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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 55 | Enero 1986
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Centroamérica

Prolongación del conflicto y agudización de la crisis

Nos colocamos en una perspectiva "centroamericana". Esto favorece un modo de pensar a Centroamérica precisamente como "Centroamérica", como una región en tensa búsqueda, ya desde el comienzo de su independencia de España.

Equipo Envío

Pensar así a Centroamérica contribuye -siquiera sea modestamente- a irla haciendo centroamericana, sobre todo porque se asume la misma perspectiva de quienes, siguiendo las huellas de una larga tradición, quieren hacerla una auténtica unidad de pueblos hermanos.

Hace tiempo que los pueblos centroamericanos -sus mayorías tradicionalmente empobrecidas, oprimidas y humilladas- caminan los senderos de Centroamérica buscando solventar en otros países los problemas de sobrevivencia y liberación, a veces insolubles en su propio país de origen. El Salvador ejemplifica intensamente la necesidad de solidaridad centroamericana para dar salida a esa inviabilidad configurada opresivamente por más de 5 millones de habitantes en sólo aproximadamente 20,000 km2. Por otra parte, El Salvador tiene una oferta inapreciable: sus grupos humanos son capaces de un coraje y un esfuerzo rara vez desarrollados en países menos apremiados del Istmo.

A su vez, la estrategia imperialista de los EEUU ha unificado -paradójicamente- la región, ante el intento concertado de estrangular sus aspiraciones de liberación. También otros actores internacionales, desde uno u otro signo, responden cada vez más a esta definición centroamericana. Lo cual, obviamente, no justifica la desatención a las diferencias.



Existe la perspectiva de quienes consideran que subrayar las semejanzas en las situaciones de los países del Istmo contribuye más bien a hacer confuso el análisis. Observación que se agrava si se incluye entre ellos a Panamá -peculiar entre los demás- que, a su carácter cada vez más relacionado con los cinco países centroamericanos y con Belize -no tocado aquí- añade otro, precisamente causante de un factor de distanciamiento entre ellos: su pertenencia al grupo de Contadora. Este papel, más que un participante en la configuración regional centroamericana -papel asumido otras veces como observador en el antiguo CONDECA, en el MERCOMUN, etc.-, haría de Panamá un mediador que intenta proponer soluciones para el conflicto que afecta, en forma diferenciada, a los cinco países habitualmente considerados como Centroamérica propiamente tal.

En esta perspectiva, pretender subrayar las semejanzas de una sola situación regional es condenarse por anticipado a un análisis erróneo. Con todo, ENVIO se atreve a deplorar las posibilidades de la perspectiva que enfatiza las semejanzas, a reserva de ir haciendo las matizaciones pertinentes para clarificar las dificultades ante la posición contraria, tomada en todo su peso.

Se trata en definitiva, de abordar lo que podríamos considerar como "la cuestión centroamericana", problema que se ha convertido en candente para lo que el Presidente Reagan entiende como la necesidad de ejercer en el área centroamericana y del Caribe un poder y una hegemonía que preste credibilidad a su pretensión de superpotencia a cargo de una zona de influencia cuya región más evidente es, para él, el hemisferio occidental.

En este contexto, nuestra opción parece responder mejor, tanto a la historia de gestación del "nuevo sujeto histórico centroamericano" -revolucionario- en el período 1979-1985, como a la obligación que experimentamos de pensarla centroamericanamente, para contribuir también a transformar, en la misma dirección, los resultados actuales de dicha historia. Responde mejor también a los intereses geopolíticos de los Estados Unidos -que enfrentan o alían, más estrechamente que nunca, a la desgarrada Centroamérica- y que se expresan en un plan estratégico regional discernible en tácticas como las siguientes:

- El intento estadounidense de forzar en el Istmo una sola posición enfrentada a la de Nicaragua: la fórmula "cuatro contra uno", de la que el gobierno guatemalteco del Gral. Mejía Víctores decidió apartarse hace tiempo;

- La posición predominante que en "la cuestión centroamericana" ocupan Nicaragua en primer lugar, y El Salvador en segundo, con el hecho innegable de que la prevalencia en estos dos países del carácter militar de los problemas ha llevado a los Estados Unidos a transformar a Honduras en una plataforma militar para albergar a la contrarrevolución nicaragüense y para entrenar a las Fuerzas Armadas del gobierno salvadoreño, así como a esforzarse por vaciar de contenido la supuesta neutralidad costarricense;

- Las tentativas de integrar la cooperación militar del gobierno de Guatemala que, por su propia situación de confrontación militar entre gobierno y movimientos revolucionarios, no necesita de otros ingredientes externos para sumar este país al cuadro global de militarización regional;

- Las innumerables violaciones a las cláusulas del Tratado Torrijos-Carter, en Panamá, de cuya antigua Zona del Canal parten continuamente, de las bases militares norteamericanas, continuos vuelos de abastecimiento para mantener en capacidad de supervivencia a la contrarrevolución nicaragüense.

Dentro de la opción metodológica reseñada, el principal enfoque destaca al factor político-ideológico conjunto como el decisivo en la hipótesis, aquí sostenida, de la tendencia a la prolongación del conflicto y a la consiguiente agudización de la crisis. Una compleja red de interrelaciones dialécticas influye a su vez con relevancia sobre los otros factores haciendo del militar el factor dominante. El factor económico juega el papel de determinar las posibilidades de supervivencia de los sujetos históricos en pugna. El factor internacional, finalmente, si -por una parte- es causante de la prolongación del conflicto y de la agudización de la crisis, es capaz -por la otra- de abrevia aquél y de suavizar ésta.

El esquema propuesto está recorrido por un dinamismo cuya dirección podría delinearse hipotéticamente por los siguientes puntos:

- La posición geopolítica de la actual administración estadounidense causaría la prolongación de un conflicto que, sin esa intervención, habría encontrado -al menos en Nicaragua y en El Salvador- cauces probables para resolverse y dar origen a una paz revolucionaria hasta hoy persistentemente negada.

- Tanto la ayuda económica y militar del gobierno Reagan a los contrarrevolucionarios nicaragüenses, como las restricciones primero, y el embargo comercial, más tarde, tendrían como objetivo el estrangulamiento de la sobrevivencia del proceso revolucionario de la Nueva Nicaragua. La ayuda económica y militar de los EEUU al gobierno de El Salvador pretendería mantenerlo a flote.

- En estas circunstancias la capacidad de Nicaragua de mantener su economía de guerra, de defensa, y la posibilidad de los movimientos revolucionarios de El Salvador de sabotear la economía salvadoreña y de crear, en sus zonas de control, las condiciones de producción suficientes para sostener la combatividad de la población que los apoya, configuran la lógica de las respuestas revolucionarias, que -a su nivel más bajo- se dan también la situación guatemalteca.

- La aparente superación de la crisis económica costarricense por la inyección de ayuda de la AID al gobierno, ha logrado el sometimiento, cada vez mayor, de Costa Rica a los dictados de la política centroamericana de Reagan.

- Por el contrario, la tacañería de la administración actual respecto de las peticiones hondureñas de ayuda económica, quedaría explicada por la percepción norteamericana de que Honduras constituye el caso límite de dependencia respecto de las inversiones estadounidenses en Centroamérica.

En la hipótesis de la prolongación del conflicto, la presunción más importante que asume nuestra postura metodológica, se refiere a dos elementos que, tomados en su articulación estrecha y mutuamente reforzante, constituyen el factor decisivo para la resolución del conflicto en un sentido o en el otro: la capacidad política de los sujetos históricos en pugna, y la fuerza relativa de la identidad cultural -sostenida, en el caso del "antiguo" sujeto, y desarrollada y fortalecida a través de la lucha libertaria, en el caso del "nuevo"-.

Ninguna capacidad de movilización política, sin embargo, y ninguna identidad cultural -por resistente que aparezca- son capaces de contribuir decisivamente a la resolución del conflicto, si no trabajan en imprescindible articulación con el factor militar. Sin los eventuales éxitos militares -dependientes de un cierto grado de equipo, entrenamiento y destreza militar- no se podrá sostener ni la movilización política, ni la identidad cultural de los sujetos en confrontación. En última instancia, sin la presencia dominante del factor militar, tampoco el factor económico podrá consolidarse para permitir las mínimas condiciones de sobrevivencia a los mencionados protagonistas de la prolongación del conflicto. Ni el factor internacional -la capacidad de la administración Reagan de obtener, al menos, la suficiente tolerancia y pasividad de parte de la comunidad de naciones para soportar su política centroamericana- tendrá tampoco oportunidad de afirmarse, sin un giro favorable en la situación militar, tanto de la contrarrevolución nicaragüense como de las Fuerzas Armadas salvadoreñas gubernamentales.

A estas alturas de nuestro esquema metodológico, el factor internacional interviene de nuevo jugando un papel importante: si la Internacional Socialdemócrata, si los movimientos estadounidenses de solidaridad con Centroamérica, si la Corte Internacional de La Haya y demás foros internacionales, si la solidaridad de la sociedad civil en países europeos y sudamericanos, si en fin, tantos otros elementos menos detectables, se deciden a vencer la fatiga y a adoptar una actitud beligerante en la promoción de la justicia y la paz internacionales, buscando una solución negociada del conflicto -según las diversas circunstancias nacionales de los países de C.A.- pueden constituirse en un factor que mine la voluntad belicista de la administración Reagan, que suavice la crisis que se agudiza para las grandes mayorías destituidas de Centroamérica, y que consiga incluso abreviar el doloroso conflicto que desgarra al Istmo.

Hemos anticipado aquí, con fines de clarificación metodológica, el diseño de la línea general que sigue nuestro análisis en la hipótesis del peso diferenciado de los factores en la coyuntura del período delimitado (1979-1985). En el tratamiento específico de los diversos factores, esperamos proporcionar al lector criterios suficientes para juzgar si el análisis está realmente fundamentado.

Una nota final en este apartado, sobre el tratamiento del aspecto religioso: el trabajo está escrito, como queda dicho en el Prefacio, desde una perspectiva científico-social, por creyentes cristianos que pertenecen a la Iglesia Católica. Es claro que la opción creyente no se deduce necesariamente de la perspectiva sociológica. Tampoco fluye de ella necesariamente la opción de la increencia. Pero la relevancia social del factor religioso en Centroamérica va siendo cada vez más evidente, tanto para los científicos sociales como para los protagonistas y observadores en la región. Se trata, por tanto, de aportar una comprensión sociológica del factor religioso en su real importancia, ubicándolo para ello al interior de nivel cultural desde donde ejerce toda su acción y en donde recibe también el impacto de los demás componentes del mismo nivel y de los otros niveles de la sociedad (4). Cuando en el trabajo se manejan posiciones creyentes se las presenta en su calidad de fuerzas socio-culturales que ejercen su influjo precisamente a través de los grupos sociales cuya identidad es -entre otros aspectos- religiosa (5). La filiación cristiana de los redactores de ENVIO pone a la vista la orientación de los valores y de las opciones inevitablemente previos a todo análisis científico-social.

Raíz del conflicto: justicia y liberación frente a hegemonía imperial

Hace 25 años (1960), el sueño tranquilo de los numerosos volcanes centroamericanos simbolizaba la estabilidad atribuida a una de las regiones en las que "menos" sucesos acontecían en el mundo. La calma era en realidad un espejismo -como analizaremos en el siguiente apartado de este trabajo-. el hecho es que incluso en América Latina, después del triunfo de la Revolución Cubana, muy pocos se daban cuenta de que en Centroamérica estaba a apunto de nacer el movimiento revolucionario latinoamericano de mayor importancia para el próximo cuarto de siglo. Las expectativas se orientaban más bien hacia el Cono Sur.

Hoy la calma ha estallado y Centroamérica es cuestión obligada en los balances estratégicos de la situación mundial. El elemento fundamental de este cambio es el hecho de que, en proporciones significativas, los pueblos del Istmo han desafiado el fatalismo de la ubicación estratégica de "patio trasero" de la superpotencia, que durante décadas ha hegemonizado en forma dominadora los países periféricos del sistema capitalista mundial.

Esta ubicación estratégica ha conducido ya durante casi un siglo a sucesivos gobiernos de los Estados Unidos a buscar entre las oligarquías centroamericanas, y más tarde entre los militares y las burguesías y capas media, aliados subordinados, a los que apoyan en sus propios intereses de explotación y dominación del pueblo, con el fin de mantener la estabilidad de la región bajo la forma de sumisión a sus intereses geopolíticos. Así se han apoyado y derrocado gobiernos, tolerando matanzas, cohonestado miserias y represiones, ensayado contrainsurgencias e intentando compromisos.

En la búsqueda de mejores condiciones de vida, un nuevo sujeto histórico se ha encontrado en Centroamérica confrontado no sólo con sus dominadores locales, sino con la voluntad política injusta de sucesivos gobiernos norteamericanos (6). En la medida en que intentaba transformar radicalmente las condiciones de vida, las estructuras de producción, de poder y de cultura, no tenía otra solución que aceptar confrontar y tratar de quebrar esa injusta voluntad geopolítica de la gran superpotencia. Los años 70, con el pasajero agotamiento de la voluntad imperial de los Estados Unidos, tras la guerra y el síndrome de Vietnam, ofrecieron una coyuntura histórica favorable para que la lucha política, cultura, económica y militar -forzada esta última por la intransigencia casi absoluta de los dominadores tradicionales- se desarrollara sin una respuesta fulminante de parte de la superpotencia.

La política de Derechos Humanos del Presidente Carter contribuyó a minar la legitimidad del antiguo sujeto histórico centroamericanos, pero los pueblos centroamericanos en proporciones antes nunca alcanzadas, miraban la situación más en profundidad y alcanzaban a ver que las raíces podridas de esa pseudo-legitimidad se arraigaban en una ideología económica y política de muerte, tremendamente reforzada por un desprecio étnico y clasista de "la pobretería" o de "los indios". Lo que en realidad iba a empezar a jugarse en Centroamérica era la reivindicación de otro sistema, una nueva articulación social al servicio de la dignidad y la vida de las mayorías. No bastaba con el alivio de la deprimente situación de los Derechos Humanos. Se trataba del derecho del pueblo y frente a los intereses norteamericanos de los derechos del pueblo.

Aquí está la raíz del conflicto, que responde a una crisis centenaria, de la cual el pueblo se ha hecho consciente al experimentar algunos mínimos avances en sus economías tradicionales y en la política de sus gobernantes. Tanto las incursiones capitalistas en la economía campesina (7) como la formalización de la política de partidos abrieron las compuertas de la identidad popular, soterrada bajo los restos de la civilización colonial y criolla. La crisis de las condiciones materiales y espirituales para la vida se hizo insoportable y estalló el conflicto político. Culturalmente, el cambio operado en la identidad religioso-eclesial tras el Vaticano II y Medellín, permitió que las motivaciones para la resistencia y la protesta se multiplicaran.

Prolongación del conflicto y agudización de la crisis

La coyuntura actual de la región centroamericana está configurada por la injusta prolongación de la crisis global de sus pueblos y del conflicto que parte de sus pueblos han visto como históricamente necesario para resolverla. Ni Costa Rica ni Panamá son ya una excepción en esta tendencia. Estos pueblos han estado en crisis por la insatisfacción durante muchos siglos de sus necesidades básicas para vivir. Sus raíces culturales, nunca totalmente conquistadas, les han permitido encontrar mecanismos para sobrevivir en sorda resistencia y latente esperanza.

En las últimas décadas, la crisis, agravada por el disforme funcionamiento del capitalismo mundial y de sus consecuencias políticas y culturales en sociedades periféricas, pero mejor comprendida en sus causas por la crítica a ese funcionamiento -no en pequeña parte religiosa- realizada entre el pueblo y con él, ha estallado en un conflicto definitorio. La maduración de un nuevo sujeto histórico popular y la resistencia de los antiguos protagonistas del poder a cualquier cambio profundo, han provocado este agudo conflicto.

Esta intransigencia de las viejas fuerzas sociales dominantes se prolonga hoy artificialmente (si miramos a la región en su conjunto) gracias al apoyo intervencionista del gobierno de Estados Unidos, que choca con una voluntad de cambio aún más resistente. La consecuencia es que el conflicto perdura, se hace más profundo, se prolonga y los problemas de hambre, enfermedad, represión política y manipulación cultural -constitutivos de la crisis- se agudizan y al mismo tiempo revelan su incapacidad de ser solucionados al nivel únicamente nacional y la necesidad de alternativas regionales de carácter popular revolucionario.

Mientras tanto, el sufrimiento alcanza cumbres inimaginables y el retraso del desarrollo se multiplica. No se vislumbra el tiempo de la paz revolucionaria, es decir de la paz con justicia económica, participación política popular y liberación y reconstrucción de la cultura: el tiempo que abra a estos países las condiciones de posibilidad para procesos sociales realmente fecundos, que siempre se les impidió emprender y desarrollar en los marcos del sometimiento al capitalismo imperial. En esta prolongación sin término calculable se encierra toda la gravedad de la actual coyuntura centroamericana.

Los pueblos centroamericanos, sin embargo, están venciendo en este prolongado conflicto. Su capacidad de aguante, forjada en siglos de apremio y precariedad, les permite arrostrar el tremendo precio que están pagando por su liberación, con mas firmeza que la que pueden desarrollar sus adversarios imperialistas para pagar el proceso de capital y de vidas que la intervención exige. La construcción de su nueva identidad cultural -a través del rescate de su dignidad y de la mejor comprensión de su crisis- ha logrado darse formas políticas de organización popular autónoma. Por eso están venciendo, por eso están camino de quebrantar la injusta voluntad política del imperio, porque el factor político cultural, el factor subjetivo, es el decisivo en una guerra prolongada -como hemos hipotetizado en el Prefacio y analizaremos más adelante-. Pero también, por el precio que están pagando, buscan con tenacidad e imaginación las formas más eficaces de negociación para una paz justa y tratan de movilizar al máximo la solidaridad internacional en su favor.

El nuevo sujeto político y sus demandas históricas.

El volcán de las presiones sociales, políticas, económicas y geopolíticas de Centroamérica estalló en una erupción violenta el 19 de julio de 1979, cuando la dictadura dinástica de Somoza quedó derrotada por un amplio frente de masas. La cadena de volcanes centroamericanos estalló en Nicaragua, pero pudiera haber estallado en Guatemala, en El Salvador y, en 1975, incluso en la misma Honduras.

La victoria sandinista sobre la dinastía de Somoza no fue un hecho exclusivamente nicaragüense, sino que representó la desarticulación de un modelo de dominación social y político sobre toda el área centroamericana. Se puede decir que en ese momento estalló una crisis centroamericana que todavía se prolonga, inconclusa y creciente, en sus nuevas contradicciones y en la profundidad de la misma.

La gestación de este hecho revolucionario tiene una prolongada historia cuyas raíces se hunden desde hace más de 50 años en las luchas de Sandino y Agustín Farabundo Martí. Estas raíces, sin embargo, se retrotraen al siglo XIX con los intentos de los gobiernos liberales por montar estados independientes de la dominación norteamericana, que provocaron intervenciones militares e incluso ocupación de los países por casi un cuarto del presente siglo, como en el caso de Nicaragua. Estas intervenciones no fueron para impedir una amenaza a la seguridad nacional de Estados Unidos o el avance del comunismo, sino para impedir que las "repúblicas bananeras" se transformase en países con un mayor grado de independencia e identidad nacional. Estas raíces pueden encontrar su primera savia vital en el período independentista y más aún en la mitad del siglo XIX, cuando el filibustero William Walker fue derrotado en Nicaragua (Batalla de San Jacinto) por una fuerza conjunta centroamericana.

Un hecho determinante se impone en la explicación del carácter estructural de la crisis centroamericana. Es su profunda y prolongada historia en la formación de un sujeto histórico político-social, en los pueblos de la región.

Este proceso de formación del nuevo sujeto histórico centroamericano ha sido cíclico, con fases de unos 30 años. Se inició con las luchas independentistas (1821) -en las que los "próceres" criollos levantaban el edificio de su poder oligárquico sobre los hombres de un pueblo mestizo e indígena, pobre, que proporcionó la base social de su triunfo-. Prosiguió con la lucha contra Walker (1850) -igualmente posible por el apoyo de los pobres a los oligarcas conservadores-; siguió al final del siglo con la Liberal. Esta última no sólo movilizó -como los acontecimientos anteriores- grandes masas populares que ayudaron a los nacientes "burgueses" cafetaleros a liquidar las décadas conservadoras oligárquicas, sino que,a continuación "pagó" su ayuda con la primera y la única verdadera "reforma agraria" entre 1870 y 1952 que despojó a indígenas y a comunidades municipales de sus tierras comunales y ejidales, comenzando así el proceso, desde entonces siempre creciente de proletarización y/o pauperización del campesinado parcelario. El objetivo era la introducción de la tierra fértil del Istmo al proceso de acumulación capitalista agroexportador. El proceso llevó al primer enfrentamiento directo con el Imperio con Sandino y Farabundo Martí en las décadas de los años 20 y 30, cuando comienzan a definirse más específicamente los contornos de la crisis actual.

Esta última fase comenzó en Nicaragua con la Guerra "Antimperialista" de Sandino en 1927; continuó en El Salvador con la insurrección de 1932 y la figura de farabundo Martí, y tuvo en Guatemala su primer estallido entusiasta con la "Revolución de 1944", que se prolongó en dos gobiernos democráticos hasta la nueva intervención norteamericana en 1954. Una segunda oleada en esta fase se gesta en Guatemala con el golpe frustrado de 1960, que inicia dos períodos guerrilleros subsiguientes (1961-70) y 1972 hasta nuestros días. Este período tiene su correlato en el Frente Sandinista de Liberación Nacional en Nicaragua desde 1961 al 79. En El Salvador es en 1970 donde aparecen las primeras organizaciones guerrilleras precedidas en 1968 por el primer movimiento organizado de masas, que se consolida en varios frentes o bloques de organizaciones populares desde 1974 a 1980. La presión de ambos provoca en 1981 el estallido de la Guerra Popular Revolucionaria.

En una forma paralela se podrían trazar los estallidos sociales y políticos en el Caribe isleño; ellos hacen que esta región pase, de tres países independientes hace un cuarto de siglo a catorce países independientes en nuestros días, contando a Guyana y Surinam. El triunfo de la Revolución Cubana en 1959, el estallido revolucionario y la frenante intervención norteamericana en Santo Domingo en 1964-65 -última vez en que la OEA se pliega a proporcionar a un gobierno de los EEUU el paraguas legitimador de la participación militar de varios gobiernos latinoamericanos en la aventura injerencista estadounidense-. La victoria revolucionaria en Grenada en 1979, seguida de la invasión, de nuevo norteamericana, en octubre de 1983 (9) más los fenómenos turbulentos y complejos de Guyana y Surinam e incluso las tensiones permanentes de la controlada Puerto Rico, señalan un paralelismo no accidental. Por otro lado ni la situación de Jamaica ni la de Belize se muestran estables; no parecen haber encontrado aún su orientación definitiva (10).

La Revolución Sandinista en Centroamérica hace llegar al poder, no sólo al gobierno, por primera vez en una forma consolidada, a uno de los movimientos que representa a ese "nuevo sujeto histórico centroamericano" de larga conformación en el área. Este hecho convierte a Nicaragua en el polo de atracción de las aspiraciones sociales y políticas de los pueblos centroamericanos que, con alrededor de 23 millones de personas (incluyendo a Panamá) conforman el quinto grupo demográfico en América Latina, detrás de Brasil, México, Argentina y Colombia. Además, constata regional e internacionalmente la viabilidad de este nuevo sujeto histórico.

La cuestión centroamericana se percibe hoy, mayoritariamente, en todo el mundo, e incluso en cada vez más amplios sectores de Estados Unidos como un conjunto de demandas básicas por "techo, pan, trabajo y dignidad". El mismo Informe Kissinger reconocía el hecho de las "raíces endógenas" de la cuestión centroamericana. Estas demandas básicas podían haber sido satisfechas con relativa facilidad si los diversos y repetidos intentos de transformación social y política pacífica y no revolucionaria, no hubieran encontrado unas oligarquías nacionales torpes y cuasi feudales, que reprimieron con sangre cualquier intento de cambio, con pleno apoyo y a veces instigadas por las diversas administraciones norteamericanas.

Las "revoluciones inevitables" como las llamó un historiador norteamericano (11), no fueron instigadas por fuerzas exóticas y extracontinentales, sino por la pertinaz ceguera de reprimir todo cambio que permitiese satisfacer demandas insoslayables contra la injusticia y la dominación. El nacionalismo, la soberanía y la consecuente lucha por la liberación nacional frente a un dominio imperial, pasaron, de ser condiciones, a ser el objetivo necesario que las transformaciones pretendían lograr.

La conciencia de lo intolerable, más que un proyecto ideológico revolucionario, es la raíz fundamental de la cuestión centroamericana. Esta conciencia de lo intolerable provocó el ciclo de estallidos sociales contra la injusticia y la dominación. La explotación y represión crecientes forzaron a esta conciencia a encontrar en la historia y en la teoría la justificación y las causas de la dominación: el sistema capitalista dependiente y el proyecto de dominación y hegemonía estadounidense sobre la región. La "violencia institucionalizada" del desorden establecido y la supresión de todo intento de transformación pacífica provocaron la inevitabilidad de los procesos revolucionarios. Las experiencias de otros procesos históricos, como las revoluciones mexicana y cubana, el fracaso de la experiencia chilena (la vía democrática hacia el socialismo) y del populismo latinoamericano, junto con las experiencias de las luchas de liberación de otros pueblos del Tercer Mundo transformaron la conciencia de lo intolerable en la conciencia de lo necesario posible.

El triunfo sandinista encarna esta conciencia y materializa la viabilidad del proyecto del nuevo sujeto histórico y de sus aspiraciones. Las demandas básicas se han hecho ya proyecto político en este largo proceso de lucha, convirtiéndose en demandas articuladas de las masas organizadas de los diversos pueblos de Centroamérica. Se trata: a) de la justicia social; b) de la liberación nacional; c) de la transformación geopolítica del "patio trasero" estadounidense en jardín propio de los centroamericanos; d) de la solidaridad con las aspiraciones comunes tercermundistas, que en América Latina se traducen en una renovada conciencia Bolivariana.

Estos cuatro grandes objetivos conforman la demanda histórica compleja de las grandes mayorías de la región, representadas por las organizaciones obreras y campesinas, estudiantiles, juveniles, femeninas, étnicas, religiosas, profesionales y de pobladores. Se configura una nueva generación, donde más del 50% son también mujeres, que constituyen dos caracteres muy particulares de las organizaciones populares en Centroamérica. Por otro lado, se da el fenómeno de la incorporación masiva de los cristianos en estos frentes de masas y, por primera vez, también de las etnias indígenas, que existen en casi todos los países, pero que en Guatemala conforman la mayoría del movimiento popular. Otra característica notable del nuevo sujeto histórico es que las vanguardias político-militares superan todo resto de la tendencia foquista de los 60, y se articulan orgánicamente con este sujeto social complejo para formar un amplio frente de masas de naturaleza revolucionaria.

Frente de masas que asumen, con una peculiar con naturalidad, la lucha armada como última y única posibilidad de esperanza humana y política, frente al fracaso, repetido por más de un siglo, de intentos por lograr un margen de participación en el quehacer social y cultural y en el poder de sus países. Como única forma también de salir de una miseria y explotación incomprensibles frente a la cercana abundancia del país más rico y poderoso del mundo, de su insistente propaganda consumista que choca con la extrema pobreza de estos pueblos. Pueblos que, sin embargo, conocieron altas tasas de crecimiento y gozan de un gran potencial económico. El 64% de la población centroamericana está bajo el nivel de pobreza y el 42% bajo el nivel de miseria en 1980, después de dos décadas (1960-80) del mayor crecimiento económico en la economía mundial.

Esta demanda social ha ido acompañada por una exigencia de liberación nacional, dado que las oligarquías, las burguesías agroexportadoras y los militares que conformaban el 5% de la población y absorbía aproximadamente el 50% del ingreso nacional, no sólo se habían convertido en enemigas y asesinas de su propio pueblo, sino que habían vendido y desnacionalizado el estado y la identidad cultural nacional, convirtiéndose en especie de pro-cónsules de los consecutivos gobiernos norteamericanos en Nicaragua, Honduras y en menor grado en Guatemala, Costa Rica y El Salvador. Costa Rica y El Salvador, además se han desnacionalizado fuertemente en los últimos años como producto de la política más intervencionista de Estados Unidos en la crisis actual. El antiguo sujeto histórico no era solamente opresor, sino que había principiado aceleradamente a dejar de ser nacional, creando condiciones coyunturales para que la lucha por la justicia llegara a ser al mismo tiempo una lucha por la soberanía y la auto-determinación.

La tercera demanda histórica era -y sigue siendo- la transformación de la configuración regional de estos pequeños países periféricos de la Cuenca del Caribe, que pretenden superar su situación de "repúblicas bananeras", construyendo un proceso de revolución social, liberación nacional y al mismo tiempo de ruptura del marco geopolítico que había transformado a esta región en el "patio trasero", el "mare nostrum", y, en palabras de Reagan, "la cuarta frontera" de los EEUU es decir, en el área preservada para la presunción hegemónica de Estados Unidos sobre esta parte de América Latina.

La viabilidad de esta ruptura geopolítica había sido experimentada en la región con la Revolución Cubana y después fue fortalecida con las experiencias de Vietnam. Argelia y las luchas de un extenso y pluralista movimiento tercermundista que de alguna manera ha logrado cuajar en el movimiento de los países no Alineados. Esta corriente tercermundista se presenta en Centroamérica como cuarta demanda con una renovada conciencia latinoamericana, Bolivariana, que, agudizada por la crisis económica de los 80 en toda América Latina y más recientemente por el dramático callejón sin aparente salida de la deuda externa, creaban condiciones para que estos pequeños países de Centroamérica y el Caribe pudieran integrarse por primera vez, no sólo política sino también económicamente, en un gran proyecto de alcance latinoamericano. El fenómeno posterior de Contadora asume y encarna esta conciencia latinoamericana de intentar resolver los problemas de América Latina en una forma latinoamericana, es decir, de superar la vieja imposición Monroísta con una posición Bolivariana.

Estos cuatro pilares estructurales de la crisis centroamericana tienen en el mundo actual, y dentro de la crisis internacional, una legitimidad como posiblemente no la han tenido pocas de las anteriores revoluciones sociales y políticas o culturales. El sandinismo y la defensa que el pueblo de Nicaragua hace de su auto-determinación suponen una batalla por la legitimidad de estas cuatro demandas y aspiraciones de los pueblos de Centroamérica.

Por otro lado, se da en Centroamérica un nuevo carácter y forma de hacer la revolución que conlleva más legitimidad interna e internacional. El nuevo sujeto histórico representa el caracter masivo, la larga gestación, la capacidad de resistencia y participación popular, superando el direccionismo del liderazgo de los partidos clásicos. Más bien, el sujeto histórico ha logrado crear sus propias organizaciones populares que reconocen, de forma no servil, como "vanguardia" a movimientos político-militares que aglutinan tendencias distintas de un tronco común (FSLN) o incluso partidos diversos en un único frente revolucionario (FMLN y URNG) (14) en El Salvador y Guatemala, respectivamente. En Nicaragua, el FSLN, después de seis años en el poder y de casi un cuarto de siglo desde su fundación, está todavía conformando como partido político sui generis, dando así un importante mentís, desde la praxis histórica, a los doctrinarismos leninistas rigidizados.

Estas raíces históricas, estas demandas estructurales, aglutinadas en la identidad y raigambre popular del nuevo sujeto histórico, son las que dan a estos pequeños, pobres y subdesarrollados países, en el "patio trasero" del Imperio, su capacidad de resistencia frente al boicot y la agresión, así como la esperanza de continuar obteniendo grados inéditos de solidaridad internacional para la legitimidad de sus demandas históricas. (Véase más adelante el carácter internacional de la crisis centroamericana).

El fin del "excepcionalismo" y la excusa agresiva de la confrontación Este-Oeste

La crisis centroamericana tiene dos característica muy propias en relación a su ubicación geográfica y al tiempo en que se da su primer estallido en la revolución nicaragüense. Centroamérica obviamente no es la Patagonia, es decir, un área lejana y de relativo escaso interés estratégico para Estados Unidos, sino que la concibe como "su patio trasero", el área de influencia exclusiva para la hegemonía imperial de los EEUU. Por otro lado, la crisis se da en un momento en que el colapso del excepcionalismo norteamericano se encuentra con una administración en Washington, que basada en una ideología neoconservadora, intenta reconstruir el mito del "Retorno de América" (America is Back). Es decir, recuperar la hegemonía mundial basándose en una confrontación ideológica-militar con el "Imperio del Mal" -así denominó en 1983 a la URSS, evocando el famoso film sobre "la guerra de las galaxias", buscando legitimar su propuesta en una confrontación global Este'Oeste, que pretende a la vez sofocar las nuevas demandas del Tercer Mundo, basándose en la justificación de que son provocadas por la expansión soviética y el avance del comunismo internacional.

La crisis centroamericana hubiera podido ser resuelta con un "mutuo acomodo" si se hubiese realizado fuera de la influencia directa de Estados Unidos y quizá también bajo una administración más liberal como la de Carter. Sin embargo, la crisis centroamericana se da en el momento de profundización de la crisis internacional, en el momento de la toma del poder de la administración más ideológica, cuyo símbolo -Reagan- goza de los porcentajes de popularidad más altos y sostenidos desde Franklin Roosevelt, ni siquiera Eisenhower los alcanzó en grado semejante que ha tenido Estados Unidos después de la Segunda Guerra Mundial, pero sobre todo en el momento en que se intenta resistir e incluso sobrepasar el colapso del llamado "excepcionalismo norteamericano".

Esta coyuntura histórica -coordenadas de lugar y tiempo- en que la crisis ocurre, hacen que la crisis centroamericana adquiera un carácter mucho más allá de la propia región y que las demandas históricas del nuevo sujeto histórico centroamericano adquieran un carácter internacional e incluso sean parte de un movimiento proveniente del Tercer Mundo y de nuevos sujetos políticos en el Primer Mundo encaminado a intentar superar lo que se ha llamado una crisis de civilización. En esta encrucijada histórica, la problemática centroamericana se complejiza y adquiere una trascendencia que supera el tamaño y la importancia económica e incluso estratégica de la región. Alcanza un "alto simbolismo" contrastante con la presunta "baja intensidad" de los mecanismos bélicos con los que se pretende contrarrestarla y un "efecto de demostración" que llega a afectar la credibilidad de todo el proyecto de recuperación hegemónica de Estados Unidos.

Aquí radica la causa fundamental de la prolongación de la crisis, de su internacionalización y se rompe la aparente irracionalidad de la proporción, al haberse convertido en un test para la auto-determinación latinoamericana, para la vigencia del derecho internacional y para la superación del bi-polarismo. Sin estos factores, la crisis centroamericana no pudiera analizarse ni explicarse en toda su complejidad.

No se puede explicar el origen y la raíz de la política actual de Estados Unidos hacia Centroamérica y la débil audiencia que en el Congreso reciben otras alternativas organizadas a esa política (15) sin analizar el colapso del "excepcionalismo estadounidense", junto con el desmantelamiento del New Deal, es decir, de la alianza de clases políticamente gestada por los liberales bipartidistas (16).

El "excepcionalismo norteamericano" está basado fundamentalmente en su geografía y en sus enormes recursos naturales. La densidad de la población en Estados Unidos ha sido muy baja en relación a su territorio y a sus riquezas naturales. Por otro lado, ha mantenido una especie de frontera abierta con "nuevos Oestes" por conquistar, sea dentro de las fronteras o expandiéndose fuera de ellas en México, Puerto Rico o incluso Panamá. Demográficamente Estados Unidos ha tenido una profunda diversidad étnico-religiosa en la conformación de su población. Esto permitió crear una extraordinaria heterogeneidad racial, cultural y política. La estructura del gobierno norteamericano refleja esta diversidad en un sistema político fragmentado. La soberanía nacional y el estado están conformados por más de 50 unidades subnacionales, federales.

Por otro lado, las barreras políticas a la participación popular de alcance nacional escaso han desmovilizado y fragmentado a la población, haciendo que el control popular sea muy débil a nivel de las estructuras nacionales, aunque puede ser relativamente fuerte al nivel de las comunidades locales (local councils), de forma que esto permite al gobierno central operar con una amplia independencia de la voluntad popular.

Además, Estados Unidos no ha tenido lo que pudiera llamarse una "revolución democrática" contra instituciones feudales previas (17), ni ha tenido una revolución social en contra de aristocracias económicas o eclesiales incrustadas en los compromisos de poder en una forma permanente. La guerra de cesión fue el fenómeno social que más se acercó al fenómeno de una revolución democrática o social, pero sus componentes económicos determinantes (el proyecto del capitalismo modernizante del Norte frente al sistema de plantaciones esclavistas del Sur) fueron sobredeterminados por el carácter racial.

Sin embargo, quizá el factor más determinante del excepcionalismo ha sido la debilidad política de la clase obrera. Las divisiones étnico-religiosas, el racismo y la facilidad para resolver tensiones sociales en un largo período de rápido crecimiento económico, no permitió la emergencia de una clase obrera y un partido "laborista" estilo europeo. Sin embargo, a pesar de esta debilidad estructural, los intentos de un movimiento obrero fueron repetidamente aplastados por el capital en 1856-57, en 1877, en 1892-96 e incluso en 1912 y 1919. Esta historia repetida de la derrota de la clase trabajadora por parte del capital y del poder estatal, señala el carácter represor de un estado que, aunque débil en relación con el conjunto de las estructuras e instituciones del país, fue extraordinariamente duro y violento con los trabajadores norteamericanos.

Por otro lado, la organización política del país es débil, a pesar de contar con los partidos políticos más viejos del mundo, originados a comienzos del siglo XIX. Debilidad institucional entre los líderes y los miembros de los partidos, que han hecho de los partidos organizaciones colectoras de votos más que partidos orientados por una ideología y un proyecto político. Por otro lado, la participación en las votaciones ha sido históricamente muy baja. Más todavía, se podría decir que en Estados Unidos no ha habido partidos marcados por su composición de clase. Además, el electorado es más de clases medias y ricas que de los sectores más pobres, donde se da un gran abstencionismo.

Un factor determinante en la debilidad política de las mayorías y en la carencia de alternativas en la vida política norteamericana fue el sistema del New Deal, es decir, de los pactos sociales, de las alianzas y de las coaliciones entre la élite laboral y la variedad de los representantes de las altas esferas del capital.

Este excepcionalismo de la contextura interna de Estados Unidos, permitió un fuerte crecimiento doméstico, que llegó, después de la crisis de los años 30, a expandirse internacionalmente hasta lograr una predominancia económica, política, geopolítica y del estilo de vida (American Way of Life) a nivel mundial. Las dos guerras mundiales ayudaron a definir y consolidar este predominio.

Sin embargo, desde el final de los 60 y sobre todo en la década de los 70, este excepcionalismo norteamericano comenzó a desmantelarse. La economía doméstica comenzó a flaquear y las ventajas comparativas internacionales comenzaron a deteriorarse frente a una Europa renacida de sus cenizas y más independiente, y un Japón con una dinámica económica y tecnológica excepcional. Por otro lado, la consolidación política y la expansión de la economía de los países socialistas, la formación del COMECON o CAME, redujo también el alcance de la influencia de la expansión norteamericana. Esto no sólo aconteció dentro de la esfera del Primer Mundo, sino que en forma creciente se fue dando también en el Tercer Mundo, que experimentó un fuerte proceso descolonizador (de ahí, la consolidación del movimiento de los Países no Alineados NOAL). Emergieron también las denominadas "potencias de segunda clase" y la OPEC, las nuevas plataformas de exportación industrial como Hong Kong, Taiwan, Singapur y otras zonas de libre comercio y de santuarios de finanzas del mundo, donde las transnacionales norteamericanas fueron en forma rápida perdiendo capacidad de competir.

El fracaso del intento de acomodo del Trilateralismo, es decir, el intento del capital financiero norteamericano de pactar el predominio mundial junto con Europa y Japón y lograr un mutuo acomodo con los poderes emergentes del Tercer Mundo (18), no resultó por no haber logrado superar la crisis económica ni haber conseguido una estabilidad política que el capital a nivel global consideraba necesaria para la superación de la crisis. Las "pérdidas" de Cuba, Vietnam, Angola, Mozambique, Etiopía, Irán y, finalmente, Nicaragua, fueron acicates para facilitar que el neo conservatismo de una clase social enormemente agresiva, aliada inestablemente a "la Nueva Derecha", a la "Mayoría Moral", etc. tomase el poder en Washington tras el símbolo del "gran comunicador" Ronald Reagan.

Frente a los dramáticos cambios estructurales e ideológicos del mundo en los últimos 25 años, especialmente en el Tercer Mundo, la política exterior norteamericana ha continuado como si estos cambios no hubiesen ocurrido. ante el desmantelamiento del excepcionalismo y el aumento de la crisis económica interno e internacional, se fueron creando en la élite empresarial, militar y cultural de Estados Unidos las bases de un neo-conservatismo (ideología y movilización social y política de una nueva clase social) que decidió pasar los costos de la crisis a los trabajadores de Estados Unidos y el Tercer Mundo, además de intentar suplir el colapso del excepcionalismo reviviendo el poder militar de Estados Unidos, con el fin de mantener, por medio del poder militar, el control a nivel mundial. La justificación ideológica interna -lo repetimos- estaba fundada en provocar la recuperación del viejo sueño norteamericano del "Retorno de América" (America is Back) y la legitimización ético-ideológica ante el peligro del avance comunista a nivel mundial. El nuevo armamentismo pretendía también obligar a la URSS a descuidar el avance social y económico de su ciudadanía forzando el incremento continuo de sus inversiones en nueva tecnología militar.

La administración Reagan ha sido capaz de montar un proyecto ideológico para su política exterior con profundas raíces domésticas en el viejo sueño americano del Destino Manifiesto (19). El contexto global es una confrontación antagónica SU-URSS como eje de toda política exterior que pretende el control e incluso el colapso eventual del "Imperio del Mal".

Los tres pilares de esta Doctrina Reagan son la llamada guerra de las galaxias (Star Wars), la Seguridad Nacional y la Reaganomics (la política económica de RR). La guerra en el espacio está designada a batir a los soviéticos en una carrera tecnológica de armamentos, forzándolos a excederse económicamente en su presupuesto militar, reduciendo su nivel de vida y dificultando sus actividades internacionales especialmente en el Tercer Mundo.

La doctrina de la Seguridad Nacional es el pilar ideológico último para justificar la intervención abierta o encubierta de Estados Unidos en cualquier parte del mundo. El argumento de la Seguridad Nacional se extiende incluso al área religiosa porque las motivaciones religiosas afectan la "voluntad política" de la administración, de la opinión pública y de los aliados internacionales (La Teología de la Liberación, por tanto, es considerada una fuerza subversiva que afecta a la Seguridad Nacional de Estados Unidos). (20). La crisis centroamericana expone y desnuda este argumento en su forma más extrema. Si la Administración Reagan no puede justificar el argumento de la Seguridad Nacional en Centroamérica, no podrá ser efectivo para justificar la intervención abierta o encubierta en otras partes más distantes del mundo.

El intento de ocultar y encubrir la intervención y agresión en Centroamérica con el eufemismo de la "Guerra de Baja Intensidad" más de (100.000 muertos, dos millones de refugiados y entre 3 a 4 mil millones de dólares de daños económicos) buscan invisibilizar este drama humano en la vecindad, de forma que el costo humano de esta política en partes más lejanas del mundo (Filipinas, Oriente Medio, Sudáfrica) sea todavía menos visible.

La política económica de la Doctrina Reagan (Reaganomics) busca:

1) Hegemonizar una recuperación económica internacional y superar la crisis en base a una reestructuración del capitalismo internacional.

2) Transferir los costos de la reestructuración al Tercer Mundo y al proletariado de los países industrializados (exportación de "mano de obra" tercermundista);

3) contener el avance económico de los países socialistas, intentando aislar a la URSS de la tecnología y recursos financieros occidentales, forzando un mayor gasto en armamentos. Esta política económica se manifiesta en América Latina en los planteamientos en relación con la deuda, el proteccionismo y las políticas de ajuste y condicionalidad del FMI Y LA AID.

Este proyecto reaganiano fue capaz de aglutinar a las mayorías del partido republicano, algunos sectores del partido demócrata y a una buena parte de la denominada mayoría silenciosa que necesitaba un proyecto capaz de evocar de nuevo el mito de la Pax Americana.

El partido demócrata, dividido internamente, sin liderazgo, pero sobre todo sin un proyecto alternativo, permitió e incluso apoyó a la Administración Reagan en su política centroamericana con un Congreso dominado por demócratas, a pesar de que la opinión pública no apoyaba la política guerrerista de la Administración. Esto ha provocado un creciente distanciamiento de amplios sectores de la sociedad civil norteamericana (iglesias, académicos, mujeres, negros y minorías étnicas, algunos grupos sindicales y movimientos ecológicos y de paz) respecto de iniciar propuestas alternativas de política hacia Centroamérica. A pesar del auge de este movimiento alternativo, la política oficial sigue monopolizando la relación con la problemática regional.

Este esquemático resumen interpretativo de las bases y raíces de la política norteamericana hacia Centroamérica quiere sintetizar el significado global que esta política tienen dentro del intento de restaurar la hegemonía norteamericana a nivel internacional. La política estadounidense hacia Centroamérica posee por tanto, una conexión intrínseca con el excepcionalismo norteamericano. En Centroamérica se está jugando la credibilidad del intento de la recuperación de la hegemonía a nivel mundial. Se está jugando la legitimidad de esta política basada en la propuesta de que en Centroamérica se da la punta de lanza del conflicto Este-Oeste que se ha incrustado incluso dentro del "patio trasero". Nicaragua se presenta como la primera ficha de un dominó que afectará posteriormente a Panamá, México y se introducirá dentro del mismo Estados Unidos. Esta amenaza del imperio del mal que se acerca a Estados Unidos pretende justificar las políticas militaristas, incluso de terrorismo de estado, que violan el derecho internacional, con un intento de mantener el presupuesto hegemónico sobre la región. A la vez sirven de efecto de demostración de la recuperación de la hegemonía mundial en otras partes del mundo.

Las condiciones objetivas excepcionales que dieron base estructural para la hegemonía norteamericana han desaparecido. El querer mantener este excepcionalismo sin sus bases reales, ha provocado que la economía norteamericana entre en su mayor déficit fiscal, en el mayor déficit comercial y el mayor endeudamiento externo e interno al que ha estado sometida economía alguna en la historia. El militarismo y la ideologización de esta administración intenta suplantar la pérdida de las ventajas excepcionales que gozó Estados Unidos, y a la vez tratan de ocultar y retrasan la necesidad de cambios en la política exterior que permitan acomodarse a las transformaciones ocurridas en el mundo y en el propio Estados Unidos.

Es importante señalar que Reagan no es más que el personero de una clara voluntad política de una clase dirigente, pero que a la vez refleja las profundas raíces ideológicas que este proyecto tiene en grandes masas del pueblo norteamericano que no aceptan la pérdida de su excepcionalismo. Esta es la razón por la que Reagan ha intentado también confrontar las fisuras del liderazgo económico y político de los EE.UU. en el centro del sistema capitalista. Ha tratado de relanzar al capitalismo norteamericano, devolviéndolo a su impulso salvaje de 1880 a 1920. Ha inyectado a la tercera revolución tecnológica con el refuerzo de la identidad clasista: la recompensa natural al éxito económico y la legitimidad de la ostentación elegante en el consumo de lujo.

Así ha tratado de liberar a la clases medias, a la tecnocracia y a la burguesía transnacional de responsabilidades sociales frente alabismo que las separa de los millones de pobres norteamericanos y de los nuevos emigrantes. Además ha elevado la inversión militar en grandes proporciones. Políticamente ha asustado a los europeos con la avalancha de transferencia de divisas a los EEUU y a ellos y al Japón ha procurado convencerlos que el gran enemigo del sistema occidental sigue siendo la URSS.

La Revolución Sandinista y las demandas del nuevo sujeto histórico centroamericano son percibidas por esta cultura de la dominación y esta ideología neoconservadora como una amenaza real a la seguridad norteamericana, dado que la definición de seguridad nacional para esta administración viene conformada por los parámetros de una recuperación hegemónica de su promedio a nivel mundial. En Nicaragua y en Centroamérica por tanto, se da un nuevo síndrome, similar al de Vietnam, en el que se quiere apagar y si es necesario aplastar estas demandas emergentes provenientes del Tercer Mundo, que -desde el punto de vista del mantenimiento de los intereses de los países capitalistas centrales- no pueden ser satisfechas en un período de crisis internacional.

El estallido reciente de la crisis en Sudáfrica, que representa una reserva ingente de recursos naturales, y en Filipinas, plataforma militar para el predominio de los EEUU en el Pacífico, aumentan las demandas emergentes del Tercer Mundo que la administración Reagan pretende sofocar ejemplarmente en Centroamérica por su proximidad y pequeñez, evitando así el ejemplo que consideran peligrosísimo.

Las demandas de soberanía, auto-determinación y democracia en estos momentos de crisis son vistas por la administración Reagan como subversivas. Según la opinión del autor estadounidense de la carta citada largamente en el Pacífico, esta visión es compartida sin demasiada precisión e incofesamente por una notable parte del pueblo de los EEUU incluso en épocas normales. La única posibilidad reaganiana de democracia y soberanía en el Tercer Mundo es la que adecúe a la recuperación del predominio hegemónico norteamericano y a la recuperación del capitalismo internacional, es decir, una democracia y soberanía restringidas. Los proyectos de "democracia cristiana", como analizaremos más adelante, están entre los que se adecúan a esta visión reaganiana. Cualquier intento de profundizar la democracia, sobre todo en base a la participación y movilización popular y a la satisfacción de las demandas históricas, es visto como una amenaza a la presunta ecuación de lo que es bueno para la seguridad nacional de los Estados Unidos tal como hoy se entiende neoconservadoramente, no sólo en la región centroamericana, sino por su "efecto de demostración", en muchas otras partes del mundo.

La violencia y terrorismo de estado aplicado por Estados Unidos intentan encubrirse con el presupuesto ideológico de la Seguridad Nacional. Las propuestas originales de economía mixta, pluralismo político, no alineamiento y democracia participativa de la Revolución Sandinista y del nuevo sujeto histórico centroamericano no son consideradas -se crea o no en ello- más que como maniobras tácticas para ganar tiempo y poder implantar un comunismo totalitario pro-soviético.

La rigidez de la administración de los EEUU para acomodarse a las nuevas realidades del mundo, alcanza niveles tan patológicos que Estados Unidos se enfrenta a su política centroamericana con algunos de sus mejores aliados en América Latina (Grupo de Contadora y Grupo de Apoyo) y con algunos de sus mejores aliados dentro de la alianza occidental (OTAN) tanto en Europa como en Canadá. Por otro lado, se enfrenta a todo el movimiento de los no-alineados e incluso intentó convertir estos problema "regionales" en el tema central de la agenda de la conferencia cumbre de Ginebra. Esta concepción, que pudiera parecer irracional, adquiere un buen grado de racionalidad y coherencia si ubicamos esta política hacia Centroamérica dentro del marco de la pérdida del excepcionalismo y la Doctrina Reagan para revivirlo (21).

La habilidad política de Reagan ha sido la de ligar ambos aspectos en un proyecto ideológico global y darle una presentación plausible a través de un sofisticado control y "magia o control comunicativos" (Perception Management) de los medios de difusión mundiales.

La historia prolongada de las raíces autóctonas y de las demandas endógenas centroamericanas es eliminada de la historia contemporánea, como se demostró patentemente en el Informe Kissinger. esta historia donde Sandino, Farabundo Martí, las sublevaciones indígenas y campesinas y las intervenciones norteamericanas en Centroamérica, son borradas de un plumazo, es sustituida por el factor expansionista soviético al que se considera fundamental en la confrontación regional.

Reagan ha seleccionado América Latina, en particular Centroamérica y más en particular Nicaragua y El Salvador, para enfrentar el desafío del Tercer Mundo, el desafío de los países socialistas y el de su propios aliados de occidente a los que confronta con la recuperación de un predominio hegemónico, cuyo liderazgo no puede ser participado: debe ser exclusivamente estadounidense. La ideologización de la crisis centroamericana encaja también dentro del miedo al otro centro de poder alternativo (la URSS), al que no se puede destruir unilateralmente en una era nuclear, pero al que se intenta estigmatizar incluso con tonos subliminales satánicos (22), reduciendo los factores endógenos, estructurales y subjetivos de las revoluciones en el Tercer Mundo al factor único avance injerencista del comunismo internacional.

Por tanto, en el caso de la cuestión centroamericana ya no se trata únicamente de los derechos del pueblo centroamericano, sino del derecho de las naciones y de los pueblos a tener una personalidad e identidad propia en el consorcio de la comunidad internacional, bajo un cuerpo de derecho internacional que permita la convivencia pacífica y equitativa de los países, no importando su tamaño ni su localización geográfica. Este es el reto final que se juega en la crisis centroamericana, que analizaremos con más detenimiento en los factores internacionales de la crisis.

La negación al acomodo ante la nueva realidad centroamericana resulta de no poder enfrentar la recuperación del predominio hegemónico global sin pasar el test de credibilidad que le presenta el no poder controlar lo que se empecina en mantener como su propio "patio trasero" y su "cuarta frontera". La crisis centroamericana desnuda al Imperio ante la comunidad Internacional dejando al descubierto la impudicia de sus motivos que debe encubrir con el velo de un noble antitotalitarismo y anticomunismo. ¿No sería posible reducir la crisis centroamericana a sus componentes objetivos, indígenas/endógenos, y lograr un acomodo mutuo pragmático y flexible? ¿No es esto lo que están intentando los aliados de Estados Unidos en Contadora, los cancilleres europeos, la NOAL y las Naciones Unidas? ¿No es ésta también la propuesta de la Revolución Sandinista y del FMLN-FDR?

El carácter regional de la crisis Posiblemente no exista región alguna en el mundo formada por más de 20 países independientes, más un conjunto de unos 10 territorios con diversa configuración política, desde el Estado Asociado de Puerto Rico hasta territorios de ultramar dependientes de Francia, Inglaterra y Holanda. A pesar de la heterogeneidad cultural e histórica de la región, pocas áreas geográficas del mundo tienen características comunes y estructurales tan semejantes entre sí a la de estos pequeños países que conforman la Cuenca del Caribe.

La estructura productiva está basada en 6 productos que componen casi el 70% del Producto Regional Bruto (Bananos, azúcar, café), las llamadas "economías de postres", que han configurado la riqueza tradicional de la cuenca, más los nuevos productos de exportación de los últimos 20 años (algodón, carne, maderas, artesanías y pesca). Estos productos han conformado la base económica de la región, pero son productos que no ofrecen capacidad de autonomía económica y política para el futuro, dado que sus condiciones en el mercado internacional, de demanda y precios, son extremadamente precarias. Además estos productos, sin gran futuro en el mercado internacional, son entre sí competitivos y no complementarios. La región no puede buscar una salida independiente país por país. Sus economías no son viables por su estructura productiva y su pequeño tamaño en un mercado transnacionalizado.

La etapa de más auge económico para la región fue el de la creación de sus mercados comunes, centroamericano y caribeño. Sin embargo, aquella regionalización económica -integración más de ciudades capitales que de países enteros- fue basada en las ventajas comparativas, para estas economías típicamente abiertas, que ofreció en la década de los 60 la fuerte expansión del mercado internacional. Se aprovechó la regionalización del mercado para montar una industrialización por sustitución de importaciones 30 años más tarde que en México, los países bolivarianos y el Cono Sur. En unos 10 años este fenómeno económico quedó saturado, al no haber conseguido esta industrialización artificial y dependiente establecer los vínculos productivos infraestructurales con los recursos naturales y las agriculturas de dichos países.

Actualmente ambos mercados regionales, pero sobre todo el centroamericano, se encuentran en una profunda emergencia. Centroamérica ha reducido el intercambio regional de unos SU$ 1,300 a unos 800 millones de dólares, ha mantenido un crecimiento negativo de la economía regional, con un deterioro continuo de los términos de intercambio, con la mayor deuda latinoamericana por cabeza en Costa Rica y Nicaragua, la reducción de la tasa de inversión y la fuga de capitales.

Ante el fracaso y agotamiento del primer intento de regionalización, que provocó el mayor éxito de crecimiento económico que ha conocido ninguna región del mundo (superior al de brasil y al de Japón), hoy se da también una crisis de voluntad política regional para configurar una salida a nivel de Centroamérica para el MERCOMUN; y en cierta forma, también a nivel del Caribe, debido a la polarización política que padece la región.

Ante la falta de capacidad regional de encontrar salidas, se han vuelto a imponer las salidas provenientes del exterior, como la Iniciativa de la Cuenca del Caribe (ICC) y el Plan Kissinger. En menos de dos años se ha destapado la insuficiencia y el fracaso de estas propuestas, que han provocado una ruptura de los escasos vínculos regionales que quedaban y una mayor dependencia de estos países respecto de la economía norteamericana. La Iniciativa de la Cuenca del Caribe, que no visualizaba ningún mecanismo regional, aumentó el cordón umbilical económico entre cada uno de los pequeños países y la economía de la metrópoli norteamericana. Al no haberse podido sostener el crecimiento económico de los EEUU (hipótesis básica de la Iniciativa de la Cuenca del Caribe) y al haberse aumentado las tendencias proteccionistas, la ICC se puede decir que es actualmente un fracaso rotundo.

Ante este vacío de alternativas, la propuesta asumida por los países han sido más bien la de "sálvese quien pueda", manteniendo lo básico de las estructuras regionales establecidas e incluso aumentando las formas de sobrevivencia económica a través del incremento del "trueque" comercial. Sin embargo, esto ha provocado lo que se analiza más adelante: una mayor dependencia económica, obligando, para sobrevivir, a que las economías de Centroamérica sean profundamente subsidiadas, habiéndose llegado en los casos de El Salvador y de Costa Rica -aunque parezca increíble en este último caso-, a una especie de protectorado económico informal, como no se había experimentado desde los viejos tiempos de las "repúblicas bananeras".

El Informe Kissinger pretendía, con toda su propaganda e impresionante elenco de expertos, un proyecto de más envergadura. Sin embargo, no ha conseguido los fondos que solicitó al Congreso, ni el apoyo bipartidista en Estados Unidos y se ha quedado como una propuesta en el vacío. Además es conveniente recordar que el Informe Kissinger lo que proponía era una administración directa de la crisis económica y política de Centroamérica por parte de Estados Unidos.

La propuesta administrativa de crear una institución, la Organización del Desarrollo para Centroamérica (ODCA), intentaba implementar para toda Centroamérica la misma propuesta de Kissinger en los tratados del Canal de Panamá en 1977 para el territorio dependiente de la Zona del Canal. Es decir, una administración económica de Centroamérica, con poder de veto y dirección bajo el control directo de los EEUU. Ni la misma Alianza para el progreso había llegado a un grado de proposición tan dependiente como la que propone Kissinger a manera de solución para el futuro de Centroamérica.

Ante este vacío de alternativas provenientes del exterior dominante capitalista, cada vez se percibe más urgentemente la necesidad de que la región encuentre su propia solución. La misma prolongación del conflicto y la consiguiente agudización de la crisis hace cada vez más patente que sólo: a) una solución regional de los centroamericanos; b) con un proyecto de integración complementaria con el Caribe; c) más la inserción en una nueva integración latinoamericana (contadora Económica); d) y un proyecto regional de apoyo internacional de la comunidad Europea (CEE), de Estados Unidos, del CAME o COMECON y de organismos multilaterales (BIRF, BID, FAO, UNESCO, etc.) podrían lograr una solución estable, pacífica y de largo alcance. Diversificar la dependencia económica y geopolítica de la región, multipolarizarla, para que sea el "traspatio de nadie", integrarla entre sí y, por primera vez, con América Latina, en un gran proyecto bolivariano: este "alineamiento" latinoamericano de la Cuenca del Caribe, incluyendo Cuba, que ha mostrado repetidas veces deseos similares evitaría tensiones y facilitaría las relaciones entre EEUU y América Latina (25).

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