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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 178 | Enero 1997
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América Latina

Jesuitas: por la vida y contra el neoliberalismo

Al concluir 1996, los Jesuitas de América Latina, reunidos en México, elaboraron una carta y un Documento de Trabajo. En ellos denuncian, con lucidez y firmeza, la ideología y la economía neoliberal. Y, con pasión y compasión, ratifican su apuesta por una sociedad en la que quepan todos.

Provinciales de la Compañía de Jesús en América Latina y el Caribe

Queridos compañeros: Nosotros, superiores provinciales de la compañía de Jesús en América Latina y El Caribe, siguiendo el llamado de la Congregación General 34 a profundizar nuestra misión fe justicia, queremos compartir con todos los que participan de la misión apostólica de la Compañía de Jesús en el continente y todas aquellas personas preocupadas y comprometidas con la suerte de nuestro pueblo, especialmente los más pobres, algunas reflexiones sobre el llamado neoliberalismo en nuestros países.

Nos resistimos a aceptar tranquilamente que las medidas económicas aplicadas en los últimos años en todos los países latinoamericanos y el Caribe, sean la única manera posible de orientar la economía y que el empobrecimiento de millones de latinoamericanos sea un costo irremediable de un futuro crecimiento. Detrás de estas medidas económicas existe una estrategia política, subyace una concepción de la persona humana y una cultura que es necesario discernir desde nuestros propios modelos de la sociedad a la que aspiramos y por la cual trabajamos, al lado de tantos hombres y mujeres movidos por la esperanza de vivir y dejar a las futuras generaciones una sociedad más justa y humana.

Las consideraciones presentadas no pretenden ser el análisis científico de un asunto complejo que requiere investigación desde muchas disciplinas. Son solamente reflexiones que encontramos pertinentes sobre las consecuencias y criterios del neoliberalismo; y características de la sociedad que anhelamos. Nuestra preocupación principal, al compartir estas reflexiones, es de orden ético y religioso. Los comportamientos económicos y políticos a los que nos referimos reflejan en el ámbito de lo público los límites y contravalores de una cultura fundada en una concepción de la persona y la sociedad humana ajena al ideal cristiano.

La sociedad de la que somos parte

En el umbral del siglo XXI las comunicaciones nos unen estrechamente, la tecnología nos da nuevas posibilidades de conocimiento y creatividad, y los mercados penetran todos los espacios sociales. En contraste con la década pasada, la economía de la mayoría de nuestros países ha vuelto a crecer.

Este auge material, que podría abrir esperanzas para todos, deja sin embargo a multitudes en la pobreza, sin posibilidad de participar en la construcción del destino común, amenaza la identidad cultural, y destruye los recursos naturales. Calculamos que en Latinoamérica y el Caribe por lo menos 180 millones de personas viven en la pobreza y 80 millones sobreviven en la miseria.

Las dinámicas económicas que producen estos efectos perversos tienden a transformarse en ideologías y a absolutizar ciertos conceptos. El mercado, por ejemplo, de un instrumento útil y hasta necesario para elevar y mejorar la oferta y reducir los precios, pasa a ser el medio, el método y el fin que gobierna las relaciones de los seres humanos.

Para lograrlo, se generalizan en el Continente las medidas conocidas como neoliberales:

-Ponen el crecimiento económico y no la plenitud de todos los hombres y mujeres en armonía con la creación como razón de ser de la economía.

-Restringen la intervención del Estado hasta despojarlo de responsabilidad por los bienes mínimos que se merece todo ciudadano por ser persona.

-Eliminan los programas generales de creación de oportunidades para todos y los sustituyen por apoyos ocasionales a grupos focalizados.

-Privatizan empresas con el criterio de que en todos los casos el Estado es mal administrador.

-Abren sin restricciones las fronteras a mercancías, capitales y flujos financieros y dejan sin suficiente protección a los productores más pequeños y débiles.

-Hacen silencio sobre el problema de la deuda externa, cuyo pago obliga a recortar drásticamente la inversión social.

-Subordinan la complejidad de la hacienda pública al ajuste de las variables macroeconómicas: presupuesto fiscal equilibrado, reducción de la inflación y balanza de pagos estable; como si de allí se siguiera todo bien común y no se generaran nuevos problemas para la población que tienen que ser atendidos simultáneamente.

-Insisten en que estos ajustes producirán un crecimiento que, cuando sea voluminoso, elevará los niveles de ingreso y resolverá por rebalse la situación de los desfavorecidos.

-Para incentivar la inversión privada, eliminan los obstáculos que podrían imponer las legislaciones que protegen a los obreros.

-Liberan a grupos poderosos de impuestos y de las obligaciones con el medio ambiente, y los protegen para acelerar el proceso de industrialización, y así provocan una concentración todavía mayor de la riqueza y el poder económico.

-Ponen la actividad política al servicio de esta política económica, con lo que caen en la paradoja de quitar todas las trabas al libre ejercicio del mercado, y al mismo tiempo imponen controles políticos y sociales, por ejemplo a la libre contratación de mano de obra, para garantizar la hegemonía del mercado libre.

Debemos reconocer que estas medidas de ajuste han tenido también aportes positivos. Cabe señalar la contribución de los mecanismos de mercado para elevar la oferta de bienes de mejor calidad y precios. La reducción de la inflación en todo el continente. El quitar a los gobiernos tareas que no les competen para darles oportunidad de dedicarse, si quieren, al bien común. La conciencia generalizada de austeridad fiscal que utiliza mejor los recursos públicos. Y el avance de las relaciones comerciales entre nuestras naciones.

Pero estos elementos están lejos de compensar los inmensos desequilibrios y perturbaciones que causa el neoliberalismo en términos de concentración de los ingresos, la riqueza y la propiedad de la tierra; multiplicación de masas urbanas sin trabajo o que subsisten en empleos inestables y poco productivos; quiebra de miles de pequeñas y medianas empresas; destrucción y desplazamiento forzado de poblaciones indígenas y campesinas; expansión del narcotráfico basado en sectores rurales cuyos productos tradicionales quedan fuera de competencia; desaparición de la seguridad alimentaria; aumento de la criminalidad provocada no pocas veces por el hambre; desestabilización de las economías nacionales por los flujos libres de la especulación internacional; desajustes en comunidades locales por proyectos de empresas multinacionales que prescinden de los pobladores.

En consecuencia, al lado de un crecimiento económico moderado, aumenta en casi todos nuestros países el malestar social que se expresa en protestas ciudadanas y huelgas. Vuelve a tomar fuerza en algunos lugares la lucha armada, que nada soluciona. Aumenta el rechazo a la orientación económica general que, lejos de mejorar el bien común, profundiza las causas tradicionales del descontento popular: la desigualdad, la miseria y la corrupción.

La concepción del ser humano

Detrás de la racionalidad económica que suele llamarse neoliberal hay una concepción del ser humano que delimita la grandeza del hombre y la mujer a la capacidad de generar ingresos monetarios. Exacerba el individualismo y la carrera por ganar y poseer, y lleva fácilmente a atentar contra la integridad de la creación. En muchos casos desata la codicia, la corrupción y la violencia. Y, al generalizarse en los grupos sociales, destruye radicalmente la comunidad.

Se impone así un orden de valores donde priva la libertad individual para acceder al consumo de satisfacciones y placeres; que legitima, entre otras cosas, la droga y el erotismo sin restricciones. Una libertad que rechaza cualquier interferencia del Estado en la iniciativa privada, se opone a planes sociales, desconoce la virtud de la solidaridad y sólo acepta las leyes del mercado.

Por el proceso de globalización de la economía, esta manera de comprender al hombre y la mujer penetra nuestros países con contenidos simbólicos de gran capacidad de seducción. Gracias al dominio sobre los medios de comunicación de masas, rompe las raíces de identidad de culturas locales que no tienen poder para comunicar su mensaje.

Comúnmente, los dirigentes de nuestra sociedades, articulados a estos movimimentos de globalización y embebidos en la aceptación indiscriminada de las razones del mercado, viven como extranjeros en sus propios países. Sin dialogar con el pueblo, lo consideran obstáculo y peligro para sus intereses, y no como hermano, compañero o socio.

De manera más general, esta concepción considera normal que nazcan y mueran en la miseria millones de hombres y mujeres del continente, incapaces de generar ingresos para comprar una calidad de vida más humana. Por eso, los gobiernos y las sociedades no experimentan el escándalo frente al hambre y la incertidumbre de multitudes desesperanzadas y perplejas ante los excesos de los que usan, sin pensar en los demás, los recursos de la sociedad y de la naturaleza.

La sociedad que queremos

Gracias a Dios, hay iniciativas de transformación que insinúan el surgimiento de un mundo nuevo desde diversos grupos culturales, etnias, generaciones, género y sectores sociales.

Animados por estos esfuerzos queremos ayudar a construir una realidad más cercana al Reino de justicia, solidaridad y fraternidad del Evangelio, donde la vida con dignidad sea posible para todos los hombres y mujeres.

Una sociedad donde toda persona pueda acceder a los bienes y servicios que se merece por haber sido llamada a compartir este camino común hacia Dios. No reclamamos la sociedad de bienestar, de las satisfacciones materiales ilimitadas, sino una sociedad justa, donde nadie quede excluido del trabajo y del acceso a bienes fundamentales para la realización personal como la educación, la nutrición, la salud, el hogar y la seguridad.

Queremos una sociedad donde todos y todas podamos vivir en familia y mirar al futuro con ilusión, compartir la naturaleza y legar sus maravillas a las generaciones que nos sucederán.

Una sociedad atenta a las tradiciones culturales que dieron identidad a los pueblos indígenas; a los pobladores que llegaron de otra parte, a los afroamericanos y mestizos.

Una sociedad sensible a los débiles, a los marginados, a quienes han sufrido los impactos de procesos socioeconómicos que no ponen al ser humano en el primer lugar. Una sociedad democrática, construida participativamente, donde la actividad política sea la opción de los que quieren entregarse al servicio de los intereses generales que importan a todos.

Somos conscientes de que alcanzar este tipo de sociedad tiene un precio elevado, por los cambios de actitudes, hábitos y valoraciones que exige. Nos reta a hacer nuestros aquellos elementos positivos de la modernidad, como el trabajo, la organización, la eficiencia, sin los cuales no podemos construir esa sociedad que soñamos. Queremos finalmente contribuir a la construcción de una comunidad latinoamericana entre nuestros pueblos.

Tareas que tenemos

Tenemos delante una tarea enorme para realizar en distintos campos:

* Emprender al lado de muchos otros, a partir de nuestras universidades y centros de estudio, investigación y promoción, un esfuerzo intelectual de gran envergadura en ciencias sociales, teología y filosofía, para conocer el neoliberalismo, explicar su racionalidad profunda y sus efectos sobre el ser humano y la naturaleza.

* Sopesar en el discernimiento las líneas de acción que se sigan del análisis, y tomar las opciones pertinentes.

* Este conocimiento y estas decisiones deben llevarnos a:

* Acompañar el camino de las víctimas, desde comunidades de solidaridad. Para proteger los derechos de los excluidos, y emprender con ellos, en el diálogo con los sectores que controlan las decisiones, la construcción de la más inclusiva o incluyente de las sociedades posibles.

* Fortalecer las tradiciones culturales y espirituales de nuestros pueblos para que se sitúen, desde su propia identidad, en el espacio de las relaciones globalizadas, sin menoscabo de su riqueza simbólica y su espíritu comunitario.

* Incorporar en el trabajo educativo, que hacemos con muchos otros, el orden de valores necesarios para formar personas capaces de preservar la primacía del ser humano en el mundo que compartimos.

* Dar a los alumnos la preparación requerida para entender y trabajar en la transformación de esta realidad.

* Resistir particularmente a la sociedad de consumo y su ideología de la felicidad basada en la compra sin límite de satisfacciones materiales.

* Comunicar por todos los medios los resultados del análisis sobre el neoliberalismo, los valores que deben ser preservados y promovidos y las alternativas posibles.

* Proponer soluciones viables en los espacios donde se toman las decisiones globales y macroeconómicas.

* Trabajaremos por fortalecer el valor de la gratuidad, en un mundo donde todo se exige por un precio; por estimular el sentido de la vida sobria y la belleza simple; por favorecer el silencio interior y la búsqueda espiritual y por vigorizar la libertad responsable que incorpora decididamente la práctica de la solidaridad, desde la espiritualidad de san Ignacio de Loyola, comprometida en la transformación del corazón humano.

Para hacer creíble nuestro empeño, y para mostrar nuestra solidaridad con los excluidos del continente y evidenciar nuestra distancia del consumismo, procuraremos no solamente la austeridad personal, sino también que nuestras obras e instituciones eviten todo tipo de ostentación y empleen medios coherentes con nuestra pobreza. En su política de inversiones y de consumo no deberán apoyar a empresas que notoriamente infrinjan los derechos humanos y vulneren la ecología. Queremos así reafirmar la opción radical de fe que nos llevó a responder el llamado de Dios en el seguimiento de Jesús en pobreza, para ser más eficaces y libres en la búsqueda de la justicia.

Buscaremos con muchos otros una comunidad nacional y latinoamericana solidaria, donde la ciencia, la tecnología y los mercados estén al servicio de todas las personas de nuestros pueblos. Donde el compromiso con los pobres ponga en evidencia que el trabajo por la plenitud de todos los hombres y mujeres, sin exclusiones, sea nuestra contribución, modesta y seria, a la mayor gloria de Dios en la historia y en la creación.

Esperamos que estas reflexiones animen los esfuerzos por mejorar nuestro servicio a los Pueblos latinoamericanos. Pedimos a Nuestra Señora de Guadalupe, Patrona de América Latina, bendiga a nuestros pueblos e interceda para que obtengamos abundante gracia para realizar nuestra misión.

Ciudad de México, 14 de noviembre de 1996

Fernand Azevedo (Brasil Septentrional), Carlos Cardó (Perú), José Adán Cuadra (Centroamérica), Benjamín González Buelta (República Dominicana), Juan Díaz Martínez (Chile), Mariano García Díaz (Paraguay), Ignacio García Mata (Argentina), José Adolfo González (Colombia), Mario López Barrio (México), Jorge Machín (Cuba); Allan Mendoza (Ecuador), Emilio M. Moreira (Bahía), Fernando Picó (Puerto Rico), Armando Raffo (Uruguay), Marcos Recolons (Bolivia), Joao Claudio Rhoden (Brasil Meridional); Francisco Ivern Simó (Brasil Central), Arturo Sosa A. (Venezuela).


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La Carta se acompaña de un Documento de Trabajo con Aportes para una Reflexión en Común Seleccionamos los fragmentos fundamentales.

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Una aproximación conceptual al neoliberalismo

(...) El neoliberalismo, tal como se entiende en América Latina, es una concepción radical del capitalismo que tiende a absolutizar el mercado hasta convertirlo en el medio, el método y el fin de todo el comportamiento humano inteligente y racional. Según esta concepción, están subordinados al mercado la vida de las personas, el comportamiento de las sociedades y la política de los gobiernos. Este mercado absoluto no acepta regulación en ningún campo. Es libre, sin restricciones financieras, laborales, tecnológicas o administrativas.

Esta manera de pensar y de actuar tiende a hacer una totalidad ideológica de la teoría económica de algunos de los economistas más brillantes del capitalismo moderno, que crearon el pensamiento neoclásico. Pensadores que no pretendieron reducir el comportamiento del hombre y de las sociedades a los elementos que ellos plantearon para explicar una parte de las relaciones y de la compleja vida de las personas y las comunidades.

Por tanto, el neoliberalismo no es igual a la economía que reconoce la importancia del mercado de todos los bienes y servicios sin absolutizarlo, ni es igual a la democracia liberal. Oponerse al neolilberalismo no significa estar en contra de la utilización eficiente de los recursos de que dispone la sociedad, no significa delimitar la libertad individual, no significa apoyar el socialismo de Estado.

Oponerse al neoliberalismo significa más bien afirmar que no hay instituciones absolutas para explicar o para conducir la historia humana. Que el hombre y la mujer son irreductibles al mercado, al Estado o a cualquier otro poder o institución que quiera imponerse como totalizante. Significa proteger la libertad humana afirmando que Dios es absoluto y que su mandamiento es el amor que socialmente se expresa en justicia y solidaridad.Y significa denunciar las ideologías totalitarias, porque cuando éstas se han impuesto, el resultado ha sido la injusticia, la exclusión y la violencia.

Un aporte sobre la concepción del ser humano subyacente al neoliberalismo

La Congregación General 34 nos invita a actuar ante el hecho de que la injusticia estructural del mundo tiene sus raíces en el sistema de valores de una cultura moderna que está teniendo impacto mundial. Este impacto llega a nuestros países a través de la tecnología y los sistemas financieros internacionales.

Este impacto cultural, al radicalizarse por el neoliberalismo, tiende a valorar al ser humano únicamente por la capacidad de generar ingresos y tener éxito en los mercados. Con este contenido reduccionista penetra a los dirigentes de nuestros países y atraviesa la clase media y llega hasta los últimos reductos de las comunidades populares, indígenas y campesinas, destruyendo la solidaridad y desatando la violencia.

Nos encontramos así ante un sistema de valores profundo, porque toca el corazón humano, y envolvente, porque impone sus mensajes convincentes, que atraviesan la vida social e institucional de América Latina.

La absolutización del mercado llega a plantearse aun con connotaciones religiosas. Al decir que el mercado es correcto y justo lo convertimos moralmente en legitimador de actividades cuestionables. Hacemos que desde el mercado se defina el sentido de la vida y la realización humana.

Este sistema de valores se presenta en símbolos ambiguos con gran capacidad de seducción y, gracias a su dominio sobre los medios de comunicación masivos, afecta fácilmente las tradiciones locales, no preparadas para establecer un diálogo que enriquezca a todas las partes y preserve la identidad y la libertad de hondas tradiciones humanas que no tienen poder en los mercados para comunicar sus mensajes.

No se nos escapan los elementos positivos de la movilización internacional llevada a cabo por las transformaciones tecnológicas, que han permitido disminuir las enfermedades, facilitar las comunicaciones, acrecentar el tiempo disponible para el ocio y la vida interior, hacer más cómoda la vida en los hogares. Pero igualmente vemos los aspectos de estos procesos, que disminuyen al hombre y la mujer, particularmente en el contexto de la radicalización neoliberal, porque pretendiéndolo o no desatan la carrera por poseer y consumir, exacerban el individualismo y la competencia, llevan al olvido de la comunidad y producen la destrucción de la integridad de la creación. (...)

Problemas de pobreza estructural que el neoliberalismo ahonda

El neoliberalismo surge al interior de la cultura moderna y, sin necesariamente pretenderlo, produce efectos estructurales que generan pobreza y que ya han estado actuando desde mucho antes del auge neoliberal en la década de los 80. Estos factores son, entre otros, la inequidad o injusticia en la distribución del ingreso y la riqueza, la precariedad del capital social y la desigualdad o la exclusión en las relaciones de intercambio.

* La mala distribución de la riqueza y del ingreso

La inequidad económica o desigualdad social no permite a casi la mitad de los habitantes de Latinoamérica y el Caribe alcanzar las condiciones materiales necesarias para vivir con dignidad y alcanzar el ejercicio efectivo de sus derechos.

El neoliberalismo, hoy día, al oponerse a la intervención redistributiva del Estado, perpetúa la desigualdad socioeconómica tradicional y la acrecienta. El neoliberalismo introduce el criterio de que solamente el mercado posee la virtud de asignar eficientemente los recursos y fijar a los diversos actores sociales los niveles de ingresos. Se abandonan así los esfuerzos por alcanzar la justicia social mediante una estructura progresiva de impuestos y una asignación del gasto público que privilegie a los más desfavorecidos; y se dejan de lado intentos por la democratización de la propiedad accionaria o la reforma agraria integral.

* La precariedad del capital social

Se entiende por capital social el acumulado de la riqueza humana, natural, de infraestructura y de instituciones que tiene una sociedad. Capital social es, por tanto, la cultura, el conocimiento, la educación, los recursos naturales, las vías y comunicaciones que ofrece una nación a sus habitantes. Este capital se configura paulatinamente con aquellas inversiones privadas y estatales que elevan las potencialidades y la creatividad de todos los hombres y mujeres de un pueblo. El capital social se fundamenta sobre todo en la participación de la sociedad civil y del Estado en la expansión de las oportunidades.

Al mirar el capital social en nuestros países se encuentra que la oferta educativa es escasa y de baja calidad para más de la mitad de los pobladores de América Latina y el Caribe. La inversión en ciencia y tecnología es marginal en la gran mayoría de los presupuestos. Las condiciones de salud son malas. Hay un inmenso vacío de infraestructura de vías para las zonas de economía campesina, y de infraestructura para la mayoría de los hogares pobres urbanos o rurales. Avanza la destrucción de la riqueza natural y, al ponerse en marcha procesos de descentralización administrativa en todos los países, se evidencia una gran fragilidad en las instituciones locales, particularmente en los pueblos pobres.

Podría decirse que desde siempre los pobres en América Latina han vivido este vacío de capital social, pero esta falla se ha agravado con las políticas neoliberales, por la retirada del Estado en favor de la iniciativa privada, por la disminución del gasto público, por el abandono del apoyo al patrimonio natural y cultural y a las organizaciones de la gente.

* Los mercados sin control social

Como expresión histórica de la necesidad de los seres humanos de apoyarnos unos en otros para poder darnos posibilidades de realización presente y futura, el mercado no es ni bueno ni malo, ni capitalista ni socialista. Se plan tea para todos como una relación que debe ser controlada, en libertad, solidaridad y destreza, para conseguir una existencia amable para todos. Como todo tipo de relación, el mercado puede ser empleado perversamente para destruir a las personas y a los pueblos.

Pero el hecho de que pueda darse esta perversión no puede llevarnos a olvidar el patrimonio de conocimiento y de cultura que en torno al mercado ha hecho la humanidad en su historia. El desafío no es destruir la relación de intercambio sino ponerla al servicio de la realización del ser humano en armonía con la creación; colocarla dentro de un marco de condiciones de igualdad de oportunidades básicas para todas las personas y dignificarla librándola de las fuerzas de dominación y explotación que llegaron a tergiversarla en el modo de producción que se generalizó en Occidente.

Con la entrada del neoliberalismo se han acentuado los desajustes que produce en la sociedad la actuación del mercado que no está bajo control de la sociedad civil y el Estado. En efecto, al descuidar la producción de capital social, el mercado queda al servicio de los más educados, de los que poseen infraestructura y ponen las instituciones a su servicio, y de los que concentran la información. Al establecer la desregulación laboral y financiera, el mercado traslada fácilmente el valor producido hacia núcleos de acumulación nacional e internacional.

En muchos casos, no se ha incorporado al pueblo en la producción vigorosa de valor agregado. Y en procesos como la maquila o la economía informal, no se le ha permitido al pueblo participar en la riqueza que genera. De hecho, no se ha dado un proceso de incorporación de los pobres, de los sectores populares y clases medias, en las relaciones económicas de manera creciente, con capacidades para retener el valor agregado por ellos y superar la pobreza.

El mercado de trabajo es elemento central de la integración de la economía mundial. En la actual competencia neoliberal las inversiones buscan mano de obra barata. Se rebajan así los costos de producción y se perjudica a los obreros latinoamericanos, que son mal pagados, y a los obreros del Norte, creando desempleo porque las fábricas se trasladan al Sur. Por otro lado, se impide sistemáticamente el acceso de trabajadores de países pobres a países más ricos.

Los llamados capitales golondrina, en un mercado financiero sin restricciones, se mueven sin otro propósito que aprovechar ventajas en los sistemas bancarios y monetarios; y pueden desestabilizar completamente cualquier país, produciendo efectos devastadores incluso sobre las economías más fuertes de Latinoamérica.

Los efectos del mercado sin control social han sido particularmente graves para los pobladores rurales, donde se sintió duramente el golpe de la apertura que sacó de la producción a millones de campesinos. Y donde la falta de capital social es mucho más profunda.

En consecuencia, al mirar la región en conjunto, se descubre que las políticas neoliberales profundizan problemas estructurales que están en la base de la pobreza: la distribución de la riqueza, el capital social, y las distorsiones sociales generadas por el mercado cuando actúa sin control social.

El neoliberalismo y la crisis social general

Es muy importante reflexionar sobre las relaciones entre el neoliberalismo y la crisis general de nuestras sociedades, porque percibimos que, al lado de la persistencia de la pobreza y el crecimiento de la desigualdad, viejos problemas de nuestras sociedades, que emergen de raíces premodernas y modernas, toman nueva fuerza. Estamos peligrosamente empujados por una cultura que radicaliza la ambición por poseer, acumular y consumir, y que sustituye la realización de todas las personas en comunidades participativas y solidarias por el éxito individual en los mercados.

En todo el continente se percibe un rompimiento general de las sociedades, que tiene múltiples causas y aparece en la inestabilidad de las familias, las múltiples y crecientes formas de violencia, la discriminación contra la mujer, la destrucción del medio ambiente, la manipulación de los individuos por los medios de comunicación, el hostigamiento al campesinado y a las comunidades indígenas, el crecimiento de ciudades inhóspitas, la pérdida de legitimidad de los partidos políticos, la corrupción de los dirigentes, la privatización del Estado por grupos con poder económico, la pérdida de gobernabilidad del aparato estatal, la penetración de consumos alienantes como la droga y la pornografía, la complejidad de procesos de secularización y de búsquedas espirituales que prescinden del compromiso comunitario y de la práctica de la solidaridad.

El neoliberalismo exacerba esta crisis al llevar a la desaparición del bien común como objetivo central de la política y la economía. El bien común es sustituido por la búsqueda del equilibrio de las fuerzas del mercado. Contrariamente al pensamiento social de la Iglesia, que considera que debe haber tanto Estado cuanto lo requiere el bien común, el neoliberalismo plantea escuetamente que lo mejor es tener menos Estado, tanto cuanto se requiere para el buen funcionamiento macroeconómico y para el impulso de los negocios privados.

En este contexto, desaparece como horizonte la preocupación por la calidad de vida general de la población de hoy y de mañana, que antes se expresó en los llamados Estados de bienestar. Al desaparecer el objetivo del bien de todos, desaparece el sentido del hogar común o público.

Por eso, no se necesita cuidar de la familia como núcleo y célula de un bien común que ya no importa. La mujer pasa a ser simplemente fuerza de trabajo más barata. La naturaleza se convierte en una fuente de enriquecimiento rápido para las generaciones presentes, el campesino un ciudadano ineficiente que tiene que emigrar.

En este horizonte, donde lo público tiende a desaparecer, los partidos políticos como propuesta de construcción de sociedad y de nación pierden razón de ser. La competencia política y administrativa se reduce a demostrar que el candidato o el presidente es el más capaz para crear las condiciones exigidas por el juego abierto y libre de los mercados. Unos y otros subordinados a programas de ajuste y apertura, impuestos por las mismas necesidades internacionales de los mercados.

No es de extrañar que, en este contexto, donde la comunidad es irrelevante y el bien común inútil, la violencia se acreciente, la producción y el consumo de droga se disparen, y se refuercen los elementos más contrarios a la realización humana contenidos en la cultura actual, mientras se dejan de lado los aportes más valiosos de la modernidad y la postmodernidad.

No importan los costos

Ante esta realidad, contraria a la obra del Creador, una exigencia de la fe, para que Dios pueda ser Dios entre nosotros, nos llama a resistir a dinámicas que destruyen a nuestros hermanos y hermanas y a trabajar con muchos otros en un cambio, para contribuir a construir una sociedad más cercana al Reino de solidaridad y fraternidad del Evangelio.

No importan los costos que tengamos que pagar en esta determinación. No tenemos alternativa. Es nuestra lealtad con el Señor Jesús la que está en juego. Es la fundación de las condiciones de posibilidad de la convivencia fraterna, por la que entregaron su vida los mártires jesuitas en diversos puntos de Latinoamérica. (...)

Superación de la exclusión

Tenemos una tarea pedagógica inmensa. En un contexto donde desaparece el horizonte del bien común y cada uno busca su propio provecho en el mercado, la exclusión social se profundiza. Hay que emprender un esfuerzo educativo formal e informal para transformar las instituciones, empresas y proyectos excluyentes, las políticas de exclusión, y a los hombres y mujeres que son actores de exclusión, muchas veces sin conciencia de ello. Tenemos que empezar por examinarnos a nosotros mismos, nuestras preferencias y los grupos que frecuentamos. Nosotros también podemos ser parte de la dinámica de la exclusión. Y también hay que propiciar cambios en los excluidos, porque ellos son muchas veces la contraparte del tipo de sociedad nacional e internacional que hemos creado.

El desafío está en partir de los que han sido dejados fuera y desde allí, al lado de los pobres y caminando con ellos, proponer para todos la más inclusiva o incluyente de las sociedades posibles y viables. Por eso, esta tarea llama a una transformación estructural de nuestras sociedades, que va más allá de la resistencia a los elementos perturbadores del neoliberalismo. No se trata de incluir a los excluidos en sistemas que son aparatos de generar exclusión. Se trata de un trabajo paulatino y paciente por crear la sociedad solidaria que no existe.

Superación de la cultura de la pobreza

Con esta expresión no se alude a la cultura de los pobres, con sus valores y ambigüedades. La expresión se refiere a una manera de comportarse la sociedad total, en el ámbito nacional y continental. Una sociedad que, en sus cuadros directivos, en sus instituciones sociales, políticas, educativas y religiosas, y en sus pobladores populares, se ha acostumbrado a vivir con la pobreza, como algo normal. Aunque se tengan los medios para superar esta situación, no hay interés para ponerlos en práctica.

Puede decirse que esta cultura de la pobreza existe desde hace muchas décadas en América Latina, pero al propagarse el neoliberalismo en todos nuestros países, esta manera de ver y de sentir las cosas encuentra una justificación perversa. En efecto, para el neoliberalismo la existencia de millones de pobres y miserables en Latinoamérica no produce ningún escándalo. Estas personas no tienen nada que reclamar, porque no valen nada en el mercado. Y la economía no está para sacarlos de la pobreza, sino para producir más y vender más y ganar más.

Búsqueda de alternativas económicas viables

Una de las responsabilidades más urgentes es pasar del análisis crítico a las propuestas. Por eso tenemos que presentar alternativas viables de un desarrollo humano y sostenible orientado por el bien común, y que garantice la realización de todos nuestros hermanos y hermanas presentes y futuros, en armonía con la naturaleza.

En términos muy generales éstos son algunos de los temas que deben someterse al estudio:

* Los bienes que todos merecen

Nuestra atención debe ponerse ante todo en procurar que el Estado y la sociedad aseguren a todos los bienes que las personas se merecen por ser tales, hijos e hijas de Dios. Bienes que deben garantizarse como derechos ciudadanos básicos, independientemente de si las familias son o no capaces de comprar estos elementos indispensables en los mercados. Tales bienes son la salud, la educación, la seguridad, el hogar y la vivienda. Estos son realmente bienes públicos. No buscamos la sociedad del bienestar dedicada a satisfacer las demandas insaciables de ciudadanos consumidores. Queremos una sociedad justa, donde cada persona tenga lo esencial para que pueda vivir en dignidad.

* Los recursos naturales

El desarrollo sostenible exige la seguridad ambiental y la equidad entre los hombres y mujeres actuales y los que vendrán en el futuro. Es indispensable presentar alternativas para que la economía dé a los recursos un tratamiento distinto del que se impone hoy en el neoliberalismo, que no incorpora los costos y beneficios ecológicos y sociales de largo plazo. Tenemos la responsabilidad enorme de encontrar caminos nuevos, que garanticen la calidad de vida de todos, dentro de patrones de consumo y extracción diferentes a los de los países del Norte y de las élites ricas de nuestra sociedades, que destruyen el medio ambiente y se apropian de los bienes de la tierra, hasta el punto de que ellos, que son el 20% de la población del planeta, consumen el 80% de los recursos de la tierra.

* La equidad de género

En los últimos años, al disminuirse el ingreso de los asalariados y aumentarse el desempleo, las familias se han visto obligadas a participar frecuentemente con varios miembros en la economía informal. En estas condiciones de mercado de trabajo informal, la mujer de clase media y de los sectores populares se ve obligada a tener tres jornadas de trabajo al día: trabaja para contribuir al ingreso familiar, lleva el peso del trabajo doméstico y cría a los niños. La mujer es además usada como objeto de publicidad y artículo de comercio. En este contexto cabe recordar las reflexiones de la Congregación General 34, que nos hablan de una discriminación sistemática contra la mujer y nos proponen contribuir en esta tarea, que está en el centro de toda misión contemporánea que pretende integrar fe y justicia.

En la situación latinoamericana tiene pleno sentido la expresión de la Congregación: Hay una feminización de la pobreza y un rostro femenino de la opresión. Es indispensable tomar aquí la llamada que se nos hace a alinearnos en solidaridad con la mujer. Particularmente, escuchando a la mujer, enseñando explícitamente la igualdad esencial entre la mujer y el varón, apoyando los movimientos de liberación que se oponen la explotación de la mujer, y haciéndola presente en las actividades de la Compañía.

* La política rural

La apertura neoliberal ha causado estragos en los campesinos de todo el continente. Los agricultores pequeños y medianos representan la mayoría de los productores agrícolas de casi todos nuestros países. Emprender un proceso distinto lleva a propiciar seriamente un conjunto complejo de medidas que implican, entre otras cosas, la participación de los campesinos en los procesos de modernización de las estructuras productivas, la investigación sobre sus sistemas peculiares, el acceso a las nuevas tecnologías y a la asistencia técnica, la vinculación al mercado nacional e internacional sin dejar el autoconsumo, el cuidado de las condiciones y necesidades típicas de los diversos productos y localidades, el crédito agropecuario, la tenencia de la tierra, su distribución y titulación, la desconcentración de los canales de distribución e información sobre mercados, el crédito, la provisión de vías, energía rural y servicios públicos de salud y educación. Todo esto, enmarcado en un horizonte de agricultura sostenible y de seguridad alimentaria.

* La política industrial

En el marco económico neoliberal, el desarrollo tiene como motor la industria exportadora. Sin embargo, aunque ésta ha crecido, no es el motor del resto de la economía porque no está vinculada suficientemente a los demás sectores y depende altamente de importaciones. Hay que encontrar caminos de una producción manufacturera y agroindustrial diversificada, que apoye a la mediana y pequeña empresa y no solamente a la grande, que satisfaga las necesidades básicas de la población, fortalezca el acumulado tecnológico de la sociedad, promueva la equidad y el crecimiento sostenible.

* La política laboral

Las dinámicas económicas vigentes tienden a competir internacionalmente bajando los costos laborales y pagando malos salarios. Es necesario impulsar estrategias justas que lleven a una inserción competitiva en los mercados basada en la calificación de las personas y la expansión de su creatividad, y el cambio de la concepción de la empresa en una verdadera comunidad de trabajo. Y hay que colocarse en un horizonte de superación del desempleo y el subempleo.

* La deuda externa

El Sumo Pontífice nos invita a que en el espíritu del libro del Levítico, hagamos del Jubileo del año 2000 un tiempo oportuno para pensar en una notable reducción, si no en una total condonación, de la deuda internacional. No hay que perder de vista que la deuda externa constituye una limitación seria para el potencial del desarrollo equitativo y sostenible desde México hasta Chile. No podemos dejar de lado este tema de justicia internacional, que golpea la vida cotidiana de las mayorías populares y no deja de preocupar a la Iglesia. De allí la necesidad de contribuir a presentar propuestas bien fundamentadas para que la sociedad y los gobiernos de Latinoamérica y el Caribe puedan colocarse en una negociación donde se condone una porción importante de la deuda, particularmente la que se originó por el alza abrupta de las tasas de interés. Y para que la parte de la deuda que no puede ser condonada se examine y se asegure, al menos, que su pago no perjudique el gasto social. Y es indispensable ayudar a formular alternativas para que todos nuestros pueblos enfrenten unidos este problema común, con base en investigaciones de conjunto y en una conciencia generalizada de la dimensión del problema y de sus repercusiones en la vida cotidiana de los pobres.

* Con el Banco Mundial y el FMI

El reto es hacer avanzar el diálogo y el estudio de propuestas rigurosas que nuestros compañeros jesuitas de todo el continente han adelantado, a partir de la iniciativa tomada por el Center of Concern de Washington.

Ante la economía norteamericana deberíamos ayudar a dar aportes a un diálogo en torno a las decisiones que más afectan a América Latina: sistema financiero, instituciones, empresas multinacionales. Con particular cuidado se debe estudiar el sector financiero privado en nuestras universidades y centros sociales. Este sector está movilizando miles de millones de dólares que concentran el crédito en los países ricos, y producen efectos desestabilizadores en las principales economías latinoamericanas.

* La superación de la crisis de la sociedad

La crisis de nuestras sociedades tiene un origen histórico y muchas causas y es acrecentada por el neoliberalismo. Por la misma razón, no podemos dejar de tocar aspectos fundamentales del bien común cuando tratamos de presentar alternativas a la economía política neoliberal.

* La construcción de la sociedad civil

La Iglesia, cuya misión compartimos, no existe para ella misma sino para la humanidad. Afirmando sus raíces cristianas, y respetando la autonomía de las realidades terrestres, nuestras comunidades de solidaridad deben ponerse al servicio de la colectividad ciudadana en la construcción del espacio de lo público. Esta urgencia es tanto mayor cuanto más grande sea la presión en nuestros países hacia el silencio y la desaparición de las responsabilidades ciudadanas por la solidaridad y el bien común.

* La vigorización de la vocación política

Para superar la crisis de gobernabilidad y dignificar el servicio público, y para poner la política económica y los mercados bajo el control social que protege al bien común, debemos contribuir a la formación de hombres y mujeres con vocación política. Para que ellos y ellas se entreguen a la construcción de Estados garantes de la dignidad de todos los ciudadanos y ciudadanas y cuidadosos de los pobres.


* La transformación del Estado

Debemos contribuir a un estudio interdisciplinario que haga claridad sobre el Estado como agente importante en un modelo alternativo de desarrollo sostenible, equitativo y donde el ser humano sea el centro; que presente alternativas al concepto neoliberal que pide que el Estado se reduzca al mínimo. Los ejemplos exitosos de desarrollo hoy en día muestran una acción estatal efectiva y eficiente para priorizar objetivos y gastos, imponer restricciones y distribuir pérdidas, con un papel importante del Estado en proyectos estratégicos y en el suministro adecuado de los bienes que todos merecen.


* La elaboración de una ética pública

Teniendo en cuenta que el neoliberalismo subordina el comportamiento moral al mercado y produce efectos destructivos de la comunidad, debemos contribuir, desde el seguimiento del Señor Jesús, quien es en última instancia nuestra ley moral, al establecimiento de una ética pública o civil, tarea en la que somos simples ciudadanos, con los demás, creyentes y no creyentes, responsables de establecer los valores morales pertinentes de una realidad en profundos cambios, valores sin los cuales nuestras sociedades no pueden sobrevivir y asegurar la realización de todos. En este esfuerzo seremos pedagogos, con muchos otros y otras, de la vida, la búsqueda de la verdad, la justicia, los derechos humanos, la lucha contra la corrupción, la paz y la protección de la integridad de la creación.

Esta tarea ética tiene para nosotros, jesuitas, una dimensión más profunda. A saber, buscar estrategias apostólicas para que nuestro diálogo sobre las políticas del sistema económico lleve la sensibilidad evangélica hasta el fondo de la experiencia cultural: donde encontramos o rechazamos a Dios, construimos o destruimos el sentido del ser humano y de la naturaleza, damos o no paso al Reino. Ese es el lugar del discernimiento profundo, donde debemos colocarnos con lucidez, conocimiento y libertad, y colaborar con otros en la construcción de relaciones sociales nuevas en transparencia, justicia y solidaridad.

Como una tarea particular, es indispensable que, con una actitud ignaciana de búsqueda del bien más universal, lleguemos a tocar la conciencia de los directivos que toman las decisiones económicas y financieras, para que sus determinaciones técnicas tengan efectos positivos en la transformación de la cultura de la pobreza y de la muerte en una cultura de la vida compartida.

Una perspectiva latinoamericana

Al hacer estas reflexiones es importante mirar a la totalidad de América Latina y el Caribe. Este territorio, de raíces culturales y espirituales comunes, ha sido considerado como un mosaico de naciones con destinos distintos. Mirar así las cosas hacia adelante no es posible. Equivaldría a aferrarnos a un pasado que se acabó. Todavía no sabemos qué significa esta unidad latinoamericana. Pero el proceso acelerado que conduce hacia ella es vigoroso e irreversible. (...)

Una visión así tiene que llevarnos a una solidaridad continental. Una solidaridad lúcida, que nos permita dialogar con nuestros compañeros de Norteamérica para emprender estudios y búsquedas comunes, para presentar alternativas a problemas como los de las empresas multinacionales que compiten con base en salarios bajos en nuestros países, y perjudican a los obreros de ambas partes del continente. Necesitamos unirnos, cuando la miseria empuja la migración de los latinos hacia Estados Unidos y Canadá; cuando el Norte vende armas a nuestros países para acrecentar violencias fratricidas y la guerra se vuelve una razón más de desplazamientos a otras fronteras; cuando los dineros de las cajas de pensión de los trabajadores de Estados Unidos se invierten en mercados financieros volátiles en Latinoamérica; cuando también en Estados Unidos y Canadá disminuye la solidaridad social y crece la pobreza; cuando frenar la expansión de la cocaína y la heroína sólo es posible si simultáneamente se trabaja para disminuir la demanda del Norte y la oferta del Sur. (...)

Al lado de los pobres

Queremos asumir con seriedad la promoción de la justicia que surge de nuestra fe y la hace más profunda según las cambiantes necesidades de nuestros pueblos y culturas y según las peculiaridades del momento histórico de nuestro continente. Siempre los hombres y mujeres estarán amenazados por la codicia de la riqueza, por la ambición de poder y por la búsqueda insaciable de satisfacciones sensibles.

Hoy esta amenaza se concreta en el neoliberalismo, mañana encontrará otras expresiones ideológicas y aparecerán otros ídolos. Nosotros hemos sido llamados en la Iglesia para contribuir a la liberación de nuestros hermanos y hermanas del desorden humano y vamos a permanecer allí, en esta tarea al servicio de todos, situándonos al lado de nuestros amigos los pobres porque desde allí lo hizo nuestro amigo, el Señor Jesús (...)

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