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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 187 | Octubre 1997
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Centroamérica

Contadora y Esquipulas 10 años después

En 1987 la iniciativa de Contadora se transformó y siguió viva, con futuro y con sentido. ¿Y el acuerdo de Esquipulas II? Después de haber enterrado la revolución en Nicaragua, dejó a Centroamérica en el lugar que siempre le asignó el imperio: un triste rincón en el "patio trasero".

Augusto Zamora

Cuando en agosto se reunieron en Guatemala los ex-presidentes centroamericanos que firmaron el 7 de agosto de 1987 el Acuerdo de Esquipulas II, para conmemorar los diez años de aquel acuerdo, no fuimos pocos en Nicaragua, al menos los que nos preguntamos por el motivo de la celebración. Lo normal es que se celebren los hechos históricos que han producido algún tipo de beneficio a un país o a una región, y cuanto mayor el beneficio, mayor la celebración. A diez años de distancia, ¿cuáles fueron los beneficios que el proceso de Esquipulas II trajo a Nicaragua? ¿Y cuáles a la región centroamericana? Para intentar dar una respuesta es necesario hurgar en los orígenes.

América Latina 125 años después

Esquipulas II surgió como consecuencia del fracaso del esfuerzo mediador impulsado por los países latinoamericanos que integraron el Grupo de Contadora. El objetivo de Contadora era lograr una solución pacífica a la intervención norteamericana contra Nicaragua y a la guerra civil salvadoreña. Esta meta colocaba a los países de Contadora en oposición a la opción militar escogida y promovida por el gobierno del presidente Ronald Reagan. En este desafío estuvo tanto el mérito principal como la causa del fracaso del proceso negociador de Contadora. Y por ello, su mediación fue, de principio a fin, una carrera perdida de antemano contra la voluntad imperial de Estados Unidos, una repetición del mito de Sísifo, condenado a subir hasta la cumbre de una montaña una enorme piedra que luego volvía a caer. O el reflejo de otro mito, el de Prometeo, atado a una montaña mientras un buitre insaciable le comía de día las entrañas que en la noche le volvían crecer, para que el buitre se hartara en la siguiente jornada.

Una de las características principales aunque poco señalada del proceso de Contadora es que constituyó la primera iniciativa latinoamericana contra la política imperial de Estados Unidos, desde el Congreso celebrado en Santiago de Chile, en septiembre de 1856, casi 125 años antes de la fundación del Grupo mediador. Paradojas de la historia: el Congreso de Santiago fue la principal reacción latinoamericana a otro suceso que había tenido su epicentro en Nicaragua y había involucrado a toda la región centroamericana: la Guerra Nacional contra el filibusterismo de William Walker, apadrinado por poderosos sectores de Estados Unidos.

A raíz de la guerra filibustera, se reunieron en Santiago delegados de Chile, Perú y Ecuador, para examinar la situación en Nicaragua y la amenaza que representaba para la región el creciente expansionismo norteamericano, que ocho años antes en 1848 le había arrebatado a México la mitad de su territorio y que amenazaba ahora con anexionarse Centroamérica. Chile, Perú y Ecuador suscribieron el Tratado Continental, en el que se encargaba a Perú la adopción de medidas para lograr que otros países se adhirieran al Tratado, cuyo propósito fundamental era fomentar la unidad hispanoamericana para preservar la región de las amenazas externas.

La gran mayoría de países respondió positivamente, aunque, fieles a su tradición de hablar pero no hacer, la firma del Tratado Continental no fue acompañada de hechos y, una vez más, las buenas intenciones naufragaron en las miserias y mezquindades de los gobiernos oligárquicos. Al Tratado Continental se adhirieron México, Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua, Costa Rica, Colombia, Venezuela y Bolivia. No lo hicieron Paraguay, Uruguay, Argentina y Brasil. Un nuevo intento de unidad se dio en el II Congreso de Lima, celebrado en 1864, a raíz de la aventura francesa en México. Este intento, el último de los emprendidos para forjar una entidad latinoamericana, también fracasó.

Contadora: dos hechos en su origen

Bajo circunstancias distintas, aunque con un fondo común, el proceso de Contadora significó un inédito resurgimiento de la identidad latinoamericana frente a la hegemonía de Estados Unidos y, en este sentido, el esfuerzo más serio y sostenido por salvaguardar, dentro de lo posible y en circunstancias adversas reciente la grave crisis económica mexicana de 1982 la independencia de los países de la región.

Al igual que en anteriores ocasiones incluida la gesta de Sandino (1927 1933), que despertó otras iniciativas latinoamericanas a favor del principio de no intervención , el factor desencadenante del proceso de coordinación de las fuerzas regionales en el Grupo de Contadora fue una agresión extranjera a un país latinoamericano, en este caso Nicaragua. Además, en los meses anteriores, otros dos hechos habían incidido en el nacimiento del proceso de Contadora, uno abonando el camino y el otro actuando como estimulante.

El primer hecho fue la insurrección sandinista contra la dictadura somocista, que concitó un amplio apoyo internacional, en primera línea del cual estaban los gobiernos de México, Panamá, Cuba, Venezuela y Costa Rica. Cuando el gobierno de James Carter intentó que la OEA apadrinara una Fuerza Interamericana de Paz para intervenir en Nicaragua, este grupo de países formó el núcleo duro de oposición a la propuesta norteamericana y, finalmente, logró arrastrar a la gran mayoría de países miembros de la OEA. Por vez primera en su historia, la OEA fue infiel a su tradición de mampara del poder hegemónico y no sólo rehusó responder a "la voz de su amo", sino que hizo fracasar los intentos de Estados Unidos de frustrar la revolución en ciernes con una nueva intervención armada, destinada a salvaguardar el aparato básico de la dictadura.

El segundo hecho, que actuó como estimulante del proceso de Contadora, fue la guerra de las Malvinas, desarrollada entre abril y mayo de 1982. La actitud del gobierno de Estados Unidos, apoyando generosamente a Gran Bretaña contra Argentina, sumió en una profunda crisis a la OEA y provocó una indignada reacción entre los latinoamericanos. El conflicto en el Atlántico Sur aisló políticamente a Estados Unidos y reforzó el sentido de identidad en América Latina.

Los efectos de aquella guerra desigual no quedaron ahí. La sanguinaria dictadura militar argentina era pieza clave en la política estadounidense hacia Nicaragua, al extremo que la administración Reagan contaba con el ejército argentino para la creación de la contra y para una eventual intervención militar. Otros tres gobiernos, los de Colombia, Venezuela y Chile, eran parte de esta trama. La guerra de las Malvinas, al dinamitar esa alianza, provocó la caída de la dictadura argentina y causó a la vez una modificación en estas fuerzas.

Todo esto allanó el camino y facilitó un reagrupamiento regional frente a la política militarista de Estados Unidos en Centroamérica, un reagrupamiento que era heredero del sueño bolivariano de unidad, concebida no sólo por motivos de identidad cultural, sino como medio de defensa ante las agresiones e imposiciones externas.

Contadora pasa a ser el Grupo de Río

Pasando el tiempo, el proceso de Contadora no se limitó a mediar en la crisis centroamericana. Conscientes del valor de los intercambios constantes y de las posibIlidades que la unidad proporcionaba en la arena internacional, los países que integraron el proceso negociador se trasmutaron en el Mecanismo de Río. El nombre oficial que eligieron fue Mecanismo de consulta y concertación política". Este grupo efectuó su primera reunión en Bariloche, Argentina (abril 87), diez meses después de que hicieran entrega formal del último y no aceptado proyecto de Acta de Contadora para la paz y la cooperación en Centroamérica (junio 86) y cuatro meses antes de la firma del Acuerdo de Esquipulas II.

La decisión de trasmutarse en un mecanismo regional no fue un paso gratuito. El Grupo de Contadora había fracasado en su esfuerzo por lograr la suscripción del Acta y, aunque continuara como proceso mediador, era notorio que, después de cuatro años de ser boicoteado por Estados Unidos, su condición de instancia negociadora estaba agotada. Por lo tanto, su destino, en lo inmediato y sobre todo a mediano plazo, era disolverse, a menos que ampliara sus horizontes.

La solidaridad forjada y los réditos obtenidos en cuatro años de bregar juntos contra el imperio habían terminado imponiéndole una dinámica, y estos países decidieron mantener el grupo dándole una entidad mayor, no reducida a la mediación en el conflicto centroamericano. Hechos y voluntades de esta naturaleza explican que el proceso de Contadora haya sobrevivido, diez años después, sin conservar ya aquel nombre y sin que nadie lo diga, como una instancia latinoamericana de consulta y discusión la única existente hasta el momento bajo la denominación, que sí se ha conservado, de Grupo de Río, integrado hoy por doce países todos los de América del Sur más México y Panamá , más un representante rotativo de Centroamérica y de los países angloparlantes del Caribe.

Grupo de Río: libres de la presencia USA

En septiembre de 1997 se celebró en Buenos Aires la XI Cumbre del Grupo de Río y uno de los temas centrales de discusión fue cuál sería el país de América Latina que se integraría como miembro permanente del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, si se reforma la Carta de la ONU, que prevé ampliar el número de miembros permanentes, dando voz, voto y veto, por vez primera, a países del llamado Tercer Mundo.

Desde esta perspectiva, el proceso que iniciaran en enero de 1983 en la isla de Contadora México, Venezuela, Colombia y Panamá, ha tenido una vida más larga y fructífera que la que imaginaron sus fundadores. Aunque está lejos de ser esa organización estrictamente latinoamericana que en tantas ocasiones se ha intentado crear, el Grupo de Río es, hoy por hoy, a pesar de sus limitaciones causadas más por la debilidad intrínseca de sus miembros y por la poca autonomía de sus gobiernos que por el foro en sí , la instancia más sólida de debate regional, sin la presencia perturbadora y siempre deformante de Estados Unidos.

La diáspora económica de América Latina, acentuada con el ingreso de México al Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y Canadá, tiene en este foro un contrapeso político, en la medida en que sus reuniones anuales permiten tratar temas puntuales y favorecen consensos fundamentales para los intereses de la región. Un buen ejemplo es la condena de la Ley Helms Burton hecha por el Grupo de Río en su X Cumbre de Jefes de Estado y de Gobierno (Cochabamba, octubre 95), a pesar de la indeseada visita que les hizo la secretaria de Estado de Estados Unidos, Madeleine Albright, tratando de impedir esta condena.

En su Cumbre de 1997, el Grupo de Río permitió resolver la contradicción entre Brasil y Argentina por el puesto que correspondería a América Latina en el Consejo de Seguridad de la ONU, adoptándose una propuesta de consenso: los latinoamericanos demandarán dos puestos para su región.

Contadora dejó una herencia valiosa

No menos importantes son las posibilidades de entendimiento y cooperación bilateral que ofrecen las reuniones anuales del Grupo de Río. Así, la X Cumbre permitió la primera visita de un presidente chileno a Bolivia en 43 años, dadas las diferencias que arrastran ambos países desde la Guerra del Pacífico (1879 1883), que promovió Inglaterra y que privó a Bolivia de su salida al mar. En esta ocasión también se reunieron los presidentes de Perú y Ecuador países que mantuvieron un breve pero violento enfrentamiento armado entre enero y febrero de 1995, por disputas territoriales facilitando el mejoramiento de las relaciones entre ambos países.

En la XI Cumbre, los presidentes de Argentina y Chile pudieron abordar directamente las suspicacias levantadas por la decisión de Estados Unidos de establecer "relaciones especiales" con Argentina, vínculo que preocupa a los militares chilenos, que tienen en la rivalidad con Argentina y en pequeñas controversias territoriales con ese país el principal argumento para mantener un permanente armamentismo y también para mantener su influencia en la coaccionada democracia chilena, donde el ex dictador Augusto Pinochet, que 24 años después de su sangriento golpe de estado, es todavía Jefe de las Fuerzas Armadas.

Así, aunque fracasó en su esfuerzo para pacificar la región centroamericana con la firma del Acta de Contadora aunque sí tuvo éxito en impedir una intervención militar directa de Estados Unidos el proceso de Contadora supo trascender sus orígenes y transformarse en una instancia de diálogo y coordinación que, catorce años después, sigue dando frutos positivos para América Latina. Su dinámica de crecimiento y su capacidad de adaptación permiten creer que el Grupo de Río, el heredero del Grupo de Contadora, tiene todavía una ancha y prometedora andadura, tanto más necesaria cuanto que el mundo se hace cada día más pequeño y los bloques regionales tienden, cada vez con más fuerza, a sustituir a los Estados individuales como protagonistas en la política y en la economía internacionales. La consolidación de un grupo latinoamericano necesario y deseado desde el origen traumático y prematuro de nuestros Estados es un requisito para nuestra supervivencia en el próximo siglo XXI. El Grupo de Río es hoy el único foro que puede servir para crear ese grupo y para convertirlo en sujeto internacional.

Centroamérica en tres pedazos

Hasta aquí, Contadora. Pero, ¿y Esquipulas II? ¿Qué fue de aquel proceso, si acaso fue algo? En más de un sentido, el proceso de Esquipulas II fue el lado opuesto al de Contadora, en una relación similar, mutatis mutandis, a la que existió entre el doctor Jeckill y Mr. Hyde. Si Contadora fue expresión de la mejor tradición de la solidaridad latinoamericana, Esquipulas II fue hija directa de la tradición de la intervención extranjera, expresión de la ordalía que, desde su misma independencia, los países de la región deben sufrir como consecuencia de su sumisión a potencias extrarregionales: Gran Bretaña en el siglo XIX, Estados Unidos en el siglo XX.

Es imposible entender el proceso de Esquipulas II sin recordar sus antecedentes inmediatos. Como consecuencia de la política de Estados Unidos, Centroamérica se dividió en los años 80 en tres fragmentos. Por un lado, estaba Nicaragua, convertida en target (objetivo) de Estados Unidos, como la calificó Newsweek en 1982. Por otro lado, estaban los gobiernos de El Salvador, Honduras y Costa Rica, que formaron un bloque monolítico a través del cual se ejecutaban líneas importantes de la política intervencionista del poder hegemónico. Estos tres países actuaron como simples Estados clientes, sin entidad ni autonomía propias. Junto a ellos, Guatemala, tras la parodia de democracia impuesta por Estados Unidos que llevó al gobierno a Vinicio Cerezo en diciembre de 1985, intentaba presentar una imagen de neutralidad que, a la hora de la verdad, revelaba su verdadero rostro, plegándose a la línea marcada por la administración Reagan.

Por otro lado estaba Panamá, gobernado en la sombra por las Fuerzas de Defensa, herederas del nacionalismo sui generis de Omar Torrijos. Panamá no sólo formó parte del Grupo de Contadora, sino que, de muchas maneras, apoyaba activamente al gobierno sandinista, pecado capital que, en 1989, determinaría la intervención militar que pondría fin a todo rastro de torrijismo y, una vez más, convertiría en simbólica la soberanía panameña.

Este panorama convertía en suicida cualquier planteamiento de "centroamericanización" del conflicto regional. Es decir, era imposible tratarlo exclusivamente entre países centroamericanos. Por esta razón, Nicaragua había rechazado de forma sistemática cualquier propuesta en ese sentido, exigiendo siempre la presencia de mediadores, observadores o garantes, que neutralizaran el efecto matemático del cuatro contra uno.

Esquipulas II: Nicaragua se rinde

La decisión tomada en 1987 por el gobierno sandinista, de adoptar y promover la propuesta de solución del conflicto del Presidente de Costa Rica Oscar Arias que le debe a Nicaragua su Premio Nobel de la Paz , fue una acción desesperada para intentar poner fin a una guerra que había derrumbado la economía y agotado al pueblo. Al aceptar el juego de Esquipulas II, la Nicaragua sandinista, como los troyanos de la epopeya homérica, introducía al enemigo en casa y se entregaba voluntaria mente al entierro de una revolución que había costado, desde 1977, cerca de 10 mil muertos y otras 500 mil víctimas, entre heridos, huérfanos, lisiados y desplazados de guerra, sobre una población que no superaba en aquellos años los 3 millones y medio de habitantes. Los daños provocados por las actividades militares y paramilitares de Estados Unidos contra Nicaragua superaron los 15 mil millones de dólares y nos dejaron como herencia una astronómica deuda externa. Es imposible explicar la miseria actual de Nicaragua olvidando el impacto de la agresión sufrida.

A Esquipulas se llega después de agotados todos los medios de solución pacífica posibles. Los esfuerzos de negociación bilateral habían naufragado tempranamente, con la destitución del Subsecretario de Estado estadounidense para América Latina, Thomas Enders, en 1983. Los recursos de Nicaragua ante el Consejo de Seguridad de la ONU eran vetados sistemáticamente, imposibilitando la actuación de la ONU. En 1985, el gobierno norteamericano puso fin a las conversaciones no fueron negociaciones de Manzanillo. El juicio ante la Corte Internacional de Justicia de la Haya, aunque ganado por Nicaragua, resultó a la postre un ejercicio inútil, pues Estados Unidos desconoció al tribunal en enero de 1985 y, finalmente, vetó las resoluciones del Consejo de Seguridad que requerían el cumplimiento de la sentencia de junio de 1986. En ese mismo mes de junio, Contadora entregaba el último proyecto de Acta, que rechazaron los Estados clientes del imperio, lo que enterró, sin velatorio ni misa, el proceso negociador.

Ceremonia de autoengaño colectivo

El acuerdo de Esquipulas II levantó grandes expectativas. Se celebró su firma con parafernalia, pompa y boato, en lo que no fue más que un autoengaño colectivo. Un grupo de hombres por muy presidentes que fueran se olvidan momentáneamente de lo que son y de sus circunstancias y creen que pueden hacer lo que no pueden, lo que la mayoría de ellos tampoco quiere hacer. Al firmar, actuaron como si fueran los representantes de Estados independientes y no como lo que eran: cuatro Estados clientes, junto a otro Estado, Nicaragua, la víctima escogida por la soberbia del imperio. La cuota mayor en este autoengaño la puso Nicaragua y así, autoengañada, repitió el viejo cuento del burro y la zanahoria, con la diferencia de que la carreta que arrastraba el burro estaba cargada de cadáveres, destrucción y sufrimientos.

El sueño de Esquipulas II se evaporó en pocos meses. El acuerdo previsto para cumplirse taxativamente en el plazo de 150 días se convertiría en una interminable carrera de obstáculos, en la que solamente participaba un corredor: Nicaragua. El nudo de aquel acuerdo era la apertura política en Nicaragua a cambio del desmantelamiento de la contra en la región. Honduras, base material de la agresión extranjera, nunca cumplió. En cambio, Nicaragua fue presionada de forma inmisericorde para que lo cumpliera todo a cambio de nada. Así fue, mes tras mes, hasta que las elecciones de 1990 pusieron fin, de facto y de forma inesperada, al proceso de Esquipulas.

25 febrero 1990: murió Esquipulas

Esquipulas II fue el único gran fracaso de la política exterior sandinista. En las circunstancias en que vivía Nicaragua, no hacía falta ningún otro fracaso. Agotada material y sicológicamente y sin aliados firmes el bloque socialista se desmoronaba, América Latina sufría su "década perdida" y Europa Occidental seguía sin asumir, salvo un reducido número de países, un compromiso serio , la revolución se movía sobre el filo de una navaja y debajo de ella, parafraseando el soneto de Manolo Cuadra, el "funesto trío": la oligarquía, la Iglesia oficial y el imperio, los de siempre, esperando su caída para despedazarla.

Derrotada la revolución, el imperio podía darse por satisfecho y borrar a Nicaragua y a Centroamérica de su agenda de prioridades. Aunque se produjeron unas cuantas reuniones más, es posible afirmar que el proceso de Esquipulas II, como tal, murió el 25 de febrero de 1990. Lo que pasó después es otra historia y son otros los presupuestos. Después de la derrota electoral sandinista y autodestruida la Unión Soviética, Centroamérica volvió a ocupar el lugar que le ha asignado el imperio desde principios de siglo: el del último rincón del "patio trasero".

Más pobres y más dependientes

Si Contadora supo y pudo mutarse en el Grupo de Río, de Esquipulas II no queda más que el recuerdo histórico y una región devastada. Las cifras de la miseria en que vive la gran mayoría de habitantes de la región son esclarecedoras. La Organización Panamericana de la Salud (OPS) estimaba en 1990 que de 850 mil niños nacidos en Centroamérica, 100 mil morirían antes de cumplir los cinco años. El Banco Interamericano de Desarrollo (BID) señalaba ese mismo año que la renta per cápita había caído a los niveles de 1971 en Guatemala, a los de 1961 en El Salvador, a los de 1973 en Honduras, a los de 1974 en Costa Rica y a los de 1960 en Nicaragua.

La Comisión Económica para América Latina de la ONU (CEPAL) indicaba que 15 millones de centroamericanos casi el 60% de la población vivía en la pobreza, y de ellos, 9 millones 700 mil personas en la extrema pobreza. La Organización Mundial de la Salud (OMS) estimaba que carecía de asistencia sanitaria el 75% del campesinado en Guatemala, el 60% en El Salvador, el 40% en Nicaragua y el 35% en Honduras. Centroamérica emergía de la década de los 80 más pobre, atrasada y dependiente que nunca.

¿Hay paz en Centromérica?

El fin de la guerra fría y de los conflictos internos y externos no han mejorado el panorama. En 1991 concluía, al menos oficialmente, el desarme de la contra en Nicaragua. En 1992 la guerrilla salvadoreña, que había resistido y combatido heroicamente durante diez años, firmaba un acuerdo de paz y se incorporaba a la vida civil. En diciembre de 1996 firmaba la paz la URNG, la más antigua guerrilla de la región. La paz se ha firmado pagando un altísimo costo. Uno de ellos, el de la impunidad para los cuerpos represivos de la región que, en tres décadas de crímenes, dejaron más de 300 mil muertos. Los acuerdos de paz, so pretexto de una todavía precaria reconciliación, fueron seguidos de leyes de amnistía que, como afirmó en su día el entonces provincial de los Jesuitas en Centroamérica, José María Tojeira, son "una ofensa a la justicia".

¿Puede afirmarse que ya hay paz en Centroamérica? Si entendemos el concepto de paz en sentido negativo ausencia de guerra sí la hay. Si lo entendemos en sentido positivo reducción de la mortandad por causas evitables, respeto de los derechos humanos y mínimo bienestar , la paz sigue ausente de la región.

En Guatemala los escuadrones de la muerte siguen actuando con impunidad. En 1994 se denunciaron 287 ejecuciones extrajudiciales, dentro de un total de 14 mil 156 denuncias por abusos y violaciones de los derechos humanos tramitadas por la oficina del Defensor del Pueblo. En 1996, Amnistía Internacional denunció que diez campesinos habían sido asesinados por terratenientes y, en 1997, que los defensores de los derechos humanos siguen siendo objetivo de los paramilitares. Mientras, continúa exigiendo el desmantelamiento de los escuadrones de la muerte y los ejércitos privados.

En El Salvador, el reconvertido a socialdemócrata ex comandante guerrillero Joaquín Villalobos denunciaba en enero de 1997 que "la delincuencia común se cobra cada año 8 mil muertes, cuando en la guerra no había más que 6 mil, y la cuarta parte de la población sigue siendo analfabeta".

En Nicaragua se producen como promedio un suicidio y tres homicidios diarios. Más de 1 mil 800 muertes violentas al año, mientras el fenómeno de los recompas y los recontras, cimentado por el abandono del campesinado, se reduce o se expande según los aires que corran o las miserias que padezcan. ¿Puede afirmarse, con seriedad, que nuestros países están en paz o que la paz ha mejorado su estatus?

Estamos mal... y vamos mal

En 1993, el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), dio a conocer su informe sobre el Indice de Desarrollo Humano (IDH). Entre 173 países, los centroamericanos figuraban en los siguientes puestos: El Salvador (110), Nicaragua (111), Guatemala (113) y Honduras (116). Solamente Costa Rica formaba parte de un sector más alto de países, ocupando el puesto número 42.

Cuatro años después, en 1997, el IDH señalaba que los países centroamericanos habían descendido en la escala. El Salvador bajaba al 112, Honduras al 116, Guatemala al 117. Nicaragua se hundía en el puesto 127, con un descenso drástico de 11 puntos, como consecuencia del saqueo sufrido por el país bajo el gobierno Chamorro, posiblemente el gobierno más corrupto de la historia de Nicaragua, responsable de la bancarrota económica y moral que sufre hoy el país. Unicamente había ascendido Costa Rica, que ocupa el puesto número 33.

Son las cifras del PIB real per cápita las que mejor ilustran la extrema desigualdad que impera en la región. Según el IDH de 1997, el 20% más pobre de la población ingresaba en Costa Rica 1 mil 136 dólares frente a los 14 mil 399 del 20% más rico. En Honduras son 399 dólares de los más pobres frente a los 6 mil 27 de los más ricos. En Guatemala, 357 frente a 10 mil 710 y en Nicaragua 479 frente a 6 mil 293. Eso significa que, en Nicaragua, el 20% más rico gana 13 veces más que el 20% más pobre, proporción que es de 12.4 en Costa Rica, de 15.3 en Honduras y de ¡30! en Guatemala, país al que corresponde el mayor índice de desigualdad y dualidad entre todas las sociedades latinoamericanas, sólo superado por Brasil, que tiene el índice de desigualdad más alto del mundo. En Brasil, el 20% más rico ingresa 18 mil 563 dólares frente a los 578 del 20% más pobre. La diferencia es de 32.2 puntos.

Hoy imperan iguales o peores condiciones que las que llevaron a decenas de miles de centroamericanos a tomar las armas para cambiar el viejo modelo de explotación por otro menos injusto. Los resultados no pueden ser más desalentadores.

Cambios políticos y en las conciencias

La intervención extranjera en Centroamérica no sólo dejó a los países más arruinados. Provocó también cambios políticos notables que, como las crisis económicas, han sido mayores en unos países que en otros. La firma de los acuerdos de paz modificó el mapa político tradicional en países como Guatemala y El Salvador, donde la izquierda únicamente tenía sitio legal en los cementerios. Estos acuerdos coletazos del fin de la guerra fría han obligado a reducir el papel siempre nefasto de la militocracia en estos dos países y en Honduras, aunque aún se está lejos de reconvertir a los cuerpos armados al respeto de los derechos humanos y aún continúan siendo baluarte y refugio de crímenes y criminales, además de ser una permanente hipoteca para los pueblos.

Hay otros efectos perversos de la intervención que son menos notorios, aunque más profundos. El desgaste de tantos años de guerra y los cambios políticos mundiales generados por el suicidio soviético, sumados al grave problema del analfabetismo y la ignorancia, han dejado a la región en manos de la oligarquía de siempre, y a la izquierda autocensurada y autoflagelada.

Los pueblos aunque no se proclame ni se diga han quedado marcados por el altísimo costo que les supuso la intervención extranjera, tanto más marcados cuanto mayor fue el castigo. Esa intervención dejó en el inconsciente colectivo el temor de que, si se vota a las fuerzas políticas que enfrentaron al imperio, éste puede volver a tomar represalias y aplicar a los pueblos un nuevo y traumático castigo.

Las democracias formales y sin sustancia, llevan al gobierno, una y otra vez, a los políticos que mantienen a los pueblos en la miseria, confirmando lo dicho por un presidente de la Comisión Centroamericana de Derechos Humanos, al comentar la candidatura en Guatemala del carnicero Efraín Ríos Mont: nuestros pueblos, víctimas de su propia ignorancia, votan por sus verdugos.

Sectores relevantes de las fuerzas de izquierda, marcados con este hierro, en vez de mantener los principios básicos por los que lucharon, procuran obtener el nihil obstat del imperio y de los organismos financieros internacionales, convertidos en los nuevos inquisidores de la ortodoxia económica impuesta por los vencedores. Con el celo propio de los conversos, hay dirigentes guerrilleros que se han convertido en denunciantes de sus antiguos compañeros, como un medio de purgar el pecado de haber sido un día, un año, diez años revolucionarios. Nada nuevo, por demás. En Nicaragua, después de la intervención militar de 1912, que puso fin al zelayismo, el Partido Liberal del presidente derrocado tuvo que someterse al diktat del poder interventor para ser readmitido en el juego político.

"Todo fue inútil"

Diez años después de Esquipulas II, Centroamérica ha vuelto a su condición de conglomerado de banana republics, como si aquí no hubiera pasado nada. Las oligarquías nacionales siguen gobernando, ahora con más poder que nunca, pues tienen ante sí a una izquierda en unos casos perpleja, en otros dividida, cuando no integrada, a nivel de cúpula, a sus negocios y modo de vida. Un resultado tanto más doloroso cuanto que, con el desconcierto de la izquierda y la extensión de la corrupción y la doble moral a cotas históricas, los pobres tienen solamente ante sí la explotación y el desamparo. Me contaba Claribel Alegría, en Managua, su encuentro con una anciana del cerro Guazapa, donde los guerrilleros del FMLN resistieron, tercos y heroicos, al ejército oligárquico: "Perdí a mi marido, perdí a mis dos hijos, lo dimos todo y ahora no tengo nada. Todo fue inútil", decía. El imperio y las oligarquías han emergido como ganadores. Los pueblos centroamericanos, nuevamente, se sumergen en las filas de los derrotados.

Los presidentes y parlamentos del área, aunque en un momento izaron algunos pliegues sueltos de las banderas de Esquipulas II, han vuelto a la dinámica de los 60, retomando la vieja ODECA, como si la década de los 80 hubiera sido solamente un incómodo paréntesis, cerrado gracias al imperio. Y una vez más, vuelve el autoengaño con la propuesta de la Unión Centroamericana, de una Unión Política de los países de la región.

¿Unión? Cualquier parecido entre el proceso de integración europeo y el centroamericano es mera coincidencia. Costa Rica, exultante en sus niveles económicos, políticos y sociales, mira por encima del hombro a los otros países y rehusa ratificar los tratados de integración. La Corte Centroamericana de Justicia funciona con apenas tres Estados parte. El Parlamento Centroamericano carece de competencias reales.
Diez años despues de Esquipulas II poco hay que celebrar. A los pueblos centroamericanos sólo les queda esperar que las fuerzas progresistas se recuperen del pasmo y sean capaces de trabajar en un proyecto que permita, no sólo recobrar la esperanza, sino vislumbrar futuro para nuestra región.

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