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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 183 | Junio 1997
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Internacional

Del ambientalismo a la ecología radical

Mientras el conservacionismo protege especies y el ambientalismo crea reservas, otras tendencias más certeras y profundas de la Ecología se vuelven maravilladas a las sabias culturas indígenas, cuestionan la sociedad capitalista, abogan por una democracia cósmica y buscan y encuentran a Dios.

Leonardo Boff

Diversas tendencias ecológicas se disputan la hegemonía en su discurso y en su capacidad de incidir en la sociedad, influyendo en sus decisiones, formando opinión pública, caracterizando los actos culturales y marcando a la propia cultura con su visión ecológica.

Una primera tendencia puede denominarse conservacionismo. Se trata, en lo fundamental, de conservar a los seres vivos amenazados. Es una política de corto alcance y de corto aliento, pero llamó la atención de la humanidad sobre la amenaza que experimenta la biosfera esto es, los seres vivos , sobre todo en virtud del gran proyecto industrial, hoy mundial, que presupone tecnologías sucias causantes de contaminación atmosférica , envenenamiento de las aguas y los suelos, relaciones sociales sumamente tensas como las que se producen en los procesos de urbanización acelerada y salvaje, en los asentamientos, favelas y villas miseria donde se aglomeran personas que no tienen otra opción de vivienda.

El conservacionismo es especialmente importante en los países nórdicos, donde se crean grupos que defienden a las ballenas, que alquilan naves y van al Polo Norte a defender a las focas, que ejercen presión sobre hábitos culturales nocivos para la preservación de las especies como, por ejemplo, el hábito de los italianos que, al llegar la época de las migraciones de las aves, arman grandes trampas para aprisionar a los pájaros que vienen por millares del norte del Atlántico y preparar con ellas sus platos predilectos de esa estación. Ese es el costado positivo del conservacionismo: contribuye a la preservación de las especies amenazadas. Pero es una propuesta muy limitada, porque al margen de esta preocupación todo es válido. Continúa el proceso acelerado de industrialización, con la contaminación del aire, el envenenamiento de las aguas y otras consecuencias desastrosas.

Ambientalismo: Naturaleza en "reservas"

Una segunda tendencia ecológica es el ambientalismo, que es típica de Inglaterra y los países nórdicos. Esta tendencia viene acompañada de una especie de perspectiva antihumanista. Se aspira a la preservación del ambiente, de la vegetación, de las aguas, del aire, de las selvas, y cuanto menos gente, mejor. Esta tendencia no ve al ser humano como parte de ese ambiente, sino como agresor. Se preocupa por la preservación de los recursos naturales, por una explotación que no afecte el hábitat humano y, fundamentalmente, por la creación de reservas forestales donde se preserven los pájaros y los animales, los especímenes raros de la fauna y de la flora. Se entiende a la Ecología como una creación de reservas. En Europa se hace mucho turismo alrededor de esta cuestión: las personas alimentan su espíritu ecológico visitando las reservas de Francia o de Alemania; o viajando a la Amazonia para tener la experiencia de conocer una selva virgen. Esta tendencia, como la conservacionista, tiene su lado positivo, pero también es muy limitada, porque la Ecología es válida solamente en los espacios que le están reservados.

Esta es la tendencia que está en la base de las políticas oficiales de gobiernos como el brasileño en el caso de las reservas indígenas. Son políticas que presuponen un concepto típicamente occidental, cartesiano, blanco, de la tierra, según el cual, la tierra es solamente una cuestión de geografía, de metros. Esta concepción no toma en cuenta que, para la visión indígena, la tierra no es un objeto que se ocupa y se explota, sino una prolongación del cuerpo.

Al perder sus tierras, se suicidan

Los indígenas necesitan de la tierra para su identidad. El espacio continuo de la tierra, el sentido de las vertientes de las aguas, de los frutos, de los ciclos biológicos de las semillas, de los vientos y las lluvias... Esa dimensión más compleja y global de la Ecología es fundamental para el indígena. Cuando se delimitan las reservas indígenas, se suele cortar el espacio que les resulta sagrado, donde están enterrados sus ancestros, donde la geografía está preñada de valor simbólico.

Nuestra cultura oficial no entiende que esa acción es vivida por los indígenas como una profunda agresión. Ese es el motivo principal del suicidio de los tupí guaraníes del Mato Grosso. Al perder sus tierras, se afectó su salud mental y corporal. Ya no logran realizar su gran mito cultural de que cada persona sea un héroe. Para ellos, el héroe no es el que realiza grandes hazañas, el que vence, el capitalista exitoso o el intelectual famoso. No, cada quien es un héroe en la medida en que consigue especializarse en su profesión, sea ésta hacer arcos o cestas, o sembrar yuca. La realización personal radica en la perfección de lo que se hace. Cuando esto se frustra por la invasión del blanco, por la obligación de aprender portugués, de olvidar la memoria de sus antepasados y no poder seguir realizando el ciclo de sus fiestas, que son la ritualización de su mundo en los tiempos cronológicos que les son significativos; cuando todo esto desaparece, desaparece el horizonte, el sentido de la vida, la razón de ser. Y como la muerte es el otro lado de la vida, al matarse no salen de ella, pero sí salen de la amargura, de la persecución, de la opresión a que los somete el hombre blanco.

Resulta ridículo el gobierno, que manda a un equipo de psicólogos freudianos para analizar la tipología del indio, cuando las neurosis son de los blancos, de la cultura blanca, que no tiene nada que ver con la indígena. Se trata de un caso de etnocentrismo, de la incapacidad de comprender al otro, de salir de lo propio al encuentro de la alteridad. Ese es el gran vicio de la cultura blanca hasta nuestros días, trátese de la cultura tecnológica, de la política o de la religiosa. Revela nuestra incapacidad de acoger al otro con su alteridad.

Este es un concepto no integrado, no holístico de la Ecología. Es necesario entender que todos los sistemas de seres vivos son sistemas en interdependencia. La tendencia ambientalista es propia de los europeos, refleja la actitud noratlántica de Europa, de los Estados Unidos y, en el fondo, encierra una aversión a las personas. "Abajo el ser humano". Los animales sí, el animal hombre no. Es una versión antihumanista que excluye al ser humano de esa totalidad. Al ser humano, que, cultural y éticamente, es el más preñado de sentido, pero que biológicamente está en pie de igualdad con los demás seres, de los cuales depende.

Ecología humana: valorar las culturas

Una tercera tendencia es la llamada Ecología humana, desarrollada en los años 40 por varios antropólogos norteamericanos y europeos. Representa un avance en relación con el conservacionismo y el ambientalismo, pues en lugar de considerar aisladamente al medio ambiente, su objeto es el ser humano inmerso en el medio. De ahí la importancia de definir cuál es el tipo de relación que el hombre establece con su ambiente; en qué medida el ser humano dialoga con la naturaleza; descubrir la singularidad de nuestro modo de relación con la naturaleza.

Hoy, nuestro modo de relación está plagado de agresividad, pues el ser humano se define no sólo como externo a la naturaleza, sino también como dueño de ella. Degrada a la naturaleza, se apropia de ella como de un inmenso baúl de recursos, de conformidad con su proyecto político, su perspectiva de bienestar y sus ansias.

La Ecología humana considera al hombre en su medio ambiente y también en su perspectiva cultural. Por ejemplo, Emilio Morán demuestra que la Amazonia no está totalmente deshabitada, como pregona el gobierno para, en función de eso, realizar allí inmensos proyectos inversionistas de naturaleza agrícola, industrial, hidroeléctrica, medicinal, de extracción de minerales. Los antropólogos, que conocen la cultura indígena, afirman que toda la selva amazónica está profusamente habitada por las culturas indígenas. Las fronteras existentes son biológicas y ecológicas, no geográficas. Cada tribu sabe hasta dónde puede o no puede ir. Si traspasa sus limites, tendrá guerra con el vecino. En su espacio, cada grupo elabora un tipo de cultura que es diferente para cada tribu. Cada cultura indígena es una inmensa síntesis del ambiente, sea en la elaboración de los mitos o en la de las obras de arte, en la dieta o, particularmente, en la visión del mundo.

Durante su visita al Brasil, el príncipe Carlos de Inglaterra, que es un gran especialista en Ecología, ya que ha realizado cursos especializados de Biología, Física cuántica y Antropología, indagó sobre las maneras de discutir con los yanomami, teniendo en cuenta que conocemos sólo unas 14 especies de yuca y ellos conocen 40 mil, conocimiento que han desarrollado durante centenares o, más exactamente, millares de años, porque la suya es una cultura que acumula 7 mil años de historia, de tradición ecológica y de hábitos culturales acumulados.

Analfabetos ante la sabiduría indígena

Nosotros poseemos un código alfabético con el cual leemos el mundo. Ellos lo leen por el código de las tradiciones, del conocimiento de la naturaleza, de su ciclo, de cada planta para qué sirve , de cada ruido, de cada viento, de cada movimiento de los animales o los árboles. Ellos saben descifrar ese código, en el cual somos absolutamente analfabetos.

Emilio Morán demuestra que toda la selva amazónica está habitada. Quien sabe leer la selva amazónica sabe reconocer dónde hubo agrupamientos humanos por el tipo de plantación, por el conglomerado de palmeras o de castaños de Brasil, debido a la sabia costumbre de los indígenas de hacer plantaciones ecológicamente adecuadas a esa naturaleza, pensando en las generaciones futuras. Cuando siembran millo o yuca y después emigran, no dejan el terreno abandonado, sino que plantan árboles frutales de distintos tamaños que puedan recibir cierta cantidad de luz que mantenga la vitalidad de las plantas. Se preocupan porque los árboles más altos den sombra a los más bajos para que no se quemen. Todos estos árboles frutales servirán a las futuras generaciones que en los próximos 60 u 80 años volverán a aquel lugar y, al pasar de nuevo por allí, tendrán qué comer.

Claude Levi Strauss, el gran antropólogo que estudió principalmente a los caribéus y que fundó el estructuralismo, fue profesor en Sao Paulo durante 15 años. Formó a toda una generación de sociólogos e historiadores brasileños. Pasaba sus vacaciones investigando las culturas indígenas brasileñas, con lo que reunió abundante material, que constituye la base de su teoría sobre el estructuralismo. En su más famoso libro, Tristes Trópicos, muestra cómo un gran científico francés, graduado de La Sorbona, se mete aquí, en el Tercer Mundo, y a medida en que va penetrando en las culturas ingenuas de la selva va sufriendo una profunda crisis existencial, porque se da cuenta de que aquellas culturas son antropológicamente mucho más sabias, mucho más ricas, que el salvajismo occidental, cartesiano, blanco, urbano, industrial, tecnológico. Y enfrentado a esta evidencia, tiene que tomar una decisión: o asumir totalmente su universo, sumergirse en su mundo, o decidirse por nuestra cultura, servir de puente entre el mundo indígena y la cultura blanca, traducir aquellos mitos e incentivar actitudes ecológicas de protección de esos indígenas como expresión de una humanidad posible.

Cada cultura es una visión del mundo

Levi Strauss opinaba que la comprensión filosófica de los bororos es mucho más compleja que la de la metafísica de Aristóteles. La visión del mundo de los bororos, con sus mitos, es mucho más rica que la mitología griega. Sin embargo, no tenemos interés en socializar esa experiencia de la humanidad, no sólo en lo que respecta a la cultura de los bororos, sino en lo tocante a otras culturas indígenas.

Es sumamente importante que preservemos esas culturas, porque pesa sobre ellas un decreto de muerte, expresado en la política de integración del gobierno brasileño, según la cual deben integrarse a nuestra cultura, aprender nuestro alfabeto, nuestra vida política, nuestra lengua. Esa política significa la muerte para los indígenas, porque los desenraiza de su larga historia y tradición, al obligarles a entrar en nuestro universo. En el año 1500 había en Brasil 7 millones de indígenas. Hoy, apenas alcanzan el número de 250 mil. Y cada una de sus lenguas encierra una interpretación del mundo, es un diccionario de la realidad. ¿Por qué fueron exterminados? Porque la confrontación con la cultura blanca es totalmente desigual.

La lucha por la preservación de las culturas indígenas es una lucha mística, espiritual. Aunque sepamos que van a ser derrotadas, exterminadas, por el carácter sumamente agresivo de la cultura blanca, vale la pena luchar por ellas, porque cada cultura revela la capacidad que tiene el ser humano de ser diferente, de organizar una nueva forma del misterio humano, de hacer una síntesis con todo lo que le rodea, de organizar su imaginario.

Por eso los hermanos Villas Boas, profundamente ecológicos, nos legaron aquella famosa sentencia: "Si queremos aprender cómo ser ricos, si queremos realizarnos económica y tecnológicamente en los términos de la cultura dominante, nada tenemos que aprender de los indígenas. Ahora bien, si queremos ser humanamente felices, saber cómo integrarnos con la naturaleza, cómo equilibrar las generaciones, los jóvenes y los viejos, los casados y los solteros, cómo combinar la vida y la muerte, cómo articular el trabajo con el ocio, cómo transformar el diálogo con la divinidad en algo más evidente, que pertenece a la respiración del ser humano, entonces escuchemos a las culturas indígenas, porque son sabias y tienen mucho que enseñarnos. Es importante que ellas existan para mostrar que no estamos condenados a ser lo que somos, que es posible ser radicalmente humanos, mucho más felices."

Los sueños lo explican todo

Hace algún tiempo participé en una reunión a la que asistieron varios indígenas, entre ellos Krenak, de la Unión de Naciones Indígenas. Asistió también un yanomami. Todos esperaban ansiosos oir al indio yanomami. Este sólo habló el último día y muy brevemente: "He pasado estos días aquí escuchando todo lo que ustedes han hablado. Me resultó difícil y todas las noches estuve atento para ver si soñaba. No soñé, así que vuelvo a mi tribu, voy a soñar, y cuando sueñe tendré algo que decir". Nos quedamos pasmados. ¿Qué era eso del sueño?

"Todo nuestro saber explicó , todas las canciones que recita el jefe indígena, las grandes fiestas, toda la sabiduría que le comunico a la tribu viene de un sueño. Los antepasados me lo explican todo y entonces yo lo digo. Mientras no viene el sueño nada puedo decir." Entonces, el yanomani nos contó dos sueños. "Hace unos dos meses soñé que allá en el fondo de nuestra tierra yanomami había materiales que si quedaban allí no eran peligrosos. Pero había máquinas enormes que estaban sacando aquel material, que irradiaba luz y mataba a todo a su alrededor. Y un anciano me dijo que dejara los materiales allá abajo, en el corazón de la tierra." El sueño del indígena mostraba su profunda intuición con respecto a la existencia de un proyecto de explotación de materiales radiactivos, especialmente uranio, en la región yanomami, a partir de su detección por un satélite norteamericano.

El otro sueño que nos contó fue el siguiente: "Años atrás soñé que había un hueco grande allá arriba, y que el Sol tiraba flechas y mataba a mucha gente aquí abajo. Y el gran anciano me dijo que tapara aquel hueco, porque iba a matar a mucha gente."
Meses después fueron descubiertos los agujeros de la capa de ozono. Esos mismos agujeros que les permiten a los rayos ultravioleta atacar la vida. El sabía de ellos antes de que la ciencia los hubiera descubierto. Los sabía por comunión con la naturaleza. Según un antropólogo, los indios saben de esas cosas porque están tan unidos al ciclo de la totalidad del universo que la razón de la realidad se combina con la razón humana con total naturalidad, intuición y comunión. Eso los hace ser portadores de una gran sabiduría. Y nosotros, en nuestra arrogancia, lo consideramos magia, tradiciones oscurantistas. Lo que poseen los indígenas son formas distintas de hacer una síntesis de su mundo, de ascender a lo real, de comprender la realidad.

No triunfan las especies más fuertes

La Ecología humana está atenta a la diversidad cultural, a esa riqueza. No somos rehenes de nuestro modelo, no estamos esclavizados por nuestro encuadramiento occidental y blanco, no estamos condenados a tener el tipo de ciencia que tenemos, el tipo de medicina miserable que tenemos, que es una inmensa maquinaria de hacer dinero con los enfermos, con las medicinas, con las infraestructuras hospitalarias. No sabemos cómo integrarnos a esa realidad en la cual la enfermedad es una desintegración de la sintonía con la totalidad. Por tanto, no hay órganos enfermos, sino existencia enferma.

La Ecología humana trata del desarrollo del ciclo cultural del ser humano, de las tecnologías naturalmente apropiadas. A cada ser humano según el ambiente en que vive. Esa es la visión de una Ecología humana que subsume en el medio ambiente a lo que, desde el comienzo, debía estar dentro de él: al ser humano. Cuando el ser humano se descubre dentro del mundo, se ve obligado a perder su arrogancia, su pretensión de ser la cima de la creación, de ser la culminación en la que desembocan todas las líneas de la evolución. La evolución tiene muchos caminos y el ser humano es uno de los seres biológicos, no la totalización del universo de la vida ni el destino de toda la vida.

En los seres vivos hay una simultaneidad en la cual cada uno de ellos posee una autonomía relativa y está relacionado con los demás. De cierta forma, cada uno de ellos es una culminación del universo, de las múltiples formas de vida que fueron avanzando, que fueron ascendiendo hasta llegar al día de hoy. Y, generalmente, la lógica de la vida no es la del más fuerte. La ley de Darwin, propuesta en su libro El Origen de las Especies, era ésa: que las especies más fuertes triunfan y las más débiles sucumben. Una visión más biológica, más ecológica, de la Tierra, no concuerda con este postulado. Triunfa el ser más relacionado, el más articulado. Generalmente el más frágil es el que necesita de los otros, el que es capaz de más flexibilidad. Los dinosaurios, que eran inmensos, sucumbieron porque eran muy grandes y fuertes, y no consiguieron adaptarse a las grandes transformaciones, en especial a las glaciaciones, que ocurren infaltablemente cada 60 mil años.

Por tanto, la ley ecológica fundamental es la de que el ser más capaz de relacionarse es el que sobrevive, el que lleva en sí el sentido de la creación. Un recién nacido al que se abandone a sí mismo no sobrevive ni dos días. Le resulta necesaria una larga juventud para poder formar su cerebro, sus neuronas, para poder incorporar hábitos culturales que le permitan sobrevivir. Nosotros, los seres humanos, no tenemos ningún órgano especializado en la defensa, a diferencia de los animales, cada uno de los cuales tiene el suyo, con el que ya nace. Nosotros no: necesitamos de la cultura para garantizar la sobrevivencia.

Ecología social: socios de la Naturaleza

En los años 70 surgió la Ecología social, expresión creada por los uruguayos y después mundialmente incorporada. Se trata de un producto latinoamericano que trasciende la Ecología humana. Parte de la idea de que el ser humano no cayó de las nubes ni fue arrojado al azar en la naturaleza. Está organizado en sociedad, es profundamente social. Nace en una microsociedad, que es la familia: el padre, la madre y el entorno familiar formado por los abuelos y tíos, y éstos no son sólo los humanos, sino también como en las culturas totémicas las plantas y los animales.

Un hecho que viene a demostrar esto ocurrió cuando Carl Gustav Jung visitó a los indios sioux, en los Estados Unidos, poseedores de una gran riqueza en integración ecológica, y que son conocidos por el famoso texto del jefe indígena Seattle en respuesta al presidente estadounidense cuando éste quiso comprarle sus tierras: "¿Cómo me propone una cosa tan absurda como comprarme tierras? ¿Quién es el dueño del viento? ¿Quién es el dueño de la lluvia? ¿Quién es el dueño de la savia de las plantas? ¿Quién puede comprar o vender el perfume de las plantas, los colores de las hojas? ¿Qué pueblo es ése que quiere comprar todo eso? Nadie es el dueño de esas cosas."

Jung pasó unas dos semanas con los sioux. No conseguía hacerse entender de los indios. Un día, cuando subía la escalera de una casita indígena, todo el mundo gritó: "¡Es un oso, es un oso!" Cuando lo vieron subiendo la escalera con torpeza, todo el mundo entendió. Hasta ese momento, Jung eran un animal no clasificado. Al identificarlo, establecieron el parentesco. Esa es otra forma de estar relacionado con la familia.

En Africa, el sentido tribal del parentesco no es el mismo que para nosotros. El hermano y la hermana son para los africanos los hermanos tribales. Son adoptados por la tribu. No tienen las relaciones de parentesco de sangre que tenemos nosotros. Es otra línea genealógica, en la que también están presentes los animales y las plantas. Es una relación mucho más abarcadora, que nos lleva a sentenciar de forma incluso peyorativa: "son animistas". Porque, para ellos, las plantas tienen alma y los árboles hablan.

¿Dónde se ha visto eso?, nos preguntamos. Somos nosotros los que hablamos, los que dominamos el lenguaje. La verdad es que los tontos somos nosotros, que no conseguimos entender el otro alfabeto. Somos analfabetos, víctimas de nuestro único alfabeto. No entendemos el discurso de las plantas, de los animales, de las piedras. Ellos lo entienden y, por eso, los incluyen dentro de su mundo, de su hábitat, con profundo respeto. Por eso, el nivel de agresión y de conflictos entre ellos está mucho más diluido, porque la sociedad está mucho más relacionada en términos simétricos, ecológicos, no sólo con el ambiente humano, sino también con el ambiente natural.

La sociedad humana se organiza, primeramente, en términos del acceso que ella establece con los bienes fundamentales que necesita para la producción y la reproducción. La dieta es una realidad profundamente ecológica. Cuando se viaja a China se suele quedar impresionado con la forma como los chinos comen poco de muchas cosas. Una comida común tiene diez, doce o quince platos. Un banquete, un poco más sofisticado, puede tener casi cuarenta platos. Se come poco de muchas cosas. Y los chinos saben para qué sirve cada alimento. De aquí que alimentarse no significa meramente matar el hambre, sino alimentar un principio de vida, una relación ecológica con la naturaleza.

Necesito al "otro" porque me complementa

La Ecología social aborda el tipo de relación que el ser humano establece con la naturaleza. Todas las culturas tildadas de ingenuas o autóctonas, que consideramos primitivas, son culturas de integración. Tienen una profunda relación mística, espiritual y viva con la naturaleza.

Nosotros tenemos categorías en la fe que pueden explicar esta relación: la presencia del espíritu de la vida dentro de la creación es una forma de respeto a la alteridad de las cosas. Las cosas existen por sí mismas, tienen valor en sí mismas, con independencia de su relación con el ser humano. De aquí que la primera actitud deba ser la de respeto a la diferencia. Y la segunda, la de la complementariedad.

Por proceder de la cultura de la identidad, en la que todo tenía que ser igual, todo tenía que pasar por la circuncisión blanca, todo tenía que volverse cultura blanca y europea, hicimos de nuestra cultura moderna una cultura de la diferencia: la mujer es diferente al hombre; el blanco, el negro, el indígena y la naturaleza son diferentes. Esta cultura se expandió por el mundo entero. Diseminamos la ciencia, la tecnología. Nuestra cultura dominó, le impuso su identidad a todo el mundo, desestructuró las culturas, las eliminó.

Avanzamos mucho al aceptar la diferencia, al aceptar al otro. Pero no basta con aceptar al otro. El otro no está ahí porque yo no consigo eliminarlo, sino porque lo necesito, porque él me complementa. Este es el discurso de la complementariedad. Porque juntos, en esta interrelación, vamos construyendo nuestra existencia. Y no sólo la complementariedad. Existe una reciprocidad, una apertura a todos los seres de la creación. Estamos ligados a la realidad por todos los lados: hacia adentro, hacia arriba, hacia abajo.

Un error: el "dominio" de la Naturaleza

Mientras más creemos una cultura de la complementariedad y de la reciprocidad, más reduciremos las tasas de inequidad social, y los conflictos producidos por la exclusión. Porque lo que causa los procesos de desgarramiento social son los procesos de exclusión. En la cultura de la exclusión, el sujeto excluye y monopoliza a los demás, se niega a ser enriquecido, a enriquecer al otro, se niega la reciprocidad y se mata simbólicamente al otro. Lo más frustrante para el ser humano es ser excluido. Afectivamente equivale a ser asesinado, a ser cortado. Ese es el sentimiento más desestructurador del ser humano. Porque el ser humano es el ser de la participación. Vivimos de la participación y todos los seres se tornan cómplices de nuestra existencia.

Todo se conjuga para que podamos respirar, comer, resistir, entendernos. Se trata de la conjugación de millares de factores, cuya fórmula no hay matemático que consiga descifrar. Se trata de una inmensa complicidad de todos los factores. Y quien piensa en los términos de una biología moderna se da cuenta de que la vida es fundamentalmente un juego de caracteres vivos que reaccionan a los ácidos y a los elementos químicos, y que nosotros somos fruto de eso, de los 90 mil millones de células que componen nuestro ser vivo, y de los 30 millones de neuronas que componen nuestro entendimiento, con comprensión, evaluación y sentimiento. Todo eso tiene que funcionar con exactitud milimétrica para que la existencia humana pueda ser una existencia equilibrada dentro de esa inmensa sinfonía universal. Si pensamos en todo eso, nos damos cuenta de que el ser humano está dentro de esa realidad no sólo como individuo, como persona, sino como grupo, como sociedad.

Las sociedades organizan su inserción en la totalidad del medio ambiente de mil formas. La nuestra es una forma trágica, porque el discurso que hemos desarrollado en los últimos cuatro siglos es el discurso de la violencia sobre la realidad. Como ya decía Descartes uno de los fundadores de ese pensamiento en El Discurso del Método: "Debemos tratar a la naturaleza como si fuese nuestra esclava, descifrar su lenguaje, acaparar su energía y someterla a nuestros pies como una esclava que nos sirve". O como afirmaba Francis Bacon, el inventor del método experimental en la ciencia: "Todo saber es poder, y poder es dominio de la naturaleza, de las fuerzas de la naturaleza, de las aguas, de los ríos, de la tempestades. Debemos dominar a la naturaleza, uncirla a nuestros deseos". Esta es la lógica que subyace en nuestro principio cultural.

¿Justicia social sin justicia ecológica?

Cuando hablamos de paradigmas nos estamos refiriendo a un conjunto de ideas, de proyectos, de sentimientos, de procesos culturales, de tecnología, de diálogo con la realidad. En nuestro paradigma la tónica dominante es siempre la violencia, el pillaje, la agresión a la naturaleza.

Cuando hablamos de Ecología social queremos decir que es imprescindible un mínimo de justicia ecológica para que exista la justicia social. Si maltrato a la naturaleza, si la agredo y la someto a pillaje es porque tengo estructuras sociales y mecanismos con los cuales agredo también a las clases sociales, a las razas diferentes, a las minorías. Con la misma lógica con que se agrede a la clase obrera se agrede también a la naturaleza.
La justicia social tiene que ir de la mano con la justicia ecológica. Hay que respetar el suelo. El incendio de las selvas devasta poblaciones de microorganismos que son fundamentales para la fertilidad del suelo. El suelo está vivo, como están vivas las montañas, que crecen y decrecen. Según la Mecánica cuántica, una montaña es una cristalización intensísima de energía. Vista en términos atómicos, es el extremo movimiento de los átomos, una densidad de energía que queda allí cristalizada.

En el fondo, se trata de la fórmula de Einstein sobre la reversibilidad materia/energía, masa/energía, según la cual un gramo de materia transformado en pura energía puede evaporar 28 mil millones de gramos de agua, lo que equivale a 24 millones de litros de agua. Un gramo de materia transformado en energía puede hacer ese portento. Estas no son categorías de la física clásica, que mide, pesa, ve los tamaños, sino de la física que ve los elementos atómicos y subatómicos, que afirma que, en realidad, no existe materia, o sea, que la materia existe tendencialmente. Según Einstein, la materia no es más que energía cristalizada. La materia/energía obtiene su equilibrio, lo que puede demorar millares o millones de años. El universo está compuesto de ese equilibrio materia/energía, de esa inmensa carga de energía que recorre su inmensidad.

Somos parte de cuatro grandes energías

La Ecología social trata de captar esas dimensiones, considerando que estamos en una sociedad que no se limita a la sociedad humana. La democracia debe ser una democracia cósmica. Las estrellas también son ciudadanas, el Sol y la Luna conviven con nosotros.

Las radiaciones que provienen del Universo son las cuatro grandes energías. La energía gravitacional: no sólo el Sol o los planetas vecinos, todo el Universo vive con la energía gravitacional. La energía electromagnética: los rayos que viajan, la luminosidad del Sol, de todas las estrellas, que alimentan el principio de la vida, atraviesan todo el Universo. Los neutrones no son atraídos por nada, sino que atraviesan la Tierra con la misma velocidad con que vienen del espacio cósmico y siguen su camino. Viajan a la velocidad de la luz. La energía nuclear fuerte: mantiene al núcleo con sus neutrones y sus protones internamente relacionados e impide su explosión. La energía nuclear débil: mantiene a los protones circulando alrededor del núcleo.

Esas son las cuatro grandes energías que componen todo el Universo. Nosotros estamos dentro de ellas, recorridos por ellas. Somos fruto de ellas. Cada ser humano, cada objeto de la naturaleza una piedra, las estrellas más distantes está ligado a nosotros y entre todos componemos esa sinfonía enorme de la energía.

Por una democracia cósmica

Cuando hablamos de Ecología social partimos de la sociedad humana y descubrimos la sociedad afuera. Si la convivencia humana es democrática en el sentido de que todos pueden participar, entonces participan hasta los seres del Universo. Puede ser que no tengamos conciencia de eso, pero la Ecología es una cultura de la conciencia de todas esas relaciones. Nosotros estamos aquí conversando y no sentimos la sangre que nos corre por las venas, no sentimos las neuronas, no sentimos nuestra estructura linfática. Sin embargo, todo está funcionando para que tengamos este momento de lucidez, de atención, de aprendizaje, de inserción en el Cosmos.

La Ecología social intenta captar eso y buscar el equilibrio, al tiempo que denuncia cómo el tipo de sociedad que organizamos bajo la hegemonía del capital es profundamente agresivo y causante de la quiebra de los ecosistemas. Comienza por quebrar el sistema de la familia humana, al distinguir entre quienes tienen y quienes no tienen capital, quienes tienen y quienes no tienen poder, quienes mandan y quienes obedecen, dividiendo a la sociedad en clases, y creando clases oprimidas, subalternas. Quiebra la ecología en el nivel humano y lleva esa misma estructura de ruptura al interior de la naturaleza. De ese modo quiebra todos los ecosistemas en su voracidad por realizar un proyecto de infelicidad, que consiste en tener una superabundancia cada vez mayor de bienes de consumo.

¿Qué tipo de sociedad hemos creado?

En cualquier shopping se puede verificar que el 99% de lo que allí se ofrece no es necesario para la vida humana, sino que se destina a satisfacer el mercado. El mercado es quien dicta lo que debe ser producido, consumido, lo que circula. No es la vida. La vida humana no tiene grandes requerimientos: el arroz, el frijol, el agua, un poco de carne, una aceptable relación humana. Pero el mercado, profundamente dispendioso, desperdicia las energías. Como decía Gandhi: "La Tierra puede satisfacer el hambre humana, porque es generosa, pero no puede satisfacer la voracidad humana".

Producimos un exceso de bienes, un inmenso cúmulo de basura. Lo que más nos impresiona a los latinoamericanos al llegar a los Estados Unidos es darnos cuenta en cualquier casa, en cualquier restaurante, de la cantidad de basura que se acumula. Los norteamericanos, que son apenas el 6% de la humanidad, consumen un tercio de toda la energía mundial. Y la cultura noratlántica, que reúne al 13% de los habitantes del planeta, consume, desperdicia, dos tercios de la energía mundial. Un niño que nace hoy en Europa consume 50 veces más que un africano. Por eso es bueno que la tasa de natalidad de Europa sea mínima, porque los europeos desequilibran el Universo.

Estos son problemas a los que se enfrenta hoy la Ecología. No se trata meramente de decir: "Las fuentes de energía se están acabando, no son renovables. Debemos utilizar las que la naturaleza renueva". Es preciso verificar hoy por hoy quién está acumulando el desequilibrio, dónde se está produciendo la mayor cantidad de basura. Es el Norte quien la produce. No somos nosotros. El Norte nos impone un tipo de tecnología, un tipo de desarrollo altamente disruptivo de las relaciones ecológicas, y nos exporta una tecnología sucia. Produce tecnología de punta, limpia, ecológica, y nos exporta la otra. Es por aquí que sepultan sus desechos atómicos. Los ingleses y los franceses se empeñan en olvidar dónde han sepultado ese plutonio que durante 128 mil años será un peligro horrendo para toda la Tierra si llegara a explotar algún día en los depósitos de concreto y plomo que ellos sumergieron en el Atlántico Sur.

La Ecología social comienza por analizar el tipo de sociedad que hemos creado, que para los pobres se traduce en una pésima calidad de la vida y para los ricos en infelicidad. Una sociedad con una cultura centrada en el individuo, que excluye al otro. Una cultura cuya riqueza está construida sobre la base de un sistema internacional extremadamente injusto y desigual.

Ecología mental: los ancestros olvidados

La Ecología mental, planteada por un sabio antropólogo norteamericano ya fallecido, Gregory Paterson, sustenta que la Ecología no es sólo un problema externo, de nuestra relación con la naturaleza, sino que está dentro de nosotros, ya que nuestra estructura sicológica no está compuesta sólo por la conciencia con sus conceptos y prejuicios. Esa estructura incluye también a todos nuestros ancestros, los millones y millones de años de experiencias acumuladas por la psique humana, que resultan responsables de muchos de nuestros sentimientos de agresión, exclusión y miedo.

Nuestros antepasados primates, prácticamente desaparecidos, eran herbívoros, vivían en las selvas como los simios y eran agredidos por animales mayores. Por eso tenían que defenderse, trepar a lo alto de las montañas y de los árboles y crear poblaciones de autodefensa con los más jóvenes. De ahí que muchos sueños ancestrales, pesadillas, miedos nuestros no son un resultado del complejo de Edipo ni de que nuestra madre nos suspendiera la lactancia materna en la infancia. Esa explicación resulta poco ecológica, es de corto aliento, considera que el ser humano comenzó a existir al ser concebido por su madre, olvida que su relación con el Universo lleva en sí millones de años.

Según la Ecología mental una buena parte de nuestra agresividad hacia la Naturaleza no procede sólo de la cultura de los últimos 400 años, durante los cuales hemos inventado la ciencia y la técnica como formas de enriquecimiento. Hoy en día la tecnología es la gran arma para someter a los pueblos. La debilidad del pueblo latinoamericano es que no tiene el control sobre el ciclo tecnológico, no produce saber. Para fabricar cualquier objeto tenemos que comprar los royalties, las patentes. La ciencia y la técnica son producto de la voluntad de dominación, y han activado las dimensiones del cerebro más vinculadas a la autodefensa y agresión.

Un gran biólogo francés que trabajó durante varios años con biólogos y antropólogos norteamericanos dice que en los últimos 150 años, con el proceso de urbanización y el crecimiento de la socialización, están comenzando a desarrollarse las dimensiones del cerebro humano de las neuronas , donde se elaboran la solidaridad, el control de la agresividad y la sociabilidad. Eso implica que, como somos seres ecológicos, estamos adaptándonos a una nueva situación humana. Al ser mucho mayor el crecimiento poblacional, el ser humano va adaptándose, lentamente, activando dimensiones que permanecían ocultas.

La gloria "ecológica" del socialismo

En mi opinión, la gran gloria del socialismo, por la cual no debe morir, es el intento de rescatar las energías ancestrales del ser humano que van en el sentido de la solidaridad, de la colaboración, de colocar en lugar preeminente lo social y lo colectivo y no lo individual. De rescatar no la afirmación de unos contra otros, sino de los unos junto a los otros. El socialismo es una tentativa de animar esa dimensión que está presente en el ser humano. No estamos condenados a ser lobos aunque exista en nosotros un lobo que los capitalistas han alimentado de manera descomunal. La voracidad capitalista desarrolla en nosotros todo lo que es agresividad. El sistema capitalista es profundamente agresivo y quien no está en el mercado no existe. El mercado tiene esa lógica, es excluyente.

La Ecología mental quiere demostrar que poseemos estructuras que nos conducen a una mayor solidaridad y a una mayor colaboración. En esa ecología global debemos recrear nuestra subjetividad, en contraposición con la subjetividad colectiva, creada por la maquinaria capitalista. En la discusión clásica, Marx nos habló en términos de ideología, lo que nos parece hoy demasiado logocéntrico y racionalista. Prefiero hablar de subjetividad colectiva creada tanto por el sistema capitalista como por el socialista o la Iglesia católica.

Esa subjetividad capitalista colectiva es una manera de sentirse capitalista, de relacionarse con los bienes privados, de comprar, de enamorar, de amar, de vivir, de organizar la familia, de hacer deportes. Es toda una manera de ser que el capitalista organiza y que tiene más que ver con los sentimientos humanos profundos que con las ideas.

En el capitalismo, las grandes "sacerdotisas" son Xuxas o Angélica, estrellas de los programas infantiles. Al danzar desde por la mañana hasta el mediodía en la pantalla de la TV están creando la subjetividad colectiva de los niños, vinculada a los productos comerciales. Están conquistando el imaginario infantil, su fantasía, y canalizándolo hacia el consumo. Trabajan todo el universo simbólico y nos conquistan para el sistema del capital. Este nos entra por los poros y no sólo por las ideas. Allí donde existe un modo de producción capitalista existe un modo de producción de ideas y sentimientos: un modo de producción de subjetividad capitalista. Es por eso que debemos atacar este sistema por todos los poros, negar todo lo que proponen así sea alternativo o exótico , negarnos a penetrar en la subjetividad que nos imponen.

Para el sistema capitalista ser pobre es una patología, una disfunción. El pobre es excluido. En el sistema del capital no existe salvación para el obrero. Y la clave para el mantenimiento de ese sistema es la creación de una anti ecología mental vinculada a él, con todo ese universo de valores, de sensibilidad, de subjetividad, que hace que nos sintamos dentro del sistema capitalista.

Lo masculino y lo femenino

La Ecología mental considera todas estas cuestiones. Debemos explorar profundamente nuestra ancestralidad. Y, como decía Jung, tenemos en nosotros a los demonios luminosos que nos ayudan, a los demonios tenebrosos y al gran anciano que nos habita y que es el sabio que acumula la experiencia ancestral de la humanidad, que fortifica la vida, la solidaridad, la capacidad de perdonar, de rehacer lo roto. Descrubrimos así que el Sol, la Luna, la naturaleza toda, no están fuera de nosotros, sino en nosotros, como valor, como brillo. Nos encantamos así con la naturaleza porque toda ella está en nosotros como arquetipo, como irradiación del "alma".

En esa Ecología mental tiene mucha importancia la relación masculino femenino, que es fundamentalmente ecológica. Lo masculino y lo femenino existen en cada persona como dimensiones de profundidad. Lo femenino se vincula al misterio de la vida y a la intuición. Lo masculino a la apertura al mundo, a la construcción de un proyecto, a la superación de obstáculos. Toda mujer tiene que desarrollar su dimensión masculina: ser valiente, tener su proyecto. Todo hombre tiene que tener su dimensión femenina, su atención a la vida, su veneración, la posibilidad de acoger lo misterioso, lo profundo, lo vital. Integrar esas dos dimensiones forma parte del equilibrio humano, para superar la extrema fragilidad que sobredimensiona lo femenino, así como la violencia patriarcal y la rigidez en las relaciones, sobredimensionadas por lo masculino. Tenemos que combinar la ternura con el vigor, con el proyecto humano.

La integración del ser humano con la naturaleza supone una armonización con ella y ser capaz de compasión, porque la tierra no está fuera de nosotros, sino dentro de cada uno, como la Gran Madre. Al agredir a la naturaleza estamos agrediendo arquetipos de nosotros mismos. Por eso, todo opresor se reprime a sí mismo. Para oprimir al otro, para reducir al otro a la condición de cosa, tiene que aplastar en sí mismo la dimensión de humanidad. Tiene que hacer como hacía el esclavista: no hablaba del esclavo como ser humano, sino como objeto, porque sólo un objeto puede maltratarse, venderse y comprarse.

Ecología radical: en relación con todo

Existe también la Ecología radical o Ecología holística, que intenta articular todas las tendencias anteriores, la ambiental, la mental, la social, y la conservacionista. Todas tienen su grano de verdad, de lo que se trata es de saber relacionarlas. El ser humano tiene esa cadena de significación, de valores, de conmociones, de conceptos, dentro de sí. La Ecología radical es una propuesta de lectura del mundo, es una nueva cosmología, una cosmovisión, una manera nueva de relacionarse el ser humano consigo mismo, con el otro, con la naturaleza, pero siempre con una relación incluyente y no excluyente, que considera los lazos, los sistemas, los tejidos.

El gran físico atómico austríaco Fritjof Capra, que participó en el Movimiento de la Juventud de 1968 y vivió un gran proceso espiritual en contacto con la mística del Oriente y del Occidente, escribió tres libros básicos: El Tao y la Física, El punto de mutación y La sabiduría del mundo. En este último cuenta cómo escribió los dos anteriores e intenta trabajar de forma ecológica, integrada, toda esa gama de conocimientos que proviene de la Física, de la Biología, de la Medicina, de la Psicología, de la Teología. Gran conocedor de la mística oriental y occidental, trata de vivir el nuevo paradigma ecológico, analiza esa cultura de la integración, de la inclusión, como condición de sobrevivencia y de garantía de una vida mínimamente humana para el ser humano.

En el último capítulo del libro, titulado Nueva visión de la realidad, habla de una concepción sistemática del universo, de un gran sistema interconectado de relaciones, donde todo está vinculado, autorregulado, donde todo es holístico y está dirigido por la capacidad del ser humano de asumir esa dimensión. Hoy en día todo depende del ser humano, porque éste ha desarrollado una maquinaria de muerte que puede desestructurar todas las cosas. Pero la ciencia y la tecnología, que pueden traer la muerte, también pueden traer el antídoto de la muerte. No es posible sustentar que acabemos con la ciencia y la técnica, tenemos que asumir el desafío de cambiarles el rumbo.

Debemos oír con la misma veneración al vendedor de la esquina que al sabio universitario, porque ambos son portadores de saber. Es por eso que el ser humano tiene dos orejas y una sola boca, para oir mucho más de lo que habla. La naturaleza muestra así que las estructuras del oido, de la digestión, de la asimilación, de la simbiosis, obedecen a la gran ley del Universo: la de la retribución y el intercambio.

Todo está relacionado vinculado con todas las cosas y en todos los puntos, porque ésa es la ley del Universo. Tenemos que redescubrir nuestro camino de vuelta, aquello que naturalmente somos.

No vivimos en un mundo que nos amenaza, sino en un mundo que es cómplice de nuestra vida. Debemos hacer una revolución para rescatar los eslabones perdidos que nos vinculan a la piedra del camino y al caracol que se arrastra penosamente, a las flores y a las estrellas más distantes. Tenemos que escuchar, captar, digerir y elaborar siempre una imagen, una cosmovisión, un tejido de la totalidad donde encajen todas las cosas. Nos enfermamos cuando perdemos esa totalidad. Estamos sanos cuando nos integramos a ella, sea a partir de la mística, del fútbol, de la religión, de la ciencia o de cualquier otra realidad desde la que construimos nuestra totalidad.

Ecología: espacio de lo sagrado

El ser humano no sólo está integrado al contexto global del Universo como eslabón de una corriente cósmica, sino que tiene una especificidad: puede trabajar sus relaciones con el Universo, su responsabilidad para con él, a partir de su subjetividad. Puede darle un sentido a toda la red de relaciones y desarrollar en sí mismo una experiencia más radical, con conciencia, autoimagen. Y puede también elaborar una experiencia del misterio que todo lo recorre al que nosotros, los religiosos, llamamos Dios.

La realidad de la Ecología constituye hoy por hoy uno de los campos privilegiados de la renovación espiritual del ser humano y un lugar privilegiado de la experiencia de Dios, tal vez una experiencia más global y sintetizadora de las experiencias históricas realizadas por las culturas, que hoy en día se aproximan, intercambian perspectivas y elementos. El resultado de todo esto es el enriquecimiento de nuestra experiencia humana.

Actualmente la religión no se elabora sólo en sus lugares sagrados, sino que es un dato de la antropología, del ser humano, de su profundidad, de la definición del destino y del propósito último de su vida. Hoy estamos asistiendo a un retorno de la religión a nivel mundial, a partir de los hijos de la modernidad atea, agnóstica, crítica. A partir de los hijos de Freud, de Marx, de Marcuse, de los hijos del estructuralismo, que son los que hoy sirven de vehículo a la religión en nombre de la radicalidad de la experiencia humana.

Este hecho es tanto más sorprendente cuanto que contradice totalmente los pronósticos de la racionalidad que era considerada más segura, más irrefutable. En nombre de la ciencia exorcizamos al mundo y éste se puso a disposición de los seres humanos; exorcizamos la magia y se instauró el discurso de la sensatez, de la racionalidad. Hoy se produce un regreso de lo religioso, no a través de las iglesias, de las religiones, sino en ocasiones incluso contra ellas, porque se hicieron rígidas y sus estructuras se volvieron muy pesadas, sus doctrinas se tornaron muy dogmáticas, y el ser humano dejó de sentirse definido en su identidad dentro de las instituciones, al tiempo que busca la espiritualidad, procura a Dios. Todos esos hombres dan testimonio de lo que afirma Job al final de su libro, en el capítulo 34: "Hasta ahora sólo de oídas te conocía, pero ahora te veo con mis propios ojos". Ese es el discurso actual. Se desea hablar de Dios a partir de la experiencia de Dios, se testimonia esa experiencia a contrapelo del cientificismo, de lo que dice la ciencia, de lo que la sensatez académica acogió en un discurso precioso, lleno de sentido, de significación, de soluciones a las crisis existenciales y culturales.

En lo más profundo del ser humano

Se puede afirmar que la religión es mucho más profunda que las instituciones religiosas, y que la Iglesia no es la propietaria del cristianismo, que ella no detenta el monopolio de la experiencia religiosa. La experiencia religiosa cristiana se da en la profundidad del ser humano. La persona sirve de vehículo a esa experiencia y la articula: el ser humano es el lugar del encuentro con Dios. Lo sagrado no está en el altar, en la hostia consagrada. Lo sagrado está en lo más profundo del ser humano. Las instituciones que se organizan alrededor de lo sagrado tienen la función de realimentar lo sagrado, de activarlo, de preservarlo y comentarlo. Si actualmente existe un exceso de agresión y violencia contra los derechos humanos a nivel mundial es porque lo sagrado está siendo violado, porque no tiene el vigor suficiente como para establecerle límites a un poder abusivo, que asesina niños, que atropella a clases enteras, que elimina etnias como las indígenas. Lo sagrado no aflora, pero sin duda constituye la profundidad del ser humano.

Debemos redefinir lo sagrado, y tenemos que preguntarnos hasta qué punto nuestras iglesias ayudan al ser humano. Lo que salva no es la doctrina sobre Jesús. Es Jesús quien salva, y eso está siendo vivido como una gran experiencia: el marco mayor de esa experiencia es la articulación ecológica. Se trata, hablando en términos teológicos, de la Ecología como el gran lugar del advenimiento de Dios. La Ecología es un espacio fundamentalmente integrador de las experiencias humanas, integrador de la gran ruta histórica de nuestro planeta y de la gran ruta histórica del Universo.

¿Quién hizo todo esto?

Lo que en la conciencia de la humanidad está en juego cada vez más no es sólo nuestro planeta, sino el sistema solar, el sistema cósmico, porque somos seres cósmicos. A medida que ingresan en esa nueva cosmología, en esa nueva visión del mundo, las personas van adquiriendo esa conciencia. Estamos hechos de compuestos de energías universales, algunas de las cuales son más viejas que la Tierra y el Sol, pero que cristalizaron aquí en un determinado momento. Tenemos 15 mil millones de años, porque somos producto de la inmensa explosión inicial, a la que siguió el proceso de expansión que distendió la realidad primitiva y constituyó el Universo de las cosas. Sigue en pie un misterio que no lo es a la luz de la fe: ¿quién hizo que existiera aquel núcleo primitivo de energía y de materia?

La ciencia investiga el cosmos, pero carece de condiciones para responder de dónde vino todo eso, porque no tiene instrumentos para conocer lo que existía. No existe el tiempo antes del tiempo. Y lo mismo se puede afirmar de la razón. Las razones comienzan con la razón, pero la razón misma no tiene razón, sino que está ahí. Las razones vienen después. Es como el ojo, que ve todas las cosas, pero no se ve a sí mismo. De la misma manera, la realidad primitiva que le da origen a todo constituye una gran interrogación. Todas las religiones, entre ellas la cristiana, lo afirman: En el principio, Dios creó el cielo y la Tierra. Dios está presente. Dios los creó.

A medida que avanzamos en la discusión ontológica aparecen cada vez más cuestiones religiosas. Es por eso que al final de sus discursos, todos los grandes físicos, astrofísicos, biólogos hacen una reflexión ética, una reflexión religiosa. ¿En qué consiste nuestra responsabilidad ante todo lo existente, y cuál es el denominador común de esa inmensa variedad de manifestaciones, de seres, de vida, de movimientos, de energías? ¿Cuál es el denominador común sobre lo que todo ello reposa?

En los diversos encuentros de grupos ecológicos en los que he podido participar, tanto en Brasil como en el extranjero, se terminaba siempre por abordar las cuestiones espirituales, teológicas, y donde se producía más consenso, curiosidad e interés era exactamente en torno a esas discusiones. Y ello por una razón muy simple: en nuestra cultura existen sólo dos discursos que abordan la globalidad, la universalidad: el discurso de la filosofía y el de la religión. La filosofía intenta captar toda la realidad como algo orgánico y hace el discurso del ser; la religión hace el discurso del sentido, del sentido global, último, de las cosas. Ambos son discursos de la universalización.

Ningún ser humano descansa en su búsqueda hasta que no le da respuesta a la totalidad. El ser humano no habita en un fragmento, sino en la dimensión de la totalidad. La tradición teológica dice que el ser humano es el ser de la trascendencia. El ser humano rompe todos los limites, viola las barreras, no acepta ningún tabú, porque la transgresión le resulta propia. En la transgresión reside nuestra humanización. Un discurso de ese tipo puede irritar a muchos, pero expresa la realidad: el ser humano siempre quiere ir más allá de lo que le es dado. Es por eso que en el discurso religioso se habla de la sed de infinito del ser humano, de su vocación de comunión con Dios. Un discurso de nuestra cultura, proveniente del psicoanálisis, de la psicología, habla en forma precisa de la singularidad del ser humano: se trata del ser que siempre se está haciendo. Sea hombre o mujer, está habitado por un deseo infinito, estructuralmente insaciable, insatisfecho, y protesta siempre, porque su sed trasciende lo que el mundo le puede dar.

Queremos un Dios mayor que el mundo

Esta realidad nos coloca ante una pregunta: ¿Cuál es el sentido de esa angustia humana? ¿Estará llamado el ser humano a permanecer en esa angustia, en esa interrogación abierta, o es así porque existe un polo que lo atrae, que lo llama, con el que sintoniza, y en el cual, en tanto no repose, seguirá presa de una eterna inquietud? Al interior de esa experiencia tiene sentido hablar de Dios.

Si queremos entender el discurso ecológico debemos entender el discurso de las relaciones. En el Universo todo está entrelazado. Pero, ¿quién sustenta, quién unifica todo eso como un denominador común?

Es a esa realidad a la que llamamos Dios. Dios es eso. Es el otro lado de esa totalidad, una presencia en esa totalidad que, al mismo tiempo, la desborda por todos los costados, porque por grande que sea el mundo no queremos un Dios del tamaño del mundo: sería demasiado pequeño. Queremos un Dios mayor que el mundo.

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