada en largos años de lucha, a través de indecibles penalidades e incertidumbres. Los lemas revolucionarios ("Patria Libre o Morir", "Revolución o muerte, venceremos", "Hasta la Victoria siempre", etc.) no han sido retórica vacía, precisamente porque la profundidad de la disposición a dar la vida en la lucha pro esta causa ha sido incluso superada por la esperanza de sobrevivir a la lucha y de alcanzar la victoria. La identidad cultural recreada es releída, realistamente, por importantes sectores del pueblo centroamericano como una necesidad vital, como cuestión de vida o muerte. Y a esta relectura contribuye el contraste vagamente percibido de que la guerra con la que se pretende someter esta nueva identidad no está inscrita en la identidad cultural del pueblo norteamericano con la misma valoración, que el dominio de estos pueblos no es percibido por el pueblo de los EE.UU. -a diferencia de su gobierno- como cuestión de vida o muerte, como necesidad fundamental.

La determinación de proseguir el camino abierto hacia mayor justicia, mayor igualdad, mayor dignidad y mayo liberación nacional -elementos todos ellos contenidos en la nueva identidad popular-, y de hacerlo aun a costa de la vida, se transforma así en el factor dominante para la resolución del conflicto. Se trata en realidad de una cultura de la vida para aquellos que han experimentado la muerte y su cultura. Se trata de una nueva hegemonía, una nueva manera de ver y valorar el mundo, una nueva verdad social, que se conjuga con la aspiración, ya analizada, a crear nuevas formas de participación política, que han producido un nuevo gusto de vivir. Es este el factor permanentemente infravalorado por el imperio. Su captación es difícil para su cultura de consumo y sus hábitos de superpotencia dominante.

Escisión de las naciones centroamericanas
en dos "países culturales"

Es normal que la guerra produzca cansancio en el pueblo. La experiencia de la impunidad de los crímenes del enemigo, la prolongada incapacidad de defenderse frente a los excesos de fuerza y tecnología militar, la confusión que la crueldad -casi sobrehumana- provoca en el sistema de valores personales y grupales, la lucha interminable contra la aparente inutilidad del trabajo productivo y del cuidadoso almacenamiento de los pocos medios de subsistencia (forzada pro las políticas de tierra arrasada, de bombardeo indiscriminado, de terrorismo contra la saluda y educación), el continuo desplazamiento forzoso y la vida precaria de refugiados, la mutilación, la muerte, la desaparición y el inicuo tormento, son vivencias terribles. Su ambigüedad -como situaciones límite de la condición humana- pude conducir vivida socialmente a avances de la humanización abnegada y también a una profunda deshumanización o simplemente a un cansancio intolerable.

El Servicio Militar Patriótico se ha mostrado en Nicaragua como la carga más pesada que la prolongación del conflicto ha arrojado sobre el pueblo impreparado culturalmente para asumirlo, y que, además, ha tenido que asumirlo en tiempo de guerra.

La guerra interminable ha hecho surgir dos países culturales: el que acepta el servicio militar patriótico en Nicaragua y el que lo evade; el que resiste en Guatemala a la imposición del "polo de desarrollo" o de la patrulla

civil -aun incorporándose a ellos- forzosamente, y el que se entrega; el que atribuye el sufrimiento a la intransigencia y crueldad de los militares o de los EE.UU. y el que lo achaca a la utopía y a la irrealidad revolucionaria. El segundo es explicable y no se requiere más que la comprensión de la condición humana para dar cuenta de él y para tomarlo en cuenta. El primero necesita explicación por su heroísmo, personal y colectivo, precisamente se prolonga.

Los mecanismos de mediatización económica que acompañan a la prolongación del conflicto producen también esa escisión en dos países culturales. La recolonización permite la continuidad de la atracción que proyecta el lujo consumista de las "zonas rosas" y de los "juguetes electrónicos", y sobre todo permite seguir aspirando a los placeres de la sumisión. La fragmentación del territorio de nuestros países en una especie de "zonas francas", asignadas a fuerzas militares y políticas, facilita la corrupción y el espejismo de nuevos estilos de vida rápidamente alcanzables.

La expansión de la economía informal refuerza el individualismo privatizante y no sólo ofrece posibilidades de sobrevivencia sino también cauces para la egoísta sobrevivencia del "sálvese quien pueda". La emigración a los EE.UU. introduce en nuestros países nuevas diferencias de ingresos familiares a través de la repatriación de salarios. Los dos países se van dibujando: los que deciden emigrar, y los que deciden quedarse; los que sobreviven en la corrupción y los que sobreviven en la austeridad; los que se fascinan por las migajas del consumismo brillante y los que atisban su improductividad y comprenden que mina el futuro.

La mediatización política se ejerce a través de los mecanismos de la democratización; el revuelo de las candidaturas, la retórica de las promesas, los festejos electorales, y sobre todo el atractivo de los programas en sí mismos legítimos. También aquí se escinden los dos países culturales: los que creen el camino de la democratización bajo las reglas del juego del sistema y los que reclaman caminos revolucionarios para la organización de alianzas de poder verdaderamente populares; los que colaboran y los que resisten; los ilusionados y los escépticos.

Los mecanismos de mediatización ideológico pretenden reforzar las bases económicas y políticas de estos dos países, de estas dos identidades culturales, o pretenden inducirlos autónomamente. La demonización de los proyectos revolucionarios y, en particular, del sandinismo se produce publicitariamente y propagandísticamente en serie en todos los medios de comunicación del área y se canaliza en muchos cauces religiosos institucionales y escolares. De ahí surge la escisión de las identidades: los que creen que los EE.UU., la contrarrevolución y los políticos buscan la democracia y los que creen que ésta sólo es posible en Centroamérica revolucionariamente; los que sumen que los EE.UU., la contrarrevolución, etc., son religiosos y los revolucionarios "ateos", y los que lograron comprender quiénes mataron a Monseñor Romero, a las religiosas norteamericanas en El Salvador y a los catequistas y curas de Guatemala y El Salvador.

Los dos países culturales responden a la estrategia de intentar superar el enfrentamiento masivo entre, por un lado los militares, la oligarquía-burguesía y los EE.UU. y, por el otro, las guerrillas y las masas populares. SE trata de arrancar una parte del pueblo se su simpatía hacia la revolución, no dejándola en el vacío sino alineándola en otra alternativa de valores. La prolongación de l conflicto asegura, por desgracia, la pervivencia de esta polarización cultural del pueblo centroamericano, incluso después de que el conflicto termine. Nos confrontamos con la prolongación en las identidades culturales de una guerra civil regional artificialmente sostenida.

Estas dos identidades culturales ocupan los extremos del espectro, pero existe en el medio una gama de matices que agrupan las búsquedas de identidad cultural de una gran parte de los pueblos de C.A.

Las síntesis culturales originales de los países pobres

Las condiciones de empobrecimiento progresivo y de dominación cada vez más enrarecida en la represión, pero sobre todo las condiciones de sufrimiento y cercanía a la muerte que ha causado en los pueblos centroamericanos la exacerbación de la relación entre los muchos inferiores y los pocos superiores, han llevado no sólo a estallidos revolucionarios sino a procesos revolucionarios percibidos como el recurso extremo para la sobrevivencia. Los procesos revolucionarios han sido aprendizajes de levantarse desde la agonía entre la vida y la muerte a la lucha firme por la vida.

La explicación y la crítica de las condiciones de humillación y muerte han sido emprendida entre el pueblo y con el pueblo por medio de la Biblia, del despertar de la memoria histórica de la larga resistencia de los antepasados y de la narración de la historia de los procesos revolucionarios de otros pueblos en donde la sistematización marxista se unió también, a veces, a raíces históricas nacionales. Para el que se debate en la agonía y lucha por la vida, los elementos de vida encerrados en estas experiencias aparentemente contradictorias se entrelazan en un único proyecto de vida.

Existen en los pueblos centroamericanos sectores intelectualizados occidentales que han asumido el cartesianismo de las ideas claras y distintas o el escolasticismo de las distinciones que dividen hasta el fanatismo. Son, sin embargo, minoritarios en grande extremo. La negación a estos pueblos de la tecnología utilitaria los ha mantenido capaces, en su miseria, de absorber la vida allá donde brota. Desde la pobreza combatida, pero preferida frente a la continuación de la sumisión, se ha roto con esquematismos ideológicos y con sectarismos prácticos que han impedido en otros pueblos más avanzados hacer coincidir en forma fecunda las semillas de liberación contenidas en experiencias culturales de arraigo aparentemente contradictorio.

Un famoso pensador marxista europeo comenzó en Nicaragua en 1984 su charla frente a alguno intelectuales: locales cartesianamente marxistas, diciéndoles que esa misma mañana se había encontrado con los cristianos y había descubierto con gozo que coincidía con ellos en "la opción por la vida".

Mucho más importante, pro supuesto, es que para muchos campesinos y jornaleros salvadoreños o guatemaltecos las tareas políticas de la liberación de sus pueblos han sido vivenciadas con la urgencia máxima de su fe y de su amor cristiano, y en el proceso de vivenciarlas así no ha retrocedido ante el paso de empezar a "creer de otra manera". Más importante también es que revolucionarios latinoamericanos de impecable raigambre marxista que comenzaron su cooperación con cristianos revolucionarios en Centro América convencidos de que la práctica demostraría que eran o cristianos o revolucionarios, terminaron reconociendo la autenticidad de su síntesis. (29) La experiencia de libertad cultural (30)que revelan las cartas de San Pablo: -"no retornen al espíritu de temor, de esclavitud, sino vivan en la libertad de los hijos de Dios"- es la experiencia de libertad cultural con la que muchos sectores del pueblo han rescatado su libertad para vivir, desde la conversión a la hermandad, en el proyecto histórico nuevo. Una indígena quiché lo expresaba al contar su incorporación a "la población en resistencia": "Cuando llegamos a la montaña éramos de todas etnias. Antes no nos queríamos, pero ahora la organización nuestra decía que lo importante era que fuéramos revolucionarios, no que fuéramos católicos o evangélicos, exiles o quichés. Nuestro acuerdo nos hizo trabajar y progresó mucho el trabajo".

Son estos tipos de experiencias las que le permitieron formular a Meces Arce, uno de los dirigentes sandinistas, en 1985, que en la Revolución Nicaragüense han convergido "el... nacionalismo popular representado... por la herencia... (de) Se..., el cristianismo, representado en la religiosidad y la cultura popular mayoritaria del pueblo de Nicaragua y en el aporte... al proceso... realizado por un número masivo de cristianos..., (y) el marxismo y las experiencias revolucionarias de otros pueblos recogidas por el Frente Sandinista".

En esta convergencia, como herramienta que siembra toda semilla de liberación, está una fuente, lenta peor constante, de probable superación de la escisión cultural causada por la prolongación del conflicto.

Tres lógicas para enfrentar la cultura revolucionaria en Centroamérica.

La lógica de los análisis de la estructura y de la coyuntura centroamericanas (pero especialmente de esta última), tal como aparece en grupos de intelectuales comprometidos con la causa de los pobres y no afiliados formalmente a organizaciones políticas, tiene la capacidad de enriquecer el debate cultural y ejercer una función de apoyo critico a los cauces que toman en concreto las esperanzas de los pobres. Pero puede ser vulnerable al intento de florecer resultados "modélicos" que prenden imponerse como una "camisa de fuerza" excesivamente racional e ilusoriamente super-ética a las posibilidades reales de los procesos históricos.

La lógica pragmática con la que las organizaciones revolucionarias, en relación dialéctica con las organizaciones populares y con el mismo pueblo de los pobres no organizado, tratan de llevar a cabo los proyectos de transformación social y su defensa, responde a su carácter de principales actores políticos en la escena centroamericana. Su práctica social revela las capacidades y las incapacidades del promedio de las masas populares, empobrecidas y en lucha por su dignificación. Las vanguardias y las organizaciones populares no harían favor a la causa de todo el pueblo de los pobres si no dejaran abiertos sus análisis al apoyo crítico que les puede venir de intelectuales comprometidos. Pero esto no quita nada a la conciencia firme de las diferencias en el protagonismo político de ambos grupos.

En definitiva es la lógica pragmática de aquella parte del nuevo sujeto histórico con "vocación" y actuación expresamente política, la que hará historia para bien o para mal. Explicar esta racionalidad pragmática, en la que las experiencias de la nueva sociedad viable se sintetizan; valorarla éticamente por encima de purismos injustos e imposibles, puede contribuir a una mayor y más eficaz comprensión del valor profundo del proyecto de los pueblos pobres centroamericanos: ese valor, que consiste sobre todo en sostener con firmeza y dignidad su proyecto de vida, convertido en desafío de los oprimidos frente al proyecto de muerte del poder hegemónico dominador.

La lógica con que alguno sectores de la Iglesia analizan los proyectos del nuevo sujeto histórico revolucionario tiene a entibiar los resultados del análisis, porque parte del esquema de que tales proyectos intentan manipular a los cristianos incluso al recio de constituir una "Iglesia Popular" que destruya desde dentro de la unidad eclesial. El temor a esta estrategia presunta oscurece la consideración objetiva de los proyectos revolucionarios.

Polarizándose frente al fantasma de una "Iglesia Popular" criptocismática importado de modelos históricos sin raigambre en América Latina, ese sector del Iglesia minusvalora en realidad la fuerza cultural latente en el mensaje de Jesucristo y en la respuesta a él para despertar en los cristianos opciones de compromiso verdadero con la causa de los pobres que nada tiene que ver con la pretendida intención de dejarse manipular para confundir el ámbito religioso con el ámbito poético. Esta lógica del temor a la infiltración impide una inculturación en los nuevos proceso históricos y pro consiguiente trabaja contra la misma intencionalidad de las Iglesias de ser "fermentos en la masa" de los proyectos humanos autónomos. Sea lo que sea de esta lógica y de los que, desde diversos presupuestos de la teología cristiana -diversidad que hoy se considera legítimo pluralismo teológico, incluso en el campo católico y no sólo en protestante-, adoptan otros sectores de la misma Iglesia, es importante considerarlos todos a fondo, dada la crucialidad del hecho religioso como expresión cultural prevalente del pueblo latinoamericano.

Dos imágenes contrapuestas de Dios

Los contenidos religiosos -más los simbólicos, pero también los doctrinales o catequéticos- representan tal vez la principal fuente de expresión de la cultura popular centroamericana. Y es la adhesión de la cultura popular a un proyecto histórico o su rechazo de él lo que, en etapas de crisis revolucionaria, condiciona prevalentemente las posibilidades de éxito o de fracaso de un determinado proyecto.

La inercia de los contenidos culturales esparcidos en la red de relaciones familiares, habitacionales, locales, inter-regionales, etc. es enrome. Pero el prestigio del ministro religioso en esa red cultural le ha permitido a la nueva predicación cristiana nacida del Vaticano II, de Medellín, de Puebla y también del protestantismo comprometido con los pobres, abrir brechas profundas en esa inercia. La incorporación a los prolegómenos de la realidad social (desde el típico esquema jocista "ver-juzgar-actuar" hasta los actuales análisis de la realidad) permitió introducir una cuota de racionalidad científica en el sentido común popular, el cual, a través de métodos de concientización y ensayos de promoción social, se fue encaminando a formas activas de organización popular. Sociológicamente, el nacimiento de las Comunidades Eclesiales de Base es la fórmula práctica concreta que en el continente latinoamericano permite empezar a disolver el "divorcio entre fe y vida" señalado por el Vaticano II.

Comienza así, en conjunción con la rebeldía histórica nacionalista y étnica y con la formalización de un proyecto político por las "vanguardias", una transformación gradual, lenta como todas las transformaciones culturales. La afirmación del nuevo poder revolucionario sandinista de que su propia experiencia demuestra que las "mismas creencias" (de los cristianos) los impulsan a la militancia revolucionaria, se traduciría en términos de la teología bíblica cristiana en un reconocimiento de que la fe eclesial, la comunidad en seguimiento de Jesús de Nazaret, puede ser "fermento en la masa" de los proyectos históricos revolucionarios.

Sectores importantes del pueblo han comenzado a sumir esta audacia cultural, que rompe con la "tradición" de la religión domesticada colonial y criollamente, y anuncia, como una buena noticia que viene de los pobres y se dirige a ellos, que el Dios cristiano -en el mensaje de Jesús de Nazaret- no es el Dios de los poderosos, de los "de arriba", sino el Dios de los oprimidos, de "los de abajo". Recuperando una lectura posible de la Biblia, tamizándola en la lectura -introducida por el Vaticano II y Medellín- de los "signos de los tiempos", es decir de los acontecimientos de la historia, se afirma -desde esa nueva identidad religiosa- el derecho a existir de una sociedad que tienda a cada vez mayor igualdad a través de prácticas de acercamiento a mayor justicia y mayor participación.

En la prolongación del conflicto centroamericano, el "dios" "amigo de los poderosos" se enfrenta culturalmente al "dios" que "escoge a los mal vistos" por las estructuras de poder. No sólo resulta esta nueva imagen de Dios consoladora para el pueblo, sino que muchas veces es la única que le da la fuerza para pagar el precio de su liberación. El "Dios" del dinero sólo tiene asidero en la identidad cultural popular por la aspiración introyectada del consumo justificado en la religión de la burguesía. El "Dios" de Jesús, en cambio, convoca a compartir la pobreza sin pasar por el sometimiento a los mecanismos injustos del mercado y así a crear la única riqueza posible desde el punto de partida del empobrecimiento centenario de estos países.

El país cultural en que predominan los valores revolucionarios, después de que los procesos convergentes de re-identificacion cultural (nacionalista popular, cristiano y marxista revolucionario) consiguieron un arraigo inicial, es, pues, el escenario de movimiento lentos, no exentos de dificultad y dolor, en los que se fecundan identidades étnicas, confesionales y práctico-racionales, antes supuestamente antagónicas.

Los refugiados guatemaltecos en México, por ejemplo, han sido capaces de valorar su pobreza tanto como para resistir a las ofertas de mejoría económica condicionadas a su traslado y a su posterior repatriación al sometimiento (Falla: M-A 1985, 180). Los refugiados salvadoreños, preguntados cómo usan su tiempo en el refugio respondieron: "Leemos a los profetas y recordamos la pasión de Jesucristo"; lo cual quiere decir que mantienen viva la denuncia de la sociedad de injusticia y se identifican con la legitimidad que da a su sufrimiento su camino creyente en Jesús crucificado reivindicado en su resurrección.

Pero estos procesos culturales se dan también en el otro país cultural donde la fecundación de identidades étnicas y de confesiones (e incluso -simbólicamente- de clases sociales) produce los movimientos indigenistas tentados por la lógica del poder de dominación y de consumo, así como los movimientos fundamentalistas de evasión o de defensa fanática del orden establecido, tantos evangélicos como católicos.

El papel no neutral de las Iglesias

Dado el hecho de que la cultura popular centroamericana tiene tal vez su principal fuente de expresión en los contenidos religiosos, el papel tradicional de las instituciones religiosas de constituirse en una de las fuentes más especializadas en la producción e interpretación de valores relacionados con la legitimación o ilegitimación de las ideologías, se refuerza considerablemente en el contexto de conflicto cultura. Las Iglesias se convierten en este contexto en uno de los centros de interés mas importantes de los sectores imperialistas preocupados por recrear un nuevo consenso hegemónico.

Dormidos en los laureles de la antigua propuesta político-cultural de "cristiandad", las clases dominantes oligárquico-burguesas y los militares autóctonos van a la zaga del "Informe Rockefeller", que ya en 1968 propone a la administración Nixon una vigilancia especial sobre el papel de las Iglesias -junto con el de los militares- en al panorama cambiante de América Latina. Doce años después, el Documento de Santa Fe transforma la propuesta de vigilancia en declaración de guerra a la teología de liberación, a la cual ve como ideología justificante del ataque de parte de la Iglesia "contra la propiedad privada y el capitalismo productivo". El actual embajador norteamericano en Costa Rica, Lewis Tams, es el editor de este documento presentado como propuesta de "política interamericana para los 80" al equipo de la candidatura presidencial de Reagan. En este período se encuentran algunos de los peores años de la persecución religiosas, consistente más en palos de ciego contra personas e individuos que en una sistemática lucha ideológica contra las posiciones e ideas de la Iglesia renovada de los pobres.

La lucha ideológica contra la Iglesia de los pobres -vista sociológicamente como "Iglesia Popular", y por ello como parte del nuevo sujeto histórico revolucionario- no se agota en la tergiversación de sus "ideas" como "mas comunistas que cristianas" (Documento de Santa Fe, proposición 3a. de la II Parte). Intenta también rescatar lo que en una parte de las Iglesia ve como su derecho a una "neocristiandad", en la que los intereses de la Iglesia sean garantizados por un papel cultural prominente de sus instituciones.

La sensación de la destitución que las instituciones eclesiásticas experimentan en A.L. frente a planteamientos revolucionarios que, en principio, no necesitan de bautismo religioso para ser legítimos, y que se presentan como fuentes complementarias -percibidas tal vez como agresivamente alternativas- de valores éticos, introduce a estas Iglesias en una dinámica de temor al futuro. La aspiración a la seguridad y el temor de al futuro juntan fuerzas para producir en Centroamérica, especialmente en Nicaragua, comportamientos institucionales de las Iglesias (no exclusivamente de la Católica) en militancia opuesta a los proyectos revolucionarios y, no pocas veces, manipulados por los antiguos proyectos históricos.

Es notable que, -en contraste- la experiencia religiosa de los refugiados guatemaltecos, por ejemplo, manifiesta fe en un Dios reconciliador como los responsables de las masacres que han impulsado al pueblo a refugiarse, pero subrayando: fe en que Dios reconciliará a través de su justicia (Falla. M-A 1985, 176). Con el paso del tiempo la experiencia, influida pro el nuevo contexto de resistencia, consolida en el refugiado la amenaza profética de castigo para el represor y para los que s prestan a ser "instrumentos religiosos" para inducir al refugiado a vender su libertad por una nueva sumisión más tranquila.

Sin embargo, la misma presencia en el terreno religioso de fuerzas institucionales que comprenden y simpatizan con la lucha del nuevo sujeto histórico, o al menos se niegan a verlo bajo el prisma del temor que lo convierte fácilmente en enemigo total, facilita la solicitud a las Iglesias para que ejerciten papeles mediadores en el conflicto.

La Jerarquía católica: posibilidades de incidencia histórica

Frente a la opción por el recurso extremo del conflicto armado que en algunos casos el nuevo sujeto histórico ha tomado en Centro América, después de haber recorrido sin resultados caminos pacíficos de intento de modificación de la estructura de explotación y dominación, la Jerarquía Católica ha mantenido una postura generalmente temerosa, escéptica o abstracta. Se rompió esta pauta en Nicaragua, cuando el inicio de la insurrección final fue justificado por los Obispos Nicaragüenses.

Monseñor Romero en El Salvador sostuvo una postura de atención continua a los signos que la realidad presentaba y -desde su identidad religiosa- los fue leyendo a la luz de la fe y del sentido de la fe que encontraba en las comunidades vivas de su Iglesia. Su palabra distinguió claramente entre la violencia institucionalizada, origen del conflicto, la violencia represiva dirigida contra los intentos pacíficos o armados de transformación social, la violencia como último recurso de transformación de una estructura opresora y la violencia hecha mística en sí misma. Y se mantuvo abierto a la posible inevitabilidad de la violencia como último recurso de autodefensa de los oprimidos, denunciando sin ambigüedades las otras formas de violencia.

Crucial fue en Romero la incorporación a sus predicación de una mediación estructural de análisis de la realidad que se vivía en su pueblo y en su Iglesia, y de una atención constante a sus variaciones coyunturales. La autoridad moral que esta actitud otorgó le permitió hace creíbles sus frecuentes criticas, hechas también desde su punto de vista del Evangelio vivo en la historia y en la fe de los creyentes, a las estrategias y tácticas de las organizaciones de los pobres.

Por el contrario, en la mayoría de sus intervenciones, la palabra y los gestos de los demás Obispos centroamericanos ha llegado, a lo más, a denunciar hechos concretos de violación a los derechos humanos y tácticas represivas, pero no ha superado habitualmente un planteamiento de condena abstracta de todas las violencias ("venga de donde vengan"), que no se compagina con el enfoque complejo y concreto, ubicado en su convicción de la venida preferencial del Reino de Dios a los pobres, que Jesús de Nazaret usó para afrontar los problemas morales.

Bien por falta de confianza en los movimientos revolucionarios del nuevo sujeto histórico, bien por un cierto escepticismo frente a las posibilidades de mejorar estructuralmente los condicionamientos sociales de la condición humana personal, bien por un horror insuperable frente a los costos de los procesos revolucionarios y una consiguiente desilusión respecto de ellos, los Obispos generalmente no han llegado a poner el dedo en la llaga estableciendo la incompatibilidad histórica, en las condiciones de Centroamérica, entre el sistema que perpetúa los excesos aludidos y la realización de las perspectivas cristianas para el hombre y la sociedad.

A veces incluso han llegado algunos Obispos a tomar partido en contra de los proyectos revolucionarios, ostensiblemente más justos y compatibles con el Evangelio que los reaccionarios. Y otras veces esto les ha llevado a mostrar una cierta falta de empeño apostólico y humano en la tarea de mediación -cuando les ha sido pedida por ambas partes del conflicto- o a hacer casi imposible que la parte popular les requiera para este papel. Mas trascendental aún ha sido el silencio con que algunos Obispos han pasado por alto atrocidades sistemáticas cometidas en la intransigente defensa del proyecto del sujeto histórico oligárquico-burgués e imperialistas.

En circunstancias como las de Centroamérica, en las que la palabra o el silencio de los Obispos Católicos tienen aún sociológicamente un amplio carácter representativo de "la" Iglesia, la falta de incidencia -así percibida- de "la" Iglesia en la resolución de la prolongación del conflicto, o su incidencia negativa, han provocado en muchos sectores de la juventud que se han adherido al nuevo proyecto histórico y en otros militantes del mismo (cuya minoría enorme sigue teniendo en Centroamérica raíces cristianas, pues se desconoce casi el fenómeno del ateísmo que se remonte a la generación familiar precedente) un proceso de desconexión creciente con al pertenencia eclesial inherente a la fe cristiana y, a veces, con la fe religiosa misma.

En base a la autoridad moral acumulada por la figura histórica de Monseñor Romero y a la que se hace patente en otros Obispos latinoamericanos desde Medellín, la fe en Jesús, sociológicamente presente en la Iglesia Centroamericana, no ha perdido aún las posibilidades históricas de ser lo que pretende ser según los textos cristianos: un fermento duradero en "el corazón" de los nuevos proyectos históricos y de los procesos que desencadenan.

En "un mundo con corazón", es decir en el mundo de los proyectos y procesos revolucionarios más encaminados a la humanización de la sociedad centroamericana, el crecimiento de la conciencia de que la Iglesia -según su teología no sólo compuesta de Obispos- también cuenta con la práctica evangélica de otros miembros del clero y de religiosas y laicado, la fe eclesial cristiana puede aún llegar a ser percibida como capaz de ser fermento de nueva humanidad, corazón dentro del "corazón" del mundo revolucionario. No obstante, se ha hecho más difícil, a partir de bastantes posiciones jerárquicas, la posibilidad de arraigo continuo en el terreno original y predominantemente religioso de Centroamérica, de identidades personales y grupales entregadas a humanizar revolucionariamente la sociedad centroamericana.

Desafíos para la IglesiaLa parte de la Iglesia de Centroamérica que reconoce la mayor condición de humanidad en los nuevos proyectos revolucionarios puede seguir incidiendo cristianamente en estos procesos. Muchos centroamericanos despertaron a un compromiso pro la justicia y por el protagonismo de los pobres como sujetos de su propia liberación en la escuela de la fe eclesial cristiana renovada. Es éste un hecho social incontestado. Pusieron en juego su práctica y contribuyeron con otras fuerzas sociales a encontrar cauces nuevos para el clamor de nuestros pueblos por su dignidad.

Esta parte de la Iglesia podrá continuar jugando este papel social en la medida en que responda -dentro de su lógica religiosa- con imaginación cristiana a varios retos. El desafío profético frente a la realidad debe llevar a la Iglesia a anunciar que el Evangelio de Jesús, la buena noticia que Jesús anunció a los pobres, en forma completa desde la realidad histórica. En la experiencia religiosa se conoce por santidad cristiana:"... los que queremos ser santos y consagrados en Cristo Jesús -dice una carta de ellos desde México-...queremos predicar (sic) verdadero evangelio de Cristo, no queremos tapar ninguna parte de la escritura y así seremos más perseguidos" (Falla: M-A 1985, 180). La exigencia, pues, se sostiene sin ninguna ingenuidad respecto a la suerte que puede hacerles correr. Es la misma exigencia que se escuchaba a los refugiados salvadoreños cuando decían que en su refugio "leían a los profetas".

El desafío organizativo es asimismo profundamente importante. En un contexto de búsqueda revolucionaria de participación popular para las mayorías, la Iglesia no puede mantener formas organizativas autoritarias, no sólo porque no son -según Jesús- las que brotan del carácter servicial de la autoridad cristiana, no porque, a la larga, se transformaría en una Iglesia, no inculturada sino ex-culturada. El valor sociológico de las Comunidades Eclesiales de Bases reside en que en ellas la Iglesia desarrolla formas de corresponsabilidad y de participación que se sitúan en coherencia con los procesos de autoemancipación de los pueblos centroamericanos.

En su lenguaje teológico propio, la Iglesia Latinoamericana así precisamente se ha entendido a sí misma en la Conferencia de los Obispos de Puebla como "escuela de forjadores de la historia". Es entre las comunidades que surgen entre los pobres y los comprometidos con el proceso revolucionario donde más lo debe poner en práctica, si quiere su mensaje siga siendo relevante al interior de los procesos revolucionarios.

El desafío teológico supone que la Iglesia no reacciones contra las exigencias de sentido que brotan de la transformación histórica en curso en Centroamérica dando razón de su fe y su esperanza en formas creativas.

De la realidad en transformación y de la realidad atormentada por la prolongación del conflicto surgen continuamente nuevos interrogantes con los que la experiencia humana confronta a la esperanza cristiana,. La Iglesia tiene que atreverse a articularlos en su lenguaje teológico en respuestas cristianas capaces de alimentar la única práctica humana de los cristianos: la práctica de su opción por la fe (la justificación de Dios en al Historia) y la práctica de su opción por la vida (la humanización de la historia que Dios -según la fe cristiana- suscita y por la cual trabaja).

Sin celebración de la existencia, sin la celebración de la vida y de los caminos que llevan a ella, sin la celebración de la memoria de los muertos -los injustamente asesinados por la violencia institucional o por la represiva, los que dieron su vida en la lucha por una nueva humanidad- no hay fiesta. Sin fiesta -en Centroamérica más que en otras partes- no hay humanización de la vida. El desafío simbólico tiene que encontrar formas de celebración que renueven la capacidad de fiesta a la que llama la esperanza cristiana. La prolongación del conflicto desafió a buscar nuevas formas de celebración que desentrañen, de lo fontal de la celebración cristiana, la forma de compartir el espíritu nuevo de resistencia frente a la muerte, de combatividad por la vida y de defensa de ella.

Cuando estos desafíos son aceptados por la Iglesia, en las zonas de resistencia o control revolucionario de Centroamérica, en la cotidianidad de la escisión de los dos países culturales, en las circunstancias de duro y austero sostenimiento del triunfo revolucionario, (31) la nueva identidad religiosa se hace capaz de aportar a los nuevos proyectos históricos su convicción de que Dios, Jesús, "están entre nosotros todos los días hasta el fin de la historia". Tiene entonces posibilidad histórica de seguir viendo lo que ella misma pretende ser: un aliento para las luchas en favor de la vida y también un fermento crítico de sus posibles y reales desviaciones.

El proyecto ideológico imperial y la posibilidad de su reversión

Parte del intento de la redefinición del mundo en que el proyecto imperialista de recuperación de su hegemonía se halla embarcado, se dirige expresamente a presentar los proyectos de humanización revolucionaria como proyectos de progresiva extensión de la libertad, de creciente aumento del empobrecimiento, de desplome hacia l sumisión a una ideología inescrupulosa y falaz -por cuanto atea- y de inclinación hacia el totalitarismo. Esta estigmatización se lleva a cabo a través de los aparatos ideológicos de los medios de comunicación masiva profundamente influidos y presionados por el imperio. También la vulnerabilidad del apoyo occidental a los proyectos de los pueblos pobres interviene para hacer aquel apoyo menos consistente y más permeable a los intentos de satanización.

Sobre todo, cuando los proyectos revolucionarios de los pobres se ven obligados a recurrir, para su defensa, a medios coercitivos extraordinarios -que la misma prolongación del conflicto provoca- los estados de ánimo de las democracias más o menos liberales tienden a no ser tolerantes con las deficiencias de democracia del nuevo sujeto histórico. La reacción europea frente al "estado de emergencia" actualmente vigente en Nicaragua lo muestra claramente. El temor latente a transformaciones verdaderamente radicales hace, por otro lado, que se usen dobles medidas (double standards) para reaccionar a similares procedimientos cuando son usados en defensa del antiguo proyecto histórico centroamericano. También queda esto ampliamente mostrado en la tolerancia europea respecto "al estado de sitio" casi ininterrumpidamente actuante en el Salvador desde hace cinco años. Finalmente la satanización trabaja sobre la base del gran miedo occidental al "comunismo".

Este proceso de estigmatización adquiere toda su virulencia cuando se logra conectar a los movimientos revolucionarios con la negación de la imagen occidental de Dios. Entonces se llega a la abierta satanización, tergiversando precisamente la creciente recuperación de la imagen bíblica de Dios que se ha dado a través de la incidencia de los cristianos en los procesos revolucionarios de C.A. La devolución de Dios al pueblo se hace ver como robo de Dios al pueblo.

Sin embargo, la permanente apertura de los territorios centroamericanos controlados por el nuevo sujeto astros a la observación sin fronteras, abre un flujo de comunicación masiva que se puede ir traduciendo en una difusión eficaz de la imagen real de la verdad centroamericana social en proceso de formación. La satanización, que no deja de influir también en "el país cultural centroamericano" menos abierto a los procesos de liberación y que es más predominante en Costa Rica y Panamá, puede así irse transformando en una bomba de tiempo al ir siendo desenmascarada en la simpleza y el simplismo de su mentira. En el mismo territorio centroamericano los efectos de boomerang entre el pueblo de este desenmascaramiento pueden resultar más potentes.

El desafío ético de la nueva identidad cultural

No es la satanización de los proyectos revolucionarios el desafío más grave con el que se confronta en Centroamérica el nuevo sujeto histórico. Los pueblos empobrecidos y oprimidos han sido siempre despreciados desde los centros dirigentes de la cultura occidental. El "buen salvaje", "el primitivo", el "típico" o "el folclórico" han sido siempre categorías condescendientes fácilmente reductibles a caricaturas. La satanización es una caricatura hecha con los trazos tomados prestados de una mentalidad neoinquisitorial. Afecta fundamentalmente a la imagen que desde afuera se tiene de lo que sucede en Centroamérica y -pretendiendo también ayudar a aplastar al sujeto revolucionario- trata muy principalmente de frenar en el Tercero y aun en el Primer Mundo el contagio de sus valores y de sus esperanzas.

Pero si los mismos valores del nuevo sujeto histórico no se fortalecen y más aún si se pervierten, la prolongación del conflicto y la agudización de la crisis habrán logrado el objeto de las estrategias y de las ideologías que las provocan. En Grenada el nuevo sujeto histórico se había destruido a sí mismo, al menos en su movimiento de dirigencia, antes de que la ocupación norteamericana firmara su acto de defunción.

Hemos hablado ya del carácter terrible de la guerra y de la prueba de fuego que representa para la condición humana social. El uso del poder implica también un notable desafío ético. Sin pretender institucionalizar decálogos revolucionarios
-fácilmente es burlada esta clase de "moralismo" desde el poder y florece la corrupción clandestina-, es importante ofrecer al surgimiento de hombres nuevos el estímulo de instituciones partidistas que se mantengan abiertas a la sensibilidad popular, organizada o no. Lo mismo vale de las estatales. La relación dialéctica entre "vanguardias", Estado y pueblo, puede y debe encontrar formas pragmáticas creativas que tiendan siempre a superar la aparente eficacia con que se aureola en tiempo de guerra a las actitudes disciplinarias. Cuanto mayor espacio encuentre el debate nacional, incluso el debate posible con el "discurso" del adversario, tanto mayores serán las probabilidades de que el pueblo no atenúe su voz.

Pero también la abstención de decisiones necesarias en el uso de poder significaría una insuficiencia ética. La necesidad práctica de conjugar las diversidades entre las vanguardias que no siempre han superado antiguas divisiones, no puede degenerar en un equilibrio de influencias para las diferentes ramas que se articularon con amplios sectores del pueblo en el tronco común del nuevo proyecto histórico. El servicio eficaz a las aspiraciones populares posibles y la integridad en su realización son factores generalmente de mayor importancia que las lealtades -profundamente humanas y arraigadas- entre compañeros de los "tiempos globales" ("la montaña, "la clandestinidad", "la selva", etc.).

El mantenimiento de exigencias de verdad por encima del que las necesidades a corto plazo de la propaganda pueden mal aconsejar, es otro de los más importantes terrenos en que se juega el condicionamiento ético para la educación de hombre nuevos. Nunca se distorsiona la realidad sin graves costos para la capacidad de aglutinamiento popular y de demanda de sacrificios por parte de la organización que se embarcó en la distorsión.

La propaganda es capaz de dejar irreconocible a la verdad sobre la realidad e incluso hacerla desaparecer. El desafío revolucionario lo expresó, en cambio, con presión Tomás Borge, refiriéndose al pesado de encubrimientos que intentó ahogar a nuestros pueblos: "Hay que emprender sin demora la resurrección de la verdad, muchas veces oculta bajo los escombros de una sociedad que se resiste a morir." Sin la profesión, lo mas desnuda posible, de la verdad que se está construyendo desde los proyectos revolucionarios -la verdad práctica, no sólo la de los objetivos finales ideales- no hay posibilidad de transformar la sociedad, de hacer de la revolución una circunstancia favorable para el hombre nuevo.

Los hombres, en su práctica social, son los encargados de producir, reproducir y transformar la sociedad que ejerce, sobre ellos su influencia condicionante.

La reproducción del sujeto histórico emerge en Centroamérica es también un gran desafío ético. No hay simetría geométrica entre vida personal ("privada" la ha llamado la cultura individualista) y vida social. Pero los hábitos de fidelidad y responsabilidad en el amor personal, y en general en todas las relaciones interpersonales, no son indiferentes a los hábitos de fidelidad y responsabilidad con las causas sociales de los oprimidos que pugnan por levantarse. La personalidad y la liberación del amor no pueden dejar de ser solidarias, con la cuota inseparable de sacrificio que siempre acompaña a la experiencia humanizante de la solidaridad. Los "reposos del guerrero", bien en condiciones de prosperidad al triunfo revolucionario de alivio de la presión de la guerra, o de movilidad internacional para abrir puertos diplomáticos de acceso favorable a la causa del nuevo sujeto histórico, son ocasiones propicias a los nuevos consumismos y a alejamientos de la dureza de la vida cotidiana del pueblo en sus estilos de defensa, de combatividad y de resistencia o sencillamente de aguante.

Los desafíos de la austeridad compartida y del sostenimiento de un respeto mutuo están en el centro de la construcción de una ética revolucionaria. Para que estos procesos duren, para que se mantengan y consoliden mientras sufren la prolongación interminable del conflicto y la agudización de la crisis, los hombres que los sostienen necesitan de su corazón pueda alegrarse en la fiesta que comparte los bienes escasos y en la camaradería que comparte respeto entre iguales. Los privilegios dañan la estructura de la camaradería. Sólo combatiéndolos con paciencia se aseguran las condiciones necesarias para que pueda sustentarse aquel grado necesario de heroísmo cotidiano sin el cual el escepticismo o la desilusión se apoderan de los grupos que luchan por los nuevos proyectos.

El mismo enemigo de los nuevos proyectos configura otro desafío fundamental de naturaleza ética. Su deshumanización puede llegar a deshumanizar a quienes tienen que resistirle. Hay un gran riesgo en estigmatizar como "bestia" al enemigo. Lo que éste hace es muchas veces una bestialidad. Pero eso nunca lo convierte en bestia. En el mantenimiento de la humanidad del enemigo esta la semilla de la reconciliación auténtica, sin la cual será imposible superar las huellas de un conflicto tan prolongado.

En esta sección hemos intentado analizar y llevar a una formulación explícita algunos aspectos principales de la dimensión ideológica-cultural del "nuevo sujeto histórico centroamericano", en su oposición al proyecto ideológico con que el imperio pretende encubrir y/o legitimar su reiterada voluntad de dominio sobre el área, con la aquiescencia de fracciones del "antiguo sujeto" que se someten a ella.

Privilegiamos, en cierta medida, el tratamiento del aspecto religioso porque ha sido y sigue siendo una matriz tradicional de identidad cultural de fuerzas sociales encarnadas en grupos mayoritarios de ese "nuevo sujeto". Por el peso relativo que tiene, dado su raigambre histórico y su fuerza institucional, nos detuvimos especialmente en la Iglesia Católica, tratando de evitar las visiones simplistas que no corresponden a su realidad plural y nunca exenta del conflicto propio de toda organización social.

Intentamos también un primer esbozo de las exigencias éticas que la consolidación de esa nueva identidad cultural comportan en la perspectiva de la prolongación del conflicto y sus vicisitudes.

Antes de concluir con el balance de tendencias en este campo, recogemos los principal de nuestros resultados en una serie de hipótesis articuladas:

- Para un movimiento revolucionario que desafía la organización establecida de los actuales sistemas mundiales, no es anormal tener que enfrentarse con una guerra contrarevolucionaria prolongada, atizada y sostenida internacionalmente. En estas condiciones, el factor subjetivo la nueva identidad conquistada en la lucha de liberación, es un factor decisivo para la resolución del conflicto.

- La prolongación del conflicto, a través del impacto terrible de la guerra, y de la mediatización económica y política, produce la escisión de las naciones centroamericanas en dos "países culturales" reforzados en sus identidades contrapuestas por los mecanismos de penetración ideológico.

- En Centroamérica están surgiendo síntesis culturales nuevas con arraigo popular. En ellas funcionan las raíces históricas de resistencia nacional, las experiencias revolucionarias de otros pueblos -inspiradas algunas en los marxismos-, y en las raíces cristianas de liberación. La profunda pobreza material de los pueblos centroamericanos y su descubrimiento de los procesos revolucionarios como procesos de sobrevivencia, permiten y aun provocan la producción de estas síntesis. Estos esbozos de síntesis proporcionan una herramienta cultural inédita para ir superando la escisión de la cultura en el pueblo.

- La prolongación del conflicto pone al descubierto varias lógicas usadas como herramientas de análisis de la situación centroamericana: la lógica de los intentos intelectuales, la lógica de las organizaciones revolucionarias en articulación dialéctica con las organizaciones populares, y la lógica de diversos sectores eclesiales. Todas estas lógicas intentan no sólo analizar los procesos centroamericanos de transformación sino influir en ellos.

- La escisión entre los "dos países culturales" tiene una interpretación más profunda: se trata de un debate cultural que representa una lucha, en el corazón de la identidad centroamericana, entre dos imágenes de Dios profundamente contrapuestas. Esta reinterpretación se basa en que el terreno religioso es la fuente mas prevalente de identidad cultural para los pueblos centroamericanos, que nadie puede ignorar.

- La prolongación del conflicto hace del campo religioso uno de los terrenos culturales mas conflictivos en Centroamérica. Los sujetos históricos en pugna no pueden ya presuponer la invariabilidad en la orientación de las instituciones religiosas, y éstas no pueden evitar convertirse en teatros -y en coactores- de la disputa estratégica y ética de los proyectos en pugna. En estas circunstancias, se refuerzan los papeles eclesiásticos de desestabilización o de mediación y diálogo.

- El papel concreto de la jerarquía católica en Centroamérica, después del asesinato de Monseñor Romero, se mantiene difícilmente a la altura de su responsabilidad histórica. La erosión de la pertenencia eclesial en sectores importantes de la juventud y en militares organizados es, en consecuencia notable. Pero lo que verdaderamente está en juego es la posibilidad del influjo religioso en el "corazón" de estos procesos.

- Las posibilidades de incidencia histórica en los procesos revolucionarios por parte de los sectores eclesiales orientados hacia los pobres, dependen de la imaginación cristiana con que puedan responder a una serie de desafíos. El desafío profético, el desafío teológico y el desafío simbólico, se cuentan entre los más importantes.

- Existe un proyecto imperial de satanización progresiva y creciente de los procesos revolucionarios centroamericanos. Estos, sin embargo, están abiertos a la observación mundial, creando así una posibilidad de contrarrestar dicha satanización, que -a la larga- puede convertir el mismo mecanismo estigmatizador en un boomerang, sobre todo en Centroamérica.

- En correspondencia con la importancia del factor subjetivo -la consolidación de la nueva identidad cultural- el nuevo sujeto histórico enfrenta una exigencia de responder con la mayor creatividad a los desafíos éticos que la prolongación y agudización del conflicto comportan.

Tendencias que podemos observar en los países de la región

1 - En Centroamérica la lucha ideológica, pese al predominio del factor militar provocado por la prolongación del conflicto, tiende a convertirse -en estrecha conexión con la suerte que corra la política de la participación popular- en un terreno crucial de la confrontación entre los sujetos históricos y sus proyectos en pugna. Si el pluralismo político -partidario y sobre todo organizativo- del modelo sandinista traspasa con éxito la prueba de fuego del acoso y de la guerra, el debate cultural irá decantando la nueva alianza de clases sociales y etnias sobre la que podrá irse edificando en la región un proceso de liberación protagonizando en notable medida por sectores organizados cada vez más amplios del pueblo.

Dentro de este debate cultural la identidad predominantemente religiosa del pueblo centroamericano seguirá ejerciendo un influjo importante y tenderá a seguir siendo la matriz cultural en la que se irá conformando una nueva constelación de valores y de contenidos éticos. El papel institucional de la Iglesia como única ordenador de esta matriz religiosa tenderá a hacerse menos prevalente, aumentando en este sentido la secularidad de la sociedad centroamericana. Sin embargo, la fuerza motivante de la fe cristiana para inspirar y criticar los intentos de liberación no por eso tenderá a hacerse menos presente.

2 - En Centroamérica tiende a nacer una nueva identidad cultural, cuya combinación de valores de justicia, de dignidad, de identificación histórica nacional y de experiencia religiosa, representa -si llega a cuajar en un síntesis duradera y coherente- la mayor amenaza para la legitimidad de la hegemonía dominante del imperio y de sus aliados subordinados centroamericanos. Por eso, la significación profunda de la recolonización, de la presunta democratización y de la satanización de los nuevos proyectos históricos tiende a develarse como un intento combinado de hacer pervivir la antigua identidad cultural -que acepta con sumisión la legitimidad de la hegemonía dominante- y a justificar la de hecho.

Los aspectos internacionales de la crisis centroamericana:
entre la coexistencia y el conflicto prolongado

"Give me liberty or give me death", el grito de Patrick Henry el 23 de marzo de 1775 en su famoso discurso en el Parlamento del Estado de Virginia, no es otro que el de "Patria Libre o Morir" de los Sandinistas.

Patrick Henry es uno de los clásicos discursos revolucionarios de la independencia de Estados Unidos mantenía principios fundamentales de la Revolución actual en Centroamérica. "Son los armados y los ejércitos necesarios para conseguir la reconciliación y el amor... Ellos han sido enviados para imponer sobre nosotros las cadenas que el poder Británico hace tiempo ha ido forjando... Si queremos ser libres... debemos luchar... No hay retorno, sino la sumisión y en la esclavitud. Es la vida tan querida o la paz tan dulce, que merezca comprarse con el precio de las cadenas y de la esclavitud?... Para mí, quiero la libertad o la muerte".

Esta conciencia de lo intolerable se repite después de más de doscientos años ante el nuevo imperio, con más razón y fuerza por el mayor dramatismo de la situación centroamericana y porque dos siglos de experiencia históricas de liberación nacional no han pasado en vano.

Ante esta demanda básica centroamericana de "pan, techo, trabajo y dignidad" se podrían haber tomado dos actitudes diferentes. La primera de reconocer el cambio en la conciencia y en la organización de las grandes mayorías centroamericanas, que consideran insoslayables el cambio social y política que les permita la sobrevivencia económica y la superación de la sumisión interna y el sometimiento nacional. Esto hubiera podido lograrse, no sin dificultades ciertamente, acomodándose a la realidad del cambio en la conciencia y ene poder acaecido en la región. La coexistencia pacífica con Estados Unidos hubiese sido posible si una voluntad política para el pragmatismo y acomodamiento hubiese existido en la administración norteamericana en la década de los ochenta.

Amplios sectores norteamericanos apoyaron esta posición en la Administración Carter, pero fueron desalojados de las esferas del gobierno. Los propios embajadores norteamericanos en la región al inicio de la década, lo recomendaron a la Administración y fueron desoídos e incluso removidos de sus cargos (Lawrence Pezullo y Anthony Quainton en Nicaragua; Robert White en El Salvador; el encargado de negocios en Cuba, Wayne Smith) junto con un importante número de altos funcionarios de la Administración Reagan que se opusieron a la política hacia Centroamérica.

Por otra parte, importantes grupos en la opinión pública norteamericana e incluso dentro del mismo establishment, repetidamente manifestaron la convivencia y necesidad de una política flexible, pragmática y realista. Cabe destacar al Inter American Dialogue compuesto por más de 20 personalidades norteamericanas y otras tantas latinoamericanas que se han opuesto en sus tres informes a la política de Reagan. Han recomendado las negociaciones, la suspensión de la política militarista y reconocido que los cambios sociales y políticos en la región eran una necesidad para la democracia, la estabilidad social, las relaciones internacionales y la paz. El informe del Carnegie Endowment, del Atlantic Council y The Miami Report representado una amplia variedad de corrientes y posiciones en la sociedad norteamericana, desde funcionarios gubernamentales, académicos, empresarios y banqueros, claramente consideran que la actual política no resolverá la crisis centroamericana y será perjudicial para las relaciones con América Latina, con los aliados de Estados Unidos y para los propios intereses norteamericanos (32). La posición de los candidatos demócratas, sobre todo Hart, recogían los planteamientos de estas propuestas en sus plataformas políticas.

Propuestas más avanzadas y progresistas, que coincidirían en lo fundamental con nuestro análisis, son cada vez más frecuentes en el mundo académico, iglesias, sindicatos y políticos liberales del vecino país. (J. Jackson) "Cambiando el Rumbo" (Changing Course) del grupo de intelectuales de PACCA (Políticas Alternativas para Centroamérica y el Caribe), el informe de cinco centrales sindicales norteamericanas afiliadas a AFL-CIO en Febrero del 85, los análisis de LASA (Asociación de Estudios Latinoamericanos) que agrupa a los principales expertos latinoamericanistas de Estados Unidos, los repetidos mensajes de las iglesias y otros grupos sociales como las mujeres, las minorías hispanas, indígenas y los negros reflejan un amplio pensamiento organizado en el vecino país que ofrece base social y política para una coexistencia y acomodamiento ante el nuevo sujeto político centroamericano y sus demandas. (33)

Por qué este acomodo a la realidad cambiante no se ha dado, sino que por el contrario se ha recurrido a aun política militarista inflexible, de una "alta intensidad simbólica" (high intesity symbolism), presentando la crisis centroamericana y el caso de Nicaragua afectando los intereses vitales, esenciales, cruciales, de Estados Unidos.

Resulta difícil explicar y más justificar afirmaciones de los más altos personeros de la Administración norteamericana, tales como: " la seguridad nacional de todas las Américas está en juego en Centroamérica. Si no podemos defendernos allí, no podemos espera prevalecer en ninguna otra parte. Nuestra credibilidad se derrumbará y nuestras alianzas se resquebrajarán" (Reagan, 27 Abril de 1983). El informe Kissinger, que pretendía lograr un consenso bipartidista, mantiene que Centroamérica está "en la encrucijada geoestratégica del mundo con dimensiones globales, por eso Centroamérica es un test para la credibilidad norteamericana". El secretario de estado George Shultz ha manifestado en repetidas ocasiones que "Nicaragua es un cáncer que hay que extirpar". La señora Kirkpatrick afirmó por su parte, que "Centroamérica es el lugar más importante del mundo para Estados Unidos". El presidente Reagan en la conferencia cumbre de Bonn llega a comparar a los padres fundadores de la patria de Estados Unidos, a los luchadores de la resistencia europea y al libertador Bolívar con la contra Nicaragüense.

Estas interpretaciones de la Administración ha llegado a ser asumidas en las páginas editoriales de los principales medios de comunicación de los Estados Unidos, como por ejemplo del Wall Street Journal del 15 de noviembre de 1984; "Centroamérica es la prioridad número uno en la agenda de la política exterior. Ni el control de los armamentos, ni el misil MK, ni incluso la guerra de las galaxias ni la estrategia de la defensa, es importante que el controlar la expansión totalitaria que está actualmente tomando lugar en Nicaragua. No puede haber paz en Centroamérica hasta que los sandinistas sean eliminados".

Esta escalda ideológica ha llegado a formas extremas más recientemente con las declaraciones del Elliot Abrams, subsecretario de Estado para asuntos interamericanos, donde afirma que Nicaragua "es un nuevo centro internacional para terroristas". (9/12/85) y del mismo Presidente Reagan (14/12/85) llamando "bandoleros" y "matones" a los dirigentes sandinistas y solicitando más ayuda para su derrocamiento.

Aunque Nicaragua fuese realmente una amenaza para los Estados Unidos y Centroamérica un lugar de intereses vitales para el vecino país, estas afirmaciones carecen de proporcionalidad. Mucho más si además estas afirmaciones carecen de base objetiva como lo han demostrado innumerables estudios. (34) Para mencionar un caso verificable por la propias estadísticas norteamericanas en Nicaragua nunca alcanzó los US$100 millones y toda la inversión norteamericana acumulada en las cinco repúblicas centroamericanas es del orden de US$1.3 billones, es decir, del orden de 0.4% de la inversión de Estados Unidos en América Latina. A nivel militar, la desproporción entre el ejército sandinista y los ejércitos que pueden conformar una alianza contra Nicaragua en caso de una loca aventura intervencionista de este país contra un vecino, es mayor que nunca, sobre todo si se considera, el incremento poder militar directo de Estados Unidos instalado en la región (Honduras, Panamá), el anillo defensivo provisto por las bases militares de Puerto Rico, Guantánamo(Cuba), Bahamas, Key West y las fuerzas de "despliegue rápido" en Estados Unidos.

Dónde están amenazados los intereses vitales, la seguridad nacional de Estados Unidos cuando Nicaragua ha garantizado,
bajo verificación internacional, la no instalación de bases militares extranjeras en sus territorio, ha ofrecido una moratoria de equipo militar e incluso un proceso de desmilitarización regional con la retirada de los asesores militares extranjeros?

Podría decirse que la alta intensidad de la amenaza sandinista pudiera haber radicado en la respuesta, al tono agresivo e inflado del discurso norteamericano, con el mismo nivel de retórica.

La estrategia de Contadora y del grupo de cancilleres europeos más bien ha sido al de establecer el nivel del discurso en sus perfiles básicos para poder encontrar salidas pragmáticas y negociadas. Sin embargo EEUU también se ha opuesto a este planteamiento oficialmente en el documento del Consejo Nacional de Seguridad (WP Oct. 30, 1985) y en el llamado " documento de los embajadores" en la reunión de Panamá.

Esta rigidez norteamericana demuestra la falta de voluntad política para negociar una salida pacífica y democrática que respete los cambios acaecidos y el obvio pluralismo que se da entre los diversos países de la región, provocando una innecesaria y dramática prolongación del conflicto.

La lógica imperial y la internacionalización del conflicto

La importancia de la crisis centroamericana radica en que desnuda la lógica imperial en sus componentes más estructurales ante la comunidad internacional. La presunción hegemónica aparece en toda su objetividad, provocando reacciones de solidaridad internacional.

En Centroamérica, la crisis no nace por una atracción ideológica por una sociedad socialista. Nace ante el profundo y repetido fracaso del capitalismo dependiente y periférico y de la subordinación nacional, que no permiten conseguir un suficiente nivel de sobrevivencia para las grandes mayorías y un respeto digno por el derecho de autodeterminación y soberanía nacional. "Pan, techo, trabajo y dignidad" es la demanda crítica. La lucha contra el subdesarrollo, la opresión social y política en casa, y contra la dominación imperial son los componentes históricos básicos de la demanda de los pueblos centroamericanos.

El proyecto socialista aparece mas tarde en el proceso de lucha por esas demandas básicas, como alternativa ante el fracaso del capitalismo y del imperialismo por satisfacer esos derechos humanos básicos de ciudadanos y de nación. No se es anticapitalista porque se mantiene una ideología marxista, sino por esa conciencia de los intolerable. Es la lucha prolongada por generaciones y la misma praxis revolucionaria la que va buscando y creando su j8ustirifación teórica, asimilando métodos y experiencias de otros pueblos, evaluando sus éxitos y fracasos y,

construyendo en la misma práctica su propia formulación teórica. La misma intransigencia guerrerista del dominio imperial ante las demandas obvias consolidan la visión anticapitalista y antiimperialista e inducen como lógica la alternativa más racional y justa que ofrece el socialismo. Este fenómeno es típico del marxismo criollo latinoamericano, que ha sido capaz de integrar tanto las motivaciones cristianas, las nacionalistas como las diversas experiencias sociales del Tercer Mundo, en una organicidad producto de la misma lucha pro la sobrevivencia individual y colectiva.

La historia reciente de los procesos de liberación demuestra hasta la sociedad que todo experimento de transición que amenaza la lógica de las relaciones capitalistas y su pretensión de legitimidad global, es enfrentado con la violencia institucional y militar. La guerra, la desestabilización económica y política son caracteres permanentes de todos los procesos de liberación y transición en el mundo. La lucha armada para la toma del poder es impuesta y llega a ser connatural cuando han fracasado todos los intentos electorales y cívicos.

La intransigencia y la rigidez al cambio por parte de EE UU provocan la internacionalización del conflicto. La internacionalización se inicia con el apoyo solidario a los procesos de liberación y se amplia después con la ayuda económica y militar, tanto de amigos del mundo capitalista como socialista para mantener la sobrevivencia del proyecto.

La experiencia nicaragüense muestra seis años de una persistente colaboración tanto de países capitalistas no-metropolitanos como de los países socialistas y de los no-alineados, que defienden el derecho de sobrevivir del experimento sandinista.

La diferencia fundamental con el proyecto descolonizador e independentista de Patrick Henry y los patriotas de EE.UU, es la obvia experiencia que se ha sufrido por generaciones en Centroamérica: para romper con la trama de relaciones de sumisión y alienación, es necesario romper con el capitalismo dependiente. Para ello sin embargo, ser requiere como condición necesaria, la realización de un proyecto nacional que permita la emancipación de las grandes mayorías oprimidas. Estas se han visto obligadas a enfrentarse directamente con el proyecto imperial de mantener la región como su "patio trasero" en forma indefinida aunque cambiante.

La viabilidad de este enfrentamiento directo del nuevo sujeto político con el imperio depende en gran parte: a) de la legitimidad internacional de su propuesta de sociedad; b) de su proyecto Bolivariano de representar un test para la autodeterminación de América Latina; c) de la capacidad de asociarse de una manera estable y diversificada con la comunidad internacional.

El dilema que plantea la internacionalización del conflicto

centroamericano se ubica entre dos polos: a) la intransigencia y agresividad de EE UU en aceptar los cambios y encontrar una forma negociada de coexistencia, b) en la tensión que esta agresión provoca hacia formas más rígidas económicas y políticas para garantizar la defensa y la sobrevivencia del proyecto revolucionario. La respuesta internacional es determinante para que la agresión no provoque la rigidez interna y el alineamiento internacional con el bloque antagónico, sino que ayuda a la búsqueda de una mayor legitimidad internacional del proyecto con formas más originales de participación de las mayorías. La transformación requerida social-económica al mismo tiempo que la creación de estructuras democráticas internas es la opción asumida para el proceso de transición y la sobrevivencia.

La solidaridad latinoamericana e internacional es por tanto, un factor determinante en el carácter de la transición de los pequeños países de la periferia (PPP), mucho más si están ubicados en la vecindad del poder hegemónico.

La cuestión centroamericana y el carácter de la crisis regional

La cuestión centroamericana está ligada al procesos histórico de las tres revoluciones de la época moderna: la Revolución Francesa, la revolución descolonizadora y las revoluciones socialistas. Se podría decir que en Centroamérica y El Caribe se inicia una cuarta era de revoluciones, la de los Pequeños Países de la Periferia (PPP). Estas revoluciones modernas son parte de un proceso de maduración de la humanidad superando progresivamente viejos mecanismos y estructuras de dominación y enajenación.

La Revolución Francesa significó la reivindicación de los derechos del hombre respecto del estado. Su utopía fundamental en aquel momento eran los derechos del individuo frente a las monarquías absolutas. Su limitación fue que los derechos del hombre quedaron empequeñecidos como "derechos individuales".

La Revolución Descolonizadora se extiende desde 1776 hasta nuestros días. Entre sus momentos álgidos se encuentra la misma revolución norteamericana, las guerras de independencia latinoamericana, la revolución mexicana y la serie de revoluciones de liberación nacional al fin de la Segunda Guerra Mundial. Los procesos independentistas y de liberación nacional quedaron muchas veces restringidas a formalidades electorales sin dar una auténtica participación ciudadana. La segunda gran demanda fue la reivindicación de los derechos de los pueblos empobrecidos y dominados por la colonización o neocolonización. Esta utopía sigue actualmente demandando su implementación y constituye una parte central de las actuales conflictos regionales que especifican el carácter de la crisis centroamericana.

Las revoluciones sociales siguen siendo la tercera gran ola de revoluciones en la historia moderna, con profundas raíces en América Latina con la revolución mexicana, que llevaron con las revoluciones socialistas iniciadas en la revolución soviética de octubre de 1917, a la instauración de un sistema diferente de sociedades. El eje fundamental de estas revoluciones en la reividicación de los derechos sociales, de los grupos mayoritarios explotados al interior de cada país, con un llamamiento a la unidad de los explotados del mundo. Estas revoluciones se encuentran también con una utopía no realizada al estar en buena parte limitadas en sus posibilidades por el antagonismo con el sistema capitalista internacional y al no haber podido caminar internamente hacia un decrecimiento del tutelaje de los aparatos estatales sobre los grupos sociales.

Los proyectos revolucionarios centroamericanos se inscriben dentro de estas tres grandes revoluciones de la historia moderna, haciendo converger las utopías y las demandas históricas de estas revoluciones en los pequeños pueblos de la región. La revolución centroamericana engloba estas reivindicaciones insistiendo en la reivindicación política de la soberanía y auto-determinación, en la reivindicación de un nuevo derecho internacional, con la exigencia de que también los pequeños pueblos de la periferia puedan ser sujetos históricos de la comunidad internacional. En este sentido la crisis internacional actual es de tanta repercusión y profundidad como la crisis de 1914 a 1945, donde se produjeron cambios tan fundamentales como la transferencia de hegemonía mundial de Inglaterra a los Estados Unidos; las dos guerras mundiales (las revoluciones socialistas, incluida la China), y la dramática guerra civil española, y la profunda crisis económica de los 30. Es indudable que en las tres décadas de 1914 a 1945 se abrió una nueva era. Entre 1960-90 la humanidad esta viviendo una reestructuración mundial tan o incluso más fundamental que aquella.

Esta cuarta era de revoluciones en los PPP es captada de muy diversas maneras en la comunidad internacional. Para un intelectual mexicano, Gustavo Esteva: "Centroamérica no es ya solamente la encrucijada de los continentes o un espacio estratégico en que se han ventilado, a lo largo de la historia múltiples conflictos de interés. La región comienza a ser pensada como un territorio de entrecruzamientos de diferentes rumbos de la historia. Comienza a abrigarse la sospecha de que en ella podría estarse abriendo paso, así sea atropelladamente, una posibilidad de cambio hasta ahora inédita."

Para un intelectual norteamericano Noam Chomsky, manifiesta que "cuanto más pequeño es el país en cuestión, mayor es el salvajismo norteamericano y más absurdos son los pretextos. Hay una razón para ello. El país más débil representa la mayor amenaza, porque mientas mayor sea la adversidad bajo la cual se logra el éxito revolucionario, entonces mayor significación tendrá el resultado".

Un comandante sandinista, Meces Arce se, preguntaba: "Es terrorismo comunista lo que está sucediendo en Nicaragua? ¿No será que la verdadera amenaza de lo que está pasando en Nicaragua y en Centroamérica es que estos pueblos pequeños, pobres, subdesarrollados, están ofreciendo un nuevo término de referencia a todo el Tercer Mundo? ¿Cómo hacer los nuevos cambios sociales que dos tercios de la humanidad necesita para poder alcanzar un mínimo nivel de vida y sobrevivencia, y a la vez para recuperar la dignidad, el respeto y la autodeterminación que como naciones independientes, nuestros pueblos exigen al final del siglo XX? Estas preguntas no son retóricas. estas preguntas quieren levantar una problemática, la que hemos llamado un desafío para los pueblos de Centroamérica y América Latina, para los pueblos de Europa, para la Comunidad Internacional y sus instituciones y muy especialmente para el mismo pueblo norteamericano".

Un grupo de intelectuales europeos reaccionaron en públicos manifiestos a mediados de 1984 en forma contradictoria. Los conservadores apoyando la política Reagan manifestaron que "Centroamérica es la quinta frontera de Europa". Los más progresistas preocupados por la política intervencionista norteamericana contestaron: "En Centroamérica se juega también la libertad y democracia de Europa".

Para el Secretario de Estado, George Shultz la crisis centroamericana puede transformar a EEUU en el "Hamlet de las naciones", al tener que confrontar la oposición de sus propios aliados, la adversa opinión pública norteamericana y fuertes contradicciones e indecisiones en la propia administración. La crisis centroamericana es analizada a) por la Administración como una amenaza a la seguridad nacional, al mismo tiempo como una oportunidad de contención del avance del "Imperio del Mal", un test de credibilidad y una posibilidad de fortalecer un proyecto de rearme moral y de recuperación de hegemonía internacional; b) por grupos minoritarios pero crecientes, como una oportunidad de adaptarse a los profundos cambios ocurridos en el mundo, definiendo una política internacional de coexistencia y de superación de la "paz americana".

La cuestión centroamericana es un test, un desafío y una responsabilidad no sólo para los pueblos de la región, sino también para la comunidad internacional.

La cuestión centroamericana y el carácter de la crisis internacional

La crisis centroamericana, con su largo proceso de gestación antes señalado, estalla en 1979, exactamente en el momento de la profundización de la crisis internacional. Se ha insistido en el carácter económico de la crisis internacional, pero es posible que la crisis actual sea una de estas crisis determinantes, es decir, crisis que abren encrucijadas y nuevos derroteros a la humanidad, posiblemente de más profundidad que las crisis de 1880 y 1930.

La crisis centroamericana y la revolución nicaragüense: a) suceden en un momento de profundas convulsiones internacionales; b) no podrá resolverse independientemente de la correlación de fuerzas internacionales y de su conjunto de contradicciones; c) su resolución implica la concertación de voluntades, valores e intereses comunes a nivel internacional. Por tanto, es fundamental analizar el carácter de las contradicciones de la crisis internacional para analizar en qué forma Centroamérica puede encontrar una salida a su crisis en medio del sistema de contradicciones internacionales, incluso se puede servir de ellas y más aún, puede aportar a una superación democrática, justa y pacífica de las mismas. Lo más significativo de esta crisis es que además de las tensiones y contradicciones intra-capitalistas, intra-socialistas y la mas fundamental entre el mundo socialista y el capitalista, se da la emergencia del Tercer Mundo como eje de la crisis actual, apuntando al corazón de la misma, las contradicciones Norte-Sur. Contradicción central la Norte-Sur, que el imperio y el capital intentan transformarla en contradicción Este-Oeste para deslegitimar las demandas emergentes, ideologizar el conflicto, polarizar las reacciones internacionales de forma que la contradicción Norte-Sur sea permanentemente relegada.

Dentro del Tercer Mundo, el fenómeno de los Pequeños Países de la Periferia está representado en la crisis del Medio Oriente, en la crisis de Centroamérica, en la crisis de Africa y Filipinas. El sujeto político de la crisis internacional actual no son únicamente las grandes potencias como en crisis pasadas, ni siquiera las potencias intermedias sino también los sujetos políticos de "crisis regionales, los PPP. Es la crisis donde los "condenados de la tierra" demandan y comienzan a ser sujetos de su propia historia como clases, como etnias, como género y como naciones explotadas.

Nos encontramos por tanto, ante una crisis donde además de la tradicional motivación económica, política y geopolítica, hay también una motivación de valores, de visiones del mundo e identidad nacionales. La concepción de la paz, de la libertad, de la democracia, tan repetidos pro la doctrina Reagan, adquieren una valoración y contenidos diametralmente opuestos desde la perspectivas de unos pueblos, que confrontan el poder, el orden y los valores del sistema establecido que los han convertido y los mantienen como los "condenados de la tierra".

La paz, por tanto, se percibe como el producto de un profundo cambio y de una transformación de las relaciones sociales domésticas y de las relaciones internacionales; la democracia y los derechos humanos ya no sólo se perciben como derechos civiles y políticos, sino también como derechos económicos individuales y colectivos. Los derechos humanos que son demandados como etnias, clases, géneros y nación, tienen hoy una dinámica cualitativamente distinta de hace cincuenta años. Esta diversa valoración de la paz, de la democracia y de los derechos humanos, claramente implica una diversa conceptualización del contenido de la libertad, especialmente para aquellos países donde sus mayorías no la conocieron no como etnia, clase, género o nación. Es decir, todos los pueblos de Centroamérica y el Caribe y una gran parte de los PPP.

Se plantea de esta forma un desafío al orden establecido nacional, regional e internacional, más profundo que en las anteriores revoluciones, porque reclama la modificación del orden mundial trastocando el principio de superioridad e inferioridad entre los pueblos de la tierra. Está en juego los derechos del pueblo y la democracia entre las naciones.

Centroamérica: ¿otro Vietnam?

La complejidad de estos problemas, aún en medio de su simplificación en estas páginas, pretende señalar de nuevo la interrelación entre la crisis centroamericana y el carácter de la actual crisis mundial. El interés de tantos gobiernos y grupos sociales en Centroamérica es casual, ni coyuntural. La conflictividad de esta internacionalización de la crisis que se pende transformar la crisis centroamericana en un campo de batalla Este-Oeste, en una plataforma de disputa entre la Internacional Socialista y la Democracia Cristiana, e incluso en una cuenca caribeña donde se disputan la propia esfera de influencia entre México y Venezuela como poderes intermedios de la región.

¿Cómo transformar este potencial campo de batalla de contradicciones internacionales en un campo de resolución de conflictos en forma negociada, sirviéndose de la misma internacionalización de la crisis? Es esta una pregunta utopica o tiene sentido políticos?

La pequeñez de los países de la región, es un handicap en muchos aspectos , pero también puede convertirse en una ventaja comparativa porque exige menos recursos la resolución de sus problemas y ofrece un mayor margen de flexibilidad. Ante la confrontación geopolítica pro ejemplo, entre Estados Unidos y Nicaragua, es más fácil para el poderoso vecino mostrar magnanimidad y aceptar un acomodo sin rendición que salve su imagen (save face) de gran potencia, que si este acomodo tuviese que realizarse entre EE UU por ejemplo con México y Brasil. Si por otro lado el enfrentamiento con Nicaragua se utiliza como un escarmiento y un efecto de demostración para otros países, los verdaderos motivos del imperio quedarán al desnudo y el pretendido escarmiento puede transformarse en un conflicto regional con características de un nuevo Vietnam a la vez que en un boomerang internacional, por representar Centroamérica no un fenómeno aislado, sino un test de un conjunto de demandas de los PPP.

La ideologización de la administración actual de EE UU no parece ofrecer capacidades de magnanimidad, pero al irse destapando progresivamente sus motivaciones a nivel internacional puede provocar un papel más activo y mediador de la comunidad internacional. Aún dentro de la propia sociedad civil de EE UU se está dando este despertar, para evitar que Centroamérica se convierta en campo de batalla en vez de oportunidad de un inicio de resolución de conflictos que afectan y pueden agudizar otras "crisis regionales" de no tan fácil "acomodo sin rendición".

Centroamérica, ¿otro Vietnam? ¿O Centroamérica y Vietnam, alternativas diferentes de resolución de conflictos? ¿O Centroamérica, un Vietnam permanente si la resolución de la cuestión centroamericana queda pospuesta por la represión o soluciones insuficientes, son todavía hoy alternativas abiertas?

El carácter de la crisis internacional demanda que en Centroamérica la comunidad internacional no permita el atropello de demandas obvias de los PPP e inicie nuevos términos de resolución de conflictos dentro del sistema de contradicciones Norte-Sur, sin permitir su trastocación ideológica eran conflictos Este-Oeste.

Crisis de las "esferas de influencia" mundiales

La novedad de este fenómeno esta representado parcialmente en el movimiento de los No Alineados, pero ampliado en sus definiciones iniciales de Bangkok por los eventos ocurridos en los últimos veinticinco años. Mientras Estados Unidos percibe esta emergencia del Tercer Mundo como una amenaza a la seguridad nacional y a su hegemonía global, la Unión Soviética y el mundo socialista, los países escandinavos, Canadá y un buen número de países europeos han apoyado estos procesos como fenómenos naturales del crecimiento histórico y de la madurez creciente de la humanidad.

La cultura dominante en EEUU no ha sido capaz de entender el fenómeno y de presentar alternativas de acomodo y nueva relación con hechos que no pueden ser paralizados si no es por la fuerza en incluso de esta manera sólo momentáneamente. La falta de legitimidad para enfrentarse a estas demandas justificadas de una civilización en crisis y en cambio profundo, ha llevado a encubrir estos conflictos y a deslegitimarlos, ubicándolos en el parámetro de la confrontación Este-Oeste.

Más aún, la Doctrina Reagan ha tratado de controlar las fisuras del liderazgo económico y político en el centro del sistema capitalista con un globalismo unilateralista sin los acomodos del proyecto trilateral. Buscar evitar conseciones a las demandas emergentes del Tercer Mundo que pudieran afectar el orden y los intereses establecidos dentro del sistema, a la vez que amortiguar las demandas de la clase trabajadora en los propios países capitalistas.

Para ello pretende relanzar el capitalismo norteamericano devolviéndole el impulso salvaje de 1880 a 1920, par hegemonizar una plataforma más unificada del capitalismo internacional, frente a demandas que considera inabsorbibles por el sistema en la crisis actual.

La revolución tecnológica en la electrónica y su ventaja sobre el mundo socialista le sirve de punta de lanza. (De aquí la obsesión por la Guerra de las Galaxias). Con su Reagonomics ha asustado a los europeos y ha procurado convencer a Japón de que el gran enemigo para su progreso económico es la amenaza soviética.

Dentro de EE UU ha captado a amplios sectores de clases medias, a la tecnocracia y a la burguesía transnacional, con amplios sectores de la élite laboral, para que acepten la propuesta de la nueva inversión militar (de nuevo la Guerra de las Galaxias) frente a una fuerte disminución de los servicios sociales y del nivel de vida de las minorías y nuevos inmigrantes.

En el caso centroamericano, este proyecto de globalismo unilateral para manejar la crisis internacional ha sido llevado a extremos patológicos por parte de la Administración Reagan. La trastocación de la naturaleza de la crisis, transformando un conflicto Norte-Sur en un conflicto Este-Oeste y convertirlo en el "test" de su credibilidad, puede llevar: a) a una profecía auto-cumplida, al provocar que la agresión norteamericana cree mecanismos de auto-defensa que busquen el apoyo del bloque antagónico y b) puede llevar también a deformar los proyecto originales, endureciéndolos con rigideces provenientes de la agresión y de una guerra prolongada y por tratar de ubicarlos en una lucha por "esferas de influencia" en el proyecto globalista. Esta deformación peligrosa de los fenómenos de liberación nacional debe ser analizada con detenimiento por la comunidad internacional y sus organismo más representativos, porque pudiera endurecer todavía los más procesos de transformación social y democrática que los países del Tercer Mundo y los pueblos de Centroamérica llevan como demandas históricas genuinas.

El caso de Afganistán saltará a la memoria de muchos en este análisis. Los mismos principios que estamos sugiriendo para la resolución de un conflicto, obviamente diferente, pero también entrampado en una crisis prolongada y con un proceso creciente de internacionalización.

La solución no está en los típicos "trade off" o trueques entre las potencias, sirven reconocer las raíces indígenas y endógenas de la mayoría de los procesos en el Tercer Mundo. La coincidencia de algunos de ellos con las llamadas "zonas de influencia" bipolarizan al mundo peligrosa y artificialmente. Gorvachev rechazó en la reunión de Ginebra el debate y por tanto el trueque sobre las "crisis regionales" que involucraban, entre otros a Nicaragua y Afganistán. La propuesta al parecer de Brzezinski, no fue aceptada. Sería interesante que el nuevo "estilo" Gorvachev promoviese una propuesta para Afganistán que sirviese para inducir, en la premisa reunión con Reagan, un solución también negociada para Centroamérica. Aunque las crisis regionales se hayan introducido artificialmente por Reagan en la agenda de Ginebra, en una concepción bipolar y de globalismo unilateral, sirviendo de preludio a un mayor endurecimiento y agresión contra Nicaragua, sin embargo, dado el carácter de la crisis internacional, estos conflictos regionales tampoco pueden estar ausentes en las negociaciones por la paz.

La multipolaridad del mundo actual, debido a la transnacionalización de la producción y circulación económica, a la revolución tecnológica de los medios de comunicación, a la misma multipolaridad dle poder atómico y a las demandas de respeto al derecho de los pueblos no permiten mantener las "esferas de influencia" en que el mundo quedó dividido entre las superpotencias que emergieron después de las dos guerras mundiales.

La multipolaridad del mundo actual y el fenómeno de un cada vez más genuino no-alineamiento cuestionan en nombre de la paz y el derecho de los pueblos, las llamadas "esferas de influencia".

La cuestión centroamericana y su proyecto internacional

La multipolaridad, el no-alineamiento, el desmontaje de las "zonas de influencia", el respeto al pluralismo internacional y a la capacidad de mantener relaciones estables y amistosas con todos los países, la diversificación de las relaciones económicas y una nueva inserción en el mercado internacional, a la vez genuino alineamiento con América Latina y su postergado proyecto bolivariano, son el reto y el test de la originalidad del proyecto internacional del nuevo sujeto político centroamericano.

Reto y test difíciles, obviamente, en las condiciones de la coyuntura de crisis a nivel de Centroamérica e internacional. Más difícil aún frente a la doctrina Reagan del globalismo unilateral y de transformar a Centroamérica en el test de su credibilidad y en el efecto de demostración de su recuperación hegemónica global.

El dilema actual hoy para Nicaragua y potencial para los otros pueblos de Centroamérica es la necesidad de solicitar ayuda y estrechar reacciones con los países socialistas para poder sobrevivir, manteniendo a la vez la originalidad y genuino no alineamiento del proyecto sandinista. el reto por su parte, para los países socialistas es el de otorgar una amplia y eficaz ayuda económica y, militar durante la agresión, al mismo tiempo que se respeta la originalidad y auto-determinación de la Revolución Sandinista, sin pretender empujarla a un modelo socialista tradicional ni a su esfera de influencia.

Aquí se juega lo que se ha considerado el "fatalismo" de las revoluciones en el Tercer Mundo, que a veces han acabado plegándose a la influencia de uno de los bloques, dependiendo de su ayuda en forma permanente para poder sobrevivir.

La fortaleza de la identidad de los procesos, tanto en Nicaragua como en El Salvador y Guatemala, permiten prever una superación de ese dilema por el mismo carácter interno, histórico, ideológico y de clase de dichos procesos. Indudablemente que un papel; activo e independiente de Europa, Canadá y Japón, pero sobre todo una fuerte relación comprometida con América Latina, ayudaría a una más fácil solución del desafiante dilema.

La reafirmación del Presidente Daniel Ortega en Madrid, al bajar del avión que lo traía de Moscú, a donde había tenido que ir para garantizar el suministro de petróleo que ni México, ni Europa, ni Irán habían podido garantizar es muy significativa: "Sólo queremos ser tratados en Washington con el mismo respeto con que hemos sido tratados en Moscú". En el momento en que la URSS garantizaba un elemento esencial para la sobrevivencia de Nicaragua, brutalmente agredida por Washington, el Presidente Daniel Ortega reafirmaba de nuevo el no-alineamiento, la voluntad de relaciones cordiales con Estados Unidos y la exigencia de respeto a la auto-determinación de Nicaragua.

La guerra de alto simbolismo que la Administración ha desatado contra Nicaragua intentando satanizar la revolución sandinista a través de una fuerte propaganda, tiene como finalidad central dar por superado el dilema, defendiendo la tesis de la "revolución traicionada" y presentado a Nicaragua como plataforma continental del expansionismo soviético.

El proyecto internacional del nuevo sujeto político centroamericano no es sólo tolerable, sino conveniente para la paz internacional y la superación de la crisis mundial.

La cuestión centroamericana y la relación con los países socialistas

Después de más de seis años de una experiencia real, en medio de una creciente agresión económica, política, ideológico y militar de EE UU contra Nicaragua, hay suficiente perspectiva histórica sobres si la Revolución Sandinista ha luchado por realizar un proyecto internacional o se ha convertido en un satélite de la URSS. Un país tan extraordinario abierto a la observación internacional como Nicaragua no puede ocultar un hecho tan determinante. Las campañas organizadas por la oposición doméstica y algunos jerarcas de la Iglesia nicaragüense han intentado crear esa imagen internacional, la cual no ha resistido un serio análisis de la realidad nicaragüense realizado por múltiples delegaciones internacionales.

Esto no quiere decir que el proyecto se haya realizado a plenitud, que no haya habido errores y contradicciones con el mismo, en gran parte debido a la extraordinariamente difíciles condiciones que la agresión ha colocado a Nicaragua.

Por otro lado, este el hecho de la reciente colaboración y amistad del sandinismo con los países socialistas y en especial con Cuba. Después de seis anos sólo un ignorante o una mentalidad pervertidora de la realidad podrían mantener que Cuba y Nicaragua son revoluciones semejantes. En el orden económico, político, institucional, académico, religioso Cuba y Nicaragua son procesos profundamente diferenciados. Los cubanos y nicaragüenses se enorgullecen por ello, aprenden y se corrigen mutuamente, manteniendo un amplio margen de debate sobre los puntos en desacuerdo.

Por otro lado, es indudable el apoyo generoso y sacrificio de Cuba a Nicaragua y su impacto en la Revolución Sandinista para hacer de Nicaragua no otra Cuba, sino una "Nueva Nicaragua". También es cierto y cada día es más evidente y reconocido por los propios dirigentes cubanos, el impacto de la Revolución Sandinista sobre Cuba en el aspecto cultural, político y religioso y de relaciones internacionales.

Esta mutua fecundación de experiencias, ampliando los logros y disminuyendo los errores, ha sido positiva para los dos pueblos y para América Latina. La "reintegración" de Cuba al Caribe y América Latina se hizo patente en Agosto de 1985 en La Habana en el encuentro sobre la deuda externa y en todo el proceso de nuevas relaciones diplomáticas y económicas de Cuba con las nuevas democracias del continente y con la iglesia. Este proceso es paralelo también al que se experimenta en la URSS con Gorbachev, que tanto Newsweek como Time reconocen abiertamente en las ediciones de la segunda semana de Noviembre del 85. Es sorprendente los cambios acaecidos en los máximos organismos del poder soviético. El Politburó, una nueva generación ha reemplazado a los "viejos" (8 de 13 quedando sólo 3 de la época de Brezhnev).

Estas nuevas realidades parecieran abrir posibilidades de diálogo y negociación objetivos a nivel internacional. La historia juzgará drásticamente a los responsables de no haber sabido usar el clásico "carpe diem" aprovechando esta histórica oportunidad.

La encrucijada centroamericana puede convertirse en una plataforma de entrecruzamiento de diversas experiencias históricas, que provoque una superación del dogmatismo y abra nuevas posibilidades de coexistencia y colaboración mundial para superar la crisis y crear condiciones de paz.

La cuestión centroamericana ante la crisis atómica

Aquí estamos tocando otras de las características internacionales de la crisis actual. Es la primera crisis en una era atómica (sus prolegómenos también se dieron en la región, con la crisis de los misiles en Cuba en 1962. El intentar involucrar el problema centroamericano en un conflicto Este-Oeste, es aumentar todavía los peligros en una conflagración nuclear. Solamente posiciones ideologizadas y agresivas pueden pretender aumentar el área de las tensiones en un ámbito nuclear. Por tanto, la posibilidad de mantener un genuino no-alineamiento en los procesos centroamericanos y del Tercer Mundo, es de vital importancia para estos países y para la paz mundial.

La vinculación de las demandas emergentes del Tercer Mundo con el problema de la paz, es un tema que no sólo los socialistas, sino también los movimientos por la paz en el mundo han comenzado a relacionar cada vez con más intensidad. La "conexión mortal" (deadly conection) entre estos conflictos en el Tercer Mundo y el estallido de una Tercera Guerra Mundial se ve hoy como una posibilidad dramática.

El hecho de que los movimientos internacionales por la paz centraran su atención en la crisis centroamericana en su reunión anual (Amsterdam, Julio 85); nombraran una comisión para abrir una ofician de paz en Managua y organizaran la Marcha por la Paz en Centroamérica en estas Navidades, reafirman la conexión y la conciencia entre la crisis centroamericana y la paz mundial. (La marcha de la Paz, agredida y expulsada de Costa Rica, prohibida en Honduras y el Salvador, mientras se redactan estas líneas, podría al final de su recorrido ser un buen test internacional de alguna de las tesis aquí propuestas).

El respetar la autonomía del proceso centroamericano y de otros pueblos del Tercer Mundo, es fundamental para evitar que un incidente en un conflicto regional, accidental o provocado, pueda servir de detonador atómico.

La cuestión centroamericana, la crisis del Derecho Internacional y las instituciones internacionales

La crisis centroamericana coincide y es parte manifestativa de la crisis actual del derecho internacional y de las instituciones internacionales. Más aún, descubren la contradicción de la política de EE UU actual con uno de los aportes más significativos de la democracia norteamericana al legado de la humanidad.

La constitución norteamericana incorporara los tratados internacionales como parte integral de la ley suprema del país. Este hecho novedoso en los orígenes de la democracia norteamericana se confronta con la realidad actual de que la política exterior norteamericana es cada vez más cuestionada en sus propias cortes de justicia y en las instituciones internacionales que velan por el derecho y los acuerdos internacionales. (36)

En la naciente independencia de Estados Unidos, para evitar caer en manos de las superpotencias de su tiempo (Inglaterra, Francia, España), el derecho internacional fue el protector legal de la nueva independencia. El caso de Nicaragua y Centroamérica refleja esa misma condición de independencia nacientes y mucho más débiles, que buscan en el derecho internacional la protección de sus derechos y el respeto de las potencias. El pueblo norteamericano podría beneficiarse al repasar su propia historia para poder contender el fenómeno centroamericano. La contrarrevolución aparecería más como el caso de Benedict Arnold que como el de los padres fundadores de la patria.

Cuando Estados Unidos emerge como potencia hacia 1820, la Doctrina Monroe muestra las primeras disposiciones no apoyadas en el derecho internacional, sino en el poder de la marina y el ejército norteamericano.

En la crisis actual cuando los países del Tercer Mundo comienzan a pretender usar el derecho internacional para defender al legitimidad de sus demandas, el derecho internacional y sus instituciones entran en crisis con sus mismos progenitores que las crearon para defender sus derechos.

La condena reciente y muy mayoritaria de Estados Unidos en la Corte Internacional de La Haya y el rechazo subsiguiente de la Corte por parte de Estados Unidos (donde 8 de los 15 jueces representan países con los que Estados Unidos tiene alianza militar, 3 son no-alineados y 4 países socialistas), reflejan la profundidad de la crisis. Esta ya se había manifestado en las condenas de EE UU en su política hacia Nicaragua en organismos especializados -GATT, UNCTAD, SELA, OEA y en el Consejo de Seguridad a pesar del veto norteamericano en octubre de 1983 después de la invasión a Grenada.

Lo significativo es que el embargo norteamericano contra Nicaragua, condenado en la mayoría de los foros internacionales y recientemente por la misma Asamblea de las Naciones Unidas, es considerado anti-constitucional por amplios sectores de juristas norteamericanos, tanto en su promulgación en Mayo 85 (sin aprobación y rompiendo un tratado vigente con Nicaragua) como en su extensión en Noviembre 85, que requería la presentación y el voto del congreso para su prolongación.

El impacto y conexión legal de la crisis centroamericana con esta crisis del derecho internacional, tiene una importancia que no responde a su tamaño, pero sí a los valores e intereses que en ella se debaten. Aquí se juegan la humanización histórica, no sólo de los derechos de las personas, sino de los derechos de los pueblos y la consiguiente humanización histórica del ejercicio del viejo poder de los imperios. La lucha por la consolidación de la democracia nacional y continental en América Central y América Latina, se da en un momento donde se lucha también por la democracia internacional. Democracia Internacional que exige un Nuevo Orden Económico Internacional (NOEI), a la vez que un renovado respeto y acatamiento al Derecho Internacional para garantizar la convivencia pacífica y la solución negociada de los conflictos. La reconstitución de los organismos internacionales para esta nueva fase de la humanidad, superando la institucionalización creada después de la Segunda Guerra Mundial y la bipolarización del mundo tras los acuerdos de Yalta, es hoy una exigencia más fundamental por el peligro del mayor armamentismo de la historia y por el poder atómico acumulado. El mundo se dividió en Yalta en dos sistemas con dos esferas de influencia. Las naciones emergentes no contaron en esa definición. Hoy la están cuestionando a partir de la lucha de sus pueblos por salir del empobrecimiento, de la humillación y el sometimiento. Centroamérica es uno de los ejes de este movimiento tercermundista, e intentar reducir la cuestión centroamericana a un conflicto de esferas de influencia es una deformación insultante para la inteligencia, para las aspiraciones de estos pueblos y para la propia dinámica emancipadora de la historia de la humanidad.

La democracia de los organismos internacionales como el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional, el mismo Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, etc., es una exigencia de la democracia a igualdad de oportunidades y procesos de mayor cooperación esenciales para la convivencia internacional.

La cuestión centroamericana y las demandas del Tercer Mundo por un NOEI vienen acompañadas también por una exigencia de respeto al Derecho Internacional y de democratización de los organismos internacionales.

Nicaragua, el eje de la crisis centroamericana

Nicaragua ocupa hoy 1985, el papel de eje de la crisis centroamericana alrededor del cual se polarizan las alianzas políticas, regionales e internacionales. Estados Unidos pretende transformar a El Salvador en la "frontera de contención" del nuevo sujeto político regional. Aplicando la lógica de la "teoría del dominó" y pretendiendo evitar que la ola revolucionaria llegue hasta México e incluso adentro de Estados Unidos, la política Reagan hacia Centroamérica puede inducir que la explosión de la crisis hoy concentrada en Nicaragua, El Salvador y Guatemala se extienda a Honduras, Costa Rica y Panamá.

El triunfo de la revolución sandinista convirtió a Nicaragua en el polo de atracción y de comprobación de la viabilidad de las aspiraciones sociales y nacionales de los pueblos de Centroamérica. El desarrollo y originalidad de este nuevo "termino de referencia" para lograr la liberación nacional, la transformación estructural y la democracia e un proceso simultáneo, lo hizo también foco de interés latinoamericano y mundial.

La resolución de la crisis en Nicaragua va a establecer los parámetros de resolución de la crisis centroamericana y de otros conflictos regionales en el mundo. Si Estados Unidos sigue promoviendo la solución militarista y provocando nuevas contradicciones que aumentan cada día la polarización regional, puede llevar a los países de la región hacia un conflicto regional ampliado e imprevisible. (37)

El caso del canal panameño que bajo el Presidente Carter se presentaba como modelo de la "Nueva Era" y ejemplo para la resolución de tensiones entre Estados Unidos y los países de América Latina, puede ser transformado por EE UU también en parte de la crisis centroamericana. Los hechos de los últimos años con la extraña muerte en accidente de aviación de Torrijos, la defenestración de tres presidentes en un período de cuatro años, las divisiones en las fuerzas armadas, el deterioro de las condiciones políticas y sociales del país, etc. son indicaciones de una "centroamericanización perversa" de Panamá.

La violación de los tratados del Canal de Panamá por la Administración Reagan, utilizando las bases y tropas en la Zona del Canal para operaciones de inteligencia y maniobras militares en varios países de Centroamérica, más las violaciones económicas del tratado con la discriminación salarial a los trabajadores panameños y en las compensaciones económicas de Panamá, indican claramente que tratados canaleros a los que se opuso tenazmente como Gobernador de California. La inflexibilidad, por otro lado, de los ajustes que el FMI quiso imponer sobre el presidente Barletta, ayudaron a su caída, al no poder ni el propio ex-vicepresidente del Banco Mundial aplicar las políticas anti-sociales de estas instituciones. Panamá se encuentra en una profunda crisis centroamericanas se sigue prolongando y extendiendo.

Costa Rica es un país en profunda, aunque desconocida crisis. El carácter de la misma es diferente por ser una crisis entre clases medias y altas con escasa participación popular, pero e la que se está jugando el modelo social demócrata de la llamada "Suiza Centroamericana". El impacto de la crisis económica internacional, más el quebranto del Mercado Común Centroamericano ha provocado un intento del sector más retrasado del capital costarricense de desmantelar el "modelo tico" iniciado en 1948, privatizando de nuevo el área pública (banca y empresas estatales) y reduciendo drásticamente el presupuesto social más alto de América Latina. Las divisiones dentro del Partido de Liberación Nacional y de los partidos de izquierda, permitieron a la Democracia Cristiana lanzar un "nuevo modelo económico" basado en la creación de plataformas de exportación, aprovechando el proyecto de la iniciativa para la Cuenca del Caribe.

Estados Unidos, aprovechando esta crisis interna, se volcó económica y políticamente sobre Costa Rica para lograr de esta crisis que: a) Costa Rica se convierta, utilizando su prestigio democrático, en una plataforma ideológica contra el sandinismo; b) inicie un nuevo modelo económico transnacionalizado tipo Taiwan; c) rompa su neutralidad tradicional; d) transforme su fuerzas policiales en un aparato militar entrenado por EE UU e Israel, capaz de provocar inquietud a Nicaragua desde el sur, permitiendo a la vez operación de la "contra" desde el territorio costarricense.

La aparición del movimiento ultraderechista "Costa Rica Libre" y de grupos paramilitares de tipo facistoide, una prensa y TV fuertemente ideologizada, han transformado a Costa Rica en un país no sólo anti-sandinista, sino también antinicaragüense, provocando la crisis mayor de identidad de país al sur de Nicaragua.

La utilización de una crisis interna manipulada geopolíticamente por parte de la doctrina Reagan, pudiera provocar el cumplimiento de su auto profecía, "la teoría del dominó", de lograr que incluso Costa Rica también se centroamericanizase en su polarización interna y regional.

El caso de la manipulación hondureña por la política Reagan es más conocido internacionalmente por la obvia presencia norteamericana y el alto perfil político de su embajada, su masiva presencia militar con la creación de nuevas bases y las maniobras militares que en forma permanente se suceden en el país al norte de Nicaragua. El apoyo abierto y oficial a la "contra" en Honduras por parte de las mas altas instancias de la Administración y el Congreso de EE UU no necesitan de mayor detalle por haber sido ampliamente reportado por la prensa internacional y sobre todo estadounidense.

La "desnacionalización de Honduras" ha llegado a niveles que sólo en los años de la tradicional república bananera se habían alcanzado. Por otro lado, la tensión histórica con El Salvador sigue sin resolverse, con el perjuicio para Honduras de tener que considerar si la cuadriplicación del ejército salvadoreño y la sofisticación de su fuerza aérea no es más peligrosa que la del propio ejército sandinista, que no cuentan con fuerza aérea y naval ofensiva, y nunca antes había tenido conflictos ni intereses económicos en el país vecino.

En El Salvador se ha establecido la línea de contención por parte de la administración Reagan. Esto ha provocado limitaciones y contradicciones al gobierno de Duarte que al no poder negociar con la guerrilla se ve envuelto en una guerra civil prolongada que no va ganando. Por otro lado, no puede realizar las reformas sociales prometidas y se desgasta progresivamente ante su pueblo, ante los militares que lo consideran indeciso, ante la comunidad internacional que confiaba en su prometida política de los derechos humanos, ante su propio partido y la Democracia Cristiana Internacional que ve fracasar su proyecto regional.

En Guatemala los militares han tenido que reconocer su fracaso como gobernantes y ceder el gobierno, pero no el poder, a Vinicio Cerezo y a la Democracia Cristiana. Concesión y repliegue detrás del trono, en un momento en que la crisis económica se agudiza en el país que había sido el más estable de la región. Las demandas sociales han estallado en las calles (Septiembre 85) y las fuerzas revolucionarias han unificado política y militarmente, dejando escaso margen de maniobra al nuevo presidente civil.

La obsesión de la administración Reagan, con Nicaragua parece obnubilar la capacidad de comprensión de estos fenómenos regionales. Nicaragua ha sido transformada en el eje de la crisis. Toda la política de EE UU en Centroamérica gira en torno a un proyecto de desestabilización y destrucción de la Revolución Sandinista, sin preocuparse mayormente por el aumento de polarización y contradicciones que esta política está creando en los demás países.

La teoría del dominó puede ser autocreación en la región por esta política imperial que no se adapta a la realidad de estos procesos ni respeta su identidad y dinámica propia.

Las cambios presidenciales en el primer trimestre de 1986 en Guatemala, Honduras y Costa Rica, la revitalización de Contadora y la renovada voluntad política de Nicaragua por lograr una paz digna y negociada, pudieran convertirse en 1986 en eje de solución y no de conflicto, si hubiese voluntad política para ello en EE UU.

Contadora, su fuerza, su simbolismo y sus contradicciones

Ante la profundización y prolongación de la crisis dentro de un proceso de internacionalización de la misma, el papel de los aliados más cercanos a EE UU puede ser un factor determinante de crear las condiciones para transformarla voluntad política de EE UU para la región.

Contadora y el grupo de apoyo de Lima, reúnen a un grupo de países amigos y aliados de EE UU. A la vez representa la renovada conciencia latinoamericana después de las Malvinas ante la debilidad vergonzante de la OEA en aquellas crisis. Contadora simboliza la posibilidad de la auto-determinación política de América Latina. Contadora representa también un test para el grupo de Cartagena y la posibilidad de la autodeterminación económica en la cuestión de la deuda externa y la posibilidad de un nuevo proyecto de integración latinoamericana que permita enfrentar la peor crisis económica del continente.

Contadora nace después de las Malvinas, ante el peligro de la intervención norteamericana y junto con el proceso de democratización de América Latina. El hecho de que Nicaragua sea también el eje de la problemática de Contadora explica las fuertes presiones de Estados Unidos para "neutralizar" Contadora y las vacilaciones de sus protagonistas frente a dichas presiones, que vienen ligada con la deuda y las relacione económicas con EE UU. Por eso Contadora y Cartagena son dos manifestaciones paralelas de la misma confrontación de un bolivarianismo frente a un nonroismo ante los problemas de América Latina.

Contadora es posiblemente la experiencia de negociación que más apoyo ha contado internacionalmente (Naciones Unidas, Europa, países No-Alineados, países socialistas y por supuesto toda América Latina, e incluso menos formalmente, también EE UU).

La herencia legal y política de Contadora es ya un hecho imperecedero que ha hecho historia. La sobrevivencia de Contadora como proceso negociador sin embargo está hoy en juego en la confrontación entre estas dos voluntades y sujetos políticos en este conflicto. Contadora representa la reividicación de la soberanía nacional para cada país latinoamericano, y en este caso, para los más pequeños y sometidos. La confrontación fundamental Norte-Sur queda más patentizada cuando se muestra la contradicción entre el país más poderoso y rico y los países más pequeños, subdesarrollados y pobres.

David versus Goliat adquiere aquí todo su carácter geopolítico. Contadora representa el testimonio y el símbolo de la conciencia latinoamericana en esta confrontación. A la vez es un test de la vigencia del Bolivarianismo frente al Monroísmo en torno a la autodeterminación política, económica y democracia del continente.

El papel de Europa y Canadá en la crisis centroamericana

Es suficientemente conocido el papel activo que los países no-alineados han jugado en la crisis centroamericana, tanto en las instancias de las Naciones Unidas como en sus actividades específicas. La defensa de la autodeterminación de Nicaragua y de los países de Centroamérica, el apoyo a Contadora, la condena a la política intervencionista de EE UU específicamente en el minado de los puertos, contra el embargo económico y la ayuda de EE UU a la contra, ha sido repetidamente formulada por los países de la NOAL. Esta clara actitud implica una confrontación sobre Centroamerica entre EE UU y la mayoría de los NOAL, como se hizo patente en la declaración de Managua del Buró de Coordinación de la NOAL en Enero de 1983, con presencia de 43 países miembros, 8 países observadores y 14 países invitados.

No es de sorprender esta actitud solidaria porque estos países son parte interesada en la resolución de este tipo de conflictos en forma negociada y en la eliminación de estas prácticas intervencionistas que afectan el derecho de auto-determinación de los pueblos.

Es más notoria la actitud adversa a la política de EE UU en la región de países amigos e incluso aliados con acuerdos unilaterales de Europa y Canadá. La irrupción de Europa y por otro lado Canadá en el escenario centroamericano es un acontecimiento determinante. La reunión de los cancilleres europeos en San José (Sept. 84) sin la presencia de EE UU y rehusando considerar la carta de Shultz, implica una ruptura de la doctrina Monroe. La política de la CEE de aumentar la ayuda económica sin discriminar a Nicaragua, a consolidar la dimensión regional, reconocer en los factores estructurales las causas de la crisis, implica una ruptura con el ostracismo de Europa en relación con la región.

La reunión de Luxemburgo en noviembre del 85 alcanzó en algunos aspectos específicos como el crear una comisión mixta, fijar un "acuerdo macro", señalar encuentros anuales entre los cancilleres de la CEE y Centroamérica, marcar un apoyo decidido a Contadora y señalar el papel de Europa como un "elemento de equilibrio" para superar la bipolarización del conflicto con la búsqueda de un espacio negociado.

Un impacto significativo el papel de Europa sobre la misma Centroamérica fue la creación de un grupo "ad-hoc" de los gobiernos centroamericanos que trabajaron, de común acuerdo, una propuesta conjunta superando las discrepancias políticas y económicas. La propuesta de los gobiernos centroamericanos que implicaba una ayuda europea de US$ 500 millones y la inclusión de Centroamérica como "estados asociados" a los acuerdos de LOME sin embargo no fue aceptada.

Dentro de las limitaciones de estos acuerdos quedó el propósito explícito de sacar conflicto centroamericano de la influencia exclusiva de EE UU. El canciller colombiano Augusto Ramírez Ocampo, representado a Contadora, enfatizó en el discurso inaugural el significado del papel de Europa: "el declinamiento de la Doctrina Monroe"... y de "la sujeción de la suerte del hemisferio a una sola potencia".

A nivel no gubernamental la posición europea es aún mas decidida en jugar un papel determinante en la crisis centroamericana. Centroamérica se ha convertido en uno de los temas más debatidos de Europa desde 1983. Son ya varios los documentos y declaraciones, como la de mas de 600 diputados europeos entregada a Reagan en 1985 (The Central American Crisis: a European Response) o los seminarios de partidos políticos y analistas como el publicado por el Ministerio de Asuntos Exteriores de España en 1985 ("Alternativas Europeas a la crisis centroamericana").

En Canadá por su parte la crisis centroamericana provoca un distanciamiento y abierta oposición con la política Reagan hacia la región. Este fenómeno es más significativo por la afinidad cultural y política, la dependencia económica y la alianza militar que unen a ambos países.

En el anterior gobierno liberal, las declaraciones de la política canadiense hacia la región fueron claras: "Los problemas fundamentales de Centroamérica son la consecuencia de una larga historia de represión política, económica y social. No se puede restaurar la estabilidad hasta que las fuerzas del cambio hayan sido acomodadas, hasta que el progreso social y económico elimine las presiones explosivas de frustración popular". (Secretario de Estado Allan MacEachen 3/6/83).

"Con respecto a los objetivos y el análisis histórico de los hechos en Centroamérica, Canadá no estaba de acuerdo con los Estados Unidos". Primer Ministro Trudeau, Cámara de los Comunes, 2/5/83).

El actual gobierno conservador ha sido incluso más explícito en su posición al aumentar la ayuda económica a Nicaragua y aceptar la oficina comercial de este país en Toronto, al cerrar el embargo económico de EE UU la que existía en Miami. En relación con Contadora, se ha ofrecido a apoyar financiara y técnicamente la verificación del Acta. La posibilidad de establecer un "tercer grupo de países" de apoyo a Contadora además del grupo de Lima, es una de las alternativas que se están estudiando junto con los países escandinavos y otros europeos.

Con lentitud y vacilaciones por las grandes presiones de EE UU, Canadá pareciera iniciar la implementación de la política que el subcomité parlamentario recomendó: "Centroamérica se convirtiera en una región prioritaria en la política exterior canadiense". (Noviembre 1982)

La posición de Europa y Canadá, aliados congénitos de EE UU, pudiera ser un factor determinante para evitar la intervención militar directa de Estados Unidos en Centroamérica, crear la voluntad política de negociación en la administración Reagan, crear condiciones internacionales que favorezcan la originalidad, el no-alineamiento de la revolución centroamericana y el inicio de un proyecto regional de desarrollo.

La crisis centroamericana, la "co-solidaridad" internacional
y la democracia en Estados Unidos

El común interés por la paz mundial en las grandes mayorías de la humanidad, puede convertirse en el eslabón central entre los nuevos sujetos políticos del Tercer Mundo, los nuevos sujetos políticos del Primer Mundo y el mundo socialista. Se necesita por tanto, descubrirlos intereses y valores comunes fundamentales para la paz, la convivencia y el desarrollo mutuo y equilibrado. Esta mutualidad de intereses y valores comunes fundamentales para la paz, la convivencia y el desarrollo mutuo y equilibrado. Esta mutualidad de intereses y valores puede dar pie a un fenómeno de co-solidaridad para enfrentar la crisis mundial, es decir, de genuina solidaridad que siempre es un proceso recíproco.

Anteriormente hemos dicho que esta crisis internacional tiene aspectos de crisis de civilización. Lo que se está jugando en Centroamérica es una nueva lógica que responde a estos valores perseguidos, captados y priorizados al ritmo de las grandes masas. Esta lógica tiene un conjunto ampliado de coincidencias con la lógica de las mayorías de la humanidad en el Tercer Mundo, en los países socialistas y con la lógica de las mayorías dentro de los sectores no dominantes del Primer Mundo.

La necesidad de esta co-solidaridad es la posibilidad de superar esta crisis en una era nuclear, sin que la salida de la crisis lleve a provocar conflictos mundiales. Cuando esa posibilidad se percibe patológicamente como amenaza a la seguridad nacional, el peligro es que la conflictividad mundial en una era nuclear se concentre en estos "peligros regionales" y más en aquellos donde el efecto de demostración global pueda ser más fuerte, como es el caso de Centroamérica.

El conflicto regional teóricamente pudiera reducirse al ámbito de la región, pero por su carácter global y por los valores y los sujetos que están en pugna tiene un carácter internacional en sí mismo que no podrá ser apagado por la intervención militar o la posposición de su resolución. En este sentido, la crisis centroamericana, más que una crisis es un parto de civilización. A pesar de lo doloroso de dicho parto, de su posible larga prolongación, la fuerza de los valores y de la identidad en que se basa este conflicto crean una inusitada capacidad de resistencia que hace que la región, que para muchos es una región sin futuro, pueda ser el inicio de un futuro también para los demás.

En este sentido, el desafío centroamericano es un reto también la conciencia y a la memoria histórica del pueblo norteamericano. Las condiciones de un "nuevo Vietnam" se están creando en Centroamérica y a la vez las posibilidades de una convivencia amistosa y prolongada entre regiones vecinas, se está tiñendo de sangre y resentimientos. Dentro de Estados Unidos, la crisis centroamericana puede ser el inicio de un despertar en la conciencia de su pueblo, también imperializado aunque en forma distinta. La misma vecindad de la crisis y la intercomunicación con la misma, posibilita la oportunidad de crear un proyecto especial de nuevas relaciones Norte-Sur, que comiencen en forma experimental en Centroamérica, abriendo la posibilidad de experimentar un nuevo estilo de reacciones con el Tercer Mundo, mutuamente mas constructivas y justas. Si esto no se diese, la crisis centroamericana se puede transformar en una nueva amenaza para la misma democracia y la libertad de la propia sociedad norteamericana.

Si la doctrina Reagan persiste en relación con Centroamérica y con el Tercer Mundo, la democracia y la libertad en Estados Unidos está en peligro. El presidente Wilson usó la coacción contra la sociedad norteamericana para sostener su utópico intervencionismo pacifista. Truman, a raíz de su intervención en Corea, asistió complaciente a la caza de brujas del mcacartismo. Johnson, durante su escalada en Vietnam, vio derrumbarse su política de lucha contra la pobreza en Estados Unidos. Nixon, tras intensificar la guerra en Vietnam y extenderla a Cambodia, acabó espiando a sus propios ciudadanos hasta el grado de ser derrocado de la presidencia. Hoy el reaganismo reproduce la misma dinámica destructiva de la democracia y de la libertad norteamericana. El comparar a los mercenarios de la contrarrevolución con los padres fundadores de la sociedad norteamericana, no es sólo una amenaza para Nicaragua, sino una amenaza para el pueblo norteamericano.

A los grupos que disienten de la doctrina Reagan en Estados Unidos, se les hace sospechosos de radicalismo pro-comunista o de debilidad frente a la URSS. Precisamente por ello, el creciente "compromiso de resistencia" de ciudadanos e instituciones norteamericanas a la política reaganiana en Nicaragua; el proyecto "Santuario" para acoger a los refugiados centroamericanos ilegales en EE UU confrontando a la Administración Reagan en más de 200 iglesias e incluso en 13 de las más importantes ciudades (Los Angeles, Seattle, Berkeley) que han rechazado una legalidad represiva y anticonstitucional), representa la resistencia tanto al ejercicio de una hegemonía dominadora sobre otros pueblos como a la amenaza contra la libertad y la democracia de los Estados Unidos.

Pocas veces en la historia de los Estados Unidos sectores tan característicos de la sociedad norteamericana como las iglesias, el mundo académico, las organizaciones de mujeres, las organizaciones negras, las minorías, e incluso crecientes sectores de un sindicalismo invitado a sentarse en la mesa del gran capital, han manifestado su oposición a la política exterior reaganiana como en el caso de Centroamérica.

Este marco de la crisis internacional puede ayudar a comprender por qué la solidaridad con los pueblos de Centroamérica se puede convertir en una co-solidaridad, donde se están defendiendo derechos, intereses y valores comunes para los pueblos de la región y el propio pueblo norteamericano.

Tendencias previsibles

1 - El conflicto centroamericano tiende a prolongarse porque los problemas que en él están en juego y las alternativas a que ha dado a luz suponen el planeamiento de una modificación profunda de las relaciones internacionales en la que están implicadas las grandes superpotencias, sus aliados principales, los países del Tercer Mundo y los países latinoamericanos en particular.

El conflicto centroamericano tiende a prolongarse, porque la visión del mundo que propugnan el proyecto Reaganiano como punta de lanza de un capitalismo mundial, pretende mantener intactas sus posibilidades de explotación y dominación a nivel global. Este proyecto de recuperación de hegemonía global choca con una realidad profundamente modificada y modificante que cuestiona el equilibrio de terror y de disuasión brotado de la Segunda Guerra Mundial y el equilibrio de esferas de influencia allí pactadas.

2 - Para sofocar esta amenaza a la hegemonía norteamericana proveniente del Tercer Mundo, el sostenimiento y control de la crisis centroamericana es el test de credibilidad que pretende evitar el efecto de demostración de la consolidación de la revolución sandinista y la victoria de otros proyectos populares en Centroamérica.

Con este fin se monta una sofisticada estrategia de agresión llamada "Guerra de Baja Intensidad" que permite a la doctrina reaganiana zafarse de las trabas legales de la propia ley constitucional norteamericana y el derecho internacional.

La tendencia es hacia una creciente impunidad internacional de Estados Unidos, donde la "eficacia reaganiana" se legitime ante el pueblo norteamericano y sea tolerada sufridamente por la comunidad internacional.

Esta "patente de corso" internacional será más padecida por los países más pequeños de la periferia donde se juegan hoy las esferas de influencia. "Nicaragua la última utopía tercermundista", no es sólo la proclamación del deseo de Pascal Bruckner, líder de una fundación de la nueva derecha norteamericana sino que pudiera sintetizar el objetivo que está en juego en Centroamérica en relación con el nuevo sujeto histórico emergente en la crisis.

3 - Las Naciones Unidas y los organismos internacionales entrarán cada vez más en crisis, cuando intente jugar un papel más activo en la resolución de conflictos como la Corte Internacional y la UNESCO. "Un mundo sin Naciones Unidas sería un mundo mejor", parecería ser la posición de Estados Unidos.

Por evitar el mal mayor, el desencadenamiento del conflicto nuclear, se acepta un mal menor en los conflictos regionales del Tercer Mundo. La repetición de esta dinámica ha insensibilizado a la comunidad internacional que cada vez con más frecuencia está permitiendo que la fuerza militar y el poder económico se transformen de hecho, en la norma de conducta internacional (Centroamérica, Medio Oriente, Túnez, Sudáfrica, Filipinas). La falta de reacción internacional está implícitamente tolerando los hechos repetidos de piratería y terrorismo de estado. El desprecio de las normas internacionales tendrá consecuencias incalculables para el futuro, pudiendo conducir a que el mal menor sea transformado en mal mayor; es decir, la destrucción de los principios e instituciones trabajosamente creadas para garantizar la convivencia y la paz. El peligro no es sólo la muerte de la autodeterminación y soberanía de los pequeños países. También el horizonte democrático y de paz se ensombrece... ante nacionalismos hegemónicos basados en la fuerza y destrucción del contrario. "En un sentido muy real, el mundo ya no tiene mas oportunidad de elegir entre la fuerza y la ley". Esta afirmación del Presidente Eisenhower en 1958 tiene hoy más significado y urgencia que nunca antes.

4 - Cansancio, apatía y miedo por un lado, son posiciones dominantes en gobiernos e instituciones internacionales ante la crisis centroamericana. Por otro lado, la angustia, incertidumbre y también el coraje y la esperanza de algo nuevo comienza a surgir en grupos cívicos de muchas partes del mundo. La movilización de la sociedad civil en torno a los problemas de Nicaragua y Centroamérica en Estados Unidos, Europa y sobre todo en América Latina, es un fenómeno que por su dinámica puede superar la indecisión de los gobiernos y jugar un papel determinante en el futuro.

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