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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 187 | Octubre 1997
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Haití

Lavalas: dos caminos divergentes

El movimiento Lavalas, que hizo posible el derrocamiento de la dictadura de los Duvalier, ha bifurcado sus caminos. La familia Lavalas (FL), encabezada por Jean Bertrand Aristide, y la Organización Política Lavalas han hecho visibles sus diferencias de opción, de propuestas y de liderazgo. La suerte está echada y Haití puede jugarse su futuro en esta apuesta.

Gérard Pierre-Charles

En el Haití de hoy, el peso de las decisiones políticas es más decisivo que nunca antes para la continuidad del proceso democrático, para la consolidación de las instituciones y para mejorar las condiciones de vida de la población. De ahí la importancia de las cuestiones organizativas, de liderazgo y de programa en las opciones y en las prioridades que se presentan en el proceso haitiano, una transición tan rica en contenidos.

Lavalas nació en la lucha

Durante toda una etapa de esta transición, la problemática esencial consistía en luchar contra el totalitarismo duvalierista y sus derivaciones militares macoutistas. Al mismo tiempo que se luchaba, las expresiones espontáneas del movimiento reivindicativo se iban organizando en el plano local, sectorial, sindical o campesino, hasta que llegaron a transformarse en un potente movimiento social en favor del cambio y de la democracia.

Los orígenes del conflicto

Es a partir de 1990 que la expresión político electoral de este movimiento social, bajo el liderazgo mesiánico de un cura de la "pequeña iglesia", Jean Bertrand Aristide, tomó el nombre de Lavalas. Y fue a partir de las primeras elecciones libres en Haití, que durante siete meses, el nuevo gobierno de Aristide, de manera intuitiva y anárquica, quiso poner en marcha algunas de las reivindicaciones de este movimiento.

El golpe de Estado del 30 de septiembre de 1991, el gobierno militar de tres años y la resistencia patriótica que provocó fortalecieron la unidad popular con la meta del retorno a la democracia, abriéndose así una etapa de estructuración del movimiento democrático y popular.

En este contexto, y ya de regreso al gobierno Aristide, al mismo tiempo que se desplegaba su liderazgo y su experiencia gubernamental populista (octubre 95 febrero96), comenzaba el proceso de institucionalización, con las elecciones municipales, legislativas y presidenciales de 1995.

A partir de la formación del Parlamento y de la instalación de las alcaldías, una tendencia estructurada del movimiento comenzó a afirmarse bajo el nombre de Organización Política Lavalas (OPL). Después, mayoritaria en el Parlamento, la OPL se proyectó como un partido democrático y popular, decidido a impulsar la institucionalización y modernización del sistema político y social. Desde entonces, al Presidente electo en 1995, René Préval continuador ideológico y político de la obra de Aristide , le tocaba la misión de garantizar la continuidad del poder de Lavalas, a la vez que tenía que distanciarse, oficialmente, de ciertas prácticas y declaraciones, con el fin de facilitar su aceptación entre ciertos sectores de la oposición, o que tenía que asumir posiciones críticas en relación a su predecesor, para hacer más fáciles las negociaciones con los organismos financieros internacionales.

Divergencias en momento crucial

En estas condiciones, el Presidente Préval tuvo que plegarse a las nuevas normas democráticas y constitucionales consagradas por un Parlamento autónomo, respetando las condiciones para escoger al Primer Ministro que debía dirigir el gobierno. Este cargo le fue encomendado a Rosny Smarth, de la OPL, quien emprendió una política de equilibrio para conformar un gobierno que reuniera a todas las tendencias de Lavalas y pudiera realizar las reformas exigidas por las circunstancias.

Las tareas del Primer Ministro y su colaboración con el Presidente fueron cada día más difíciles, por la dicotomía en las opciones políticas. Más allá del discurso y de las consignas sobre la unidad, eran grandes las divergencias en los conceptos del poder y de la gestión, en las cuestiones sobre el control del aparato gubernamental, en la modernización de las prácticas políticas, en las opciones programáticas. ¿Medidas pragmáticas o medidas improvisadas para el consumo populista?

Esta divergencia en las opciones era particularmente significativa en un momento en que las contradicciones de la mundialización y del neoliberalismo conducían a tomas de decisión importantes en el plano económico. La modernización del Estado inspirada en la necesidad de reformar instituciones arcaicas y desgastadas por la corrupción implicaba recortes de personal y cambios en la gestión de las empresas del Estado, en el marco de una política pública financiada por instituciones internacionales.

Por otra parte, se imponían decisiones concernientes a los servicios sociales la promoción de la educación, de la salud y de formas de redistribución de ingresos para satisfacer las necesidades de las poblaciones más pobres, particularmente de las más vulnerables al aumento del costo de la vida y al desempleo. Las reformas económicas y la modernización, indispensables para garantizar la ayuda internacional para el desarrollo, no dejaban de suscitar desconfianzas en el seno de la población, resquebrajando los réditos políticos acumulados por Lavalas. En tales condiciones, la construcción de la democracia pasaba por difíciles opciones. Había que elegir entre la rutina, la subordinación ciega y la demagogia o la búsqueda valiente de un estilo de desarrollo acorde con las necesidades de nuestra sociedad.

Populismo o democracia

La dicotomía en el movimiento Lavalas, en la actual fase, en la que se han hecho visibles las verdades, expresa toda una diferenciación en las concepciones políticas, en los principios de organización y gestión pública y en las actitudes frente al pueblo. Esta dicotomía, en definitiva, está relacionada con los fundamentos mismos de la institucionalidad, de la democracia y del cambio eficaz.

Las contradicciones al interior de Lavalas se volvieron netamente perceptibles para el conjunto de la nación, y para los amigos de Haití en el extranjero, con ocasión de las elecciones de abril de 1997 para la designación de un tercio del Senado y de los delegados de las Asambleas territoriales. Los actos de violencia y de fraude que llenaron el desarrollo de los escrutinios y el hecho de que tres de los nueve candidatos al Senado por el sector de Aristide fueran antiguos militares, mostraron que se trataba de dos opciones diferenciadas las que pretendían la dirección y orientación del movimiento en el futuro.

Estas diferencias son fruto del reciente proceso que ha vivido Haití. Como sucede muchas veces en la historia de las sociedades, al término de una larga transición marcada por turbulencias y cuestionamientos de los sistemas políticos o sociales, la necesidad de fortalecer la autoridad del Estado se hace sentir con más peso.

Entonces, la pregunta clave es ésta: ¿Fortalecerlo en base a la legitimidad y la legalidad o en base a un poder autoritario? Confrontada a esta interrogante y a la decisión que implica, se hizo sentir una bifurcación histórica en el seno del movimiento Lavalas. Es esa bifurcación de caminos la que hoy ocupa la escena política haitiana.

El proyecto de Aristide

Una de las tendencias, ya en marcha, corresponde a un proyecto de carácter autoritario, cuyas señas fueron puestas en evidencia a partir del operativo antidemocrático de abril, que se valió del fraude electoral. Se trata de un proyecto basado en el liderazgo de Aristide, estructurado a partir de las derivaciones visibles de su experiencia gubernamental y de su ya anunciada intención de volver al poder en el año 2001. Es un proyecto de carácter conservador que quiere utilizar elementos del poder tradicional, incluyendo a ex militares cuestionados y a aparatos paramilitares.

El proyecto de Aristide quiere utilizar también poderosos medios financieros provenientes del control del aparato del Estado y cuenta para consolidarse con la manipulación ideológica y propagandística de carácter populista y nacionalista. Bajo la cobertura del pragmatismo, este proyecto quiere burlar las reglas del estado de derecho para reconstruir un sistema de poder que garantice al jefe carismático, a la oligarquía más retrógrada y a un círculo restringido de oportunistas, las mejores condiciones para la reproducción de sus privilegios.

El proyecto popular

Por otro lado, se está diseñando un proyecto democrático y popular de nuevo estilo, que se presenta como una alternativa para la necesaria transformación de la sociedad y para la construcción de un sistema político acorde con los principios democráticos.

Este proyecto quiere romper con las viejas prácticas del poder tradicional y con la oligarquía, y fundar su acción en la participación consciente de la ciudadanía, invitada a contribuir, en el marco de un pacto social, en la obra de la construcción nacional. Es un proyecto concebido y puesto en marcha por una formación política de vocación plural y moderna, a partir de un programa que quiere ser base de un desarrollo adaptado tanto a las exigencias de la mundialización como a la construcción de un espacio nacional autónomo, acorde con las realidades económicas, sociales y culturales del país.

Peligroso cruce de caminos

En este cruce de caminos, si uno de los dos proyectos que resultaron del movimiento histórico de 1986 no logra imponerse por su capacidad de convencer, de organizar y de garantizar su propia gestión; si esas dos corrientes no logran negociar bajo bases serias un acuerdo político, que permita la rectificación de las tendencias más negativas que se dibujan, podríamos asistir al dramático derrumbe del movimiento Lavalas, el mismo que en 1990 creó las bases de una unidad sin precedentes del pueblo haitiano, suscitando en él la ilusión de "apostar por algo", perfilando una utopía por construir.

Este fracaso puede amenazar, de manera peligrosa, a todo el movimiento popular y democrático y a la gobernabilidad del sistema. Y podría abrir la vía a los intentos de restauración de las fuerzas más retrógradas del pasado, que comprometerían hasta la vida futura de esta nación, flagelada ya en su soberanía y en su capacidad para garantizar bienestar a su población. Sería el fracaso del proyecto histórico del pueblo haitiano.

Sólo con democracia

La democracia en Haití es el contexto político de la refundación nacional. En su propósito de ser lo más participativa posible, sin exclusividad ni exclusión, la democracia haitiana quiere involucrar a la mayoría de los haitianos en la obra de construcción económica, social y humana, que deberá hacer de nuestro país una verdadera nación. La democracia es la garantía del fortalecimiento de las instituciones y del éxito de cualquier programa de desarrollo sostenible que garantice un progreso continuo e integrador y la promoción de los diversos sectores socioeconómicos que sirven de base a nuestra comunidad y a nuestro país.

Sólo la democracia puede crear condiciones para que se desarrolle plenamente el sector público, cuya modernización garantiza en términos de gestión y de promoción de las infraestructuras los servicios básicos a la población; para que se desarrolle el sector privado, cuyas iniciativas en el plano de la producción y las transacciones comerciales deben contribuir a crear las bases para una economía nacional de servicios y de exportación; y para que se desarrolle el sector de la economía popular, campesina, informal y comunitaria, llamada a lograr un dinamismo que desarrolle su capacidad de contribuir a la producción nacional y a la seguridad alimentaria, en el marco de la descentralización y con una política sistemática de crédito y asistencia técnica.

El marco socioeconómico se transforma así en un reto y en una condición de primer orden para la construcción de la democracia. Promover un desarrollo sustentable en la igualdad constituye un imperativo para garantizar la seguridad pública y la paz social.

Democracia será desarrollo

El desarrollo es un objetivo difícil, pues exige capital, niveles de educación, capacidades de producción, así como una creciente articulación al mercado mundial. Y, para armar tal estructura de desarrollo, es indispensable la acción estimuladora y reguladora del Estado, tanto en el plano de la gestión, como también para enfrentar problemas a los que el mercado no puede dar respuestas en un país que vive en pobreza tan extrema como Haití.

La estrategia que necesitamos implica una fecunda articulación y una compleja interrelación entre el Estado, la economía popular y el sector privado nacional e internacional. Una estrategia tendiente a dotar a estos sectores de óptimas condiciones para su reproducción y para su integración a una economía en expansión. Una estrategia para garantizar a la población servicios sociales esenciales que le permitan salir de la marginalidad e integrarse al mercado.

Con este marco se garantizarían las bases de un desarrollo equilibrado: la integración nacional, la justicia social y la correcta inserción de nuestro país en el contexto internacional en estos años, que preparan la celebración del segundo centenario de nuestra independencia nacional.

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